Los ladrones del cielo

Richard Doetsch · Capítulo 15 de 39

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Los ladrones del cielo

Capítulo 13

cañón fue visible más lejos que la primera. El hombre se había alejado de él.

Michael se levantó y echó a correr en medio de la densa niebla. Oyó que sonaban disparos a su espalda. Los disparos siguieron, espaciados regularmente, metódicos, pero procedentes de una distancia cada vez mayor. Michael no miró atrás y continuó su carrera.

Capítulo 13

La enorme mansión bávara se alzaba en el extremo de un camino particular de casi dos kilómetros de largo. Hecha totalmente de piedra, la casa tenía casi doscientos años y había sido construida para algún miembro de la familia real alemana enterrado hacía ya muchos años. Situada a ciento treinta kilómetros de Berlín, en un predio de cuatrocientas hectáreas, se decía que la imponente casa tenía más de un centenar de habitaciones, pero el personal doméstico nunca había sido capaz de encontrar más de ochenta y cuatro. Los numerosos y elegantes coches guardados en los garajes nunca veían demasiado uso. El mecánico era el único que los conducía, además de encargarse de mantenerlos a punto, con los niveles de aceite adecuados y preparados por si a su propietario se le ocurriese alguna vez obtener el permiso de conducir.

Corrían muchos rumores sobre las locuras que su habitante actual cometía dentro de los confines del gran muro que rodeaba por completo la propiedad. Desde el punto de vista de la seguridad, la mansión no tenía nada que envidiar a ninguna embajada de Estados Unidos. Sólo el personal de seguridad estaba integrado por veinte personas; su salario de dos mil euros semanales no sólo compensaba con creces sus habilidades especiales, sino que también contribuía a mantener a raya las malas lenguas. Cada uno de ellos tenía asignada una tarea específica: jardinería, cuidado del césped, albañilería… Pero todas ellas eran tareas aprendidas en un pasado reciente.

Todos habían pertenecido antes a las fuerzas armadas. En conjunto, les encantaba su empleo, el trabajo era sencillo, la paga excelente y nunca tenían que demostrar su habilidad con las armas. No obstante, ninguno de ellos alcanzaba a entender por qué un hombre de negocios necesitaba contar con su propio ejército privado.

El vestíbulo de entrada, de tres pisos de altura, era espectacular, y las ventanas de cristales emplomados estaban situadas de tal modo que

captaban la luz todo el día. El interior era majestuoso, con colores brillantes e intensos, paredes con marquetería de caoba oscura resaltada por la presencia de pesados cortinajes en tonos verdes y marrones. El mobiliario era una mezcla de distintas épocas, con tapices más antiguos aún que la piedra angular de la casa, y muebles que representaban todos los períodos.

La exhibición de riqueza resultaba increíble. Pero había algo que resaltaba por encima de todo: no había ninguna mujer en la casa; aquél era claramente el hogar de un hombre. Ningún dibujo de motivos etéreos y florales en el salón, nada de amarillos alegres en el recibidor. Todo era masculino, hasta el personal que trabajaba en la mansión.

El mayordomo era un hombre mayor y amable de ojos hundidos y rostro viejo y arrugado. Charles llevaba la casa; su palabra era ley. El mayordomo conocía al patrón mejor que nadie: sus necesidades y deseos, sus viajes y gustos. Y, si bien el patrón era un hombre tranquilo y reservado, Charles sabía también que, si uno se enfrentaba a él, estaba perdido. Nada ni nadie era capaz de impedir que Charles complaciera al hombre que dirigía esa enorme casa; así era como lo habían entrenado, como debía ser entrenado cualquier buen mayordomo, y se aseguraría muy bien de no fracasar.

Charles le dio la bienvenida a Michael, lo hizo pasar y lo condujo a la biblioteca. Cumpliendo con su deber de mayordomo, se ofreció a recoger la chaqueta y la bolsa de Michael, pero éste se negó educadamente, aferrando la bolsa de cuero que llevaba colgada del hombro. No se desharía de ella hasta haber concluido el trato. Charles le sirvió una bebida a Michael y luego se retiró, tras indicarle que se pusiera cómodo.

La enorme biblioteca estaba llena de libros, miles de títulos. Michael siempre había pensado que los libros de un hombre eran una representación de su mente y su alma. Este hombre lo tenía todo. Michael pasó junto al hogar, tan grande como un coche, y a los sillones de orejas de cuero, hasta llegar a una escalera de estantería. Se elevaba hasta el techo de la habitación, a unos seis metros del suelo, y tenía sus propios raíles para deslizarse de un extremo al otro. Michael habría podido pasarse el resto de su vida en ese lugar, y no llegar siquiera al segundo nivel de volúmenes.

Sacó un libro encuadernado en cuero que trataba de geología y se acerco a las ventanas para tener más luz. Se disponía a examinar el texto, cuando se abrieron las puertas de la biblioteca.

Allí estaba Finster, vestido con un abrigo deportivo de tweed y una sonrisa en los labios.

–Uno de mis favoritos. – Los ojos de Finster brillaban cuando se acercó a Michael-. Escrito en el año 1912 por Alfred Wegener, uno de los primeros en exponer la teoría de la tectónica. Tiene en sus manos uno de los tres únicos volúmenes que existen en el mundo.

–Lo siento.

Michael cerró con cuidado el libro, sin saber muy bien qué hacer con él, como un niño al que han sorprendido con las manos en el bote de las galletas.

–Tonterías. Usted es un invitado en mi casa; me siento honrado con su presencia. Mientras esté aquí, puede servirse de todo lo que desee. Por favor, quédeselo, es una excelente lectura.

–No, no importa.

–Por favor, una vez que se ha leído, un libro no es más que un trofeo. Ya no lo necesito.

–Gracias, pero no puedo aceptarlo.

–Si cambia de idea… -Finster hizo una pausa-. Permítame que le muestre la casa.

–No puedo quedarme…

–¿Otro trago?

En ese momento, Charles apareció con una bandeja dé plata y dos copas de champaña balanceándose sobre ella. Finster le dio una de las copas a Michael y alzó la suya.

–Por la buena salud de su esposa -brindó.

–Gracias -dijo Michael mientras entrechocaban ligeramente sus copas.

–¿Puedo convencerlo para que se quede a cenar?

–De verdad, no puedo.

–Muy bien, ¿quiere fumar? Y Finster sacó dos cigarros y le ofreció uno.

Michael alzó la mano rechazando la invitación., Finster sonrió.

–Tengo demasiados vicios: alcohol, tabaco, mujeres. Lamentablemente,

¿cómo es ese dicho? El espíritu es fuerte…

–… pero la carne es débil. Lo siento, señor Finster…

–August -dijo éste.

–August. Estoy seguro de que puede entenderlo, Lo único que deseo es acabar nuestro negocio y regresar junto a mi mujer.

–Por supuesto. Pero, cuénteme, ¿qué ocurrió en Roma? No he tenido noticias de usted desde que se marchó de Italia, y la última vez que hablamos se mostró extremadamente críptico.

–Roma, el Vaticano… era un señuelo. – La voz de Michael sonaba cansada-. Las llaves se encontraban en las afueras de Jerusalén.

–¿Jerusalén? – El interés de Finster aumentó-. ¿En qué lugar de Jerusalén?

–En una pequeña iglesia apartada y solitaria.

–Interesante. ¿Había guardias?

–Uno.

Finster pensó un momento en ello.

–¿Y? ¿Se libró de él?

–Fue él quien trató de «librarse» de mí.

–¿Qué hizo entonces?

–Eché a correr.

Finster sonrió y asintió.

–¿Podría describir a ese guardia?

–Estaba oscuro -contestó Michael con cierta inquietud-. ¿Por qué lo pregunta? Finster parecía abstraído en sus pensamientos. Se volvió y abrió las puertas que daban al corredor.

–Hablemos mientras damos un paseo -sugirió-. ¿Le parece bien?

Michael dejó el libro sobre la mesa y siguió a Finster.

Michael y Finster atravesaron la enorme casa, pasando junto a salas de billar y salas de juegos, salas de baile y grandes salones. Finster encendió el cigarro, dio una profunda calada y expulsó lentamente el humo, que formó una pequeña nube gris azulada encima de sus cabezas.

–Los sencillos placeres de la vida -comentó, disfrutando del momento-.

En una ocasión leí un estudio que afirmaba que la complacencia en un vicio puede resultar saludable. Después de todo, ¿qué es un vicio sino algo que encontramos placentero, irresistible? ¿Tiene algún vicio, Michael?

–Ya no.

–Por supuesto. – Finster asintió, y su coleta gris se agitó sobre sus hombros al hacerlo-. Usted es un hombre reformado. Yo, por mi parte…

digamos que aún debo conocer a la persona que me redima de mis vicios.

No podría vivir sin mis… debilidades -concluyó, alzando el cigarro y la copa de champaña.

–Nunca se sabe hasta que no se intenta -dijo Michael.

–Ah, pero ¿por qué habría de intentarlo? Me he ganado el derecho.

Tengo el poder de dejarlo o de continuar, y eso es lo importante. El poder.

–Obviamente, nunca se ha casado.

Finster se echó a reír con sonoras carcajadas, dando unas palmadas a Michael en el hombro.

–Venga. Me gustaría enseñarle una cosa.

Se detuvieron ante una pesada puerta de madera que parecía tener una antigüedad de siglos y no guardar correspondencia con la elegante construcción que la rodeaba. Cuando Finster la abrió, los goznes chirriaron.

Delante de ellos se extendía un largo tramo de escalones de piedra. Los envolvió una vaharada de moho y humedad. Michael no podía precisar con exactitud el origen del olor, pero le traía desagradables recuerdos de su paso por la prisión. La escalera descendía describiendo una curva hacia la oscuridad, como si fuese una escena sacada de una película de Boris Karloff. Un tanto dramático -comentó Michael.

–Me encanta el drama -contestó Finster jovialmente mientras iniciaba el descenso.

De inmediato se sumieron en una oscuridad total. A Michael le encantaba la oscuridad, siempre había sido su amiga. Pero no esa oscuridad.

El hedor volvió a golpearlo, mohoso y rancio, el olor amargo de las celdas, del confinamiento, del corredor de la muerte. Era el olor de la desesperanza.

Sus pasos resonaban en las paredes. Michael se mantenía muy cerca detrás de Finster, quien estaba extrañamente silencioso, sin proporcionarle ningún detalle o indicio de adonde se dirigían.

Llevaban casi dos minutos bajando por la escalera de piedra, y en ningún momento se había vislumbrado el menor atisbo de luz. A medida que descendían se percibía con mayor intensidad la humedad del aire; el lugar era frío, viscoso, casi irreal. A Michael se le ocurrió que Finster podía intentar matarlo en ese mismo instante, y no habría nada que él pudiera hacer para impedirlo. Era una de las razones por las que jamás hacía trabajos para terceras personas: nunca se sabía realmente quién lo contrataba a uno o cuáles eran sus motivos. Y del robo de mayor cuantía al asesinato había apenas un paso.

Las luces se encendieron con un fogonazo, y la súbita claridad lo encegueció. Unos puntos blancos titilaron detrás de sus párpados mientras

Michael se protegía los ojos con un gesto instintivo. Cuando recuperó la visión unos segundos más tarde, miró a su alrededor, y deseó estar nuevamente en medio de la oscuridad. Por mucho que ese pasadizo negro lo hubiera asustado, todo había sido producto de su imaginación desbocada.

Aquello, en cambio, era real.

Ante él había una colección de objetos, algunos antiguos, otros de factura más reciente: alfarería de piedra, armaduras medievales, tallas africanas en madera, pictografías orientales. No había dos iguales, aunque tenían algo en común: todos eran de naturaleza religiosa. Se encontraba en una siniestra galería de religión, miedo y horror. Montones de pinturas se apilaban unas encima de las otras. Ya estuvieran pintados, tallados o tejidos, todos los rostros parecían implorar piedad como si estuviesen atrapados en el lienzo o la madera.

–¿Qué le parece? – preguntó Finster con orgullo.

–Único -fue todo lo que Michael pudo decir, haciendo un enorme esfuerzo por disimular el miedo que lo atenazaba.

–Charles, mi mayordomo, lo llama la mazmorra.

–No hay duda de que tiene esa atmósfera.

Michael confió en que el humor alcanzara a enmascarar su alarma, e inconscientemente aferró la caja con las llaves a través de la bolsa de cuero.

No podía entenderlo, pero esa caja parecía ser lo único que le brindaba algo de alivio mientras contemplaba la siniestra caverna que se extendía ante él.

–Gracias. – Finster señaló hacia un pasillo que discurría entre las obras de arte-. Por aquí.

La sala parecía sacada de la Edad Media. Michael advirtió que era enorme, porque la luz se desvanecía en la oscuridad antes de alcanzar la pared más lejana. La casa tenía siglos de antigüedad, pero ese lugar… Ese lugar existía desde mucho tiempo antes, era otro mundo profundamente subterráneo. Finster lo había reclamado como propio y lo había llenado con una macabra colección que jamás formaría parte de ninguna subasta en Sotheby's.

¿Se trataba simplemente de la colección de un excéntrico, o era acaso algo mucho, mucho peor? Mientras Michael pasaba delante de cada pieza, pensó que quizá estaba sacando conclusiones apresuradas. Tal vez sólo se tratase de una especie de almacén para guardar obras de arte extrañas, un material que Finster no consideraba apropiado para exhibirlo en su casa. Tal

vez fuese como el desván de cualquier abuela: atestado de cosas maravillosas e inquietantes, objetos coleccionados durante toda una vida de viajes, cosas que parecían amenazadoras en la superficie pero que, en el fondo, escondían un significado mucho más inocente. Como una vieja muñeca de porcelana a la que le falta un ojo, o un polvoriento baúl lleno de viejos vestidos comidos por las polillas.

Llegaron a otra puerta antigua de madera empotrada en la piedra. El color negro de su vieja cerradura era más intenso que la noche. Finster sacó un juego de llaves del bolsillo, metió una en la cerradura, y abrió la puerta.

Esa habitación era pequeña, de apenas unos diez metros cuadrados, y allí no había obras de arte. Las sólidas paredes de piedra mostraban estantes excavados en ellas, a un metro y medio del suelo. La habitación estaba casi vacía, excepto por un pedestal de caoba que se alzaba exactamente en el centro.

–Mis últimas adquisiciones las guardo aquí para mi disfrute privado. –

Finster utilizó el cigarro para encender una vela que había en un estante y sonrió-.Crea ambiente, ¿verdad?

Michael observó a Finster mientras éste continuaba encendiendo pequeñas velas a lo largo de todo el perímetro de la cámara. La habitación le pareció más cómoda y agradable, sin tallas ni esculturas extrañas escudriñándolo, ni ojos suplicantes que lo atisbaban desde las sombras. Con las paredes bañadas por la trémula luz de las velas, el ambiente era casi apacible después de la macabra colección que acababan de dejar atrás.

Michael metió la mano en su bolsa y sacó la caja de madera tallada.

–Hermosa -comentó Finster, contemplando su botín.

Michael le tendió la caja, pero Finster retrocedió, alzando la mano.

–Es usted quien debe tener el honor de colocarla encima del pedestal para exhibirla.

Un tanto desconcertado, Michael aceptó el ofrecimiento. Abrió la caja, dejando al descubierto las dos llaves, y se acercó a Finster para que las examinara. Finster las miró pero volvió a retroceder.

–¿Ocurre algo? – preguntó Michael.

–Es maravilloso. Su belleza me deja… sin aliento -dijo Finster, apoyándose en el quicio de la puerta.

Michael cogió la llave de plata y se la tendió a su anfitrión.

–No, no.

Finster estaba temblando, y a Michael le recordó a una madre de tres niños que acabara de ganar un coche en un concurso. Al igual que ella, la mente de Finster parecía luchar para convencerse de su buena suerte y de que ahora aquello le pertenecía.

Michael sonrió.

–No lo morderá.

–Nunca se sabe -bromeó Finster-. Pero prefiero examinar mis posesiones en privado, tomándome mi tiempo. Cuando finalmente tengo en mis manos algo que he deseado durante mucho tiempo, a veces me siento…

-hizo una pausa- abrumado.

Michael se volvió hacia el pedestal, esperando que Finster no hubiese visto la expresión de su rostro. Porque de pronto se sentía más asustado que cuando había entrado en la cámara exterior. Finster lo había contratado para que robase esas llaves, y ahora el hombre parecía temerlas. Se mostraba claramente aterrado y se negaba a entrar en contacto con ellas, como si tuviesen la peste. La sospecha cruzó por la mente de Michael; ahora que había completado su misión, ¿se encontraba frente a un problema mayor del que había imaginado? ¿Había algo más en esas llaves que él ignoraba? Y si uno de los hombres más poderosos del mundo parecía temerlas, ¿por qué no habría de temerlas también él? Michael quería salir de aquel lugar, volver a la luz del día, regresar a su casa con Mary. A cualquier lugar menos allí.

Colocó las llaves sobre el cojín de terciopelo que había encima del pedestal. Luego retrocedió unos pasos y, al mirar las llaves allí expuestas, en esa habitación, tuvo la sensación de que todo aquello era un error, de que había violado algo que estaba más allá de la ley.

–El dinero ya ha sido transferido electrónicamente, junto con una bonificación de doscientos cincuenta mil dólares para que su esposa y usted los disfruten cuando ella se haya repuesto de su enfermedad -dijo Finster, haciendo que Michael volviese a la realidad.

Michael se volvió y miró al hombre que lo había contratado. A pesar de lo equivocado que aquello comenzaba a parecerle, se obligó a recordar que ese robo le permitía proporcionarle a Mary el tratamiento que tan desesperadamente necesitaba, el tratamiento que le salvaría la vida. Y, del mismo modo en que justificamos una copa más, un dulce más, convencidos de que no nos hará daño, Michael tranquilizó su mente y su conciencia y estrechó la mano de Finster.