El paciente
Capítulo 22
sino con el plañido de una eterna incertidumbre.
Jessie revisó la hora, casi veinte minutos desde que había enviado el mensaje a Emily. Se preguntaba si su busca podría estar estropeado o si lo había apagado. En aquel momento sonó su propio busca. En la pantalla apareció el nombre y la extensión de Alice Twitchell.
–Oh, doctora Copeland, estoy tan contenta de que haya respondido tan rápido -dijo la meticulosa ayudante de Gilbride-. Estoy aquí con el señor Tolliver. Ha tenido un fuerte dolor de cabeza, una migraña. Me dijo que la llamase a usted y que no me molestase buscando al doctor Gilbride. ¿Puede venir a ver qué le ocurre?
–Estaré ahí enseguida -dijo Jessie-. ¿Alice, sabes dónde puede estar Emily DelGreco?
–Pues no, doctora Copeland -contestó disculpándose-. No tengo la menor idea.
22
Cuando Jessie llegó, Eastman Tolliver, que vestía pantalones grises y una chaqueta de color azul marino, estaba en posición supina en el sofá marroquí de cuero de la sala de espera de Carl, con una almohada bajo las rodillas, y los pies colgando varios centímetros sobre el brazo del sillón. Se apretaba los ojos con la parte interior del codo, y verdaderamente temblaba de malestar. Había una papelera estratégicamente colocada sobre la alfombra junto a él. Alice Twitchell estaba intentando mover su brazo lo suficiente para pasarle un trapo húmedo por la frente.
–Eastman, soy yo -dijo Jessie arrodillándose a su lado-. ¿Me oye usted?
Tolliver le hizo una señal con la cabeza.
–Está empezando a disminuir -dijo con voz ronca-. Ya he tenido esto antes.
Sus palabras sonaban un poco pastosas.
–¿Cuánto ha durado esta vez?
–Quince o veinte minutos -dijo Alice-. Se suponía que el doctor Gilbride se iba a encontrar con el señor Tolliver hace unos cuarenta y cinco minutos, pero llamó para avisar de que se retrasaba.
–Teníamos algunos asuntos a los que atender en la unidad -dijo Jessie.
Retiró suavemente el brazo de Tolliver de su cara.
–Parece usted un poco enfermo, amigo mío -añadió y empezó su examen neurológico observando que el pliegue de piel del lado derecho de la boca estaba un poco menos pronunciado que el izquierdo-. ¿Puede abrir los ojos?… Bien. Ahora, siga mi dedo si puede.
«Pupilas en posición media, reactivas… Cierta debilidad en la mirada lateral, ojo derecho… Posible ligera caída del párpado derecho…»
–Eastman, ¿me puede enseñar los dientes como si estuviera sonriendo?
«Posible debilidad facial, lado derecho…»
–Por favor, saque la lengua. Bien. Ahora apriete mis manos.
«Sin debilidad aparente en las extremidades.»
–Está disminuyendo -dijo Tolliver.
–Bien. Tolliver, ¿cuándo fue la última vez que visitó a un médico por estas
migrañas?
–No lo sé. Un par de años, quizá. Él me dijo que eran migrañas.
–¿Toma alguna medicina?
–Alguna vez, pero de las que no necesitan receta. Eso es todo.
Jessie dio unos pasos hacia donde estaba Alice Twitchell observando.
–Alice, por favor, llama a urgencias y diles que nos envíen a algún médico residente, una camilla, una enfermera. Ahora mismo -añadió-. Después llama a radiología para decirles que voy a necesitar unas imágenes de resonancia magnética esta noche.
–Sí, doctora.
Alice se fue a toda prisa.
A Tolliver ya comenzaba a volverle el color a la cara, y sus ojos no parecían tan vidriosos. Los hallazgos neurológicos anormales persistían, pero aunque potencialmente podrían indicar alguna patología seria, como un aneurisma o un tumor, también eran compatibles con varias clases de migraña.
Afortunadamente, Jessie sabía que con la tecnología que tenían a su disposición, no era necesario especular, ni esperar demasiado.
–Eastman, ¿cómo se encuentra ahora?
–Bastante mejor.
–Bien. He encontrado algunas cosas en el examen incompleto que le he hecho que me preocupan. Creo que convendría hacer un análisis de sangre y unas imágenes de resonancia magnética.
–¿Está segura de que necesito todo eso?
–Completamente. Sus síntomas y mis hallazgos probablemente se deban a las migrañas, pero no estoy del todo segura. Sería bueno que no regrese a California sin haber visto las imágenes magnéticas. ¿Se las han hecho antes?
–No, nunca -dijo Tolliver, todavía postrado sin moverse, por lo que Jessie se dio cuenta de que su dolor continuaba.
–Muy bien -dijo-, tómeselo con calma. La camilla estará aquí enseguida.
No intente sentarse.
–Usted manda.
Gilbride carraspeó desde la puerta para anunciar su presencia.
–¿Qué pasa aquí?
–Oh, hola, Carl. El señor Tolliver tiene un fuerte dolor de cabeza. Ha durado veinte o veinticinco minutos, y ha sido bastante severo. Tiene un historial de migrañas.
Gilbride se acercó al sofá.
–Eastman, ¿cómo se encuentra?
–No bien del todo, pero mejor, gracias.
–Bien, eso es excelente. Excelente. Había hecho una reserva para que cenáramos en Four Seasons. Pero puede descansar un poco más por ahora.
Tenemos mucho tiempo. El chef es el mejor de la ciudad.
–Carl, ¿puedo hablar contigo un momento? – preguntó Jessie.
–Claro, ¿qué pasa?
–En tu consulta.
–Oh, tonterías -interrumpió Tolliver-. Carl, la doctora Copeland me ha examinado. Se ha quedado preocupada y me ha pedido que me haga unas imágenes de resonancia magnética y análisis de sangre.
–¿Por una migraña?
–Carl -dijo Jessie-, Eastman tuvo una ligera debilidad facial, un poco de dificultad en el habla, y tal vez algunos signos oculares.
Sin excusarse, Gilbride se colocó entre ella y Tolliver, y lo miró fijamente a la cara.
–Siga mi dedo, Eastman -ordenó, repitiendo algunas de las maniobras que ya había hecho Jessie-. No veo nada -sentenció.
«No, no veo nada ahora», advirtió Jessie. El tono de sus palabras implicaba que no ocurría nada, y que las observaciones que la habían preocupado eran inconsistentes. Jessie se puso tensa preparándose para una confrontación.
Que los signos estuviesen aún presentes o no carecía de importancia.
Habían estado allí y eran varias las afecciones neurológicas graves que en determinadas etapas poseían síntomas que experimentaban altibajos. Su paciencia con el jefe de departamento estaba acabándose. Sin embargo, Tolliver la salvó de un estallido potencialmente destructivo.
–Oiga, Carl -dijo-. Aprecio una buena cena como el que más, pero también quiero estar seguro de que este dolor es solo una migraña antigua. Me dolió endemoniadamente.
–Muy bien -replicó Gilbride haciendo un mohín-, entonces llamaré abajo para conseguir el escáner.
–Carl -dijo Jessie-, ya he pedido a un equipo de urgencias para que le bajen y le hagan análisis de sangre y un escáner.
Sin que lo viese el paciente, Gilbride la miró amenazante…
–Perfecto -dijo fríamente-. Más de lo que yo hubiera hecho por lo que parece una migraña común y corriente, pero si a Eastman no le importa perderse una cena, lo haremos. Lo sacaré de aquí y le acompañaré hasta abajo.
–Realmente Carl -dijo Tolliver-, preferiría continuar con la doctora Copeland.
–Pero…
–Sé que le molesta, pero yo soy el paciente. Y por el momento, si la doctora Copeland está de acuerdo, la elijo a ella.
¿Era aquella inequívoca insistencia en ser atendido por ella algún tipo de insinuación sobre la cirugía fallida? Jessie lo sospechaba. Cualquiera que fuese la razón, estaba encantada.
–Será un placer aceptar su petición, Eastman -dijo, evitando cuidadosamente cualquier contacto visual con su jefe.
En ese instante, los buscadores de Jessie y de Gilbride sonaron casi al unísono. Después comenzó a sonar el teléfono de la consulta de Gilbride.
–Es la unidad -dijo Jessie.
–El mío también.
Alice Twitchell entró corriendo casi sin aliento.
–Doctor Gilbride -dijo-, el conde Hermann ha tenido un ataque cardíaco. Lo están atendiendo, pero lo requieren a usted. Doctora Copeland, ya viene el equipo de urgencias.
–Gracias -contestó Jessie.
–Oh, qué terrible noticia la del conde Hermann -dijo Tolliver-. Simplemente terrible.
Gilbride parecía a punto de sufrir una apoplejía. Jessie imaginó que el último lugar de la tierra en el que le gustaría estar era supervisando la resucitación de su última calamidad quirúrgica.
–Jessie, apreciaría que acepte la petición de Eastman, y que sea su médico principal -dijo apretando los dientes-. Mientras, será mejor que vaya a toda prisa a la UVI.
–Subiré en cuanto pueda. Carl, ¿has visto a Emily por ahí?
–¿DelGreco?
–Sí.
–No, hoy no.
–Gracias -dijo, pero él ya se había marchado corriendo.
Momentos después llegó el ascensor, y apareció el equipo de urgencias, Jessie presentó a Tolliver al residente y a la enfermera.
–Eastman, está usted en buenas manos -dijo-. Mientras le hacen las pruebas, voy a ir a la unidad a ver si puedo ayudar al doctor Gilbride. Lo veré abajo en un ratito.
–Tengo absoluta confianza en usted -dijo Tolliver-. Esperemos que no sea nada serio.
–Esperemos que así sea -replicó Jessie.
Pero mientras ayudaba a Eastman a subir a la camilla y le acompañaba al ascensor, todo su instinto y su intuición le decían lo contrario.