El paciente
Capítulo 25
presión sanguínea descendía. Fallaba el bombeo del corazón. Era un tipo de colapso cardíaco circulatorio que ni siquiera el marcapasos podía controlar.
Rolf Hermann ya estaba en la barca, como solían decir los residentes: en la barca y a punto de cruzar el río sin retorno.
–Ponle una inyección de dopamina, por favor -dijo Jessie a la enfermera-.
Después llama al cardiólogo encargado, al residente de neurocirugía y al doctor Gilbride.
La hija se despertó sobresaltada, y parecía perdida y alarmada. Tendría poco más de veinte años. Era ágil, de pelo castaño corto y liso, y una nariz aguileña que dominaba en la cara. Jessie le dio unas palmaditas en un hombro para calmarla, después la condujo al pasillo y la dejó con una de las enfermeras, a quien encargó que encontrara a Orlis y que llevase a todo el grupo a la sala de familiares. Los latidos de Rolf Hermann todavía no se habían detenido, pero pronto lo harían.
Jessie suspiró y se volvió hacia la secretaria de la unidad. No tenía sentido esperar sentado a que sucediera lo inevitable.
–Código 99, UVI 2 -dijo-. Por favor, avise a todos.
25
Después de la pesadilla médica que el conde Hermann había pasado, su muerte hubiera sido casi decepcionante. Con la respiración asistida por ventilación, medicación para el corazón y marcapasos, podría mantenerse vivo a base de ser continuamente resucitado. Mientras su corazón siguiera enviando sangre con suficiente fuerza como para que llegara a todos los órganos, podría seguir así indefinidamente. Pero la caída de la presión sanguínea era una señal de que estaba fallando el bombeo de sangre.
Aumentar su ritmo cardíaco con el marcapasos podría ayudar durante un
tiempo, pensó Jessie, por lo menos el suficiente como para que la habitación volviera a abarrotarse de luchadores y observadores. De todos modos, se estaba acercando con rapidez el negativo desenlace final.
Cuando se produjo la llamada, el cardiólogo encargado, Joe Milano, aún estaba de guardia, y de hecho ya volvía a la UVI para controlar a Hermann y su marcapasos. Llegó corriendo a la habitación, observó la pantalla del monitor, y después se colocó junto a Jessie.
–Preparé el marcapasos para que se activara si bajaba de setenta -dijo-.
Ahora marca ciento veinte.
–Su presión bajó a setenta y cinco -replicó Jessie-. Le hemos dado dopamina, y como no se oyen fluidos en el pecho, lo estamos aumentando para que aumente su volumen de circulación. Pensé que aumentando su ritmo con el marcapasos podría subirle un poco la presión.
–Y mira, lo ha hecho -dijo Milano, señalando el lector de presión, que estaba a 79-. Qué buena maniobra… especialmente para un neurocirujano.
–Yo también he sido médico, ¿lo recuerdas? ¿Alguna otra idea?
Milano comprobó la bolsa transparente de orina que colgaba junto a la cama.
–No hay demasiada orina. ¿Lo han vaciado hace poco?
–Hace tres horas -respondió la enfermera-. Tampoco había demasiada entonces.
–Podemos activar los compresores y comenzar a bombearle desde el pecho
-dijo Milano-. Si hacemos eso, en cierto modo estaremos obligados a asistirlo a la vez con una bomba de aire. Como siempre, es muy difícil establecer el límite.
–La familia quiere que se haga todo lo posible -dijo Jessie.
–¿Valdría la pena poner una válvula en la cabeza? Estoy casi seguro de que esto ha sido provocado por la hemorragia cerebral, junto a alguna enfermedad cardíaca que estaba aún sin descubrir.
–No hay ninguna prueba de que haya alguna obstrucción aguda de la corriente de fluido espinal del cerebro. Esa sería la única complicación que se podría solucionar en el quirófano. Su problema es que hay una gran inflamación cerebral, no hidrocefalia. Una válvula no ayudará.
–¿Y no disminuirá la inflamación cerebral?
Jessie negó con la cabeza.
–No -dijo, mirando hacia la puerta con la esperanza de que apareciera Gilbride-. No parece que vaya a hacerlo.
–En ese caso, hagamos lo que hagamos seguiremos nadando contra corriente.
–La presión ha bajado nuevamente a setenta -informó la enfermera.
Su tono indicaba una petición nada sutil de que uno de los médicos tomara la decisión de subírsela con medicamentos o con masajes cardíacos, o bien la de no hacer nada y esperar a que siguiera bajando.
–Qué mala suerte -dijo Milano suavemente-. Pobre hombre, venir desde Alemania para que le operen aquí, y terminar de esta manera.
–Sesenta y seis -dijo la enfermera.
–No lo sé -dijo Jessie-. La cabeza me dice que lo mejor será saltar todas las barreras. Pero mi corazón opina que hacer eso sería una práctica cruel, cara y completamente inútil.
Jessie volvió a mirar a través del grupo hacia la puerta. Carl Gilbride no aparecía, pero sí estaba Alex Bishop, con su uniforme marrón de guarda de seguridad. Buscó su mirada, y le hizo un gesto para preguntarle lo que ya era obvio. Ella le respondió con un movimiento de cabeza casi imperceptible. En ese momento, Gilbride pasó junto a Alex y entró en la habitación. A pesar de que había dejado el hospital a las diez para poder pasar lo que Jessie supuso que era una aceptable noche de sueño, llegaba demacrado y nervioso en contraste con su camisa de diseño y su bata inmaculada.
–¿Qué pasa aquí? – exigió saber.
–No bombea bien -dijo Milano.
–Entonces, hagan algo.
Gilbride miró a Jessie con actitud de reproche.
–¿Cuánto tiempo llevas aquí? – preguntó.
–Diez minutos más o menos.
–¿Y no estás haciendo nada?
–Estábamos discutiendo si es apropiado y justo enviar a buscar una bomba.
–Milano, sáquelo de esto -ordenó Gilbride-. No me importa lo que haya que hacer -se volvió a Jessie-. Por tu culpa he cancelado mi aparición en un debate en Nueva York que era muy importante para mí. Y ahora vengo y me encuentro con que estás aquí sin hacer nada.
–Empecemos los masajes -indicó Milano al residente, con un tono de voz resignado que mostraba con claridad que la orden iba en contra de su parecer-. Que alguien llame a la UCC para que traigan la bomba intraaórtica. Que también llamen a cirugía cardíaca para ayudar a colocarla.
–Les avisaré -dijo Jessie, ansiosa por salir de la habitación.
Estaba furiosa por la reprimenda que le había dado Gilbride en público, pero también avergonzada de no haber sido tan agresiva como lo había sido él. La muerte era la muerte, y la intervención más cara y exhaustiva del mundo no le iba a devolver a Rolf Hermann el cerebro o, en aquel caso, el corazón.
Pasó a toda prisa junto a Alex, y con una leve señal con la cabeza para que la siguiera. Luego, se detuvo en la mesa de la secretaria de guardia, desde donde llamó a la unidad de cuidados coronarios, y pidió que una enfermera subiera la bomba. El aparato, un gran balón que se insertaba en la aorta abdominal a través de una arteria de la ingle, se inflaba con cada latido, y podía subir la presión en caso de un fallo de bombeo. Lo siguiente fue hacer una llamada al equipo de cirugía cardíaca. Finalmente fue por el pasillo a un pequeño espacio que había enfrente de la única habitación vacía de la UVI de neurocirugía. Desde allí, indicó a Alex que no había moros en la costa.
–¿Se salvará? – preguntó enseguida.
–Definitivamente no -replicó Jessie-. Joe Milano, el cardiólogo, es gran profesional, pero no creo que nadie sea infalible. ¿Sabes que te llamé esta mañana temprano?
–Sí. Lo siento. Me acaban de localizar para pasarme el mensaje.
–¿Qué estabas haciendo?
–Estaba intentando conseguir un coche fúnebre.
–¿Un coche fúnebre?
–El coche, el traje negro, la corbata negra. Todo por cortesía de los codiciosos amigos de la funeraria Bawker and Hammersmith. Incluso me han ofrecido su nevera para esconder el cuerpo de Hermann hasta que
llegue Cardoza.
–Muy inteligente. ¿Cuándo llegará?
–Esta tarde. Su avión aterriza a las tres. ¿Estará Hermann aún entre los vivos a esa hora?
–Desde luego. Estaba a punto de ordenar que no se siguiera con la resucitación justo antes de que llegara Carl. Canceló su aparición en Nueva York por el conde, y ahora está determinado a que el pobre hombre sobreviva.
–Sería peligroso hacer que Cardoza venga al hospital. Hay posibilidades de que alguno de los supuestos parientes de Hermann lo reconozca.
–Mira, como jugadora que soy, apuesto mi dinero contra el tuyo a que no será necesario.
–¿Me ayudarás a sacar a Hermann del hospital? Sé dónde está la morgue, pero no conozco demasiado el protocolo que hay que seguir.
–Dios mío, Alex. Ni siquiera estoy todavía segura de quién eres, ¿y quieres que arriesgue mi carrera robando un cuerpo de mi propio hospital?
–Olvida que te lo he preguntado.
–Lo haré. Lo haré. Pero escucha. Tú también me tienes que ayudar. Estoy muy preocupada por mi enfermera, Emily.
–¿Qué quieres decir?
–Ha desaparecido. Según su hijo, ayer por la noche la llamó alguien, entonces dijo que venía al hospital. Él supuso que era yo quien la había llamado, pero no fue así. Desde entonces no sabemos nada de ella. Estoy muy preocupada.
–¿Su familia ha llamado a la policía?
–Sí, pero no quieren hacer nada hasta que no esté desaparecida por lo menos veinticuatro horas.
–Desaparecida, ¿eh? Eso es un poco inquietante. ¿Nunca había hecho algo así antes?
–Nunca. Por eso te llamé. Quiero hacer un trato. Si te ayudo con Hermann, quiero que tus amigos del FBI se comprometan a empezar a buscar a Emily ahora mismo.
–No sé si…
–Sin trato, no hay cuerpo. Hablo en serio. Quiero que hoy estén buscándola diga lo que diga la policía de Brookline.
–Haré todo lo que pueda.
–Mírame, Alex. A los ojos… Maldita sea, me gustaría saber cuándo estás mintiendo.
La enfermera de la unidad coronaria apareció corriendo con la bomba intraaórtica de color naranja del tamaño de una caja de fruta.
–Vuelve allí -dijo Alex-, yo no estaré lejos.
–¿Por qué no aprovechas ahora mismo para cumplir tu parte del trato y llamas a tus amigos del FBI? Emily DelGreco. Su número sale en la guía de Brookline a nombre de Edward DelGreco.
–Bien, bien. Eres como una jodida pit bull.
–Hay una parte de mí que asusta hasta a un pit bull. Estuviste una vez muy cerca de hacerla aparecer. Por el bien de los dos, no lo vuelvas a hacer.
Se marchó a toda prisa sin esperar respuesta, y se volvió a unir a la muchedumbre de la habitación 2.
La lectura de la presión en el monitor mostraba 50. La piel de Rolf Hermann había adquirido una tonalidad gris, con manchas de color violeta oscuro. Tenía los párpados tapados con esparadrapo. Un técnico de respiración estaba poniéndole una bolsa con la que se le suministraba oxígeno puro. Bajo cualquier definición, el conde estaba mucho más muerto que vivo. Y aun así, el equipo, dirigido por un Gilbride desesperado, seguía luchando. El residente continuaba masajeando su pecho mientras Joe Milano daba órdenes sobre la medicación a las enfermeras. Y ahora un residente cirujano de corazón también había entrado en escena, preparaba la ingle del paciente para que le insertaran el balón intraaórtico, y pedía los materiales que necesitaba sin preocuparse de si alguien lo escuchaba. Era un circo médico en todo su esplendor, y en el centro permanecía Gilbride, no más efectivo de lo que fue Nerón cuando contemplaba a Roma quemándose en torno suyo.
Jessie se debatía entre unirse al grupo para relevar al exhausto residente que hacía los masajes en el pecho, o simplemente escaparse a algún rincón tranquilo del hospital hasta que la locura terminase. Finalmente decidió involucrarse, y se colocó junto a Gilbride. Había un favor especial que quería ofrecerle cuando fuese oportuno.
–¿Algún cambio? – preguntó.
–Debería haber empezado antes con todo esto -dijo Gilbride, sin apartar la vista de la acción.
–Lo siento -replicó, sin ganas de caer en su trampa y comenzar una discusión sobre la definición del significado de «inutilidad».
–No parece que mejore.
La presión había bajado hasta 45. Muy poca incluso si se estaban haciendo compresiones cardíacas externas artificiales.
–El residente está agotado -dijo Jessie-. Creo que lo voy a sustituir.
–Tonterías. Eres una profesora adjunta. Bombear es un trabajo de residente.
Alzó la voz y llamó la atención del residente de neurocirugía. Después señaló al pecho de Hermann y le ordenó con gestos que continuara con las compresiones cardíacas. Para Jessie, era como si Nerón estuviera pidiendo que echaran un cubo de agua en medio del incendio. El relevo de personal se hizo junto a la cama sin perder ni un latido, pero la lectura de presión se mantenía esencialmente en una línea descendente inalterable. Pasaron cinco minutos más. Quince personas, residentes, estudiantes, enfermeras, técnicos y profesores, llevaban casi una hora trabajando. Se habían gastado miles de dólares en equipo, medicamentos y pruebas de laboratorio.
–El globo está dentro y funciona bien -anunció el residente de cirugía cardíaca.
–Dejen de bombear, por favor -pidió Joe Milano.
La habitación se quedó repentinamente en silencio, excepto por el pitido del monitor, los soplidos de la bolsa respiratoria y el suave ruido sordo de la bomba intraaórtica. Todos los ojos se clavaron en el monitor. Durante un tiempo, quizá un minuto, o tal vez dos, la presión se mantuvo a 50. Después poco a poco, como la órbita de un satélite moribundo, comenzó a deteriorarse. Bajó a 47… 42… 40. Segundos después de que llegara a 40, el monitor mostró que Rolf Hermann daba línea plana. Continuó el silencio en la habitación hasta que todos los del grupo de resucitación esperaron a que Carl Gilbride decidiera si todo había terminado.
Pero no expresó nada. Ni una palabra.
Finalmente habló Joe Milano.
–Doctor Gilbride, comprendo que quiera hacer todo lo posible por este hombre. Pero no sé qué más podríamos intentar.
–Todo esto debió haberse hecho antes -dijo Gilbride.
Se volvió y salió muy ofendido de la habitación.
«Mierda.»
–Ya está. Gracias a todos -soltó Jessie, y salió corriendo detrás de Gilbride.
Le alcanzó en la sala de enfermeras.
–Lo siento -dijo aunque hubiera querido estrangularle.
–¿Dónde está su esposa y los demás?
–Esperando en la sala de familiares.
–Bien, supongo que lo mejor será acabar con esto.
–Ten cuidado. Recuerda lo que te he contado sobre ella.
–Lo que me contaste es una locura. ¡Asesinos! ¡Falsos guardas de seguridad! Solo quiero que todo esto termine cuanto antes. Nunca debí haber cancelado mi aparición en Nueva York. Nunca. Y ahora la señora Levin tiene dolor de cabeza y fiebre precisamente el día que se suponía que le daríamos el alta. En cuanto termine con la condesa voy a hacerle una punción.
–¿Quieres que lo haga yo?
–Ya has hecho bastante por hoy.
–¿Y Orlis? ¿Quieres que te acompañe cuando hables con ella?
–Creo que también lo puedo resolver yo solo.