Los ladrones del cielo
Capítulo 23
Antes de la caída del Muro de Berlín, había edificios donde entraban muchas personas pero salían muy pocas. La Dunkel Gefángnis8 era una estructura de piedra de seis plantas que parecía salida de la Edad Media.
Sus enormes puertas de planchas de hierro -todas de tres toneladas de peso-giraban sobre goznes de casi cuatro metros. Y se habían ganado su nombre con todo merecimiento: las puertas del tormento perpetuo. El edificio estaba rodeado en todo su perímetro por una valla de hierro de dos pisos de altura, coronada por alambre de espino oxidado. Y aunque la estructura tenía una apariencia terrorífica, era su nivel inferior, con sietes sótanos, el que albergaba los verdaderos horrores.
Durante el apogeo de su reinado, la Stasi -la siniestra policía secreta de Alemania del Este- era conocida en todo el mundo; pero, en lo que se refería a las actividades que llevaba a cabo tras la imponente fachada de piedra de este edificio, que dirigía con mano de hierro, sólo se conocían por rumores. Así pues, la gente temblaba de miedo cuando circulaban historias acerca de torturas, mutilaciones y largas agonías, que era precisamente lo que pretendía la Stasi. La Dunkel Gefángnis se convirtió en un instrumento muy útil para controlar al pueblo, en un símbolo para aterrorizarlos y mantenerlos sometidos. Y era mejor para ellos que nunca se enterasen de la verdad, porque la verdad de lo que sucedía detrás de esos muros era mucho peor que los horrores que corrían por la ciudad.
En 1996 la Dunkel Gefángnis pasó a ser el cuartel general de la Policía y Sistema de Prisiones de Berlín. Y aunque se plantaron árboles, se añadieron luces y se retiro la imponente valla de hierro, seguía siendo la Dunkel Gefángnis, la siniestra prisión por donde se paseaba el fantasma de la muerte.
Las plantas dedicadas a alojar la cárcel estaban en el subsuelo, y era evidente que el dinero invertido en la restauración del edificio sólo se había empleado en aquellos niveles donde brillaba el sol. El hedor a meados impregnaba el aire frío y húmedo del quinto sótano, bloque seis. Michael trató de proteger sus sentidos de ese ataque súbito, pero fue en vano. Yacía sobre la plancha de granito vestido con el mono gris que le habían dado cuando se llevaron su ropa. La celda era de dos metros por dos, 8. En alemán, «cárcel oscura». (N. del t.)
tres sólidas paredes de granito y una reja con barrotes de hierro en el frente; más que una celda parecía una jaula para animales. Un frío helado impregnaba todo el lugar, y su única fuente de calor había sido el intenso ejercicio físico, que lo había dejado exhausto. Desde su llegada había perdido toda noción del tiempo y aún no le habían hecho ninguna pregunta.
Las celdas vecinas estaban vacías, pero en alguna parte próxima al corredor principal alcanzaba a oír voces en idiomas extranjeros. Sing Sing, la prisión en la que había estado años atrás, era un palacio parado con aquello.
Michael había pensado en la posibilidad de llamar a la embajada estadounidense, pero finalmente decidió que no, porque la embajada comprobaría sus antecedentes y pronto descubrirían que era un fugitivo.
Además, ¿quién podía asegurar que la policía local no se había puesto ya en contacto con ellos, o que lo habían cogido precisamente a petición de su gobierno? No, no haría ninguna llamada. Y, de todos modos, ni siquiera le habían ofrecido un teléfono.
La puerta exterior del bloque de celdas se abrió con estrépito, y en el corredor apareció el mismo guardia de aspecto duro que lo había hecho desnudar para registrarlo, y luego le había dado el mono que llevaba puesto.
Pero, en esta ocasión, el guardia no iba solo; Michael oyó las pisadas de dos hombres. Y cuando el hosco guardia llegó ante los barrotes, vio que estaba en lo cierto: detrás del guardia había un hombre que permanecía en las sombras.
–Tiene visita.
Michael se levantó, haciendo un esfuerzo por distinguir al otro hombre.
El guardia se marchó, y el desconocido dio un paso hacia la zona débilmente iluminada.
–Hola, Michael.
Él no contestó.
–¿Cómo ha acabado en este lugar? – Finster temblaba visiblemente mientras echaba una ojeada a su alrededor-. Es tan frío… Habría jurado que estábamos en verano.
Michael lo observaba con nuevos ojos, con una mirada suspicaz.
–He tratado de sacarlo bajo fianza, pero me han dicho que piensan extraditarlo.
–¿Por qué está aquí? – preguntó Michael.
–Usted es mi amigo…
–¿Para matarme? – lo interrumpió Michael.
Finster lo miró a través de los barrotes, desconcertado, y finalmente se echó a reír.
–¿De dónde ha sacado…? ¡Ha sido ese capullo beato, Simón! ¿Acaso le ha estado llenando la cabeza de tonterías? Simón es un lunático; durante años ha estado inventando historias sobre mí, diciendo que soy una especie de demonio. ¿Acaso le parezco un demonio? – El regocijo burbujeaba en su voz-. Es el dinero, Michael. – Finster se inclinó hacia los barrotes-. Y las mujeres -añadió-. A la gente le encanta asociar la riqueza y el sexo con el mal. Es la cosa más ridícula del mundo, ¿no le parece? Cualquiera diría que vivimos en la Edad Media por la forma en que la gente le teme. Si yo tuviese cinco centavos por cada persona que me ha llamado malvado… En cuanto a su nuevo amigo, Simón, es un fanático. Lleva años recitando esas estupideces. ¿Por qué está tan silencioso, Michael? ¿No se alegra de verme?
–¿Por qué está aquí? – repitió Michael.
–He oído que ha regresado por las llaves. No pensaba robarme mis llaves, ¿verdad, Michael?
La voz de Finster era la de un padre que está amonestando a su hijo.
Michael dudó. Tal vez estaba equivocado, quizá Simón fuese realmente un fanático. Tal vez se había apresurado a creerle…
–Yo sabía que no me traicionaría, Michael. – Finster se frotó las manos para calentarse, y luego bajó la vista con una expresión de tristeza-. He oído lo de su esposa…?
Michael se puso tenso.
–… El empeoramiento de su enfermedad.
La ansiedad atenazó las entrañas de Michael.
–Lo siento mucho -continuó Finster-. Sé cuánto desea estar junto a ella en sus últimos momentos. Veré qué es lo que puedo hacer para acelerar el viaje de regreso a Estados Unidos. Ya sabe, mover algunos hilos.
–No quiero nada de usted.
–¿Cómo dice? Estoy realmente apenado por su esposa. – Finster nunca le había parecido tan sincero-. Y también lo lamento por usted. No hay nada peor que perder a un ser querido.
–Usted condenó a mi esposa. ¿Por qué no me lo dijo?
–¿Decirle qué?
–Quién era.
Michael lo desafió con la mirada.
Finster lo observó detenidamente, tomándose su tiempo antes de contestar.
–¿Ha encontrado a Dios? – preguntó al cabo.
–No le temo -dijo Michael, acercándose a la puerta de la celda.
El rostro de Finster estaba a escasos centímetros de los barrotes, a escasos centímetros de su cara. Michael se mantuvo firme. Los dos hombres se miraron como si fuese la primera vez.
–¿Quién cree usted que soy, Michael?
Él no contestó.
–Preocúpese por su esposa, Michael. Si comete un error, ella morirá sola, llamándolo, y usted se pudrirá el resto de su vida aquí mismo. –
Finster abarcó con un gesto ese lugar húmedo y helado-. Todo debido a una decisión estúpida. Yo puedo ayudarlo, pero si usted se acerca a mis llaves…
–¿Sus llaves?
–Yo le pagué de buena fe, teníamos un trato.
–¡Y una mierda! ¡Usted nunca me reveló todos los términos de ese trato!
–¿Y usted, el hombre que no tiene fe, me está diciendo que cree en las tonterías de un chiflado religioso antes que en mí? Simón le dice que yo soy el Diablo, y usted instantáneamente se convierte en un creyente convencido.
¡Aleluya! ¿Le ha dado algo para demostrar su buena fe? ¿Pagó él por el tratamiento de su esposa? ¿Fue a verlo con un cuarto de millón de dólares?
¡Yo le entregué a usted una bonificación, mientras que él ni siquiera dijo una oración por ella!
–¿Le contó Simón esa lacrimógena historia sobre su padre y su madre?
¿Le dijo que su padre había violado a su madre en el nombre del Diablo?
Mentiras, todo mentiras. Lo hizo para convertirlo en su cómplice. Quiere que robe las llaves para él y luego las venderá en el mercado negro. Salvar el Cielo, y una mierda. ¿En quién confía usted, Michael? ¿En alguien que lo ha ayudado, o en alguien que trató de matarlo?
Michael miró a Finster, sumido en la confusión. ¿Era posible que estuviese tan equivocado? A pesar de todo lo que Simón le había contado, la verdad seguramente residía en las palabras del hombre que tenía delante de los ojos. ¿Era posible que se hubiese convertido en un peón de Simón, intentando recuperar unas estúpidas baratijas religiosas mientras su esposa
yacía sola, agonizando en la cama de un hospital? Finster no había hecho más que ayudarlo: dinero, palabras amables, ofrecimientos de ayuda. Simón no le había ofrecido absolutamente nada.
¿A quién podía creer? ¿A Simón? ¿A Finster? ¿A sus propias sospechas? Él no estaba allí por Simón ni por él mismo, estaba allí por Mary. Y por aquello en lo que Mary creía. La fe era la capacidad de creer en lo intangible, de dejar todo a un lado para reconocer la posibilidad de algo más grande. Él podía creer en Mary, así como ella siempre había creído en él. Confiaba en ella. Mary era su fe.
–¡Que lo jodan! – le dijo Michael al alemán.
Los ojos de Finster adquirieron una expresión salvaje, y Michael no pudo menos que encogerse cuando aquél pasó la mano a través de los barrotes y le rozó suavemente la mejilla con sus uñas perfectamente cuidadas.
–Si yo fuese realmente quien usted cree que soy, ¿piensa que aceptaría esa muestra de insolencia de alguien tan insignificante como usted? No.
Piense en ello. Si yo fuese quien usted cree que soy, lo habría herido allí donde usted es más vulnerable. Ella habría perdido el alma. La habría convertido en mi esposa para toda la eternidad. Ah, cómo me habría divertido, follando a su Mary inconsciente. ¿Es una chica flexible, Michael?
Finster se inclinó tan cerca como se lo permitían los barrotes y dijo con dureza:
–Piénselo: si yo fuese quien usted más temía…
Michael permaneció allí, pálido, en silencio, derrotado.
El hedor volvió a asaltar sus sentidos y lo despertó de su sueño. No tenía ninguna noción del tiempo, pues allí no había relojes ni ventanas. En el bloque de celdas reinaba un silencio total, ni siquiera se oía el movimiento de un roedor. Las dos bombillas desnudas apenas si daban suficiente luz. Sus sueños y pensamientos se habían concentrado en Mary.
¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la había visto? No era capaz de recordarlo. Tenía que salir de allí; tenía que hablar con Mary, cogerla en sus brazos. No: tenía que acabar el trabajo que lo había llevado allí.
El ruido de la puerta al abrirse lo sobresaltó, su sonido metálico retumbó contra las heladas paredes de piedra. Se oyó el chirrido de la puerta de otra celda al abrirse y cerrarse con violencia. Diez pasos rápidos resonaron en el
corredor y luego Ivan Crusick, el oficial de la Interpol que se había ocupado de Michael, apareció al otro lado de los barrotes. Crusick sacó su manojo de llaves, encontró finalmente la que buscaba y abrió la puerta de la celda.
–Los documentos de su extradición ya están listos -dijo en un inglés con un acento extranjero muy marcado.
–Es usted muy amable -dijo Michael irónicamente.
Crusick no contestó.
Míchael siguió al oficial de la Interpol a través de un largo y húmedo corredor hasta llegar a la primera de una serie de puertas. No tenía idea de a qué documentos se refería Crusick; pero, siempre que lo sacaran de allí, para él estaba bien. No echaría de menos ese lugar. Mientras avanzaban por el corredor se percató de que no había ninguna celda ocupada. No obstante, habría jurado que la noche anterior había oído a otros presos, y en ningún momento había oído que se abriera la puerta de alguna celda para hacerlos salir; era un ruido que no se podía dejar de oír. No quería conocer el destino de los otros presos. Les deseaba paz, cualesquiera que hubieran sido sus crímenes. Ese no era un lugar para un ser humano. Subieron una escalera, mientras Crusick iluminaba el camino con una linterna. El estrecho pasillo era un claro indicio de la antigüedad del edificio. Allí no había ninguna luz, pues el grosor de la piedra no debía de permitir el cableado por su interior.
Fue una ascensión prolongada, con muchos más tramos de escalera de los que Michael había esperado. Llevaban un par de minutos subiendo, cuando se empezó a ver una luz que llegaba desde arriba. El silencioso oficial y él salieron final¬mente a unas instalaciones modernas que bullían de actividad. Así como el nivel inferior era antiguo y hú¬medo, aquella planta era muy moderna: ordenadores, cámaras, puertas automáticas, todo ello a cargo de una fuerza policial del siglo XXI.
Michael fue escoltado hasta un escritorio donde le devolvieron su ropa y los escasos efectos personales con los que había llegado. Firmó por todo y lo llevaron a una habitación privada para que pudiera cambiarse. Luego, con Ivan Crusick siempre a su lado, atravesó más puertas hasta llegar por fin a la última que lo separaba de la libertad.
–Por favor, vuélvase de cara a la pared.
Michael estaba acostumbrado a la rutina de ser cacheado. No se trataba de que pudiera hacerse con una pistola en los últimos treinta segundos, sino sólo de una precaución habitual.
–Míreme -ordenó el guardia. Michael se volvió-. Manos al frente.
Las esposas se cerraron alrededor de sus muñecas, el metal helado contra la piel. Ivan Crusick abrió la última puerta y, con un gesto, le indicó a Michael que pasara al largo y estrecho vestíbulo. Después cerró la puerta, dejando allí a Michael, y regresó hacia las entrañas del edificio.
Si antes Michael se sentía confuso, ahora su desconcierto era completo.
Allí estaba, esposado, en el vestíbulo de una comisaría en el corazón de Berlín. El protocolo establecía que debían escoltarlo hasta el aeropuerto y de regreso a Estados Unidos; pero también establecía que le dijesen qué estaba pasando. En el vestíbulo había sólo dos puertas: las puertas de hierro a su espalda y la puerta principal delante de él. Si el infierno había quedado atrás… Michael pensó que, al menos, podría caminar hasta la puerta principal. Y fue entonces cuando ésta se abrió: Busch estaba allí.
Llovía torrencialmente. Sin contar con la protección de un paraguas, Busch escoltó a un esposado Michael a través del enorme aparcamiento de la policía, barrido por el agua. Los dos hombres quedaron inmediatamente calados hasta los huesos. La visibilidad se reducía a menos de un metro… y no era que ninguno de los dos estuviese preocupado por admirar el paisaje; de hecho, ni siquiera se miraban y no habían pronunciado ni una palabra hasta ese momento.
–¿Por qué escapaste? – preguntó finalmente Busch.
Michael no contestó. En cambio, se miró las manos esposadas. Estaba tan atrapado como lo había estado en prisión.
–Yo pensaba ayudarte.
La voz de Busch sonaba agotada. El único vuelo que había conseguido a Berlín era uno indirecto vía Londres, de modo que el viaje había durado más de doce horas.
–Ahórrame los comentarios, ¿quieres, Kojak? Señor “la ley es la ley”.
El silencio continuó. Busch se encontraba en una situación delicada, lo estaba poniendo todo en juego por ese hombre-su trabajo, su integridad, su vida-, ¿y él tenía el descaro de atacarlo?
–¿Cómo pudiste poner a Mary en esta situación?
–No vayas por ahí.
–Oh, claro que iré por ahí, te guste o no. Ella está allá luchando para mantenerse con vida y tú estás jodiéndolo todo aquí. Despierta, compañero, la vida de Mary se te está escapando entre los dedos.
–Que te jodan-. Michael se volvió súbitamente y repitió- Que te jodan.
No tienes idea de a qué debo enfrentarme.
Empujó violentamente a Busch contra uno de los coches aparcados y lo golpeó con los puños esposados. Paul soportó el ataque sin inmutarse, y los golpes continuaron lloviendo sobre él hasta que finalmente, amigo o no, tuvo suficiente. Golpeó a Michael una sola vez, un directo a la mandíbula que lo lanzó contra un Escarabajo del 99.
Michael cayó sobre el capó del Volkswagen mientras la lluvia le mojaba la cara.
–No tenía otra alternativa. ¿Es que no lo entiendes? Ninguna alternativa.
Yo la amo.
Y luego, empapado hasta los huesos y esposado, Michael echó a correr.
Busch se quedó inmóvil, contemplando cómo su amigo desaparecía en la oscuridad y la intensa lluvia,
Y fue entonces cuando empezaron a sonar los disparos.
Un cargador completo, veloz y furioso. Los proyectiles rebotaban en el pavimento e impactaban en los coches aparcados.
Busch salió en pos de Michael y lo vio, a dos filas de coches de distancia, con la cabeza gacha, moviéndose deprisa. Los disparos continuaron. El tirador se encontraba a la izquierda. Busch se lanzó hacia adelante y arrojó a Michael al suelo al tiempo que lo protegía con su cuerpo.
Y los disparos cesaron.
Ahora sólo se oía la tormenta. Busch arrastró a Michael entre dos coches, y luego asomó la cabeza hacia donde presuntamente estaba el asaltante, al otro lado del aparcamiento inundado, pero no pudo ver nada a través de la cortina de lluvia. Nadie. Nada. Al sonar el primer disparo, Busch había llevado instintivamente la mano a su pistolera, pero estaba desarmado, imposible llevar un arma en el avión.
–Michael, ¿qué cojones está pasando aquí?
–Quítame las esposas -lo apremió Michael, señalándose las manos-.
¡Quítamelas! Con este chisme soy un blanco fácil.
Busch estaba tratando desesperadamente de evaluar la situación. Si el tirador era un profesional, cambiaría de posición, estudiaría a su presa, acabaría el trabajo.
–Volverás a huir -dijo.
–Moriré si no lo haces. – Michael lo miró con desesperación-. Por favor… hazlo por Mary.
Busch cogió a Michael y corrieron agachados buscando la protección de los coches.
–Veo que te las has ingeniado para joder a alguien, como de costumbre -
dijo Busch sin dejar de correr.
Michael alcanzó a ver una sombra que se movía a unos diez metros de ellos, y se lanzó al pavimento mojado cerca de un BMW, con Busch pegado a él. Todo ese asunto olía a encerrona. No podían matarlo dentro de la prisión, porque habría habido demasiadas preguntas. ¿Por qué no dejarlo en libertad, soltarlo en campo abierto al alcance del tirador? Estaba esposado y completamente indefenso. Probablemente Busch no fuese más que un cabeza de turco, ignorante de cuál era su papel en todo ese plan.
–Tenemos que regresar a la comisaría -dijo Busch. Sus palabras quedaron ahogadas por la lluvia.
Volvieron a disparar, esta vez desde la derecha. Busch y Michael se lanzaron hacia la izquierda, casi pegados al suelo, corriendo entre los charcos, mientras algún que otro relámpago les iluminaba el camino. De pronto, la dirección de los disparos cambió, ahora les disparaban desde la izquierda.
Los tiradores eran dos.
Estaban atrapados, conducidos como corderos al matadero. Busch trató de abrir la puerta del Citroen gris detrás del cual estaban agachados.
Imposible, cerrado con llave; tampoco podían romper el cristal de la ventanilla, ya que el sonido de la alarma pondría sobre aviso a los tiradores acerca de su localización, y eso aceleraría su muerte.
Los disparos cesaron nuevamente. Michael no sabía qué era peor, si el silencio en medio de la lluvia o el tableteo de las armas. Cuando las balas pasaban silbando por encima de su cabeza, su cuerpo había corrido respondiendo a un instinto, sin más pensamiento que la supervivencia. Pero el silencio… El silencio creaba una sensación de expectación que le desgarraba el alma. Era peor que cualquier muerte lenta. El miedo a lo que pudiese ocurrir era paralizante. Los asesinos eran perfectamente conscientes de eso, y lo estaban utilizando para aprovechar la terrible presión psicológica que comportaba. Y esa presión estaba haciendo efecto.
Busch y Michael se miraron; la desesperación de su situación era obvia.
Busch no había ido hasta allí para dejarse matar y tampoco permitiría que matasen a Michael. En el umbral de la muerte, la perspectiva de Busch cambió. La necesidad de sobrevivir había aclarado su mente y ahora sabía que Michael tenía razón, esposado no tenía ninguna posibilidad.
Busch sacó la llave de las esposas.
Cuando las esposas cayeron al suelo, los disparos volvieron a sonar, ahora más próximos, reduciendo el cerco. Michael señaló con el dedo un estrecho pasadizo entre algunos coches, y los dos salieron disparados a una.
Las balas rebotaban junto a sus talones, haciendo pedazos los cristales de los coches y reventando los neumáticos. «Así debe de ser la guerra», pensó Busch. Buscaron refugio junto a una cabina de peaje abandonada. Los disparos cesaron bruscamente. Cinco segundos de silencio…
… y luego se oyó un único disparo.
A Busch se le ocurrió de pronto que la lluvia era una bendición. Esos tiradores eran profesionales. Michael y él ya tendrían que llevar muertos un buen rato. La cortina de agua no sólo los protegía, obstruyendo la visión de los asesinos, sino que también alteraba de un modo imprevisible la trayectoria de las balas.
–Debemos mantener la distancia con respecto a los tiradores. Si lo conseguimos, quizá tengamos una posibilidad de salir de aquí -dijo Michael con expresión sombría.
–Nein.
Busch se volvió. A menos de dos metros de ellos, un Magnum del 44
les estaba apuntando. El hombre llevaba un chándal azul oscuro empapado, tenía el largo pelo rubio pegado al cráneo y los labios fruncidos en una mueca de disgusto. Busch tuvo la impresión de que el asesino carecía de los músculos necesarios para poder sonreír. Apuntó a Michael, pero, antes de que pudiese disparar, Busch se colocó delante de su amigo como si fuese un escudo humano.
–Mi bala atravesará los dos corazones -prometió el asesino. Luego gritó-¡Anders!
Detrás de él se oyó un chapoteo en los charcos del aparcamiento, el otro asesino se acercaba. Estaban atrapados.
–Mi hermano se sentirá decepcionado. Me apostó cinco euros a que sería él quien los mataría.
Alzó el arma y…
El cañón de una pistola se apoyó contra su sien mientras un brazo poderoso le rodeaba el cuello. El rubio jadeó tratando de respirar.
–Nein-susurró una voz.
–Mi hermano te matará antes de que puedas apretar el gatillo -amenazó el asesino rubio.
–Nein. Tu hermano ya no puede matar a nadie. – Simón lo giró con brusquedad, obligándolo a mirar. En el suelo yacía Anders con una bala en la frente-? Ahora, suelta tu arma.
El rubio no obedeció y, sin dudarlo ni mostrar emoción alguna, Simón le disparó en la sien y luego, depositó el cuerpo en el suelo mojado. La sangre comenzó a manar de la herida y se extendió como un riachuelo junto con el agua. Simón alzó la vista y, aunque su corazón y su alma pertenecían a Dios, los ojos eran los de un mercenario, fríos, letales… mortíferos.
–Vamos -les dijo a Michael y a Busch.
–¿Qué pasa con los cuerpos? – preguntó el policía.
Simón se alejó en medio de la noche gris y lluviosa.
–¡¿Qué pasa con los cuerpos?!-insistió Busch.
Pero Simón ya había desaparecido, tragado por la lluvia y la neblina.
Aun después de la reunificación de las dos Alemania, Berlín seguía conservando sus callejones, profundos, estrechos y oscuros. Alguna rata los recorría de vez en cuando en busca de comida; pero, aparte de eso, ningún ser vivo entraba en ellos voluntariamente. Y ésa era precisamente la razón por la que un callejón era siempre un buen lugar para ocultar un coche de alquiler. Simón no podía permitirse llamar la atención de un policía curioso.
Ahora, al pensarlo retrospectivamente, se dio cuenta de que eso no habría representado ningún problema, en el aparcamiento de la policía no había un solo hombre de uniforme. De modo que asesinar a dos asesinos no provocó la agitación que uno hubiera esperado. Había estado esperando en vano trece horas delante de la prisión cuando supo que a Michael lo habían detenido. Tratar de sacarlo de allí era una tarea imposible, su intención era simplemente matar a quienquiera que fuese finalmente a recoger a Michael para extraditarlo a Estados Unidos y luego continuar la búsqueda de Finster.
Había dejado de llover y por todas partes había charcos como lagos.
Simón permaneció sentado al volante del coche mientras Busch y Michael discutían en medio del callejón. Aunque la lluvia se había llevado la
suciedad acumulada, no había tenido ningún efecto sobre el olor a putrefacción, que parecía impregnar incluso las paredes de ladrillo.
Después de que Simón liquidara a los dos asesinos, los tres se habían alejado velozmente de la comisaría en el coche alquilado de Simón sin que se produjera ningún otro incidente. El silencio se mantuvo durante todo el viaje, cada uno sumido en sus propios pensamientos, mordiéndose la lengua para no acusar furiosamente a los otros. Finalmente, la situación explotó cuando Busch y Michael bajaron del coche justo en medio de un charco.
–¿Qué piensas hacer ahora? – preguntó Michael.
–¿Qué crees tú que debería hacer ahora?
Simón, con los brazos apoyados en el volante, dijo con calma.
–Debería marcharse.
Busch se volvió.
–No le he preguntado a usted -dijo con un gruñido, y luego volvió a mirar a Michael, esperando su respuesta.
–Creo que ya te he hecho pasar por demasiadas cosas -dijo Michael.
–No he recorrido este largo camino hasta aquí por diversión.
–Todo lo que te dije antes acerca de ese hombre, Finster…
–… es verdad. – Simón acabó la frase mientras tamborileaba impacientemente con los dedos sobre el volante.
–¿Fue usted quien le llenó la cabeza con todos esos disparates? – La furia de Busch hacía que le temblase la voz.
–No son disparates.
Simón bajó del coche.
–¿Qué es usted, alguna clase de fanático religioso o algo por el estilo?
–En tantas palabras.
Busch no lo dejó terminar.
–Bueno, en tantas palabras no, en sólo cuatro palabras, cierre la puta boca.
–Soy un sacerdote.
Busch se quedó mudo. Él era un hombre creyente, con creencias tan firmes que el compromiso de cualquier otro hombre con la fe no debería sorprenderle, pero las palabras de Simón lo dejaron sin habla. No sólo le había hablado de un modo censurable, sino que acababa de ser testigo de cómo este sacerdote se cargaba a dos hombres con una bala en la cabeza, con una eficacia propia de una máquina. Los asesinos del chándal no habían
tenido ninguna oportunidad, aunque ellos tampoco les habrían dado ninguna. Ese sacerdote no bromeaba.
Busch se volvió hacia Michael.
–No he venido para arrastrarte de regreso a casa contra tu voluntad.
–¿No? Fuiste tú quien hizo que me arrestaran.
–Eso jamás. Nunca le dije a nadie que habías abandonado el país, ninguna de las dos veces. La primera vez, por cierto, me dejaste con un palmo de narices ante la puerta de seguridad del aeropuerto. ¿Qué cono pasó entonces? Me mentiste. – Busch estaba furioso otra vez. Respiró profundamente para tranquilizarse-. No fui yo quien ordenó que te arrestaran; mi nuevo ex compañero me la jugó. ¿Recuerdas a ese capullo que te sacudió en tu apartamento?
Michael asintió.
–Se llama Thal y está llevando a cabo una investigación de Asuntos Internos sobre mí, sólo Dios sabe por qué, y ahora piensa que yo te dejé escapar. Thal quiere meterte entre rejas para que a mí me cuelguen. Ese chico sabe lo que se hace, debo reconocerlo. Sabía adonde pensabas ir antes incluso de que te marcharas. Se puso en contacto con la Interpol para darle tu localización exacta una hora antes de que te cogieran.
–¿Entonces por qué las esposas, “compañero”? – preguntó despectivamente Michael, todavía furioso con Busch.
–Bueno, “compañero”, si hay que recoger a alguien con una orden de búsqueda internacional, las esposas son obligatorias. Thal debía recogerte y llevarte de regreso a Estados Unidos en un vuelo que salía esta misma noche. Si lo prefieres, yo puedo encargarme de llevarte de vuelta a casa. Y
escúchame bien -Busch se inclinó hacia Michael-, las esposas eran por tu bien. Necesitaba que me prestaras atención, que escucharas lo que tenía que decirte.
–No hay nada que usted pueda hacer para ayudarnos -interrumpió Simón con impaciencia-. Michael, nos estamos retrasando.
Busch desvió la mirada hacia el sacerdote.
–Veo que usted y yo nos vamos a llevar de maravilla, padre. – Simón fulminó a Busch con la mirada, pero éste hizo caso omiso de él y se volvió nuevamente hacia su amigo-. No creo una sola palabra de toda esta mierda, Michael, pero… -Sacó una carpeta y la arrojó encima del capó del coche-.
Esto es todo lo que hay sobre ese tal Finster. – Se volvió hacia Simón-. Y
no es ningún demonio, es un hombre. – Miró a Michael-. Sus negocios, sus hábitos, sus placeres, su gusto por las mujeres. Su perfil es un tanto breve, pero me atrevería a apostar a que es mucho más de lo que tenéis vosotros.
El corpulento policía exhibió una amplia sonrisa, como si su furia se hubiese evaporado de golpe. Dado que estaba allí, podía echar una mano.
Juntó las palmas y se las frotó vigorosamente.
–¿Tenéis algún plan?
–Estamos trabajando en ello -dijo Michael.
–¿Trabajando en ello? – La sonrisa de Busch desapareció-. Vaya equipo.
¿Qué pensabais hacer?, ¿entrar, enseñar una cruz y decir “entréguenos esas llaves”?
La tormenta volvió a desatarse con intensidad, y la lluvia se llevó los últimos restos de niebla. Simón estaba colocando cruces alrededor de la habitación del hotel, rezando a medida que las repartía. En un rincón ardían una velas que llevaban grabada una inscripción en latín, y el resplandor luminoso semejaba un campo de fuerza sagrado que los protegiera. La decoración espartana de la habitación había adquirido un aire siniestro que Busch habría encontrado ridículo si los otros dos hombres no hubiesen estado tan jodidámente serios.
–¿Puedo preguntarle qué es lo que está haciendo?-dijo Busch, tumbándose en una de las camas con una cerveza en la mano. Había decidido suspender por el momento su abstinencia de alcohol, teniendo en cuenta la locura que lo rodeaba.
–Protegiéndonos -contestó Simón con voz apenas audible.
–¿De quién?
–Nunca se ve la oscuridad cuando hay luz. El mal evita aquello que es sagrado.
–No es eso lo que he visto en mi trabajo. ¿A quién, está tratando de mantener alejado… a Drácula? – Busch puso los ojos en blanco.
Simón no se molestó en levantar la vista de lo que estaba haciendo.
–Digamos que es mucho peor que eso.
–¿Realmente cree que esas velas le impedirán entrar?, ¿que nos protegerán del hombre del saco?
Simón asintió.
Busch lanzó un suspiro.
–Sí, y nos mantendrá a nosotros dentro. Atrapados. – Se levantó de la cama para examinar las cruces; nunca había visto una variedad tan extensa-.
¿Y si está equivocado? ¿Y si ese millonario, Finster no es quien usted dice que es? ¿Y si no es más que un industrial multimillonario con una extraña obsesión por las llaves y unos guardaespaldas como armarios?
–Entonces no será tan difícil -contestó Simón-; Pero por si acaso…
Se dirigió hacia una de sus bolsas y sacó una metralleta Heckler Kock,
–De acuerdo. – Busch miró a Michael en busca de ayuda pero su amigo permanecía sentado en una silla, inmóvil y en silencio-. ¿Qué clase de sacerdote es usted?
Simón continuó colocando velas.
–Algunos sacerdotes cuidan de los enfermos, otros escuchan confesiones, celebran misa, difunden la palabra divina. Llevan a cabo la tarea para la que están más capacitados, allí donde la Iglesia solicita sus servicios. Mi talento va por otros derroteros. Yo protejo a Dios. Si yo lo hubiese matado en Israel -Simón hizo un gesto hacia Michael- cuando tuve oportunidad de hacerlo…
–¿Matarlo? – Busch estaba furioso-. ¿Trató de matar a Michael?
–Usted es oficial de policía. Defiende la ley en su ciudad, en su sociedad. Bien, yo también soy un agente de la ley, pero la ley por la que me rijo es la ley de Dios. Defiendo su ley y, si una ejecución es necesaria, entonces… -Se encogió de hombros-. ¿Soy tan diferente de usted?
–No nos compare -dijo Busch con los dientes apretados.
–Usted va a arrestar a Michael sólo por haber salido de su país, lo enviará a prisión por intentar salvar la vida de su esposa. ¿Es su amigo y, sin embargo, sería capaz de hacerle eso? – Simón le dio la espalda a Busch y continuó colocando velas-. Es obvio que usted valora más su ley que su amistad. – Cuando hubo terminado de poner la última vela, cogió su botellín de whisky-. Yo valoro mi ley más que la vida. Si yo le hubiese quitado su vida terrenal, él aún tendría su vida eterna, todos tendríamos una vida eterna. Pero ahora… Bueno, yo no le quité su alma. Fue Finster quien lo hizo.
Por extraño que fuera, Busch entendía perfectamente lo que el chiflado de Simón le decía. No compartía la metodología que empleaba el sacerdote, pero aun así lo entendía. No obstante, eso no cambiaba las cosas.
–¡No querrá decir que fue obra de Satán! – dijo Busch con una sonrisa, quitando importancia a lo que Simón acababa de decir.
Simón odiaba que se mofaran de él.
–¿Está aquí para ayudar? Entonces será mejor que empiece por creer lo que le digo. August Finster es el Maligno.
–¿De verdad? – El desdén en la voz de Busch no podía ser más evidente-. Usted va por ahí predicando su historia de mierda, tratando a mi amigo como una especie de peón. ¿A quién está obedeciendo Michael ahora, padre? ¿Eh? Usted está jugando con sus emociones, aprovechándose de la situación que atraviesa su esposa. Exactamente como hizo Finster. –
El dedo acusador de Busch se agitó peligrosamente cerca de la nariz de Simón-. Pero, al menos, él le pagó.
–Paul…
Michael se levantó de la silla. Había visto estallar a Busch demasiadas veces y, aunque apreciaba que saliera en su defensa, no podía dejar que las cosas volviesen a ponerse feas. Tenían que trabajar juntos, concentrarse en la tarea que tenían por delante.
–Te está tomando por imbécil, ¿no te das cuenta? – dijo Busch.
–Sé lo que estoy haciendo -contestó Michael.
–¿Lo sabes? Mary te necesita, te necesita de verdad. Sé que en este momento no piensas con claridad, pero yo sí. Tengo que llevarte de regreso antes de que te maten.
–Paul, sé que estoy haciendo lo correcto. Te lo pido como amigo, confía en mí.
Aquello volvía loco a Busch; sabía que las razones que habían llevado a Michael allí eran todas equivocadas. Ambos habían estado a punto de morir asesinados, estaban encerrados en esa habitación de hotel sin tener ningún plan y allí fuera, en alguna parte, había alguien o algo que quería verlos muertos. Pero vio una abrumadora convicción en la mirada de Michael.
–De acuerdo… Pero sigo sin creer en toda esa basura del Diablo, el Infierno y la condenación eterna…
–¿Cree en el Cielo? – lo interrumpió Simón suavemente.
–Esa no es la cuestión.
–¿Cree en el Cielo? – rugió Simón.
–¡Sí!-replicó Busch airadamente.