El paciente
Capítulo 24
Entonces, hizo un gesto a sus hijastros, y los cuatro se levantaron a la vez y salieron de la habitación. El último estaba saliendo cuando el busca de Jessie se activó, mostrando en la pantalla una extensión que no conocía.
–Em -dijo en voz alta, corriendo hacia el teléfono.
Pero su llamada fue contestada por el radiólogo de guardia. Jessie escuchó atentamente, y después se volvió despacio hacia Gilbride.
–Era Don Harkness, de radiología -dijo-. Quiere que revisemos juntos las conclusiones de las imágenes de Eastman Tolliver.
«Creo que no es una migraña», quiso añadir, pero no lo hizo.
Envueltos en un silencio tenso, bajaron en el ascensor hacia el sótano y desde allí cruzaron el túnel hacia la unidad de RMN de urgencias. Los recibió Don Harkness, un radiólogo veterano, y luego señaló hacia la caja de visionado donde estaban las imágenes de Tolliver.
–No puedo… -murmuró Jessie.
Gilbride y ella se miraron asombrados. El tumor de la cabeza de Tolliver era ligeramente menor que el de Rolf Hermann, y se hallaba un poco más escorado hacia la izquierda. No eran gemelos idénticos, pero sí hermanos.
–Este hombre tiene un gran problema -dijo Harkness-. Un meningioma subfrontal, diría yo. Y muy grande. De los que no se ven todos los días.
24
Aunque no estaba de guardia, Jessie prefirió pasar la noche en el hospital.
Su mejor amiga había desaparecido. Ni una nota, ni una llamada, ninguna
señal de que tuviera problemas personales, tampoco había indicios de que pasara por un momento de inestabilidad emocional, ni pruebas de que hubiera sido abducida. Solo sabía que alguien la había llamado a su casa…
y después había salido. Jessie estaba demasiado preocupada como para irse a su propia casa.
Todavía no eran las seis y media de la mañana cuando se despertó en uno de los cubículos sin ventanas donde pasaba las guardias, momentáneamente desorientada por la oscuridad absoluta, con la boca sequísima, y los pulmones ardiendo después de estar cuatro horas inhalando aire viciado.
Encendió la lámpara que había junto a la cama y se alegró de encontrarse con el vaso de agua que había dejado sobre la mesilla. Se humedeció las yemas de los dedos y se puso un poco de agua sobre los párpados, después bebió el resto y se volvió a hundir en la almohada. Entre sueños seguía concentrada en los complicados acontecimientos que había vivido la noche anterior.
Eastman Tolliver se había tomado las malas noticias de su resonancia como Jessie esperaba. Una maldición preocupada, después un intento de sonrisa valiente, y finalmente una declaración resignada de que haría todo lo necesario para vencer al tumor. Jessie sabía que aquellos eran solo los primeros pasos en el proceso de asumir los diagnósticos casi insondables de los tumores cerebrales. El trabajo duro comenzaría en los pocos días previos a la operación. Y aunque el alcance del resultado de este trabajo era completamente impredecible de un paciente a otro, solía tener un efecto considerable en el resultado del tratamiento.
–Quizá fue por todo el tiempo que he estado entre los pacientes del hospital
-dijo Tolliver-, pero cuando me estaban bajando en la camilla, tuve la sensación de que podría ser…
Durante un momento casi no le salió la voz, y se puso a mirar fijamente hacia el techo. Después tomó la decisión de permanecer en Boston y ser operado en el CMEM. Gilbride hizo varios intentos sutiles para ser él su médico oficial, pero Tolliver no quiso saber nada.
–Ya he tomado la decisión, Carl -dijo-. Sé que lo que le pasó con el pobre Hermann podía haberle ocurrido a cualquier cirujano, pero he visto cómo trabajaba la doctora Copeland en el quirófano, y además he hablado con sus pacientes y la he elegido a ella. Es tan simple como eso. Dice mucho sobre usted que tenga a un cirujano de ese calibre en su plantilla.
–Como quiera -consiguió decir Gilbride, sin relajar apenas las mandíbulas.
–De todos modos, cuando tenga que entrar en el quirófano -continuó Tolliver-, me gustaría saber que usted está allí como asesor.
–Por supuesto.
Jessie sugirió una admisión inmediata en el servicio de neurocirugía, y prometió programar la operación de Tolliver lo antes posible. Pero este la convenció de que le permitiera volver a su habitación a recoger sus cosas y telefonear a su esposa, Kathleen. Ella volaría desde California en cuanto encontrase con quién dejar a su madre, incapacitada por la enfermedad de Alzheimer. Sin embargo, añadió rápidamente, no era necesario establecer la programación de su cirugía según la llegada de su esposa. Quería que se le hiciera lo antes posible.
–Solo quiero sacarme cuanto antes esa cosa de la cabeza -dijo.
Dos horas después de salir de la sala de urgencias, Eastman Tolliver volvió al hospital y fue ingresado en la planta séptima.
Mientras tanto, Jessie salió del hospital y fue a la modesta casa de dos pisos que Emily compartía con su marido, Ed, y sus dos hijos. Jessie pensó que Ed, un ingeniero informático de una empresa de Cambridge, reaccionaría a la crisis de una manera mucho menos emocional y más analítica de lo que habría hecho Emily si el desaparecido fuese él. Pero no había que interpretar mal su ansiedad. A petición de Jessie llamó a la policía de Brookline y una hora después un agente se presentó en la casa, más por cortesía que por preocupación. Evidentemente, el hombre ya había pasado
por muchas situaciones similares como para alterarse por una como esta.
–Casi siempre es algún tipo de malentendido -dijo en un intento torpe y completamente inútil por calmarlos a todos-. Una reunión o una cita que la señora DelGreco estaba completamente segura de haberle comunicado, pero se le olvidó hacerlo, o algo así.
Jessie puso los ojos en blanco. Emily era una de las personas más organizadas y meticulosas que había conocido, y además considerada en exceso.
El policía después apartó a Ed y a Jessie de los niños, y les preguntó sobre la posibilidad de que Jessie se estuviese viendo con alguien.
–Supongo que todo es posible -replicó Ed con tono frío.
–¡Tonterías! – exclamó Jessie-. Emily me cuenta hasta los actores que le gustan. Si estuviera saliendo con alguien estoy segura de que yo lo sabría.
Supongo que el sistema de la policía es esperar un tiempo antes de considerar que una persona está realmente desaparecida, pero en este caso no vale la pena esperar, agente. Emily es una mujer increíblemente responsable. Nunca desaparecería así sin decírselo a nadie. A menos que no tuviera otra opción.
El policía le respondió condescendientemente asegurándoles que harían todo lo necesario en cuanto estuviera claro que Emily llevaba por lo menos veinticuatro horas desaparecida.
Jessie apuró hasta el final su vaso de agua que estaba en la mesilla, y se obligó a meterse en la estrecha ducha de plástico.
«¿Qué diablos le habría ocurrido a Emily?»
La pregunta anulaba todos los demás pensamientos. Buscó en vano una explicación que se ajustara a todo lo que sabía de su amiga. Finalmente, comenzó a pensar en posibilidades que no concordaran con todo lo que
sabía. Quizá había realmente otro hombre.
Ed DelGreco era un tipo de aspecto decente, y verdaderamente inteligente, pero seco como una tostada. No era demasiado forzado pensar que Em hubiese dejado a Ed para irse con algún otro hombre. Pero resultaba inconcebible que les hubiera hecho algo así a los niños. No, le tenía que haber ocurrido algo malo. Jessie estaba casi segura.
¿Era posible que la desaparición de Em tuviera algo que ver con Orlis Hermann? ¿Había visto u oído Emily algo que no debía? Jessie reflexionó sobre estas preguntas un momento, y después se secó con la toalla, se puso ropa de hospital limpia y marcó el número que le había dado Alex.
–Cuatro, dos, seis, nueve, cuatro, cuatro, cuatro -contestó una voz aséptica de mujer.
–Alex Bishop, por favor.
–Deje su mensaje.
–¿Puede hacérselo llegar?
–Deje su mensaje.
–Bien, bien. Diga al señor Bishop que localice a la doctora Copeland, por favor -Jessie dudó un momento, y después añadió-: Dígale que es importante.
«¿Em, dónde demonios estás?»
Jessie se unió al grupo que desayunaba en la cafetería, pero aquel día le resultó imposible tolerar su humor. Lo único que sintió que podía hacer era comenzar las visitas de la planta séptima. Con la excepción de Ben Rasheed, que se mantenía con una bomba de tiempo hasta ser intervenido aquel mismo día por la tarde, sus pacientes, nueve en esos momentos, se hallaban en perfecta forma. Hacer las visitas le levantaría el ánimo, y
empezar tan temprano le permitiría tener más tiempo para charlar con cada uno de los enfermos.
Como siempre, desde que operó a Sara, Jessie comenzaba la ronda por la habitación 6 de la UVI. Aunque solo eran las siete y media, no se sorprendió de encontrarse con Lisa Brandon, quien estaba dando un masaje con una loción en la espalda de Sara.
–¿Cómo está mi paciente?
–Bien… -dijo Sara.
Lisa la ayudó a darse la vuelta y a incorporarse en la cama.
–Voy a ver si las enfermeras me dan más trabajo -dijo-. Hasta pronto, doctora Copeland.
–Gracias, Lisa.
El examen neurológico de Sara mostraba señales, aunque no espectaculares, de que continuaba mejorando en varias áreas. Movimiento voluntario en todas las extremidades, con relativa fuerza en las piernas… La cognición era buena… Su habla algo inconexa, pero en gran parte discernible… Los doce pares de nervios craneales estaban intactos. Con toda claridad, Sara ya estaba cerca de la salida del bosque oscuro. Verdaderamente, en cualquier momento podría ser trasladada de la unidad, y salvo que surgiera alguna complicación importante, en una semana sería trasladada a rehabilitación.
Una amiga, un auténtico milagro; la otra, desaparecida… «Los clientes con afecciones cardíacas deberían abstenerse de realizar este viaje.»
Las dos mujeres hablaron un rato, aunque Jessie condujo la mayor parte de la conversación. Hablaron sobre el tiempo y sobre películas, sobre los hijos de Sara y la vida personal de Jessie, e incluso sobre cómo es que te operen estando despierto. Finalmente, Sara se hundió en un sueño exhausto. Jessie se levantó del extremo de la cama y ya estaba a punto de salir de la
habitación cuando reparó en un libro fino, abierto y con un pasaje rodeado con un círculo sobre la mesilla. Era el Ricardo III de Shakespeare. El pasaje señalado era probablemente alguno que Barry Devereau había leído a su esposa. Quizá muchas veces.
La verdadera esperanza es fugaz, y escapa con alas de golondrina; Hace dioses a los reyes, y a las criaturas comunes las convierte en reyes.
–Aguanta, Sara -susurró Jessie. Y cuando ya salía hacia el pasillo añadió-: Em, aguanta tú también.
–Doctora Copeland, hay un problema en la 2 -le avisó una enfermera.
Jessie corrió hacia la habitación de Rolf Hermann. Su hija estaba dormida en la silla de visitantes con una almohada bajo la cabeza. Tras el código 99, le habían añadido un marcapasos al montón de tubos y cables conectados a monitores. Estaba unido por medio de un cable temporal, insertado a través de un catéter ciego a la vena subclaviana bajo la clavícula derecha, hasta contactar con la superficie exterior del corazón. El controlador de latidos al que estaba conectado este cable estaba pegado con esparadrapo en la parte superior del brazo.
Marcapasos, vía intravenosa, respirador, ventilación mecánica, catéter, tubo de alimentación, ojos cerrados con gasas húmedas. Rolf Hermann o Claude Malloche, o quienquiera que fuese, ya estaba más muerto que vivo. El código 99 había sido un éxito, pero la causa subyacente a su paro cardíaco no había sido resuelta. Lo más probable es que hubiese sido provocado por un trastorno en los circuitos de los nervios del cerebro que regulan el ritmo cardíaco. Y ahora se estaba desencadenando otra situación peligrosa. Su presión sanguínea, como mostraba la pantalla del monitor conectado por medio de una cánula a su arteria radial, estaba entre 75/30… y seguía cayendo.
En el monitor se apreciaba que había un ritmo cardíaco normal, pero la