El paciente
Capítulo 43
Luego apareció Grace y dejó caer su pistola mansamente.
–Quédate ahí, Barnes -le ordenó Alex mientras se levantaba del suelo.
Ajustó la MP5 y se aproximó al helicóptero. Los Malloche y Jessie seguían adentro.
«Si la habéis herido, cabrones…»
Alex estaba muy cerca cuando apareció Carl Gilbride en la puerta, con aire atontado. Estiró la mano para que le ayudaran, pero Alex le hizo un gesto para que descendiera solo. Otra sombra, y otra silueta de persona salían por la puerta de la cabina. Era Emily DelGreco.
–Emily, ¿dónde está Jessie? – preguntó Alex-. ¿Dónde está Malloche?
–No están aquí -contestó desanimada-. Me temo que solo venimos nosotros.
43
Inadvertida en medio del caos y el pánico que había colapsado la ciudad, una ambulancia se detuvo detrás de la unidad de urgencias del Centro Médico Eastern Mass y esperó. Minutos más tarde, Armand, Jessie y Arlette Malloche salían, empujando la camilla de Claude. Con la ayuda del conductor, un árabe musculoso, obviamente miembro de la banda de Malloche, introdujeron la camilla en la ambulancia. Armand se sentó delante y la ambulancia se puso en marcha.
Jessie dejó su bolsa de instrumentos y fármacos y se sentó en el asiento que había junto a la camilla. Los Malloche no habían dicho gran cosa, pero se daba cuenta, por los fragmentos de conversación y el sonido de las sirenas
que se oían hasta en la planta séptima, que habían mandado hacer estallar frascos de soman en alguna parte de la ciudad. Y ahora, Dios sabía a cuánta gente estaban sacrificando en el altar de su escapada.
Durante una hora, Jessie había estado observando a Armand, a Grace y a Arlette recogiendo sus armas y haciendo las maletas. Sabía que se irían al poco rato, y que la llevarían con ellos. Armand dejó la planta un instante y volvió con una camilla como las que se usan en las ambulancias y los helicópteros de rescate. Jessie hizo un último repaso de los suministros y de camino se despidió de Sara y Tamika. Luego, para su sorpresa y asombro, vio a Grace meter a Carl y Emily en el ascensor mientras los apuntaba con una pistola.
–¿Dónde los llevan? – había preguntado Jessie.
–Lejos -había sido la seca respuesta de Arlette-. Hay que poner a Claude en la camilla. Tenemos que irnos.
Habían pegado cartulina en las ventanas de atrás de la ambulancia, pero Jessie podía ver a través del parabrisas. En el momento en que dejaban el hospital, escuchó el distintivo ruido de un helicóptero, despegando justo por encima de ellos.
–Muy listo -dijo con sarcasmo.
–La verdad es que sí -le contestó Arlette-. ¿No crees, cariño?
Claude, que seguía adormilado por los sedantes, asintió con una sonrisa.
–Claro que sí, mi amor. Claro que sí.
–El día que decidimos lo de su hospital -alardeó Arlette-, pedimos prestada esta ambulancia y arreglamos lo del helicóptero y el piloto sin siquiera saber que íbamos a tener que usarlos. Yo no diría listo. Diría brillante.
–Brillante -repitió Malloche.
Arlette parecía molesta de que Jessie no hubiese alabado su astucia.
–Tal vez debería hacer otra cosa aparte de fruncir el ceño, doctora -le dijo-.
Tómele la presión a mi marido.
–Lo que usted diga -respondió Jessie a la vez que buscaba el estetoscopio y el aparato para tomar la presión en la bolsa de deporte.
–Será mejor que continúe haciendo su trabajo con entusiasmo y bien -dijo Arlette-. Su amiga enfermera está aquí para asegurar su cooperación. Y la presencia del doctor Gilbride debería recordarle que una vez que nos encontremos todos, usted ya no será indispensable.
–En ese caso, por qué no me dejan bajarme aquí. Llamaré a un taxi.
Jessie miró a través del parabrisas. Hacía media hora habían cruzado el puente Tobin, hacia el norte. En quince o veinte minutos más estarían entrando en New Hampshire. Después ¿qué? ¿Maine? Tal vez Canadá.
Arlette tenía razón. Sus preparativos para las contingencias relacionadas con la operación de su marido habían sido brillantes. Y ahora parecía que lo iban a conseguir.
Aparte de la furia de Arlette por la traición en el quirófano, esta había dirigido a Jessie pocas amenazas. Aun así, sentía que a pesar de lo bien que había tratado y seguiría tratando a Claude Malloche como paciente, ni ella ni sus dos colegas del helicóptero continuarían con vida durante mucho tiempo más. Serían los únicos que sabrían el paradero de los asesinos tras dejar Boston.
Jessie temía por los demás de la planta séptima, aquellos que conocían las caras de Malloche y su mujer, especialmente Michelle Booker y su equipo de quirófano. Desde el momento en que Arlette le ordenó salir con ellos en la ambulancia, temía que hubiesen fijado un temporizador a los explosivos para matar a todos los que permanecían en la planta. Entonces, volvió a preguntar si ese era el plan. Arlette la tranquilizó diciéndole que los
teléfonos habían sido cortados, el ascensor parado y las puertas estaban conectadas para detonar en caso de que alguien intentase abrirlas, pero que no habían planeado explosionar la planta de neurocirugía llena de pacientes.
–Será mejor que me haya dicho la verdad -amenazó Jessie.
Arlette la miró con indiferencia.
–Se lo voy a decir una vez más. Ya no nos es usted indispensable. Le sugiero que vigile el tono en que me habla.
La petulancia de la expresión y las palabras de la mujer, su desenfrenada arrogancia, hizo que Jessie estuviera a punto de tirársele encima y sacarle los ojos. Si Armand se daba la vuelta y le disparaba, ¿qué importancia tenía? Iba a morir de todas formas. Al menos si incapacitaba a Arlette, podría causar daño a los dos Malloche antes de morir.
«… Dañar a los Malloche.»
Las palabras resonaban en la cabeza de Jessie.
«… Dañar a los Malloche.»
Durante un rato, la idea le rondó la cabeza de forma difusa. Pero había algo… algo. De pronto, Jessie supo qué. Había una posibilidad, una posibilidad mínima, de volver a tomar el control y de exponer a sus raptores a la prueba final. El plan era poco seguro, pero era un plan. Requería mucho cuidado por su parte y un conocimiento infalible de Claude y Arlette. ¿Cuál de ellos era el más cruel? ¿Cuál de ellos era más devoto hacia el otro? ¿Cuál de ellos estaría menos dispuesto a ver morir al otro? Y para llevar a cabo el plan con éxito, requería otros elementos también: la absoluta devoción de Armand y el conductor hacia los Malloche y una suerte extraordinaria.
Acababan de pasar la señal de BIENVENIDOS A HAMPSHIRE, cuando Jessie puso su plan en acción. Se arrodilló al lado de la camilla bajo la mirada cautelosa de Arlette, y examinó a Claude cuidadosamente. Acto
seguido, le examinó los ojos con el oftalmoscopio.
–¿Dolor de cabeza? – preguntó.
–En realidad, no -contestó-. ¿Por qué?
–Apriéteme la mano, por favor… Ahora con la otra mano. Extienda los dedos y no me deje juntárselos. Más fuerte. ¿Es eso lo más fuerte que puede?
–¿Sucede algo?
–No creo. No lo sé.
–¿Qué está diciendo? Yo lo veo bien.
–Señor Malloche, repita estas palabras: metodista episcopal.
–Metodista episcopal -dijo Claude con leve dificultad.
Jessie sacudió la cabeza lo justo como para que se notara su gesto. Decir esas dos palabras, usadas por muchos doctores como parte de un examen neurológico, era tan difícil como para haber puesto a prueba al propio Demóstenes.
–Hay algunas señales neurológicas que no estaban presentes antes -dijo-.
Son señales muy leves, hay una ligera dificultad en el habla, como acaban de oír, una pequeña debilidad en su mano derecha, pero creo que ambas señales son reales.
–¿Eso qué quiere decir? – preguntó Arlette.
–Tal vez las primeras señales de una creciente presión intracraneal.
–¿Como esa mujer Devereau?
–Sí, exactamente.
–¿Y qué quiere hacer al respecto?
–Voy a aumentar su dosis de esteroides y administrarle un medicamento para bajar la inflamación.
–Haga lo que tenga que hacer.
Jessie preparó el esteroide y lo inyectó en la vía de Claude.
Luego sacó un segundo medicamento y dejó la jeringa a mano, encima de las otras provisiones.
¿Claude o Arlette?…
Pasaron otros veinte minutos. Habían entrado en Maine por el sudeste de New Hampshire y habían dejado la autopista. Ya era completamente de noche. Avanzaban por oscuras carreteras comarcales y por pequeños pueblos. Jessie tenía la impresión de que el conductor conocía el camino, como si ya hubiera circulado antes por ahí. Adivinaba que seguían dirigiéndose hacia el norte o el noroeste. Claude se había quedado dormido.
Parecía que a Arlette le pesaban los ojos, pero se mantenía vigilante, con su gruesa ametralladora en el regazo y el dedo en el gatillo.
–¿Hacia dónde nos llevan? – preguntó Jessie, lo bastante fuerte como para despertar a Claude.
–A un sitio tranquilo donde mi marido pueda recuperarse. No creo que quede mucho.
Jessie sabía que tenía que actuar pronto. Una vez que se encontraran con Carl, Emily y los demás, perdería su oportunidad. Estaba dispuesta a arriesgar su propia vida, pero no se iba a quedar quieta mientras alguien amenazara con matar a su mejor amiga. Y tenía motivos para creer que Carl se derrumbaría bajo presión. Tenía que ser entonces. Y lo primero era tomar
una decisión.
«¿Claude o Arlette?»
Examinó a Claude otra vez y le preguntó las mismas cosas que la vez anterior, asegurándose de que estaba despierto y alerta. Luego le hizo un gesto a Arlette para que se acercara. La decisión estaba tomada. Ella era la indispensable. La que había que temer.
–Parece que la inflamación aumenta -mintió Jessie-. Mire. Mire lo que pasa en la comisura de la boca cuando enseña los dientes.
Cuando Arlette se acercó, Jessie se reclinó para agarrar la jeringuilla llena con los dedos. Había elegido un punto expuesto, justo en la base del cuello de la mujer.
–No veo…
Arlette Malloche nunca concluyó la frase. En un movimiento, Jessie se levantó y empuñó la aguja para inyectarla en el músculo trapecio, y soltó el émbolo despacio. Arlette chilló y se tambaleó, con la ametralladora apuntando hacia la cara de Jessie.
–Máteme y está muerta -dijo Jessie rápidamente-. Claude, acabo de inyectar a su mujer una dosis letal de un medicamento llamado Anectina. Es como el curare. En más o menos un minuto, todo su cuerpo va a estar paralizado. No podrá respirar. Pero hasta el momento en que muera asfixiada va a estar despierta y consciente de todo. Ordene que paren la ambulancia. Puedo salvarla, pero no lo haré si no hace lo que le digo.
–¡No le creas! – gritó Arlette.
Pero su arma ya había comenzado a temblar. Claude se apoyó en los codos con esfuerzo.
–Cuatro minutos. Si no le coloco un tubo de respiración en menos de cuatro
minutos, su cerebro quedará dañado irreparablemente. Después de eso, ni siquiera querrá salvarla.
Jessie hizo un gesto teatral mirando su reloj. Los ojos de Malloche se encontraron con los de su mujer, y en ese momento, Jessie supo que había elegido bien a su víctima. Si Arlette hubiese reaccionado como su marido estaba a punto de hacer, o no, era algo que no sabría nunca. Pero Jessie tenía dudas. Arlette, que estaba sufriendo un enorme cambio químico en los músculos, ya no podía sostener el arma y apenas se mantenía en pie. Aun así, no pedía ayuda.
–¡Para la ambulancia ahora mismo! – gritó Claude.
Sin decir una palabra, el conductor paró en la cuneta. Jessie sacó dos rollos de cinta adhesiva de su bolsa y le dijo a Claude que ordenara a los dos hombres que salieran del vehículo y que se tumbaran boca abajo en el suelo. Faud rápidamente hizo lo que le mandaron. Armand dudó un momento.
–Ha pasado un minuto -anunció Jessie.
Señaló a Arlette, que estaba apoyada en el asiento y ya no era capaz de hablar.
–Se va a arrepentir de esto -gruñó Malloche-. Armand, haz lo que te dice o Arlette morirá. Ya lo pagará. Se lo prometo.
Lentamente, protegida de la mirada de Armand por la camilla, Jessie agarró la ametralladora de Arlette y puso el dedo en el gatillo.
–¡Armand! – gritó Malloche furioso-. ¡Rápido, haz lo que te dice!
Vuelto hacia atrás desde su asiento, el delgado tipo con ojos de hurón miraba a Jessie con odio. Pero no se movió.
–¡Armand! – gritó Malloche de nuevo.
Jessie podía ver la indecisión en la cara del joven asesino. Los músculos de las mandíbulas se contraían y sus labios se tensaban… Cárcel… Jessie casi podía oír el pensamiento que ocupaba su mente. Agarró el arma con más fuerza.
De pronto, la pistola de Armand comenzó a disparar. Jessie se tiró al suelo, haciendo caer a Arlette, mientras las dos balas rebotaban en la puerta de atrás. Luego disparó una prolongada ráfaga de fuego por debajo de la camilla que atravesó el asiento de Armand. El asesino gritó una vez y se desplomó sobre el salpicadero. Detrás de Jessie, las puertas traseras estaban abiertas. Pero antes de que Faud pudiera disparar, Jessie le atravesó el pecho con otra ráfaga de fuego. La sangre brotó de media docena de heridas. Aquel hombre corpulento hizo una circunferencia casi completa con su cuerpo antes de caer al suelo.
Jessie, que nunca había manejado nada más letal que una escopeta de aire comprimido, estaba asombrada de lo fácil que era matar con un arma fabricada con ese propósito. El corazón le palpitaba deprisa, pero le sorprendía lo poco impresionada que estaba y su falta de arrepentimiento.
Se tomó un momento para recuperar el aliento y asegurarse de que ambos asesinos estaban muertos. Luego dejó la ametralladora y rápidamente pegó con cinta adhesiva las muñecas y los tobillos de Malloche a la camilla.
–Ayúdela -dijo Malloche con voz ronca señalando a su mujer, que ahora estaba tumbada en el suelo de la ambulancia, completamente despierta pero incapaz de respirar, mirando al techo con los ojos muy abiertos y las extremidades en posición extraña.
«Tubo no… -le gritaba la cabeza a Jessie-. ¡Ahí te quedas!… Por Lisa, Scolari, la gente del laboratorio, y todos los que habéis matado… ¡quédate ahí y muérete!»
–¡Cómo me gustaría hacer lo que quiero, Arlette! – dijo mientras le ataba los pies y las manos-. No sabe cómo me gustaría.
Sacó el laringoscopio, el tubo endotraqueal y la bolsa de respiración del bolso. Luego empujó a Arlette hasta que su cabeza quedó colgando fuera de la ambulancia para enderezar así su tráquea. Acto seguido, se agachó junto a Faud, para tener una buena visión de la garganta de Arlette, ayudada por la luz del laringoscopio. El tubo de respiración entró fácilmente entre las cuerdas vocales de la mujer. Jessie infló el globo para fijarlo.
Finalmente, arrastró a Arlette otra vez a la ambulancia, la puso al lado de su marido y comenzó a ventilarla con la bolsa de látex. En solo unos minutos, volvería a respirar. Aun así, Jessie no tenía intención de sacarle el grueso tubo. Era un placer perverso dejárselo en la garganta, pero a pesar de todo un placer.
Como había previsto, pasados unos cinco minutos, Arlette Malloche respiraba sola y agitaba la cabeza, muy molesta por el tubo. Miraba a Jessie de una manera tan intensa que realmente daba miedo, a pesar de estar atada.
Jessie le respondió con una sonrisa y un pulgar hacia arriba.
Gracias a sus prácticas en ambulancias en la facultad de medicina, no le costó usar la radio. En solo unos segundos, el operador C-MED la conectó con la policía estatal de Maine.
–Tenemos un montón de gente buscándola -dijo el oficial-. Uno en particular. Espere un minuto.
Tras unos segundos de interferencias, escuchó la voz de Alex.
–¿Jessie?
–¿Alex, dónde estás?
–En el cielo, nos dirigimos hacia ti.
–Tienen a Emily.
–No. Ya no. Está bien. Gilbride también. El piloto del helicóptero nos dijo