El paciente

Michael Palmer · Capítulo 34 de 47

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El paciente

Capítulo 31

Dave Scolari estaba revolcándose, en lo que sin duda creía que era la manera de fingir un ataque. De alguna manera, había conseguido derribar la sólida mesilla que había junto a su cama, así como la mesa-bandeja. Echaba por la boca saliva mezclada con sangre a borbotones, que le salía de un labio que realmente se había mordido. Jessie se relajó al ver que su collarín cervical seguía intacto.

–Es un ataque -dijo-. Necesito algunos medicamentos para controlarlo.

Díganle a una enfermera que me traiga una jeringuilla con diez de valium.

Arlette dudó, pero después hizo un gesto a Armand para que hiciera lo que había pedido. Un minuto después, pasó a Jessie la jeringuilla cargada. Esta la clavó justo debajo del muslo de Dave, e inyectó el tranquilizante en su albornoz. Después se inclinó y le acercó los labios a su oído.

–Lo has hecho bien, Dave -susurró-. Realmente muy bien.

31

La taberna de Corrigan era un establecimiento oscuro y mohoso que se encontraba a poca distancia de la funeraria de Bowker y Hammersmith.

Alex estaba en una esquina de la barra sobre un taburete bebiéndose un whisky escocés. Era el segundo de los veinte que más o menos pensaba tomarse. Los clientes de la noche empezaban a llenar el lugar y el nivel de humo ya comenzaba a molestarle bastante.

«Bien, así son las cosas», pensaba. El trato que había hecho consigo mismo para no fumar hasta que Malloche estuviera muerto o encarcelado no mencionaba el humo aspirado de segunda mano. Y si esa mierda le producía cáncer de pulmón, qué le importaba. Había fallado en lo único que le importaba, y lo había hecho a lo grande. Y durante el proceso había

acudido a suficientes personajes de la agencia, el FBI y el mundo de la política para poder olvidarse de obtener mayor ayuda para capturar a Malloche. Además, estaban todas las mentiras que había dicho a Jessie, y los riesgos que la había convencido que corriese para ayudarle a conseguir el cuerpo de Hermann. ¿Y para qué? Ahora no tenía adónde ir ni a nadie que se preocupase por él. Después de aquel fiasco, era muy probable que tampoco la gente de la academia quisiese saber nada de él.

Estaba también el pequeño asunto del cuerpo que había robado del hospital, otra joya de su trabajo. Ya le había dejado un mensaje a Richard Jones de la funeraria para que contactara con Orlis Hermann en la planta de neurocirugía. Era todo lo que podía hacer.

«De todos modos, ¿qué importancia tiene ahora?»

Alex dio un trago a su whisky, e intentó recordar la última vez que se había emborrachado hasta el límite y había preferido morirse a despertar borracho. No era algo que le apeteciera hacer especialmente, pero no se le ocurría nada mejor. Realmente, lo reconoció, Jessie Copeland podía haber sido algo por lo que ilusionarse. Cada día. Le importaba mucho más que ninguna mujer que pudiera recordar. Se moría de vergüenza de tener que llamarla para explicarle la equivocación más enorme de su vida. Justo cuando comenzaba a confiar en él. Ahora ya no creería nunca nada de lo que le contara.

¿Qué podía ofrecer a sus cuarenta y tres años? Un piso de una habitación en París que apenas podía pagar, un futuro en la agencia que seguramente se podía contar en solo unas semanas y un curriculum consistente en un prolongado agujero negro. Sus cuentas bancarias eran tristemente escasas, y sus contactos con los amigos o la familia habían sido sacrificados hacía ya mucho en su altar personal para acabar con Claude Malloche. ¿Qué más podría querer de un hombre una mujer atractiva y brillante como Jessie Copeland?

Estaba dando el último trago antes de pedir su tercer «escocés» cuando oyó un fragmento de conversación de un hombre que tenía detrás. Realmente lo

que escuchó fueron tres palabras: Centro Médico Eastern. Rápidamente se dio la vuelta.

–¿Qué ocurre con el Centro Médico Eastern? – preguntó a un grupo de cuatro hombres.

–¿Dónde mierda has estado tú toda la tarde? – le gruñó un obrero de la construcción del tamaño de un leñador, cuya voz ya comenzaba a espesarse.

Los demás rieron.

–Te he hecho una pregunta -dijo Alex.

El gigante cayó hacia atrás y se liberó de la mano de Alex en el mismo movimiento. Las conversaciones de la taberna cesaron de repente, anticipándose a lo que venía. Durante unos segundos, nadie se movió ni habló. Sonaron las sillas, arrastradas por la gente que se puso en pie, dispuesta a observar. Entonces el hombre, tal vez percibiendo por la expresión y actitud de Alex que estaba un poco tocado, levantó las manos con las palmas hacia fuera.

–Eh, amigo, calma -dijo-. Apaga los motores. Este es un lugar pacífico. Si no te gusta cómo son las cosas aquí, vete a otro sitio.

–Pregunté sobre el hospital.

–Vale, vale. Ha habido una especie de brote infeccioso. Un virus, creo. No estoy seguro. Han muerto unas cuantas personas. Es todo lo que sé.

–Han cerrado el hospital -interrumpió alguien.

–Fueron cuatro -aventuró otro-. Han muerto cuatro personas.

Con la crisis de la barra extinguida con tanta rapidez como se había encendido, los clientes habituales parecían haber empezado a hablar todos a la vez sobre los acontecimientos del hospital. Alex dio un billete de veinte

dólares al camarero, buscó un rincón suficientemente tranquilo y llamó al hospital. Le contestó un mensaje grabado que explicaba que todas las líneas estaban desconectadas, que el hospital estaba temporalmente cerrado a nuevos pacientes, y que todas las urgencias debían ser derivadas al hospital White Memorial, la institución médica asociada, o algún otro hospital de Boston.

Una llamada anterior a Jessie no había obtenido respuesta. Tras intentarlo una vez más, el contestador automático del hospital le aseguró que el mensaje ya había sido enviado al destinatario.

Cuatro personas muertas. El hospital clausurado. Alex llamó a su servicio de recepción de llamadas.

–Oh, sí, señor Bishop -contestó la operadora del FBI-. Estábamos intentando localizarle. Le acaba de llegar un mensaje de alguien llamado Ricky Barnett.

–No sé quién es.

–Era extraño. Tenía voz de niño, y era muy tímido. Dijo que tenía que darle un recado de una amiga suya.

–¿Una amiga? ¿Quién?

–No lo dijo, solo que estaba en el hospital.

Llama a Alex Bishop al 4269444. Mensaje de Jessie. Tolliver es Malloche.

Lisa ha muerto. Cinco de la banda han puesto bombas en la planta séptima.

Hay gas soman escondido por todo Boston. Será liberado si hay algún problema con Malloche. Han matado a cuatro personas de laboratorio para demostrarlo. Ten cuidado.

Alex se volvió rápidamente hacia el hospital con el correo electrónico de

Ricky Barnett apoyado contra el volante del coche.

«Tolliver es Malloche.»

Bishop sintió un retortijón de estómago terrible con la noticia. No solo se había equivocado completamente de objetivo, sino que debido a su incompetencia había muerto la agente Lisa Brandon, y Jessie y, al parecer, muchos otros estaban en un serio peligro. La ironía era casi insoportable.

Claude Malloche se hallaba allí mismo en la planta séptima. Pero no estaba para nada dispuesto a dejarse capturar.

El niño de trece años, Ricky Barnett, le contó que tenía un club secreto de amigos virtuales con Tamika Bing y otros dos niños más. El mensaje de Tamika, que Alex había hecho deletrear al niño letra por letra mientras lo transcribía en la factura de un bar, había sido enviado desde el hospital a primera hora de la tarde, pero no se había recibido hasta que Ricky volvió a su casa. Alex le había hecho enviar un correo a Tamika, para que explicase a Jessie que se hacía cargo de la situación y que haría lo que pudiera.

Mientras, intentaría informarse algo sobre el soman. Estaba aproximadamente a un kilómetro y medio del hospital cuando sonó su teléfono.

–¿Agente Bishop?

–Sí.

–Soy Abdul Fareed. Toxicólogo de Georgetown. Hago trabajos para la agencia. Me dijeron que necesitaba información sobre el soman.

–Sí, claro.

–Si está tratando con soman, tiene usted problemas. También se le llama GD. Es una neurotoxina inhalable. La más poderosa de su especie.

Funciona tres o cuatro veces más rápido que el gas sarín, ese que usaron unos fanáticos en el metro de Tokio. Hace que se colapsen a la vez el sistema respiratorio y el sistema nervioso central. Una simple inhalación

provoca la muerte en el ciento por ciento de los casos.

–¿Existe algún antídoto?

–El único que se conoce es la fisostigmina carbamática, pero es casi tan tóxico como el gas, y además se debe tomar antes de la exposición. Voy a llamar a una colega de Jerusalén que es una de los mayores expertos mundiales en gases neurotóxicos. Si tiene algo que añadir a lo que ya le he contado, lo llamaré.

–Muy bien. Si no contesto, llame a mi servicio de mensajes e insista en hablar con alguien de la agencia o del FBI. Cuénteles todo lo que sepa.

–Otro aspecto interesante del soman es que su vida media es bastante corta.

Si está a nivel del suelo, y hay una buena ventilación, hay bastantes posibilidades de sobrevivir a él aguantando la respiración durante dos o tres minutos.

–Gracias, eso es muy tranquilizador.

Alex colgó, y marcó un número de Virginia.

–Siete-ocho-dos-ocho -contestó una mujer-. ¿En qué le puedo ayudar?

–Soy Alex Bishop.

–Buenos días, señor.

–¿Pudo conseguir la información que le pedí?

–Sí, señor. Tolliver es director ejecutivo de la fundación Macintosh de Valencia, en California. Financian proyectos de investigación, especialmente en medicina. El señor Tolliver se encuentra en un viaje de dos semanas a China. No se espera que regrese hasta dentro de diez días. Es todo lo que tenemos de momento. ¿Hay algo más que podamos hacer?

–No, gracias.

La policía había acordonado la zona a una manzana del hospital. Fuera de la zona excluida, las calles adyacentes estaban llenas de furgonetas de canales de televisión y suficientes agentes de policía como para pensar que el resto de la ciudad estaba desprotegida. Lo que Alex comprobaba, según avanzaba, es que nadie parecía tener demasiadas ganas de acercarse al CMEM más de lo necesario. Para pasar todas las barreras, al no llevar el carné de la CIA, Alex tardó quince minutos y tuvo que hacer dos llamadas telefónicas.

Detuvo el coche en una calle lateral justo al otro lado de la entrada principal del CMEM y esperó. Diez minutos después, una furgoneta sin ventanas ni señales externas se detuvo tras él. Esperó hasta que apagaron las luces, y después examinó el lugar para comprobar que nadie les observaba.

Finalmente, recogió su ropa de guarda de seguridad del asiento trasero, dejó el coche de alquiler y se acercó a la furgoneta por el lado del conductor. Los agentes del FBI se presentaron como Stan Moyer y Vicky Holcroft. Moyer era un hombre que pasaba de los cuarenta años, de complexión delgada y calva incipiente, con grandes párpados, que llevaba unas gafas de montura fina que le hacían parecer más un profesor de lenguas clásicas que un policía federal. Vicky era una mujer joven, aunque no tanto como Lisa Brandon. Llevaba el pelo rubio recogido en una coleta y sus rasgos, aunque hermosos, eran angulosos y serios.

–La puerta de atrás está abierta -dijo Stan. Esperó a que Alex entrara y preguntó-: ¿Es verdad que Lisa ha muerto?

–Eso parece.

–Era una chica estupenda.

–Lo sé.

La furgoneta estaba equipada con tres monitores de televisión, varios teléfonos y bancos repletos de aparatos a ambos lados. Alex quitó las

correas a uno de los asientos y observó las consolas. Luego, puso al día a los agentes de todo lo que sabía. Vicky se pasó a la parte de atrás y se sentó junto a él.

–Estoy contenta de que estuviéramos cerca -dijo-. Stan y yo ayudamos a diseñar esta furgoneta. Otros agentes pueden manejar la mayoría de este equipo, pero no como nosotros.

–La zona de conflicto es la planta séptima de la Torre Quirúrgica, justo allí.

Vicky miró hacia la torre por la ventana delantera y negó con la cabeza.

–Demasiado alta como para que captemos nada con las parabólicas. Pero disponemos de cámaras de fibra óptica y unos micrófonos diminutos impresionantes. Si los pudiéramos poner bajo el suelo o bajarlos por el techo, podríamos ver y escuchar mucho. Stanley los colocaría como un maestro si consigues llevarle hasta allí.

–No lo sé. Quizá. Ahora mismo tienen unos cuarenta rehenes, y un millón aquí fuera. Ese gas puede estar escondido en cualquier sitio.

–¿Y cuál es tu conexión en la planta?

–Parece increíble, pero es una niña de trece años que se llama Tamika Bing, que tiene un ordenador portátil. Es una paciente. No sé cómo consiguió enviar un correo electrónico a un amigo suyo que se llama Ricky Barnett.

Él me llamó.

Vicky se animó.

–¿Sabes cuánto saben de informática? – preguntó.

–Lo podemos saber llamando al niño en Roxbury. Él y Tamika tienen una especie de club. Eso es lo que sé.

–Parece prometedor. Llámalo y pregúntale si Tamika tiene un número ICQ.

–¿ICQ?

–Es un sistema inmediato de envío de mensajes. Si tiene uno, le puedo bajar el programa desde nuestra oficina en pocos minutos y así podemos mantener conversaciones directas con ella desde aquí.

–Este es el número del niño -dijo Alex-. Está esperando que le llamemos.

Yo me tengo que poner el uniforme de guarda de seguridad para poder entrar en el hospital. Vicky, si no te has hecho un electrocardiograma últimamente, lo mejor será que mires hacia otro lado.

La mujer sonrió, levantó el teléfono y le dio la espalda.

–¿Qué vas a hacer cuando estés dentro?

–No estoy seguro. Primero, quizá intente hablar con alguien de mantenimiento, o con el propio director, para ver si me pueden dar los planos del lugar.

–El director está ocupado -dijo Stan-. Está previsto que en estos momentos esté en una conferencia de prensa. No, espera, no es tan tarde como pensaba. Tiene que comenzar en uno o dos minutos.

Se pasó a la parte de atrás, y conectó electrónicamente la antena parabólica que estaba acoplada al techo de la furgoneta, y encendió uno de los monitores. Todas las emisoras locales estaban mostrando imágenes del mismo lugar: una tribuna sin adornos en el vestíbulo principal del hospital, equipado con numerosos micrófonos. Durante unos momentos, solo se vio a un técnico que organizaba los cables. Entonces, un demacrado Richard Marcus con cara de circunstancias se acercó a la tribuna. Tras él iban un científico con bata de laboratorio y un agente de seguridad.

–Soy el doctor Richard Marcus. Desde hace más de seis años soy el director del Centro Médico Eastern Massachusetts. Mis especialidades son la medicina interna e, irónicamente, las enfermedades infecciosas. Estoy aquí