Cirujano del aire

Frank G. Slaughter · Capítulo 22 de 27

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Cirujano del aire

Capítulo XXII

 

— OMANDANTE THOMAS! ¡C

La voz del coronel Flynn, sonando por el teléfono, parecía un ladrido impaciente.

—Estoy aquí, en su sala de urgencia, con uno de mis mecánicos. Le necesito inmediatamente.

Craig, a toda marcha, salió por los corredores. Al ruido de sus pasos, el coronel Flynn apareció en el umbral y le arrastró de un solo impulso hasta una camilla donde el soldado de segunda Henry Smith estaba echado, pálido y con la cabeza ensangrentada.

—Lo han puesto así en una pelea. El cabo quería matarle a golpes de llave inglesa. Thomas, es necesario que, inmediatamente, conozca el motivo de esa contienda.

Craig miró al joven que había salvado a Chuck Waller. Con alivio, diagnosticó una simple conmoción cerebral.

—Volverá en sí, sin duda alguna, dentro de unos quince minutos.

El coronel Flynn le habló aparte.

—¿No podría activarlo? El cabo dice que se pelearon a propósito de una chica. Se le está interrogando ahora. Pero tengo precisión de saber lo que sea lo más rápidamente posible. —Vaciló durante algunos segundos; después agregó—: Un avión comprobado por ellos está en el aire…

Craig lanzó una rápida ojeada a su jefe; después llamó al sargento, inmóvil y atento a algunos pasos. Le ordenó:

—Una jeringa y metrazol, sargento.

—Puede que se trate de una falsa alarma —dijo el coronel—. Y espero que sea así. Pero su hermano está a bordo de ese aparato, rumbo a Rand Field. Seguramente todo va bien a bordo, pero hay la posibilidad de que algo vaya mal. Saque de la inconsciencia a ese chico. No importa cómo, mientras no sea con peligro de su vida.

—¿Larry?

Semejantes a un vuelo de pájaros asustados, las preguntas se formulaban en el espíritu de Craig, pero el sombrío rostro de su jefe le prohibía plantearlas. De encima de la mesa donde varios medicamentos estaban alineados, cogió un frasco con amoniaco, que destapó y vertió sobre una gasa. Los ojos le picaron y se llenaron de lágrimas. Pero la gasa, aplicada en la nariz de Henry Smith, no provocó ninguna reacción.

—Es demasiado fuerte para que esto sirva —dijo Craig.

Y aspiró en el interior de la jeringa el contenido de la ampolla que el sargento acababa de traerle. Trabajó deprisa y con precisión, como de ordinario, pero, sin embargo, su mano temblaba. Se obligó a hablar con calma:

—Esto no puede matarle. El metrazol se usa para destruir los efectos de una profunda anestesia total. Y el estado de este muchacho corresponde… Esto puede ir bien.

Insertando la aguja en una vena, le inyectó el contenido de la jeringa; después, permaneció al lado del canoso jefe, acechando los efectos del poderoso estimulante.

—¡Ya está!

Henry Smith abrió los ojos, con un fruncimiento de cejas que revelaba incertidumbre, rodando su cabeza de izquierda a derecha, mientras fijaba en el techo unos ojos desorbitados. Craig adelantó su cabeza hasta su línea de visión.

—¡Comandante Thomas! —exclamó Smith.

El rostro del coronel remplazó al de Craig.

—¿Me reconoce usted, hijo?

—El coronel, señor. El coronel Flynn.

Henry pasó la mano sobre su cráneo herido y se incorporó a medias; con mano firme, Thomas le obligó a estirarse de nuevo.

—¿Por qué se han peleado usted y el cabo?

—¿Peleado, señor? —Sus ojos se entornaron, enfocando la cara del coronel—. Sí, señor. Mi amiga, señor. Le pegué en el rostro; verdaderamente no pude evitarlo, señor.

El coronel se incorporó para decir:

—Es un alivio, ¡qué diablo!, Thomas, estando su hermano en el avión. Pero… ya se lo contaré más tarde.

—¡Coronel! —gritó Henry incorporándose súbitamente—. ¿Por qué podía guardar él un perno de ensambladura de cola?

—¿Qué? ¿Tenía uno? ¿Dónde?

—En su bolsillo, señor. Pero el avión volaba bien. Hizo saltar el perno de mi mano.

—¡Espere aquí! —exclamó el coronel a Craig; después se dirigió al teléfono.

Cuando regresó, su expresión se había aclarado y su rostro expresaba una sombría alegría.

—¿Quiere venir conmigo a la cámara de radio, comandante Thomas? He dado la orden de advertir a su hermano que descienda en el campo más cercano. Se le avisa a propósito de ese perno de cola. Que salte al primer signo de anormalidad. Hace diez minutos, indicó que todo iba bien a bordo. En este momento se le sigue llamando.

Fuera, un jeep esperaba y el chófer apretó el arranque al verlos descender los peldaños de la escalinata. El coronel se instaló detrás, trepando con toda la agilidad de sus largas piernas.

—¡Pensar que uno de mis propios hombres ha podido cometer un acto así, Thomas! ¡Uno de mis propios condenados buenos chicos! Usted recordará el trabajo que tuvo que hacer con Waller. Pues bien, en su avión había un perno defectuoso en el mando de ascensión. No hemos dicho nada. Habíamos tenido otro accidente ya: el avión que atravesó el hangar. Se encontró demasiado destrozado para poder analizar la causa. ¡Oh!, lo que daría por poder encontrar los rastros de sus astillas. El cabo ese había trabajado en el avión de Waller, pero no en el otro. Sin embargo, pudo encontrar ocasión para hacerlo…, el infecto, el asqueroso hijo de perra.

—Hablaremos de él más tarde —exclamó secamente Thomas—. Pero, ¿y Larry? ¿Cree usted que va a estrellarse como Chuck Waller?

—Excúseme, Thomas —repuso el coronel—. Estoy trastornado por este asunto. Su hermano debe salir sano y salvo. Dios quiera que sea así. La desgracia es que hay baches en el aire. Una sacudida imprevista, una acrobacia… Pero no existen motivos para que se ponga a realizar acrobacias. Se le advirtió. No se inquiete usted. Se hallará seguro en tierra cuando lleguemos o, todo lo más, algo después. ¿Y ese soldado, Thomas? ¿Se cuidará de él? Tendremos necesidad de su testimonio.

—Se encontrará perfectamente dentro de pocos días, señor.

El jeep rodaba ya por las avenidas transitables del aeródromo.

—Waller —prosiguió el coronel—, Waller se estrelló porque un perno saltó de su sitio. Él lo ignora, naturalmente. Perdió la dirección del aparato; es todo lo que sabe. Hemos enviado el perno a la manufactura; lo han desechado. No es del acero que usan. Agrietado de parte a parte. Preparado para ceder a la menor sacudida. Hemos vigilado exactamente cada una de las operaciones realizadas sobre el avión; no nos duró mucho y era nuevo y flamante. Sabotaje, Thomas. Hemos puesto a los equipos de tierra en observación. Hemos comprobado minuciosamente el contenido de todos los cofres de piezas desmontadas. No había razón ni medio alguno en este mundo para que el cabo ese tuviera un perno, a menos que lo hubiera quitado de su lugar, poniendo otro defectuoso. Le arrancaremos los dos brazos, si es preciso, pero hablará.

Cuando penetraron en la cámara de radio, un capitán les saludó, muy serio, y dio su informe:

—No hemos podido entrar en contacto con él hasta el presente, señor. Señaló su paso sobre Stanville hace treinta y cinco minutos.

—Pruebe todavía —dijo el coronel—. ¿Cómo está el tiempo por Stanville?

—Viento y chubascos, señor.

El coronel juró.

—¿Ha transmitido instrucciones a Rand para que le llamen también desde allí?

Al otro lado de la estancia, sentado ante un enorme cuadro de bordo, un sargento, con los auriculares calados, repetía sin interrupción ante un micrófono:

—Se llama al teniente Thomas. El aeródromo de Minafer llama al teniente Thomas.

—Para dentro de diez minutos —ordenó el capitán— tenga a punto cuatro bombarderos; que los tripulen observadores y que hagan el recorrido.

Se volvió un momento para poner una mano sobre el hombro de Craig.

—Es pronto aún para inquietarse, Thomas —dijo, a pesar que su propio rostro estuviese lívido—. Puede haber cerrado su radio. Y si ha abandonado el aparato, acaso necesite varias horas para encontrar un teléfono. Todo esto depende de muchas cosas. ¿Quiere usted venir a instalarse en mi despacho? Perdóneme, pero querría saber a qué conclusiones han llegado con el cabo.

—Esperaré aquí —dijo Craig.

Al otro lado de la estancia, el operador continuaba hablando en voz baja y perentoria, como un locutor de policía dando el número y señalando un coche sospechoso. Y del altavoz salían crujidos y una batahola de parásitos. La cabeza y los oídos de Craig zumbaban a causa de su esfuerzo para encontrar en aquel caos sonidos inteligibles. Permanecía severo y helado, temblando ante la idea de tener que telefonearle a Joan una catástrofe. Decidió no llamarla todavía, hasta que tuviera una información concreta que darle.

El coronel Flynn volvió al cuarto y el capitán le informó:

—No se ha podido establecer contacto, señor. Rand no ha tenido aviso de su llegada. El avión debe de llevar retraso.

—Haga partir los bombarderos dentro de cinco minutos —dijo, añadiendo con voz serena, dirigiéndose a Craig—: Vamos a comenzar la búsqueda. Y a no cejar hasta saber algo. A lo largo de todo ese trayecto hay un pantano cubierto de arbustos. Su hermano puede haber tenido un aterrizaje forzoso que le haya puesto la radio en mal estado. Puede haber saltado en paracaídas, sin haber tenido tiempo de avisar. Comandante, ése es el lado malo de la cosa, una vez perdido de vista el avión; pero centenares de eventualidades pueden presentarse, siendo tan sólo una de ellas la verdaderamente mala.

—¿En un avión saboteado? —preguntó con voz lenta Craig.

—Me temo que sí, y es lo que me desespera más; detesto todo eso. El cabo resiste aún. Historias de chicas, mantiene. Están a punto de hacerle desear no haber conocido una en su vida.

—Dado que Larry lleva retraso en su horario, voy a telefonear.

Dio el número de Joan con una voz sorda y melancólica.

—¡Hola, hola, Craig! —exclamó ella enseguida, con aquella entonación cálida en la voz que le cortaba el aliento y le hacía temblar—. ¡Qué dichosa sorpresa! ¿A que la debo?

—¿Puede usted venir al aeródromo, al gabinete de radio, Joan?

—¿Es por Larry? ¿Qué ha sucedido?

—Nada preciso sabemos aún. Ha debido de tener un aterrizaje forzoso. Esperamos noticias.

—Había de llevar un avión a Rand Field. ¿Salió ya?

—Sí; lleva retraso en el horario.

—Pero… si le han llamado a usted, Craig… Voy enseguida.

Craig esperó fuera de la estancia la llegada del coche, sintiendo un doloroso vacío en el corazón. Se preguntaba si llegarían horas de inquietud para Joan. Un avión podía desaparecer totalmente en la selva de arbustos de la marisma, o ser engullido por el barro. Podía también permanecer oculto a la vista, bajo la espesura.

El aire se llenaba del ruido de los motores. Uno tras otro, los cuatro bombarderos se elevaron y dieron la vuelta al aeródromo. Dibujaron en el cielo un vasto abanico cuyo vértice se cerraba en Rand, como grandes buitres cuya mirada recorriera la tierra en busca de señales de muerte.

Los pensamientos que invadieron a Craig le hicieron enrojecer. Le asaltaban con insistencia, le avergonzaban, dejándole mudo y tembloroso de sentimiento de culpabilidad. Pero un hombre enamorado es capaz de odiar a cualquier otro hombre, aunque sea su hermano, y sobre todo si es su hermano. Veía en su imaginación a Larry, riéndose de su aventura, volver a Joan dándose importancia, con la altanería de un gallito, y la hilaridad de Larry y la actitud que le atribuía formaban una visión detestable. Luego se imaginaba a Larry muerto, y su corazón se encogía de angustia. Finalmente, veía la última y peor de las posibilidades, suponiendo a Larry, como un muñeco roto, «durando» entre la vida y la muerte.

A pesar de que temía aquel encuentro con Joan, se sintió aliviado al verla aparecer; su llegada le sustrajo al torbellino de pensamientos que le obsesionaban. Esperaba que ella le necesitaría. El coche se detuvo y Joan descendió corriendo hacia él, con una mirada rápida y anhelante y una sonrisa temerosa.

Craig tuvo la impresión de que ella estaba tan preocupada por él como por sí misma o por Larry.

Habiendo esperado tener que reconfortarla, se sorprendió de la firmeza de su paso. Le había tomado de la mano y la retuvo al entrar en el gabinete de radio.

—Craig, ¿sin noticias aún?

—Sin noticias.

El coronel Flynn se acercó y, con una gravedad tranquilizadora y paternal, fueran cuales fuesen en el fondo sus pensamientos, dijo, inclinándose sobre la mano de la muchacha:

—No tenemos noticias todavía, señora Thomas, pero los paracaídas escogen siempre los más extraños lugares para su arribada, y hasta los aterrizajes forzosos son raramente mejores. La espera puede ser larga. ¿Dónde podríamos instalarla para que se halle cómodamente?

—Esperaré fuera. Gracias, coronel.

Ella y Craig volvieron silenciosamente al coche, se sentaron en su interior y encendieron cigarrillos, mirando al cielo a través del parabrisas.

—Larry no habrá saltado en paracaídas —dijo ella— si tenía la menor probabilidad de salvar el aparato. Lo habrá intentado hasta el último instante. Lo sé con certidumbre.

—Tal vez esté en camino de encontrar un teléfono.

—Se sentía demasiado dichoso de poder conducir a Rand ese avión rápido. Debía regresar esta noche con un bombardero.

Ella tembló y apretó febrilmente la mano de Craig.

—No hagamos de ello un caso desesperado; no hay razón alguna.

—¡Pobre Craig! —Tenía los ojos húmedos—. Usted siempre tan valiente. Con tantas vidas en las manos… Pero yo no sé ser valiente. No sé cómo esperar.

Él repuso, con voz decidida:

—Hay, por el camino, gran cantidad de maleza en las marismas. Acaso sea preciso algún tiempo para salir de allí.

Un teniente se acercó a la portezuela del coche y saludó evitando encontrar la mirada de Joan. Dijo:

—Comandante Thomas, ¿quiere usted venir? El coronel Flynn desea hablar con usted.

—Vuelvo enseguida, Joan —dijo Craig.

—Sí —repuso ella, con las manos crispadas sobre el volante, y, lívida de angustia, le vio alejarse.

El coronel Flynn movió gravemente la cabeza y llamó a Thomas aparte. El viejo jefe tenía el rostro deshecho, pero sus ojos eran semejantes a los de un halcón.

—No sabemos aún la amplitud de la desgracia, comandante, pero pronto estaremos enterados. El avión está destrozado en tierra, entre el barro de las marismas. Tremendamente destruido, pero no se incendió, a Dios gracias. Fue un avión de Rand el que lo descubrió. Pudieron aterrizar a menos de un kilómetro. Se dirigen allí en estos momentos.

—¿Dónde es?

—A sesenta kilómetros de Rand. Desde arriba no han visto ninguna señal del piloto. Cabe todavía la posibilidad de que hubiera podido saltar y salvarse.

—Si encuentran a mi hermano vivo todavía, coronel… ¿Se ha mandado una ambulancia?

—Rand envía una. Podrá acercarse hasta menos de un kilómetro del siniestro.

—Gracias.

Esperaron largo tiempo, uno al lado del otro, en el coche. Con las manos unidas, fumaron cigarrillos en silencio, desde que a la pregunta de ella: «¿No hay medio de ir allá?», Craig respondió negativamente.

Los hombres encargados de la búsqueda habían de aguantar un rato entre el cieno, los baches y la maleza que cubría la extensa marisma. Marcharían con mayores dificultades aún cuando llevaran un peso consigo, al herido estirado en la camilla.

Finalmente, el teniente reapareció y, siempre con el mismo cuidado de evitar la mirada de Joan, rogó a Craig que fuera a ver al coronel.

—Están en el avión —dijo el jefe a Craig—. Otros aviones planean encima. Desde allí señalan que su hermano sigue con vida, Thomas. Ignoramos aún la gravedad del daño, pero está vivo. Han comenzado a trasladarlo. Están en un terrible atolladero. Le llevan, según he creído entender, sobre un pedazo de ala. Me es difícil expresarle hasta qué punto siento que se trate de su hermano, comandante.

—¿En cuánto tiempo podríamos ir a Rand Field, señor?

—Un bombardero estará preparado dentro de media hora. Puede llegar al aeródromo al mismo tiempo que su hermano.

—Gracias —dijo Craig. Sentía deseos de llorar, pensando en el traslado lento y laborioso, sobre una camilla improvisada, llevada por hombres que tropezaban en el barro, con los bejucos—. Estaremos preparados.

El coronel Flynn estrechó su mano.

—Buena suerte, Thomas. La mejor suerte del mundo…

Craig se alejó. El avión estaba destrozado. Era, pues más que probable que Larry lo estuviera también. Y el hospital de Rand Field era pequeño y estaba falto de instrumental.

Joan, que estaba de pie ante el coche, se precipitó hacia él teniendo en el rostro la misma expresión de calma y la misma palidez.

—Larry vive —dijo él—. Lo están sacando de la marisma. No sabemos hasta qué punto está herido. Salimos para Rand Field en un bombardero dentro de media hora. Siéntese y espere, Joan. Voy a telefonear.

Quería hacerse preparar Un material completo para operaciones de huesos y neurológicas y telefoneó a Paul Blount la lista de lo que necesitaba, preocupándose de no olvidar ninguna de las sombrías perspectivas que pudieran presentarse. Pensó hasta en las hojas de tantalum, ese nuevo elemento plástico que, no siendo irritante, se podía modelar del modo que se quisiera para remplazar los fragmentos de hueso inutilizados. Cuando hubo acabado su enumeración, se dio cuenta de haber previsto lo mismo la

reducción de una fractura que una [24] resección intestinal o que abrir un cráneo destrozado.

—Llevaré los instrumentos yo mismo —dijo Blount—. ¡Estoy desolado, Craig! Iré con ustedes.

—¿Quiere venir con nosotros, Paul? Puedo tener una terrible necesidad de su ayuda. Voy a ponerme de acuerdo con el coronel Cárter.

Llegó con una pesada maleta. En el momento en que iban a ocupar su plaza en el avión, llegó un mensajero para decirles que Larry y sus portadores estaban ya a la vista de la ambulancia. Se instalaron lo mejor que pudieron en una carlinga que no había sido diseñada para comodidad de los pasajeros. El piloto hizo un signo al equipo de tierra, el zumbido de los motores arreció y súbitamente cesó el ruido de las ruedas contra el suelo, mientras los potentes motores los elevaban por el espacio. Joan y Craig, con la cabeza baja, estaban sentados en silencio, sumidos en sus pensamientos. Paul Blount los miró a ambos, a uno y después al otro; la faz inmóvil de Joan y su fruncido entrecejo; la boca estrechamente apretada de Craig y el rostro grisáceo, y sacudió tristemente la cabeza.

Cuando se acercaban a Rand, su aparato viró ligeramente hacia un avión que se hallaba allí, planeando en círculos. Tripulación y pasajeros, con los ojos entornados por la concentración, se inclinaron y miraron bajo ellos; entre el verde continuo y profundo de los arbustos y el negro brillante y graso del barro, en un lugar desordenado, los restos estaban esparcidos, como papeles arrojados al azar sobre los zarzales, y la carlinga del avión reposaba en medio, parecida a un cofre destrozado.