El paciente

Michael Palmer · Capítulo 33 de 47

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El paciente

Capítulo 30

Durante las últimas horas de la tarde y al anochecer fueron constantes los quejidos de los pacientes de la planta séptima solicitando atención o algún tipo de explicación sobre lo que ocurría. Los localizadores de Carl, Jessie, la supervisora de enfermeras Catherine Purcell y los técnicos de laboratorio sonaban con tanta persistencia, que Malloche finalmente decidió confiscarlos y apagarlos. Para empeorar la situación, a Malloche le había vuelto el dolor de cabeza con gran intensidad, lo cual le hacía estar cada vez más irritable y poco comunicativo. Finalmente, pidió a una de las enfermeras unos analgésicos y se volvió a la cama.

Arlette tomó rápidamente el control, y se puso a vigilar a los rehenes aún con más frialdad que su marido. Las enfermeras podían visitar a los pacientes solo de una en una, y siempre acompañadas. Un guarda controlaba constantemente al personal que estaba sentado a lo largo del mostrador de las enfermeras, mientras otro se hallaba apostado junto a las puertas y los ascensores, poniendo más explosivos en el lugar. Arlette misma estaba la mayor parte del tiempo en la puerta de su habitación, mirando las noticias de la televisión por si informaban sobre el desastre biológico del Centro Médico Eastern Mass. En otros momentos, patrullaba por los pasillos, con su arma semiautomática colgando del hombro y siempre a punto para disparar.

Carl Gilbride todavía estaba muy trastornado. Excepto durante los treinta minutos que tardó Jessie en llevarlo a la sala de curas y coserle la herida de la cara, se desplomó en su sillón, sin mostrar interés especial por lo que ocurría, echando incluso cabezadas ocasionales. A las cinco, su paciente Lena Levin cayó en coma por una infección bacteriana que se le formó rápidamente en el lugar del que se le había extraído el tumor. Jessie obtuvo permiso para examinarla y después se enfrentó a Arlette.

–Necesita una punción y ser trasladada a la unidad -dijo.

–La unidad está cerrada. Los pacientes y el personal han sido trasladados aquí.

–Quiero hacer una consulta sobre enfermedades infecciosas para estudiar un tratamiento y darle algunos antibióticos.

–Nada de llamadas. Use los medicamentos que tengan por aquí.

En ese momento, una de las enfermeras llegó corriendo presa de pánico hasta Arlette, con Grace unos pasos detrás de ella.

–Tengo que llamar a mi casa -dijo con la voz entrecortada.

–Nada de llamadas.

–Es mi hijo. Tiene ataques y debe tomar una medicación de la que la canguro no sabe nada.

–He dicho que nada de llamadas y hablo en serio. Si te dejo, todo el mundo encontrará una razón para telefonear. Tenemos cosas mucho más importantes por las que preocuparnos.

–Por favor -dijo Jessie.

Arlette le echó una mirada fulminante y ordenó, sacudiendo la boca de la ametralladora, que la enfermera volviera a su lugar. Una vez que la mujer hubo obedecido, Arlette indicó a Jessie un lugar apartado de los demás.

–El dolor de cabeza de mi marido está empeorando -dijo.

–No me extraña.

–Quiero que lo opere a primera hora de la mañana, no por la tarde.

–Un neurocirujano pediátrico tiene ocupado el quirófano. Hay un niño muy

enfermo al que es necesario operar.

–Pospongan el caso.

–Lo intentaré, pero quiero que la enfermera llame a su casa.

–En lugar de eso -advirtió Arlette- lo que voy a hacer es matarla.

Jessie sopesó la amenaza y se dio cuenta de que Arlette no estaba fanfarroneando. Detrás de la mujer estaba Tamika Bing sentada en su cama como siempre, mirando y escuchando.

–Haré lo que pueda -dijo Jessie.

Telefoneó desde la sala de atención, con Arlette vigilando, y consiguió convencer al cirujano de que con la crisis desencadenada en el hospital, lo prudente era no usar el quirófano de imágenes de resonancia magnética, y que lo mejor sería que organizara todo para hacer su intervención en el Hospital Infants and Childrens. Entonces, con Armand tras ella, se puso a atender a algunos pacientes, comenzando por Sara. Su amiga yacía boca arriba, con los ojos cerrados. Aparentemente estaba bastante tranquila, pero su respiración era algo acelerada.

–Hola, amiga… -dijo Jessie-. ¿Sara?

Esperaba una respuesta rápida, pero Sara continuó como estaba. Nerviosa, Jessie la cogió por los hombros y la sacudió suavemente. Los ojos de Sara se abrieron y parpadearon, e incluso intentó forzar una sonrisa. Pero parecía tener problemas para concentrarse.

–Hola… -fue todo lo que consiguió decir.

–¿Estás bien?

–Yo… bien.

–¿Sara?

La respuesta de Sara tardó en llegar. Demasiado, pensó Jessie. Le hizo un rápido examen neurológico, incluyendo una revisión cuidadosa con su oftalmoscopio. Todo parecía bien… todo excepto la paciente.

Gradualmente, Sara fue capaz de responder apropiadamente, pero aun así parecía menos consciente y más lenta que antes. Jessie repasó mentalmente una media docena de posibles diagnósticos, incluidos la toxicidad de la medicación o el simple cansancio. Pero uno de los que más la preocuparon fue que tuviera un lento aumento de la presión debido al bloqueo en la circulación del fluido espinal en y en torno al cerebro. La obstrucción, si la había, lo más probable es que fuera producida por el tejido cicatrizado, un coágulo de sangre, o la inflamación de algún tejido local. Y si llegaba a bloquearse por completo, el resultado sería una hidrocefalia aguda. Una verdadera urgencia neuroquirúrgica. Pero en aquel momento, sin acceso al escáner, Jessie no podía hacer nada salvo estar muy atenta a lo que le pudiese pasar.

«Maldita sea -pensó mientras Armand la seguía hacia la habitación de Tamika Bing-. Malditos asesinos.»

La niña de trece años estaba como siempre, rígida e inmóvil, mirando fijamente al punto del pasillo donde, hacía unas horas, habían matado a una mujer de un disparo. Jessie se preguntó si había algo que pudiera decir a la niña que mitigara el impacto de haber sido testigo de tal brutalidad. Puso una silla junto a ella.

–Hola, Tamika -dijo-. Aquí estoy, de nuevo… Todos estamos muy tristes por lo que le ha pasado a esa pobre mujer. Trabajaba para el FBI, y estaba intentando ayudarnos cuando le dispararon… Cuando todo esto termine, voy a buscar a su familia para contarles lo valiente que fue… ¿Tamika?…

Por favor, mírame, querida. Me gustaría mucho saber cómo te sientes y poder ayudarte de alguna manera.

De pronto, casi imperceptiblemente, las manos de Tamika Bing se movieron desde su regazo hasta el extremo de la bandeja que tenía encima de la cama.

Continuaba mirando fijamente hacia delante, en la misma postura rígida.

Además del de masticación cuando le ponían la comida en la boca, aquel era el movimiento más intencionado que Jessie le había visto hacer desde su operación. De nuevo, las manos de la niña se movieron. Ahora sus dedos rozaron el borde de su ordenador portátil. El ordenador siempre estaba abierto y listo para conectar sobre la mesa-bandeja, pero hasta donde Jessie o su madre sabían, nunca lo había usado.

Jessie echó una mirada a Armand, que se mantenía atento en la puerta, mirándolas de vez en cuando, pero sin demasiado interés. La mayor parte del tiempo su foco de atención era el vestíbulo. Los dedos de Tamika estaban ahora sobre el teclado. Jessie movió su silla lo justo para poder leer la pantalla. La niña pulsó suavemente las teclas, con una economía de movimientos propia de una mecanógrafa cualificada.

«Enchufa la conexión del teléfono y podré hablar con el exterior», escribió.

Sorprendida, Jessie miró primero a la pantalla, y después a Tamika. La niña continuaba mirando hacia delante. Pero Jessie advirtió que las comisuras de su boca se habían estirado levemente y levantado un poco.

«Os engañé», parecía decir con su expresión.

«Bendita seas, pequeña.»

–Bueno, querida -dijo Jessie con claridad, esforzándose por no hacer ningún cambio en su tono que pudiera alertar a Armand-. Es muy bueno que estés de nuevo practicando con el teclado. Enséñame qué más puedes hacer.

Mi amigo Ricky revisa su correo electrónico todo el tiempo. Le puedo enviar un mensaje.

El pulso de Jessie se aceleró. El cable telefónico estaba en el suelo, aún conectado a la pared. Revisó la parte trasera del ordenador para comprobar dónde estaba el puerto del módem. Con suerte, mucha suerte, podría conectar con Alex. Una conexión que ni Arlette ni el resto de la banda conocerían nunca.

–Sí, por supuesto -dijo Jessie-. Te lo puedo dar, Tamika. Volveré enseguida con el medicamento que necesitas. Mientras tanto, descansa. Lo estás haciendo muy bien, realmente muy bien.

Con Armand a corta distancia, Jessie fue hasta la enfermería y sacó el cuaderno rojo donde estaba el historial de Tamika. En esos momentos, tanto Armand como Arlette la estaban observando, pero ninguno prestó especial atención cuando abrió el cuaderno y se puso a escribir un mensaje para Alex en una hoja de seguimiento. Realizó una silenciosa oración de agradecimiento por tener el número del servicio de recepción de llamadas que Alex le había dado en su bloc de notas de bolsillo. La libreta, que tenía desde que era estudiante de medicina, estaba rota y abarrotada, hasta el punto de que necesitaba una cinta elástica para cerrarla. La tenía llena de valores normales de laboratorio, dosis de medicación, tablas de diagnóstico y otras fichas de referencia. Desde hacía una década, cuando aún estaba en el hospital y no en el quirófano o duchándose, siempre llevaba encima su libretita negra.

Escribió el teléfono de Alex en la parte superior de una hoja de informe de progresos, y después sacó el papel del archivador. Momentos después Arlette y Armand se distrajeron por los sollozos de la enfermera desesperada por su hijo, y ella aprovechó para doblar el papel y deslizarlo en su bolsillo. Además, esa pequeña distracción de sus secuestradores le proporcionó una idea.

Dave Scolari, el defensa cargado de hombros, estaba en un sillón que había junto a su cama, tapado con una manta, con la cabeza inmovilizada con el collarín cervical de acero. Todavía no podía soportar el peso suficiente para caminar, pero sus terapeutas le habían colocado férulas y estaban entusiasmados con sus expectativas futuras. Hacía menos de dos semanas

estaba tetrapléjico, pero en ese momento tenía notable fuerza y movimiento en los brazos, y además estaba mejorando la coordinación de las manos.

Como había anticipado Jessie, Armand se había quedado junto a la puerta.

Sacó el estetoscopio del bolsillo de su bata, se lo colocó alrededor del cuello, y se situó de manera que podía hablar con Dave sin que lo oyeran fácilmente.

–¿Qué está pasando aquí, doctora? – preguntó Scolari-. ¿Quién se llevó mi teléfono? He estado llamando por el timbre como loco. Nadie responde.

¿Quién demonios es ese hombre?

–Él es Armand. Armand, te presento a Dave.

El asesino los miró con desdén y cerró su mano en torno al arma.

–Armand y algunos otros han secuestrado la planta séptima y nos han aislado del resto del hospital -continuó Jessie-. Piensan estar aquí un par de días.

–¿Le han hecho daño? – preguntó Dave.

–No. Han matado a cinco personas hasta ahora y amenazan a todo el mundo, pero yo soy inmune. Quieren que opere a su jefe.

–¡Basta! – gritó Armand en un inglés con marcado acento-. Termine lo que está haciendo y salga.

Jessie se puso el estetoscopio en los oídos, pero lo dejó fuera de la abertura de los canales auditivos.

–Necesito distraerles, Dave -susurró mientras pretendía examinarlo de espaldas a Armand-. Un ruido que haga que vengan aquí todos corriendo.

–Lo intentaré.

–Tiene que ser muy convincente.

–Comprendo.

–En diez minutos. Hazlo exactamente a las cinco pasadas.

–Perfecto -convino Dave mirando hacia el reloj de la pared.

Armand se acercaba hacia ellos cuando se guardó el estetoscopio en el bolsillo y terminó con la revisión.

–Vas muy bien, Dave -dijo-. Ese pequeño pitido en el pecho no es nada preocupante.

Contando los minutos, guió a Armand a la habitación contigua a la de Tamika Bing. Cuando faltaba un minuto, volvió a entrar en la habitación de Tamika y nuevamente se puso el estetoscopio. Exactamente a la hora acordada, se oyó un fuerte estrépito en la habitación de Scolari, seguido de extraños gritos de dolor, como de animal. Otro estrépito. Armand se volvió y corrió hacia el lugar de donde procedía el ruido. Un momento después, Arlette pasó a toda prisa por la puerta sin mirar hacia dentro.

Jessie metió rápidamente la nota que había escrito bajo el muslo de Tamika, y después cogió el cable del teléfono y lo hizo pasar bajo la mesa-bandeja antes de insertarlo en la parte trasera del ordenador. Finalmente, cubrió el cable con una sábana. Acababa de poner una toalla sobre la bandeja para esconder el resto del cable cuando apareció Armand en la puerta.

–Venga rápido -le pidió.

Jessie besó a Tamika en la mejilla.

–Recuerda que tienes que marcar primero el nueve para comunicar con el exterior -susurró.

«¡Ya lo sé!», escribió la niña.