El paciente

Michael Palmer · Capítulo 35 de 47

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El paciente

Capítulo 32

para ofrecerles un informe de la situación de nuestro laboratorio de microbiología y de la planta séptima, que es la destinada a la neurocirugía.

Hasta estos momentos hemos tenido cinco fallecimientos, cuatro en el laboratorio y uno en la planta séptima. Estamos convencidos de que estas muertes se debieron a la acción muy rápida de un microorganismo. Lo más probable es que sea algún tipo de virus que provoca una infección cerebral llamada encefalitis, que se caracteriza por una hinchazón enorme del cerebro, y en la mayoría de los casos provoca la muerte rápida. Hay pruebas de que se están produciendo aún más casos en la planta séptima, de modo que ha sido aislada, y además hemos tenido que clausurar todo el hospital.

Actualmente, hay un grupo de microbiólogos trabajando en el asunto. Eso es todo lo que les puedo contar en estos momentos. Sin embargo, les ofreceremos nuevas informaciones cada hora, y en cuanto surja algún asunto importante. Con suerte, la próxima hora tendremos conexión telefónica desde aquí con todos los periodistas que quieran llamar para hacer sus preguntas. Mientras tanto, les ruego paciencia mientras hacemos todo lo posible para contener este brote infeccioso. Muchas gracias.

Marcus abandonó la tribuna sin hacer que hablara el científico.

–Un hombre impresionante -dijo Stan-. Quizá no sea gas, y sea un virus.

–Lo dudo mucho -replicó Alex.

–¿Por qué? – preguntó Vicky.

–Bueno, para empezar, el guarda de seguridad que tenía detrás era uno de la banda de Malloche.

32

Desde las ventanas de la planta séptima Jessie podía ver la falange de vehículos y coches de la policía alineados por las calles que había a una manzana del hospital, y que parecían los rayos de una rueda iluminados por luces estroboscópicas… Pasaban de las once. Faltaban menos de siete horas para la intervención de Malloche.

Instrumentista… enfermera… técnico de consola… Hans Pfeffer y alguien de su equipo de informáticos… Skip Porter… Jessie había decidido que para aquella operación solo involucraría a un equipo esencial. Uno a uno, había ido contactando con ellos, advirtiéndoles que comenzarían a trabajar a primera hora de la mañana, pues el caso era muy urgente, y que solo podía hacerse con la ayuda de imágenes de resonancia magnética. Les garantizó una considerable gratificación y que no había peligro con la exposición a Eastman Tolliver, pues había estado en la UVI aislado del resto de los pacientes. De todo el grupo solo el instrumentista se había resistido a participar. Jessie había tenido que recurrir a Richard Marcus para asegurarle que no había peligro. Finalmente, consiguió preparar a todo el equipo. Solo faltaba Emily, pero Arlette le había prometido que llegaría a la planta en algún momento de la noche.

Jessie ni siquiera se molestó en advertir lo obvio: por la manera en que se estaban desarrollando los acontecimientos, la cirujana y su asistente operarían con bastante falta de descanso. Solo si retrasaban el caso para que descansaran, algo que simplemente no iba a ocurrir, no había nada que se pudiese hacer.

Decidida a involucrar al menor número de gente con Malloche, Jessie decidió saltarse algunas normas médicas para el preoperatorio, y en cambio hizo que Derrick la ayudara a bajar a Malloche para hacerle una radiografía de tórax y un electrocardiograma, que luego revisaron los residentes de guardia.

Lo siguiente era elegir al anestesista. Jessie estaba encantada de tener a Michelle Booker disponible y deseando participar en el caso. Booker, que era descendiente de esclavos, hija de una madre soltera de Alabama sin

ninguna preparación, había terminado como número uno en el Tuskegee Institute, y posteriormente había sido la mejor alumna de la escuela de medicina de Harvard. A pesar de tener la misma edad que Jessie, ya era catedrática en su departamento. También era lo suficientemente intuitiva, pensaba Jessie, como para comprender algo de lo que estaba ocurriendo sin hacer demasiadas preguntas. A Jessie le molestaba tener que implicar a alguien en una situación potencialmente tan peligrosa, y más tratándose de alguien tan esencial dentro de la comunidad médica. Pero había demasiadas vidas que dependían de que Malloche sobreviviera a su operación. La valoración de la anestesia preoperatoria se llevó a cabo en la sala de recuperaciones de la planta octava.

–Muy bien, señor Tolliver -dijo Michelle después de haber completado la historia y el examen físico-; nuestro plan es dormirle inicialmente para poder introducirle el pequeño robot. Después le despertaremos durante la mayor parte del resto de la operación de modo que la doctora Copeland pueda controlar sus funciones neurológicas mientras le extirpa el tumor.

¿Tiene alguna pregunta sobre la operación de mañana o sobre cualquier otro asunto?

–No -dijo Malloche-. Me lo ha explicado todo muy bien. Hace algunos días estuve en el quirófano observando cómo trabajaba el robot. Sé lo que me espera.

–Excelente. De todos modos la sensación de ser despertado mientras se le está realizando una operación neurológica es algo absolutamente indescriptible. Lo voy a tener lo más sedado posible, aunque nunca estará realmente dormido.

–Usted es la doctora -dijo Malloche.

–Perdone que le corrija -dijo Michelle-. Yo soy la anestesista. La mujer que está junto a la ventana es La Doctora, con L y D mayúsculas. Yo no llegué a tanto. Jess, ¿tienes algo que añadir a lo que ya hemos dicho?… ¿Jessie?…

Jessie estaba mirando por la ventana a nada en particular. La descripción de

Booker del procedimiento le había dado una idea. Algo importante, estaba casi segura. Pero se le había desvanecido antes de poder fijarla.

Una hora después, de nuevo en la planta séptima, Jessie seguía intentando volver a conectar con aquel pensamiento. Algo de lo que Michelle había explicado a Malloche había hecho que se le disparara una idea… algo…

Con Grace detrás de ella todo el tiempo, Jessie se puso a recorrer el pasillo deteniéndose con mucha atención en la puerta de todos los pacientes.

Aunque intentaba mostrarse interesada por todos, realmente solo la preocupaban en ese momento dos: Sara Devereau, que seguía estando algo más aletargada que antes, y Tamika Bing.

Tamika se había puesto en contacto con Alex; pero de hecho, estaba conectada todo el tiempo con alguien llamada Vicky. Jessie se había arriesgado a entrar en su habitación dos veces durante la tarde y en ambas ocasiones se había encontrado con un mensaje de Alex. El primero que leyó en la pantalla decía simplemente:

Estoy contigo. Por favor, ten cuidado. ¿Cuándo es la operación de Malloche? A.

El segundo era más detallado.

Estamos intentando entrar en el hospital. Tienes que saber que Orlis Hermann es Arlette Malloche, y que hay otros tres además de ella y Malloche. ¿Algo más? El punto probable de contacto será el quirófano de RMN. ¿Tienes alguna idea de dónde puede estar escondido el soman?

Tamika, buen trabajo. Jessie, sé fuerte. Ten cuidado. Vamos a vencer. A.

Con su secuestrador tan cerca, Jessie era reacia a hablar de nada que no fuera sobre cómo se encontraba. Pero se volvió a arriesgar poniéndole de

nuevo el estetoscopio y le susurró unas palabras de ánimo. Después recordó que cuando estuvo hablando con Emily, todos los de la banda de Malloche que ella conocía estaban por allí.

–Tamika, lo estás haciendo muy bien -susurró-. Dile a Vicky que hay por lo menos otro hombre de Malloche en el exterior del hospital.

Mientras Jessie continuaba auscultándole el pecho, Tamika mecanografió en silencio su mensaje. Momentos después, Jessie caminaba de nuevo por el pasillo, intentando recordar el pensamiento que había tenido en la planta octava y no había podido retener. Cuando pasó por delante de la habitación de Malloche se detuvo un momento. A través de la penumbra se podía ver al monstruo, durmiendo boca arriba, con la sábana hasta el pecho, subiendo y bajando con cada respiración. Jessie nunca había conocido a nadie tan depravado.

Aparte de su esposa, y quizá sus más fieles seguidores, no había nadie en el hospital, ¡diablos!, ni en el mundo entero, posiblemente, cuya vida le significara algo, a menos que sirviera a sus propósitos. Para asegurarse el éxito de su operación y la posterior huida, no dudaría en matar a todos los de la planta séptima, o incluso a cientos de personas más que estuviesen por las calles de la ciudad. Ahora le era fácil comprender el odio de Alex hacia aquel hombre, y su obsesión por acabar con él. Si hubiera tan solo una manera de entrar en la habitación de Malloche, agazaparse junto a su cama, y hacer alguna especie de sugestión subliminal que le…

No pudo terminar el pensamiento. La evanescente idea que la estaba atormentando tanto volvió. Esta vez, sin embargo, apareció en su mente como un dardo bien lanzado, y rápidamente la hizo ver con claridad.

Temiendo que su expresión la pudiese delatar ante la joven terrorista Grace, Jessie dejó la habitación de Malloche y caminó por el pasillo comportándose de la manera más indiferente que pudo. Su corazón estaba acelerado. La logística de su plan podría ser complicada, pero había posibilidades, aunque remotas, de que funcionara. Y con tantas vidas en juego, debía intentarlo. El primer paso podría ser realmente el más peligroso. Tenía que conseguir la oportunidad de volver a la habitación de

Tamika para llevarle otro mensaje a Alex.

Con Grace pisándole los talones, Jessie volvió hacia la enfermería y sacó el historial de Sara de su carpeta. Como antes, escribió en una hoja de seguimiento un mensaje para Alex con letras mayúsculas y esperó a que Grace se distrajera momentáneamente para sacar la hoja, doblarla y metérsela en el bolsillo. Todo lo que necesitaba era una excusa para volver a la habitación de la niña. Distraídamente metió la mano en el bolsillo de su bata de laboratorio. Su Game Boy estaba allí. Llevárselo a la niña no era un motivo demasiado importante para volver a visitarla, pero por lo menos era algo. Lo sacó y se acercó a Grace bostezando.

–Bien, creo que voy a acabar con los asuntos de la planta -dijo.

–Buena idea -replicó la mujer fríamente-. Tiene que estar mañana lo mejor posible.

–Antes, quiero ir solo un minuto a la diecisiete.

–¿Para qué? Acaba de estar ahí.

–La niña que está ahí tenía un tumor cerebral que le tuve que extirpar. El cáncer había acabado con su centro del habla, y ahora solo se puede comunicar a través del ordenador. Pero no tiene juegos archivados y se está aburriendo mucho. Le prometí que le llevaría mi Game Boy.

–Quédese aquí. Yo se lo llevaré.

–Yo… le tengo que enseñar cómo funciona. Solo serán un par de minutos.

Durante unos segundos interminables, Grace meditó su petición. Después accedió.

–Bien. Pero rápido, que tiene que descansar.

Jessie volvió a entrar en la habitación de Tamika. La niña aún sentada en la

cama, estaba casi dormida.

–Venga a verla mañana -susurró Grace.

Pero el sonido de sus palabras fue suficiente para que la niña se despertara e instantáneamente se pusiera a teclear para captar la atención de Jessie.

«No hay nuevos mensajes», escribió.

Jessie se interpuso entre ella y Grace y le pasó la hoja de seguimiento.

LOCALIZA AL DOCTOR MARK NAEHRING. ES URGENTE QUE SE

ENCUENTRE CONMIGO EN EL QUIRÓFANO DE RMN A LAS 6.00

H. QUE TRAIGA LA MEDICACIÓN MÁGICA QUE ENSEÑÓ

RECIENTEMENTE EN UNA CONFERENCIA. ASUNTO DE VIDA O

MUERTE. JESSIE.

–Bueno, Tamika -dijo en voz alta-, aquí está el Game Boy que te prometí.

Te voy a enseñar cómo funciona. Se enciende aquí…

Mientras Jessie daba su explicación en un tono monótono, Tamika miró la nota y la tecleó rápidamente. Luego, mientras Jessie le pasaba el juego, recuperó el papel y se lo guardó en el bolsillo de la bata.

–¿Qué diablos está pasando aquí? – dijo furiosa Arlette Malloche irrumpiendo en la habitación.

Jessie se alejó de la cama de un salto, y mientras lo hacía comprobó que Tamika había cortado instantáneamente la comunicación que tenía con Vicky.

«¡Buena chica! – pensó Jessie contenta-. Envía el mensaje más tarde.»

–Todo en orden -dijo Grace.

–¿Lo está? Parece que la doctora se ha pasado aquí toda la noche.

–Solo ha venido otras dos veces. Ha estado el mismo tiempo en varias habitaciones. Ahora únicamente ha venido a dejar un juguete.

–Vale, pero se han terminado todas las visitas a los pacientes hasta que haya operado a Claude. Doctora Copeland, le hemos preparado una habitación.

Vaya a la cama ahora mismo.

–Quiero ver a Sara Devereau -dijo Jessie-. Puede tener problemas.

–Le ordeno que se vaya a la cama, y eso es lo que hará.

De pronto, Arlette abrió de par en par los ojos. Jessie siguió la línea de su mirada hasta el cable del teléfono que iba desde el enchufe de la pared hasta debajo de la ropa de cama. Murmurando una maldición, Arlette apartó de un empujón la mesa-bandeja de la cama. El cable se tensó, luego cayó el ordenador, que quedó en el regazo de Tamika. Furiosa, Arlette abofeteó a la niña en la cara, y casi en el mismo movimiento abofeteó también a Jessie.

–¿Qué está pasando aquí? – preguntó-. ¿Quién conectó esto?

Tamika, que ni siquiera retrocedió al ser golpeada, tecleó el ordenador para que Arlette mirara la pantalla. Y escribió:

Yo lo hice. Quería enviar un correo electrónico a mi novio.

–Es muda desde que se le extrajo el tumor -intentó explicar Jessie-. Solo puede comunicarse por medio del ordenador.

–¡Cállese! – gruñó Arlette-. Grace, ¿envió algún correo mientras la doctora Copeland estaba aquí?