El paciente
Capítulo 38
forma que el hombre de Malloche no se dé cuenta. ¡Maldita sea! Ojalá tuviéramos alguna pista sobre su apariencia.
Mientras Alex hablaba, casi sin pensar había metido la mano en el bolsillo de atrás. El papel que Emily le había dado en el quirófano seguía ahí. La hoja era un registro de anestesia. En la parte superior de la página había un boceto a lápiz de la cara de un hombre bastante bien hecho. Bajo él, Emily había escrito:
Hombre blanco, delgado, metro noventa, pelo corto castaño claro, ojos azules, nariz rota y torcida, su nombre puede ser Stefan.
Alex estudió el papel y se lo pasó a Moyer. Emily había hecho el dibujo en el quirófano mientras hacía como si estuviera trabajando con la anestesista.
Si Grace o Derrick se hubieran dado cuenta habría tenido terribles consecuencias.
–La enfermera de Jessie arriesgó su vida por esto -dijo-. Tiene que ser el tipo de Malloche que está fuera. Eso me da una idea.
–Veo por dónde vas. Estamos contigo -respondió Holcroft.
38
Los llevaban a punta de pistola a la planta séptima en dos grupos. Primero, Grace llevó a la técnica de consola Holly, al radiólogo Hans Pfeffer, a Skip Porter, al celador, a la enfermera auxiliar y a Emily. Cuando volvió el ascensor, Jessie y Michelle Booker subieron con Malloche en una camilla y con Armand. El joven asesino parecía alterado y no bajaba su pistola.
–¿Cómo está mi paciente de la treinta y siete? – le preguntó Jessie al acercarse al ascensor.
Armand la miró inexpresivamente y le indicó con la pistola que entrara.
–¡Dios! – exclamó Jessie-. Acabo de salvar la vida de tu jefe. Lo mínimo que puedes hacer es contestar a mi pregunta. ¿Me entiendes?
–Habla inglés -dijo Malloche con voz ronca, pero con sorprendente fuerza y claridad-. Es solo que no le gusta.
Desde que se había despertado de la anestesia sus respuestas habían sido vagas y monosilábicas. Su condición mejoraba claramente. Le habló a Armand en francés y recibió una respuesta lacónica.
–Armand dice que tu paciente está vivo -dijo Malloche-. Pero no puede decir mucho sobre su condición. El hecho de que yo esté así de despierto y lúcido, y que aún tengamos que ir a la planta, significa que las cosas han ido bien, ¿no?
–Supongo que lo puede ver así -respondió Jessie-. Lo crea o no, hace unos minutos le dije que la operación ha sido un éxito total. Pasará un rato antes de que la información se deposite en su memoria. De hecho, ha estado bastante despierto durante un buen rato de la operación. – Luego añadió, con el corazón palpitante-: ¿Se acuerda de algo?
–¿Si recuerdo algo? La verdad es que no. Me acuerdo que me llevaban a un ascensor y después por el pasillo hasta el quirófano. Lo siguiente que recuerdo es que me traían de vuelta.
Jessie suspiró de alivio. Por lo visto ni Malloche ni Grace tenían idea de quién era el doctor Mark Naehring ni por qué estaba en el quirófano, o en el caso de Grace, por qué Derrick se había enfrentado a él y lo había perseguido. Jessie sospechaba que pronto, muy pronto, le iban a comenzar a pedir explicaciones. Y cualesquiera que fueran sus respuestas, sería mejor
que sonaran verdaderas.
Michelle Booker había estado observando y escuchando en silencio. Jessie se acercó a ella y le cogió la mano.
–Espera un poco, Michelle. Te explicaré todo en cuanto pueda.
–Quieres decir cuando te demos permiso -le corrigió Malloche.
–Trate bien a esta mujer -dijo Booker resueltamente-. Acaba de realizarle una operación que ningún neurocirujano podría haber hecho mejor.
–Contaba con eso.
Arlette estaba allí cuando llegó el ascensor. Le cogió la mano a su marido y le dio un beso en los labios. Después miró a Jessie.
–Tiene muy buen aspecto. Parece que la operación fue bien.
–Por el momento, sí. Pero en el posoperatorio puede pasar de todo. Mi paciente Sara Devereau es el ejemplo perfecto. ¿Cómo está?
–¿Qué hacemos ahora por mi marido? – respondió Arlette, pasando por alto descaradamente su pregunta.
La batalla entre ellas había comenzado de nuevo. Después de casi siete horas en el quirófano, Jessie no estaba de humor para ceder.
–Le he hecho una simple pregunta -le dijo.
–Yo también.
–Díselo, Arlette -dijo débilmente Malloche-. Dile lo que quiere saber.
–Muy bien. El doctor Gilbride ha estado con su paciente desde que se fue.
Está despierta y parece responder, el doctor está muy satisfecho.
–¡Oh, gracias a Dios! Quiero verla.
–Mi marido… -Arlette repitió fríamente.
–Bien. La operación ha sido, debo decirlo, un éxito rotundo. Pudimos extirpar un noventa y cinco por ciento del tumor.
–¿Dejaron una parte dentro?
Jessie dudó, preguntándose qué pasaría si explicara que el motivo por el cual no pudo extirpar todo el tumor fue porque Derrick, el tipo de Arlette, había matado al experto en ordenadores y destruido su equipo. Decidió que no era un buen momento.
–Lo poco que dejé probablemente nunca va a causar problemas. De hecho, el flujo de sangre que llegaba a ese fragmento ha sido interrumpido de forma que las células morirán por sí solas.
–Siga. ¿Qué nos podemos esperar ahora?
–Bueno, los ataques pueden ser un problema. Por esta razón, le hemos medicado con una droga que ya ha tomado anteriormente. Mi enfermera, la que raptó su gente, debería permanecer con él continuamente por el momento para administrarle medicación y controlar sus constantes vitales.
Las infecciones son frecuentes en el posoperatorio. También cabe la posibilidad de una subida de presión, como le ocurrió a mi paciente.
–¿Eso podría ocurrir tan pronto?
–Sí, o incluso varios días después de la operación. No hay forma de predecir si puede surgir esta complicación ni cuándo. ¿Puedo ir a ver a Sara Devereau ahora?
–Primero instale a Claude con su enfermera. Luego podrá ir a ver a esa Devereau. Y después, doctora, usted y yo tenemos cosas serias que discutir.
–¿Qué cosas? – preguntó Malloche adormilado.
Arlette le besó la frente y le habló en alemán de manera tranquilizadora.
Aparentemente satisfecho con lo que le dijo, Claude cerró los ojos, obviamente agotado. Bajo la mirada atenta de Arlette, Jessie y Booker transportaron a Malloche a la desierta UVI. Después, mientras lo transferían a una cama y lo conectaban a un monitor, Arlette y Grace salieron al pasillo. Jessie no dudaba en absoluto cuál era su tema de conversación. Se le estaba acabando el tiempo para formular una explicación coherente.
Un examen neurológico exhaustivo de Malloche verificó lo que Jessie ya había sospechado. ARTIE había extirpado la mayor parte de un extenso meningioma de difícil alcance sin causar daño neurológico serio. Se dio cuenta con ironía de que el pequeño robot y el sistema de guía de las imágenes de resonancia magnética habían hecho bien su trabajo dentro del cráneo de un demonio. Estaba terminando cuando entró Emily.
–Sara está completamente despierta -dijo muy excitada.
–¿Habla?
–No está lista para un debate social, pero transmite claramente sus necesidades. Menudo día el tuyo, Jess.
–¿Carl está aún con ella?
–Está como un hombre que tiene una misión que cumplir.
–Alguien debería haberle golpeado con un arma en la cara hace tiempo.
–Amén -contestó Emily.
Jessie revisó el estado y la medicación de Malloche exhaustivamente.
–Entre tú, yo, Michelle y las enfermeras podemos mantenerle controlado
constantemente.
Arlette y Grace volvieron a entrar en la habitación. No parecían estar muy contentas. Hasta ese momento Michelle Booker había estado callada. Pero ahora su exasperación se hizo visible.
–¿Podría alguien decirme qué diablos está pasando? – exclamó-. Hace media hora que acabé el turno, y mis hijos me esperan en casa. Tengo que salir de aquí.
–No creo que vaya a ser posible -dijo Jessie.
Arlette asintió con la cabeza, y Jessie le hizo un resumen de la situación. La expresión de Michelle, cada vez más asombrada y temerosa, sugería que la realidad de la situación de la planta séptima era mucho más peligrosa que lo que ella hubiese imaginado.
–¡Dios mío! – fue todo lo que pudo murmurar una vez que Jessie hubo terminado.
Arlette las condujo hacia el pasillo, y después a la pequeña sala de reuniones. Llevaba su ametralladora colgada del hombro y una pistola de cañón grueso en el cinturón. Era la primera vez, según recordaba Jessie, que no llevaba maquillaje. Su piel de porcelana era tersa, pero los labios estaban pálidos, y los ojos parecían hundidos.
«¿Cansancio? ¿Tensión? ¿Ira?», se preguntaba Jessie. Las tres cosas, tal vez. Ciertamente daba la impresión que el esfuerzo de llevar a cabo el espectáculo ella sola comenzaba a cansarla.
–Doctora Booker -dijo Arlette cuando llegaron a la sala de conferencias-,
¿sabe algo de lo que sucedió abajo en el quirófano?
–Nada más lo que vi -contestó Booker.
–Me gustaría que me dijera exactamente qué es lo que vio. Pero primero,
doctora Copeland, ¿por qué no se acerca a ver cómo está su paciente? La mandaré a buscar cuando esté lista. No tardaré.
Jessie sabía que Arlette haría que Booker le contara la operación de su marido paso a paso hasta el momento en que Mark Naehring entró en el quirófano. Entonces, las preguntas se harían más y más detalladas hasta que Arlette tuviera una imagen clara de lo que la anestesista había visto.
Después la versión de Booker, con todos sus detalles, sería comparada con la de Jessie.
«Solo te pido que no mientas, Michelle -rogó Jessie en silencio-. No te la juegues con esta mujer. Dile lo que viste.»
–Estaré en el pasillo -dijo, con la mirada fija en Booker, urgiéndole que fuera fuerte.
Seguida por Armand, Jessie se apresuró hacia la habitación de Sara. Su paciente y amiga estaba efectivamente despierta y sentada mientras sorbía un zumo. El desvío que Jessie había puesto a través de la perforación había sido suturado cuidadosamente y conectado a un drenaje. Carl Gilbride estaba ajustando la válvula que controlaba la salida de flujo.
–Uf -dijo Jessie-. Una isla de tranquilidad en un mar de locura. ¿Cómo estás, Sara?
–Nooo… tan… mal. El tubo… de la… cabeza.
–Ya lo sé. Lo sé. – Jessie la abrazó-. No te preocupes. Si es necesario conservar el tubo para mantener la presión baja, te lo pondremos bajo la piel. ¿Comprendes?
–Sí.
–El drenaje se estaba cayendo así es que lo he colocado bien -dijo Gilbride.
A Jessie le sonó su voz como la de un niño de cuatro años que anuncia que
ha recogido sus juguetes.
–Hiciste bien, Carl -contestó Jessie-. No habría salido adelante sin ti.
–¿Cómo fue la operación?
–ARTIE funcionó bien. Malloche está despierto y aparentemente sin problemas neurológicos.
–¿Eso quiere decir que vamos a salir de esta?
–No me lo preguntes a mí, Carl -dijo.
Bajó la voz para que Armand no la pudiera oír.
–Algo pasó durante la operación que no fue del agrado de Arlette. Uno de sus tipos, ese rubio alto, se fue a perseguir a alguien y no ha vuelto.
–¿Persiguiendo a quién?
–No lo sé. Hablaremos más tarde. Mientras, sigue cuidando a Sara. ¿Cómo están los demás de la planta?
–Yo… ejem… no he pasado a verlos. Creí que eso es lo que querías que hiciera.
Gilbride parecía casi perdido cuando no recibía órdenes claras.
–Así era, Carl -dijo.
–¿Doctora Copeland?
Arlette Malloche estaba en el umbral de la puerta. Sus mejillas estaban rojas de ira.
–¿Sí?
–Quiero que venga conmigo.
–Me gustaría visitar a los otros pacientes.
Arlette agarró la pistola de su cinturón sin sacarla.
–¡Ahora! – exigió.
Jessie respiró con calma. Aquel era el momento que temía desde que se había dado cuenta de que Derrick no había vuelto a la planta. Nunca había sido una buena actriz, tampoco una buena mentirosa. Pero había llegado el momento de ser las dos cosas. Tenía que creer que Alex había conseguido escapar de Derrick. Necesitaría algo de tiempo para localizar los frascos de soman y desactivarlos. En el momento en que Arlette sospechara que habían descubierto los emplazamientos, estaba claro que detonaría uno o más de los aparatos. Arlette podría presionarla todo lo que quisiese, pero ella no le daría esa información.
–Aguanta, Sara -dijo Jessie-. Tú también, Carl. Lo estás haciendo muy bien.
Arlette la llevó a la sala de reuniones, la hizo sentarse y cerró la puerta.
–Imagino que sabe lo que quiero saber -le dijo.
–El hombre que vino al quirófano.
–Precisamente. Le advierto antes que tengo una versión de la historia de su amiga anestesista. Si existe la más mínima diferencia entre las dos versiones, la mataré delante de usted.
Jessie respiró profundamente y se humedeció los labios.
«Más te vale hacerlo bien, Copeland», pensaba. Había ideado un esquema básico de lo que pudiera decirle a Arlette para que coincidiera con la versión que podía haberle contado Booker. El problema sería si Arlette
pedía una confirmación a Gilbride. Debía dejarlo fuera del asunto. Estaba a punto de dar su versión cuando se acordó de algo que Alex había dicho sobre Gilbride dándole la clave que necesitaba.
–No sé tanto como supone -comenzó a decir.
–No me lo creo.
–Mejor será que lo haga. No quiero que se haga daño a nadie.
–Continúe.
–Toda la historia comenzó con esa mujer del FBI, Lisa, a la que su marido disparó. No sé cómo pero de alguna manera sabían que Claude estaba en Estados Unidos buscando un neurocirujano. El Centro Médico Eastern Mass era uno más de los hospitales en consideración. No sé cuántos más había. Lisa era el agente asignado y andaba siempre por aquí. Estaba segura de que Rolf Hermann era Claude, pero no se fiaba lo bastante del doctor Gilbride como para decírselo. Dijo que había hecho una investigación sobre Carl y que pensaba que era muy posible que usted lo hubiese pagado. Ella solo hablaba conmigo. Cuando estaba claro que Hermann iba a morir, organizó a agentes del FBI para que tomaran la planta y la capturaran a usted junto con los supuestos hijos del conde.
–Pero entonces su doctor Gilbride lo estropeó todo al perder la paciencia y hacer que la agente se identificara antes de lo previsto.
–Exactamente. Ella me había dado un número para llamar en caso de problemas, pero no pude usarlo hasta que Dave Scolari, el hombre en la habitación siete diecisiete con el cuello roto, tuvo aquel ataque. Durante la conmoción, aproveché para ir a la sala de reuniones y usar el único teléfono que habían dejado conectado. La conversación con el FBI duró un minuto y luego tuve que colgar. Me dijeron que preparara la entrada de los agentes en el quirófano. Les dije que tenían que usar el nombre de Mark Naehring.
Arlette le hizo un gesto a Jessie para interrumpirla y así procesar la historia
por si encontraba incoherencias.
–Bien -dijo finalmente-, ¿qué pasó luego?
Jessie aflojó la mano con la que agarraba firmemente el brazo de su silla.
Estaba improvisando, dando palos de ciego. Pero por el momento su historia parecía estar colando.
–Inventé que el doctor Naehring vendría al quirófano para ayudarme con parte del caso. Es un psicofarmacólogo, trabaja con el tipo de medicamentos que usamos con pacientes que permanecen despiertos durante operaciones de cerebro. Pensé que su ayuda tendría cierto sentido, al menos mientras no intentaran hablar con él.
–Muy lista. Sigue.
–La noche anterior a la operación se lo comenté a la doctora Booker cuando estaba haciendo el preoperatorio físico de su marido.
–Me acuerdo.
–No estaba segura de que fuera a llegar alguien, pero justo en mitad de la operación vino alguien del FBI. Nos pudimos comunicar susurrando a través de los micrófonos. Debido a la postura de los imanes del quirófano, tanto Derrick como Grace quedaban tapados por nuestros cuerpos.
–¿Qué quería ese agente?
–Quería matar a su marido, a sus dos colaboradores y luego subir a la planta séptima a matarla a usted.
–Y…
–Tuve que contarle lo del soman, que estaba escondido en alguna parte de la ciudad, que lo dejarían escapar en una zona llena de gente si algo le pasaba a Claude. También le conté que había visto cómo había acabado con
la gente del laboratorio de microbiología.
–Bien hecho. ¿Qué hizo después?
Jessie volvió a agarrarse a la silla. Este capítulo, el más atrevido de la historia, tenía que ser totalmente creíble… y desviar su atención.
–Dijo que tenía un pequeño transmisor en el vestuario y quería que yo lo insertara en la cabeza de su marido.
–Vaya, vaya -interrumpió.
–Le dije que el transmisor no podría entrar al quirófano de imágenes de resonancia magnética debido a los imanes. Estos lo destruirían y dañaría la máquina. Discutió conmigo e insistió en que debía de haber alguna manera, pero yo le dije que no la había.
–¿Luego se fue?
–Sí. Me preguntó cuántos rehenes había en la planta séptima y si había algún herido. Dijo que el FBI haría algo y que nadie correría más peligro del que ya había. Después se fue. Unos segundos más tarde oí a Derrick que le ordenaba bajarse la máscara. Luego hubo disparos. Los vi partir y terminé la operación.
Durante un minuto Arlette le estudió la cara, examinándola. Jessie se esforzó por mantenerle la mirada.
–Está segura de que saben lo del soman -dijo Arlette finalmente.
–Lo siento… yo. No sabía qué otra cosa le podía decir más que la verdad.
–Hizo bien. Quería que lo supieran. De hecho, estaba pensando hacerles una demostración.
–¡No!… Quiero decir, por favor, no. Mientras solo sea una amenaza, el FBI
mantendrá las distancias, pero una vez que el gas sea usado, harán todo lo necesario para atraparlos. Pregúntele a su marido si no me cree. No hay necesidad de una demostración.
–Ya veremos -contestó Arlette.
Pero Jessie se daba cuenta de que había comprendido. Otra vez, sus manos soltaron los brazos de roble de la silla.
–¿Podría ir a ver a mis pacientes, por favor? – preguntó.
Arlette puso la mano en la pistola.
–No la creo -sentenció.
A Jessie se le hizo un nudo en el estómago.
–Pues todo lo que he dicho es exactamente como pasó.
–Ya lo veremos.
«Por favor. Por favor, no hagáis daño a nadie.»
–Esa mujer que trajo Grace del quirófano, es radióloga ¿no? – preguntó Arlette.
–Sí -respondió, repentinamente aterrorizada por Holly-. ¿Por qué?
–Voy a hacer que vaya con Grace a traer una máquina de rayos X portátil.
–¿Para qué?
–Quiero que se haga una imagen de la cabeza de Claude. Sabía que una de las primeras cosas que pensaría yo era que el tipo del FBI querría insertar un transmisor en la cabeza de Claude. Es el tipo de cosas que hacen. Así que pensó que diciéndome que se lo habían pedido, hubiera creído que no
lo hizo. Creo que me está subestimando. Lo hizo, ¿verdad?
El nudo se aflojó. Jessie tuvo que apretar los labios para no reírse. Casi había rechazado la idea del transmisor implantado porque le parecía demasiado fuerte.
–Créame -dijo convencida-, no hice más que extirpar el tumor.
–Veremos. Creo que entre Grace, Claude y yo seremos capaces de encontrar el dispositivo usando los rayos X. Tal como están las cosas, la llamada al FBI ha causado muchas complicaciones. Pero como se portó bien en el quirófano, la dejaré tranquila. Siempre y cuando no me entere de que está mintiendo.
–No estoy mintiendo -reclamó Jessie tal vez demasiado rápido.
Otra vez, Arlette la miró buscando en su cara señales de engaño.
–¿Cuándo cree que Claude estará listo para viajar? – le preguntó.
–¿Quiere decir viajar sin riesgo?
–No. Quiero decir lo más pronto que podamos viajar. No hace falta sentarlo, lo podemos llevar en la camilla.
–Es difícil de decir, porque es la primera vez que opero con el robot.
Imagino que un día. Sería mejor dos o tres. Como vio en Sara Devereau, pueden pasar muchas cosas.
–Por eso usted viene con nosotros.
–¿Qué?
–Armand le va a dar una bolsa de deportes. Quiero que la llene con todos los medicamentos y utensilios que pueden hacer falta en caso de que mi marido los necesite.