El paciente

Michael Palmer · Capítulo 39 de 47

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El paciente

Capítulo 36

ponía un trozo de papel en la mano. Su reacción fue meterse el papel en el bolsillo de atrás del pantalón como si no pasara nada. Luego se quitó la bata y los guantes y los depositó donde le indicó la auxiliar.

Jessie contuvo la respiración al verlo acercarse a la puerta del quirófano.

Medio minuto más. En menos de treinta segundos saldría del hospital con más información que la que nunca se hubiera imaginado. Al abrir la puerta, se volvió para mirarla. Sus ojos tenían el inconfundible brillo del triunfo.

En ese momento, a través de la ventana de observación, Jessie vio a Derrick acercarse a Alex.

–Usted, doctor -le ordenó-, quítese la máscara.

36

Matar o morir. Cuando Alex llegó al quirófano, Derrick, el hombre de Malloche que se había hecho pasar por guarda de seguridad de la planta, se acercó y le pidió su identificación. En ese momento Alex sintió que había llegado el momento. Uno de ellos iba a morir.

–Usted, doctor, quítese la máscara -le exigió Derrick.

Su bata de laboratorio, larga hasta las rodillas, apenas escondía el arma que llevaba colgando del hombro derecho. Alex adivinó que se trataba de una semiautomática. Seguramente también llevaba una pistola escondida. Era de la altura de Alex, pero mucho más ancho de espaldas y diez o quince años más joven. La dureza de sus ojos, increíblemente claros, expresaba que estaba dispuesto a matar sin reparo.

Lentamente, Alex desató las tiras superiores de la máscara y la dejó caer

sobre el pecho. Derrick estudió su cara. Por su manera de mirarlo, Alex comprobó que lo había reconocido.

–Creo que le he visto antes, doctor -dijo Derrick llevando la mano derecha por debajo de la bata y hacia atrás-. ¿Dónde puede haber sido?

«Matar o morir.»

Derrick intentaba desenfundar. Alex estaba seguro de ello. También sabía que el factor sorpresa, su única ventaja, se esfumaba rápidamente y que en un par de segundos sería hombre muerto. En ese segundo lanzó una patada, dándole a Derrick maliciosamente en la entrepierna. Las rodillas del asesino se doblaron, pero se mantuvo en pie y reaccionando con la rapidez de un profesional, esquivó a Alex evitando un puñetazo en la barbilla.

La técnica de consola dio un grito en el momento en que Derrick sacó la pistola y disparó. Pero Alex ya atravesaba corriendo el área de preparación agachado y zigzagueando. Una bala rebotó en una columna y casi le alcanzó la oreja. Una segunda le rozó el cráneo. Durante sus años en la CIA, le habían disparado varias veces, pero nunca desde tan cerca y nunca sin un arma con la que defenderse. La única opción que tenía era correr e intentar poner distancia entre él y el asesino, que era más joven y fuerte que él.

Hizo rodar varios carritos tras él hasta que alcanzó uno de los muchos túneles que conectaban los diferentes edificios del hospital. El túnel era demasiado largo y estrecho como para poder llegar vivo hasta el final. En vez de atravesarlo, Alex subió un piso por la escalera y dobló a la derecha.

Estaba en el pasillo de los bajos del edificio Kellogg, que era el más grande del hospital.

El pasillo bien iluminado estaba casi desierto. Pero una vez más era largo y estrecho. Alex corrió entre los brillantes azulejos y atravesó una puerta apareciendo en la sala de ordenadores. Sabía que en el mejor de los casos había ganado algunos segundos. Incluso si Derrick hubiese visto la puerta cerrarse tras él, no pensaría que Alex había podido atravesar el pasillo de

punta a punta. Alex había ido apagando las luces al pasar, dejando la sala en relativa penumbra.

–¡Hey! – dijo una voz con acento-, ¿qué hace?

–Shhhh.

Alex se acercó hacia la voz y se encontró con un joven muy delgado, y con aire estudioso, interpretando los datos de las imágenes de resonancia magnética y observando el progreso del caso que él acababa de dejar en el quirófano.

–¿Qué diablos…?

–Agáchese y no se mueva -le ordenó Alex mientras lo agarraba por la cara y lo tiraba al suelo. Justo en ese instante una prolongada ráfaga de balas que pasó por encima de sus cabezas destrozó las pantallas de vídeo y ordenador.

«Una Uzi», adivinó por el sonido.

Se puso de rodillas intentando buscar un arma, cualquier tipo de arma. No había nada más que ordenadores. Se arrastró hasta una esquina donde había instrumentos y pantallas. Desde ahí vio el extremo de la bata de Derrick mientras se acercaba hacia donde estaba tumbado el joven informático.

–¡Por favor! ¡Por favor, no me haga nada! – rogó el muchacho.

En ese instante se escuchó una breve ráfaga de ametralladora, un grito sobrenatural y luego silencio. Alex se sobrecogió y apretó los puños furioso, pero continuó arrastrándose. Ahora Derrick estaba justo enfrente de él, separado por la pila de ordenadores e instrumentos. Alex se deslizó hacia arriba y puso las manos alrededor de un monitor de vídeo. Despacio, sin hacer ruido, levantó el pesado monitor de su base. Entonces, seguro de la posición de Derrick por el sonido de sus movimientos, se incorporó rápidamente levantando el monitor por encima de su cabeza. El asesino trató de esquivarlo pero no lo hizo a tiempo. Alex le arrojó el monitor

golpeándole en la frente. La pantalla se rompió con el estallido de una granada. Derrick lanzó un grito al caer de espaldas, pero ya había comenzado a disparar antes de tocar el suelo. Alex, de pie sobre una mesa a punto de saltar encima de él, recibió un balazo en el hombro y otro que le rozó la barbilla. Los disparos le hicieron perder el equilibrio lanzándolo encima de los instrumentos al otro lado del pasillo. Cayó pesadamente, la sangre salía manchándole la manga de la camisa.

Esforzándose por mantener la calma, Alex se puso en pie. A Derrick le había llegado su mejor golpe, pero no había sido suficiente. De todas formas, el hombre estaba herido, tenía que estarlo. Desde el otro lado del mostrador llegó el rugido furioso de un animal herido y otra ráfaga desenfrenada de disparos que fueron a parar a las estanterías y el techo. El hombre de Malloche seguía en el suelo, dedujo Alex, ya que disparaba hacia arriba. Pero en cualquier momento podría volver a levantarse. Y si en aquel momento Alex no salía de allí, era hombre muerto.

Se arrastró hasta la puerta y la abrió. La luz del pasillo iluminó la penumbra del laboratorio. Instantáneamente, otra tanda de disparos atravesó la pared por encima de su cabeza.

Alex se lanzó hacia el pasillo inquietantemente desierto, se puso en pie tambaleándose y dobló a la derecha hacia el departamento de patología, que estaba a unos dieciocho metros.

–Quienquiera que sea -le susurró Grace a Jessie-, es hombre muerto.

Jessie solo podía mirar a Emily y sacudir la cabeza. El contraataque hacia Malloche y su gente había ido bien. Pero de repente, en cosa de segundos, todo se había estropeado. Se encontraba mal y muy preocupada por Alex.

–Jessie, ¿qué diablos está pasando aquí? – preguntó Hans Pfeffer-. ¿Quiénes eran esos hombres?

–Hans, te explicaré todo más tarde. Por ahora será mejor que terminemos la

operación. Me queda muy poco por hacer.

Jessie guió a ARTIE hacia la última porción del tumor de Malloche. La disección, limpia y completa sin apenas haber afectado a las estructuras neurológicas vitales, había superado cualquier intervención que ella pudiese haber hecho manualmente. De todos modos, estaba trabajando con menos concentración que habitualmente ya que sentía una amenaza de peligro.

–¿Cuánto tiempo más? – preguntó Grace, sin molestarse en bajar la voz ni seguir haciéndose pasar por una estudiante.

–Diez, quince minutos -respondió Jessie.

–Ya no veo más tumor.

–Bueno, queda un poquito justo donde el robot está ahora. Es lo que se ve amarillo en la pantalla.

–Yo no lo veo.

–Me da igual si lo ves o no. Está ahí.

En ese momento, el fluido eléctrico del laboratorio se cortó y las pantallas del quirófano se apagaron. Pfeffer intentó llamar a su socio para pedirle una explicación. No hubo respuesta. Perplejo y enfadado subió corriendo al laboratorio. Minutos más tarde volvió pálido y agitado hasta el punto que apenas podía hablar.

–Jessie -dijo-, Eli Rogoff está… muerto. Le han disparado… muchas veces.

Hay sangre en todas partes… Mi… mi laboratorio está destruido.

Jessie se dio la vuelta confrontando a Grace, pero la joven asesina se encogió de hombros y movió la cabeza.

–Bien, su amigo lo ha fastidiado todo -dijo Jessie-. En lo que a mí concierne, la operación ha concluido.

–Pero dijo que no había acabado. ¿Esto no va a afectar a Claude?

–No lo sé. No se sabrá en muchos años. Lo que le quede de tumor puede que no tenga la bastante irrigación para volver a crecer. O puede que sí. No se puede llegar a lo que le queda y eso es todo. Incluso si le hiciera una craneotomía y lo abriera, dudo que pudiese encontrarlo.

–Voy a llamar a la policía -anunció Pfeffer.

–Hans, espera un poco. Déjame acabar con la operación y saquemos a este hombre de aquí, o puede que muera mucha gente. Os lo explicaré a todos una vez que saque a ARTIE de su cabeza.

–¿Y cómo vas a hacer eso sin la RMN? – gritó Pfeffer en tono estridente-.

¿Le vas a poner un pie en la cabeza y a tirar de él?

–Emily y yo lo sacaremos.

–Háganlo ya -respondió Grace-. Quiero llevar a Claude de vuelta arriba lo antes posible.

–¿Quién diablos es esta mujer?

–Hans, por favor -rogó Jessie-. Em, toma los controles. Voy a tirar lentamente del cable de ARTIE. Lo sacaremos juntas. Cada vez que diga ahora hay que tirar hacia atrás durante dos segundos y parar. Con un poco de suerte y buena mano, creo que puedo guiarlo para que salga por donde entró. Si no podemos hacerlo, vamos a tener que abrirlo para sacar el cable.

–No hará nada hasta que Arlette no lo apruebe.

–¡Cierra la maldita boca! – le contestó Jessie.

Las puertas de cristal de la unidad de patología estaban cerradas, y detrás

solo se veía oscuridad. Cintas de plástico amarillo cruzaban la entrada y sobre ellas una señal de PELIGRO con una calavera roja simbolizando actividad biológica letal. Alex corrió hacia la puerta, esperando oír una descarga de disparos. En el momento en que la alcanzó, se escucharon un montón de balazos a sus espaldas pero milagrosamente ninguno le alcanzó.

La pesada puerta se transformó en una tela de araña de vidrio de arriba abajo. Sin frenar, bajó el hombro que no estaba herido y la atravesó. Los trozos de vidrio cayeron hacia dentro. Alex rodó por el suelo sintiendo una punzada de dolor desde la herida del hombro hasta el cuello. Consiguió ponerse en pie y continuó caminando por la creciente oscuridad del departamento de patología, alejándose de la luz del pasillo.

Delante de él, hacia la izquierda, había otra puerta precintada con una señal de advertencia. A lo lejos, en la penumbra, pudo distinguir las letras doradas de la puerta: MICROBIOLOGÍA. Por encima del hombro vio a Derrick que se acercaba a la puerta hecha trizas. Tenía como mucho un par de segundos. Adivinando lo que le esperaba, Alex corrió hacia la puerta de microbiología, la abrió con cuidado, pasó por debajo del precinto y la cerró tras él.

El olor a muerte en la habitación era insoportable. Agachado, volvió a atarse la máscara quirúrgica sobre la boca y la nariz, pudiendo así respirar más fácilmente. Era la primera vez que tenía una pequeña ventaja sobre el asesino desde que dejaron el quirófano. Avanzó de cuclillas adentrándose en la sala, y de pronto tropezó con un cuerpo y se cayó sobre él. Cuando sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad pudo distinguir la cara de una mujer cubierta de vómito seco. Tenía la boca abierta y los ojos desorbitados.

Estremecido, salió de encima de ella y continuó por el laboratorio.

Hacía seis años, un amigo herido y él habían pasado la noche acurrucados en el borde de una fosa común en Angola, solo a unos centímetros de al menos cien cuerpos en descomposición. Si aquella había sido la situación más nauseabunda y repugnante en la que se había encontrado, esta era la segunda.

La silueta de Derrick apareció en el marco de la puerta. Alex se puso de

rodillas y pasó la mano por una mesa buscando algo que pudiera servir como arma. Tropezó con un segundo cuerpo, perdió el equilibrio y sin darse cuenta puso la mano en la cara de un tercero. Al quitar la mano, tocó una caja pequeña. «¡Cerillas!»

Se arrastró hasta la otra punta del laboratorio, donde un cuarto cuerpo yacía con brazos y piernas abiertos entre trozos de vidrio. Cautelosamente Alex alzó la cabeza y miró hacia la puerta. La silueta de Derrick ya no estaba, pero seguramente no por mucho tiempo. Si había estado observando el departamento de microbiología cuando Malloche hizo escapar el soman, y si no había visto a Alex entrar en la habitación, este sería el último sitio que quisiera revisar. Con los ojos fijos en la puerta, Alex encendió una cerilla y la sostuvo en la mano ahuecada.

El cuerpo que se encontraba junto a él tenía un grotesco color violeta y un charco de vómito en la boca abierta. Alex tomó aire y apagó la cerilla.

Luego volvió a mirar a la puerta. Nada aún. Encendió otra. Esta vez distinguió inmediatamente un frasco de cristal opaco, intacto, apoyado en la curva del brazo rígido del cadáver. «Ácido clorhídrico – i m», decía la etiqueta.

«Esto está mejorando», pensó Alex mientras soplaba la cerilla.

No tenía idea de lo que significaba «i m», pero si significaba que era fuerte, ya tenía su arma. Volvió a mirar hacia la puerta y encendió la tercera cerilla.

Con cuidado destapó el frasco casi lleno y vertió un poco de su contenido en el pecho del cadáver. Instantáneamente, en una nube de humo y hedor, el ácido concentrado atravesó la camisa del hombre muerto y le quemó la carne.

«¡Bingo!»

Ahora todo lo que tenía que hacer era acercarse.

Se agachó otra vez y avanzó entre los desechos hasta la puerta. Estaba al otro extremo de la parte por donde había entrado. Habían pasado tres o

cuatro minutos. ¿Se habría marchado el asesino al darse por vencido?

En aquel preciso instante, la silueta de Derrick reapareció en el cristal. La puerta se abrió lentamente y entró en la sala. Desde donde estaba agachado, Alex solo podía distinguir la forma del hombre que lo buscaba, sin duda intentando adaptarse al aire pesado y fétido. Luego, se volvió hacia la pared al lado de la puerta. «¡Las luces!» Lo primero que haría sería encender las luces. Alex se apoyó contra unos armarios, alerta, y al escuchar los interruptores se quedó rígido.

Nada.

«Por supuesto.» Bajo las órdenes de Malloche, Richard Marcus había precintado la zona y probablemente había hecho todo lo posible para retrasar cualquier intervención de los investigadores del Estado o de las agencias federales. Por lo visto, nadie había pasado por el laboratorio desde el desastre. Las luces tenían que haberse apagado desde la caja de fusibles, tal vez para toda el área de patología, y así disuadir a cualquiera que hubiese conseguido pasar a través de seguridad. Otra ventaja. Alex se deslizó a lo largo del mostrador. Entonces paró y destapó lentamente el frasco de ácido concentrado.

Derrick, herido por la pantalla del monitor, irritado por perder su presa y ahora asqueado por tal desagradable hedor, tenía que estar en un momento débil. Si este no era el momento, no lo sería nunca. El sonido mudo de sus pasos indicaba que estaba al otro lado del mostrador, apenas a un metro de distancia.

Alex aguantó la respiración, podía escuchar a Derrick jadear, tal vez intentando tomar aire a través de la camisa.

«¿Te encuentras mal, cabrón? ¿A punto de vomitar? Pues con un poco de suerte te vas a sentir mucho peor en unos segundos.»

Alex acomodó su peso para tener un buen equilibrio, agarró la botella con fuerza e intentó imaginarse dónde estaba Derrick situado, y hacia dónde