El paciente
Capítulo 18
–Fuera -ordenó Orlis Hermann-. Fuera de aquí ahora mismo.
Jessie salió furiosa de la habitación, dejó una nota para Sanjay, el anestesista, explicándole que su caso para la tarde siguiente había cambiado, y se dirigió a toda prisa hacia su coche. Se propuso que por nada del mundo Orlis iba a arruinarle un día que había sido maravilloso. Con algo de suerte, solo tendría que calentar un poquito el agua de la bañera.
Cuando estaba en el aparcamiento, justo delante de la caseta del vigilante, se dio cuenta que se había dejado el bolso en la silla de su consulta.
–Perdone, pero no puede dejar aquí el coche -le dijo el somnoliento vigilante cuando intentó aparcar a un lado.
Cansada de conflictos giró y por fin pudo estacionar en la plaza que acababa de abandonar. Fue en ascensor hasta la planta séptima, y cuando llegó a su consulta metió la llave en la cerradura y abrió. Mientras buscaba el interruptor de la luz, una mano fuerte la agarró por la muñeca y la obligó a entrar. En el mismo instante, con la otra mano le tapó la boca con firmeza.
18
Incluso antes de escuchar su voz, Jessie sabía que era Alex.
–Jessie, soy yo -susurró-. Te voy a soltar. Prométeme que no gritarás… ¿Me lo prometes?
Ella asintió con la cabeza. Entonces disminuyó la fuerza con la que la estaba sujetando hasta quedar completamente liberada. Jessie se volvió, frotándose la boca, y lo fulminó con la mirada a través de la poca luz que las cortinas dejaban entrar. Se sentía como si la hubieran apuñalado.
–Sabía que eras demasiado bueno para ser verdad -dijo.
–Lo siento.
–¿Puedo encender la luz?
–¿Y si encendemos la lámpara de tu escritorio?
Jessie dio al interruptor y fue rápidamente a su sillón antes de que él pudiera detenerla u oponerse.
–¿También eras tú el que estuvo aquí hace un rato? – dijo.
–Por pura casualidad miré por la ventana justo cuando paraste en la acera.
No estaba seguro, pero me pareció que eras tú.
Jessie apretó los labios fuertemente hasta que estuvo segura de que no iba a llorar o a gritar. De manera absurda, recordó la bañera del piso, el té y las velas. Alex, sentado con los brazos cruzados, esperaba. Por lo menos no había nada petulante en su expresión, pensó Jessie. Por lo menos, no hubo por parte de él la torpe y típica reacción refleja de inventar alguna explicación poco convincente que justificara por qué había entrado dos veces en su consulta.
–Bien -consiguió decir finalmente-, no me has matado, de modo que supongo que me vas a contar algún tipo de historia para convencerme de que no eres solo un fisgón de poca monta, o un ladrón, o un pervertido, algo como que eres un poli camuflado trabajando en un caso.
Sonrió incómodo.
–La verdad es que soy de la CIA.
–¿Ajá?
–Bueno, un tipo de CIA.
–¿Un tipo?
–Nos paga la CIA, pero trabajamos de manera bastante independiente.
Debería decir funcionábamos. Nos desmembraron y a los que quedamos vivos nos apartaron del servicio.
–¿Nos?
–Imagino que nos llamarías grupo antiterrorista.
–¿Tu «grupo» se llamaba algo así como ESPECTRO o SMERSH?
–No. No tenía nombre.
–¿Identificación?
–No.
–¿Número de teléfono?
–Realmente no. Hay un tipo en Langley que probablemente respondería por mí, pero ahora está de vacaciones.
–De vacaciones… Alex, ¿qué hacías en mi consulta?
–Te lo contaré, pero quiero tu promesa de que me otorgarás el beneficio de la duda.
–¿Beneficio de la duda? Hasta que no escuche una explicación razonable de lo que hacías, no te prometo que te daré el beneficio de nada.
Él se quedó estudiándola un tiempo, después suspiró.
–Estaba a punto de revisar los historiales de tus pacientes -dijo.
–Por supuesto. Irrumpiste en mi consulta para registrar los historiales de mis pacientes. ¿Algo más? Debí de haber imaginado eso enseguida. Qué estúpida fui. – Jessie se sintió menos tensa.
–Desearía que no te sintieras así -dijo.
–Lo que voy a hacer dentro de diez segundos es llamar a la policía.
–Si crees que es eso lo que debes hacer, yo no te lo impediré.
–¿Es algún tipo de farol? ¿Piensas que si me dices que no te importa que llame a la policía, no lo haré?
–No. No es un farol. Escucha, si salgo a buscar algo de mi taquilla,
¿esperarás a que vuelva?
–¿Vas a desaparecer?
–No.
–¡Mírame! ¿Te vas a largar?
–Jessie, eso es lo último que haría. ¿Esperarás? Hay vidas en juego.
–Caramba, qué gran drama. Vete. Esperaré. Pero antes de que te vayas, quiero decirte que siento que me has estado usando, por cualquiera que sea el ridículo motivo. Y no me gusta nada esta sensación. Así que mejor será que traigas algo interesante de tu taquilla, o ni siquiera te molestes en hacerlo.
Bishop se levantó despacio, y sin apartar los ojos de los de ella, salió de la consulta. Jessie se quedó sentada, mirando el elegante pisapapeles que le había regalado Emily en Navidad, demasiado perpleja y decepcionada como para moverse. Sabía que no había nada que Alex le pudiera decir que borrase la herida. Pensó en marcharse, irse a casa y meterse en la cama. Si
se quedaba y Alex no volvía sería un alivio. Si regresaba, de todos modos lo más probable es que no creyese nada de lo que le dijese. Entonces, ¿por qué no irse?
«¡Mierda!»
Las taquillas de los empleados estaban en el subsótano. Jessie cronometró cinco minutos, y estaba a punto de largarse cuando Bishop volvió con un gran sobre de papel manila. Pareció aliviado de verla aún allí.
Se sentó, y se puso con cuidado el sobre en el regazo.
–Lo que te dije antes es cierto. Durante años he trabajado en la clandestinidad para una rama de la CIA. Sobre todo en Europa.
–Continúa -dijo ella, interesada en su historia, aunque poco dispuesta a creerla.
–¿Has oído alguna vez hablar de Claude Malloche?
–No.
–No es extraño. Poca gente lo conoce. De hecho, en algunos sitios se le conoce como La Niebla, o algo equivalente, sugiriendo que en realidad no existe. Pero sí existe. Se gana la vida asesinando. A un primer ministro, o a un avión lleno de turistas, no le importa a quién mientras el precio sea bueno. Es francés de nacimiento, pero va y viene por Alemania, los Balcanes, o Rusia. Tiene casas por todas partes. Tengo mis razones para pensar que él o sus secuaces han matado a más de quinientas personas, si contamos la explosión del avión sobre Atenas hace cinco años, y el de las islas Canarias de hace dos.
–Pensaba que se había culpado a terroristas árabes del atentado de Atenas -
dijo Jessie, enfadada consigo misma por participar en su cuento chino.
–El dinero era árabe, y uno de sus grupos disidentes se atribuyó la autoría,
igual que el desastre de las islas Canarias. Pero Malloche voló ambos aviones para esos grupos. Los separatistas argelinos se atribuyeron la autoría. Estoy seguro de ello.
–¿Y por qué estás tan seguro?
–Porque durante cinco años lo único que he hecho ha sido seguir la pista a Malloche.
–Perdóname por constatar lo obvio -dijo Jessie-, pero parece que no eres muy bueno en tu trabajo.
Bishop suspiró.
–Desgraciadamente, hay algunas personas importantes en Washington que están de acuerdo con tu opinión -dijo-. De hecho son los mismos que ni siquiera están convencidos de que exista Claude Malloche. Piensan que es producto de la imaginación de la CIA, que usan para explicar cualquier asesinato o atentado que no conseguimos resolver.
–Como Santa Claus, a quien se atribuyen los regalos de Navidad.
–Jessie, tienes todo el derecho de estar furiosa contra mí. Pero, por favor, escúchame hasta el final.
–Sigue.
–Malloche es como el centro de la diana. A su alrededor hay una pequeña organización, que se conoce como La Sombra. Quizá sean diez o doce hombres y mujeres que le son leales hasta la muerte. Son los únicos que alguna vez han contactado con él y aún siguen con vida. Y en torno a ese grupo hay otro círculo de seguidores, mucho más difuso y menos informado, y después otro círculo. Hasta ahora se ha ocultado en una red imposible de penetrar a cierta profundidad. Hemos perdido mucha gente intentándolo. Los que están en el centro no tienen más agenda política que el dinero. El propio Malloche es despiadado, brillante, increíblemente
cuidadoso, y no tiene en absoluto ningún respeto por la vida humana. Es decir, por otras vidas humanas.
–Y tú estás intentando atraparle.
–En estos momentos soy el único que queda de una unidad que estuvo compuesta por seis agentes. Cuatro desaparecieron, y presumiblemente están muertos. El otro está entrenando reclutas. Y yo ya no puedo conseguir más hombres o más dinero para capturar a Malloche.
–Porque esa gente de Washington cree que no existe.
Bishop miró como si fuera a decir algo, en cambio asintió con la cabeza.
–¿Ellos saben que tú existes? – preguntó Jessie.
–Me pidieron que dejara lo que estaba haciendo y que volviera a Virginia para unirme a mi antiguo compañero y ser instructor de los nuevos reclutas de la agencia. Ya llevo casi un mes de retraso. Enviaron a un agente para que me hiciera volver o me matara.
–¿Le mataste?
–Pude hacerlo, pero no lo hice. La próxima vez que me envíen a alguien probablemente me veré obligado a hacerlo.
–Es fantástico oírte decir eso. ¿Realmente no hay un número de teléfono al que pueda llamar para verificar todo esto?
–En realidad no.
–¿Cómo te pagan?
–No creo que lo hagan más. Pero cuando lo hacían, era un proceso muy complicado y enrevesado.
–Por supuesto. Olvida la pregunta. ¿Tienes una foto de ese Malloche?
–Quizá. Tal vez una docena. No hay dos en las que se parezca.
–¿Huellas dactilares?
Bishop negó con la cabeza.
–Quizá -volvió a decir.
–Muy bien, no hay fotos definitivas, ni huellas, ni pruebas de que exista. Ni resguardos de pago que demuestren que tú existas. ¿Qué tiene todo esto que ver conmigo y con mis pacientes?
Bishop extrajo del sobre unas fotografías de veinte por veinticinco centímetros, titubeó, y luego le pasó algunas.
–Son bastante horribles -dijo-, pero después de verte en el quirófano con ese niño, sé que lo soportarás.
Las fotos eran de cadáveres. Un hombre y dos mujeres con batas blancas, otra mujer bastante joven, con ropa de calle. Todos tenían un disparo en el centro de la frente, justo sobre el puente de la nariz.
–Explícate.
–Estas fotos fueron tomadas hace unos tres meses en una clínica donde usaban imágenes de RMN de Estrasburgo, en Francia, justo al lado de la frontera con Alemania. El lugar del disparo es el sello distintivo de Malloche. Es lo único que he descubierto que hace con cierta regularidad.
Mira.
Le pasó otras fotos de distintas víctimas. A todas les habían disparado prácticamente en el mismo lugar.
–Hace dos meses -continuó Bishop-, tuve ocasión de conocer a un hombre
que pertenecía a uno de esos círculos externos de los que te he hablado, uno que no estaba demasiado alejado del centro. Era la oportunidad por la que había estado trabajando durante años. El tipo había sido detenido por la policía de Madrid en relación con un asesinato político realizado allí. Lo tenían grabado en un vídeo de una cámara de seguridad. Ofreció hacer un trato a cambio de que le permitieran desaparecer. Uno de los agentes que le detuvieron me conocía desde hacía años, y cuando descubrió lo que el asesino estaba poniendo sobre la mesa, me llamó inmediatamente.
Básicamente lo que el tipo dijo es que Malloche tenía un tumor cerebral y que estaba buscando a un médico para que le operara.
«Comencé a enviar alertas al FBI de este país, y a sus agencias equivalentes por toda Europa, aunque siempre supe que aparecería aquí en Estados Unidos, o como posibilidades remotas en Italia o Inglaterra.
–¿Por qué estos lugares?
–Dímelo tú.
–Los mejores neurocirujanos, los mejores equipos.
–Con Estados Unidos a la cabeza de todos -dijo sacando otro grupo de fotografías del sobre-. Hace tres semanas y media, un eminente neurocirujano de Iowa fue asesinado en su consulta junto a su secretaria.
–Sylvan Mays. Estaba haciendo la misma investigación en robótica que hacemos nosotros.
–Exacto. ¿Lo conocías?
–Le había oído en algunas conferencias, pero nunca nos conocimos personalmente. Creo que Carl Gilbride le conocía bastante bien.
–Por lo que sabes de Mays, ¿crees que es el tipo de persona que hubiera llamado la atención de Malloche?
–Quizá. Si Malloche realmente existe.
–¿Esto te ayuda a convencerte? Lo conseguí de la policía de Iowa. El del suelo es Sylvan Mays. La que está en el escritorio es la recepcionista.
–Los mismos agujeros de bala.
–Malloche nunca deja los testigos. La esposa de Mays dijo que su marido le había hablado de que iba a ganar mucho dinero, pero no podía decir cómo, y no había dinero extra en ninguna de sus cuentas bancarias. Tengo la impresión de que Mays ya se había puesto de acuerdo con Malloche para llevar a cabo la intervención, y de pronto algo salió mal. Malloche decidió que no confiaba en él, o Mays intentó echarse atrás por algún motivo.
–Parece que fue una mala idea. Bien, Alex, ya he visto suficiente.
–¿Me crees?
–Diablos, no. Y si ese Claude Malloche realmente existe, no tengo ninguna razón para pensar que no seas tú mismo.
–Por Dios, Jessie, te estoy diciendo la verdad. Estoy seguro de que Malloche ha aprendido todo lo que ha podido sobre cirugía robótica y sobre la operación de Marci Sheprow, y ya ha decidido que sea Carl Gilbride quien le opere.
–Entonces, ¿por qué no investigar a Carl?
–He estado haciendo averiguaciones. Tengo la sensación de que Gilbride podría estar dispuesto a hacer cualquier cosa, o cualquier trato, según lo que pudiera sacar. No sé si podría confiar en él. Tampoco tengo tiempo para revisar si ha realizado algún ingreso importante durante las últimas dos semanas, así que solo me puedo fiar de mi instinto. Y mi instinto me dice que Malloche está aquí, o estará aquí muy pronto. Cinco años, Jessie. Cinco años y esta es la mejor oportunidad que he tenido de atrapar al bastardo, quizá sea la última.
–Bien, buena suerte, y buenas noches.
Jessie se puso de pie dispuesta a marcharse.
–Por favor, espera, Jessie. Te he explicado que nuestra unidad perdió a cuatro hombres.
–Sí.
–Bien, dos de ellos fueron asesinados cuando un informante en el que confiábamos nos vendió y la gente de Malloche nos preparó una emboscada. Uno de aquellos hombres era mi hermano mayor, Andy. Yo estaba herido, y él me estaba arrastrando para llevarme a cubierto cuando fue alcanzado por un francotirador de largo alcance justo aquí. – Bishop señaló un punto justo encima de su nariz-. Su asesino disparó a casi ochocientos metros. Malloche es una de las pocas personas en el mundo que pueden conseguir hacer esa diana.
–Si eso es verdad -dijo Jessie-, lo siento. Sinceramente. Ahora me tengo que ir a casa.
–¡Espera! Maldición, Jessie, por favor. Necesito tu ayuda. Es mi última oportunidad. No voy a rendirme y a marcharme a enseñar a esa escuela de agentes secretos. La agencia no me dejará en paz. Y si mato a alguno de sus hombres, simplemente enviarán a uno mejor.
–Creo que debes rendirte.
–Con Mays muerto, este parece el lugar obvio al que vendrá Malloche.
Especialmente después de que Gilbride consiguió tanta publicidad al operar a la gimnasta. Sin embargo, hasta ahora no he sido capaz de descubrir si Malloche está o no aquí. Desde que llegué, he estado sacando huellas dactilares de casi cada hombre que llegaba nuevo al servicio de neurocirugía. Las he enviado a la Interpol, y hoy las he llevado a Washington para compararlas con cada una de las dos o tres docenas de
huellas posibles de Malloche que he ido consiguiendo a lo largo de los años.
~¿Y?
–Nada. Tengo que saber más de cada uno de los pacientes. Y cuando determine cuál es Malloche, quizá necesite ayuda para capturarlo. Hay demasiados escépticos. Le necesito vivo. Pero incluso muerto, podría identificarlo.
–¿Qué quieres decir?
–El testigo de España, el que me contó lo del tumor de Malloche.
–Su nombre es Cardoza. Dice que ha visto a Malloche varias veces. Miró todas las fotos que le enseñé, pero no me quiso decir cuál pertenecía al verdadero Malloche. Quería que hiciéramos un trato por el cual se le proporcionaba un pasaje para él y su familia para que salieran de España, y suficiente dinero para que pudieran establecerse donde quisieran.
–¿Por qué no aceptaste el trato?
–¿Cómo podía confiar en él? Todavía estaba en la cárcel. Podía haberme señalado a cualquiera.
–Pero ¿ahora confías en él?
–Así es. Parece ser que Malloche descubrió que Cardoza había hablado con nosotros. Hace unas semanas pusieron una bomba en su piso. Y como te conté, él estaba encarcelado, pero su mujer y su hijo no tuvieron esa suerte.
La policía de Madrid lo tiene ahora en un lugar seguro. Lo trasladan de un sitio a otro. Pero a Malloche le sale el dinero por las orejas, así que es solo cuestión de tiempo que alguien encargado de su seguridad sea sobornado y lo venda. Le ofrecieron sacarlo del país por el tiempo que fuera necesario, pero no quiso. Solo quiere ver a Malloche muerto.
–¿Y qué hay de las fotos, entonces?
–Cardoza descartó una docena o así, pero una es posible que sí lo sea. Es todo lo que ha podido hacer. La posible está tan borrosa que podría ser cualquiera. En cuanto tenga una sospecha segura, Cardoza vendrá.
–Esto es una locura. ¿Estás llevando todo el caso tú solo?
–Tengo ayuda del FBI local. No mucha, solo un poco.
–Entonces, ¿quién mató a la esposa de Cardoza y a sus hijos?
–¿Qué?
–Si Malloche es tan bueno haciendo su trabajo como dices, es difícil de creer que no haya matado también a Cardoza. Y si toda tu fantasmagórica historia es cierta, podría parecer que el que más ganaría poniendo una bomba a su familia en Madrid eres tú.
Bishop la miró con genuina admiración.
–Sabes -dijo-, si hubiera pensado hacerlo, podría haberlo hecho. Pero no lo hice.
–¿Matar a una mujer y a unos niños inocentes? – dijo Jessie-. ¡Qué noble!
–Te he dicho que no lo hice -replicó Bishop-, pero ya te he explicado todo lo que significa atrapar a Malloche. Cuántas vidas se salvarían si lo capturamos o si muere.
–Bien, de todos modos, no veo cómo yo podría ser de alguna… -Jessie sintió un escalofrío repentino. Hizo unas cuantas inspiraciones por la nariz, intentando mantener la compostura-. Alex, o cualquiera que sea tu nombre, dime una cosa. El problema que tuvo mi coche cuando me ayudaste, ¿lo preparaste tú?
Hubo unos instantes de duda, en los que Jessie estaba segura de que él
meditaba si mentirle o no.
–Yo… Jessie, estaba desesperado por saber cosas de Gilbride -dijo-.
Necesitaba entrar rápidamente en el servicio de neurocirugía. Por lo que te he contado, él no era alguien de quien pudiera fiarme. Tú sí. Por eso debía conseguir estar cerca de ti.
–Dios.
–Lo siento. De verdad. Jessie, admito que la manera en que te conocí y algunas de las cosas que te conté sobre mí fueron preparadas, pero nada de lo que te he explicado esta noche lo ha sido. Lo siento, tuve que mentir porque necesitaba que me ayudaras. Te estoy suplicando que me ayudes.
–¡Fuera!
Bishop se puso de pie.
–Jessie…
Jessie saltó a toda prisa rodeando el borde del escritorio, y lo golpeó con furia a un lado de la cara. Después le tiró las fotos. Él las estrechó torpemente contra su pecho y retrocedió hasta el pasillo.
–¿Alex? – dijo ella con menos estridencia.
El volvió a dar un paso hacia la puerta.
–¿sí?
Jessie avanzó hacia él y le abofeteó, dejándole en la mejilla una huella carmesí con la forma de su mano.
–Pensaré sobre ello -le dijo.
Jessie le cerró la puerta en las narices.