Los ladrones del cielo
Capítulo 25
podía tener el tío aburrido y santurrón que se pasaba todo el día pegado al ordenador? Y esa tendencia se veía reflejada en la vida: los actores siempre querían los papeles de malo, el villano era el personaje más fascinante de la literatura. Bastaba con pedirle a cualquiera que nombrara a diez tipos buenos interesantes y diez tipos malos interesantes: en veinte segundos recordaría a todos los tíos siniestros, pero después del quinto héroe tendría problemas para seguir con el resto de la lista.
Finster se había cansado de todo aquello. La gente se había vuelto demasiado previsible. Un poco de dinero agitado ante sus narices, un poco de sexo exhibido ante sus ojos, y se inclinaban como un árbol joven bajo la brisa. Finster no era más que el tentador, nunca la mano que sostenía el arma.
Continuó su paseo por su Louvre subterráneo, hasta que finalmente llegó a la puerta que daba acceso a la cámara principal, con la pintura de las Puertas del Cielo apoyada junto a ella. Charles bajó por la escalera con una gran bolsa negra y un cuchillo.
Los ojos de Finster no se apartaron en ningún momento de la pintura mientras hablaba con su mayordomo.
–Y miró y vio que era bueno -musitó.
Charles se quedó en un rincón junto al cuerpo que colgaba del techo.
Extendió la bolsa negra en el suelo y abrió la cremallera a fin de prepararla para su última moradora. El hedor de la muerte se desprendió del cadáver: el proceso de descomposición ya había comenzado. Con mucho esfuerzo, Charles bajó el cadáver al suelo. Apartó la cabellera roja de Elle de su otrora bello rostro y aflojó el nudo de su cuello, magullado e hinchado.
Finster seguía contemplando la pintura de las Puertas del Cielo, sumido en profundos pensamientos. Y en sus labios comenzó a formarse una leve sonrisa.
–Vuelvo a casa -dijo.
Capítulo 25
Las cruces cubrían las ventanas, las puertas y las paredes, miles de cruces, en todas partes. Apenas si había quedado un centímetro libre de la obra manual del sacerdote. A Busch le recordó al violador en serie que había atrapado hacía ocho años; fotografías seleccionadas de revistas, recortadas de periódicos, cubrían cada centímetro de la habitación de aquel
psicópata. Todas de chicas prepúberes. Y el psicópata, de apenas diecinueve años, simplemente se había quedado sentado allí mientras Busch lo arrestaba, desconcertado ante lo que había hecho mal, protestando: “Zeus me dijo que lo hiciera”.
Busch y Simón estaban sentados en el suelo en medio de la habitación, con una botella de Cutty Sark entre los dos. En la flamante botella apenas quedaba un dedo de whisky. Los dos hombres tenían finalmente algo en común: ambos se encontraban a un trago de perder el sentido.
–Bien, padre, ¿a qué se dedica cuando no está combatiendo al Diablo, asesinando gente, esas cosas sagradas que hace?
La pregunta farfullada de Busch sonó casi ininteligible.
–Yo… juego al ajedrez. – La voz de Simón sonó clara, pero era evidente que no estaba en mejor forma que Busch.
–El ajedrez está bien, pero es un poco demasiado cerebral para mí.
Después de pensarlo mucho y fruncir el ceño, Simón dijo:
–Fútbol.
–Ah, ahora estamos llegando a alguna parte -dijo Busch,
–Fútbol americano no. Fútbol a secas.
El júbilo del policía se evaporó.
–Nosotros -Busch señaló a Michael, que parecía abstraído en el solitario que estaba haciendo en la cama- jugamos al fútbol, el bueno y viejo fútbol americano.
–¿Y son buenos?
–Sí, somos buenos -contestó Busch.
–Hay que estar en buena forma para eso.
–Así es -asintió Busch, henchido de orgullo.
–¿Son veloces?
–Cuanto más veloces, mejor.
–¿Inteligentes?
–Más listos que el hambre. – Lo pensó mejor-. Bueno, el quarterback tiene que ser inteligente,
–¿Usted es el quarterback?
Busch se echó a reír.
–No. Sólo soy veloz y fuerte,
Simón, que estaba tendido boca abajo, extendió el brazo, ofreciendo su mano a modo de desafío.
–¿Cómo de fuerte?-preguntó.
Busch sonrió, extendió los brazos varias veces, aflojándolos, y luego se tendió en el suelo delante de Simón.
–De acuerdo padre. ¿Está seguro?
–Seguro.
Simón flexionó la mano para conseguir un buen agarre.
–Entonces hagamos que sea interesante. Pongamos cien dólares.
–Cien pavos -convino el sacerdote con voz ebria.
Ambos sacaron el dinero y lo lanzaron sobre la alfombra.
Michael miró a los otros dos, ofuscados por su actitud pendenciera. Se levantó de la cama y se dirigió al carrito de la comida. Cogió dos copas de vino de tallo largo y, aclarándose la garganta para causar efecto, se volvió hacia ellos.
–¡Qué cono, tíos! ¿Queréis saber quién es el más fuerte? Hagamos que realmente signifique algo.
Y con eso levantó las copas y, golpeándolas contra el borde del carrito de la comida, rompió los cuencos y se quedó sólo con los pies, dentados como cuchillos.
Michael se acercó a los dos hombres y dejó las copas rotas en la línea de descenso de sus antebrazos. El perdedor quedaría empalado en el trozo de cristal como si éste fuese una daga, con el cristal clavado en el dorso de la mano. Sonrió.
–Ésa es una motivación un poco mayor que cien pavos.
Simón y Busch se miraron.
–Adelante -se mofó Michael-.Ambos estáis muy seguros. Si no tenéis fe en vosotros mismos…
Ninguno de los dos se movió.
–Esto es demasiado bueno. – Michael mezcló las cartas varias veces, barajándolas como un auténtico mago-. Tengo que conseguirlo, Michael había aprendido a realizar dos únicos trucos con las cartas en su juventud y sólo recordaba uno de ellos; afortunadamente era ése.
–Coged una carta cada uno.
Simón y Busch se miraron y, finalmente, estiraron la mano. Cada uno sacó una carta del mazo, sin comprender muy bien cuál era el propósito que animaba a Michael. No había duda de que el alcohol estaba haciendo efecto
mientras ambos permanecían sentados en la alfombra, con la carta en la mano y expresión azorada.
–Tenéis que mirarlas… -los reprendió Michael.
Busch apenas si podía enfocar la vista, pero estaba seguro de que la carta que tenía entre los dedos era el rey de tréboles. Simón miró su diez de picas y luego la apoyó contra el pecho para ocultarla.
–Ahora debéis devolverlas al mazo.
Michael extendió la baraja, y cada uno de ellos deslizó su carta entre las demás. Luego mezcló varias veces, arqueando las cartas, haciéndolas rodar sobre su mano para causar efecto, y al fin las depositó en el suelo.
–Si eres tan amable -le dijo a Busch-, corta, por favor.
Éste hizo lo que su amigo le pedía.
Michael se volvió hacia Simón.
–Déme las dos cartas de arriba del mazo.
Simón obedeció, entregándole las dos cartas boca abajo. Michael las cogió y las colocó debajo de los pies de las copas rotas.
–He colocado la carta del ganador debajo de la copa del perdedor. –
Michael lanzó un billete de cien dólares sobre la alfombra-. Yo también participo.
Simón y Busch miraron las copas rotas apoyadas sobre las cartas, interrogándose sobre la elección irracional que tenían delante.
–¿Qué, está asustado, hombre santo? – se mofó Busch con voz aguardentosa.
–No de usted, Peaches.
Busch montó en cólera. Ambos se cogieron por la mano derecha, tratando de conseguir el mejor agarre posible. Apoyaron el antebrazo izquierdo en el suelo para que actuase a modo de palanca y…
–¡Da la orden! – gritaron al unísono.
Michael cogió las manos de ambos contrincantes entre las suyas, asegurándose de que estaban a la par y, lo que era más importante, que estuviesen alineadas con las púas mortales. Luego, con una voz que apenas superaba el nivel de un susurro, dijo:
–Adelante.
Ambos eran fuertes y tenían los músculos tensos y una fiera determinación en la mirada. Sus brazos entrelazados parecieron mantenerse inmóviles durante una eternidad, temblando como el motor de un coche en
marcha. Busch comenzó a ganar de un modo casi imperceptible, sólo por una fracción, pero los brazos estaban inclinándose claramente en su favor.
Tenía la frente arrugada en un gesto de intensa concentración mientras todo su cuerpo se estremecía, pero entonces… muy levemente, Simón pasó a aventajarlo. Nunca jamás habían derrotado a Busch en un pulso. Y, sin embargo, ese sacerdote borracho comenzaba a ganar ventaja.
Pasó un minuto.
Con las miradas enlazadas y una intensidad creciente como Michael jamás había visto, Busch y Simón continuaron el pulso mientras el sudor les perlaba la frente. Ambos respiraban con jadeos entrecortados; dos hombres que no estaban acostumbrados a perder, cada uno fieramente decidido a no fracasar. Y aunque todo se había iniciado como un desafío alcohólico, el whisky se evaporó en el calor generado por los dos combatientes, que ahora parecían estar completamente sobrios.
Y entonces, muy despacio, la ventaja se decantó otra vez del lado de Busch. Al principio de un modo imperceptible, pero luego, a medida que transcurrían los segundos, la mano de Simón comenzó a descender centímetro a centímetro hacia el afilado pie de la copa rota. Busch prefería morir antes que ser derrotado. La mano del sacerdote estaba a medio camino de quedar atravesada, pero esa sangrienta fatalidad a punto de cumplirse no disuadió a Busch, que apretaba los dientes y seguía empujando hacia abajo. Sus miradas continuaban enlazadas; ninguno de los dos miraba los fragmentos de cristal.
De pronto, el descenso de la mano de Simón se detuvo. Los tendones de su cuello estaban hinchados como cuerdas. Su mano pendía inmóvil a escasos centímetros del afilado cristal. Los ojos de ambos se retaban mutuamente.
Pasaron dos minutos. Su resistencia comenzaba a debilitarse.
Busch buscó en su interior hasta encontrar esa pizca extra de fuerza y volvió a empujar la mano de Simón hacia la derrota. Continuó presionándolo poco a poco, fracción a fracción.
La mano de Simón casi rozaba el pie de cristal serrado; podía sentir su borde afilado acariciando los pelos del dorso de su mano. Y, sin embargo, no se advertía el miedo en él, sólo una inmutable determinación. El dolor de la herida no sería nada comparado con la angustia de la derrota.
Cuando había propuesto el juego, Michael tenía el convencimiento de que ninguno de los dos pasaría por esa terrible prueba y, no obstante, allí estaba él, con los ojos fijos en lo que seguramente sería una conclusión horrorosa.
Fue Busch quien rompió el contacto visual, aunque sólo por un instante.
Su mirada se desvió de manera irresistible y fugaz hacia el mortífero borde de cristal antes de volver a mirar a su oponente.
Simón no se acobardó, y el brillo de su mirada no se alteró. El cristal presionaba ahora contra su piel, el más leve movimiento iniciaría el corte.
Su mano estaba casi empalada cuando…
Busch abandonó el pulso. La mano de Simón salió disparada hacia arriba como un muelle liberado de su cruel abrazadera. Ninguno de los dos dijo nada. Busch miró la alfombra mientras se frotaba el brazo. Los ojos de Simón oscilaban entre la copa rota y su mano.
–Bien. – Michael se inclinó hacia adelante y recogió el dinero-. Ha sido sencillo -dijo, guardándose los billetes en el bolsillo.
Busch y Simón miraron a Michael sin entender nada. Busch fue el primero en darse cuenta de lo que había sucedido; cogió su carta de debajo de la copa rota y le dio la vuelta: el cinco de picas. Simón hizo lo propio con la suya: el ocho de corazones. Ninguna de ellas era la carta que ellos habían sacado. Los dos miraron a Michael un tanto desconcertados y bastante cabreados.
–¿Qué pasa contigo, te has vuelto loco? – pregunto Busch.
–Sabía que la humanidad de ambos vencería a los respectivos egos -dijo Michael.
–Espera un momento -replicó Paul-. Tú no has ganado una mierda, amigo mío. Tal vez creas que eres el tío más listo del mundo, pero has perdido la apuesta porque no has adivinado ninguna de nuestras cartas. –
Extendió la mano-. Afloja la pasta.
Michael hizo caso omiso de la mano tendida del policía y pidió a Simón:
–Déme su cuchillo.
El sacerdote vaciló sólo un momento; luego se levantó la pernera derecha del pantalón, sacó el cuchillo Bowie de la vaina que llevaba sujeta con una correa a la pantorrilla y se lo pasó a Michael.
Éste le entregó el mazo de cartas a Busch.
–Lánzalas al aire.
Busch lo fulminó con la mirada. Si el licor no le hubiese enturbiado la mente, ya le habría atizado.
–Vamos. Lánzalas bien alto -lo apremió Michael.
Su amigo emitió un bufido de exasperación y tiró las cartas hacia arriba.
Las cartas parecieron flotar en el aire durante una eternidad hasta que… con deslumbrante celeridad, Michael lanzó el cuchillo a través de la cascada de cincuenta naipes.
Chas. Y clavó dos cartas contra la pared. El diez de picas y el rey de tréboles. Los naipes que Busch y Simón habían sacado del mazo colgaban ahora de la pared, con el cuchillo aún oscilando por el impacto. La habitación permaneció en silencio hasta que Busch finalmente se echó a reír a carcajadas.
–Por eso él es el quarterback -le dijo a Simón.
–Hijo de puta -musitó Simón. Y, por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa iluminó su rostro moreno y delgado.
Michael se sentó en un sillón y alzó las piernas con una sonrisa de oreja a oreja. Por lo que se leía en sus ojos, parecía como si hubiese descifrado el código de seguridad de Fort Knox. 9 Mientras Simón y Busch se empecinaban en su combate, tratando de romperse mutuamente los brazos, Michael había acabado por encontrar la respuesta que estaba buscando, que los tres estaban buscando.
Sabía cómo recuperar las llaves.
Dos de la mañana. La lluvia seguía cayendo, y el vestíbulo del hotel estaba desierto. Torre Ericson había llegado a Berlín de su Suecia natal para trabajar durante las vacaciones de verano. Torre nunca había viajado por Europa, pero había jurado que lo haría antes del año siguiente, cuando cumpliría los veintiuno. Berlín le había parecido un lugar tan bueno como cualquier otro como base de operaciones y, por otra parte, el hotel Friedenberg era el único lugar que le ofreció un trabajo con dos días libres consecutivos. Por supuesto, le llevó un tiempo acostumbrarse al aburrido turno de noche, pero en realidad eso no le importaba. El aburrimiento era lo habitual, excepto por alguna que otra llamada de un cliente que pedía un bocadillo, una prostituta, o ambas cosas. En el hotel Freidenberg no pasaba nunca nada entre la medianoche y las seis de la mañana.
De modo que se sintió ligeramente sorprendido cuando aquel hombre entró en el hotel, empapado hasta los huesos. El desconocido tosía sin parar mientras daba vueltas como si estuviese tratando de orientarse. Este tío necesitaba con urgencia una taza de café y una cama para dormir la borrachera, se dijo Torre.
9. Fortaleza militar de Estados Unidos donde se guardan las reservas de oro del país. (N. del t.)
No estaba preocupado, pues su cuerpo de metro ochenta era sólido como el granito gracias a la práctica de la escalada y el rugby. Había echado a patadas a muchos borrachos, y aquél no sería el último. Sin embargo, debía ser cortés.
–¿Puedo ayudarlo? – preguntó en un alemán perfecto.
El borracho se tambaleó hasta el mostrador de recepción, aparentemente sin prestar atención a la pregunta.
Torre cambió al inglés.
–Está cayendo una buena, ¿eh?
Pero el borracho tampoco contestó. Apoyó el cuerpo empapado en el mostrador, mojando los periódicos de cortesía y el libro de registro de huéspedes.
–John S… Smith-farfulló.
–Lo siento, todos los huéspedes están durmiendo en este momento -dijo Torre en tono de fastidio.
–Smith me está esperando.
“Sí, seguro”, pensó Torre. Sabía reconocer una mentira.
–Tal vez le gustaría dejar un recado; podríamos encargarnos de que el señor Smith lo llame por la mañana.
Torre no lo vio venir, pues estaba más preocupado por la posibilidad de que el hombre vomitase encima del mostrador. Antes de que tuviese tiempo de parpadear, el borracho sacó una pistola y apoyó con fuerza el cañón a escasos centímetros por encima de los asombrados ojos del muchacho.
–Me gustaría ver el registro de huéspedes, por favor-dijo el borracho con voz clara.
En la mente del joven sueco no había el más mínimo asomo de duda de que ese hombre lo mataría en un instante si no le obedecía de inmediato.
Pero tenía veinte años, era vanidoso y aún no había experimentado su
propia mortalidad, de modo que vio algunas alternativas. Él también era rápido.
El borracho, que no lo era, ni se inmutó cuando la mano de Torre se movió velozmente y le arrebató el arma.
–¿Me apuntas con una arma, maldito cabrón? – La adrenalina corría por las venas del joven conserje, impulsada por su éxito-. Tienes suerte de que no te pegué un tiro aquí mismo.
Torre apuntó la pistola directamente al corazón del hombre.
–Has sido muy rápido -dijo el desconocido, lo que provocó una turbada sonrisa de orgullo en el muchacho.
–Cuando intentas joder al mejor..
Pero Torre nunca alcanzó a acabar la frase. Salió despedido hacia atrás y cayó al suelo mientras una buena porción de su cabeza saltaba en pedazos, manchando de sangre la pared. Nunca alcanzó a ver cómo el hombre sacaba una segunda pistola, nunca vio cómo apretaba el gatillo.
Dennis Thal saltó por encima del mostrador del conserje, recorrió con el dedo las hojas del registro de huéspedes y se detuvo en “Judas Iscariote”.
“Qué obvio”, pensó.
Dos y cuarto de la mañana, Michael y Busch estaban desmayados en el sofá y en el suelo, respectivamente. El alcohol que habían ingerido los había dejado completamente incapacitados para recorrer el metro que los separaba de la cama. Simón era otra historia; había pasado demasiadas noches despierto, esperando que se presentara el inevitable problema, y esa noche no sería diferente. El sacerdote se paseaba arriba y abajo por la habitación, dedicando la última hora a comprobar una y otra vez sus armas, todas cargadas, todas preparadas. Michael les había explicado su plan, un plan sólido que podían ejecutar si los tres trabajaban juntos. Simón había elaborado la logística, repasándola y modificándola mentalmente varias veces para tener en cuenta cada situación, cada posibilidad. No habría espacio para el error… no habría una segunda oportunidad.
Thal salió del ascensor. El corredor estaba desierto, y en todas las habitaciones colgaba el cartel de NO MOLESTAR junto con la orden para el desayuno. Varios carritos de comida vacíos esperaban en el pasillo a ser recogidos por el ayudante de camarero.
Habitación 1283, al final del corredor y a la izquierda. Thal volvió a comprobar ambas armas. El muchacho ni siquiera se había percatado de que
el arma tenía el seguro puesto. Qué imbécil. Si no hubiese tratado de hacerse el superhombre, aún seguiría vivo, con tan sólo una contusión como consecuencia de haber sido dejado inconsciente. ¿Por qué todo el mundo tenía que hacerse el héroe?
Thal guardó la Glock en la pistolera y continuó caminando con el Magnum colgando de su mano izquierda. Tres hombres en la habitación: Saint Pierre, Busch y un sacerdote. No lo había confirmado, pero la información procedía directamente de la persona que lo había contratado.
“Tenga cuidado con ese sacerdote”, le había dicho. A Thal le había resultado divertido.
Habitación 1283. Se detuvo ante la puerta y la miró fijamente, concentrándose. Su respiración se volvió más superficial, sus hombros se relajaron. Levantó la pierna para patear la puerta.
Tendido en silencio sobre la cama, Simón aún sentía levemente los efectos del alcohol. Necesitaba descansar, pero el descanso tendría que llegar con los ojos abiertos. Sólo seguían ardiendo dos velas, y su resplandor dibujaba rayas trémulas a través de las sombras. Después de aquello, todo habría terminado. Ya no podría seguir mintiéndose a sí mismo. Al haber construido un muro a su alrededor durante todos esos años, nunca había buscado la amistad; no podía permitirse tener amigos.
Esa tarde, durante un momento fugaz, había visto que un día las cosas podían ser diferentes. Podía encontrar una vida diferente donde no estaría siempre solo; podía encontrar compañeros y tal vez incluso una mujer con quien compartir su vida, en lugar de vivir la existencia célibe y enclaustrada de un sacerdote. Todos esos años de dolor, de vengar a su madre. Tal vez el dolor finalmente comenzara a disiparse. Tal vez incluso pudiera redimirse.
Se sentó súbitamente en la cama. Algo lo había sobresaltado. Miró a los dos hombres dormidos, pero ninguno de los dos se movía. Bajó de la cama, cogió la pistola de la mesilla de noche y vigiló la puerta. La sangre corría por sus venas, golpeando en sus oídos. El silencio era ensordecedor. ¿Había sido su imaginación?
La paranoia se estaba apoderando de él y eso lo llevaría al fracaso.
Sabía que nunca debía cuestionarse a sí mismo y tampoco su juicio. Era un agente que siempre actuaba solo y, sin embargo, se encontraba allí en compañía de dos cómplices, dos cómplices borrachos que habían perdido el conocimiento.