El paciente
Capítulo 26
–Muy bien -dijo Jessie. Cruzó los dedos y aventuró-: ¿Y el certificado de defunción? ¿Quieres que lo rellene por ti?
Gilbride meditó el ofrecimiento, y finalmente dijo:
–Me parece bien. Pero asegúrate de que la causa de la muerte es cardíaca, puesto que así fue.
–Ataque cardíaco debido a una afección arterioesclerótica del corazón, con un meningioma como enfermedad concurrente. ¿Qué tal suena?
–Suena como debe sonar. Ahora, si me permites, tengo un montón de cosas que hacer.
–Yo también -murmuró Jessie mientras se iba.
26
Las enfermeras estuvieron casi veinte minutos limpiando la habitación 2.
Extrajeron todos los tubos y sondas del cuerpo de Hermann y le destaparon los párpados. Jessie se ofreció para ayudarlas, pero la despacharon de allí.
Así pues, se sentó detrás del mostrador de las enfermeras para rellenar el certificado de defunción. Era el único papel necesario para sacar el cuerpo del conde del hospital.
Por favor, escriba únicamente con tinta negra.
Motivo de la defunción: Paro cardíaco
Debido a: Shock cardiogénico
Debido a: Alteración cardiovascular arterioesclerótica Enfermedades concurrentes: Meningioma subfrontal Unas pocas palabras adecuadamente colocadas, y ¡puf!, el deseo de Gilbride había sido concedido. Una calamidad quirúrgica quedaría fichada como coronaria. Y a menos que la familia pidiera el certificado, nadie se enteraría de nada. Aunque Orlis era una persona difícil, Jessie pensó que esa idea no se le pasaría por la cabeza. Merecidamente o no, Gilbride estaba fuera del atolladero.
«El bolígrafo es más poderoso que el bisturí.»
Jessie se divirtió con este pensamiento mientras cumplimentaba los últimos datos demográficos. Cuando levantó la vista, Orlis Hermann y la hija del conde llegaban por el pasillo y entraban en la habitación. Un minuto o dos después, salieron, y se dirigieron hacia ella.
–Bueno -dijo Orlis con un escalofriante tono de realismo-, mi marido ha muerto.
–Lo sentimos todos mucho -replicó Jessie levantándose.
–El doctor Gilbride no parecía tener tantos remordimientos cuando habló con nosotros hace un momento.
–Le aseguro que los tiene. Mantuvo a todo el mundo aquí intentando resucitarlo, cuando la mayoría de los médicos lo hubieran dejado por imposible mucho antes.
–¿Qué hacemos ahora?
–Si fueran de aquí, les diría que todo lo que tienen que hacer es llamar a una funeraria. Al ser de otro país, no estoy segura. Si no les importa, esperen en
su habitación de la planta, y mientras, preguntaré a la enfermera jefe. Ella conoce las leyes. Supongo que su plan es volver con el conde a Alemania.
–Así es.
–Estoy segura de que eso complicará algo las cosas, pero creo que el primer paso sigue siendo llamar a una funeraria. También habrá que hacer cierto papeleo aquí. El doctor Gilbride está bastante ocupado, así que me he ofrecido para hacerlo por él. Habrá que esperar un poco, quizá algunas horas.
–No me importa -dijo Orlis-. De todos modos tengo que preparar las cosas de mi marido.
–¿Quieren sus hijos entrar a verlo?
–No. Han tenido que irse por asuntos de negocios. Tienen que volver pronto, pero no es necesario mantener aquí el cuerpo del conde hasta que lleguen. Aunque estaban muy apegados a su padre, no son sentimentales en ese sentido.
–Bien. Me haré cargo de todo, y les informaré de todo en cuanto sepa lo que hay que hacer.
–Hágalo… ¿Doctora Copeland?
–Sí.
–Su jefe mató a mi marido. Y usted lo sabe.
Un nudo de tensión se materializó en el pecho de Jessie. Tanto si Alex se equivocaba o no acerca de que Orlis Hermann era Arlette Malloche, era realmente una mujer que provocaba escalofríos. Jessie eligió cuidadosamente sus palabras. No tenía ganas de defender a Carl Gilbride, no era una situación en la que los principios y las emociones debieran interferir con el sentido común. Aunque Orlis Hermann no fuese más que
una esposa consternada, también era una posible litigante contra Gilbride, el hospital, y tal vez contra la propia Jessie. Si era, como creía Alex, una asesina capaz de la peor de las venganzas, no tenía sentido darle ninguna justificación para aumentar la violencia que ya poseía.
–Lo que sé, señora Hermann -dijo-, es que su marido tenía un enorme tumor cerebral que desgraciadamente estaba situado en un punto de acceso muy difícil desde el punto de vista técnico. Cuanto más complicada es la localización de ese tipo de tumores, más posibilidades hay de que surjan complicaciones. Todos lo sentimos mucho.
–Dígame algo con toda honestidad, doctora Copeland. ¿Hubiera ocurrido esto si usted hubiera hecho la cirugía?
La pregunta cogió a Jessie por sorpresa. En todos sus intercambios con Orlis Hermann, nunca había notado en la mujer el menor interés en lo que ella pudiera hacer o no en un quirófano. A su cabeza llegaron montones de respuestas a su pregunta, y ninguna sincera.
–Espero que entienda que posiblemente no pueda contestar a esa pregunta -
dijo finalmente-. Tengo mi cuota de triunfos quirúrgicos igual que la tiene Gilbride, pero también me han ocurrido tragedias en el quirófano.
Durante unos minutos, Orlis Hermann permaneció en silencio mirando a Jessie. Después, casi imperceptiblemente, asintió con la cabeza.
–Esperaremos en la habitación a que nos traiga noticias -dijo.
Agarró a su hijastra por el brazo y se marcharon. Momentos después apareció Alex.
–¿Qué te ha dicho?
–Esperará a que yo le diga qué hay que hacer con el cuerpo.
–¿Cuánto tiempo?
–Le dije que podrían pasar algunas horas hasta que tuviese toda la información.
–Genial. Muy bien hecho. Si sucediera lo peor, el cuerpo habrá desaparecido, y tendrá que esperar por aquí hasta que lo encuentres.
–A menos que empiece a sospechar y se largue.
–Creo que tengo prevista esa posibilidad. Está siendo vigilada.
Jessie lo miró extrañada.
–¿Vigilada por quién? – preguntó.
–Pronto te lo diré.
–Oh, me encantan los secretos de amor -dijo sin controlar su sarcasmo.
–He dado mi palabra.
–Mientras yo también pueda contar con tu palabra… Sabes, Alex, con una mujer tan dura como Orlis, y con todas las cosas terribles que crees que han hecho ella y su marido, me da la impresión de que siente un profundo y genuino dolor por lo que le ha ocurrido a su esposo. ¿Y sabes qué? Yo también.
–En ese caso, quizá tendré que volver a enseñarte todas aquellas fotografías
-replicó Alex-. No me da ninguna pena esa mujer ni su marido. Solo deseo que él supiera que se estaba muriendo cuando comenzó a sangrar esa arteria de su cerebro. No te puedo decir la alegría que me daría ser el que meta su cuerpo en el coche de la funeraria.
–La venganza será mía, dijo Bishop el obispo.
–Amén.
–Perdóname por preguntarte esto, pero ¿hubiera aprobado tu hermano estos cinco años de vendetta?
–Mi hermano está muerto. Las decisiones que he tomado son mías. Pero la respuesta a tu pregunta es sí. Nada más terminar la universidad fuimos reclutados por la agencia. Sabíamos los dos dónde nos estábamos metiendo.
Nos sentíamos patriotas que servían a su país, y ambos odiábamos a los enemigos de la patria. Si Malloche tenía alguna creencia, era un absoluto odio hacia Estados Unidos y los estadounidenses. Si me hubiera matado, Andy le habría perseguido hasta el último rincón de la tierra.
Jessie suspiró.
–En este caso, deberíamos darnos prisa.
–¿Tienes algún plan?
–Sí, pero es complicado, así que préstame atención.
–Muy bien.
–Bien. Primero, toma este papel. Segundo, ponte tu traje de la funeraria.
¿Entendido hasta aquí?
–Continúa.
–Después vienes y te llevas el cuerpo.
–¿Así se hace?
–Lo he averiguado. Es como si fuera un autoservicio. Vas al mostrador del departamento de patología, enseñas el certificado de defunción, y firmas en el registro. Después, nadie se preocupa más. Otro aspecto más de la regla básica para moverse por el hospital: si das la impresión de que sabes perfectamente lo que estás haciendo, en lo que a los demás respecta, sabes
lo que estás haciendo.
–Ya me he dado cuenta de esto trabajando como guarda de seguridad.
–La primera opción de la gente es aquella que no les ocasione trabajo extra.
Voy a poner a prueba este principio ahora mismo.
–¿Cómo?
–Asegurándome de que todo esté en su sitio cuando aparezcas como Digger O'Dell, el simpático empleado de la funeraria. Voy a decir a las enfermeras y a Carl que necesito descansar un rato de la planta y de Carl, y a cambio me ofreceré para acompañar al guarda de seguridad cuando haya que bajar el cuerpo a la morgue. No creo que sea bueno que hagas de guarda y de Digger, pero si te das prisa, me quedaré abajo esperando hasta que llegues con el coche de pompas fúnebres.
Alex echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que nadie estaba mirando, después tomó la mano de Jessie con la suya y la mantuvo así unos segundos.
–Te veré en la morgue -dijo.
Después desapareció por el pasillo antes de que Jessie se diera cuenta de que ni siquiera había intentado soltar la mano.
Jessie ayudó a dos enfermeras a traspasar el cuerpo de Rolf Hermann a una camilla. Luego, ella y el guarda, un hombre barrigón llamado Seth, que palideció al ver el cadáver del conde, se dirigieron a la morgue. «Quinientas muertes.» Era bastante difícil de aceptar que alguien pudiese ser el causante de tal horror, y mucho menos, que fuera la persona que yacía bajo la sábana.
Astuto, minucioso, brillante, paranoico, meticuloso. Eran algunos de los adjetivos que había usado Alex para describir a Claude Malloche. Ahora, parecía, la lápida de este monstruo rezaría:
AQUÍ DESCANSA UN HOMBRE QUE SOLO COMETIÓ UN ERROR
EN SU VIDA: ELIGIÓ AL CIRUJANO EQUIVOCADO.
La morgue estaba en el sótano del hospital principal. Consistía en una habitación cerrada, junto a la sala de autopsias, con doce cajas refrigeradas de acero inoxidable empotradas en la pared para almacenar los cuerpos. Las emanaciones de formaldehído flotaban en el aire. No había nadie por allí, así que Jessie dejó a Seth esperando junto a la camilla y atravesó la sala de autopsias y el pasillo hasta el despacho de patología. Allí, una secretaria indiferente le alargó un bloc negro de anillas para que registrara el ingreso del cuerpo.
–Creo que los de la funeraria ya están en camino -dijo Jessie para preparar la inminente llegada de Alex.
La mujer musitó que estaba todo bien.
«Aquí no va a haber problemas», pensó Jessie.
Volvió a la morgue. Seth estaba apostado en el pasillo, al otro lado de la puerta.
«Tampoco tendremos problemas aquí.»
–Escucha -dijo Jessie-, acabo de hablar con la funeraria, y ya han enviado a alguien a buscar el cuerpo. ¿Por qué no te vuelves al trabajo? Esperaré aquí hasta que lleguen.
–¿Está usted segura?
–Sí, sí. Estoy segura.
Jessie observó hasta que el agradecido guarda hubo recorrido el pasillo hacia los ascensores. Entonces volvió a la morgue y retiró la sábana del rostro gris y salpicado de manchas de Rolf Hermann. Poco a poco, debido a la fuerza de gravedad, la sangre estancada en los capilares bajaría a los
tejidos correspondientes, y su tez adquiriría la palidez de la muerte. Desde su primer encuentro con un cuerpo muerto en clase de anatomía, nunca le afectó especialmente ver un cadáver, ni siquiera aquellos cuya muerte había sido terrible. Hermann no era una excepción. Quizá la capacidad de distanciarse era lo que la había hecho ser una excelente estudiante de cirugía, y después residente. Cualquiera que fuese la razón, mirando a ese cadáver, solo se preguntaba sobre Claude Malloche, y el hombre que lo había estado persiguiendo durante cinco años.
«Cinco años», pensaba. Alex Bishop había entregado cinco años de su vida por aquel momento. Los ojos de Hermann estaban entreabiertos. Jessie los miró con atención, preguntándose todo lo que habrían visto en su vida, y lo que el hombre había dejado tras de sí.
–¿Jessie?
La voz femenina a sus espaldas la sobresaltó. Se dio la vuelta, y a un tiempo colocó de nuevo la sábana sobre la cara de Hermann. La enfermera supervisora, Catherine Purcell, estaba con los brazos cruzados, en la puerta.
–Ah, hola -consiguió balbucear Jessie-. Me asustó.
–Ya lo veo. Lo siento. ¿Hay algún problema?
–No, en realidad no realmente. Solo me estaba preguntando sobre este hombre. Hice su ficha de admisión para Carl, pero realmente nunca llegué a hablar con él. Por las barreras del idioma y lo mandona que es su esposa, casi toda la comunicación fue a través de ella.
La mente de Jessie iba a toda prisa. En cualquier momento llegaría Alex.
Catherine Purcell era una de las personas más perspicaces del hospital, y el aspecto de él llamaba la atención. Era razonable pensar que lo pudiese reconocer.
–Las enfermeras de la unidad me dijeron que había bajado a acompañar al conde hasta aquí.
–Estaban muy ocupadas, y quería salir un rato de la planta. ¿No estabas fuera esta tarde?
–Betty Hollister tiene un catarro. He cubierto su turno. ¿Necesita que la ayude a subirlo a la nevera?
–No… ah… el hombre de la funeraria llamó a la planta antes de que yo bajara y me dijeron que ya estaban de camino. No creo que tenga ningún sentido moverlo más de lo necesario. ¿Sabes algo de Emily? ¿Por eso has bajado?
La comenzó a acompañar hacia la puerta.
–No. He oído que todavía está desaparecida. No tengo ni idea de lo que ha podido ocurrir.
–Estoy muy preocupada.
–En ese caso, también yo lo estoy. Pero he bajado para verla porque estoy preocupada por otra persona, por Carl. Creo que está un poco perdido.
–Quieres decir enloquecido.
–Sí, eso mismo.
–Catherine, ¿podríamos salir de aquí para hablar sobre esto? Los gases me están mareando. El hombre de la funeraria sabe que debe ir a la oficina. He dejado allí el certificado de defunción.
–Sí, claro.
«Bien hecho», pensó Jessie mientras iban hacia los ascensores. Las puertas de uno de ellos se abrieron, y Catherine subió, justo en el momento en que se abrían las puertas del otro y salía Alex, con un traje negro que no era de su talla, empujando una camilla estrecha. Solo pudieron cruzar las miradas
un instante, pero en ese momento Alex miró dentro del ascensor, comprendió la situación, y bajó la vista.
–El hombre está en la morgue -dijo Jessie-. El certificado está en el despacho de patología.
–Gracias -dijo Alex.
–Juraría que he visto antes a ese hombre -comentó Catherine mientras se cerraban las puertas del ascensor.
El pulso de Jessie subió casi hasta doscientos, después comenzó a normalizarse.
–Supongo que no es la primera vez que viene por aquí -dijo esperanzada.
–No, supongo que no.
–¿Qué pasa con Carl?
–Ah, sí. ¿Se acuerda de que le conté que la otra noche estaba completamente seguro de que Laura Pearson y otra enfermera se estaban riendo de él, y amenazó con despedirla?
–Sí.
–Bueno, ahora está en la planta, chillando a las enfermeras porque no hay ningún juego especial de instrumentos de punción lumbar que insiste en usar.
–Oh, sí. El famoso equipo Gilbride.
Jessie intentó concentrarse en Catherine y su conversación, pero seguía pensando en Alex, que estaría solo en la morgue, pasando a una estrecha camilla el cuerpo de su venganza para llevarlo al coche de la funeraria.
«Cinco años.»
–Aguja espinal especial, monitor de presión especial, pinzas especiales, gasas especiales, desinfectante especial -estaba diciendo Catherine-. Todos los demás usan equipos normales desechables, pero Carl insiste en que necesita su estúpido equipo.
–Lo sé. Y también insiste en que también lo usen los residentes, pero si no está mirando nunca lo hacen. Es una especie de broma que va pasando de una clase a otra. No es más que una de sus demostraciones de poder, Catherine. Carl pide sus equipos especiales simplemente porque puede.
–Pues ahora está allí arriba, riñendo a todo el mundo porque no queda ninguno.
–Está muy cansado. El caso del conde Hermann ha puesto su mundo patas arriba. Seguro que en la central de suministros hay alguno de esos equipos preparados y esterilizados.
–Uno, gracias a Dios. Me lo acaban de mandar. Pero Jessie, tiene que hacer algo para calmarle antes de que se produzca una huelga general. O antes de que le tenga que meter veinte valiums por donde le quepan. Siempre ha sido duro con la gente, pero nunca tan ofensivo. Esto es espantoso.
–Haré lo que pueda.
Oyeron a Gilbride despotricando nada más abrirse las puertas del ascensor en la planta séptima.
–¿Cuánto tiempo he tenido que desperdiciar esperando esto? ¡Podría haber visto a una docena de pacientes en mi consulta! De ahora en adelante, quiero por lo menos dos equipos Gilbride en la planta siempre. ¿Está claro?
Agarrando la bandeja cubierta con una toalla que contenía su precioso equipo de punción lumbar, Gilbride todavía seguía vociferando a una de las enfermeras cuando Jessie se acercó a él.
–¿Carl?
Se volvió para mirarla.
–Tampoco quiero que me venga a contar nada, doctora -gruñó-. Este es mi servicio, y lo llevo a mi manera. Ahora, si me disculpa…
Se dio la vuelta murmurando de forma ininteligible. Justo detrás de él Jessie vio a la voluntaria, Lisa Brandon, que salía de la nueva habitación de Sara.
Miraba hacia atrás por encima del hombro y decía algo sobre ir a buscar más loción. A Jessie, que se dio cuenta de la catástrofe que se iba a desencadenar, le pareció que la colisión se producía en cámara lenta.
Gilbride retrocedió con rapidez y estaba dando la vuelta cuando chocó con Lisa, desplazándola unos metros y haciéndola casi caer al suelo. El equipo de Gilbride, el único que quedaba en el hospital, cayó estrepitosamente al suelo.
Durante dos o tres segundos de asombro y aturdimiento, Gilbride solo consiguió mirar los tubos rotos y los instrumentos contaminados. Después, su mirada se posó en Lisa.
–¡Maldita sea! – gritó-. ¿Quién diablos eres tú?
Sin esperar su respuesta, miró hacia abajo y arrebató a Lisa la tarjeta de identificación que llevaba colgada del bolsillo de la chaqueta.
Estudió la fotografía, después la volvió a mirar, y nuevamente miró la identificación.
–Yo… yo, lo siento -dijo Lisa tartamudeando-. Lo siento de veras. Fue un acci…
–¿Qué mierda de identificación es esta?
–¿Qué quiere decir? – preguntó Lisa.
Jessie se acercó unos pasos. A su izquierda Orlis Hermann y uno de sus hijos estaban de pie en la puerta de su habitación, observando la escena.
–Quiero decir que esto es falso. Tu número de identificación no comienza con una V como el de todos los voluntarios, y lo más posible es que hayas conseguido este hace unas tres semanas. Si lo hiciste, deberías estar aún en el curso de orientación, y no aquí poniendo tus manos en mis pacientes, y chocando conmigo. Ahora, dime, ¿quién mierda eres tú?
Casi gritaba al hablar.
–Doctor Gilbride, si pudiéramos hablar en privado -dijo Lisa con urgencia, pero bastante tranquila y con una sorprendente autoridad.
–¿Tonterías? Quiero que llamen a seguridad. Quiero que te saquen de aquí ahora mismo.
–Doctor Gilbride, por favor, yo…
Gilbride se volvió hacia la secretaria de la unidad.
–Que vengan inmediatamente los de seguridad -vociferó-. De hecho, díganles que llamen a la policía.
Jessie seguía mirando a Lisa Brandon, que parecía furiosa y en cierto modo vacilaba respecto a qué hacer, pero no mostraba sentirse intimidada en absoluto.
–Doctor Gilbride, cálmese -dijo con firmeza-. Soy de la policía. FBI.
Le pasó un estuche de cuero con una insignia. Luego, rápidamente, dio un paso atrás, sacó una pistola que llevaba escondida en la bota, y apuntó como una experta hacia Orlis.
–No se mueva, señora Hermann -dijo-. O debería decir madame Malloche.