El paciente

Michael Palmer · Capítulo 45 de 47

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El paciente

Capítulo 42

por aquellos que escapaban… y aquellos que morían.

42

La escena de las cámaras situadas debajo de Alex era infernal. La grisácea nube mortal había alcanzado la tercera y la cuarta fila de asientos. Varios legisladores, los más cercanos al epicentro de la explosión, ya habían muerto. Otros, tal vez doce o quince, se movían en una especie de danza de la muerte, violenta y desmañada, gritando y vomitando para finalmente desplomarse. Otros se hallaban aún apretujados contra las puertas, directamente debajo de Alex, se empujaban unos a otros, en su esfuerzo por escapar.

Era evidente que el número de muertos y moribundos habría sido mucho mayor si Harry Laughlin no hubiese corrido a la parte delantera para dar la orden de evacuar el lugar. En ese momento, el hombre que había salvado cientos de vidas debido a su experiencia en demoliciones y varias docenas más por sus acciones yacía boca abajo, inmóvil, en medio del pasillo central, dos o tres filas detrás del lugar de la explosión de gas.

No había manera de bajar e intentar pasar entre la gente a tiempo. Por esta razón, Alex tomó aire y saltó por encima de la baranda de la galería que daba al pasillo central. Dos de los políticos que corrían hacia la puerta detuvieron su caída sin querer, y mientras le gritaban levantándole los puños en señal de amenaza, seguían empujando y dando patadas a los que tenían delante para salir. Alex se defendió como pudo y todavía aguantando la respiración, se arrastró hasta donde estaba Harry. Una mujer que se tambaleaba y vomitaba cayó encima de él. Otra se derrumbó a su lado. La nube de humo y soman cubría a Harry en el momento en que Alex, ahora de pie, lo agarraba por el cuello de la chaqueta y de un brazo y comenzaba a arrastrarlo hacia la salida. Cerró los ojos por la posibilidad de que el gas

pudiese ser absorbido a través de ellos, y tiró con todas sus fuerzas. Harry pesaba como un muerto. Ignorando el dolor del hombro y de la cabeza, Alex lo arrastró por el pasillo. La puerta ya no estaba llena de gente, pero aún había algunos que obstruían la salida. El humo se había esparcido de tal manera que era imposible saber cuán cerca estaba el soman. Alex mantenía los labios apretados. Pero en unos segundos más iba a tener que inspirar. Se tambaleó y cayó sobre una rodilla. Sentía como si el pecho le fuera a estallar. De pronto, uno de los legisladores se agachó y agarró a Harry del otro brazo. Juntos, lo arrastraron a través de la puerta, y la cerraron tras ellos en el momento justo en que Alex tomó aire.

–Gracias -dijo sin fuerzas, mientras continuaba arrastrando el cuerpo inerte de Harry hacia las escaleras.

El hombre, de la edad de Laughlin, simplemente asintió con la cabeza.

–Nos salvó a todos -dijo.

–¡Que suba el equipo de rescate! – gritó Alex hacia abajo-. ¡Equipo de rescate!

Dio la vuelta a Laughlin para el boca a boca. El rostro del policía estaba rosado, no violáceo como Alex había esperado. Tenía los ojos bien cerrados y las mejillas hinchadas como las de una ardilla en otoño. Alex tensó la piel de la cara haciendo salir un chorro de aire de los labios de Laughlin. En ese momento se dio cuenta de que el hombre había estado aguantando el aire.

–¡Harry! – gritó-. ¡Por el amor de Dios, Harry, abre los ojos y respira!

Laughlin abrió los labios y respiró, en el momento en que llegaba el equipo de rescate con oxígeno.

–Te oigo, chico -dijo débilmente-. ¿Estoy muerto?

Alex indicó al equipo de rescate que le dieran oxígeno y que se encargaran de él.

–Creo que no, Harry -dijo-. No puedo creer que aguantaras el aire tanto tiempo.

–Los Boy Scouts… fui campeón de buceo.

Harry volvió a cerrar los ojos mientras el oxígeno comenzaba a fluir.

Alex le dio una palmadita en el hombro y bajó las escaleras, impaciente por salir de allí y empezar a formular un plan para infiltrarse en la planta séptima.

Estaba en las escaleras del Capitolio, mirando la turbulenta llegada de furgones de policía y vehículos de rescate, cuando sonó su radio.

–Alex, soy Vicky. ¿Qué ha pasado?

–Hizo estallar el gas en el Capitolio. Gracias a Harry Laughlin, conseguimos sacar a tiempo a casi todos, pero hay unos quince muertos.

–Escucha, algo está sucediendo en el hospital. Ryder, el hombre que dejamos en la furgoneta, nos comunicó por radio hace unos segundos que un helicóptero había llegado del sur y acababa de aterrizar en el techo de la Torre Quirúrgica.

–¡Se van! ¿Cuánto tardamos en subir un equipo hasta el techo?

–Eso depende de lo que han hecho con los explosivos y los ascensores. No creo que nos dé tiempo a evitar que ese helicóptero despegue. ¿Veinte minutos, tal vez? No estoy segura, teniendo en cuenta todo lo que está pasando en tu zona.

–Entonces, necesito un helicóptero. ¿Dónde podemos conseguir uno?

–Eso lo lleva la policía estatal. Déjame llamarlos.

–Date prisa. Si despegan, tendremos problemas. Pase lo que pase, no hay que disparar al helicóptero. Llevarán rehenes.

Durante dos ansiosos minutos, todo lo que podía hacer Alex era pasearse advirtiendo a la policía y la gente de rescate que se trataba de un gas muy tóxico, pero con un tiempo de vida relativamente corto. Estaban retirando a la primera víctima cuando llamó Vicky.

–La división aérea de la policía estatal está en camino -dijo.

–¿De dónde vienen?

–Desde Norwood. A unos diecinueve kilómetros al sudoeste de tu posición.

Cruza la calle y dirígete a la parte despejada del parque Boston Common.

Estarán ahí en diez minutos o antes.

–Antes sería mejor.

–Ellos lo saben. Esos tipos son profesionales, Alex. Si alguien puede solucionar este tema, son ellos.

–¿Les dijiste que quería que hicieran bajar el helicóptero pero que no disparasen?

–Sí. Por lo visto traen a alguien que puede ayudar a hacerlo.

–Mantente en contacto con Ryder e intenta conseguir más vigilancia para la zona del hospital también. Si despegan, tenemos que saber exactamente en qué momento y en qué dirección.

–Recibido. Ahora vete al Common. El lugar está bajando la colina a la derecha. Intentaré encontrarme ahí contigo. Stan está de camino hacia el hospital.

Alex bajó las escaleras y cruzó Beacon Street entre la masa de manifestantes y legisladores a los que iban dirigiendo en la misma

dirección. Había ya media docena de ambulancias y coches de policía luchando por encontrar espacio en las calles y aceras, y se acercaban más sirenas por todas partes, exactamente el caos con el que Malloche había contado.

Aunque caía la noche, parejas, turistas, trabajadores y niños continuaban paseándose por los caminos arbolados del Common. Muchos de ellos pasaban al lado de Alex corriendo hacia la conmoción del Capitolio.

Tras dejar atrás un monumento alto, dobló para descender hacia una extensión abierta. Pasaron cinco minutos.

–¡Alex!

Vicky Holcroft corrió hacia él acompañada de un policía uniformado.

–Ryder acaba de llamar. Están despegando ahora mismo -dijo sin aliento-.

Ryder dice que sabe de helicópteros. Cree que están volando en un Bell Jet Ranger, la división aérea llegará en cualquier momento.

–Mantenlo conectado. Tenemos que saber en qué dirección van.

–Tengo a otros dos hombres en la zona observando.

Un minuto después, el ruido de las hélices anunció la llegada del helicóptero de la policía estatal. Vicky hizo señales circulares con una linterna por encima de la cabeza. El aparato apareció en medio de la oscuridad del anochecer, por encima de los edificios del sudoeste, paró casi encima de ellos y descendió con precisión en el césped. Vicky mantenía la radio pegada a la oreja.

–Noreste -dijo-. Parece que se dirigen hacia el océano.

–¿Vienes? – le preguntó Alex.

–No. Menos peso, más velocidad.

–Gracias.

Alex se agachó y corrió a la puerta donde un hombre en mangas de camisa y gorra de béisbol de la policía estatal lo ayudó a entrar.

–Agente Bishop, soy el agente Ken Barnes de OTE -dijo mientras despegaban-. Operaciones Tácticas Especiales.

–Rick Randall -gritó el piloto-. Y este a mi lado con cara de bobo es Dom Gareffa. Puedes llamarlo Jirafa. Podríamos haber llegado unos minutos antes, pero, por lo que me dijeron, creí que necesitaríamos a alguien de OTE como Ken.

–Los chicos salen de marcha -dijo Barnes-. Me encanta.

–Bien, desde hace dos minutos y veinte segundos están en el aire -les contó Alex-. Posiblemente rumbo al noreste del Centro Médico Eastern.

–Recibido -respondió Randall mientras se elevaban y giraban a la derecha-.

Sigue hablando.

–Es un terrorista, su mujer y tal vez algunos asesinos de su organización. Lo más seguro es que lleven a una neurocirujana del hospital con ellos.

–¿Alguna idea del aparato en el que vuelan?

–El policía que estaba vigilando en el hospital piensa que es un Bell Jet Ranger.

–Eso serían buenas noticias. El BJR es un bonito modelo, pero es lento.

Nuestro Aeroespatial le da cien vueltas a cualquier Ranger, especialmente cuando lleva a mucha gente.

–Eso si los podemos encontrar. ¿Estarán en el radar?

–Si vuelan bajo y mantienen el transmisor apagado, no.

Alex miró hacia la oscuridad creciente. Delante de ellos, el mar y el cielo eran uno.

–¿Entonces cómo? – preguntó.

Rick Randall se dio la vuelta.

–Tenemos nuestros sistemas -dijo, y le dio unas palmaditas cariñosas al panel de control-. Este es el RIP, radar de búsqueda de rayos infrarrojos.

–¿Rastrea el calor?

–Exactamente. Percibimos cualquier motor que esté a varios kilómetros a la redonda. Ahora nos movemos a ciento cuarenta y cinco nudos. El Bell no supera los ciento treinta, y si va lleno irá mucho más lento. Vamos a asumir que tu información es correcta y seguiremos barriendo bajo hacia el noreste.

–A menos que vayan a aterrizar en un barco, apostaría que el Norte -dijo Alex.

–¿Maine?

–A lo mejor.

–Entendido.

El potente helicóptero viró unos grados hacia el oeste.

–Esta gente viene de Europa -dijo Alex-. ¿Cómo crees que consiguieron un helicóptero como ese?

–Tal vez sea de transporte empresarial -contestó Randall-. Pueden haber sobornado al piloto de una empresa para que les diera un paseo con el Ranger de la compañía. Todo el mundo tiene su precio.

–Si es así, son buenas noticias.

–¿Por qué?

–Los terroristas son fanáticamente leales a su jefe, Claude Malloche. Uno de ellos acaba de morir para que él pudiera escapar. Dudo que un piloto de compañía tenga el mismo entusiasmo. Si podemos presionarlo, te apuesto a que da su brazo a torcer.

–Le tienes ganas a este tipo, Malloche, ¿eh?

–Hace cinco años que voy tras él -dijo Alex-. Es responsable de unas quinientas muertes a lo largo de su carrera. Uno de ellos era mi hermano.

Pues sí, le tengo muchas ganas. Pero tampoco quiero morir en el intento… a no ser que sea absolutamente necesario.

–Esperemos que no llegue a eso -dijo Randall-. Y recuérdame que no me entrometa en tu camino.

–¿Rick? – inquirió Gareffa-. Mira esto.

–Bishop, ven a ver -llamó Randall-. Mira este punto. Altitud ciento seis metros, moviéndose hacia el noroeste a ciento diez nudos. A casi ocho kilómetros de distancia. ¿Lo seguimos?

Alex apenas dudó. El cielo en el cual tenían que realizar su búsqueda era vasto y se hacía cada vez más grande. Además, había caído la noche.

–Lo seguimos -respondió.

–Bien. Agente Ken, comienza a preparar tus juguetes.

–No lo digas dos veces -contestó Barnes.

Desenvolvió una ametralladora para él y otra para Alex.

–Una MP5 -dijo-. Heckler Koch de Alemania. Los mejores fabricantes de armas del mundo. ¿La has disparado alguna vez?

–De hecho, son las que se usan en la agencia. Mis disparos no son sublimes, pero conozco el arma.

–Con eso es suficiente. Solo la usaremos si es necesario.

–Cuatro kilómetros, nos vamos acercando -dijo Randall.

–¿Podéis alcanzarlos con la radio?

–Podemos intentarlo, pero no lo recomendaría hasta que estemos viéndoles el culo.

–De acuerdo. Estoy muy preocupado por la doctora que llevan con ellos.

Tenemos que encontrar una manera de hacerlos bajar sin tener que hacerlos pedazos.

–Coge la Heckler Koch -dijo Barnes.

–¿Sabes cómo no dar al objetivo con eso?

–Va en contra de mi naturaleza, pero lo puedo intentar.

–Un kilómetro y medio -anunció Randall-. Setecientos metros -dijo un minuto después-. Esperemos que sean ellos. No se están comportando como si supieran que estamos aquí. Voy a esperar hasta verlos con claridad y estableceré contacto. Si no son ellos, puede que hayamos perdido nuestra oportunidad.

Estaban sobre una zona escasamente poblada, avanzando a 145 nudos. Un minuto después los vieron. La silueta oscura se recortaba contra el cielo negro azulado y borraba las luces de tierra al pasar sobre ellas.

–Parece un Ranger -dijo Gareffa-. No hay luz en la cabina. Eso es una buena señal, puede que sean ellos.

Ahora los separaban menos de cien metros. Randall hizo varios intentos de alcanzarlos por radio.

–Otra buena señal -dijo-. Creo que los tenemos.

–No hasta que estén en tierra sanos y a salvo -añadió Alex-. Podría producirse un tiroteo. ¿Merece la pena alertar a la policía estatal de Maine?

–Lo haré.

–No creo que les vaya a interesar tontear con estas MP5 -dijo Barnes.

–No te confundas. Pueden estar mejor armados que nosotros.

Ya no había más de veinte metros de distancia entre ellos, estaban detrás del Ranger justo a la derecha.

–Ilumínalos, Jirafa -ordenó Randall.

El foco iluminó la ventana de pasajeros. Randall estaba seguro de que el piloto y el helicóptero habían sido comprados. El helicóptero tenía el nombre y el logotipo de la compañía Saito Industries en un lado. Intentó de nuevo llamar al piloto por radio. Ahora los dos helicópteros estaban a menos de veinte metros, atravesando la noche a 125 nudos. Randall conducía el Aeroespatial con la habilidad de un director de orquesta, adelantando poco a poco al Ranger. Alex esforzó la vista para mirar en su interior. Vio una mujer en el asiento delantero de pasajeros. ¡Grace!

–La mujer que va en ese asiento es una de ellos -dijo-. Creo que está apuntando al piloto.

Ken Barnes colocó su ametralladora en posición.

–Puedo darles una ráfaga de aviso de frente o atravesarle la cabeza.

–¡No! – contestó Alex-. Ya sé que eres bueno, pero no quiero que le pase nada al piloto. Vamos a mandarle un mensaje.

Ahora podía ver a Grace y al piloto, pero a nadie en la parte de atrás. Se veía claramente que ella llevaba una pistola.

–Cuando quieras, agente -dijo Randall.

–¿Qué tal ahora?

La ametralladora disparó durante cinco segundos. El Ranger reaccionó girando hacia la izquierda.

–¡Aterriza ahora mismo! – ordenó Randall por el altavoz.

Después niveló al Aero para estar al lado de la nueva posición del Ranger y repitió la orden con un volumen como para despertar a la mitad del Estado.

Barnes puntualizó la orden con otra ráfaga de cinco segundos. Alex observó que había discordia en la cabina del Ranger. El piloto sacudía la cabeza.

Grace movía su pistola con gesto amenazante.

–No podemos seguir haciendo esto indefinidamente -exclamó Randall-. Sé que puedo ponerme muy cerca de él, pero no me fío del piloto. ¿Puedes disparar a través de la ventana sin causar ningún daño?

–No creo -contestó Barnes-. Pero seguro que puedo disparar algunas balas alrededor de la puerta.

–Recuerda mantenerte alejado del pasajero y del piloto -insistió Alex.

Barnes estaba más que capacitado. La HK soltó otra ráfaga de disparos.

Saltaron chispas y el Ranger giró hacia la izquierda. Para el piloto de Saito Industries, esos disparos fueron la gota que colmó el vaso. El Ranger redujo la velocidad y comenzó a descender.

–Tras ellos -dijo Alex.

–Prepara tu arma, amigo. Rick, Jirafa, ahí va un MP5 para vosotros.

–Al líder le acaban de extirpar un tumor del cerebro -explicó Alex-. No creo que esté en condiciones de luchar o salir corriendo. Pero por si acaso, mantén la distancia y deja que saltemos Barnes y yo. No nos sigáis hasta que no estéis seguros de que no va a despegar de nuevo.

El Ranger aterrizó en un campo de heno. Randall descendió y paró a unos veinte metros del Ranger y mantuvo el foco apuntando hacia la puerta lateral del helicóptero. Alex y Barnes saltaron, rodaron por el suelo y corrieron agachados por la hierba. Se separaron al llegar a la cola del Ranger y se tumbaron uno a cada lado del aparato. Las hélices pararon poco a poco. En cuanto dejaron de moverse, Randall y Gareffa se colocaron en posición, uno a cada lado.

–¡Salgan con las manos en alto! – gritó Alex-. ¡Vamos, rápido!

El corazón le palpitaba como si se le quisiera salir del pecho. Cinco años…

ahora iba a ver el fin. Esta vez de verdad.

–Prepárate -le dijo a Randall-. Puede que salgan usando a la neurocirujana de escudo.

–¿Qué quieres hacer entonces?

–¿Recuerdas lo que dije sobre ser capaz de morir por atrapar a Malloche?

–Sí.

–Bien, pues lo mismo haría por salvar a la doctora. ¡Rápido! – gritó hacia el helicóptero-. De uno en uno.

La puerta del Ranger se abrió. El piloto saltó con las manos sobre la cabeza.