Cirujano del aire
Capítulo XI
EL soldado de segunda Henry Smith, durante sus dos primeros días de hospital, respiró el aire de los héroes. Los enfermos que podían andar se acercaban, uno tras otro, para sentarse sobre su lecho y hacerle preguntas relativas al avión en llamas y decirle que él había dado pruebas de poseer una gran seguridad y sangre fría al lanzarse a través del incendio.
Una enfermera trajo la noticia de que el piloto saldría bien del accidente y Henry lanzó furtivas miradas orgullosas a sus manos vendadas. La señora Thomas fue a hacerle una pequeña visita amistosa. Una conjetura empezó a removerse dentro de su ánimo. ¿No sería factible que una promoción le esperase? ¿Por qué no? Que le diesen incluso una nueva oportunidad para aspirar al adiestramiento de vuelo. Muchos de los que le visitaban habían omitido espontáneamente esta idea.
—¡Te van a hacer cabo, después de esto, amigo!
—¡O acaso sargento!, ¿quién sabe?
Pero otro había escatimado:
—No. De una vez sargento, no. Pero contando con una hazaña como ésta en tu activo, continuarán ascendiéndote.
Una vez, el comandante Thomas acompañó al auxiliar que pasaba la visita de cura.
—¡Firmes! —mandó el sargento de sala.
Henry y todos los enfermos en estado de ponerse en pie lo hicieron, manteniéndose rígidos en la actitud de ordenanza al extremo de su lecho.
—Descanso —exclamó el comandante, que recorrió la hilera hasta Henry.
—¿Cómo van las manos, Smith?
—Muy bien, señor.
—¿Mucho dolor?
—No, señor. Apenas.
El comandante cortó las vendas. Dos trozos de gasa estaban pegados a la carne herida.
—¡Peróxido! —dijo el comandante; y el líquido espumoso y frío desprendió inmediatamente la gasa. Puso vendajes nuevos y avisó al sargento que el soldado Smith podía entrar y salir a su gusto.
—¿Sabe quién era ése? —preguntó uno de los pacientes a su vecino.
—El jefe de todo el servicio.
Mirado con una admiración unánime, Henry se sentía casi seguro de lograr un ascenso, hasta el momento en que el cabo Tyce fue a visitarle.
—Realizó usted una buena tarea, Smith —dijo—. Todo el mundo habla de ello. ¿Vio estrellarse el avión?
Henry contó la historia una vez más.
—¿Qué aspecto tenía? —inquirió Tyce—. Quiero decir, al caer. ¿Se dio usted cuenta de que alguna cosa no iba bien?
—Pasó demasiado deprisa. Los alerones daban la sensación de no poder funcionar, pero esto puede haber sido una impresión. El coronel Flynn ya me preguntó lo mismo.
—¡Ah, él! —exclamó sombríamente Tyce—. Desde luego, Smith, sin usted el hombre se hubiese asado. En cierto modo, es preciso decir que se lo había buscado. No logró sino lo que se proponía. Puede estar contento de que no le saliera peor.
—¿Cómo es eso?
—Volaba demasiado bajo, ahí tiene la causa. —El cabo hablaba con una gran seguridad—. He visto a otros estrellarse de ese modo antes que a él. Por lo visto había decidido mostrar que era un loco volador.
—No se puede asegurar eso —repuso plácidamente Henry—. Del modo que conducía su aparato, no me pareció loco del todo. Lo hacía bien.
—¡Volaba demasiado bajo! —repitió Tyce—. Olvidado por completo de dónde se hallaba el suelo. Sé bien cómo sucede la cosa. Yo iba ya en un circo volante antes de que ese tipo se hubiese nunca colgado un paracaídas a la espalda.
—Entonces, ¿por qué no pasó usted a las prácticas de vuelo?
—¡Caramba! No fui bastante tiempo al colegio.
—Bueno, ¿qué hay sobre el coronel Flynn?
—Posiblemente nos hará preguntas. Ya me hizo algunas. A usted también. Nos las ha hecho a ambos. Era el avión cuidado por nosotros.
—Como si no lo supiera —repuso Henry, a quien esta idea disgustaba.
—Tenía el aire de querer hacer responsable al equipo de tierra. Todos hemos dicho la misma cosa. Que el avión estaba en buen estado y a punto, como efectivamente así era. Fue el piloto el que se divirtió buscando riesgo. Pero será preciso que redacten un informe y que hagan constar todo eso.
Henry sintió desvanecerse sus esperanzas de ascenso. Se lamentó:
—¡Qué desagradable sorpresa!…
—Esto no quiere decir nada —aseguró Tyce—. Lo que hace falta es que estemos todos de acuerdo. Una cosa ha de tener presente, Smith, y es que no he nombrado para nada su pato loca.
—¿Qué pudo tener que ver mi brazo con todo eso?
Henry sintió un cólera incipiente.
—Calma, viejo. Calma. Su brazo no tiene nada que ver con el asunto. Lo que quiero decir es que no hay que darles ningún pretexto donde puedan clavar sus colmillos. No se sabe lo que serían capaces de hacer. Si usted les dice que su brazo no estaba del todo bien, se volverán contra mí y me preguntarán por qué no se lo dije. Entonces, seré yo el embrollado por causa suya. No hay más que dejar caer tierra sobre ello.
—Nadie tiene necesidad de ir con tapujos, por ningún asunto mío. El sargento lo sabía perfectamente. Es la razón por la cual…
—Escuche —interrumpió Tyce—. Es bien seguro que el sargento lo sabía. Pero no podía explicar que su brazo no estaba bien, y que le había dado un recado para que pudiera pasarse la tarde paseando, porque, entonces, el coronel le hubiera preguntado por qué un hombre que tenía el brazo en ese estado continuaba haciendo trabajos en el avión. Por esto el sargento no dijo nada. Así es como suceden las cosas, Smith.
—Mi brazo nada tiene que ver en la cuestión. Salga de aquí. Por lo demás, ¿es que ha tenido usted necesidad de venir para planear la defensa?
El cabo se estiró, mientras aparecía en su rostro su villana sonrisa.
—Le he explicado cómo uno debe proteger al otro, Smith. ¿Recuerda aquella dama de que le hablé, aquella que no sabía hablar bien el inglés?
—Sí, pero no quiero volver a oír hablar de esas historias. —No tiene nada de fiel, preciso es reconocerlo. Anteayer la vi salir con un paracaidista. Pero ayer, Smith, atienda a lo que le cuento. Ayer…
—Me pone usted malo —aseguró Smith—. ¿A qué espera para marcharse? ¡Lárguese, le digo!
—Habla usted a un compañero —exclamó Tyce levantándose.
Toda la alegría del salvamento había desaparecido en Smith. El espectro de un brazo hinchado por la vacuna y completamente desprovisto de interés, le obsesionaba. Pensó liberar su conciencia y contárselo todo al coronel, pero temía que éste le respondiera que, si ello carecía de importancia, no tenía por qué molestarle ahora con esa historia, y que, si la tenía, debió contarlo cuando él le preguntó, inquiriendo además la causa por la que el cabo y el sargento nada habían dicho. No veía claro qué camino seguir. Tonterías. Un tapujo ridículo y deshonroso. Pero, si el coronel lo descubría por sí mismo, ¿qué sucedería?
Pronto se halló en estado de poder dejar el hospital. Pero, en el campo de aviación, le esperaba la orden de presentarse al coronel. Larga espera, lleno de nerviosismo, ante la puerta del despacho; agravada por el hecho de que, antes de permitirle entrar, tres oficiales le preguntaron sucesivamente por el objeto de su visita.
Lleno de miedo, en vez de tener la seguridad de un héroe, Henry saludó muy tieso.
—Descanso —dijo el coronel sonriendo—. Smith, no tuve tiempo de felicitarle en el lugar del accidente. Por eso le he llamado, pues ahora quiero hacerlo.
—Sí, señor. Gracias.
—Siéntese —dijo el coronel—. Ha mostrado usted el género de valor y decisión que en la aviación hace falta. Usted formaba parte del equipo que cuidaba el avión, ¿verdad?
—Sí, señor.
—¿Había algo que flojeara y que el equipo de tierra tuviese el deber de arreglar? ¿Se acuerda usted?
—No, que yo sepa, señor.
—¿Qué hizo usted con exactitud en el aparato, Smith?
—Comprobar el aceite y las bujías, señor. Llenarlo de combustible. Engrasar las ruedas.
—El objeto de estas preguntas no es perjudicar a nadie.
Nótelo bien. Se trata sólo de descubrir qué pudo suceder. El piloto no se halla aún en estado de poder decimos algo. ¿No hizo usted nada en los mecanismos? ¿No tocó los mandos para nada?
Henry tuvo una leve vacilación. El coronel le miraba, fija pero amistosamente.
—Me senté ante los mandos, señor. Y los hice maniobrar.
—¿Quiere usted decir que los probó?
—No, señor. No tenemos por qué probarlos. Maniobré con ellos simplemente.
El coronel frunció las cejas.
—Esto no parece que formase parte de su trabajo. Supongo que funcionaban bien, ¿no es así?
—Sí, señor. Muy bien.
—Bueno. Gracias, Smith. Realizó usted una labor magnífica en el momento del accidente. Puede usted disponer.
Como cada sábado, el gran autobús anaranjado se llenó de soldados que reían y silbaban, impacientes de salir con su permiso de fin de semana, para ver cosas, hacerlas y gastarse el dinero, que les quemaba las manos.
—¡Smith! —gritaron dos—. ¡Sube a bordo, muchacho!
Estaban demasiado contentos. El soldado de segunda Smith se puso a errar sin objetivo, henchido de un sombrío resentimiento del que no podía acabar de desprenderse. Después, sintió no haber partido con ellos, para rodar unos kilómetros hasta la ciudad, ver un espectáculo y salir a la busca de un bistec bien a punto.
Volvió hasta el hospital, vio el coche del comandante Thomas y se puso a bruñirlo. Durante dos horas trabajó sin descanso. Era la única cosa, dentro de la Armada, que podía hacer, hacer por su jefe, y hacerla bien y sin temor de que resultara contra él, a pesar de que, mientras frotaba la carrocería con el trapo, rezongaba:
—¿Y qué sé yo? Tal vez esto mismo se vuelva en contra mía. —Pero el resplandor impecable del auto le devolvió la moral.
Regresó a su abandonada tienda; sus miradas, desamparadas, desorientadas, no sabían dónde posarse. Él mismo no sabía qué hacer. De súbito, con el rabillo del ojo, advirtió una de las revistas del cabo Tyce. Todas las que éste poseía tenían por exclusivo objeto el llamado desnudo artístico.
Ahíto de ese alimento intelectual, Henry Smith fue a echarse en su cama. Una detrás de otra, estudiaba cada página, desde las cuales, muchachas de graciosas caderas le miraban coquetamente bajo el enrejado de sus bajas pestañas oscurecidas, a menos que, curvadas éstas hasta tocar los párpados, esas miradas le llegasen cargadas de un efluvio estimulante, entre imágenes de nerviosas pantorrillas y de finos tobillos. Por desgracia, fueran cuales fuesen su actitud o su expresión, todas ellas iban vestidas de gasa o muselina, donde el interés iba en aumento. La perspectiva de un lúgubre fin de semana hizo brotar en Smith una determinación.
Cualquiera —se dijo— que hubiese tenido el valor de arrancar la vida de un piloto a un avión en llamas, debería tener el coraje personalmente necesario en otras circunstancias de la vida. Su timidez frente a las mujeres debía desaparecer de una vez. Sin embargo, para alcanzar su objetivo tenía todavía que entrevistarse con su guía para obtener de él las indicaciones precisas; esto significaba soportar su charlatanería y sus maniobras de acoso.
El cabo Tyce entró y lanzó su gorro sobre un clavo plantado en el marco de madera de la tienda.
—¿Todavía está aquí? —exclamó—. ¿Por qué diablos no se ha marchado a la ciudad?
—No tenía ganas.
Tyce gruñó.
—Estas revistas son fruslerías, Smith. Engañifa sobre la mercancía. Verdaderamente, no sé por qué me gasto dinero en adquirirlas. Las damas no llevan tantos vestidos, puede creerme. Y qué, ¿el coronel no le ha impuesto ninguna condecoración? No veo nada que se le parezca.
—No —exclamó sombrío el otro.
—¿Qué le preguntó?
—Si el avión estaba bien. Contesté que sí.
—¿Y qué otra cosa podía usted decir? —respondió airosamente el cabo—. ¿Eso es todo?
—Añadió: «Puede usted disponer».
Esto hizo reír a Tyce.
—Es usted un buen chico, Smith. ¿Por qué no abandona esta basura de tienda? ¡Vamos, en pie! Venga conmigo: voy a Boomtown.
Henry se sentó en el lecho.
—Han estrenado una nueva revista.
—¡Ah! —El tono de Henry indicaba su contrariedad.
—Tal vez encontremos algo interesante a la llegada.
—Espere un momento a que me peine.
Henry había ido ya a Boomtown, para subir en la Gran Rueda, comer salchichas calientes, mirar, furtivamente, en éxtasis, a las muchachas que paseaban por la calle y volver lindamente al campo poco después. Pero el lugar se hallaba en plena fiesta cuando Tyce y él bajaron del taxi y el cabo rechazó generosamente la parte que Smith quería pagar. Las calles, sembradas de serrín, bullían de soldados. Algunos reían, cogiéndose de las manos, de dos en dos o por grupos y cercando a las chicas, mostrando una gran alegría vital, acaso porque habían bebido algo. Otros, con alegres muchachas colgadas del brazo, de pie ante los tenduchos y las barracas de feria, arrojaban anillos a los bolos o pelotas a los blancos.
—Esa nueva revista de que le hablaba está al otro extremo —dijo Tyce—.
He oído decir que tienen una [15] stripper absolutamente asombrosa. No he visto nada parecido desde que salí de Nueva York. ¿La conoce usted, Smith?
Henry sacudió negativamente la cabeza.
—Es hacia allá donde se representa —dijo el cabo, conduciéndole con una mano puesta sobre el hombro—. He visto a los muchachos armar tales escándalos, que las strippers se han visto obligadas a quitarse hasta la sarta de pedrería que llevaban en torno a las caderas y a hacer el «presenten armas» no conservando más que su Floyd Gibbons.
Henry sabía lo que era el «presenten armas», pero lo de Floyd Gibbons le dejaba perplejo.
—Es… la pequeña máscara… que la ley les obliga a llevar para que no pueda decirse que están enteramente desnudas. Ellas no se lo ponen encima de un ojo, ¡eh!, ave de corral.
Ante la taquilla donde se adquirían las entradas, la cual estaba circundada de fotografías de las bellezas que se exhibían en la revista, prácticamente desnudas, una larga fila de soldados hacía la cola pacientemente. Del interior surgían alternos estallidos de música y de aplausos. Después, la música volvió a sonar sola, e inmediatamente, pasados uno o dos minutos, los aplausos brotaron a ráfagas.
—Gusta a los chicos —dijo Tyce con una mueca nerviosa—. Es la mujer desnuda.
Al cabo de un instante, un torrente de soldados salió al exterior. Y un pregonero, situado junto a la taquilla, lanzó su soflama canturreando, con una boca tan torcida que parecía una pera echada sobre el costado:
«Parada patriótica… en pantalones… de encajes… Chicas encantadoras que bailan y cantan. Y, señores, para que se sientan ustedes como en su casa, muchachas que animan la sala.
»Vamos, entren, entren. Conozcan nuestra maravilla, la más deseable de las inaccesibles, la reina de las strippers del mundo entero. Se llama Gloria y verdaderamente tiene la gloria en su gracia y en el ritmo del menor de sus músculos. Se llama Gloria y sus formas son tan gloriosamente bellas que no deben ser escondidas. Gloria está dotada de puro genio…, ¿puro, he dicho?…, hasta en el balanceo de sus lindas caderas. Hasta en el taconeo de sus zapatos. ¡Gloria!».
Henry Smith y el cabo Tyce llegaron a la taquilla en el momento en que dos chicas salían retozando de la tienda y trepaban al tablado del pregonero. Llevaban verdaderamente la mínima cantidad de pantalones y sostenes sobre sus cuerpos empolvados en tono blanco de yeso, y sonreían y levantaban las cejas con granujería en dirección a la muchedumbre.
—¡Vamos, Dotty!, dé a uno de esos señores una pequeña muestra de su arte —gritó el pregonero. Pero ella sacudió alegremente la cabeza.
—Dice que no, señores. No, mientras no hayan comprado sus entradas. Vamos, Dotty…
Tyce y Smith se hundieron en un baño de humo de cigarrillos y se instalaron en un banco, cuyo asiento estaba todavía caliente. En torno a ellos, otros bancos crujían y la tienda se llenaba tan rápidamente como se había vaciado.
La tarde del sábado no dejaba ninguna tregua a la compañía; cinco músicos de edad llenaban un espacio acomodado entre la escena y las primeras hileras de público; el pianista encajó uno tras otros dos acordes violentos; la música preludió, las luces se apagaron. El telón de fondo —viejo y maltrecho, que representaba un paisaje— se elevó, encerrando entre sus pliegues un lago decolorado y un cisne que se pavoneaba cuando, después de varias sacudidas, llegó al fin de su carrera.
Con la desaprobación de Henry, el coro, que era al mismo tiempo el cuerpo de baile, vestido con trajes largos y llevando al brazo cestas de flores artificiales, ejecutó en la escena algunos pasos de danza bastante pesados. Pero, poco a poco, las luces de las candilejas se apagaron y, detrás de las muchachas, una fila de potentes lámparas se encendieron, haciendo que su resplandor creciese progresivamente hasta convertir en transparentes los vestidos de las bailarinas.
—Esto tiene de bueno el no ser nada nuevo —dijo Tyce con astucia.
Hacia el final de la danza, las lámparas del fondo se apagaron; las candilejas volvieron a iluminarse y, entre bastidores, moviéndose a gusto, surgió a plena claridad la bailarina desnuda (o casi para empezar). Parecía deslizarse sobre el suelo y los soldados la acogieron con un verdadero alboroto de entusiasmo, gritando, silbando, pataleando.
Tyce dio a Smith en el codo: «La stripper», murmuró, con la boca seca.
Entre la algazara, ella continuó sus idas y venidas a lo largo de la escena, moviendo la cabeza y sonriendo, como si los soldados fuesen chiquillos inocentes. No bailaba, pero hubiera sido imposible decir que andaba simplemente. Era una marcha muy especial, ondulante, con la que volvió a perderse entre los bastidores. Dos cómicos aparecieron.
—¡Oh, cabo! —suspiró Henry Smith.
—Volverá, idiota. No se preocupe.
Los soldados se adaptaron, con sencilla alegría, a todas las bromas pesadas por lo conocidas, como si nunca las hubieses visto. Pero lo que les permitía tomarlo todo como si fuera nuevo y dirigido especialmente a ellos era el hecho de que el más tonto de los payasos, el que siempre recibía el bofetón, llevaba en uno de sus brazos las letras M. P. (Policía Militar). Después de una media hora, durante la cual alternaron las señoritas del conjunto y las escenas cómicas, la música cesó súbitamente. Entre las cerradas cortinas apareció el jefe de ceremonias. En pie, con la mano levantada, permaneció rígido como una estatua; después, en silencio, bajó la mano. Y con la misma solemnidad con que hubiera anunciado un armisticio dijo:
—La señorita Gloria Mundi. En la Danza de la Capa.
La música recomenzó en un tempo lento. Henry se enderezó, invadido de ansiosa tensión súbitamente, notando que una sensación semejante embargaba a todos los espectadores. Rechazando, al pasar, la cortina, que crujió, la muchacha rubia entró en escena, cubierta desde la barbilla a los tobillos con una gran capa blanca y esperó, pacientemente inmóvil, a que cesaran las aclamaciones. Entonces, mientras guiñaba, comenzó sobre las tablas su coquetón y desesperante paseo. En torno al soldado Smith, los hombres silbaban y pataleaban cadenciosamente; de pronto, se dio cuenta de que sus pies seguían el ritmo.
Mientras la rubia insinuaba el interés de su número, la música iba gradualmente en crescendo para luego bajar. Cuando llegó a su culminación, la chica abrió la capa, mostrando un traje en dos piezas, pero de malla. Escapándose de cientos de jóvenes cuerpos vigorosos y fuertes, una ráfaga de aplausos ascendió hacia ella. Volvió a su indolente marcha por la escena, cargada de sexualidad, pareció buscar alguna cosa bajo su capa y, en el momento en que estalló de nuevo el estrépito de los instrumentos, arrojó a las candilejas su sostén, mientras entreabría su capa; en la cima de cada uno de sus pechos, firmes y erguidos, florecía una pequeña rosa.
El pataleo general no se detenía ni un momento en su rítmico trepidar, y los silbidos entusiastas crecían en volumen. La música volvió a sus efectos alternados, conducentes a nuevos estallidos; una rosa voló a las candilejas, después la otra; luego le llegó el turno a los pantalones. La muchacha, ya en el final de la escena, daba cada vez un giro sobre sí misma y la capa remolineaba, elevándose en derredor suyo. Y el ritmo se había posesionado de la totalidad del público, que, hipnotizado como por los bárbaros tamtams, pataleaba furiosamente gritando: ¡La capa! Para probar que comprendía bien lo que le pedían, la chica adoptada posturas escandalizadas y un aire cómicamente horrorizado. Al último embrujador fortissimo de la música, lanzó la capa blanca a las candilejas, alzó los brazos y se estiró, alta y desnuda; las rígidas puntas de sus senos eran como cerezas inmaduras. No le quedaban encima sino la cinta delgada y resplandeciente que dibujaban sus ingles; se la quitó de un tirón y la arrojó por el aire; luego frunció los labios en una sonrisa que elevó al delirio el entusiasmo de todos aquellos hombres y desapareció.
El espectáculo había terminado. Henry se levantó acalorado, incómodo, incapaz de decir palabra.
—Esa nena debería estar en Nueva York —decretó solemnemente el cabo Tyce—. Hace su número con clase y distinción.
Al aire libre, vagaron en silencio y sin objetivo hasta que Henry señaló con un ademán un local alegremente iluminado, cuya enseña esbozaba, en
neón verde, la silueta de un [16] aligator.
—¿Qué es esto?
—El Aligator Club —respondió Tyce con súbito malestar—. No me interesa.
—¿Qué hay en él?
—Cerveza, baile, si se quiere. Y un montón de chicas.
El cabo se quedó mirando a una muchacha sola que le sonrió al pasar.
—Entre ahí, Smith. Por lo que a mí se refiere, después de haber visto a Gloria Mundi, ya he encontrado algo que me trastorna.
Henry Smith le contempló alcanzar a la chica y alejarse con ella, la cual puso la mano sobre su brazo.
«¡No es tan difícil como parece!», pensó Smith. Peto ü hubiera querido algo no tan rápido. Deseaba tener el tiempo suficiente para mirar bien a la chica y trabar conocimiento con ella.
A lo largo del bar y en todos los veladores que se hallaban en la sala, hombres y mujeres charlaban por doquier y, en la pista situada en el centro, las parejas bailaban. Smith se sintió asaltado por una gran irresolución, la cual combatió alzando los hombros y avanzando hacia el interior con paso firme. Justo frente al bar, había un pequeño sofá, apenas suficiente para dos, que estaba vacío. Parecía acogedor y confortable. Smith fue a sentarse en él y, por encima de la baja barrera, se puso a mirar la pista de baile. Rebosaba de chicas extraordinariamente decorativas, que bailaban con una gracia alada, aunque muy apretadas contra los soldados. Danzaban tan bien, eran tan jóvenes y alegres, que Henry dudó de la veracidad de lo que había oído decir. No le parecía posible que estuvieran dispuestas a desnudarse en honor al visitante de una tarde, tal cual se le había certificado que ellas hacían.
—¿Usted dirá?
—Rye [17] —exclamó Smith— helado.
—Cerveza solamente, compañero —dijo el mozo, cansado de repetir lo mismo.
—Bueno, cerveza entonces.
Una muchacha pelirroja que entraba en aquel instante en el Aligátor captó las miradas de Henry. Estaba ajustando un cigarrillo en su larga boquilla y se dirigía hacia el bar, con un andar ondulante que recordaba vagamente al de Gloria Mundi. Pero, considerándola con atención, observó que tenía más refinamiento y belleza. Sacudiendo con coquetería su cabellera roja, ella dijo al mozo:
—Buenas tardes, Art.
—Buenas tardes, Dolly.
El mozo dejó la cerveza sobre la mesa, pero Henry no bajó los ojos.
—¿Espera usted a alguien, compañero? —se informó el mozo—. ¿Aquella chica? Voy a avisarle que usted está aquí.
El destino había anudado los hilos; la muchacha se dirigía hacia Henry, con un pequeño saludo muy correcto, como si ella le recordase de otro tiempo. Él se levantó prontamente a su llegada.
—¿Quiere hacerme el favor de sentarse?
Ella le llegaba apenas al mentón.
Le sonrió. Sus dientes eran perfectos y muy blancos.
—La mayoría de los soldados no saben lo bastante para levantarse cuando se les acerca una dama —hizo notar ella y, satisfecha, se dejó caer en el sofá.
Henry se sentó con precaución a su lado. Su perfume, la redonda suavidad de su mejilla, la línea de su cuello, el polvo sobre algunas pecas, todo le trastornaba y le dejaba perplejo, no sabiendo qué era preciso decir o hacer. En todo caso, actuar rápidamente. Y como ella levantara los ojos hacia el techo, con una sonrisa ausente y ensoñadora, exhalando delicadamente un halo de humo, le preguntó:
—¿Desea usted tomar alguna cosa? ¿Cerveza?
—Gracias —respondió ella—. Un zumo de naranja.
«¡Un zumo de naranja!», pensó él anonadado. No era nada lasciva aquella chica.