Cirujano del aire
Capítulo XVII
— IEN, señor; heme aquí. B
El capitán Blount saludó a Larry con un ademán y dijo:
—Estaré con usted dentro de un instante, Thomas. Póngase cómodo.
Larry se sentó y tomó un cigarrillo. Aquella mañana se encontraba en pleno equilibrio y con la euforia del hombre que, habiéndose acostado temprano la víspera, ha dormido muy bien. Habíase desayunado parcamente, no tomando sino una taza de café. Encendió el cigarrillo, conservó la cerilla un instante entre los dedos, y consideró con satisfacción la ausencia total de temblor en la mano extendida. Apagó la cerilla, y exhaló la primera bocanada de humo, dejando caer su cabeza contra el respaldo del sillón, en una actitud de espera y tranquila confianza. Pero todos esos detalles no surgían, semiinconscientemente estudiados, más que para infundirle seguridad y disimular un estado nervioso interior que nada tenía que ver con una noche de sueño excelente.
La espera en el despacho de un cirujano del aire, la contemplación de sus instrumentos, demasiado familiares, y por lo mismo más inquietantes, que descubrían a un ser humano muchas más cosas de las que él creía saber de sí mismo; la perspectiva de permanecer con el cuerpo inmóvil, levantando un pie o tirando de una palanca, mientras cifras desconocidas llenaban columna tras columna, cuadros invisibles…, este conjunto bastaba para poner a un piloto mucho más nervioso que todo lo que pudiera pasar a bordo de un avión. Larry conocía esta tensión anhelante, y había aprendido a edificar en torno una muralla de defensa que, sin engañar a nadie, ni a sí mismo, ni construir una sólida fortaleza, le ayudaba por lo menos a conseguir una especie de equilibrio inicial antes de pasar la revisión de conjunto y de detalles. Esta vez era distinta de las otras, y bastante peor. No sabía aún él mismo por qué había estado a punto de estrellarse contra el suelo, y no había sido advertido de ello sino por el pánico reflejado en el rostro del alumno; pero Blount iba a buscar ese «porqué» hasta encontrarlo, y con toda seguridad lo encontraría.
Blount alzó su gran cabeza redonda, inclinada sobre los papeles, abrió la puerta de un pequeño cuarto oscuro e hizo señal a Larry.
—Entre ahí, estírese bien y descanse.
Larry se echó. Era el viejo truco de costumbre. Inevitablemente, un hombre que se abandonara a esa posición, se sentía invadido por la calma mientras pasaban los minutos. Se colocó lo mejor que pudo y se dejó ir blandamente para ayudar a la relajación completa. En suma, era preciso lo que suele hacer el boxeador mientras el que anuncia pregona los nombres y el peso de los contrincantes; o sea, permanecer inerte, pasivo, como si se hubiera de pasar así la eternidad.
Blount entró en la estancia y, alzando la pantalla de la lámpara, comenzó a preparar metódicamente los instrumentos para medir la presión sanguínea y los estetoscopios, sobre una mesa, cerca de una silla, sobre la cual Larry debía ejecutar su número exactamente igual que un caballo de circo al que obligan a contar con las patas. Blount no le miraba ni le dirigía la palabra. Durante algunos instantes Larry se preguntó qué era lo que Blount sabría verdaderamente acerca de sus relaciones con Siz, y en qué medida su veredicto se vería afectado por tal circunstancia. Después se relajó nuevamente; nada, en suma, probaba que el silencio del capitán tuviese un motivo particular. Los cirujanos del aire evitan normalmente discutir con los pilotos antes o en el examen, pero se recobran de su silencio mediante preguntas extremadamente precisas, minuciosas e indiscretas. La charlatanería y, más aún, la discusión, podían originar el peligro de excitar al piloto y falsear los resultados de la prueba.
Larry, entregándose a pensamientos tranquilizadores, se dijo que todo lo que acaecía no era sino vieja rutina, cuando Blount contó su pulso atentamente y le rodeó el brazo con la manga del aparato para medir la tensión, hinchándola hasta que una sensación de picor en la punta de los dedos le indicó que la circulación había sido cortada. La sesión había comenzado e iba a desarrollarse siguiendo un rito y un ritmo ya familiares. Cada ejercicio era seguido de dos minutos de descanso, para preparar al paciente a soportar, en las mejores condiciones posibles, la siguiente prueba.
—Desnúdese.
Las diversas experiencias derivadas del examen de la circulación habían acabado, llegaba ahora lo más importante.
Mientras dejaba sus vestidos, Larry reflexionó que el laconismo de Blount parecía mayor que de costumbre. Avanzó desnudo hasta la mesa de examen, erguido: su cuerpo era estrecho de caderas y ancho de hombros, con el vientre plano; bello espécimen físico, lo cual no era ignorado por Larry.
Blount le examinó con el cuidado extremo del traficante que quiere comprar un caballo.
—Veamos el equilibrio —dijo.
Nada de nuevo aún. Pero peligroso. No era él, ciertamente, aunque, por si acaso, Larry respiró lenta, profundamente, y se sentó sobre el taburete de esmalte blanco al cual Blount imprimió un movimiento rítmico de vaivén.
Larry se sintió acometido por una especie de náusea y un deseo de regurgitar le sacudió. A la indicación de Blount cerró los ojos, bajando la cabeza; obedeciendo también su mandato volvió a abrirlos de nuevo. El cirujano los miró de cerca con atención. La habitación entera parecía girar vertiginosamente, y sus ojos hicieron un esfuerzo para volver a enfocarla en su inmovilidad por medio de unos movimientos laterales llamados
nistagmas[20]. Y Larry vio cómo Blount inscribía el resultado de la reacción; pero, como anteriormente, nada pudo leer en el impasible rostro. El examen realizado en el lado derecho fue repetido en el izquierdo.
—La prueba de la visión —dijo brevemente Paul.
La cosa careció de dificultad y de peligro para Larry, el cual percibió y descifró todo lo que le fue presentado, inquieto tan sólo a causa de la seca actitud de Blount. Pensó que el cirujano del aire no tenía necesidad de mostrarse tan herméticamente oficial, toda vez que era amigo de Craig.
—Percepción y cálculo de profundidad.
Larry suspiró, y se dio cuenta de que el oído del capitán no había perdido detalle por leve que éste fuera. En efecto, era para él la prueba crítica entre todas. Maniobró con las cuerdas del aparato Howard-Dolman, y contempló, en una especie de vértigo, la varilla móvil que avanzaba a saltos a medida que él trataba de aproximarla al índice fijo; llegó casi a ponerlos al mismo nivel, pero otra vez la varilla móvil se escapó por el otro lado, como un conejo asustado. Recomenzó la maniobra con los mandos, de manera más irregular todavía, y la varilla, irónicamente, se balanceó en un vaivén que no le era posible estabilizar. El sudor cubrió su frente.
—Tómese tiempo. Repose un minuto y vuelva a hacerlo con calma.
Con la cabeza baja, Larry se entregó al momentáneo descanso.
Después la varilla móvil se puso a deslizarse, regularmente, cada vez más cerca del índice fijo. Pero en el último segundo se escapó de nuevo. Larry renovó su tentativa sin conseguir fijar el vástago móvil frente al otro. No podía evitarlo.
Blount, después de leer las indicaciones relativas a los ensayos hechos, anotó las cifras.
Después vino el examen ocular, y luego la larga serie de pruebas, neurológicas, las rodillas, los tobillos, todas las reacciones se marcaron; los nervios craneales y los periféricos suministraron su contingente de anotaciones. La visión de los colores, las franjas de luz blanca y verde, que respondían a mandos similares a los de un avión, permitieron medir la agilidad mental y muscular del piloto, su amplitud para coordinar el pensamiento y la acción.
Finalmente, Blount dijo:
—Puede usted vestirse.
Larry le lanzó una mirada con la que no pudo averiguar absolutamente nada, y se vistió enseguida, con rapidez nacida de su ansiedad, mientras pensaba qué irían a decirle. Una cosa era burlarse de las revisiones médicas cuando éstas iban bien, y otra muy distinta hacerlo cuando el asunto no marchaba favorablemente. Se empezaba entonces a comprender que la opinión del cirujano del aire en la materia era decisiva, y que, en suma, tenía una autoridad absoluta sobre la suerte del examinado.
—Siéntese, Thomas —dijo Blount cuando el piloto volvió a pasar a su despacho—. El coronel Flynn se tomó la molestia de telefonearme personalmente a propósito de usted. Cree que tiene el temperamento y las condiciones de un buen piloto de caza. Es preciso que siga usted volando. ¿Qué es lo que le puso a dos dedos de estrellarse contra el suelo con su avión-escuela?
Larry miró a Blount a los ojos y no halló en su expresión nada amistoso ni tampoco hostil. Y, de súbito, comprendió que aquel hombre era de una equidad irreprochable.
—Sinceramente, señor, no tengo la menor idea.
La expresión de su rostro era en aquel instante tan seria como lo hubiera podido ser la de Craig.
Blount le ofreció un cigarrillo, sin que ningún movimiento cordial, apareciese en su actitud.
—No haga un misterio de ello. ¿Tuvo acaso un momento de ceguera?
—No, señor.
—¿Deseo de asombrar, pavonearse?
Larry enrojeció vivamente.
—Yo no intento nunca asombrar a nadie. Ni me pavoneo.
Pero su irritación se transformó pronto en un retorcimiento, en una tortura de muchacho.
—Déjeme que le cuente exactamente, capitán. El hecho es que… me ha metido usted pánico.
La expresión de minuciosa rebusca, de examen implacable, se deshizo en el rostro de Blount en una sonrisa de comprensión.
—Venga, Larry; explique lo que pasó.
Larry enrojeció de nuevo, pensando que siempre había sido injusto con Blount, y que era una gran persona.
—Gracias, señor. No iría mal que recobrara el valor. En aquel momento me acordaba de la inquietud nerviosa que los descensos en picado me causaban al principio, cuando era alumno, y después me dije que, verdaderamente, aquello no era nada cuando se había adquirido la costumbre, pues se veía d suelo subir hacia uno sin la menor inquietud, porque se sabía exactamente el grado hasta el cual se dejaría subir. Sólo ante mí mismo me envanecía, señor. De pronto advertí el rostro horrorizado de mi alumno, en el cual ya no pensaba. Me recobré y salí de la cosa.
—Escogió usted mal el momento para entregarse a meditaciones retrospectivas. ¿Qué había usted hecho la tarde anterior? ¿Había bebido demasiado?
—A decir verdad —admitió Larry—, me había excedido un poco. Pero a la mañana siguiente me encontraba perfectamente, es decir, usted ya sabe, señor, sin la menor resaca.
—Lo siento —dijo Blount—, pero tengo que suspenderle el permiso de vuelo.
—¿El permiso de vuelo? ¡Si nunca me lo han quitado! Pero, señor… — Hizo una pausa y volvió a interrogar, ansiosamente—. No querrá decir de modo permanente…
—Dos semanas. Y luego un nuevo examen.
—¡Quince días! Y justo cuando llegan los nuevos aviones de caza.
—Sí, lo sé; pero no está usted en estado de conducirlos.
Larry se puso en pie y paseó por el despacho.
—Tiene derecho a pedir una revisión por otro examinador —le recordó Blount.
—No, señor.
Volvió a sentarse, y, con un esfuerzo que le fue difícil, sonrió.
—Este examen ha sido completo. Demasiado completo, podría decirse. ¿Qué resultados ha dado, pues? ¿Querría decírmelo?
—Algo alto de tensión. Sobre todo para su edad. Pero el tabaco y el alcohol pueden ser la causa. Todas las reacciones algo lentas. Percepción de profundidad claramente mala. Es eso lo que estuvo a punto de hacerle matarse. Once de Schneider; justo al límite; también debería estar mejor a su edad.
—¿Y qué debo hacer?
Blount sonrió.
—No hay nada en ello que no pueda arreglar usted mismo. Pero el tratamiento es duro. Es terrible, a su edad, tener que dar largos paseos y respirar a pleno pulmón.
Larry sonrió a su vez al levantarse.
—Tiene usted razón, señor, es un tratamiento doloroso. Pero presumo que me será preciso resolverme a seguirlo.
—La natación es buena. Y el tenis. Todos los ejercicios al aire libre. Duerma mucho. No beba. Y vuelva a verme dentro de dos semanas.
—¡Ni mi mujer va a reconocerme! Gracias, señor.
—Muy bien; buena suerte, pues.
Blount hizo, sonriendo, el ademán de impulsarle a saltar una colina. Cuando la puerta se hubo cerrado tras él descolgó el teléfono.
—He tenido que suspender el permiso de vuelo a Larry por una quincena, Craig. Imposible evitarlo. Pero es un buen muchacho, animoso y seguro. Saldrá adelante. ¿Qué diría usted de un vaso de cerveza esta tarde?
Mediante una visita a Chuck, Larry inauguró la serie de sus largos paseos. Habiéndole contado lo que sucedía, obtuvo el consuelo inmediato de una alegre y total ausencia de conmiseración.
—¡Ah! Estoy muy contento —declaró Chuck—. No podemos permitirnos el lujo de arriesgar locamente tan buenos aparatos. Haz el piloto en tierra tanto tiempo como quieras. Dedícate a hacer calceta.
El cuarto de Chuck le resultaba más acogedor que su departamento, tan desolado. Larry no pudo evitar el telefonear dos veces a Joan rogándole que regresara inmediatamente. Pero ella se mantuvo en su proyecto original de no retomar hasta pasado el fin de semana. La vergüenza le impidió decirle que, a la mañana siguiente de la «tarde tranquila en casa», había estado a punto de estrellarse, y que en la actualidad se hallaba sin permiso de vuelo por dos semanas. Fue a acostarse pronto, puso la radio en marcha al lado de la cama, y durmió abundantemente. Desde su departamento al cuarto de Chuck había tres buenos kilómetros y hacía el trayecto tres veces diarias, constreñido por la necesidad de mejorar no sabía qué invisible parte de su estado físico.
Una vez, Siz entró en el cuarto de Chuck mientras él estaba; charló algunos instantes con aquél, contentándose con dirigirle un pequeño signo amistoso. No había olvidado su cita con ella; considerando que sería más fácil por teléfono, se abstuvo de hablar, no encontrando las palabras precisas.
—Se me ha recomendado que vaya a nadar a Gulfview el domingo —dijo a Chuck.
—Es un lugar sin importancia, ¿no? —preguntó Waller, con aire inocente.
—Sí, a lo que creo; sin nada de particular.
—Extraño —murmuró Chuck—, verdaderamente extraño.
—¿Qué dice? ¿A qué se refiere?
—A Gulfview. Ese infame caserío malbarata mis fines de semana. Un rincón que se llama Cono ver Cottage.
—Pero ¿qué es lo que está usted tramando?
—Extraña coincidencia —repitió Chuck—. Cuando Siz se toma un día de descanso, es a Gulfview adonde va. ¿No lo sabía usted? Y el domingo es su día de descanso.
—¡Al diablo si voy! —gruñó Larry, sintiéndose fastidiado.
—Esa maldita rubia hace un doble juego y se burla de mí —afirmó Waller con firmeza burlona—. Cuando se lo explique a Mary tendrá peor opinión de ella todavía. Así, pues, ¿no irá usted, Larry?
—¿Qué significa esa idea de decírselo a Mary? No, yo no iré.
—No tengo ninguna confianza en usted —malició Chuck, escéptico—. Y además he perdido toda la confianza en ella. ¿Quiere que le diga que usted no irá a Gulfview?
—¡Que el diablo se lo lleve! Ya se lo diré yo mismo. ¡En qué sucio espía se ha convertido usted!
—Los domingos son tristes para mí, porque Siz está ausente —explicó Waller, imperturbable—. Venga a verme el domingo por la tarde. ¡Esa rubia y su doble juego! ¿Hubiera podido imaginarse una mujer como ésa, Larry?
Cuando Larry telefoneó, Siz estaba bajo la ducha, y su compañera de cuarto tomó el encargo. Lanzó una ojeada al rostro de Siz, que apareció por un momento entre las cortinas de hule, para preguntar de qué se trataba.
—Thomas. No el comandante. El teniente. El guapo aviador. Esto es una sorpresa, ¿eh?
—¿De verdad, Hazel?
Siz se secó rápidamente y salió de la ducha.
—Deme algo que ponerme. No creo que sea decente hablarle estando desnuda. Gracias. ¡Hola!
—¡Hola! ¿Qué tal está usted? ¿Sabe que me han suspendido el permiso de vuelo?
—Sí, lo he oído decir. Lo siento. ¿Por cuánto tiempo?
—Dos semanas.
—Horrible. Debe de aburrirse usted mortalmente.
—Parece ser que el aburrimiento mortal es precisamente lo que me hace falta. Nada de alcohol. Grandes paseos. A la cama temprano. Ejercicios de visión. No resulto tan buena compañía para los demás. Ni para mí mismo. Siesta cada tarde. ¡El infierno, en suma! Por lo cual…
—De ningún modo. El reposo alivia. Temía que esperara usted de Gulfview alguna distracción excitante y animada. Pero es un lugar muy tranquilo, ¿sabe? Por eso voy. Se nada bien allí, y eso es todo. Traiga su traje de baño.
—Bien…, desde luego; la natación es una de las cosas que me han ordenado hacer. Pero telefoneaba para decirle…
—No, no me lo diga —aconsejó ella con voz lenta.
Él rió.
—¿Que no le diga el qué? —preguntó.
—Lo que iba usted a decir.
—¿También lee usted el pensamiento?
—No me gusta mucho ese «también». Espero que me explicará su sentido, Larry. Por ahora, buenas tardes.
Tomó un cigarrillo, y dijo a Hazel, que estaba asombrada:
—¡Uf! Durante un minuto tuve la sensación de que él volaba marcha atrás. ¿Hazel?…
La compañera de cuarto sacudió su cabeza poco armoniosa, y, por más que su ancho rostro expresara una admiración no disimulada, repuso:
—No, Siz; de ningún modo.
—¿El de seda blanca? Sólo por una vez.
—¿Mi traje nuevo? Mucho menos.
—¿Hazel?
—Nada. Yo también tengo una cita. ¡Dios santo!
—No se enfade porque se lo pidiera, Hazel. ¿Dónde estaba cuando el teléfono?… ¡Ah! Bajo la ducha.
Hazel rió, sacudiendo la cabeza.
—Ciertamente es usted fenomenal, Siz. «Lleve su pantalón de baño, teniente Thomas». ¡Qué descaro! Decir a un oficial lo que debe hacer de sus pantalones.
—Usted me escandaliza —respondió con calma Siz.
Pero Hazel quería llegar hasta el final.
—¿Desde cuándo ese guapo oficial está bajo las órdenes de una enfermera?
—No estoy completamente segura de que lo esté —repuso dubitativamente Siz, volviendo a la ducha.
Esa incertidumbre duró hasta el domingo, después de las tres de la tarde. Siz estaba sentada, apoyada contra la palanca de la playa. Una muchacha morena, en traje de baño, y un chico forzudo que llevaba un slip blanco, estaban echados uno al lado del otro, cerca de ella, sobre las planchas colocadas encima de la arena. Una pista estrecha atravesaba la finca y pasaba entre grandes pinos de Australia, de color verdiazul. Mientras Siz miraba en aquella dirección, un coche mostró su nariz en el recodo y descendió hasta la playa, saliendo de él, al detenerse, una alta silueta vestida de uniforme.
Siz se levantó agitando la mano.
—Larry, póngase su bañador y venga.
—¿Hace falta que me levante? —preguntó el muchacho forzudo.
—Seguramente no —respondió Siz, riendo—. Me parece que sabe vestirse solo.
Larry, en slip, salió del cuarto de vestirse y ducha, que estaba situado detrás de la torre y se acercó a ellos avanzando con precaución, pues el césped seco estaba sembrado de cardos y bardanas.
—¡Es bien verdad! —dijo la chica del maillot amarillo, que tenía todo el aspecto de un grabado publicitario para fabricantes de trajes de baño—. ¿No está espléndidamente formado? ¿Eh, Gerry?…
—No digas tonterías —repuso Gerry.
—Llega usted tarde, Larry. ¿Dónde ha estado? —preguntó Siz—. Le presento a Gert y a Gerry.
—Voy a buscar bebida —dijo Gerry, estrechándole la mano—. Le llevamos un vaso de ventaja.
—No, gracias. Nada me sería más agradable, pero…
—Pero lo tiene prohibido —exclamó Siz—. Yo tampoco quiero más.
—Por el contrario, a mí me gustaría. Voy contigo —dijo Gert.
Siz hizo notar cuando la pareja los hubo dejado:
—Advierta lo amables y discretos que son.
Ella estaba acostada enteramente, con la cabeza apoyada sobre el antebrazo y su línea abundantemente ornada de curvas, resaltaba en su maillot de dos piezas.
—Y qué pacífico es todo aquí —prosiguió—. Podrá usted dormir, si quiere.
—Puede ser —dijo Larry, apoyándose sobre el codo—. No se sabe. — Contempló la playa, vacía y blanca, la finca circundada por los pinos, y sintió su piel quemarse bajo el sol—. Sus amigos han descubierto un rincón perfecto. ¡Esto es vivir!
—Pasan la mayor parte del tiempo en su dormitorio —subrayó indolentemente Siz—. No los veo mucho. No. No se siente usted —gimió, siempre con los ojos cerrados—. Es agotador. Échese completamente.
Él obedeció y, como ella, apoyó la cabeza sobre su antebrazo. Como ella también, cerró los ojos.
—Debería usted formar parte del equipo deportivo —le dijo Siz.
—Yo remaba en un equipo.
—¡Ah! Muy bien.
Él entonces súbitamente repuso:
—¿Qué diantre ha hecho usted en su vida por sus músculos?
—No tengo músculos —respondió ella sonriendo—. ¿Por qué no intenta dormir?
Gerry volvía a la playa y trepaba a una pequeña barca de vela, que se puso a achicar enseguida.
—¿Qué le parecería un paseo por el mar?
—Él sabe realmente maniobrar con las velas —murmuró Siz—. ¿Le parece que su siesta ha sido suficiente?
—Más que seguro.
Larry se puso en pie, estirando sus grandes brazos.
—Estoy muy contento de que sepa, pues yo ni siquiera hubiese podido arrancar la barca de la arena de la playa.
El agua del golfo brillaba bajo la brisa que levantaba pequeñas ondas y, desde que la vela fue izada y comenzó a henchirse, se deslizaron, tomando velocidad, volando sobre la superficie del agua levantando ligeras nubes de espuma, cuyas saladas gotas caían sobre su piel.
—Henos aquí —dijo Gerry, quien, con una exclamación muy profesional: «Todo a la derecha», empujó vigorosamente la barra.
Larry, perplejo ante la maniobra, no se agachó con la suficiente prontitud. La barra le empujó sobre el estrecho puente y lo arrojó chapoteando al agua. Siz le siguió voluntariamente, mientras Gerry, contento, hacía virar la barca y retrocedía hacia ellos. A largas brazadas vigorosas, Siz nadaba hacia Larry.
—He pensado que haría bien en acercarme a usted por si acaso no era mejor nadador que marino —le dijo.
Treparon de nuevo a bordo, riendo y goteando. Después de esta lección, Larry vigiló los movimientos de Gerry y, cada vez que viraba de bordo, bajaba la cabeza tan deprisa que los otros reían de buena gana. Como el sol descendía ya hacia el horizonte, la brisa dejó de soplar, y cuando, al fin, regresaban al lugar de la partida, apenas avanzaban sobre las aguas plácidas.
—¡Estupendo! —dijo Larry—. Me declaro enteramente a favor de esto.
—Por mi parte estoy enteramente a favor de un vaso bien medido — exclamó Gerry—. Y seguido de una sólida comida.
Volvieron a la finca, prepararon con presteza una cena a base de bocadillos, cerveza y golosinas, que tomaron charlando, sentados en la fresca humedad de sus trajes de baño. Cuando acabaron y las mujeres arreglaron la vajilla, la penumbra se había hecho ya en el interior y la pálida claridad de una luna todavía en creciente plateaba las costas. Larry pensó que había llegado la hora de irse. La jomada había transcurrido al aire libre, entre el ejercicio y el reposo, de tal modo, que Blount hubiese tenido que aprobarla, de no mediar su interés hacia Siz.
—Mire cómo asciende la luna —dijo Siz—. Vamos juntos a pasear un poco por la arena.
—De acuerdo —dijo Thomas.
Pero Gerry y Gert parecían letárgicos.
—Vayan, vayan ustedes —exclamó Gert—. Nosotros somos viejos.
La luna esparcía un resplandor suficiente para iluminar la playa.
—Es bonito, verdaderamente bonito —dijo Siz.
Pronto estuvieron de nuevo a la vista de la torre, en la cual no brillaba sino una sola luz, la cual se apagó también enseguida, mientras la contemplaban.
—Gert y Gerry son viejos ya —notó Siz—. A la cama, y toque de silencio, a las nueve de la noche. En cambio, yo siento ganas de nadar.
Escapó del muchacho y corrió hacia el mar. Estaba al extremo del pequeño embarcadero cuando él la alcanzó.
—¿Ve? Soy más rápido que usted.
—¡Oh! Siempre me sería posible alcanzarle.
—Sí —le sopló él al oído—. No me ha preguntado cómo me gusta a mí nadar.
—¡Oh, no, Larry! No es preciso.
—Lo que es bueno para la oca, lo es también para el ganso.
—Quédese en aquel lado, por lo menos —replicó ella, pero riendo todavía.
Entonces se acercó hacia el embarcadero.
—¡Hasta la vista! —exclamó riendo por encima del hombro.
En la escalera, Siz se detuvo y él se acercó a ella.
Extendió el brazo por encima de ella para alcanzar el larguero de la escalera y la tuvo así, arrinconada, impotente, entre él y los escalones.
—A ver cómo sale de aquí —le dijo.