El paciente

Michael Palmer · Capítulo 22 de 47

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El paciente

Capítulo 19

Medianoche… las doce y media… la una. Tumbada a oscuras en su habitación, Jessie veía pasar el tiempo en la esfera iluminada de su radio-despertador. Una y media… dos. Recordó que en el botiquín tenía un frasco con somníferos, resto de una época pasada de su vida. Aunque hacía años que no los tomaba y probablemente estarían caducados, consideró seriamente tomarse una o dos. Finalmente decidió acomodarse en el sofá de su salón, y seguir con la novela, en la que había estado avanzando cada noche una o dos páginas. Llevaba su atuendo habitual para dormir, una camiseta de gran tamaño, con el lema del Día de la Tierra. Nada más.

Estaba furiosa por la decepción que le había provocado Alex, pero sobre todo estaba enfadada consigo misma por haber caído en su juego. Los cuentos de hadas eran cuentos. Era tan simple como eso. Y las expectativas, la mitad de las veces, acarreaban dolor.

«Mantén las expectativas bajo control, dedícate a tus asuntos, y llegarán cosas buenas», se dijo a sí misma. Alex Bishop no era más que un bache en el camino de su vida.

Dejó el libro a un lado y se preparó un poco de leche tibia. Nada iba a calmar sus pensamientos. Felizmente, que Ben Rasheed hubiera vendido su turno para el quirófano le dejaba por delante un día relativamente tranquilo.

Si tenía que pasarse la noche sin dormir, pues lo haría. Tenía comprobado que su constitución le permitía trabajar treinta y seis horas sin descansar, o durmiendo muy poca, aunque inevitablemente su cuerpo se cobraba un precio por ello cuando lo hacía.

«¿Le había contado Alex la verdad?», se preguntaba a sí misma.

Las fotos eran impresionantes, pero podían pertenecer tanto al asesino como a la CIA. Cuanto más enfermo está un hombre, más ingeniosas son sus mentiras. ¿Quién había dicho eso? Quizá nadie. Tal vez era una cita completamente propia. Cuanto más ingenioso es un hombre, más enfermizas son sus mentiras.

Las dos y media.

Jessie coló una bola en el Pin Bot y la perdió entre los flippers, al cabo de unos cinco segundos. Una catástrofe que podía haber evitado con un suave empujoncito de la mano derecha, algo que solía ser rutinario para ella.

Aquella no iba a ser su noche para nada. Abrió nuevamente la novela, leyó unas cuantas frases, y la volvió a dejar. En su mente retumbaban algunas preguntas como si fueran tanques.

¿Cómo podía estar Alex tan seguro de que Malloche iba a recurrir a Carl para que le operara? ¿Era realmente un sabueso de la CIA que había hecho una deducción de experto basada en cinco años de acoso a su presa, o era alguien de la banda del propio Malloche, o incluso Malloche mismo, en proceso de decidir quién podría operarlo? Si Malloche era tan meticuloso como decía Alex, y si iba a permitir que Carl le taladrase la cabeza, lo lógico era que estuviese investigando a Gilbride y a todo el servicio de neurocirugía del hospital. ¿Y qué manera más segura y efectiva que iniciar un romance con una cirujana del departamento?

«¿Por qué diablos no podía ser todo cierto?»

Se frotó el cansancio de los ojos mientras se enfrentaba a la pregunta más problemática: ¿Y si todo lo que le había contado Alex era cierto? ¿Y si era verdad que estaba tan determinado a capturar a Malloche como para usarla del modo en que lo había hecho? Y aun cuando ella confiara en lo que le había contado, ¿podría aceptar ayudarle? ¿Y qué pasaría con la confidencialidad paciente/médico en la que tanto creía? ¿Debía extenderla a los pacientes de Gilbride, e incluso aplicarla a alguien que podría ser un asesino?

El teléfono la sobresaltó tanto que se le derramó un poco de leche en el muslo.

–¿Hola?

–Jessie, soy Alex. Por favor, no cuelgues.

Estaba a punto de hacerlo, pero mantuvo el auricular en la oreja.

–¿Qué quieres? – preguntó.

–Necesito hablar contigo.

–¡No!

–Jessie, por favor. Todo lo que te conté en tu consulta era cierto. Engañarte fue algo estúpido y cruel. Lo siento mucho. Estoy bajo una presión tremenda, y en el mundo del que procedo, casi nada importa más que hacer el trabajo. Pero de todos modos fue un error estúpido.

–Muy bien, ya te has disculpado. Buenas noches.

–¡Espera!

–Maldita sea, Alex, me has herido. No quiero nada más contigo. Ahora…

–Escucha, Jessie. Malloche está en tu hospital. Estoy casi completamente seguro. Si no me equivoco, hay muchas posibilidades de que mate a algunas personas. Tal vez a mí, o a ti, o a alguno de tus pacientes.

Esta última posibilidad hizo que Jessie se quedara helada. Sintió que con toda seguridad Alex sabía que aquello la impresionaría. «¡Maldito!»

–¿Dónde estás? – preguntó finalmente.

–Estoy… junto a tu casa. Llevo aquí un par de horas pensando. Había decidido no intentar hablar contigo hasta que amaneciera, pero vi cómo se encendía tu luz.

–Así que sabes dónde vivo y cuál es mi piso. ¿Por qué será que no me sorprende?

–Jessie, voy a atrapar a Malloche sea como sea. Pero con tu ayuda resultaría infinitamente más fácil, y quizá más seguro para todos.

Jessie se mordió ansiosamente el labio, deseando estar en cualquier otro sitio.

–Llama al timbre. Te abriré -se oyó decir.

Su casa estaba en la tercera planta. Había una cámara de seguridad en el vestíbulo exterior. Canal dos. Encendió el televisor y buscó el canal. Alex, con un liviano chubasquero, cruzó la puerta exterior y miró a la cámara como si supiera que ella lo estaba mirando.

Sonó el timbre. Fue a su habitación y se puso unos pantalones de deporte y una sudadera con capucha. Luego se dirigió al interfono recordándose que el hombre, Malloche o de la CIA, al que estaba dejando entrar a las dos y media de la madrugada en su apartamento, era un asesino profesional.

Nuevamente sonó el timbre, y permitió que la puerta se abriera. Después contempló cómo subía por la gran escalera alfombrada que antaño adornaba la mansión de un capitán de barco.

–Gracias por recibirme -dijo.

Su cara mostraba cansancio.

Le indicó que se sentara en una butaca y ella se acomodó en un extremo del sofá frente a él.

«Cuanto más enfermo está un hombre, más ingeniosas son sus mentiras», se

recordó a sí misma.

–¿Qué quieres de mí? – preguntó.

Bishop se inclinó hacia delante.

–Estoy casi seguro que Claude Malloche es Rolf Hermann -dijo-. De hecho, he contactado con la gente de Madrid. Ya están haciendo gestiones para enviarnos a Cardoza ahora mismo. Hay muchos factores a favor de la posibilidad de que Hermann sea Malloche, y pocos en contra. Su mujer fue lo primero que me hizo sospechar de él. Aunque nunca la haya visto, me contaron que Malloche tenía una esposa increíblemente hermosa. Una antigua recluta de Austria. Su nombre es Arlette, no Orlis.

–La condesa parece muy fría, es cierto -convino Jessie-, pero Rolf Hermann aparenta ser un hombre bastante agradable, y apenas habla inglés.

Alex rió con desdén.

–Apuesto a que puede hablar media docena de idiomas sin acento. Tengo a gente en Europa investigando si existe algún conde Hermann, pero eso llevará tiempo.

–Me temo que no te queda mucho. Hermann va a ser operado mañana por la tarde… demonios, en realidad la intervención será hoy por la tarde.

Bishop pareció sorprendido.

–Pensé que su operación estaba programada para el jueves.

–Su esposa pagó a uno de mis pacientes para intercambiarse los turnos. Será la segunda intervención que haga hoy el doctor Gilbride.

–Si me descubro actuando contra Hermann antes de que llegue Cardoza para identificarle, y me equivoco, lo más probable es que lo estropee todo.

Malloche se enterará, con toda seguridad. No sé cómo, pero lo hará. Se irá a

otro lugar, y perderé la que es muy probablemente mi última oportunidad.

–Pero tú crees que es Hermann.

–La misma edad, la misma complexión, la misma esposa, europeo, la oportunidad del momento. Sí, creo que es él. Y esos supuestos hijos. Son farsantes. Lo puedo apostar. Si se opera hoy, ¿cuándo podría abandonar el hospital?

–Suponiendo que no haya problemas derivados de la cirugía, algo no inusual, podría ser en cualquier momento entre cinco y siete días después de la intervención. Pero es un tumor difícil dada su localización -«y las imperfecciones de la técnica quirúrgica de Gilbride», quiso añadir, pero no lo hizo-, hay muchas posibilidades, incluso con la ayuda de nuestro robot, de que haya daños en alguna de las estructuras en las que se intervenga. Si eso ocurre tendrá que permanecer mucho más tiempo en el hospital.

Jessie de pronto se dio cuenta de que acababa de cruzar la frontera y estaba dándole información confidencial. Si permitía que Alex siguiera con ella, no sería la última vez. O estaba dentro, o estaba fuera.

–En este caso -decía Alex-, no voy a hacer nada que interfiera con la cirugía. Si estoy en lo cierto, y Hermann es Malloche, y si además existe un Dios, ese hombre quedará paralizado para siempre de la cabeza a los pies.

Completamente inmóvil, pero consciente. Sería la justicia perfecta.

–Tu justicia, quizá -dijo Jessie-. Ahora quiero que te vayas.

–Pero…

–Te has disculpado, has dado tu opinión, y me has pedido que te ayude.

Ahora me gustaría que me dejases sola. Ya te dije en mi consulta que tengo que pensar si me quiero implicar. Por el momento, ni siquiera estoy dispuesta a seguir hablando contigo. Si esos sentimientos cambian, te lo haré saber.