El paciente
Capítulo 3
–«… puede perder la visión de un ojo, o de ambos.»
–Con tal que solo sea en uno y no en ambos.
–Muy bien. Firma aquí: «Puede perder la capacidad para usar uno o ambos brazos».
–¿Los brazos? Quiero decir, bueno, después de todo, ¿para qué necesito los brazos? ¿Conoces a alguna ameba infeliz? Me puedo rascar la espalda en un árbol como los osos, y comer tarta como un monstruo de feria.
Mmmmmmm.
–Firma: «Puede perder la capacidad para usar una o ambas piernas».
–Jessie, por favor.
–Sara, la política del hospital dice que tengo que leerte en voz alta este permiso para realizar una operación de neurocirugía, y sabes lo políticamente tonta que soy. No me lo pongas tan difícil y déjame acabar.
–¿Ponértelo difícil? Es mi maldito tumor cerebral.
-Touchée.
Jessie dejó su tablilla sujetapapeles a un lado y se sentó en un extremo de la cama de Sara Devereau. Sara, profesora de escuela con tres hijos, solo tenía treinta y nueve años. Se enfrentaba a su tercera operación de un astrocitoma que estaba siendo resistente hasta la exasperación. Era posible que su
primera operación, realizada cinco años atrás por Carl Gilbride, no se hubiera realizado adecuadamente. Jessie tenía su opinión, pero sabía que no era justo juzgarle… ni siquiera a él, solo con las notas de quirófano y las radiografías.
Ella lo había ayudado en la segunda operación de Sara, hacía casi dos años.
Cuando él anunció que había terminado la intervención, Jessie estaba segura de que no había sido lo bastante agresivo con el tumor. Pero ¿qué podía hacer ella? En esa época ella solo era la jefa de residentes. Él era el jefe del departamento.
Tras aquella segunda operación, Jessie hizo lo posible por conocer bien a Sara. Sus contactos fuera del hospital no eran frecuentes, pero de vez en cuando quedaban para comer o tomar una copa por la noche, y en dos ocasiones Jessie incluso había sido invitada a casa de Sara. La mujer le había enseñado más que cualquier otro paciente sobre la valentía, y sobre la manera de afrontar la vida tal como viene, adaptándose siempre a las calamidades.
A medida que ella y Sara estrechaban su relación, Jessie intentaba comprender lo ocurrido, poniéndose en el lugar de Gilbride aquel día, para poder perdonarlo. Pero nunca conseguía olvidar la abrumadora aprensión e impotencia que sintió en el momento en que Gilbride se retiró repentinamente de la mesa de operaciones anunciando que había terminado la segunda intervención de Sara, pues ya había eliminado el suficiente tumor de su cerebro para esperar resultados favorables a largo plazo. Se había quitado los guantes y la bata de la manera teatral que le caracterizaba, y había salido corriendo del quirófano a tomar un avión para ir a una conferencia internacional, dejando que Jessie tapara el cráneo abierto y cerrase la incisión del bisturí sobre un cáncer que, como ella se temía, había sido extirpado inadecuadamente.
Los «resultados favorables a largo plazo» solo habían durado veintidós meses.
Pocas semanas antes, unos fuertes dolores de cabeza y ciertas dificultades
para hablar mostraban que la espada de Damocles finalmente había caído.
Lo que aportaba la imagen de la resonancia magnética era desalentador. La cirugía a la que Sara debía enfrentarse esta vez tenía una posibilidad de resultar curativa, pero era mínima. Su respuesta al devastador informe fue típica: lo que hubiera que hacer debía hacerse. Ella y su familia lo asumirían del mejor modo posible. Si había alguna posibilidad de vencer aquel cáncer, estaba determinada a hacerlo. Mientras estuviese consciente y tuviera movilidad, disfrutaría del mismo regalo que tenía cualquier otra persona en este mundo: ese día.
Pero había insistido en que esa vez fuese Jessie la que dirigiera la operación. Y Gilbride, disimulando torpemente su alivio, había soltado las riendas.
Jessie y Sara estaban en la 748, una de las diez habitaciones privadas de la planta de neurocirugía, que ocupaba el séptimo piso de la Torre de Cirugía, que tenía ocho plantas. Durante los cinco años que habían transcurrido desde su espléndida inauguración, las cuarenta y cinco habitaciones y consultas de la planta séptima habían sido más hogar para Jessie que su piso de Back Bay.
Eran casi las cuatro de la tarde. Jessie acababa de llegar a la planta séptima para hacer la ronda de visitas a sus pacientes, después de estar una hora en patología ayudando a extraer a ARTIE de la cabeza del fallecido Pete Roslanski. El técnico Skip Porter, que por culpa del tratamiento dental estaba con la mandíbula hinchada como una ciruela, había llevado al pequeño robot a su laboratorio para una disección concienzuda con el microscopio. Jessie imaginaba que en poco tiempo ya habrían encontrado algunas respuestas. Aunque estaba disgustada por no haber podido completar la operación por el fallo de ARTIE, estaba satisfecha por su comportamiento durante las primeras fases, y muy aliviada por haber hecho la prueba con un cadáver. Desde los primeros ensayos, en que guiaban el robot por el interior de sandías, a los ensayos en cerdos, y finalmente primates, ella y Carl Gilbride habían mejorado su técnica para manejarlo, del mismo modo que Skip y ella habían perfeccionado al propio ARTIE. En cuanto Skip realizase su diagnóstico, considerarían la manera de dejar a
ARTIE-2 listo para una nueva prueba en un cadáver. Y luego, ¿quién sabe?
Quizá Gilbride ya podría llevar a cabo la presentación del nuevo aparato ante el comité de experimentación en humanos.
Sin embargo, por el momento ARTIE era asunto de Skip. Sara Devereau era la primera de los veintidós pacientes que se hallaban en las dos listas que Emily había preparado para la ronda de la tarde. Jessie, cumpliendo el compromiso por el que se obligaba a abandonar el hospital antes de las once, por primera vez aquella semana, había quedado en encontrarse con su amiga Eileen para jugar una partida de bridge doble a las ocho menos cuarto. Pero Sara también era una amiga, y además la única de los veintidós pacientes que estaría en el preoperatorio al día siguiente. Si Jessie tenía que darse prisa en algo, no sería en la habitación 748. Si no podía llegar al Club Cavendish, Eileen tendría que arrancar a Kenny, su marido, del ordenador para jugar con ella.
La amplia formación de Emily, sus años de experiencia y su magnífico criterio clínico hacían que para Jessie fuese fácil delegarle responsabilidades. Después de enviarla a visitar a los primeros pacientes, cerró la puerta y volvió a su lugar en el extremo de la cama de Sara. En poco más de doce horas, sus vidas estarían unidas en una lucha mortal contra el cáncer virulento y resistente que estaba acabando con la capacidad de Sara para moverse y pensar. Había varias cosas que se tenían que decir.
–Mañana será duro -comenzó Jessie.
Los ojos de Sara habían perdido completamente su habitual alegría.
–Estoy perdiendo las fuerzas, Jess.
–Lo sé. Yo me hubiera desmoronado hace mucho tiempo. Has sido fuerte como un titán. Aquí todos nos hemos hecho más fuertes observando cómo has manejado la situación, especialmente yo. Sara, las dos sabemos que no soy Dios. Pero te prometo que voy a hacer todo lo que pueda para hacer que esta tercera vez sea la definitiva.
–Nunca he dudado que sería así, aunque de todos modos está bien oírlo.
Sabes, es divertido. Estoy preparada para la cirugía, al menos más preparada de lo que nunca estaré. Pero no puedo quitarme de la cabeza una pregunta extraña e incontestable. ¿Cómo voy a saber que no me desperté de la anestesia? ¿No es una tontería?
–No. No lo es. Es la pregunta esencial que se hace cualquier paciente que va a ser operado. Solo que no siempre lo expresan con tanta elocuencia como tú. Pero en tu caso, al menos, no es una pregunta incontestable.
–¿No?
Jessie negó con la cabeza.
–No. Porque no vas a estar bajo los efectos de la anestesia. Sara, he revisado de nuevo las imágenes de resonancia magnética. Esa maldita cosa está muy cerca de un montón de centros importantes. El habla, los movimientos motores y faciales. Necesito que estés despierta para poder llevar la disección hasta el límite. Te pondremos anestesia local y algún sedante, pero no anestesia general, al menos no hasta el momento preciso en que empiece todo. A cambio, te doy mi palabra de que no voy a cantar durante la operación.
Sara meditó el ofrecimiento.
–No cantarás, ¿eh?… Muy bien, trato hecho.
–Tendremos una supervisión continua con imágenes de resonancia magnética durante la operación.
–Pero ¿y ese pequeño robot del que me hablaste?
Jessie negó nuevamente con la cabeza.
–No creo que fuese de ayuda. Esta será tu tercera operación. Hay una superautopista de tejido cicatrizado justo debajo del tumor. Puedo llegar
hasta él a través de esta costra sin provocar ningún daño. Extraeré suficiente tumor como para que tus defensas naturales se hagan cargo del resto. Ese es el reto. Pero yo siempre he superado los retos.
Sara le tendió la mano a Jessie.
–¿Qué posibilidades tengo esta vez?
Jessie consideró la pregunta con solemnidad.
–Eso depende -dijo finalmente-. ¿Has sido generosa cuando pasaban el platillo en la iglesia?
–Por supuesto.
–En ese caso, creo que las cosas van a ir bien. Yo soy una cirujana bastante experimentada, y Dios sabe que eres una paciente con mucha experiencia.
Unido al poder de tus donaciones a la Iglesia, no veo en qué podemos fallar.
–¿Qué me hubieras dicho si te hubiera respondido que no había dado nada?
Jessie apretó su mano y sonrió.
–También te habría dicho que va a ir todo bien… pues yo siempre aprovecho todas las oportunidades que tengo. No se puede ser demasiado prudente en neurocirugía, ya sabes.
La planta quirúrgica siete, al igual que las demás, inferiores, era un círculo amplio, al que accedían cuatro ascensores y una escalera. La sala de enfermería y la de suministros ocupaban la gran zona central del recinto, junto con la cocina, la sala de conferencias y dos salas de reconocimiento.
Cerca de los ascensores estaba la UVI de neurocirugía, que tenía seis camas. En torno a esta zona central, y con vistas que iban de los tejados vecinos al paisaje urbano, estaban las treinta habitaciones que podían llegar a albergar a cincuenta pacientes. El pasillo circular entre el centro y las habitaciones era conocido, especialmente por las enfermeras, como la Pista.
Además de los ascensores y la escalera principal, una estrecha escalera auxiliar unía la planta séptima con la octava, donde se encontraba el quirófano de neurocirugía y la sala de recuperación. El quirófano de imágenes de resonancia magnética se encontraba en el subsótano que estaba excavado en la roca original del subsuelo debido a las necesarias medidas de protección y al enorme peso del imán superconductor.
Las consultas del equipo de neurocirugía, incluida la de Jessie, estaban situadas a lo largo del ancho corredor que se extendía hacia el oeste desde los ascensores, y conectaba la planta séptima con el hospital principal. El pasillo, flanqueado de sillones negros de Harvard de estilo windsor, también se usaba como zona de espera para los pacientes externos.
De pronto Jessie se sintió muy cansada, y prometió a Emily que volvería en unos veinte minutos para terminar la ronda, y se dirigió a su consulta. Lo que había empezado durante las horas cargadas de tensión en el quirófano con ARTIE, parecía haberlo rematado la sesión con Sara Devereau.
Necesitaba estar un rato sola.
Contrariamente a lo que te hayan hecho creer, el género sí importa en nuestro trabajo. Las influencias más poderosas, una positiva y otra negativa, que te definirán como médico se basan en que eres mujer.
Eran palabras de Narda Woolard, una profesora de cirugía de la facultad de medicina, que había sido un modelo para Jessie desde el día en que se conocieron. Más que intentar convencer a las estudiantes de medicina de que hicieran caso omiso del tema del género cuando tuvieran que competir con hombres para nombramientos universitarios y para otros puestos de trabajo, Woolard impartió un seminario sobre cómo sacar provecho de ello.
La profunda sensibilidad y la empatía intrínsecas a la mayoría de las mujeres os harán mejores médicos, sin que importe la especialidad que
tengáis. Pero esas mismas cualidades harán que la Medicina sea para vosotras más dura que para la mayoría de los hombres… en particular si elegís una especialidad como la oncología, o los cuidados a enfermos muy graves, o ciertas ramas de la cirugía, donde un gran porcentaje de los pacientes van a sufrir y a morir a pesar de todo lo que podáis hacer por ellos.
La consulta de Jessie era un cubículo liliputiense con una pequeña ventana, que parecía más pequeño por el revestimiento de paneles oscuros de cerezo.
Un escritorio, dos sillas, un fichero con llave para los historiales de los pacientes y los artículos de prensa y una estantería hasta el techo casi llenaban la habitación, aunque para personalizar el espacio, había puesto un par de pequeñas acuarelas, algunas fotos enmarcadas de su estancia en Colorado haciendo rafting, y una maceta.
Las palabras de Narda Woolard reverberaban en su cabeza como un eco cuando se hundió en el sillón. Estuvo cinco minutos jugando al Tetris sin ninguna inspiración, y después programó el despertador para que sonara a los quince minutos. Entonces colocó los pies sobre el escritorio, reclinó el respaldo y cerró los ojos. Normalmente quince minutos le bastaban para dormirse, entrar en una especie de sueño REM, y despertarse rejuvenecida.
Esta vez, sus pensamientos se negaban a detenerse. Al poco tiempo de haber comenzado su residencia, un cínico compañero, casi al borde del agotamiento, le expuso lo que llamaba «las leyes inmutables de la medicina de Fox»: «La gente buena padece cáncer. La basura sobrevive». Lo que nunca le explicó el residente fue quién era el tal Fox. Pero Jessie había visto que sus leyes se cumplían demasiadas veces como para no advertirlo. Sara Devereau era una excelente persona.
¿Habría podido curarse Sara al principio con una operación inicial más agresiva? Jessie se había hecho esa pregunta muchas veces. ¿Se habría detenido Carl Gilbride siquiera a pensar en el caso? ¿Cómo se habría sentido si hubiese estado en casa de Sara y conocido a su marido y a sus hijos? ¿Le habría dedicado una o dos horas más a la operación? ¿Se habría quedado hasta haber acabado con aquellas células tumorales que quedaban?
Era poco probable. En su experiencia con aquel hombre, Jessie no le había oído admitir siquiera una imperfección, mucho menos un error real, a pesar de que los había habido a lo largo de los años.
«De cualquier modo, ¿qué cambiaría ahora?» A la mañana siguiente, Sara tendría la última oportunidad para que se produjera un milagro quirúrgico.
Habría muchas más cosas en juego. Andar, ver, usar los brazos, hablar… no era posible saber qué se iba a arriesgar, e incluso a sacrificar con tal de extirpar el tumor. Y no había modo de predecir lo que pasaría con Sara cuando la operación terminase.
«¡Fox, quienquiera que seas, vete al infierno!»
–¿Jess?
Emily había abierto la puerta de la consulta y asomaba la cabeza. Jessie se dio cuenta de que se había quedado traspuesta, recostada al sillón, como si orbitara alrededor de Neptuno. Tenía el reloj, que aparentemente había apagado, en el regazo. Habían pasado cuarenta y cinco minutos.
–Uf -dijo, desperezándose y se apartó de la cara un mechón de pelo, mientras buscaba sus gafas a tientas sobre el escritorio-. No creo que estemos aún en Kansas, Toto.
–¿Estás bien?
–Digamos que necesitaba descansar.
–Me alegra que lo hayas hecho. ¿Preparada para terminar las visitas?
–Sí, claro.
–No durarán mucho. Ah, antes de que se me olvide, hubo una llamada para ti en la sala de enfermeras del doctor Mark Naehring.
–¿El psiquiatra?
–Exacto. ¿Recuerdas el número que montó en las Conferencias?
–¿Quién podría olvidarlo? Pobre mujer.
Naehring era psicofarmacólogo. En un anfiteatro ocupado por unos doscientos médicos y especialistas, había usado una combinación de drogas para hipnotizar rápida y efectivamente a una mujer de mediana edad con una profunda enfermedad emocional. Luego, consiguió extraerle una descripción vivida y terrorífica de unos abusos sexuales cometidos por su padre y su hermano, y a veces por ambos a la vez. Naehring recurrió entonces a más medicación y sugestión poshipnótica para que no recordara que había compartido su experiencia. Quería irle introduciendo sus revelaciones gradualmente en las sesiones de terapia, usando un vídeo cuando hiciese falta.
–Menos mal que el gran avance, con el tiempo, la ayudó -dijo Emily.
–¿Tienes idea de lo que quería?
–Sí. Se ha enterado de las imágenes de resonancia magnética funcionales que estamos realizando para trazar mapas de los cerebros de los pacientes mientras están despiertos durante la cirugía, y quería saber si de vez en cuando podría entrar al quirófano para observar lo que haces. Piensa que algunas combinaciones de drogas que ha estado usando podrían ser útiles para mantener a los pacientes completamente sedados, pero conscientes.
–Interesante. ¿Le has invitado a observar la operación de Sara?
–Sí, pero mañana estará en una conferencia todo el día. Pidió que le avisáramos la próxima vez.
–Estupendo. Podría usar algunos de sus medicamentos conmigo -dijo Jessie-. E intentar descubrir cómo es que salí así con una madre que pasó años intentando convertirme en el ama de casa perfecta y feliz de algún tipo afortunado.
–¡Menudo fracaso! Imagínate tener que vivir con una hija que quiere ser una autoridad en neurocirugía.
–Bien, vale, te daré ese aumento. ¿Cómo van nuestras visitas?
–Bastante bien. He visto a todos menos a Dave Scolari.
–¿Algún problema con los demás?
–Veamos. La señora Kinchley se quiere cambiar de habitación porque la señora Weiss ronca. El señor Emspak quiere que le saquemos la válvula de la cabeza y marcharse a casa porque tiene entradas para el partido de este fin de semana. La señora Davidoff lleva seis días sin evacuar. No quiere que le demos el alta hasta que lo haga. Le he dicho a las enfermeras que quien consiga hacerla defecar ganará una cena para dos en el Top of the Hub.
–Cortesía de su seguro médico. ¿Algo más?
–El paciente del doctor Gilbride, Larry Kelleher, tiene fiebre. No le pude encontrar nada, así que he pedido que le hagan cultivos de sangre y las pruebas habituales.
–¿El paciente de Carl con fiebre? ¡No es posible!
–Lo sé, lo sé. Tampoco yo lo podía creer.
Todavía estaban bromeando sobre su jefe de departamento cuando entraron en la habitación 717. Dave Scolari, defensa de los New England Patriots, las miró con indiferencia. Era un hombre muy atractivo de veintiséis años, un metro ochenta y tres de envergadura, con un cuerpo de noventa kilos que parecía haber sido cincelado en granito. Estaba paralizado de cuello para abajo porque se había golpeado la cabeza de manera fortuita contra el casco de un compañero. La cirugía le había estabilizado la fractura cervical, y había recuperado algo de movimiento en las manos, pero había que ser prudentes a la hora de pronosticar que podría recuperarse mucho más.
Scolari, un guerrero intrépido en la cancha, ya casi se había rendido.
–¿Algo gracioso? – les preguntó.
Jessie se disculpó, y se maldijo en silencio a sí misma, y también a Emily, por no haber recuperado la compostura antes de entrar a visitar a un paciente, y especialmente a Dave. Uno de sus compañeros le había hecho la cirugía del cuello, y después se había ido de safari, por lo que Jessie se había ocupado mucho de él las semanas siguientes a la intervención. Al principio, respondía, y le tomaba el pelo porque parecía demasiado joven para ser neurocirujana, incluso había llegado a llamarla su «simpática amiguita». Pero ante la realidad de la situación y de su pronóstico su entusiasmo empezaba a decaer. Aunque intentaba ser educado y seguir las indicaciones de sus terapeutas, para todo el mundo estaba claro que había perdido la chispa.
–Más postales -dijo Jessie, señalando las paredes prácticamente cubiertas-.
Apuesto a que casi todas son de mujeres bonitas.
–No las he mirado. Las enfermeras las han puesto ahí.
Jessie tomó una y observó la foto de una mujer que debía de ser modelo profesional.
–Tal vez deberías leerlas. Esta te da su número de teléfono.
Mostró a Dave su foto, pero solo consiguió una leve reacción.
–Buen cuerpo -fue todo lo que dijo.
Jessie comenzó a hacerle un examen rápido pero concienzudo. La fuerza de las manos parecía algo menos débil.
–Dave, creo que aquí hay mejoría. Realmente lo pienso.
–Vamos, doctora Copeland. No ha habido cambios. Lo sabe tan bien como
yo.
–No, Dave, no lo sabes tan bien como yo. Me encantan los juegos, pero no los de este tipo. Si te digo que estás mejorando, es que es así. Tienes que cambiar esa actitud. Cuanto más negativo estés, menos te beneficiarás de la terapia que estás recibiendo, y menos responderá tu cuerpo a cualquiera de los factores imponderables que propician los milagros médicos de los que siempre estamos oyendo hablar. Lo siento si parezco demasiado brusca.
Espero que sepas que haré todo lo que esté en mi mano para ayudarte. Pero también tú te tienes que ayudar a ti mismo.
Scolari miró a lo lejos.
–Por supuesto -dijo-. Lo que tú digas.
Jessie se preguntó cómo hubiese respondido ella si su vida, tal como la conocía, acabase con la espantosa brusquedad con la que la de él había terminado. No más neurocirugía, no más paseos, no más voleibol, quizá no poder nunca más volver a vestirse por sí misma, o incluso alimentarse.
¿Tendría las herramientas personales para superarlo? Sabía que ni ella, ni nadie, podría responder de verdad a eso mientras no estuviese en el lugar en que Dave Scolari estaba. Jessie le puso una mano sobre el hombro. Había perdido el tono muscular, y ella se dio cuenta de que ya había comenzado la atrofia. De todos modos aún tenía cierto volumen de masa muscular.
–Haz todo lo que puedas -le pidió, aclarándose la voz-. Cualquier cosa que consigas, grande o pequeña, será tu propia victoria. Haz todo lo que puedas, Dave, y llegarán nuevas posibilidades y cosas buenas. Oye, mira, tengo una idea. ¿Crees que podrías enfrentarte a que viniese a visitarte un amigo mío tetrapléjico? Se llama Luis Velasco, y es una persona increíble… ¿Dave?
–Como quieras.
–Lo tomaré como un sí. Llamaré a Luis esta noche. ¡Y mantente firme, amigo!
Jessie siguió a Emily, que ya salía de la habitación.
–Intensifiquemos su terapia -dijo-. Asegúrate de que le están dando suficiente microestimulación.
–¿Realmente crees que recupera masa?
–Estoy segura. No es un gran avance, pero definitivamente es algo. Lo que ocurre es que Dave está demasiado deprimido ahora como para aceptar el cambio y trabajar con él. También es algo comprensible. Cuando tu idea de actividad es cortar el bloqueo de alguien en un campo de fútbol, el leve aleteo de un par de dedos no significa nada. De todos modos, no podemos dejar que se hunda. Estoy convencida de que vale la pena salvar a cualquier hombre que piense que soy demasiado joven para ser neurocirujana.
Emily sacó el historial de Dave de una carpeta y escribió instrucciones para que intensificaran la terapia. Después ella y Jessie se dirigieron a la habitación doble 710, que desde hacía unos días estaba ocupada exclusivamente por una paciente, Tamika Bing, de trece años. Antes de llegar a la habitación, Jessie se detuvo un momento y echó un vistazo al historial de la niña.
Habían pasado siete días desde que Jessie le había extirpado un glioblastoma que tenía profundamente infiltrado en el lado izquierdo del cerebro. Dada la naturaleza del problema, la operación salió todo lo bien que se hubiese esperado. Las funciones motoras de Tamika, su mayor preocupación, habían quedado intactas. Pero la adolescente, en apariencia, había perdido la capacidad para relacionarse por medio de palabras. Al darse cuenta de ello había entrado en una profunda depresión y en una inercia aún más invalidante que la de Dave Scolari. Solo habían conseguido que comiera algo amenazándola con entubarla por la nariz. Y hacerla salir de su habitación, o que diera pequeños paseos, era aún impensable.
Los amigos, la familia, las enfermeras, los trabajadores sociales, los psiquiatras, Jessie, nadie podía hacer nada.
–¿Qué me voy a encontrar ahí dentro? – preguntó Jessie.
–Adivina -replicó Emily.
–¿Alguna idea?
–El psiquiatra quiere que empiece a tomar un antidepresivo.
–Puaj. Como si tener el cerebro confundido por culpa de la cirugía no bastara. Bien, adivino que no tenemos otra opción. ¿Ha usado el ordenador portátil que le trajo su madre?
–No. Su madre dice que en su casa estaba todo el día entretenida con él, y que incluso lo llevaba al colegio. Aparentemente era su posesión más preciada. Ahora no lo quiere ni tocar.
–Pobre niña.
La parte de la habitación donde estaba Tamika había sido decorada por su madre y las enfermeras del modo más alegre posible, con muchas postales, cartas, ilustraciones, juguetes de peluche, dulces, revistas, y un aparato portátil de discos compactos con auriculares. En medio de aquel desorden confortable, sentada en su cama casi a noventa grados, la niña miraba con los grandes ojos oscuros hacia delante, a nada en particular.
«Las leyes de Fox.»
–Hola, Tamika -saludó Jessie-. ¿Cómo te encuentras?
Ambas se habían llevado bien, incluso muy bien, hasta antes de la operación. Desde entonces, la adolescente no la reconocía en absoluto. Esta vez no fue distinto.
–He visto que no has abierto el disco que te traje -dijo Jessie alzando el álbum de rap que había elegido para la niña-. ¿Quieres que lo ponga?
Nada.
–Vamos, Tamika. Por lo menos escríbeme algo, lo que sea. Teclea si lo prefieres.
Jessie le acercó el ordenador portátil y se lo puso en la mesa-bandeja que había sobre el regazo de Tamika.
Nada.
Miró a Emily para que la ayudara, pero la enfermera solo se encogió de hombros. Tras un rápido examen, y un intento final de obtener algún tipo de respuesta de su paciente, se dispusieron a salir. Carl Gilbride estaba en la puerta, observándolas.
El neurocirujano jefe iba, como siempre, impecablemente vestido y acicalado: traje color canela, corbata de seda, pasador de corbata, Rolex de oro, bata de laboratorio perfectamente almidonada y planchada, y la etiqueta con su nombre recta e impoluta: doctor Carl W. Gilbride, Jr.; DIRECTOR JEFE DE NEUROCIRUGÍA. El pelo ondulado marrón cortado de peluquería, y las gafas redondas sin montura, le daban un aspecto que a Jessie le recordaba al de un interrogador nazi de una película de guerra de serie B.
–Hola, Carl -dijo con ligereza-. Pensaba que estarías todo el día fuera en una conferencia.
Él no se movió de la puerta, mirándola con hostilidad.
–¿Qué demonios acabo de oír acerca de que has estado realizando una intervención con ARTIE en el quirófano? – dijo, sin dar muestras de que le importara nada la niña que estaba en cama detrás de él-. ¿Quién coño te crees que eres?