El paciente
Capítulo 14
–¿Y no lo hiciste?
–La opción era un piso vacío y un vídeo de Mel Gibson, contra la posibilidad de vernos, y que además me pagaran por ello.
–Oh -dijo ella nuevamente-. Me gusta que digas exactamente lo que tienes en la cabeza.
–Quizá por ello nunca he ganado en una competición de popularidad. ¿Y
qué tal has pasado tú el día?
El buscador de Jessie comenzó a sonar antes de que pudiera responder.
Miró en el monitor.
–Es de urgencias -dijo-. Espérame con tu pregunta.
En menos de un minuto ya había regresado.
–¿Problemas? – preguntó Alex.
–De los gordos. Un niño de ocho años con una herida de bala en la cabeza está llegando en ambulancia.
14
Desde el momento en que el equipo de rescate llamó para avisar que traían a Jackie Terrel, un niño de ocho años, el reloj comenzó a correr. Jessie y Alex dejaron la cafetería y corrieron a urgencias.
–¿Te importa si voy contigo a observar tu trabajo si me lo permite mi
supervisor?
–Si a él no le importa, a mí tampoco mientras no me pidas que te preste atención.
–Voy a llamarle.
Jessie ya había dado instrucciones a la enfermera de urgencias para que movilizara a la gente del escáner del quirófano, al banco de sangre, y para que localizara al residente de guardia en neurocirugía.
Los dragones gemelos contra los que tendrían que luchar para salvar la vida del niño eran los tejidos dañados y la pérdida de sangre. Ambas cosas podían ser letales. El equipo de rescate había informado de que tenía una gran hemorragia, típica de una herida de bala en el órgano del cuerpo con más suministro sanguíneo. Como siempre, los paramédicos y los médicos de urgencias habían hecho muy bien su trabajo. Le habían puesto dos vías IV, los expansores de volumen de plasma estaban funcionando, y se había aplicado presión en los puntos de visible hemorragia. Pero para Jessie, la información más importante que habían enviado por radio era que aunque el niño estaba inconsciente, había habido movimientos definidos en su lado izquierdo. En neurocirugía, movimiento significa siempre esperanza. Y la esperanza pedía rapidez.
Durante la formación de Jessie, había una competición no oficial entre los residentes para ver quién podía llevar más rápidamente a un paciente con un trauma en la cabeza o con una fractura de cráneo abierta o una herida de bala, por los laboratorios y el escáner, y desde allí al quirófano. Cualquier resultado por encima de los diez minutos desde la puerta de urgencias hasta la mesa del quirófano quedaba automáticamente descalificado.
En urgencias había gran alboroto en dos frentes, y ninguno de ellos tenía nada que ver con Jackie Terrel. En la sala principal estaban atendiendo un paro cardíaco, y en una de las habitaciones de trauma unos cirujanos residentes estaban con una víctima de apuñalamiento. Jessie sabía que lo que necesitaba más que nada era una enfermera con experiencia que
conociera bien el CMEM, así como su manera de tratar una herida en la cabeza. Sin embargo, apareció un enfermero recién licenciado llamado Larry Miller, ansioso por ayudar pero muy verde aún.
–Por favor, llamen a Emily DelGreco y díganle que baje inmediatamente -
fue la primera orden de Jessie.
El neurocirujano residente de guardia, Steven Santee, ya estaba en urgencias cuando ella apareció, y preparaba una camilla para el paciente en una de las salas de trauma disponibles. No era el más listo de su grupo, ciertamente, y no el que ella hubiera elegido para que la ayudara en aquel caso, pero era un gran trabajador.
–No te molestes, Steve -le dijo-. Iremos directamente desde la puerta al escáner. De momento, mantén alerta a los del laboratorio. Quiero diez unidades de sangre 0 negativo en el quirófano cuando llegue. La usaremos hasta que el niño sea bien analizado. Tu trabajo será ponerle sangre, a menos que los de rescate lo hayan hecho cuando le pusieron las vías.
–Están a dos minutos -avisó Larry Miller desde el vestíbulo-. Emily ha dicho que te verá en el quirófano y que tiene todo preparado para cuando llegues. También está preparado el anestesiólogo, la enfermera principal, la ayudante y la enfermera auxiliar. ¿Quieres que vaya contigo?
–Con Emily allí, estaremos bien. Pero podemos necesitar otro par de manos.
–¿Puedo ayudar?
Jessie no se había dado cuenta de que Alex había llegado a urgencias.
Evaluó la situación.
–¿No te importaría ayudar a traer la sangre y los instrumentos?
–Claro que no. ¿Estás segura de que no hay problema en que ayude en el quirófano?
–Oye, yo soy la cirujana. Si digo que no hay problema, es que no lo hay. ¿Y
no te marearás?
–Eso ya lo discutimos, ¿recuerdas?
–Bien, entonces quédate por aquí. En cuanto llegue el chico iremos al escáner. Tú serás el motor de la camilla. Steve y yo haremos el examen.
Emily se asegurará de que haya todo lo que necesitemos en el quirófano, y de hacer lo que pueda en el laboratorio.
Santee, Larry Miller, Emily y ahora Alex. Un batallón médico variopinto, si alguna vez hubo uno, especialmente preparado para combatir a los enemigos más potentes. Pero por lo menos, hasta donde sabía Jessie, no había grandes egos en el equipo. Todos harían lo que ella necesitara, sin preguntar ni improvisar.
Jessie se sentía con energía, pero había tenido que tratar las suficientes heridas de bala como para estar también asustada.
–Están entrando -avisó Larry Miller.
–Steve -dijo Jessie-, sal un minuto y haz que el equipo te cuente todo lo que sepa, especialmente el calibre de la bala. Alex, Larry, sacad la camilla y vamos. Quiero que este niño esté en el quirófano en ocho minutos.
En ese momento se abrieron las puertas de urgencias, y la batalla empezó en serio.
–Una bala perdida -dijo un médico de urgencias casi sin aliento, que llevaba su informe de trabajo-. Creemos que fue una pistola. El pobre niño estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.
–Gracias -le dijo Jessie, mientras Alex se hacía cargo del niño desde la parte trasera de la camilla-. Pueden recoger su camilla en el escáner. Que alguien nos siga.
Había un escáner solo para urgencias. En quince segundos, Jackie Robinson Terrel estaba sobre la mesa. El corazón de Jessie se encogió al ver al niño desnudo, embadurnado con su propia sangre. Su cuerpo era perfecto como el de casi todos los niños de su edad, sin nada de grasa y con los músculos que empezaban a definirse. La piel suave y de color chocolate no tenía señales de ningún tipo. Pero la presión que había sufrido su cabeza le había dejado de color púrpura.
La herida de entrada, justo bajo la oreja izquierda del niño, estaba en un punto complicado, pero podía haber sido aún peor. Unos centímetros más a la derecha, y hubiera destruido el torcular, el hueso estriado de la base del cráneo que protege la confluencia de los senos recto y sagital, las cavidades del cerebro con mayor cantidad de sangre. Si le hubieran dañado el torcular, Jackie Terrel estaría aún en la acera, cubierto de pies a cabeza con una sábana, tumbado en una piscina de su propia sangre. Por lo menos tenía una oportunidad.
–Pobre niño -murmuró Jessie mientras examinaba el tamaño y la respuesta a la luz de sus pupilas-. Larry, por favor, acércate a urgencias y averigua dónde se encuentran sus padres. Si los encuentras diles que vengan aquí. Si no es así, que les expliquen lo que ha ocurrido, y que suban a la sala de espera de cirugía de la planta octava. Después, reserva un ascensor de la zona quirúrgica. – Se volvió a Lydia Stewart, la radióloga-. Stew, dame cinco cortes de los hemisferios y dos de la fosa posterior, por favor. En cuanto lo hagas, nos iremos, así que, por favor, date prisa.
–¿Cómo lo ves? – preguntó Alex.
Jessie movió la cabeza.
–No lo sé. Sus pupilas todavía están a la mitad de su tamaño. Es una buena señal. Pero no tiene reflejos en la córnea, y está perdiendo mucha sangre.
Probablemente estaba jugando por ahí… quizá pensaba lo que pediría para su cumpleaños…
Sacudió la cabeza para ver si se despejaba, y después descolgó de la pared dos delantales de plomo, y le pasó uno a Alex.
–¿Es necesario? – preguntó.
–Depende de si crees o no que vale la pena proteger tu reserva genética.
Oye, cuando lleguemos al quirófano, quiero que te pongas ropa quirúrgica y no te alejes mucho. Andamos escasos de personal y te puedo necesitar para que me hagas recados.
Jessie agarró la manita de Jackie mientras el escáner zumbaba. Momentos después, avisó de que las imágenes estaban en la pantalla. Lo que mostraban era deprimente. Había líneas de fractura por todos lados, una gran colección de coágulos de sangre, y destrucción de zonas del cerebro manifiesta. Era como si hubiera caído un huevo desde tres metros y medio sobre cemento, pero todavía, de algún modo, siguiera entero.
–Vamos, de prisa, el tiempo se nos acaba -dijo, mientras pedía a Alex que la ayudara a subir al niño a la camilla con ruedas.
Corrieron por el hospital hacia el grupo de ascensores que llevaban a la Torre Quirúrgica. Larry Miller estaba allí, sujetando las puertas de uno de ellos. A cierta distancia, una docena de pacientes externos curiosos, ansiosos por ver la urgencia en vez de dedicarse a sus asuntos. Los tres se apretujaron en el ascensor con la camilla. Mientras subían los ocho pisos, Jessie presionaba con fuerza su brazo contra el de Alex. En cuando las puertas se abrieron él sostuvo un momento su mano.
–Buena suerte -dijo.
–Por aquí, rápido -replicó, corriendo a la cabecera de la camilla-. El vestuario de hombres está allí. Gorra, máscara, cubiertas para zapatos y ropa quirúrgica.
Jessie revisó la hora mientras ella y Larry Miller ingresaban en el quirófano 2 junto a Jackie Terrel. Casi nueve minutos. No era para ganarse un premio,
pero era aceptable. Emily estaba allí, con su ropa quirúrgica, y lista para comenzar a cortar el cabello del niño. El anestesista, Byron Wong, estaba junto a sus instrumentos, preparado para ponerle el tubo respirador y conectar todo su sofisticadísimo equipo de control. Diez unidades de sangre del grupo 0 negativo estaban preparadas en una bandeja. La sangre 0
negativa, casi sin anticuerpos para las proteínas de los tipos A y B de sangre, ni contra la proteína del factor Rh, podía tratarse para absorber la mayoría de los anticuerpos que hubiera, y por lo tanto se usaba en las transfusiones de urgencia hasta disponer de sangre adecuadamente analizada. No era lo óptimo, pero nada en aquel caso estaba cerca de serlo.
Mientras Jessie y Wong trasladaban al niño desde la camilla a la mesa de operaciones, de pronto chilló y agitó el brazo izquierdo, golpeando a Wong en el hombro.
–Dios -dijo Jessie-, se mueve. Aún tenemos una oportunidad.
Steve Santee asomó la cabeza.
–Doctora Copeland, la madre de Jackie está en la sala de familiares. Su padre es conductor de autobuses. Están intentando encontrarlo.
«Disculpe, señor Terrel, pero nos gustaría que pudiese conducir hasta el Eastern Mass Medical. Han disparado en la cabeza a su hijo de ocho años…»
La idea estremeció a Jessie.
–Ponte la ropa, Steve -dijo-. Emily, después de intubarlo, ponle dos unidades. Quiero su oreja izquierda levantada. Prepáralo rápido y quédate a mi lado. Steve trabajará al otro lado. Voy a decirle algo a la madre, y a vestirme. Quiero hacer la incisión en dos minutos. Tres como máximo.
–Bien -dijo Emily.
Charlene Terrel, una mujer comunicativa de cara delicada, estaba
retorciéndose las manos. Una mujer mayor, que se presentó como amiga de la familia, estaba sentada junto a ella abrazándola.
–Le vamos a operar en unos minutos -dijo Jessie tras una breve presentación-. Jackie está muy malherido.
–Es un niño estupendo -sollozó Charlene-. Por favor, sálvelo. Es nuestro único hijo.
–Haré todo lo que pueda.
–Gracias, doctora. No sabe cuánto se lo agradezco.
–Una cosa. ¿Es diestro o zurdo?
–¿Jackie? Es diestro. Debería ver cómo tira la pelota. Está solo en tercero, pero ya puede jugar con los niños mayores.
–Gracias, señora Terrel.
«Deprimente.»
Jessie corrió a la sala preoperatoria. En aquel momento no tenía ni tiempo ni la intención de explicar ninguno de los detalles del disparo a la madre de su paciente. Hasta que no acabara la operación nada de lo que dijera podía empeorar más lo mal que estaba la situación. Que fuera diestro significaba que la mayoría de los centros vitales del habla y del movimiento estaban en el lado izquierdo, precisamente en el trayecto de la bala. La misma situación de Tamika Bing, solo que también tendría secuelas motrices en el lado derecho.
Mientras se vestía estaba casi completamente concentrada en el niño y en la intervención que le iba a hacer. Casi. Un rincón de su mente estaba dominado por un remolino enmarañado de imágenes que se sucedían. Alex Bishop, Carl Gilbride, Marci Sheprow, Sara Devereau, Tamika Bing, Eastman Tolliver, Orlis Hermann y el conde se mezclaban con múltiples
recordatorios a sí misma de que no había sido ella la que había apretado el gatillo, ni había disparado al niño de ocho años. Y que tampoco era Dios.
Era simplemente alguien que estaba de guardia, y que iba a hacer todo lo que pudiera para salvarle.
–¿Preparada?
Alex había aparecido por atrás y estaba esperando a unos cuantos metros.
–Todo lo que podría estar -replicó-. Quédate en cualquier lado detrás de mí.
Hay una plataforma sobre la que te puedes subir para tener un ángulo mejor.
–Estoy rezando por el niño -dijo Alex.
Jessie clavó los ojos en los de él.
–Sigue haciéndolo -dijo ella-. Aquí no se rechaza ningún tipo de ayuda.
La intervención que Jessie había decidido hacer era bastante normal: un amplio corte del cuero cabelludo alrededor de la herida de entrada, perforar todo el hueso que fuese necesario, para después llegar a los grandes coágulos de sangre que el escáner había localizado justo debajo de la oreja.
La retirada de la bala y de los fragmentos de la otra fractura constituía un segundo paso. El niño estaba anestesiado, así que no se movería, ni lloraría.
Pero el equipo estaba conmovido por lo que habían visto.
«Rápido pero con cuidado -se decía Jessie una y otra vez a sí misma-.
Rápido pero con cuidado.»
–Está perdiendo mucha sangre -dijo Emily-. El equipo de rescate trajo muestras, así que el laboratorio ya ha comenzado con el análisis.
–¿Cuándo crees que nos llegará la sangre?
–Cinco minutos, no más.
–Trae un par de unidades más de 0 negativo, Byron. Alex, por favor,
¿puedes llamar al banco de sangre y que te digan lo que van a tardar?
–Ahora mismo.
Emily dio un suave codazo a su amiga.
–Simpático tu ayudante -susurró.
Jessie miró a Steve Santee, que estaba succionando el sangrado persistente.
–Compórtate -le espetó ella, y el sonido del aspirador ahogó su voz-. Así, Steve. Aspira aquí. Lo estamos haciendo bien.
–En un minuto estarán listos los del banco -dijo Alex volviendo a su plataforma.
–Maddy -dijo Jessie a la enfermera auxiliar-, este es Alex Bishop, de seguridad. Pronto estudiará en Northeastern para ser auxiliar médico.
¿Puedes ir con él al banco de sangre y traer ocho unidades?
«Rápido pero con cuidado.»
Alrededor del agujero de la bala, el cráneo del niño parecía una cerámica rota. Jessie retiró la mayoría de los fragmentos y muchos coágulos, mientras Emily y Steve continuaban aspirando sangre para mantener la zona limpia.
La bala se había quedado incrustada cerca de la zona media, pero había dañado un montón de cerebro antes de hacerlo.
«¿Jackie? Oh, es diestro. Debería ver cómo tira la pelota.»
Alex y la auxiliar volvieron con la sangre, y él nuevamente se subió a la plataforma.
Jessie se obligaba a recordar los milagros que había presenciado desde que
había entrado en neurocirugía. Pacientes que debían haber muerto, y al final vivían unas vidas bastante funcionales y gratificantes. Meticulosamente, buscaba los vasos sangrantes, y los cauterizaba aplicando corriente eléctrica por medio de sus fórceps bipolares. Concienzudamente, poco a poco iba disminuyendo la hemorragia. Y mientras lo hacía, se veía con mayor claridad la extensión del daño.
–Sigue controlando la sangre, Byron -dijo Jessie-. Todavía es difícil de predecir, pero diría que lo peor ha pasado.
–Estás haciendo un trabajo increíble -dijo Emily-. Alex, espero que lo estés siguiendo todo bien, pues nunca más vas a ver un caso de disparo de bala mejor tratado.
Esta vez, Jessie le dio un codazo. Sabía que Emily estaba diciendo cosas para evitar que se pusiera demasiado tensa, pero ya empezaba a arrepentirse de haberle confesado su incipiente relación con aquel hombre.
–¡Déjalo! – susurró.
–Algo de publicidad nunca viene mal -contestó.
El ángulo de trayectoria de la bala era ascendente, y había destruido la base interna del cráneo, para rebotar y detenerse justo a la izquierda de la línea media. Jessie la retiró fácilmente, y después comenzó a limpiar el tejido que claramente estaba muy dañado y no se curaría.
«Quizá Jackie Robinson Terrel volverá a tirar pelotas», estaba pensando en el momento en que el anestesista dijo:
–¿Todo bien? Hay una bajada de presión.
–No veo…
Jessie nunca terminó la frase. De pronto comenzó a salir desde la zona posterior del cráneo sangre venosa oscura a borbotones que inundó la mesa
quirúrgica. El corazón de Jessie se disparó.
–El occipital estaba fracturado -gritó-. El torcular está desgarrado. Los fragmentos de los huesos que protegían la red de vasos sanguíneos vitales estaban firmemente unidos debido a la sangre y a la inflamación circundante, de modo que el escáner no había mostrado las fracturas.
–¡Byron, ponle toda la sangre y pide más! ¡Steve, pongámosle boca abajo inmediatamente!
–Pero la esterilización…
–¡A la mierda la esterilización! ¡El niño se nos va!
–Lo necesito en posición supina si quiero mantenerle la presión alta -dijo el anestesista.
–¡Byron, tiene que estar boca abajo! Si no puedo llegar a esa zona, nada de lo que hagas importa. ¡Bisturí, por favor! ¡Bisturí, maldita sea!
Frenéticamente, sin hacer caso de la esterilización, Jessie cortó la parte posterior del cuero cabelludo de Jackie Terrel. El hueso sobre el torcular estaba partido por la mitad, y la sangre manaba de los senos que había debajo.
–¡Succiona aquí, Steve! ¡Em, tú también! ¡Byron, necesitamos más sangre!
¡Oh, Dios!
–El monitor Doppler de su pecho indica algo -dijo Wong-. Creo que ha entrado aire en su corazón.
Jessie continuó trabajando en la zona que sangraba, pero era como intentar detener una catarata.
–¿Presión? – preguntó.
–Cuarenta. Jessie, definitivamente ha entrado aire en su sistema circulatorio. Su corazón se está llenando de aire.
–¡Sangre! ¡Necesitamos más! – ordenó Jessie, todavía sin querer creer lo que oía-. Pongan la mesa en la posición Trendelenburg. ¡Ajústenla hasta que no sangre o deje de succionar aire!
–Presión cero -informó Wong-. Ahora la embolia de aire es enorme. El ritmo cardíaco está bajando… Línea plana. Tenemos la línea plana.
Jessie luchó unos minutos más. Después se quedó mirando fijamente la sangre, que continuaba cayendo sobre sus guantes, pero ahora estaba un poco espumosa por culpa del aire que había entrado en el sistema circulatorio del niño a través de los senos heridos.
–Ya está -se oyó decir como si estuviese a un millón de kilómetros-. No tiene sentido continuar. Lo siento por todos -dijo con la voz ronca-.
Realmente lo siento. Habéis hecho un gran trabajo.
Sola en su consulta, Jessie miraba por la única ventana a un par de golondrinas que habían anidado en su cornisa. Había sido un infierno tener que decirle a Charlene Terrel que su hijo había muerto en la mesa de operaciones. Un infierno tener que explicarle que lo que mató a su hijo en última instancia era algo que no se podía anticipar ni podía haberse remediado.
Una de las cosas que Jessie había llegado a aceptar como neurocirujana era que muchos de sus pacientes nunca quedarían perfecta, o incluso razonablemente, intactos tras la cirugía. Todo lo que se podía hacer en esos casos, y con sus familias, era modificar los objetivos de sus vidas, sus expectativas, y comenzar de nuevo desde donde pudieran. Pero aquello, la inhumana insensatez de la herida de Jackie Terrel, lo repentino, la catástrofe imprevisible en el quirófano, le producía más dolor del que podía tolerar desde su especialidad. Gilbride, Tamika Bing, después Sara, y ahora esto.
Quizá llegaba el momento de trasladarse al laboratorio por un tiempo. O
quizá llegaba simplemente el momento de darse cuenta de que no tenía la
coraza de acero necesaria para ser un neurocirujano. Perdida en sus pensamientos, Jessie apenas oyó que llamaban suavemente a su puerta.
–Sí, pase -dijo después de aclararse la garganta.
Alex Bishop entró y cerró la puerta.
–Hola.
–Hola a ti.
–Pensé que tal vez necesitaras que te dieran un poco de ánimo.
–Un poco de ánimo me podría elevar hacia el desconsuelo.
Excepto a Emily, no había nadie más en el mundo de Jessie a quien quisiera ver en momentos como aquel. De todos modos Alex Bishop, con sus ojos maravillosos y preocupados, y su voz amable, le ofrecía una imagen que agradecía.
–Tu enfermera me dijo que nadie hubiera podido predecir que había un hueso roto si no había aparecido en el escáner -explicó-. Me dijo que hubieras salvado la vida del niño, pero cuando retiraste el coágulo también liberaste la presión que mantenía unidas las piezas, y la fractura se abrió.
–Supongo.
–Fue horroroso para todos nosotros pasar por ello. Para ti debió de ser diez veces más duro.
–Gracias por comprenderme. Nunca me acostumbraré a este tipo de cosas.
–Espero que no lo hagas.
Ella puso sus manos sobre las de él, después se levantó y dejó que la abrazara un momento.