El paciente

Michael Palmer · Capítulo 7 de 47

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El paciente

Capítulo 6

En el calor del momento, con su amiga sobre la mesa de operaciones, con la inflamación distorsionando su anatomía, y enfrentándose a un tumor de los más difíciles que se había encontrado, Jessie había perdido la objetividad.

Había olvidado lo que le había prometido a su amiga y se había prometido a sí misma.

«Sin miedo.»

–Ted, quiero nuevas imágenes de este cabrón -se oyó decir-. Todo el mundo, habla el capitán. Quiero que todos os remanguéis y hagáis saber a vuestras parejas que llegaréis tarde a cenar. Esto nos llevará aún unas cuantas horas.

6

El pabellón deportivo Fleet de Boston estaba casi lleno. Mientras caminaba sobre la alfombrada sala VIP, Marci Sheprow oía a la multitud como el murmullo del océano. Ambos sonidos le eran familiares. Había pasado los primeros nueve de sus dieciocho años de vida con sus padres en Cape Cod.

Los ocho siguientes había vivido, sobre todo, en un gimnasio de Boston, entrenando junto a docenas de promesas de la gimnasia. Pero entre todas ellas, Marci había llegado a lo más alto de su deporte. Poseía dos medallas olímpicas de oro y una de bronce. Ahora volvía a vivir en Cape, y estaba allí mucho más a menudo que antes. Y cuando llegara el momento, quizá cuando terminara la universidad, quería hacer uso de los millones que había ahorrado y comprar una casa junto a la de sus padres.

No tenía intención de volver a competir en unos Juegos Olímpicos, pero cada vez que lo decía, sus padres y su entrenador simplemente sonreían.

Sabían tan bien como ella que había muy pocas competiciones gimnásticas

que no le gustaran. Y además entonces pasaba por un momento de increíble popularidad, sobre todo en Nueva Inglaterra.

–Hey, chica, ¿qué pasa?

Shasheen Standon, la mejor amiga de Marci del equipo nacional de Estados Unidos, estaba comiéndose una pera y le ofreció un mordisco.

–No, gracias. Tengo el estómago algo revuelto, y me duele un poco la cabeza.

–Debe de ser algún virus. Seguro que no son los nervios. ¿Tú nunca tienes?

–Venga. Tú y todos sabéis que solo es una tontería.

Marci era famosa entre el equipo y la prensa por su tranquilidad, casi arrobamiento, cuando realizaba sus ejercicios. Y además era una persona muy accesible, no como las rusas y las rumanas que parecían de hielo. El New York Times decía que sus ejercicios rutinarios eran «de una audacia pasmosa». Otro escritor entusiasmado dijo que era «absolutamente completa».

–Sabes -dijo Shasheen-, ahora que lo mencionas no tienes buen aspecto.

Recuerda que esto es solo una exhibición. Quizá lo puedas dejar esta noche.

Deja que nos luzcamos las de la segunda fila.

Marci golpeó suavemente a su amiga en el brazo.

–Un oro de equipo y una plata individual en las barras asimétricas. Vaya una segundona. Puedo acortar un poco mi rutina, pero no puedo echarme atrás. Soy de aquí. No tienes idea de la cantidad de amigos y familiares que tengo ahí afuera. Estuviste anoche en mi casa. Ya lo sabes.

–Realmente, había un ambiente genial, sobre todo por tu tío Jerry. Bueno, tómatelo con calma. Suprime algunos de los ejercicios locos de Sheprow.

–Tal vez. Tal vez lo haga.

Marci se agachó y tocó sin ningún esfuerzo la alfombra con las manos. Con su metro sesenta y siete, era alta para ser gimnasta, aunque extraordinariamente ágil y la más fuerte del equipo. Era una atleta en todos los sentidos, completamente compenetrada con su cuerpo. Y aquella noche, lo único que ocurría es que no se encontraba bien. Se puso de puntillas, se recorrió el cuerpo con las manos y después las levantó hacia el techo. Al observador casual le habría parecido rápida como un rayo. Pero ella sabía que notaba la pierna derecha de una manera distinta cuando flexionaba el tobillo y su brazo derecho también lo sentía algo lento. Habían estado más de un mes de gira, y algunos días había hecho hasta tres exhibiciones seguidas. Quizá solo estuviese cansada.

Al otro lado de la sala, Shasheen estaba divirtiendo con sus historias a varias niñas y entrenadores. Marci sonrió. «Explica cosas para relajarse.»

–Cinco minutos -avisó el promotor-. Cinco minutos para todo el mundo.

Marci, tu encuentro con el gobernador será en el intermedio. He explicado a los responsables que no te sentirías cómoda si estás sola, pero me recordaron que tú eres la única de Massachusetts, y que la letra pequeña de nuestro contrato dice que tenemos que colaborar con este tipo de eventos.

Es solo una placa. Tus amigos estarán encantados.

–Viva Sheprow -vitoreó Shasheen con su típico tono malicioso.

Los demás se rieron y aplaudieron. En algún momento, todas las chicas del equipo habían tenido sus diferencias con las demás, pero en general estaban muy unidos. Marci hizo una reverencia al grupo y con la cabeza indicó al promotor que aceptaba lo de la placa. Se puso la chaqueta de calentamiento e intentó, sin éxito, quitarse la sensación extraña de pesadez en el brazo derecho. Finalmente se dio prisa y se unió a las otras para salir a la pista.

Como había anticipado Marci, quedaban muy pocas localidades libres, y probablemente era el público más numeroso que habían tenido en toda la gira. Mientras sonaba el himno nacional y presentaban al equipo, Marci

repasó sus músculos. Dedos, manos, brazos, hombros, cuello, piernas.

«Mejor», pensó. Sentía que todo iba mejor. Nuevamente se puso de puntillas. Ningún problema. Bueno, quizá algo un poco extraño.

«¿Qué diablos está pasando?»

Estaba programado que actuaría en barra fija y en asimétricas, así como en salto de potro. Después junto a otras dos ejecutarían series de piruetas sincronizadas. Quizá podría saltarse esa parte.

–¿Estás bien, Marci? – preguntó Shasheen.

–¿Eh? Sí, estoy bien, creo.

–¿Qué has dicho?

–Digo que estoy bien.

–Marci, no hablas bien.

–Estoy bien.

Sus palabras ahora sonaron mejor. Pensó que era como la gripe, o algo relacionado con el azúcar. Solía no comer nada horas antes de la competición, y aunque esto solo era una exhibición, nunca habría tomado un batido y un sándwich. Los altavoces pidieron que las ocho se situasen en su puesto. Shasheen iba a comenzar en barras asimétricas, y Marci iría al potro.

–Déjalos boquiabiertos -la animó Shasheen, levantando los pulgares al dirigirse a la pista.

–Sí -susurró Marci al vacío-. Tú también.

Siguió a una compañera de equipo hacia el punto de salida para correr hacia el potro. Aunque había obtenido una medalla de oro individual en la barra

fija, la especialidad más natural y automática para ella era el salto.

Nuevamente sintió que el brazo y la pierna derechos estaban pesados. No sabía qué le ocurría, y por primera vez, estaba asustada.

Déjalos boquiabiertos.

Marci observó que su compañera había hecho un salto correcto, entonces oyó su propio nombre reverberando por el enorme pabellón.

«Mami, me pasa algo malo. ¿Qué debo hacer?»

Marci miró a su izquierda, hacia las tres filas que ocupaban sus padres, hermana, parientes y amigos. Barbara Sheprow, con su resplandeciente cabello rojo y el traje blanco que se había comprado para la ocasión, le sonreía y levantaba los puños.

«¿Mamá?»

Marci se dio cuenta de pronto que todo el Pabellón Fleet se había quedado extrañamente silencioso. Todos la miraban… esperando. Ella ni siquiera había empezado a concentrarse para preparar el salto.

Se volvió hacia la pista, sacudió la mano y contrajo los músculos del brazo.

Si seguía esperando, no sabía cómo se podría llegar a sentir.

«Lo puedes hacer. No hay jueces. Solo un salto decente. Nada especial.

Hazlo.»

El silencio fue reemplazado por un murmullo nervioso.

Tenía que ser entonces.

Marci se levantó sobre la punta de los pies y comenzó a correr hacia el potro moviendo los brazos. Sabía que no llevaba suficiente velocidad, pero ya era demasiado tarde. Podía lograrlo. Aunque se encontrase fatal, podía conseguirlo.