El paciente

Michael Palmer · Capítulo 12 de 47

Páginas del PDF

El paciente

Capítulo 10

Alex Bishop había alquilado un estudio amueblado en un edificio de madera a un kilómetro y medio del hospital. Ya era medianoche y había acabado su turno. Al volver a casa, se detuvo en una tienda para comprar algunas Diet Pepsi, una docena de barras de Almond Joy y varios paquetes de chicles de nicotina. Su último cigarrillo se lo había fumado tras decidir acabar con Malloche. Hasta que aquel hombre no estuviera tras las rejas o muerto no volvería a fumar. Ese era el trato que había hecho consigo mismo, y había prometido mantenerlo. Controlaba la ansiedad con chicles de nicotina o parches periódicos, pero lo que no había cambiado era su adicción sucedánea a los Almond Joy, que ascendían ya a los cinco o seis diarios. En penitencia, cada mañana hacía cien flexiones y cuatrocientos abdominales.

El edificio estaba en un barrio bastante conflictivo. Bishop se dirigía allí casi deseando encontrarse con algunos gamberros que quisieran asaltarlo.

Atravesaba uno de esos períodos en los que necesitaba un poco de acción.

Pero sabía que no era el momento oportuno. Sabía que era imprescindible ser muy discreto para no llamar la atención sobre sí mismo.

Todo estaba empezando a encajar.

La operación asistida por un robot de Marci Sheprow había eliminado cualquier duda que aún tuviera acerca del neurocirujano que iba a elegir Malloche. La Niebla, como llamaban al escurridizo y astuto asesino, debía de estar dirigiéndose al Centro Médico Eastern Mass, si no estaba ya allí. Y

Carl Gilbride iba a ser su cirujano. No le había sido fácil recopilar discretamente información sobre Gilbride, pero poco a poco empezaba a emerger el retrato del hombre. Y gracias al cable de contacto del coche de Jessie Copeland que él había aflojado, podría rellenar las piezas que le faltaban para completar el rompecabezas de Gilbride antes de que fuese demasiado tarde.

Lo que sabía de Gilbride era que había fundado un imperio, bastante parecido al de Sylvan Mays. Tenía un pasado humilde, y en cuanto pudo, empezó a vivir por encima de sus posibilidades. Era un autócrata que estaba levantando un departamento que ya era considerado como uno de los mejores del país. Socialmente, él y su esposa estaban próximos a la clase alta de Boston. La señora Gilbride estaba en la junta directiva de la sinfónica.

¿Sería Gilbride el tipo de hombre a quien Malloche podía comprar?

Basándose en la información que tenía hasta ese momento, sin lugar a dudas, sí. Si el precio fuese bueno, ¿operaría a Malloche aun sabiendo quién era? Era una pregunta para la que todavía no tenía respuesta.

Acercarse a Jessie Copeland iba a llenar las lagunas que aún tenía, y también le haría más fácil controlar a los pacientes de la planta séptima así como a los externos. Por las indagaciones que había realizado, sabía que no se decía nada malo de ella, y estaba casi seguro, por algunas cosas que había averiguado, que no estaba demasiado unida a Gilbride. En este sentido, ella solo hacía lo que el doctor le ordenaba. Su primera impresión fue que parecía demasiado guapa y femenina como para ganarse la vida abriendo los cráneos de la gente. Sin embargo, él había conocido bastantes mujeres atractivas y sumamente femeninas que eran capaces de reventar los sesos de alguien si el trabajo lo requería.

Todo sería mucho más fácil si hubiera visto a Malloche tan solo una vez.

Pero La Niebla nunca hacía sus negocios personalmente, y cuando tenía que salir a la luz en algún sentido, solía disfrazarse, y muy a menudo usaba sustitutos. Sin embargo, esta vez se estaba arriesgando mucho.

El estudio de Bishop estaba en el tercer piso del desvencijado edificio de cuatro pisos sin ascensor. No había dormido mucho desde que llegó a Boston, pero todavía, como comprobó encantado, tenía bastante cuerda en las piernas. Ya había llegado a la puerta de su piso y tenía la llave en la mano cuando se detuvo. No estaban los dos pelos que había puesto entre la puerta y la jamba. Podían haberse caído o haber volado, pero no había brisa

en la planta. Su pistola del 45 estaba dentro de la habitación, envuelta en una toalla bajo el colchón. No podía llevársela al trabajo. Si escapaba podría arruinar la oportunidad que tenía de atrapar a Malloche. Si alguien había estado en el piso, o estaba allí en aquel momento, su única opción era enfrentarse de inmediato a la situación. Y la escalera de incendios era su única oportunidad.

Bishop se deslizó sigilosamente hasta el cuarto piso, y después subió por una escalera estrecha hasta el tejado. Con un control total, se descolgó gracias a sus brazos de gimnasta, y descendió suavemente desde el borde del tejado hasta la escalera de incendios de hierro forjado del cuarto piso y bajó un piso lentamente. Las cortinas de la ventana del lado oeste de su apartamento estaban echadas, pero podía ver las formas de los muebles por una estrecha abertura entre ellas. Aunque las luces estaban apagadas, entraba un poco de luz por la ventana que daba al sur, justo encima de su cama plegable. Por lo que podía ver, el lugar parecía vacío.

Durante cinco o diez minutos, se quedó agazapado en el rellano sin moverse, observando atentamente. De pronto vio algo extraño justo a la izquierda de la puerta. Era un hombre de constitución fuerte, que se levantó y entró al baño durante un minuto más o menos y volvió a su lugar. Bishop no podía estar seguro, pero le parecía que el intruso llevaba un arma en la mano derecha. Continuó observando tras la cortina hasta que tuvo la certeza de que el hombre estaba solo. Un arma en manos entrenadas contra el factor sorpresa. Bishop sabía que la mayoría de las veces tenía posibilidades de ganar, gracias a sus reflejos y a su arma. En esa ocasión no tenía alternativa.

Fácilmente podría terminar cortado a tiras antes de llegar a su objetivo, pues los cristales eran pequeños y la madera que los enmarcaba era muy vieja.

Por otro lado, no sería la primera vez que tendría que saltar a través de una ventana en una u otra dirección.

Sacó un Almond Joy de la bolsa de plástico, abrió el envoltorio y mordió un poco, asegurándose como siempre de que tenía la mezcla exacta de coco, chocolate y almendra. Se quedó con lo que sobraba en la mano y se encaramó a la barandilla de la escalera. Después lanzó contra la ventana el trozo que había conservado, de manera que produjera un sonido ambiguo.

Entonces se incorporó y se agarró a uno de los peldaños que conducían al cuarto piso.

El intruso se acercó a la ventana con precaución. Pero Bishop no esperó a que abriera las cortinas. Entrar con los pies por delante hubiera sido más seguro, pero infinitamente menos efectivo. En cambio, Bishop se puso la chaqueta del uniforme en la cabeza y se lanzó hacia dentro. La madera y el cristal explotaron hacia el interior. Su cabeza golpeó al intruso en mitad del pecho como una pelota medicinal, y a la vez le sujetó la muñeca con la mano. Le dobló con fuerza la articulación y la pistola quedó libre incluso antes de que ambos cayeran al suelo. Un fuerte codazo en la mandíbula seguido de un poderoso revés en la mejilla contraria, y ya estaba fuera de combate. Cinco segundos, tal vez seis.

Bishop rodó sobre los trozos de madera y los cristales y puso la Smith Wesson del 38 bajo la barbilla del hombre antes de que se recuperara. El intruso era bastante fornido, medía unos cinco centímetros más que Bishop, y le superaba en peso diez o doce kilos. Pero no era más que un crío.

–¡Contra la puerta! – gritó Bishop enfadado-. No quiero matarte, pero lo haré si me causas problemas.

Cuando alcanzó el interruptor, encendió la luz principal. «¡Realmente era un crío!» El hombre parecía un jugador de fútbol universitario. Tendría veintiséis años como máximo. Sangraba por un corte que tenía en la boca y por una herida considerable en la frente que iba a requerir algunos puntos.

No parecía asustado, lo cual decía mucho a su favor, o en su contra. Bishop se enderezó y se apartó un poco.

–Quédate apoyado contra la espalda, las piernas juntas y los brazos separados del cuerpo -dijo-. Igual que un muñeco de nieve. Vale, ¿quién te ha enviado?

–Asuntos Internos. No he venido para hacerte daño, sino a hablar.

–Menos mal. ¿Y qué se supone que me tienes que decir?

–Que esta es tu última oportunidad para que vuelvas a la granja.

–¿Cómo sabías dónde encontrarme?

–Me dijeron que estabas en el hospital. Te vi ayer y te seguí hasta aquí. ¿Me puedo levantar ahora?

–No. Si todo lo que se supone que has venido a hacer es a hablar, lo podías haber hecho allí.

Cogió su teléfono móvil y marcó un número de Alexandria, en Virginia.

Claramente Mel Craft estaba durmiendo.

–Mel, soy yo, Alex. Asuntos Internos me ha enviado a alguien.

–Maldita sea. ¿Dónde está ahora? ¿Está herido?

–Está en el suelo de mi piso. Solo tendrán que ponerle algunos puntos. Por Dios, Mel, representa diecisiete años.

–Tengo veintiocho.

–¡Cállate! Mel, ¿cómo me encontró?

–¿Tú qué crees? Asuntos Internos sabe que éramos compañeros y lo que hiciste por mí. Diablos, todo el mundo lo sabe. Esos cabrones debían de tener mi teléfono pinchado cuando te hice esas llamadas a Boston. Nunca les dije nada. No iba a hacerlo. Alex, ya te lo dije en Washington. Si les interesa, tarde o temprano te encontrarán.

–No con esta clase de novatos. Mel, háblales. Diles que dejaré libre a Daniel el Travieso con tan solo rasguños. Diles que me den un par de semanas.

–Lo haré, Alex, pero no te puedo dar garantías. Además, Karen y yo nos