Cirujano del aire
Capítulo XVIII
A causa de que el autobús estaba invadido hasta el tope de soldados, parientes y amigos que venían de visitar la Base, Joan comprendió que era un error regresar el domingo. Una de las razones que primitivamente la habían impulsado a retornar el lunes era precisamente su deseo de evitar la densa muchedumbre del regreso dominical hacia el campo militar. La otra razón era su deseo de permanecer el mayor tiempo posible separada de Larry, con la esperanza de que la separación sería bienhechora para ambos y en particular para él, si la suerte quería que verdaderamente la echara de menos.
Lo que, en definitiva, le hizo tomar el autobús en domingo fue la irresistible curiosidad de ver cómo Larry llevaba su ausencia. Pensaba que una curiosidad lo bastante fuerte para obligarla a mirar las agujas del reloj varias veces al día, olvidando su ocupación del momento, era la prueba indudable que ella seguía amando a su marido. No lo creía así en el momento de la partida; incluso llegó a pensar que podría, sin sufrir, no regresar nunca más.
Su espíritu buscaba las razones que diría a Larry para explicar su imprevisto retomo, pues no querría explicar la causa verdadera; la necesidad de no permanecer un día más sin verle.
Joan miraba sin verlo el monótono paisaje que desfilaba ante ella; embrujada como estaba por el hecho de que Larry la atrajese violentamente hacia él, y por la orgullosa alegría de sentirse así cautiva. Si ella le quería y si ambos tenían algo que compartir, una unión verdadera, puntos comunes de vista, todo eso parecía discusión puramente académica desde el momento en que las emociones se caldeaban bajo el pensamiento de volver a verle pronto. Que ella sintiera poco respeto hacia él o que su amor hecho de sola seducción permaneciera siendo un problema indescifrable, cuestión más académica aún. Sonrió ante tales absurdos mentales.
A pesar de todo, ella pensaba lúcidamente en esas cosas y la conclusión a que llegaba era clara y cruel; sólo una excitación temporal, propia de tiempos de guerra, los había hecho equivocarse a ambos, sin tener nada de estable que construir, ninguna base sobre la cual su unión pudiera crecer y fortificarse; nada, sino un juvenil deseo de estremecimientos compartidos. Las cualidades que ella respetaba en un hombre, era su silencioso y austero hermano quien las poseía y no Larry, el cual, en el desafío nacido de sus celos constantes, había combatido en sí tales cualidades hasta arrasarlas. Era eso lo peor que había en él; lo incurable, desesperado, tan profundamente anclado que ninguna mujer podría intentar luchar contra ello. Joan acabó preguntándose a qué punto sería él dichoso volviendo a verla, si es que eso le satisfacía.
Fue una de las últimas en bajar del autobús, el cual se desembarazó de pasajeros, como para llenar un tren. Todos los taxis fueron inmediatamente tomados por asalto. Mientras esperaba, quiso llamar por teléfono al departamento; después decidió sorprender a su marido. Y de pronto, surgió ante su imaginación el problema: ¿advertirle o no advertirle? Llegar sin avisar podía tomar el aspecto de un espionaje. Decidió llamar, pero no obtuvo ninguna respuesta.
Cuando entró en la casa, descubrió un reconfortante desorden. La cama no estaba hecha, el pijama había quedado en el lugar mismo donde Larry se lo quitó. Las toallas estaban por el suelo del cuarto de baño, y la navaja, sin limpiar, en el lavabo. La pequeña cocina no había sido utilizada. Rechazando la sospecha que la asaltaba, no queriendo ceder a ella, Joan comprobó el estado de la botella de whisky; su nivel no había cambiado. Seguía por debajo de la etiqueta. Entonces, levantando las cejas de asombro, Joan sonrió.
Se puso a arreglarlo todo. Era tarde para comer. Larry, probablemente, habría cenado en el club. Y se quedaría allí, tal vez, jugando al póquer. Sin embargo, decidió retrasar un poco su propia comida por si, lo que era poco probable, él regresaba pronto. El cajón de una cómoda estaba abierto, las camisas hechas un lío. Las puso en orden y advirtió que faltaba el traje de baño; en consecuencia, Larry había ido a nadar. No era nada sorprendente. Tomó un bocadillo y una taza de té, sentada en la cocinita. Pensó que, si él volvía tarde, la encontraría acostada. Dejaría encendida la luz.
El timbre del teléfono la hizo sobresaltar de esperanza. Pero no podía ser Larry, puesto que ignoraba su regreso. Era una voz de mujer.
—¿La señora Thomas?
—Sí.
La voz parecía ser de una persona nerviosa.
—¿Sabe usted dónde se halla su marido, señora Thomas?
—No. ¿Quién habla?
—Ha tenido un accidente. No grave, pero sería preferible que usted fuese allí. Él está en Gulfview en compañía de una muchacha vestida con un traje de seda blanca.
—¿Un accidente? ¿Qué quiere usted decir? ¿Quién es usted?
—En Conover Cottage —repuso la voz.
Y se cortó la comunicación.
—¡Un accidente! —Joan se dirigía al teléfono, inanimado y silencioso. Era absurdo. Aquella llamada había sido dictada por la malicia más pura. La chica que telefoneó quería que Joan fuese allí y encontrara… ¿Y encontrara qué? ¿Qué es lo que deseaba que descubriese? A Larry, con la otra muchacha vestida de seda blanca, evidentemente. Se sentó y llamó desesperadamente: ¡Larry! ¡Oh, Larry…!
Era lo que ella había creído de él, antes de sentirse trastornada por el deseo de volver a verle. Era realmente lo que, durante un tiempo, se resistió a pensar. Había terminado con él. No hubiera debido regresar. Iba a marcharse inmediatamente, dejándole para siempre. ¡Qué loca había sido al suponer que el uniforme hacía al hombre! Aquello era el fin, la muerte de todo.
«¿Quién sería la muchacha vestida de seda blanca?».
Su cólera creció contra la desconocida voz del teléfono. ¡Decir que había tenido un accidente! ¡Qué vileza! ¿Gulfview? Era un pequeño agujero en la bahía. Para eso se había llevado Larry su traje de baño. ¿Accidente? Seguramente que no había ocurrido tal cosa. ¿Un accidente de natación que no fuese grave? Todo eso era de un transparente absurdo. Pero podía haber sido un accidente de auto.
«Un traje de seda blanca», se dijo amargamente. Y su memoria le recordó a una chica a la que un traje de seda blanca sentaría muy bien, rubia dorado, la enfermera Siz Marrell, con un vestido de seda blanco, ciñendo sus curvas y subrayándolas con claros reflejos sedeños.
Evidentemente, su matrimonio era un fracaso lamentable y sin remedio. No se podía ya esperar nada de él. Paseaba por el pequeño departamento, buscando la mejor manera de terminar. Era perfectamente inútil volver a ver a Larry, quien ensayaría una trama de brillantes mentiras con el fin de convencerla, o se dejaría arrastrar a una desesperación momentánea, a una contrición pasajera, a fin de obtener un perdón inevitablemente temporal. Era una comedia que él se sentía capaz de comenzar y recomenzar constantemente. Por lo demás, lo mejor era dejarle una nota explícita, definitiva, final.
Pero cuando intentó redactarla mentalmente, las palabras le faltaron. O mejor, las palabras la escarnecían. Hablar de una chica vestida de seda blanca, y de aquella finca cuyo nombre no tenía pretensiones —Conover Cottage—, era algo que no podía ser. Eso la haría pasar por celosa y despechada. Y ella, a fin de cuentas, estaba más allá de los celos y del despecho. Sin embargo, era preciso dar con una razón bien valedera. Sus pensamientos volvieron a la voz del teléfono.
¿Y si aquella chica no hubiera tenido malicia al hablar del accidente, ni pretendido sembrar esa duda en ella? Sentóse Joan y, en su perplejidad, lloró. ¿Y si verdaderamente hubiese habido accidente, y ella dejase a Larry sólo por ser demasiado mal pensada para creer en la realidad del hecho? ¿Qué podría decirse a sí misma para disculparse?
—No. No ha habido accidente —se respondió en un murmullo de descorazonamiento—. El único accidente es Larry.
«Si hubo accidente, Craig sabría cómo averiguarlo y qué hacer». Joan experimentó viva necesidad de hablar con él. Desde que tomó esta decisión, su problema se evaporó. Telefoneó al hospital.
—El despacho no contesta —le dijeron—. Pero puede ser que se halle en alguna parte del hospital. ¿Quiere que le busquemos? Denos el número.
—Es urgente —dijo Joan—. Si no le encuentran, ¿querrán hacérmelo saber?
Continuó paseando por el pequeño departamento, calmándose poco a poco, reflexionando sobre los varios objetos que quería llevarse consigo. Podría hacerlo rápidamente e irse antes de que Larry regresara, sin dejar nada tras ella, y sin dar ocasión a que el contacto se restableciese.
«El comandante Thomas no está en el hospital, pero puede que se halle en el club de oficiales».
«No. Lo siento. El comandante Thomas no está en el club».
Llamó al pabellón de los solteros. Oyó llamadas ahogadas:
«Buscan al comandante Thomas. El comandante Thomas al teléfono».
«No. Lo siento. El comandante Thomas no está en su habitación».
Entonces, toda la calma que había acumulado con lucidez la abandonó. Su plan, tan sencillo, de hacer la maleta y tomar un taxi, se fue al agua. A causa de que la lengua venenosa de aquella chica había hablado de «accidente», ella acababa de conducirse como una idiota, poniendo alerta el hospital y la ciudad y no haciendo lo que había resuelto hacer.
Buscó en el anuario Conover Cottage, pero en tal dirección no había teléfono.
Larry, naturalmente, había tomado el coche. Joan estaba allí, irresoluta y cada vez más nerviosa. Le era necesario un automóvil. Se lamentó, después telefoneó a Mary Waller, sin obtener respuesta. Finalmente, decidió probar con el cuarto de Chuck.
—¡Hola!
—Aquello era, por fin, una respuesta. La voz chillona de Chuck.
—¡Ah! ¡Hola, Joan!
—Chuck, ¿tiene su coche ahí? ¿Podría utilizarlo?
—Claro. Sí, está aquí. Mary también. Espere un instante. Mary me pregunta si quiere que ella le lleve el coche hasta ahí.
Esto acaso le permitiera ganar tiempo. Pero no sentía deseos de volver a conducir a Mary al hospital.
—No, Chuck, gracias. Llegaré en taxi.
—Muy bien. ¿Cuándo regresó? Espere un segundo —oyó un vago murmullo de conversación—. Sí, tiene alguna gasolina dentro. ¿Va usted lejos?
—Gulfview.
—¿Gulfview? Espere —nuevo murmullo—. Sí, Mary dice que hay suficiente.
Cuando Joan llegó al cuarto de Chuck, Mary se levantó rápidamente para abrazarla.
—¡Cómo la hemos echado de menos, Joan! Siéntese y cuénteme lo que ha hecho de bueno. Y mire a Chuck, como está ya. Felicítele por su estado.
—Verdaderamente —exclamó Chuck.
Estaba sentado, rígido, con un enyesado semejante a un inmenso melón, y con un brazo en cabestrillo, reposando sobre el aparato.
—Estoy, como puede ver, en una forma magnífica. Siéntese y admíreme como merezco.
—¡Es asombroso! —exclamó Joan con una rápida sonrisa, pero permaneciendo en pie.
—Gracias, Mary —agregó, dirigiéndose a ella, que le preguntaba—. He hecho un viaje excelente. Se lo contaré más tarde.
Mary buscó las llaves del coche en su monedero.
Chuck protestó:
—¡Bueno! No se vaya tan pronto. Quiero saber qué aspecto tiene, hoy en día, una ciudad.
—¡Chuck! —intervino Mary. Y él calló.
—Voy a enseñarle dónde está el coche.
En la puerta, Joan se detuvo con una impulsiva sonrisa de amistad.
—No se olvide de hacerse retratar, Chuck.
—Un melón de agua en una feria campestre —explicó éste.
Fuera, en la oscuridad, Mary tomó con naturalidad del brazo a Joan y le preguntó:
—¿Quiere que la acompañe? No tengo nada especial que hacer ahora.
—¡Oh, no, gracias! No podemos abandonar todos a Chuck. Regresaré pronto.
—Perfectamente —dijo Mary—. Me preguntaba tan sólo si uno de los neumáticos no peligraba… Pero no. Están todos en bastante buen estado. Creo que podrán ir.
Joan pensó que la amistad de los Waller le haría mucha falta. Pero, aquella tarde, su cordialidad le pareció algo enfriada. Y nada le habían preguntado sobre lo que sucedía.
Puso el coche en marcha y partió…