El paciente
Capítulo 12
ojos y la manera en que le sonreía. A pesar de sí mismo sabía que se estaba preguntando qué sentiría si la abrazaba. Los últimos cinco años que había estado persiguiendo a Malloche, su vida sentimental no había consistido más que en intensas relaciones ocasionales de una noche, y algunas con profesionales. Así era como quería que fuera. Ni una vez en todo ese tiempo se había involucrado emocionalmente con una mujer. Con Jessie Copeland tendría que tener cuidado.
Distraídamente, corrió hasta la esquina, y casi choca con un encorvado hombre de la limpieza entrado en años que estaba limpiando el suelo justo delante de la consulta de Gilbride.
–Oh, perdone -murmuró sin apenas mirar al hombre.
–Muy buenas noches, agente -dijo el viejo.
Claude Malloche, con una falsa cabellera y bigotes blancos como la nieve, continuó limpiando hasta que estuvo seguro de que el guarda de seguridad se había marchado. Después, sacó un aparato de su bolsillo, abrió el despacho de Gilbride en menos de quince segundos, y arrastró dentro la fregona y el cubo. Rápidamente cruzó la sala de recepción, entró en la consulta y cerró la puerta. Sacó de su bolsillo una potente linterna y una cámara de las que se usan en espionaje. Extendió todos los papeles del escritorio de Gilbride y rápidamente los fue fotografiando uno a uno.
Después siguió con el armario donde estaban los archivos.
Veinte minutos después y tras sacar tres rollos de película, Malloche ya había vuelto al pasillo, tarareando la melodía de una canción popular francesa mientras se dirigía con total indiferencia hacia la salida.
12
Parecía algo imposible, pero durante los siguientes días, la vida de Jessie en el hospital se volvió aún más frenética y agotadora. Además de sus trece pacientes internos, mientras su jefe continuara su campaña publicitaria con los nuevos pacientes y la obtención de subvenciones como un político maníaco, ella tendría que hacerse cargo de su trabajo, que no era poco. Más de una vez, Jessie había tenido que dar rienda suelta a su rabia, al acordarse de que guardar los resentimientos era como beberse un veneno y esperar a que muriese la otra persona.
En la consulta, las llamadas, pacientes derivados, preguntas, cartas, donaciones, peticiones de entrevistas, apariciones personales, y las citas de los pacientes, hacían que su vida fuese como un torbellino. Incluso la imperturbable secretaria de Gilbride parecía estar llegando al límite.
Además estaban sus pacientes internos. Visitaba a Sara en la UVI neurológica tres o cuatro veces al día. Aunque continuaba en coma, respiraba sin asistencia mecánica y había algunos indicios leves de una mejoría en su estado. No era una mejoría impresionante, pero tampoco empeoraba. Jessie se había resignado a animarse ante cualquier señal mínimamente positiva. Pero también sabía que la objetividad en el caso de Sara era algo complicado. Le angustiaba ver las caras de Barry y los niños, mientras intentaban asumir la realidad de que aquello quizá sería todo lo que podrían recuperar de su esposa y su madre.
Dave Scolari era un caso diferente. Movía ambos brazos con bastante facilidad, e incluso mostraba algo de movimiento en las piernas. El paciente parapléjico de Jessie, Luis Velasco, se había convertido en una especie de accesorio imprescindible de la habitación de Dave. Se comportaba como un animador que veía en el deportista la posibilidad de alcanzar un nivel de recuperación que él mismo nunca sería capaz de lograr.
Después de más de una semana, Elsa Davidoff finalmente había conseguido mover sus intestinos y había sido trasladada a un centro de rehabilitación.
Jessie se preguntaba qué dirían los inspectores del seguro de los seis días adicionales en el hospital. Realmente no le importaba si la gente del seguro
médico lo aprobaba o no. Por otro lado, ella estaba luchando por el buen trato y los derechos de los pacientes al aceptar la petición de la anciana de no ser enviada a rehabilitación hasta que se demostrara que su colon funcionaba.
Marci Sheprow había salido de la UVI y, de hecho, uno o dos días después abandonaría el hospital. Su familia y Gilbride habían ofrecido dos conferencias de prensa diarias en el auditorio del hospital, y esa misma tarde, la propia Marci había sido conducida hasta allí para que participara en ellas por primera vez.
Jessie había intentado aprovecharse de la famosa gimnasta llevándola a la habitación de Tamika Bing. Marci estuvo cariñosa y paciente, pero su visita no evocó nada a la muda adolescente. Tamika, con su ordenador portátil sobre la mesa-bandeja aún abierto, pero sin haberlo tocado, la miró como si supiera quién era su visitante, pero no tuvo más reacción que esa. En poco tiempo, los expertos en rendimiento estarían pellizcando los talones del departamento preguntando acerca de su hospitalización, y los planes que había para darle el alta. Jessie estaba saltándose todas las señales para poder mantenerla hospitalizada, pues los terapeutas y los psiquiatras aún tenían esperanzas y seguían intentando recuperarla. Sabía que no había manera de que aprobasen el coste de una hospitalización en un centro de rehabilitación, y estaba segura de que su madre, trabajadora de una fábrica, no tenía posibilidades para llevarla cada día a terapia como paciente externa.
Alex Bishop seguía siendo su isla placentera en medio de la locura. Aunque todavía tenían que conseguir tiempo para salir juntos fuera del hospital, la noche anterior habían paseado media hora por el vecindario, y la había visitado en la planta séptima varias veces. Seguía siendo una fuente de pequeñas sorpresas, incluyendo un más que suficiente conocimiento de la ópera. Una vez, después de darle instrucciones, le había prestado su Game Boy, y había adquirido mucha habilidad con el Tetris. Con sus exigentes guardias, y su asignación al turno de tarde, temía que estuvieran condenados a un interminable cortejo hospitalario. La drástica medida inicial que había tomado para evitarlo fue quedar al día siguiente al
mediodía en el North End, en Little Italy, para comer y pasear durante dos horas mirando tiendas y charlando sin interrupciones. Si el servicio de neurocirugía se las arreglaba para sobrevivir cuando ella estaba en operaciones de urgencia, podría hacerlo mientras estuviera sentada ante un scallopini de carne.
Jessie operó el caso de aneurisma sin que surgiera ningún problema en el quirófano normal de neurocirugía, pues con la avalancha de pacientes que habían llegado tras la operación de Marci, el quirófano asistido con imágenes de resonancia magnética había intensificado el problema que ya tenía: la falta de tiempo disponible. A pesar de que la intervención de Marci había durado tres horas y media, una operación guiada con imágenes de resonancia magnética normalmente tardaba de cinco a siete horas.
Añadiendo el preoperatorio y el tiempo necesario para limpiarlo todo, hacía que cada uno de los dos equipos especialmente preparados solo pudiese llevar a cabo un caso al día. Se podía organizar un tercer equipo con algunos miembros de los otros dos solo cuando era estrictamente necesario, pero intentar realizar más de dos casos al día podía llevar a que el personal se agotara y comenzara a quejarse.
El quirófano de operaciones de resonancia magnética ya estaba programado para las siguientes tres semanas. Algunos de los casos eran apropiados para ARTIE, aunque Jessie aún no tenía claro que ella o el robot estuviesen lo suficientemente preparados. A los pacientes con tumores cerebrales se les tranquilizaba tanto como Jessie y Emily podían justificar, explicándoles que esperar en sus casas durante algunas semanas no disminuía sus posibilidades de operarse con buenos resultados… a menos, por supuesto, que surgiera alguna complicación repentina como que el tumor sangrara o que hubiera una brusca subida de tensión por una obstrucción imprevista del flujo del fluido espinal.
Aunque la mayor parte de las evaluaciones preliminares las hacía Jessie, un cierto número de estos casos, los más notables, irían a Gilbride. A algunos de los nuevos pacientes, Gilbride se los sacaba de encima y los atendía a toda prisa mientras que a los más importantes los atendía por la tarde en su consulta. A los MBR de menor nivel no los veía en persona hasta que
habían ingresado en el hospital la misma mañana de la operación. Jessie sabía que a ese ritmo Gilbride, con tantas distracciones y actividades marginales a la cirugía, estaba a un paso del desastre.
Eran las seis de la tarde cuando la intensidad del trabajo finalmente comenzaba a disminuir. Jessie todavía tenía que ver a unos cuantos pacientes, y solucionar el suficiente papeleo como para tener que quedarse hasta las diez. Pero por la manera en que iban las cosas desde la operación, volver a casa a las diez y media equivalía a un día de vacaciones. Su primera parada estaba en la UVI de neurocirugía para controlar el posoperatorio del paciente del aneurisma, y también a Sara. No se sorprendió, sin embargo, cuando al ir a salir de su consulta volvió a sonar el teléfono. Y tampoco le sorprendió que la llamada fuese de su jefe de departamento para darle más trabajo.
–Hola, Jessie -comenzó-. Perdona que te llame tan tarde, pero estoy en una grabación de Talk of the City del Canal Cinco, y no había revisado mis mensajes hasta hace unos minutos.
–Está bien -replicó Jessie con desgana-. ¿Qué necesitas?
–¿Recuerdas cuando te leí el mensaje de un tipo llamado Tolliver de la fundación Macintosh?
–Sí, lo recuerdo. No se olvidan fácilmente tres millones de dólares.
–Bien, acabo de saber que quiere conocer nuestra organización en persona.
–Eso es fantástico -respondió Jessie sin demasiado entusiasmo.
Ella se dio cuenta de lo que venía después.
–Solo hay un problema. Estoy invitado a realizar una entrevista telefónica al programa de radio Imus in the Morning, a las nueve de la mañana, después tengo una reunión con la administración del hospital para pedirles más espacio para el laboratorio del departamento. Así que he organizado
todo para que Tolliver contacte contigo cuando llegue al hospital.
Enséñaselo todo y despliega todos tus encantos. Procura que vea o haga todo lo que quiera.
–Pero…
–Llévalo a comer a algún sitio si no he regresado. Quizá a Sandpiper. Pásale los recibos a Alice, y el departamento se encargará de reembolsártelos. Es un encanto de mujer, ¿no crees? Oye, el productor me está haciendo señas.
Tengo que irme. Sigue haciéndolo así, Jess. Con tres millones compraremos un equipo de investigación fantástico.
Antes de que Jessie pudiera decir nada, él ya había colgado.
–Toda hemorragia acaba por detenerse -murmuró imaginándose a Alex Bishop desapareciendo en el crepúsculo con un plato de scallopini de carne-. Toda hemorragia acaba por detenerse.
El paciente recién operado de un aneurisma era un influyente empresario de treinta y ocho años llamado Gary Garrison, que ya estaba despierto y lúcido.
–¿Algún consejo sobre compra de acciones? – le preguntó.
–McNeil. Fabrican Tylenol. Si mi dolor de cabeza no disminuye pronto, yo mismo voy a hacer que sus acciones suban.
Jessie le pidió que describiera su dolor y su situación. Entonces revisó su estado neurológico y por medio de un oftalmoscopio examinó en la superficie posterior de las retinas sus arterias, venas y nervios ópticos, buscando indicios que advirtieran inflamación cerebral.
–Nada serio -proclamó finalmente-. Entre su hemorragia inicial y lo que he hecho para unir la arteria, las estructuras de su cráneo han sufrido un poco de traumatismo. Se les puede permitir que duelan. Un día más, espero, y comenzará a encontrarse mucho mejor. ¿Está como para abandonar la
unidad?
–Realmente no.
–Bien. Eso es todo lo que tengo que escuchar. Se lo explicaré a los de su seguro médico de manera que lo puedan comprender.
–Es usted la mejor, doctora.
Jessie escribió algunas instrucciones y se las dio a las enfermeras. Entonces se dirigió a la habitación de Sara. Una voluntaria estaba junto a su cama dándole un masaje en las manos con crema. La joven, a quien Jessie nunca había visto antes en la planta séptima, era una morena de aspecto desamparado, aunque debía de tener casi los veinte años. Sus ojos eran grandes y oscuros, y llevaba el pelo muy cortito.
–Hola -dijo Jessie, sobresaltando a la muchacha, que estaba absorta en su trabajo-. Soy la doctora Copeland.
–Oh… hola. Soy Lisa. Acabo de empezar aquí.
–Bienvenida a Oz. Parece que has aprendido rápido. Estoy segura de que Sara aprecia que le hagas un masaje en las manos.
–Gracias. Hice mucho trabajo voluntario en hospitales cuando estaba en el instituto. Ahora, me he tomado un semestre libre en la universidad, pero quiero hacer algo que importe mientras pienso lo que vendrá después.
–Creo que pareces algo mayor para ser voluntaria.
–Mi madre dice que tengo demasiados años como para estar un tiempo sin ir a la universidad -dijo la muchacha sonriendo.
–Bueno, yo soy neurocirujana, y todavía no sé lo que quiero hacer cuando sea mayor. ¿Has pensado entrar en medicina?