El paciente

Michael Palmer · Capítulo 20 de 47

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El paciente

Capítulo 17

–Trae el carro. ¡Molly, llama al doctor Dakar!

–¡Código noventa y nueve en UVI de Cirugía Siete!… ¡Código noventa y nueve, UVI de Cirugía Siete!…

«¡Rápido!… ¡Pínchenme!… ¡Me estoy muriendo!»

–Todavía sigue fibrilando.

–Pongan trescientos voltios. ¡Preparados para desfibrilar!

«Oh, Dios, por favor…»

–¡Trescientos!

«Oh, Dios…»

–Bien. Preparados todos… ¡Vamos allá!…

17

Cuando Jessie llegó a trabajar se encontró con un paño mortuorio en la planta séptima. El muerto era Terry Gilligan, una especie de mascota del servicio de neurocirugía por su marcado acento irlandés y su ingenio contagioso. Su paro cardíaco tuvo lugar durante la madrugada, y a pesar de los heroicos esfuerzos de las enfermeras al principio y después de todo el equipo de urgencia, fue imposible de controlar. Se hallaba con respiración artificial debido a un ataque, y a que su reserva pulmonar estaba al límite.

Además, su tumor era maligno. Pero aun así, nadie se había planteado abandonar la iniciativa de curarle.

A pesar de que la mañana había comenzado tan mal, Jessie estaba aliviada pues por fin Carl había decidido quedarse en el hospital y atender a sus pacientes. Al tener que hacer solo su propio trabajo, su día se iba relajando gradualmente. Pero no estaba preparada para encontrarse con lo que le esperaba en la habitación seis de la UVI neurológica, al finalizar su turno de tarde. Cuando llegó, la omnipresente voluntaria, Lisa Brandon, estaba restregando una loción en los pies de Sara Devereau.

–Hola -dijo Jessie-. ¿De nuevo por aquí?

–Aquí estoy -respondió Lisa alegremente.

–Sabes, el servicio entero está deseando que no resuelvas el problema de lo que quieres hacer con tu vida, Lisa. Por ahora, eres demasiado valiosa para estar como voluntaria aquí.

Lisa se apartó unos mechones de su cabello oscuro.

–Es muy amable al decirme eso, aunque no sea verdad.

–Oh, pero es que lo es. Estás haciendo un gran trabajo con los pacientes. Y

especialmente con Sara.

–Gracias. Bueno, creo que tenemos una sorpresa para usted.

«¿Tenemos?» Jessie miró enseguida a Sara. Estaba razonablemente serena, pero en un coma profundo. Con todo, algo en la expresión de orgullo de Lisa hizo que se le acelerara el pulso.

–Felizmente, soy de los pocos neurocirujanos del mundo a los que les gustan las sorpresas -dijo.

–Muy bien, entonces -replicó Lisa-, allá vamos. – Alzó la voz-. Sara, soy Lisa. La doctora Copeland está aquí. ¿Puedes abrir los ojos?

Durante dos segundos terriblemente vacíos no sucedió nada. Luego, de pronto, los párpados de Sara se agitaron y se abrieron.

–¡Dios mío! – exclamó Jessie, agarrando la mano de su amiga-. Oh, Dios.

Sara, soy yo, Jessie. ¿Puedes oírme?

Sara asintió leve, pero inequívocamente.

–Comenzó a responderme hace como una hora -dijo Lisa-. La iba a llamar, pero las enfermeras me dijeron que llegaría usted pronto.

Jessie apenas la oía. Con lágrimas en los ojos acariciaba la frente de Sara y la miraba a los ojos que claramente le devolvían la mirada.

«Mirada conjugada intacta… pupilas en posición media, y reactivas», registró automáticamente su mente de cirujana. Se incorporó y le tomó la otra mano, como había hecho por lo menos una vez al día desde la operación.

–Sara, ¿me puedes apretar las manos? – preguntó.

La presión, débil pero segura, e igual en las dos manos, rompió el dique.

Jessie no se esforzó por limpiarse las lágrimas.

–Oh, Devereau -dijo-, ¿dónde diablos estabas?

Los labios de Sara luchaban por decir una palabra. Una y otra vez los abría y cerraba. Finalmente, consiguió producir la más mínima expresión de un sonido.

–J… Jessie -dijo.

Jessie se volvió a Lisa.

–¿Se lo has contado a las enfermeras?

–No. Pensé que querría hacerlo usted.

–Bueno, pues has acertado, quiero hacerlo -dijo, y se encaminó hacia la puerta-. Eh, todos, habitación seis. ¡Rápido! ¡Nuestra paciente tiene algo que decirnos!

Debido a la muerte de Terry Gilligan, toda la programación del quirófano de RMN se adelantó. La intervención de la mañana siguiente iba a ser la operación de Gilbride con el equipo de neurocirujanos chinos. Por la tarde, Jessie podría operar a Ben Rasheed, un obrero negro de cincuenta años, padre de cuatro hijos, que presentaba una severa debilidad en el brazo y la pierna izquierdos. Jessie había descubierto un tumor bastante grande en el lado derecho del cerebro, casi con seguridad un astrocitoma. Cuanto antes se le extirpara el tumor y se determinase el grado de malignidad, antes se podría iniciar la terapia posoperatoria apropiada, seguramente radioterapia.

Jessie decidió volver a casa a las ocho, una hora bastante razonable teniendo en cuenta que al día siguiente tenía que enfrentarse a un caso potencialmente difícil, y por la tarde a su primera cita real con Alex.

Después de revisar una vez más las imágenes del tumor de Rasheed, y de tomar algunas notas respecto al procedimiento quirúrgico que iba a emplear, tomó el autobús que la llevaba a su plaza de aparcamiento de la zona E, y desde allí condujo hasta Back Bay.

Ordenó el piso; descongeló una lasaña que había preparado hacía más o menos un mes, y se la comió entre los disparos de un juego del Pin Bot, con el que lograba las puntuaciones más altas. Hacía dos años que había juntado todo el dinero que tenía y se había comprado el apartamento de una habitación. Generalmente sentía que el piso satisfacía bastante bien sus necesidades, aunque a menudo sus sentimientos hacia él reflejaban lo que ocurría con el resto de su vida. Esa noche, con Sara despierta, Alex como posible principio de algo bueno, y con una interesante intervención por la tarde, el lugar parecía perfecto.

A las diez, se encendió su busca justo cuando acababa de hacerse una taza

de Earl Grey, se había preparado una bañera humeante, tenía encendidas varias velas aromáticas, y acababa de desplegar su enorme toalla de baño favorita. La llamada era de la enfermera supervisora del turno de noche de la planta séptima. Era extraño que aquella enfermera, extremadamente capacitada, la llamase fuera de su guardia. Demasiado inusual como para ignorarlo.

–Doctora Copeland, siento tener que llamarla -empezó la mujer-, pero el doctor Sanjay, el anestesista, está aquí. Al parecer hay un problema con Ben Rasheed.

–¿Qué tipo de problema? Lo he examinado esta mañana.

–Oh, no es nada médico. El doctor Sanjay dice que Ben le explicó que no se operará mañana. Un segundo, se lo paso.

Jessie se armó de valor para lo que sabía que sería una lucha: comprender a Sanjay, quien hablaba un inglés perfecto, pero tan deprisa y con un acento indio tan fuerte que siempre era muy difícil de entender.

–Su paciente, el señor Rasheed, me ha dicho que no iba a ser operado mañana por la tarde. Se le intervendrá dentro de dos días. Según él, alguien llamado Hermann va a ocupar su lugar.

Jessie se tapó los ojos con las manos. ¿Qué diablos había hecho la condesa?

Curtida por los años de tomar decisiones como cirujana, analizó en segundos las posibles medidas que podía tomar, y las fue descartando por poco prácticas debido a la circunstancia, la hora y las personalidades implicadas. Finalmente solo le quedó una opción.

–Estaré allí en veinte minutos -dijo-. Siga con su trabajo. Le llamaré cuando haya hablado con el señor Rasheed.

El trayecto hasta el hospital le llevó solo quince minutos, ya que eran las diez y media de la noche. Lo mejor de ir al hospital a esa hora era que había

plazas libres en el estacionamiento principal del sótano. Mientras conducía, Jessie no encontró más explicación para justificar el repentino rechazo de Rasheed a ser operado al día siguiente que la de que hubiera vendido su turno de quirófano al conde Hermann. No encontró ninguna otra motivación racional.

Al entrar en la calle Longwell, que pasaba por detrás del hospital, alzó la mirada hacia la Torre Quirúrgica. Desde aquel lado, se veía su consulta de la planta séptima. De repente, subió el Saab a la acera y lo detuvo. Había luz en su consulta. Momentos después divisó una silueta que pasaba tras la fina cortina blanca. «¿Alguien de la limpieza?» Era difícil creer que estuvieran trabajando a esa hora.

Aparcó a toda prisa y atravesó el sótano hacia los ascensores que llevaban a la Torre Quirúrgica. Se bajó en el séptimo piso, pero le entraron dudas, y decidió llamar a seguridad desde un teléfono interno, con la esperanza de que Alex estuviese por allí. En cambio, su llamada fue contestada a los dos minutos por el guarda que había visto con él en la cafetería, un hombre que parecía un oso llamado Eldon Ellroy.

El pasillo fuera de las consultas estaba ya con la iluminación nocturna, con todos los demás accesos en completa oscuridad. No salía luz por debajo de ninguna de las puertas, incluyendo la suya. Con cuidado y silenciosamente, Ellroy giró el picaporte. Estaba cerrado con llave. Entonces Jessie insertó su llave, la giró, abrió la puerta y retrocedió al pasillo. Nada. Ellroy tanteó la entrada y encendió la luz. La diminuta sala estaba vacía. El guarda le hizo una seña para que entrara, y ella le confirmó que estaba todo en orden.

Ellroy la tranquilizó diciéndole que desde que en el hospital habían comenzado los recortes en electricidad, los guardas de seguridad habían recibido muchas llamadas como la suya. Después se marchó.

Jessie permaneció en silencio, aún inquieta. Los papeles de su escritorio y de sus cajones parecían estar en orden, pero no podía quitarse la sensación de que alguien había estado allí. Finalmente, se convenció ligeramente de que la luz y la silueta que había visto podía haber provenido de una de las consultas de trauma de la planta sexta. Apagó la luz, cerró con cuidado la

puerta, y se dirigió hacia la sala donde estaba la habitación de Rasheed.

La cara de ébano de Rasheed, resaltada por su corte de pelo al cero, tenía unas facciones marcadas y estaba surcada de arrugas. Jessie la encontraba atractiva. Sus manos enormes y encallecidas podían fácilmente haber botado pelotas de baloncesto. Su manera de ser hacía que fuera uno de los pacientes favoritos de Jessie, y le encantaba contar historias de su época de guardaespaldas, chófer y obrero de la construcción, soltando nombres de gente famosa, con la que en distintos momentos se había cruzado.

La mitad de la habitación compartida que ocupaba Rasheed estaba adornada con fotos de su esposa y sus hijos. En cuanto vio a Jessie aparecer por el pasillo, se escondió en broma bajo las sábanas. Ella acercó una silla y esperó. Rasheed se quedó como estaba.

–No saldré hasta que no me digas que no estás furiosa conmigo -anunció.

–Ben, estoy realmente furiosa contigo. No puedes hacer esto.

Poco a poco, como una tortuga, emergió. Su expresión era muy seria.

–Doctora, tuve que hacerlo -dijo.

Jessie hizo una respiración profunda para calmarse.

–Vale, de acuerdo. Comienza por el principio.

–Hace unas horas me vino a ver esa mujer. Hablaba como, no sé, como un nazi de película de guerra.

–Sé quién es.

–Bueno. Pues me dijo que su marido está muy enfermo y que necesita una operación urgente, pero que no conseguía turno hasta dentro de dos días para el quirófano. Me propuso que si cambiábamos de turno y le cedía el mío, yo tendría el suyo.

–¿Cuánto dinero te ofreció?

–Yo… prometí no decirlo a nadie.

Jessie iba a exigirle que se lo dijera, pero entonces se dio cuenta de que no era necesario. Ben Rasheed no era ningún tonto. Sabía que era él mismo quien estaba en juego. Si había tomado aquella decisión, es que la cantidad era suficiente para él.

–Ben, lo que vas a hacer es potencialmente peligroso para ti -le explicó-. Ya tienes síntomas serios. Con este tipo de tumor las cosas se pueden desencadenar muy rápidamente. Por eso te hemos hospitalizado hasta que pudiéramos operarte.

–Lo sé. Pero también sé que no va a permitir que me ocurra nada malo.

–Ben, eso es un poco ingenuo. Cuanto más esperemos, más posibilidades tienes de que te ocurra algo malo. Y si sucede, no te puedo garantizar nada.

–Pero me dijo lo mismo acerca de la operación, doctora. No hay garantías.

Sé que el tumor que tengo en la cabeza me puede matar tanto si espero un día más como si no. Tengo cuatro hijos, una mujer y una hipoteca, y nada en el banco, ni seguro de vida. Por lo que me va a pagar esa mujer, me vale la pena tirar los dados. Dios, por esa cantidad de dinero, si quisiera mi riñón, se lo vendería. Sé que está enfadada conmigo, doctora. Lo siento mucho. Pero este hombre va a hacer lo que tiene que hacer un hombre en su caso.

Jessie sabía que si los papeles hubieran estado invertidos, habría tomado la misma decisión.

–De acuerdo, no me enfado contigo, Ben -dijo-. Pero solo una cosa. No me tienes que decir la cantidad, pero dime los términos del trato.

–Algo ahora, y más después de la operación del tipo.

–Quiero que lo cobres todo antes, la señora Hermann tiene dinero en efectivo. Lo sé con toda seguridad.

–¿Va a hablar con ella sobre esto?

–Puedes apostar a que lo haré -contestó Jessie.

Su intercambio con Orlis Hermann fue breve y sin rodeos.

–No sé cuánto le ha ofrecido a Ben Rasheed -dijo Jessie-, pero quiero que se lo pague todo antes de que operemos al conde mañana.

–¿O qué? – preguntó Orlis.

Las dos mujeres se enfrentaban cara a cara bajo la tenue luz de la habitación del hospital, con Rolf Hermann y uno de sus hijos contemplando la escena.

Jessie se negó a parpadear.

–O haré todo lo que sea preciso para dejar a su marido fuera de la programación del quirófano de RMN y reubicarlo en su turno original.

–Ya he hablado con el doctor Gilbride sobre el cambio de agenda. Quiere hacer esta operación cuanto antes.

–No me importa -replicó Jessie-. Estoy segura de que también quiere que yo continúe en su plantilla.

Orlis estudió su resolución, luego contestó simplemente:

–El señor Rasheed tendrá su dinero mañana por la mañana.

–Otra cosa más. Si me entero de que vuelve a relacionarse con cualquiera de mis pacientes, removeré cielo y tierra para que la trasladen a usted y a toda su familia a otro hospital. ¿Está claro?