Los ladrones del cielo

Richard Doetsch · Capítulo 16 de 39

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Los ladrones del cielo

Capítulo 14

–Gracias -dijo, mientras Finster le entregaba la confirmación de la transferencia.

–Gracias a usted. Le deseo sinceramente a su esposa una pronta recuperación para que ambos puedan continuar gozando de la vida.

Se dirigieron hacia la puerta, y Finster estaba a punto de cerrarla a sus espaldas, cuando se volvió un momento para mirar su nuevo tesoro. Una sonrisa se dibujó en sus finos labios. No era una sonrisa de alegría o felicidad: era una sonrisa de triunfo, la sonrisa de un general que acaba de tomar una colina tras desalojar a sus enemigos. La sonrisa de un emperador extenuado por las batallas, casi derrotado, que acaba de obtener un arma que no sólo podrá salvarlo, sino también alterar el curso de la guerra.

Capítulo 14

La luz de la mañana bañaba la habitación. Había sido una noche dura; todas las noches lo habían sido desde el inicio del tratamiento, pero ninguna como la última. Los vómitos y la diarrea la dejaban sin fuerzas, y el dolor parecía surgir literalmente desde la médula de sus huesos. Estaba completamente exhausta, vaciada de la escasa voluntad que aún le quedaba.

Cuando la luz del sol tocó sus párpados, Mary se agitó. El consuelo del sueño le haría ganar otro día. Se volvió en la cama y dio un brinco de alegría al verlo. Por primera vez desde que le habían dado el diagnóstico, hacía tres semanas, se sintió rejuvenecida. Ahora que Michael había regresado, ella sería capaz de derrotar a ese monstruo que la había desafiado; lo obligaría a volver al horrible lugar de donde hubiese venido.

–Buenos días -susurró ella.

Michael estaba arreglando unas flores, y había limpiado y ordenado la habitación. La desorganización y el desorden habían desaparecido de su vida. Las cortinas estaban descorridas por primera vez en varios días, y Mary contempló el cielo azul como sí fuese la primera vez que lo veía.

–Buenos días -contestó Michael mientras se inclinaba para besarla apasionadamente.

Mary se reprendió a sí misma. Sus sueños de peligro y muerte no eran más que una preocupación absurda; Michael había vuelto junto a ella, tal como había prometido.

–Te he echado de menos -murmuró ella mientras se erguía en la cama hasta quedar recostada en las almohadas.

–Yo echaba de menos tu sonrisa. ¿Cómo te sientes?

–Mucho mejor.

–Me alegro.

Michael sabía que ella estaba mintiendo, que intentaba mostrarse fuerte para él.

Mary se acurrucó en sus brazos. De todos los pensamientos y plegarias, de todos los medicamentos y buenos deseos, eso era lo que ella realmente necesitaba. Que la abrazaran. Y abrazar. No se trataba solamente de recibir amor: era el hecho de dar. Para ambos era una especie de elixir. La ansiedad que Michael había experimentado desde que abandonó el país había desaparecido; quedó en algún lugar de Alemania.

Se apartó un poco para mirarla a los ojos.

–Estaba pensando que quizá podríamos largarnos una semana a Cape Cod, alojarnos en el Ship's Bell Inn.

–Hacer el amor en las dunas.

–Mmm. Tomar sopa portuguesa…

–… langosta fresca.

Michael hizo una pausa. – ¿Te han dicho cuánto tiempo durará el tratamiento?

No podía esperar un segundo más para sacarla de ese lugar.

–Otra semana. Mañana piensan hacerme más pruebas y exploraciones.

–A mí sí que me gustaría hacerte algunas pruebas y exploraciones.

–Eso siempre se puede arreglar -dijo Mary mientras frotaba la nariz contra su cuello.

Siempre le había gustado el olor de Michael; la confortaba, le daba seguridad. Aunque había tratado de apartar ese pensamiento de su cabeza, había pasado los últimos siete días pensando en que Michael no regresaría nunca. Eso era lo único que la asustaba: le aterraba la idea de morir sola.

–¿Cómo ha ido tu viaje?

–Un poco más largo y complicado de lo que esperaba.

Michael comenzó a frotarle la espalda desde los hombros hacia abajo, como a ella le gustaba.

–Paul te estaba buscando.

Mary cerró los ojos y apoyó la cabeza sobre su hombro.

–¿Te dijo lo que quería?

–Quería que lo llamases tan pronto como regresaras. Dijo que tienes un partido el próximo sábado.

Aquello era un disparate. Busch iba a matarlo. Pero Michael podría hacer frente a eso; después de lo que había pasado en las tres últimas y miserables semanas -la enfermedad de Mary, el Vaticano, Israel, Finster-podía hacer frente a cualquier cosa. No, no lo llamaría todavía. Paul podía esperar.

–¿Pudiste acabar tu trabajo? – preguntó Mary.

Sabía que Michael no le estaba contando todo; pero, fuera lo que fuese lo que hubiera hecho, lo había hecho por ella. No era el momento de preguntarle sobre ello.

–Sí. – La estrechó entre sus brazos-. No volveré a dejarte sola.

–Lo sé.

Por primera vez en mucho tiempo, ambos estaban convencidos de que, finalmente, todo saldría bien.

Michael entró en su apartamento a oscuras y dejó la correspondencia en una mesilla auxiliar. Asomó la cabeza en el dormitorio y llamó:

–¿Hawk?

Comprobó el contestador automático; la diminuta luz roja marcaba trece mensajes. Pulsó el botón.

–Mensaje número uno -dijo la voz electrónica femenina.

–Michael, soy yo. Llámame. – La voz de Busch surgió del aparato.

Michael pulsó el botón buscando el siguiente mensaje-. Llámame, Michael.

– Otra vez Busch. Michael volvió a pulsar el botón-. Michael, sé que ya has regresado. No hagas que vaya y… -Pulsó el botón e interrumpió el mensaje.

Apagó el contestador.

–¿Hawk?

Miró en la cocina. Tal vez la señora McGinty lo había sacado a dar un paseo. Michael se dio cuenta de que C. J. tampoco estaba por ninguna parte.

Él odiaba a ese gato; siempre había odiado a los gatos, un animal inconstante y veleidoso, y nunca había entendido cuál era su atractivo. Pero era el gato de Mary, y si ella amaba a esa pequeña bestia, entonces… al menos podía fingir que le caía bien. Probablemente la señora McGinty había decidido que C. J. se quedase en su apartamento desde que él se había marchado de viaje. Tendría que recordar comprarle un regalo por los problemas que le hubiese causado.

Recogió la correspondencia y, mientras abría las cartas, se dirigió a su estudio. Encendió la luz y casi le da un ataque.

Había un hombre sentado en su sillón favorito, corpulento, el pelo negro azabache, los ojos azul pizarra. Rostro y manos curtidas, alguien que indudablemente había visto mucho mundo. El desconocido vestía pantalones y camisa negros; las zapatillas negras estaban gastadas en las suelas, aunque la parte superior estaba sorprendentemente limpia. Era imposible determinar su edad: podría haber tenido entre unos treinta años duramente vividos y unos vitales cincuenta. Tenía a C.]. en el regazo y lo acariciaba como si fuese suyo. Hawk estaba echado a sus pies, dormido.

–¿Señor Saint Pierre?

El acento era italiano.

Michael reconoció la voz al instante.

–Salga de mi casa -ordenó.

El hombre no se movió del sillón.

Michael cogió el teléfono.

–Tiene treinta segundos para largarse de aquí -dijo, y comenzó a marcar un número.

–¿Y qué piensa decirle a su amigo el policía?

Michael se detuvo.

–¿Que el hombre a quien le robó está sentado en su apartamento?

El desconocido ni siquiera parecía respirar.

Michael colgó el auricular.

–No pensaría que iba a dejarlo escapar, ¿no?

–¿Quién es usted?

–Mi nombre es Simón -contestó el hombre.

La tensión crepitó en el aire como un relámpago. Michael podía sentir la sangre golpeando en sus oídos mientras trataba de decidir qué hacer, cómo reaccionar.

–Quiero recuperar mis llaves -dijo Simón.

Michael sabía que ningún trabajo estaba nunca realmente terminado.

Siempre seguía acechando el fantasma de ser descubierto, de ser arrestado.

–No sé de qué me está hablando -dijo Michael evasivamente.

–¿De verdad?

–De verdad. – Michael cruzó la habitación hacia donde estaba sentado el desconocido y llamó a su perro en voz baja, con voz teñida de ira y

frustración- Hawk…

Hawk se despertó y, al ver a su amo, giró sobre el lomo buscando una caricia. Michael se agachó y le rascó el vientre.

–Eres todo un perro guardián -susurró tanto al aire como a Hawk, sin dejar de evaluar el temple del hombre que tenía delante.

–Veamos si puedo refrescarle la memoria -dijo Simón-. Un poco corto de dinero, esposa gravemente enferma, corriendo alrededor del Vaticano y colocando bombas de humo. – El hombre hizo un gesto con las manos-.

Roba un par de llaves que sólo son un señuelo, coge un avión a Jerusalén, sube al monte Kephas, roba otras dos llaves en una vieja iglesia. – Hizo una pausa para dar énfasis a sus palabras-. Mis balas no lo alcanzaron en la cabeza por centímetros -añadió.

–Váyase a la mierda.

Simón no apartó la mirada en ningún momento mientras sacaba una pistola del interior de su chaqueta y la apoyaba sobre la pierna. Luego la alzó lentamente hasta apuntar a la cabeza del gato que tenía en el regazo.

Sus ojos no manifestaban ninguna emoción.

–Tengo entendido que es la mascota de su esposa.

Michael ardía de furia: ese tío lo estaba amenazando claramente, y él no podía hacer nada.

–Dígame dónde están las llaves. – Simón miró al gato, a Hawk, y luego fijó la vista nuevamente en Michael-. Los tres pueden conservar la vida si…

-Dejó el ultimátum flotando siniestramente en el aire-. Tal vez podría hacerle una visita a Mary; sería una verdadera lástima que, después de todo ese esfuerzo, ella acabara muerta a causa de su ineptitud.

El trabajo de Michael nunca había puesto en peligro la vida de Mary; él jamás habría permitido que eso ocurriese en ningún trabajo.

–Ya no tengo las llaves -dijo lacónicamente-. Las vendí.

–¿A quién?

–A un hombre.

Simón suspiró.

–¿Su nombre? – preguntó suavemente.

Finster tenía veinte guardias, por lo que él había calculado. Y las llaves robadas se encontraban bajo tierra, en una cámara impenetrable. Nadie podría llegar hasta ellas; ni Simón ni ninguna otra persona.

–Un industrial alemán. August Finster -contestó Michael.

Las palabras salieron limpiamente de sus labios; no sentía ningún remordimiento al traicionar al hombre que lo había contratado. Finster sabía que, cuando uno jugaba con peces gordos, a veces los peces gordos devolvían el golpe… a veces a la mandíbula, a veces directamente al corazón.

Simón se levantó con la gracia de un animal, y C.]. saltó de su regazo.

El hombre era muy alto: superaba a Michael en casi una cabeza.

–No tiene idea de lo que ha hecho-dijo.

–Salvé la vida de mi esposa…

–y condenó al mundo.

La afirmación quedó flotando en el aire, dejando a Michael sin palabras.

–¿Qué? ¿De qué demonios está hablando?

–¿Cree usted en Dios, señor Saint Pierre?

–En este momento no.

–¿O sea que alguna vez creyó en Él? Pues bien, será mejor que empiece a creer de nuevo.

–Diré una oración de agradecimiento cuando se haya marchado.

Simón prosiguió.

–En el año 32 de Nuestro Señor, Jesús le dijo a uno de sus discípulos:

«Tú eres Pedro y sobre esta piedra construiré mi Iglesia… Y aquello que tú unas en la tierra quedará unido en el Cielo». Y le entregó a Pedro dos llaves para simbolizar su poder para salvar o condenar. El poder para controlar las Puertas del Cielo.

En aquel hombre había una frialdad que Michael nunca había visto antes. No se detendría con la muerte de Michael o de Mary; lo movía una creencia más profunda, una creencia propia de fanáticos o terroristas.

–Creo que es hora de que se marche -insistió Michael.

–Aún no lo entiende, ¿verdad?

–¿Qué es lo que debo entender? – Ha robado las llaves del Cielo.

Ese tío estaba loco. Cualquier credibilidad que pudiera haber tenido acababa de esfumarse en lo que a Michael concernía. La fe de Michael había desaparecido, y aquello no hacía más que reforzar su determinación.

Había supuesto que todo ese asunto estaba relacionado con una cuestión de dinero para el jefe de ese hombre, pero no; se trataba de una de esas misiones llevadas a cabo por fanáticos que actúan en nombre de Dios.

–Bien, voy a llamar a…