Los ladrones del cielo
Prólogo
Para Virginia,
mi mejor amiga.
Te amo con todo mi corazón.
En el amor hay un solaz que sólo pueden sentir aquellos que realmente lo conocen. Es cálido y seguro, libre de ira y celos. Es eufórico y nos hace inmunes a la crueldad de la vida. Está colmado de una dicha infinita, agradecimiento imperecedero y auténtico altruismo. Es el más extraordinario de los dones.
Agradecimientos
Me complace enormemente dar las gracias a las siguientes personas: Gene y Wanda Sgarlata, sin cuya amistad y ayuda no podríais estar leyendo estas palabras; Irwyn Apple-baum, por abrirme la puerta y darme una oportunidad; Nita Taublib, por cerrar el trato y convertir así mi sueño en realidad; Kate Miciak, por su infinita paciencia, orientación y confianza; Joel Gotler, por hacer lo imposible; María Faillace y toda la gente de Fox 2000, por su entusiasmo inicial.
Y, sobre todo, a Cynthia Manson, a quien agradezco sus ideas innovadoras, su fe inquebrantable ante la adversidad y su auténtica amistad.
Gracias a mi familia: a Richard, por su curiosidad, su ingenio y su fortaleza; a Marguerite, por su humor, su corazón y su belleza; a Isabelle, por sus risas y su inocencia. Y, más importante aún, doy las gracias a Virginia por soportar mi manía de trabajar a las tres de la mañana. Virginia, eres mi inspiración, mi risa y mi alegría; eres la razón de todo lo bueno que hay en mi vida.
Finalmente, a ti, lector, gracias por dedicar tu tiempo a la lectura de Los ladrones del cielo. En esta época en que la gente elige entretenerse con películas de dos horas, comedias de situación de media hora y videos de tres minutos, es agradable saber que aun existen personas que prefieren leer y dejar que la historia se desarrolle en su imaginación.
Prólogo
Ciudad de Nueva York, noche
Michael Saint Pierre ajustó el visor nocturno monocular Steiner sobre su ojo izquierdo, aflojó la tensión de la cuerda y continuó su descenso desde el decimoquinto piso. El callejón oscuro, ahora teñido de verde, era su lugar de aterrizaje. Tuvo cuidado de no mirar hacia las brillantes luces de la gran ciudad que resplandecían en la distancia: no podía quedarse ciego en ese momento de su vida. El callejón parecía despejado, excepto por unas cuantas bolsas de basura y una pareja de ratas que habían salido a hacer su
ronda nocturna. Una breve carrera de menos de treinta metros a través de la calle le permitiría salvar la pared de granito de un par de metros de altura y alcanzar la seguridad nocturna de Central Park. Permaneció unos instantes oculto entre las sombras de los edificios que lo rodeaban. No temía que lo atrapasen: la peor parte ya había pasado, y no había un alma en ese rincón particular del mundo.
Aún le faltaba una veintena de metros para apoyar los pies en el suelo, cuando -gracias a la visión aumentada- su ojo izquierdo captó brevemente un retazo de piel. Piel suave y desnuda. Era en el quinto piso del edificio contiguo, que se alzaba justo al lado de la Quinta Avenida. Habría jurado que había visto un pecho. Apartó la vista; él no era ningún mirón. No obstante, el espectáculo resultaba agradable, y estaba a tiro de piedra.
Nunca se habría percatado de ello de no haber sido por su artilugio de visión nocturna. Aun así, aquello no lo inquietaba, pues sabía con certeza que ella no podía verlo.
Continuó su lento descenso en medio de la noche húmeda y calurosa.
Pero, como si se tratase de una cautivadora sirena, aquella visión lo demoró, aunque sólo durante un segundo. Sí, era un pecho. Dos, en realidad, bien proporcionados sobre un talle fino. Dios, le encantaba la vista que podía disfrutar desde allí arriba, con toda la escena bañada por una luz verde. La mujer estaba tendida boca arriba. No podía distinguir los rasgos de su rostro, pero tenía un cuerpo excepcional. Contempló ese cuerpo embargado por el deseo. “Piensa en el trabajo”, se recordó, luchando contra ese momento de lujuria fugaz.
Aflojó la cuerda para proseguir el descenso hacia el callejón. Había invertido demasiadas horas para arriesgarlo todo ahora por unas miradas furtivas a una confiada pareja de amantes. Estaría de regreso en su casa muy pronto si se ceñía al plan trazado, a salvo entre los brazos de su esposa, que era mucho más fascinante que esa mujer que tenía delante de los ojos.
Aunque no había duda de que poseía un cuerpo como él jamás había visto antes.
Sin previo aviso, como si le estuviese leyendo el pensamiento, la cabeza de la mujer se volvió hacia la izquierda, en dirección a la ventana. Michael se quedó inmóvil, cogido con fuerza a la cuerda, sin emitir un sonido, sin siquiera atreverse a respirar. ¿Lo había visto? Imposible. Llevaba ropas
especiales para pasar inadvertido, y el área que lo rodeaba no podía estar más oscura.
Y entonces sintió que la sangre se le helaba en las venas.
La mujer no lo estaba mirando. No podía hacerlo. Tenía los ojos cubiertos con una tela oscura, y una mordaza en la boca. Los movimientos de su cuerpo no respondían a la pasión sino al terror. Miró con más detenimiento. La mujer yacía sujeta a una mesa, con los brazos y las piernas extendidos. Lo invadió una furia súbita al ver una figura inclinada junto a ella; el rostro del hombre era apenas visible, pero no así el arma que empuñaba. Aquello no era un juego: habían reducido a la mujer para violarla. Y todo eso estaba ocurriendo a menos de seis metros de él.
Miró hacia abajo. Sólo le quedaban quince metros para alcanzar la libertad. El pequeño saco que llevaba a la espalda se movió. Seis meses de planificación por ese pequeño saco. Era su futuro, y no iba a permitir que se le escapara entre los dedos. No era momento de hacerse el héroe.
Pero la mujer seguía allí, con la piel teñida de verde por el visor nocturno, el cuerpo debatiéndose para liberarse de las ligaduras. Michael no necesitaba oírla para saber que estaba gritando debajo de la mordaza.
Verano en la zona este de Manhattan. La mayoría de sus habitantes había cambiado la ciudad por los Hamptons, por Greenwich, por su pequeña porción de lo que ellos llamaban el campo; sus apartamentos permanecían oscuros y polvorientos hasta septiembre. Los reyes y las reinas abandonaban sus castillos por pastos más verdes y aire más fresco, dejando atrás imperios de Wall Street y feudos de Silicon Alley.1 Era una concentración de dinero sin equiparación en el mundo, todo encerrado en treinta manzanas de fachadas de piedra y corpulentos conserjes irlandeses.
1. Juego de palabras que alude a Silicon Valley, o Valle del Silicio, la rica zona de California donde se encuentran las principales empresas informáticas del mundo. En este caso, la traducción sería «callejón del Silicio». (N. del t.)
El imponente edificio de la embajada había albergado originalmente la casa familiar y las oficinas de J. S. Vandervelde, un magnate del petróleo cuyo imperio rivalizaba con los de Getty, Rockefeller y Carnegie. El gobierno de Akbiquestán había comprado el edificio a comienzos de los setenta, no por su belleza ornamental, sino por su impenetrable estructura exterior: paredes de un metro de espesor, puertas macizas, cristales a prueba
de balas. Los Vandervelde sabían muy bien qué lugar ocupaban en el mundo: conocían a sus enemigos mejor que a su propia familia y, por lo tanto, habían diseñado su hogar teniendo en cuenta ese detalle. Johan Sebastian Vandervelde había hecho construir esta fortaleza -ocho pisos de mansión, siete pisos de oficinas- en 1915, y se había trasladado con su familia al distrito residencial del norte de la ciudad desde su casa en la calle Catorce de Greenwich Village. Los conflictos con sus obreros habían acabado por ser habituales, y eso tenía un precio. Y no sólo se pagaría con sangre sobre los escalones de su puerta.
Los tíos de Akbiquestán también sabían cuál era su lugar en el mundo y que necesitaban un bunker más que un edificio de oficinas. Los nuevos propietarios habían mejorado sustancialmente las cañerías, la instalación eléctrica, la calefacción y la seguridad del antiguo hogar de los Vandervelde. La única forma de entrar en el edificio era a través de la puerta principal, si uno estaba dispuesto a tolerar guardias, escáneres, armas y otras medidas similares.
Pero la gente tendía a pensar en dos dimensiones, no en tres. Nunca se había considerado la posibilidad de un asalto desde arriba del edificio, ni siquiera cuando el embajador de Akbiquestán se encontraba en la residencia. La terraza sólo contaba con alarmas comunes en puertas, ventanas y claraboyas.
La planificación del golpe le había llevado seis meses. Michael conocía cada rincón del edificio mejor que el más antiguo de sus residentes. La Comisión de Preservación de Edificios Históricos se había mostrado extremadamente servicial al proporcionarle planos completos y detalles de la propiedad. Cuando supieron que estaba escribiendo un libro acerca de la avenida más famosa del mundo, dejaron sus tareas para ayudar a ese joven tan agradable que vestía un traje de Ralph Lauren. No sólo le suministraron información sobre el edificio en cuestión, sino también sobre cada una de las estructuras adyacentes. Forbes Garitón Smyth -alias que Michael había elegido por el distinguido linaje que llevaba implícito- le aseguró a cada comisionado que recibiría un reconocimiento por su colaboración.
Descubrió fácilmente el sistema de seguridad norteamericano instalado en el edificio, y consiguió los códigos de acceso mediante un pago nominal al fabricante, ya que el sentimiento estadounidense por los tíos de Akbiquestán no era muy profundo.
Como todo buen hombre de negocios, Michael era minucioso en su trabajo, y cuidaba todos y cada uno de los detalles. Era un profesional como la copa de un pino. No había descuidado ningún aspecto del plan, ni pasado por alto absolutamente nada en su investigación. Había analizado cada posibilidad y previsto una respuesta. Pero, a diferencia de otros negocios, la suya era una empresa unipersonal. No había personal de Investigación y Desarrollo, ni secretarias, ni vicepresidente de Recursos Humanos. Michael trabajaba solo: en un terreno incierto no se puede ser confiado. Siempre daba sus golpes sin que sus víctimas -gobiernos, criminales, asegurados contra todo riesgo-lo detectaran, y nada podía señalar nunca en su dirección. Entraba y salía en cuestión de minutos, jamás cometía un error, nunca dejaba una huella, nunca una pista, y, lo que era más importante, jamás lo habían atrapado.
Ahora que las Naciones Unidas estaban en período de receso, la embajada había reducido su personal: dos guardias de servicio por turno y un puñado de secretarias en horas de oficina, y eso era todo. El resto del personal había regresado a su hogar para disfrutar de la tierra desértica y montañosa a la que representaban.
El embajador, Anwar Sri Ruskot, era un respetado general que se distinguía en su faceta diplomática, pero ese talento ocupaba un puesto muy inferior respecto a sus habilidades más notables. El general Ruskot era muy conocido en los mercados negros como perista de primer nivel especializado en el movimiento de antigüedades, joyas y pinturas, para lo cual hacía uso de sus credenciales diplomáticas. En lo que concernía al general, la valija diplomática era un invento más grande que la electricidad, la bombilla y las mujeres, todo junto. Los rumores acerca de sus actividades corrían como la pólvora en los círculos de los organismos encargados de hacer cumplir la ley, pero tanto el FBI como la interpol se veían impotentes para actuar. Si se les ocurría sacudir el árbol, el Departamento de Estado se encontraría con una importante crisis entre las manos que podría agravarse rápidamente hasta provocar un baño de sangre entre los dos países, que no eran precisamente amigos.
Cuando el general Ruskot estaba en la ciudad, dirigía sus negocios desde la planta decimoquinta de la embajada, lejos del alcance de sus guardias, consejeros, secretarias y de cualquier entrometido. Ruskot afirmaba que era allí donde se encargaba de llevar los asuntos más
delicados de su país y que, si esos asuntos se hacían públicos de manera prematura, el impacto sería catastrófico para la diplomacia mundial. Pasara lo que pasase, nadie entraba jamás en la planta decimoquinta de la embajada.
El primero en ver las verdaderas operaciones que llevaba a cabo el embajador fue Michael. Estaba suspendido de un cable de Kevlar en medio de la habitación, a un metro y medio del suelo, alumbrando la estancia con una pequeña linterna. El estudio era grande, un cruce entre la biblioteca de un caballero y un fumadero de opio. Contra la pared del fondo se apoyaba un sólido escritorio masculino rodeado de sillas de cuero rojo y respaldo alto, mientras que en el extremo opuesto había grandes y mullidos cojines dispuestos en torno a un narguile, cuyo rancio olor a opio aún impregnaba el aire. Entre la gran variedad de antigüedades orientales y pinturas de grandes maestros, alfombras y tapices turcos, había libros mayores, archivadores y ordenadores que detallaban cada transacción turbia, cada pago ilegal, cada trato cerrado bajo cuerda. Mientras que la mayoría de los delincuentes mostraba una gran discreción en cuanto a la conservación de archivos, ésa era una preocupación que nunca afectaría a Ruskot: el general no estaba en suelo estadounidense, sino en territorio de Akbiquestán protegido por la Convención de Viena.
Michael había entrado en el callejón poco antes de medianoche para iniciar su ascenso. La tienda de cuatro plantas se encontraba a pocos metros de Madison Avenue, y su fachada de bloques de granito era el sueño de cualquier escalador. Llevaba a la espalda varios tramos de fina cuerda de escalada; en la cintura, mosquetones, crampones y un equipo de herramientas, todo sujeto con cinta adhesiva para evitar cualquier ruido.
Inició el ascenso desde el callejón en sombras, aferrándose a los estrechísimos rebordes entre los bloques de granito de la pared. Como si hubiese salido a dar un paseo, escaló la tienda en cuestión de segundos, y luego atravesó la terraza en dirección al edificio de apartamentos de ocho plantas contiguo. Con el estilo y la fuerza de un experto, pasó de un edificio a otro avanzando hacia la Quinta Avenida, elevándose cada vez más por encima de la ciudad a medida que lo hacía. A Michael le gustaba mucho más escalar edificios que rocas. Los edificios representaban un desafío mayor, le daban la sensación de haber conseguido un logro mayor. Se había colgado de fachadas hechas por el hombre desde que estaba en la
universidad: los dormitorios del Towers habían sido su primer Everest.
Había trepado hasta el piso veintidós del edificio y se había deslizado en la habitación de un profesor sin hacer el más mínimo ruido; todo para conseguir las preguntas de un examen. Pero su arriesgada aventura no había tenido la recompensa esperada: la chica para quien había robado las preguntas no logró aprobar.
Michael descendió hasta la terraza de la embajada de Akbiquestán desde el edificio residencial de dieciocho pisos contiguo. La claraboya, instalada en 1968, disponía de alarma, pero quedó fácilmente desactivada mediante unos cuantos empalmes. Luego quitó el cristal, examinó la habitación a oscuras a través de su visor monocular e inició el descenso. Un apartamento increíble, una colección de arte impresionante. Michael había estudiado los planos como si se tratase del guión de una obra de teatro, y podía describirlo con los ojos cerrados; conocía cada centímetro de ese lugar mucho antes de poner un pie en él.
A través de sus distintas fuentes había conseguido averiguar que allí guardaban una cantidad considerable de diamantes sin tallar, y sus contactos demostraron tener una información fidedigna cuando la caja fuerte Wells Fargo 1908 de casi dos metros de alto se abrió bajo sus hábiles dedos. En su interior descansaban los diamantes. Extendió la tela de terciopelo negro y allí estaban, como diminutas estrellas contra un cielo nocturno, titilando y centelleando delante de sus ojos. Una cantidad suficiente para llenar un bote de galletas. Treinta millones en el mercado negro, dólares imposibles de rastrear. Lo que hacía aún más atractivo este trabajo era el hecho de que nadie podría denunciar jamás la desaparición de esos diamantes. Eran piedras seguramente robadas, ilegalmente aseguradas, cuya existencia sólo conocía una minoría selecta. El embajador jamás daría la voz de alarma. El origen de esos diamantes provocaría demasiadas preguntas. Nadie, en ninguna circunstancia, podría entrar en la suite del piso quince para inspeccionar la escena del delito. Ningún policía, ninguna investigación, ningún problema.
En el mismo momento en que se abría la puerta de la caja fuerte, el cabo Javier Samaha se sentía cada vez más inquieto en su puesto de guardia junto a la puerta del edificio de la embajada. Los guardias habían echado a suertes quién se marcharía a su casa, y Samaha había sacado la proverbial pajita más corta. La monotonía de los turnos de doce horas había hecho que
se le hinchasen los pies y le doliese la cabeza. Era una noche tranquila, un jueves, y no pasaba nada, como de costumbre. Aparte de comer, leer y jugar a las cartas, no había mucho más que hacer. A pesar de todos los temores de ser un extranjero en una tierra hostil, nunca se había producido ningún incidente en la embajada ni contra ninguno de sus compatriotas. Samaha pensaba que la paranoia del embajador era completamente infundada y sus precauciones, exageradas. Estaban en el siglo XXI, en la era de la tolerancia, y la embajada se encontraba en la ciudad más liberal y diversa del mundo. Además, se hallaban en pleno verano, así que todos los extremistas y los universitarios se habían largado de vacaciones, y nadie iba a organizar una protesta al menos hasta septiembre. Samaha se volvió hacia el guardia que estaba en el mostrador y le dijo que iba a hacer su ronda un poco más temprano, pues necesitaba estirar las piernas y aclararse la cabeza. Habitualmente comenzaba la ronda por el segundo piso y continuaba hacia las plantas superiores; pero, haciendo uso de la escasa autoridad que tenía, esa noche decidió empezar la ronda por el último piso.
Michael cerró la caja fuerte, guardó los diamantes en el pequeño saco y se lo colgó a la espalda. Dedicó un momento a admirar las obras de arte que había en la habitación, seguro de que nadie entraría en esa área restringida, y vio una cruz enjoyada en un rincón. Medía unos veinte centímetros y estaba incrustada de zafiros, rubíes y esmeraldas. Él sólo había ido allí por los diamantes, pero aquella cruz lo llamaba a gritos, no sabía por qué. No formaba parte de su plan y detestaba desviarse del guión; siempre era extremadamente exigente en su trabajo. Sabía que la clave del éxito -que se traducía en no ser atrapado- consistía en ceñirse al plan previsto. Pero, después de todo, ése sería su último trabajo.
Guardó la cruz con los diamantes y abandonó la habitación exactamente noventa y tres segundos después de haber entrado.
La puerta del ascensor se abrió en el piso decimoquinto. El cabo Samaha conocía perfectamente las restricciones, pero esa noche la curiosidad lo había vencido. No había nadie que pudiese verlo, de modo que ¿qué mal podía hacer? Comprobó la única puerta del apartamento que había en ese piso -la única puerta de la que los guardias no tenían la llave-y, confirmando que estaba bien cerrada, se dirigió un tanto decepcionado hacia la escalera de incendios. Luego se volvió y echó un vistazo a la puerta de caoba tallada que daba acceso al refugio de Ruskot. El cabo no sentía
demasiando respeto por el paranoico diplomático, pero era su obligación proteger al general y defender la dignidad de su país. Samaha se resignó a no poder conocer la verdad que se ocultaba detrás de aquella puerta y concentró sus pensamientos en el café. Había salido ya a la escalera de incendios, cuando oyó un leve sonido en medio del silencio que reinaba en la planta quince. Se detuvo y aguzó el oído. Volvió a oírlo. El sonido provenía del interior del apartamento y en esta ocasión no había sido tan nítido, pero no cabía duda de que no era natural. Volvió sobre sus pasos y comprobó nuevamente la puerta: cerrada con llave. Apoyó la oreja contra la superficie de caoba pulida y escuchó con todos los sentidos. Estaba seguro de que oía algo dentro del apartamento. Pensó en las implicaciones, en su obligación para con su país; consideró la violenta personalidad del general y volvió a considerar la violenta personalidad del general.
Olvidándose de cualquier precaución, abrió la puerta de una patada. El apartamento se encontraba a oscuras, excepto por la luz que se filtraba desde el vestíbulo y el escaso resplandor procedente de la claraboya. El cabo advirtió que el espacioso estudio estaba finamente amueblado, mucho mejor que cualquier otra habitación de la embajada. Un palacio en el cielo.
Dedicó unos momentos a examinarlo. No parecía haber nada fuera de lugar.
Se fijó especialmente en la enorme caja fuerte y, mientras se preguntaba qué uso le darían, comprobó la cerradura. Todo en orden. Se volvió para marcharse, diciéndose que probablemente el sonido que había oído era del conducto del aire acondicionado. Pero entonces vio algo en la pared.
Parecía una mancha de humedad, un contorno de polvo. Sámaha se acercó para examinarla mejor, pisando los mullidos cojines y echando un vistazo despectivo al narguile. Aunque el apartamento estaba sumido en la oscuridad, la escasa luz era suficiente para distinguir la mancha en la pared.
El cabo pasó los dedos sobre ella, siguiendo su contorno. Con el tiempo, la luz del sol había desteñido la pintura, pero una pequeña zona conservaba aún el color verde brillante de su aplicación original, una pequeña zona con la forma de una cruz.
Así pues, Michael estaba suspendido en el aire a quince metros del suelo con su futuro asegurado en el pequeño saco que llevaba a la espalda.
A cinco pisos de la libertad, y con una mujer torturada delante de sus ojos y a punto de morir. Su mal presentimiento, el que le contraía el estómago y le decía que echara a correr en la dirección contraria, le resultaba casi
insoportable. Pero eso no era nada comparado con el miedo que sentía por la víctima inocente que había visto fugazmente.
Subió por la cuerda a pulso, palmo a palmo, completó en pocos segundos la ascensión de casi treinta metros y salvó el antepecho. Seis metros más allá y nueve pisos más abajo estaba el edificio residencial de seis plantas. Escaló el edificio de apartamentos contiguo, se desplazó de costado clavando las puntas de los dedos en la superficie de ladrillos y, tras asegurar la cuerda, se deslizó hacia abajo.
Le gustaba contar con un plan minuciosamente trazado, así como con un plan B, y siempre tenía un plan B para el plan B pues evitaba la improvisación. La adrenalina corría por sus venas, y ahora sólo podía confiar en su instinto. Repasó lo que sabía: el edificio residencial estaba a nombre de una corporación europea de empresas textiles, lo ocupaba habitualmente un matrimonio y un pequeño schnauzer, y disponía de un sistema de alarma barato e ineficaz. Conocía a fondo el edificio porque lo había estudiado como posición de retirada.
Los pensamientos se arremolinaban en su cabeza. ¿Dónde estaba el marido? ¿Quién era el violador? ¿Era acaso el propio marido? ¿Era así como se excitaba esta pareja? No había tiempo para las preguntas, sólo para los hechos: el lenguaje corporal de la mujer manifestaba claramente que imploraba ayuda ante su inminente muerte.
No había sido una decisión difícil. Samaha le explicó a su compañero de guardia en el mostrador de la entrada que había oído algo en el apartamento del piso quince y, a pesar de que tenía órdenes de no entrar allí, había pensado que era su deber proteger a su país. Añadió que había comprobado el resto del edificio con la sensación de que podía haber alguien merodeando en la terraza. «Tonterías», había sido la única respuesta del oficial de guardia. Entonces Samaha había sugerido que llamasen a la policía para que se diesen una vuelta por la embajada y mantuvieran los ojos abiertos ante cualquier cosa sospechosa. Era una buena historia de portada: que la policía peinase la zona; si el ladrón aún estaba en los alrededores, los policías lo atraparían y Samaha se llevaría todo el mérito por su rápida iniciativa. Incluso era probable que recibiera una condecoración. ¿Y si la policía no cogía a nadie? El general Ruskot estaría de regreso dentro de dos semanas, con su terrible carácter, así que ausentarse sin permiso por Nueva York sería una buena alternativa.
Michael entró silenciosamente en el edificio por la ventana del último piso. No llevaba pistola; odiaba las armas de fuego, nunca había tenido que utilizarlas, y no habría sabido qué hacer con una si la hubiese tenido. Pero tenía su cuchillo, y lo sostuvo en la mano. El mango era suave, agradable al tacto, y la luz arrancaba destellos al filo mortal de la hoja de acero. Lo hizo girar en la palma de la mano mientras elevaba una silenciosa plegaria para no tener que utilizarlo; su afilado metal nunca había estado en contacto con la piel de un ser vivo.
Orientó su visor nocturno hasta bañar con su espectral resplandor verde la habitación de invitados situada en la parte trasera del piso, y luego salió al corredor. Unos ruidos sordos, sumados al roce de una piel desnuda contra una mesa y un débil gemido, le estremecieron el alma y fortalecieron su determinación. En el extremo del pasillo, justo delante de la puerta, yacía el pequeño schnauzer en medio de un charco de sangre. Michael avanzó lentamente y se asomó a la habitación, que resultó ser un taller de cerámica.
Había numerosos botes de pintura, disolventes y barnices sobre un banco de trabajo, así como un gran horno en el rincón, con el ventilador en funcionamiento para disipar el intenso calor interno. El aire estaba impregnado de un olor terroso y húmedo, entremezclado con un leve aroma a jazmines. En el suelo había trozos de cerámica hecha añicos y herramientas esparcidas por todas partes, como si un súbito remolino hubiese barrido el lugar. Vio la mesa donde se trabajaba y moldeaba la arcilla, donde se le daba forma para convertirla en arte. Pero esa noche no era precisamente arcilla lo que se trabajaba.
La mujer era rubia y estaba al cabo de la treintena. Una fina capa de sudor le cubría el cuerpo, y su pecho subía y bajaba con la agitación del terror. Incluso desnuda era fácil advertir su riqueza, pues su cuerpo tenía el tono muscular de una atleta y en el rostro se advertía el excelente trabajo de un cirujano plástico de Park Avenue. Sus pies, perfectamente cuidados, colgaban a los costados de la mesa, atados a las patas; tenía además los brazos sujetos por encima de la cabeza, y un pañuelo negro cubriéndole los ojos. Sus desgarradores gemidos, ahogados por la mordaza, helaban el corazón de Michael, pero al menos servían para confirmarle una cosa: la mujer seguía con vida.
Sobre el alféizar de la ventana había algo que sólo podía ser descrito como un equipo médico del siglo XIX, una colección de toscos
instrumentos quirúrgicos antiguos -bisturís, escalpelos y sierras para huesos- propia de un matasanos.
Michael miró en derredor, pero no vio rastros del asaltante de la mujer.
Se quitó el aparato de visión nocturna y corrió hacia la mesa. La mujer no tenía herida alguna; quienquiera que la hubiera reducido a ese estado aún no había comenzado su trabajo. Empezó a cortar rápidamente las ligaduras; pero, sin darse cuenta de que Michael intentaba salvarla, la mujer se revolvió y dejó escapar un chillido que sonó amortiguado por la mordaza.
Y fue entonces cuando recibió un mazazo en un costado de la cabeza.
Michael se tambaleó hacia atrás, mareado, y perdió toda noción de tiempo y realidad. Entrevió una figura oscura con el rostro tapado por un pañuelo, un mazo de escultor en la mano derecha y una pistola en la izquierda.
Sintiendo que la cabeza le estallaba, Michael luchó por no perder el conocimiento. Cuando había emprendido su aventura de esa noche no había imaginado que la muerte pudiera ser una opción, pero en esos momentos…
Sin mediar palabra, el frío cañón de la pistola se apoyó contra su frente. El loco levantó nuevamente el mazo y luego se detuvo, como si disfrutara de la situación. Michael apretó el mango del cuchillo, aliviado por el hecho de que estuviese oculto. Luego, sin dudar un instante, impulsó la hoja hacia arriba y la clavó en la muñeca de su atacante, hundiéndola hasta el mango.
La punta ensangrentada salió por el otro lado del brazo, y su atacante cayó hacia atrás y fue a chocar contra el horno. Se golpeó con el hombro contra el metal calentado a mil doscientos grados, mientras la pistola resbalaba de entre sus dedos. Un segundo después, el hedor a carne quemada llenó el aire.
Michael se incorporó, tambaleante, tratando de sobreponerse al terrible mareo provocado por el brutal golpe. Se aferró a la mesa para sostenerse en pie, y al fin pudo ver bien al hombre que lo había atacado. Los ojos eran fríos e inexpresivos; del hombro quemado salía un hilillo de humo, y la sangre que brotaba de su antebrazo chorreaba por la hoja del cuchillo.
Haciendo caso omiso del dolor, el hombre se arrancó el cuchillo de la muñeca herida y se abalanzó sobre Michael, le clavó el cuchillo en el hombro y lo lanzó al suelo. El chiflado aferró el mango del cuchillo y, como si fuese un cerdo en el matadero, arrastró a Michael a través de la habitación hasta dejarlo junto al horno. Con un rugido de furia, el hombre pateó la hoja del cuchillo; un dolor insoportable acometió a Michael.
Cuando ya se hundía en la inconsciencia, el agudo chirrido de una radio lo sobresaltó. Era un monitor de frecuencia de la policía, propiedad de su atacante. Michael apenas si pudo distinguir las palabras: «Posible robo en la embajada de Akbiquestán, coche en camino»
Se quedó tendido allí, conmocionado por el terrible dolor. La mujer profirió un grito ahogado a través de la mordaza; ahora seguramente la mataría. Los pensamientos de Michael se centraron en su esposa. ¿Cómo podría entender nunca lo que había pasado? Imaginó a la policía comunicándole su muerte: cómo lo habían encontrado, cómo lo habían asesinado. ¿Podría ella ser tan amable de ayudarlos en la investigación de los hechos? Ayudarlos a explicar la presencia de los diamantes robados en el saco que su marido llevaba a la espalda. ¿Conocía ella a esa mujer de la alta sociedad, muerta y desnuda? ¿Su esposo y esa mujer tenían una aventura?
Llevado por la desesperación, Michael levantó un brazo y se extrajo el cuchillo del hombro con un fuerte tirón; el dolor fue tan intenso que sintió que se hundía en la oscuridad. Pero el ruido de un líquido al ser vertido lo devolvió súbitamente a la realidad. El disolvente que se extendía por todo el suelo le llenó las fosas nasales, y le abrasó la piel al alcanzar la herida abierta. Por primera vez en su vida tuvo conciencia de su mortalidad. Si no se movía -y enseguida-, no sólo moriría él, sino también la mujer.
De pie ante la puerta, el loco balanceó el brazo hacia atrás, y la mecha de un cóctel molotov casero brilló en la oscuridad. Michael luchó para levantarse mientras el hombre lanzaba la botella en llamas directamente hacia él. La bomba de disolvente flotó en el aire durante lo que pareció una eternidad antes de describir un arco descendente y estallar finalmente contra el horno calentado al rojo vivo. El fuego se elevó al instante y se extendió por el suelo. El loco desapareció cuando la puerta comenzó a arder.
Luchando contra el lacerante dolor del hombro y contra lo que seguramente era una conmoción cerebral, Michael atravesó la habitación entre las llamas y el humo cada vez más densos. Cogió una lona de un estante y la arrojó sobre la aturdida mujer. Luego le quitó la venda de los ojos y la mordaza. Ella vio las llamas y lanzó un chillido histérico. Michael sujetó su cuerda a una de las patas de la mesa, cogió una silla y la arrojó contra la ventana, y a continuación hizo lo propio con la cuerda de escalada.