Cirujano del aire

Frank G. Slaughter · Capítulo 23 de 27

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Cirujano del aire

Capítulo XXIII

 

 

A unos veinte kilómetros del aeródromo avistaron la ambulancia, pequeño punto móvil sobre el blanco cordón de la carretera, el cual escondía en su interior a Larry o a lo que quedaba de él. Un espasmo los sacudió y un mismo profundo suspiro se les escapó a los tres.

Cuando echaron pie a tierra, un médico militar se aproximó saludando.

—¿Comandante Thomas? Soy el capitán Seasons.

Craig presentó a Joan y a Blount.

—Desde arriba vimos la ambulancia, capitán. Llegará pronto. ¿Tiene usted alguna noticia precisa sobre el estado de mi hermano?

—No, señor —dijo el capitán Seasons, con inquieta solicitud. Era un hombre bajo, blanco y sonrosado, que, en la Armada, conservaba algo de los hábitos del médico civil a la cabecera del enfermo y se mostró enseguida lleno de atenciones para con Joan—. ¿Querría usted esperar en mi despacho? Estaría mejor allí…

—Gracias, capitán; esperaremos mejor por aquí.

Craig estaba contento de que Blount y él estuviesen allí para atender al herido.

—He traído algunos instrumentos por si acaso estaban ustedes ligeramente escasos de instrumental —dijo al capitán Seasons.

—Excelente idea, señor. Nuestro hospital no es muy importante. La mayor parte de los casos graves son trasladados a los grandes centros. Si quiere excusarme, comandante Thomas, voy a la sala de urgencia para ver si todo está listo.

Craig asintió con un signo brusco, aliviado de acabar la conversación y poder cuidarse de loan. Ella estaba en pie a su lado, tan cerca de él como era posible, tranquila y conteniéndose, pero traicionada por su mano, unida a la de Craig. Éste sintió que ella temblaba interiormente y contaba sólo con él como apoyo. La delicadeza de sus rasgos, la delgadez de su vigorosa silueta le conmovían extremadamente. Estaban juntos, aislados de los demás, reunidos en un mundo cuyos únicos pobladores eran ellos. Dos seres humanos unidos el uno al otro por los lazos del sufrimiento y de la simpatía. Él sentía el calor que se escapaba de ella, lo sentía en torno, tan estrechamente como los febriles dedos rodeaban su mano.

—Joan —dijo dulcemente, esperando tranquilizarla y consolarla. Pero su voz contenía muchas cosas.

Ella repuso simplemente.

—Craig…

Fumando cigarrillo tras cigarrillo, Paul Blount paseaba sin cesar.

Finalmente, el gemido de una sirena cruzó el aire, se intensificó, y una ambulancia rodó hacia ellos, deteniéndose ante la entrada de la sala de urgencia. El chófer y el soldado que se sentaba a su lado saltaron inmediatamente a tierra, abrieron las puertas y el joven oficial médico que estaba en el interior, al lado del herido, descendió casi tan deprisa como ellos. Su soltura y su rapidez hicieron comprender a Joan y a Craig que Larry seguía con vida.

—¿Cómo se encuentra?

—Muy mal herido; en la cabeza, señor, pero con vida.

Colocada inmediatamente la camilla en el suelo, Craig se inclinó para tomar el pulso a Larry, bajo la ropa que le tapaba enteramente. Sólo su rostro, rodeado de vendas, era visible. Su nariz de dibujo audaz, su boca de contornos firmes, casi crueles, eran como piedra gris. Solamente la roja mancha de sangre, apareciendo sobre una venda de gasa, indicaba que la forma tendida era la de un ser viviente. Todas las miradas estaban fijas en Craig. Todas las personas permanecían mudas, mientras él no quitaba los ojos de su cronómetro, contando las pulsaciones. Al fin, alzó la cabeza y se dirigió al oficial médico:

—Presión sanguínea extremadamente débil. Pulsaciones apenas perceptibles. ¿Lo ha encontrado usted así?

—A tal extremo, que por un instante pensé en una inmediata transfusión de plasma. Después de reflexionar, llegué a la conclusión de que era mejor trasladarlo aquí sin demora.

—Tenía usted razón —repuso Craig al joven médico militar.

Era, en efecto, una prueba de prudencia y de buen juicio, pues en el hospital aquella hemorragia podía ser compensada con una inyección de adrenalina, ese producto de las glándulas suprarrenales que ha salvado tantas vidas en casos de postración grave.

—Antes de examinarle a fondo, voy a darle el plasma y adrenalina. ¿La hemorragia fue contenida pronto?

—Al cabo de media hora dejó de extenderse sobre las vendas —respondió el médico, que añadió, mientras los ayudantes hacían rodar la camilla hacia la sala de urgencia—. El hueso occipital está bastante afectado.

—¿Fractura complicada?

—Sí, en extremo.

Craig palideció. Una llaga complicada en la base del cráneo, rompiendo los huesos como si fueran una cáscara de huevo, era una lesión terrible; pocos sobrevivían a los efectos inmediatos de un traumatismo de esa especie. No había muchas esperanzas para cualquiera que se hallara en tal estado.

—Fue un trabajo penosísimo sacarlo de la marisma —explicó el joven oficial—. En mi vida había visto lugar semejante.

Dirigiéndose al capitán Seasons, que había acudido a la sala de urgencia, Craig decidió:

—Vamos a procurar inmediatamente arrancarle de esta postración; examinaré la herida en cuanto el estado general haya mejorado algo.

Mientras el capitán Seasons se encargaba del plasma y de la adrenalina, Blount y Craig se ocuparon en pasar a Larry de la camilla al lecho, desplazándole con infinitas precauciones, bien que hubiera sido ya muy sacudido al atravesar el barro y la maleza. Enseguida instalaron encima de él un cuadro con numerosas bombillas eléctricas, empalmaron la corriente y cubrieron el conjunto con una cobertura que le transformó en una especie de tienda cuyo calor se concentraba sobre el cuerpo extendido, dilatando los vasos sanguíneos y ayudando al herido a salir del estado de coma en que se encontraba. Levantaron el pie de la cama, a fin de remitir la mayor cantidad posible de sangre a los órganos vitales; la urgencia no les permitía tomar en consideración el peligro procedente de la afluencia de sangre sobre el cerebro herido. Lo esencial era mantener una circulación suficiente hasta el momento en que el plasma asegurara las fuentes de la vida, comprometidas por la hemorragia abundante.

Joan estaba en pie, pegada a la pared. Craig fue hacia ella y le dijo:

—¿Desea usted pasar a otro cuarto donde pueda sentarse?

—Todavía no.

El capitán Seasons volvía con un paquete de plasma desecado; esta materia, que tenía el aspecto de azúcar moreno, había corrido ya por las venas de una persona viviente y pronto iba a transitar por las de otra.

Blount y el capitán Seasons prepararon la mezcla de agua destilada y de plasma y pronto se formó una solución que tenía la apariencia de un ligero jarabe.

—¿Quiere inyectar juntamente la adrenalina? —inquirió Blount.

Pero Craig movió negativamente la cabeza:

—Lo haré antes.

Sin quitar las ropas del herido, lo que podría hacerse más tarde para no perder un tiempo precioso en removerle y fatigarle, cuando otras cosas eran más urgentes y vitales, sacó el brazo derecho de debajo de la ropa, levantó la manga y colocó un torniquete. Las venas estaban vacías y hundidas. Fue difícil encontrar el lugar. Craig clavó la aguja en la carne lívida; Larry gimió y volvió la cabeza, y el rostro de su hermano se iluminó, pues era una buena señal que reaccionara al estímulo del dolor. El comandante movía suavemente la aguja, buscando en la profundidad de los tejidos la blanda hinchazón de la vena; si no podía alcanzarla y era preciso activar, se perderían unos minutos, irreparables acaso. De pronto, la aguja avanzó rápidamente, como si penetrase en una zona de menor resistencia. Craig no tuvo necesidad de ver subir la sangre en el interior de la jeringa cuando tiró del émbolo para darse cuenta de que había logrado al fin alcanzar la vena. Con precaución desprendió de la parte posterior de la aguja la ampolla que había utilizado, sustituyéndola por otra llena de adrenalina, la cual inyectó hasta la última gota. Dejando la aguja en su lugar, desprendió nuevamente la jeringa vacía y ajustó esta vez a la aguja el extremo de un tubo que comunicaba con el frasco de plasma que el capitán Seasons mantenía preparado. El líquido comenzó a circular, trasvasando regularmente.

—Tal vez podamos, acabada la inyección, arriesgamos a un examen completo —dijo el comandante.

Esperando que todo el líquido pasara del frasco a las venas de Larry, el capitán Seasons vigilaba la aguja y el tubo. Craig fue a reunirse con Joan. Nunca es tiempo perdido el empleado en combatir la postración originada por una hemorragia; hoy día los médicos están convencidos de ello, pero no hace aún muchos años, numerosos enfermos morían a causa de que el cirujano había querido operar lo antes posible, sin que el cuerpo, vacío de sangre, hubiera recuperado la suficiente energía para soportar, después del traumatismo de la herida, el operatorio.

—¡Es horrible, Craig! —murmuró Joan—. ¿Es… muy grave?

—Por el momento, no puedo asegurar nada. El caso es muy grave, desde luego. Es imposible, hasta el presente, darse cuenta de la sangre que ha perdido, pero esto no es lo más importante. Lo peor es la conmoción debida a la caída y la localización de la fractura.

—Así, pues, es muy grave.

—Larry vive, Joan. No podemos decir nada más.

Después, volviéndose hacia el joven médico militar que había acompañado a Larry, dijo:

—¿Cuál es su grupo sanguíneo?

—Grupo O, señor. Los donantes han sido convocados en el acto. Deben de haber llegado ya, señor.

—Está bien la precaución —aprobó el comandante—. Tendremos necesidad de sangre si operamos.

Volvió al lado del lecho, tomó la mano de Larry bajo la ropa y se incorporó:

—El pulso está mejor ya.

Joan se acercó a la cabecera de la cama y miró a su marido; muy pálido aún comenzaba, no obstante, a adquirir cierta apariencia de vida; pero, no pudiendo ella respirar allá, se volvió hacia la pared y miró el nivel del plasma descender lentamente hasta que el frasco se hubo vaciado. Entonces, Craig retiró la aguja, puso el aparato medidor de la presión en torno al brazo de Larry y colocó luego el estetoscopio sobre su pecho. Cuando se incorporó, quitándose de las orejas los extremos del aparato, sonreía.

—Verdaderamente, lo hemos sacado adelante. Ahora, Paul, podremos examinar la herida.

Fue hasta Joan y, tomándola del brazo, le dijo:

—Creo que ahora sería mejor que saliera.

—¿Cree usted? —preguntó ella con ansiedad. Pero él estaba ya haciendo un signo al capitán Seasons, quien la acompañó fuera de la habitación. Craig se decía que aquello era todavía más duro para Joan que para él mismo.

Cortó el vendaje sobre la frente lívida y, con la ayuda de Blount, hizo girar el cuerpo inerte. Larry gimió, pero sus ojos no se entreabrieron. Entonces, como si pelase una fruta, el cirujano levantó las compresas de gasa mantenidas por el vendaje, saturado de sangre; estaban rígidas y de un color marrón oscuro.

Una gran herida abierta apareció. Cortado de parte a parte, el cuero cabelludo estaba plegado en una extensa zona, dejando al desnudo la superficie blanca del cráneo, atravesada por sombrías grietas en zigzag. El hueso estaba desnivelado y aplastado su contorno; se hubiera dicho que era un huevo parcialmente desfondado. Craig alzó los ojos, pero los de Blount permanecieron bajos, con los párpados velando una expresión de sombría impotencia.

Asiendo un instrumento de encima de la mesa quirúrgica rodante, Craig palpó con él suavemente la llaga. Era profunda, los huesos estaban despegados, cedían a la más ligera presión y se sentía, moviéndose debajo, la superficie semifluida y blanda de la materia cerebral. El instrumento arañó algo más y Craig acercó con la otra mano la bombilla encendida que colgaba sobre la cama; la luz le permitió ver, y extraer, una pequeña astilla de madera.

—¡Fractura terriblemente complicada! —dijo con voz sombría haciendo un gran esfuerzo para no delatar su absoluto pesimismo.

—¿Otros cuerpos extraños?

—No sé. Muy probable. Pero no puedo continuar la exploración antes de que estemos preparados. ¿Quiere usted hacer el examen neurológico? Yo vigilaré.

Fue un alivio para Blount ponerse a trabajar. Craig decidiría si había probabilidades de salvación, en caso de operar, o si era preciso esperar a que el fin se produjera sin cirugía. Con ella, sucedería lo mismo probablemente. Pero Craig era un hombre que no vacilaba en correr los mayores riesgos, operando cuando vislumbraba el menor rayo de esperanza.

Con el oftalmoscopio y apuntando con un reflector eléctrico a las pupilas de Larry, Blount podía ver hasta el fondo del globo ocular, el rosa vivo de su forro interior, la retina, el curso de los vasos sanguíneos, las extremidades del nervio óptico, por las cuales penetraba en el interior del ojo. No observó nada anormal; acaso fuera demasiado pronto para que la presión experimentada por el cerebro actuara originando un cambio perceptible.

Metódicamente comprobó los nervios craneanos, los conductos y ligamentos que proveían a las múltiples necesidades de la cabeza y de los órganos vitales del pecho y del abdomen por medio de los dos nervios vagos que corren desde el cráneo hasta el bajo vientre. Comprobó los reflejos: codos, rodillas, tobillos, notando la reacción de los músculos; planta de los pies y juego de los dedos; abdomen y contracción de los músculos de su pared.

No había, sin embargo, ningún medio para comprobar la respuesta consciente del propio Larry a las sensaciones, aparte de los gemidos que se le habían escapado en dos o tres ocasiones, pues no había dado aún ninguna señal de recobrar el sentido.

—Nada definido que señalar —dijo finalmente Paul Blount—. El cerebro está perturbado por el traumatismo. Eso es todo. El conjunto de reflejos muestra normalidad. Si pudiéramos examinar la visión… Pues eso…

Dejó la frase inacabada.

—Lo sé —exclamó gravemente Craig.

La zona herida del cerebro era el lóbulo occipital, que dirige una de las funciones más vitales, la visión. El efecto de la luz sobre la sensible retina despierta un impulso eléctrico que, atravesando el cerebro, llega a ese lóbulo occipital. La Naturaleza ha dispuesto sabiamente así las cosas, a fin de que el centro visual se halle detrás, donde está más protegido; los huesos tienen mucho espesor y existen pocos riesgos de que se pueda sufrir una fuerte presión. Pero la Naturaleza no contó con la aparición del automóvil, y la del avión más tarde, no construyendo en consecuencia el cuerpo humano en previsión de los esfuerzos considerables que las modernas invenciones mecánicas le imponen a veces.

Craig hizo por sí mismo un rápido examen y llegó a las mismas conclusiones que Blount. Hasta que hubieran podido levantar los huesos rotos y mirar debajo de ellos, en el cerebro herido, y podido apreciar la extensión del daño, no podrían calcular las consecuencias del accidente.

—¿Operaría usted? —preguntó Craig. Pero no había ninguna duda en su voz.

—Es la única probabilidad que resta —repuso Paul—. La llaga debe ser limpiada. Y sería precisa toda la eficacia de las sulfamidas para evitar una infección… Puede, además, haber otros cuerpos extraños…

—Es lo que temo. Mientras preparan la sala de operaciones, voy a hacer una radioscopia.

Dio instrucciones al capitán Seasons y habló con Blount aparte.

—Puede ser que no llegue con vida al final de la operación, Paul.

Blount hizo un melancólico signo de aquiescencia.

—Y si Larry pudiera hablar, acaso rehusara esa posibilidad de vida.

El jovial rostro de Paul se tiñó de disgusto.

—No puede augurarse nada bueno de esa operación, Craig.

—Lo sé. Pero debemos intentarla. Es preciso que vaya al lado de Joan.

—¡Jesús! —gimió Paul.

Craig, que ya se alejaba, volvió hacia él, exclamando:

—¿Cómo? No le he oído.

Súbitamente agitado, Blount le tendió su ancha mano.

—Desde hace tiempo le sigo, viéndole actuar, Craig. Todo lo que puedo decirle es que es usted un condenado tipo de hombre bueno y valiente.

—Es necesario que vaya a ver a Joan —dijo Craig con lasitud—. Estoy contento de tenerle a mi lado, para ayudarme, Paul.

Los rayos Roentgen podrían, pensaba, revelar claramente la presencia de fragmentos de metal hundidos a demasiada profundidad en la masa cerebral para que se pudiera pensar en extraerlos. Los cirujanos, en tales casos, no pueden hacer otra cosa que dejarlos donde se encuentren. A veces, los pacientes curan a pesar de esto. Pero, en otras ocasiones, se producen convulsiones. Era preciso explicar a Joan a qué punto las cosas podían agravarse, a fin de que estuviera preparada para lo que pudiera venir.

La encontró en el pórtico, apoyada contra un montante.

—¿Qué, Craig? ¿Es muy grave?

—Voy a hacer un examen radioscópico, Joan. Creo que será necesario operar.

—¿Es muy grave? —repitió.

—Si operamos, puede que no resista la operación hasta el fin.

—¿Es usted el que opera?

—Sí.

—No querría que fuese otro.

—Lo sé.

Apoyado sobre la reja del pórtico, miraba a lo lejos, buscando la manera de empezar a preparar la cosa.

—Parece usted agotado, Craig.

—Me encuentro bien.

—Usted siempre se encuentra bien —dijo ella con un matiz de orgullo—. Es su regla de conducta, ¿no es así?

—Es una herida grave, Joan. Muy grave.

—Si sobrevive a la operación, ¿cree que todo irá bien?

Ella le hizo la pregunta en voz baja.

No había ninguna certidumbre que ofrecer en la respuesta, pues las probabilidades favorables eran escasas. Era necesario contar con todas las posibilidades, pues los hechos duros y precisos eran, al fin y al cabo, lo más misericordioso. Miró las largas manos apoyadas en la reja, las largas pestañas temblando sobre unas mejillas pálidas, los párpados bajos. Deseó en su corazón ser el tipo de hombre bueno y valiente que Blount veía en él.

—No hay modo de que pueda contestarle algo que tenga visos de seguridad. Al menos, antes de haber visto el resultado de los rayos Roentgen, Joan —repuso.