El paciente
Capítulo 37
estaba mirando. Muy lentamente, comenzó a enderezarse. Derrick estaba a pocos centímetros, cara a la pared, buscándolo entre la carnicería que su socio y él habían creado. Alex levantó el frasco por encima de la cabeza.
Luego carraspeó audiblemente. Al volverse Derrick, bajó rápidamente el brazo, lanzándole un chorro abundante de ácido directamente a los ojos. En el mismo movimiento, se puso a salvo tras la mesa. Un aullido escapó de la boca del terrorista a la vez que volvía a disparar su ametralladora antes de que esta cayera al suelo.
Alex agitó la mano intentando librarse del dolor de las quemaduras allí donde le había salpicado el ácido. Se mantuvo agachado mientras los aullidos desesperados se convirtieron en lamento. Entonces dio la vuelta al mostrador y encendió una cerilla. Los ojos, las cejas y gran parte de la nariz del asesino se habían consumido. Todavía le salía humo de la piel. Sus quejidos eran ininteligibles.
La semiautomática era, efectivamente, una Uzi. Alex agarró el arma y se dirigió hacia la puerta. Entonces se volvió.
–El nombre de mi hermano era Andy Bishop -dijo.
Y vació el contenido de la Uzi en la cabeza de Derrick.
37
–Bien hecho, Jess -le susurró Emily cuando Jessie se acercó a la mesa de operaciones-. Yo también tenía ganas de mandarla al demonio.
Hablarle así a Grace había sido un gran alivio para Jessie, pero no parecía haber causado mucho efecto aparte de haber hecho que a Jared, el auxiliar, se le cayera el hemostato.
–Em -dijo-, no creo que Alex haya podido escapar de ese tipo. No puedo creer que esto esté pasando. ¿Qué hacemos ahora?
–Primero terminemos -respondió Emily-. Luego nos preocupamos.
Jessie miró a su amiga y asintió. El buen consejo en el buen momento. Lo primero es lo primero. Cuando dudes, haz lo que puedes hacer. Una sabiduría muy simple hasta que es necesario practicarla.
–Gracias, colega -contestó Jessie-. Eres la amiga que siempre me saca de apuros.
«Amiga en apuros.» Por primera vez desde que había empezado la operación de Malloche, Jessie pensó en Sara. El diagnóstico de hidrocefalia aguda que había hecho y el tratamiento que había comenzado eran correctos, estaba segura de ello. Pero ¿había llegado a tiempo?
Posiblemente en ese momento Sara ya estaba muerta. Sara y Alex. ¿Había alguna manera de que pudiera despertarse y descubrir que todo aquello nunca había ocurrido?
Jessie bajó la mirada hacia el monstruo que dormía pacíficamente, seguro de haber cubierto todas las bases. Para Claude Malloche, todo se basaba en la manipulación; su cirujana realizaría una operación perfecta porque querría mantener a sus pacientes con vida. Richard Marcus mentiría encubriendo las muertes para proteger a miles de personas fuera del hospital. Si Sara Devereau moría daba igual. Para Malloche solo merecía la pena que viviera mientras pudiera usar su influencia. Jessie empuñó su mano y, sin que Grace la viera, golpeó a Malloche en la cara.
–Quiero matarlo, Em -susurró ferozmente-. Toda la vida me he sentido culpable por cosas como matar a un mosquito. Pero aquí y ahora, quiero meterle los dedos en los ojos y desgarrarle la maldita cara.
–¿Estabas pensando en Sara?
–¿Cómo lo…? – Jessie rió con pesar-. Sí, estaba pensando en ella.
–Hiciste lo que pudiste allí arriba. Rezo para que esté bien. Pero de todas formas, hiciste todo lo que estaba a tu alcance. Tú tranquila, Jess. Uno cosecha lo que siembra. Ya nos llegará el turno.
Las palabras de Emily liberaron el pozo de emociones contenidas de Jessie.
Lágrimas de tristeza, furia e intensa tensión comenzaron a nublar su vista.
Ignorando la esterilización, se levantó las gafas con la mano enguantada y se secó los ojos con la manga de la bata quirúrgica.
–¿Qué pasa aquí? – preguntó Grace al acercarse.
–No, nada -respondió Jessie-. Nos estamos preparando para sacar a nuestro amiguito ARTIE de Cerebrolandia. Tienes razón, Em -dijo sin molestarse en bajar la voz-. Uno cosecha lo que siembra. Vamos a hacerlo. Voy a poner un poquito de tensión en el cable. Por favor, poned las seis cápsulas del revés para dar un tirón a la derecha… ahora. Bien. Tengo un centímetro y medio fuera. Y… otra vez.
La extracción del pequeño robot duró unos veinte minutos, en los cuales entre el miedo y la tensión del quirófano solo se oía la voz de Jessie y la entrada de oxígeno. La parte final en la recuperación era suave y sencilla.
ARTIE, sangriento pero intacto, salió del orificio nasal de Malloche, aún firmemente conectado a su cordón umbilical de poliestireno.
–¡Bien! – dijo Jessie suavemente-. Bienvenido de vuelta, amiguito. Eres fantástico.
Suturó el agujero de inserción y avisó:
–Michelle, hemos… acabado. ¿Puedes despertar a nuestro paciente, por favor?
–¡Marchando un paciente despierto! – dijo la anestesista.
Jessie llenó la nariz de Malloche con gasa, luego se quitó los guantes y se alejó de la mesa. Se daba cuenta de que Grace tenía cogida la pistola que llevaba en la manga de su bata. Tal vez era posible desarmar a la mujer y luego negociar con Arlette alguna especie de intercambio de Grace y Malloche por los rehenes de la planta séptima. Pero había demasiadas incertidumbres y víctimas potenciales como para conseguirlo. Y si Grace era tan competente como Malloche la había descrito, desarmarla iba a ser muy costoso.
«No», decidió Jessie. Por el momento, tendría que dejar que las cosas pasaran a su ritmo.
–Bueno ¿y qué pasa con mi explicación? – preguntó Pfeffer petulante-. Mi técnico de laboratorio está muerto allí arriba.
–Yo le daré la explicación -respondió Grace.
Salió deprisa del quirófano y se dirigió hacia donde estaba Pfeffer junto a la consola. Luego, sacó su pequeño revólver de debajo de la bata y le puso la base bajo la barbilla.
–¿Qué?
–Ni una palabra más de ninguno de vosotros, o le vuelo la cabeza -
amenazó-. Y cuando haya acabado con él, le haré lo mismo a ella.
Se dirigió hacia Holly, la técnica de consola. Luego, sin mover el revólver de la mandíbula del radiólogo, Grace cogió un teléfono y, poniéndoselo entre la barbilla y el hombro, llamó a la planta séptima.
–Arlette, la operación se ha acabado -dijo-. Por ese lado todo ha ido bien. El tumor ha sido extraído y Claude se está despertando. Pero ha habido problemas. Necesito a Armand aquí abajo ahora mismo… ¿Derrick? Él…
no está aquí. Le disparó a ese tipo que estaba aquí abajo y luego fue tras él.
Se marchó hace una hora. Por favor, manda a Armand aquí abajo. Te explicaré todo cuando subamos.
Por el momento, Jessie no podía hacer más que cooperar y esperar. Había pasado una hora desde que Derrick había partido tras Alex, y ahora sabía que el brazo derecho de Malloche tampoco había regresado a la planta séptima. Estaba armado hasta los dientes y su presa desarmada no le llevaba mucha ventaja cuando partió en su búsqueda. ¿Habrían bastado el odio y la determinación de Alex para superar tales circunstancias?
Una cosa era segura. Si Derrick no volvía con Alex o una prueba de su muerte, iban a tener que pagarlo con creces en la planta séptima.
Alex rompió la ventana del laboratorio de química y encontró una linterna y un equipo de primeros auxilios. Se puso gasa alrededor del hombro herido para contener la hemorragia y una pomada para calmar las quemaduras de la mano y el brazo. El ácido concentrado había dejado más de una docena de llagas profundas en el antebrazo derecho y en la mano. Finalmente, con la Uzi de Derrick envuelta en una toalla pero lista para disparar dejó el hospital por una escalera trasera del departamento de patología. Durante cinco años no había conseguido ni siquiera arañar a Malloche ni a sus fieles suicidas. Ahora, por fin, había hecho algún daño.
«Esto es solo el principio, Claude -pensó-. Solo el principio.»
Tras el túnel de los horrores del laboratorio de microbiología y la oscuridad del departamento de patología, el sol de mediodía lo aturdió como una bofetada. Tardó unos minutos en orientarse. Estaba en una calle desierta, detrás del edificio principal del hospital. La furgoneta, con Stan Moyer y Vicky Holcroft, estaba a una manzana y media a su izquierda. Habían estado despiertos con él toda la noche, primero tratando de localizar a Mark Naehring en Hawai, y luego buscando la poción hipnótica de la verdad en su oficina. Ahora hacía más de cuatro horas desde que había dejado el quirófano y estaba seguro de que ellos se habían empezado a preocupar.
Alex se encaminó por la calle con cautela. No tenía duda alguna de que una vez que Malloche y su mujer se dieran cuenta de que su hombre no volvía,
habría problemas para Jessie y los demás. La oposición en la planta séptima se había reducido ahora a un veinte por ciento, o cuarenta si se tenía en cuenta el estado actual de Malloche. Podrían juntar una unidad de fuerza, subir a la planta y terminar con el asunto. Pero según lo que Jessie le había dicho, era casi seguro que la unidad neuroquirúrgica era impenetrable si se tenía en cuenta la notoria habilidad y astucia de Malloche.
Indudablemente habría represalias por haber aparecido en el quirófano tal como lo había hecho y también por lo de Derrick. Mientras Malloche necesitara cuidados médicos, Jessie se hallaría relativamente a salvo. Pero también estaba claro que mientras uno de los hombres de Malloche anduviera suelto con el detonador de tres de los cuatro frascos de soman, la gente de Boston no lo estaba. Tal como estaban las cosas, un ataque no tenía significado, al menos de momento. Y lo que era seguro es que, tanto si entraban en la planta séptima como si no, Derrick no sería el único muerto.
Stan y Vicky estaban intentando idear un plan B cuando Alex llamó dos veces en la puerta trasera de la camioneta. En cuanto estuvo dentro cayó rendido y permaneció en el suelo un rato. Estaba agotado mental y físicamente, y mucho más herido de lo que creía. Vicky le curó las heridas mientras informaba a los dos agentes del FBI sobre los eventos ocurridos en el quirófano y luego en el laboratorio de microbiología.
–Recuérdame que nunca te lleve la contraria -dijo Moyer cuando terminaron-. Ácido clorhídrico. Muy feo. Con clase pero muy feo.
–Derrick. No era su mejor día -contestó Alex.
–Entonces -dijo Vicky-, ¿qué hacemos ahora?
–Conocéis Boston mejor que yo. ¿Qué pensáis de los tres sitios que nos dijo Malloche?
Holcroft y Moyer decidieron con la mirada quién debía responder, Vicky ganó.
–Yo creo que pueden haber cometido una gran equivocación.
–Dime.
–Si la información que obtuvimos de Malloche es verdad, todos los sitios que han elegido para esconder el soman pueden ser evacuados para su búsqueda. El equipo encargado está a la espera de órdenes.
–¿Cuántos? – preguntó Alex.
–Todos los que podamos conseguir. El número crece por minutos.
–Pero van a necesitar tiempo y trajes protectores -añadió Moyer-. Y si el tipo de Malloche se da cuenta de lo que estamos haciendo, y si hay un cuarto o incluso un quinto frasco del gas, va a ser un infierno.
–Espera, volvamos de nuevo -dijo Alex-. Todos estos sitios, la rotonda de Quincy Market, la línea verde de metro en Government Centre y el subterráneo de los grandes almacenes Filene's, están normalmente cerrados por la noche, ¿no?
–No estoy segura de la hora -respondió Vicky-. Pero creo que los cierran hacia la una. Los grandes almacenes Filene's más temprano.
–La ventaja que tenemos es que Malloche no tiene ni idea de lo que sabemos.
–¿Y la gente del quirófano? – preguntó Moyer.
–Jessie es la única que sabe que yo estaba allí. No creo que le hagan nada.
–La cuestión no es necesariamente si le hacen algo a ella, sino cómo aguantaría ella ver que maltraten a los demás.
Alex guardó silencio. Por supuesto que no tocarían a Jessie. Con Malloche en recuperación, no podían permitírselo. Pero podían atacarla a través de
Emily, Sara, la pequeña Tamika, o cualquiera de los demás por los que ella sentía un profundo cariño. Y si se quebrara antes de que las zonas de peligro pudieran ser precintadas, los frascos podrían ser trasladados a otro sitio fácilmente o incluso detonados.
Todo dependía de Jessie. De alguna manera, a pesar del daño que Malloche había causado a sus pacientes, debía evitar ofrecerles ninguna información hasta que sospecharan que se había rendido muy fácilmente. Luego, con calma y de modo convincente, tenía que darles una explicación creíble sobre la identidad del doctor Mark Naehring y sobre el motivo de su presencia en el quirófano. Cualquier cosa menos la verdad.
«Demasiado», pensó Alex. Era pedir demasiado para cualquiera.
–Tenemos que asumir que Jessie va a tener que contar en algún momento lo que Malloche nos reveló -dijo.
–¿Crees que lo hará?
–Depende de cómo intenten hacerla hablar. Seguramente irán tras sus pacientes. No sé cómo va a responder, pero tenemos que suponer lo peor.
–Si precintamos esos sitios ahora, nos vamos a pillar los dedos de la misma forma que si ella les hubiera contado todo.
–¿Qué hora es? – preguntó Alex.
–La una -respondió Vicky-. La una pasadas.
–¿Crees que podemos movilizar equipos en los tres sitios antes de medianoche, con trajes protectores, o máscaras al menos?
–Si la policía de Boston continúa cooperando, no veo por qué no.
–Todo tiene que parecer perfectamente normal hasta que los equipos estén dentro. Quiero que vayan de modo gradual y desde distintas direcciones, de