El paciente
Capítulo 28
causarte un enorme daño, generalmente estarás un paso más adelante -le volvió a pasar el teléfono-. Llame a Richard Marcus y dígale que es esencial que se encuentre con nosotros en diez minutos a la salida del despacho de patología.
–Pero ¿y si…?
–¡Llámelo!
Jessie cogió el teléfono y enseguida conectó con la oficina del director general del centro. Malloche la observó y escuchó con atención hasta que ella hubo colgado el auricular.
–Diez minutos -dijo.
28
Richard Marcus, voluminoso, calvo, y no mucho más alto que Jessie, era director general del Centro Médico Eastern Mass desde hacía seis años.
Jessie apreciaba y sentía respeto por aquel médico honesto e inteligente que había hecho un máster en administración de empresas. Bajo su dirección, el hospital había pasado de la mediocridad a detentar una posición de creciente prestigio, así como la confianza pública. Su principal fallo, pensaba Jessie, era que parecía escucharse más a sí mismo que a los demás.
Pero al contrario que Carl Gilbride, que sufría del mismo mal, si se era persistente normalmente se conseguía atraer su atención.
Marcus estaba esperando fuera del despacho de patología cuando se abrieron las puertas del ascensor, del que salieron Jessie, Malloche y Derrick. Ella sabía que sus dos compañeros llevaban armas, Malloche bajo la chaqueta deportiva y Derrick bajo un chubasquero negro de cintura
elástica. Marcus ya se había encontrado una vez con Eastman Tolliver, y le reconoció nada más verle.
–Señor Tolliver -dijo cordialmente-, encantado de verle de nuevo.
Malloche simplemente sonrió y estrechó la mano que le ofrecía. Marcus miraba como si esperase que le presentaran a Derrick, pero como no ocurría, le extendió él mismo la mano y se presentó. El terrorista lo saludó de la manera más breve posible y no dijo nada. Completamente extrañado, se volvió hacia Jessie inquisitivo.
–Richard -dijo-, creo que deberíamos ir por el pasillo a algún lugar donde podamos hablar.
Marcus escudriñó a los tres uno por uno y después accedió a hacer lo que se le pedía.
–¿De qué va todo esto?
Malloche indicó a Jessie que hablase ella primero.
–Bien, Richard -dijo-, lo que ocurre es que este hombre no es Eastman Tolliver.
–Pero…
–Mi nombre es Claude Malloche. ¿Ha oído hablar de mí?
–No, nunca, pero…
–El señor Malloche es un asesino profesional, Richard. Y ahora mismo, él y su gente tienen secuestrados a todos los pacientes y al personal de la planta séptima. Las puertas del área de neurocirugía están clausuradas y conectadas a explosivos. No se puede llegar por los ascensores a menos que el señor Malloche lo permita. La razón de todo esto es que Malloche tiene un tumor cerebral que quiere que le opere. Aparentemente, el FBI sabía que
estaba enfermo, y después de toda la publicidad que tuvimos con el caso de Marci Sheprow, pensó que podría haber venido aquí. Tenían a una agente en la planta séptima trabajando de voluntaria, a la que Malloche ha matado de un tiro. Hasta que no se recupere satisfactoriamente de la cirugía mantendrá a todo el mundo retenido y prisionero aquí.
La cara de Richard Marcus perdió el color. Sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió los restos de sudor que se le habían materializado por la frente y el labio superior.
–No… no me lo puedo creer -balbuceó.
–Créaselo, doctor Marcus -dijo Malloche-. Es muy importante que se lo crea. Yo deseaba ser operado y volver a mi país sin más problemas. Pero afortunadamente estábamos preparados por si surgían complicaciones. Por eso necesitamos su ayuda.
–¿Mi ayuda?
–¿Nos puede llevar al laboratorio de microbiología?
Marcus seguía dudando.
–Richard, por favor -dijo Jessie-. Ambos van armados. Haga lo que le dice.
Malloche, por favor, no haga daño a nadie.
El asesino la miró con placidez e indicó a Marcus que se dirigiese al laboratorio. Se detuvieron frente a la pesada puerta, de roble, rematada con goma. La mitad superior era de vidrio, con la palabra MICROBIOLOGÍA impresa en letras doradas. La habitación que había tras la puerta constaba principalmente de mostradores, objetos de cristal sofisticados, unidades de refrigeración de acero inoxidable e incubadoras. Dos hombres y dos mujeres con ropa de laboratorio estaban muy ocupados trabajando con recipientes de cultivos en gelatina, frascos de cultivos de virus en tejidos y microscopios.
Jessie conocía bastante bien a una de ellas, Rachel Sheridan, pues habían hecho un viaje a New Hampshire para esquiar, y por otras actividades sociales patrocinadas por el hospital. Rachel, divorciada con una hija en edad escolar, era atlética, divertida y popular. El sonido del laboratorio quedaba un tanto amortiguado por la puerta y por el sello de goma, pero aun así Jessie pudo entender que uno de los hombres, pensó que su nombre podía ser Ron, estaba pidiendo ayuda para identificar a un microorganismo que tenía en su microscopio. De fondo sonaba una música, que posiblemente era de Mozart.
Visto así, a Jessie le parecía casi como si estuviera viendo a cuatro técnicos de laboratorio por televisión. Casi. Una espantosa aprensión le crecía en el estómago. Malloche miraba fríamente con calma, casi relajado. Sus labios dibujaron una media sonrisa cuando hizo una señal a Derrick, quien obedeció sacando un pequeño transmisor del bolsillo de su chaqueta y levantó la antena.
«¡No!»
Antes de que Jessie pudiera siquiera gritar esa palabra, Derrick pulsó un botón del transmisor. Desde dentro de la habitación, escucharon un estallido sordo y ruido de cristales rotos. Una pequeña bocanada de humo grisáceo subió desde detrás del mostrador. Los técnicos se dieron la vuelta en dirección al ruido. Jessie, gritando, corrió hacia la puerta, pero Malloche la agarró con fuerza por el cuello de la bata y de la camisa de trabajo y la empujó hacia atrás.
–Abrir la puerta en este momento sería un error tonto -dijo.
–Oh, Dios mío -murmuró Jessie.
Tras el cristal, la horrible danza de la muerte ya había comenzado. Rachel Sheridan, que era la que estaba más cerca del gas, cayó hacia atrás como si hubiera recibido la patada de una mula. Casi en el mismo momento, comenzó a dar violentas arcadas, y a inundar el mostrador de vómitos, que también salpicaron a dos de sus compañeros. La cabeza se había retorcido
anormalmente hacia un lado, y su cara, contorsionada por el miedo, se puso de color violeta.
Segundos después, los otros dos técnicos también comenzaron a tambalearse, vomitando incontroladamente con la fuerza de un proyectil, y a tirar los objetos de cristal, incubadoras y los montones de recipientes con cultivos, que caían estrepitosamente al suelo mientras ellos se retorcían. La grotesca decoloración de sus caras y la casi inhumana torsión de los cuellos eran similares a las de Rachel. Los tres se habían derrumbado cuando la otra mujer, que quizá había contenido la respiración, comenzó a retorcerse y a sujetarse el estómago. Mientras se caía hacia un lado, miró por el cristal y vio al grupo que estaba allí paralizado. Con un pánico abrumador que le distorsionaba la cara, estiró una mano vacilante y agarrotada hacia ellos.
«¡Ayúdenme!», parecía decir en silencio. «Ayúdenme.»
Después ella también se puso a vomitar.
En menos de dos minutos de pesadilla todo había terminado. Los cuatro técnicos, grotescamente descoloridos, ahogados en vómitos, yacían muertos en el suelo con los miembros abiertos, la cara de color violeta y el cuello casi noventa grados girado hacia un lado.
Richard Marcus se dio la vuelta y se apoyó contra la pared. Jessie, que había estado todo el rato junto a él, tampoco pudo seguir mirando.
–Monstruo -dijo dando aún la espalda a Malloche-. ¡Es un asqueroso monstruo!
Al mismo tiempo se dio la vuelta bruscamente y le dirigió un puñetazo hacia la cara. Malloche atrapó su puño con tanta calma como si fuera una pelota de tenis que ella le hubiera lanzado, y se lo apretó lo suficiente como para que no intentara volver a hacerlo.
–Tranquila -le dijo-. No quiero que le pase nada a sus manos. Quizá lo mejor sea que volvamos a la planta séptima antes de que alguien tenga la
desgracia de aparecer y nos vea. Con los huecos de ventilación de la habitación, en un minuto o dos el gas se habrá disipado. Vamos.
Jessie ayudó a Richard Marcus, que estaba espantosamente pálido y transpiraba mucho. Cuando ya estaban en el ascensor, hizo que se sentara en el suelo. Poco a poco, le fue volviendo el color a la cara. Derrick hizo una llamada por su radio, y comenzaron a subir. En algún punto entre las plantas tercera y cuarta, Malloche dio al botón de emergencia y paró el ascensor.
–Lo lamento si esta pequeña demostración les ha disgustado. Pero necesito su cooperación total y que comprueben que mis amenazas no son una tontería. ¿Me ha oído, doctor Marcus?
–Sí… le he oído.
–Entonces, míreme a mí, por favor. Tiene usted que desempeñar un papel muy importante en todo esto, y dispone de muy poco tiempo para prepararlo.
Marcus se puso en pie con gran dificultad.
–Bastardo -murmuró.
–Así, así está mucho mejor -dijo Malloche-. El gas, de cuyo poder acaban de ser testigos, se llama soman. Tienen que haber oído hablar de él como investigadores: es la neurotoxina actual más virulenta conocida por el hombre, mucho más potente que el gas sarín. Algunos amigos nuestros de Bagdad han puesto a nuestra disposición un generoso suministro. Y les puedo asegurar que, según donde se libere, la densidad de población y los vientos imperantes, no hace falta derramar demasiado gas para que se produzcan daños enormes. Hemos colocado viales con radiodetonadores, mucho más grandes que los que han provocado los efectos que acaban de presenciar, estratégicamente camuflados en puntos clave de la ciudad, en zonas muy transitadas. Si sucediera algo que impidiese mi operación, o si no me despierto pronto después de salir del quirófano, no solo pagarán
todos los que están en la planta séptima, sino también una significativa parte de la ciudad. ¿Está claro?… ¿Doctor Marcus?
–Oh, Dios. Sí, está claro, muy claro.
–Me curarán el tumor de la cabeza y saldré sano del hospital. ¿Está claro, doctora Copeland?
Jessie suspiró.
–Claro -dijo.
–Muy bien. Me alegra que ya estemos de acuerdo. Ahora, doctor Marcus, tiene dos días para mantener a todo el mundo a raya, quizá tres, dependiendo del tiempo que tarde en recuperarme. Mientras, salvará usted las vidas de un montón de gente. Primero, quiero que vacíe el departamento de patología y lo clausure. Después anuncie a la prensa que ha habido un desastre biológico en el hospital. Algún tipo de exposición a un virus mortal de alguna clase aún desconocida, por lo que ha sido preciso aislar el laboratorio de microbiología y el servicio de neurocirugía de la planta séptima. Informe de que el resto del hospital está perfectamente seguro, pero que permanecerá cerrado para todo el mundo por precaución, salvo para el personal indispensable. A todos los demás empleados del hospital debe decirles que no vengan hasta que haya pasado la crisis. Mantenga el mínimo de personal. Duplique o triplique el sueldo a los que vengan. Y
también dé el alta a todos los pacientes posibles. Bloquee todas las entradas salvo la del vestíbulo principal. Y desvíe todas las urgencias a otros hospitales. ¿Claro?
–Sí, pero…
–Luego hará todo lo que sea necesario para confundir a quienes quieran saber la raíz del problema. Si una agencia quiere investigar, dígales que hay otra que ya lo está haciendo. Cree tanta confusión y malentendidos como pueda. Tiene que hacer todo lo necesario para ganar tiempo. Derrick, u otro de los míos, lo acompañará siempre para comprobar que lo hace todo de la