Los ladrones del cielo
Capítulo 7
Michael ni siquiera recordaba quién se la había regalado. Hecha de madera con la figura de Jesús en plástico fijada a ella, era uno de esos objetos que se encuentran por docenas en los mercadillos. Mary había bromeado diciendo que quienquiera que se la hubiese regalado debía de haberla robado del espejo retrovisor de un taxi de la ciudad de Nueva York. Ahora, con los acontecimientos de los últimos días, la visión de esa cruz se había vuelto insoportable. Aunque Michael sabía que estaba traicionando a Mary y a Paul, sentía a la vez que él también había sido traicionado. Todos sus años de devoción, todos sus años de plegarias lo habían conducido a ese momento, solo, sin alternativas.
Y, con ese pensamiento final, Michael quitó el crucifijo de la pared, el símbolo de su perdida fe. Regresó al escritorio, colocó el crucifijo junto con los papeles de la libertad condicional, y cerró el cajón.
Capítulo 7
Michael permaneció toda la noche sentado junto a la cama de Mary y dejó la habitación antes de que ella se despertase. La medicación que le estaban administrando para mitigar el dolor le permitía apenas unas horas de lucidez durante el día, y aunque a él le partía el alma no poder escuchar su voz, sabía que era lo mejor, porque los potentes medicamentos que corrían por sus venas ayudaban a suavizar el creciente dolor provocado por su enfermedad. Estudió su rostro, de una palidez espectral bajo las luces azuladas del monitor, y eso no hizo más que reforzar su decisión. Si no operaban inmediatamente a Mary, la perdería para siempre. Y quedarse atrapado en un mundo en el que ella no estuviese sería una prisión infinitamente peor que cualquiera a la que hubiese tenido que enfrentarse en su vida.
Todo esto pasó a la velocidad del relámpago por la mente de Michael mientras Finster le servía una copa de un hermoso mueble bar. de arce pulido. Los dos hombres estaban solos en una de las mejores suites de un hotel de la ciudad. En la pared espejada se alineaban frascos de cristal y licores añejos. Sofás de cuero fino rodeaban la sala de estar, donde destacaba la presencia de un enorme hogar. Un piano de cola Bosendorfer ocupaba un rincón, mientras que en el otro había un bello escritorio Luis XIV.
Finster le alcanzó a Michael una copa de cristal de roca.
–Chivas; siempre ha sido mi preferido. – Alzó su ropa y declaró- Que nuestro próximo brindis sea por el éxito obtenido.
Michael hizo caso omiso del brindis. No era un hombre dado a las formalidades o al whisky fino. Él siempre había actuado solo. Nunca había aceptado llevar a cabo ningún trabajo para nadie y sabía que, por primera vez en su vida, en éste no sería él quien establecería las reglas.
–Pero ya está bien de cortesías. Por favor, siéntese le pidió Finster con su voz teñida de un leve acento extranjero-. Naturalmente, le proporcionaré todo lo que necesite: dinero, personal, equipo…
Michael se sentó en uno de los sofás, dejó la copa sobre la mesilla baja y se inclinó hacia adelante.
–¿Para conseguir qué?
–Dos llaves.
–Llaves -repitió Michael, desconcertado-. ¿Qué abren esas dos llaves?
–Son muy antiguas, una de oro y la otra de plata, datadas hace dos mil años.
La voz de Finster dejó traslucir su entusiasmo mientras se sentaba en el otro sofá.
Michael permaneció inmutable, sin manifestar ninguna emoción. Pero por dentro el proceso ya había comenzado: el corazón golpeaba en el pecho, el pulso se había acelerado. Sin poder evitarlo, la conocida sensación de excitación había vuelto, el inicio de una descarga de adrenalina. Sabía, sin embargo, que debía mantener controladas sus emociones; ese trabajo no era para él, sino para Mary. '
–¿Dónde? – preguntó.
–Italia. Roma. No debería ser un trabajo difícil para un hombre de su talento.
–¿Cómo conoce usted mi talento? Siempre me preocupé por pasar inadvertido.
–Fuentes de toda confianza.
–¿Quién?
Michael sabía que el diablo había metido la cola. Finster sonrió.
–Tendrá que confiar en mí respecto a eso, Michael.
–No pretendo ofenderlo, pero la confianza es algo que no existe en este negocio.
–Como muestra de buena fe realizaré una transferencia electrónica por valor de cien mil dólares a su cuenta en la próxima hora para que su esposa pueda comenzar de inmediato el tratamiento.
–Podría hacer que me matasen al acabar el trabajo, no cumplir con el pago pactado.
Finster se levantó del sofá como un noble caballero ante su rey.
–Michael Saint Fierre, le doy mi palabra, no sufrirá ningún daño y el pago final por su trabajo se hará cuando entregue la mercancía. Soy un hombre de honor.
Michael no se sintió impresionado,
–El honor entre ladrones es una contradicción.
–Jamás he faltado a mi palabra o dejado de cumplir un trato. Nunca. Si lo hiciera, no podría hacer negocios.
–Aún no me ha contado cuáles son sus negocios.
La forma en que Finster contestase a la pregunta sería tan reveladora como la propia respuesta. Michael ya conocía ésta gracias a la investigación preliminar que había realizado acerca de su nuevo socio. Con sus antecedentes, Michael no podía permitirse el lujo de caer en la trampa de un policía celoso de su trabajo. Antes de acudir a la cita en el hotel había comprobado la identidad de Finster y a qué se dedicaba.
–Estoy en varias industrias. Ventas al por menor, esa clase de cosas, todo a escala mundial. – Finster miró a Michael directamente a los ojos-.
Tiene mi palabra.
Michael no estaba seguro de cuan buena era su palabra. Decidió que lo comprobaría más tarde, pero ahora sentía curiosidad.
–Bien, ¿de qué iglesia en Roma estamos hablando?
–La iglesia per se. – Finster hizo una pausa-. Las llaves están en el Vaticano.
Michael respiró profundamente, asimilando la información.
–El Vaticano. ¿Quiere que entre a robar en el Vaticano? Creo que ésa es una información que tendría que haberme proporcionado al principio.
–Estoy seguro de que ahora puede comprender mi necesidad de absoluto secreto. ¿Se está echando atrás?
–No. Es sólo que se trata de un trabajo muy arriesgado. Si es que realmente puede hacerse, exigirá una considerable planificación. Un trabajo de esas características podría resultar extremadamente peligroso. No deja
ningún margen para el error. No se trata de un edificio de baja seguridad; es uno de los Estados que cuentan con mayor seguridad en todo el mundo. ¿Y
los guardias? No se deje engañar por esos ridículos uniformes. La Guardia Suiza es uno de los cuerpos militares más eficaces y mejor entrenados de Europa. Pero, lo que es aún más importante, esos tíos poseen algo que no se puede incluir en el entrenamiento de un soldado: son una de las fuerzas más leales del planeta.
En todos los años en que había desempeñado su oficio, hubo una emoción que nunca había entrado en la mente de Michael: el miedo. Pero eso había cambiado. Estaba estrujándole el corazón, haciendo que se alterasen sus latidos. Se había colocado en una posición muy peligrosa, había tomado un camino sin retorno. Aquello acababa de convertirse en un trabajo que podría dejarlos a Mary y a él muertos al cabo del camino si él fallaba.
El arte de ese trato residía en aquello que no le había dicho y, según sus cálculos, era mucho. Y había algo más. Pero, ya se tratara de la obsesión de algún coleccionista chiflado o de un medio para conseguir un fin, era algo que a Michael lo traía sin cuidado. El jamás se implicaba en las políticas de los demás y sabía que, si ocupaba su cabeza en tratar de juzgar los motivos de aquel hombre, no podría concentrarse en el trabajo que tenía que hacer.
Para él no era más que un robo, el único trabajo que podría salvar la vida de su mujer. El interés que tenía Finster en esas llaves no era el suyo. Todo lo que sabía -todo lo que le importaba- era que, robando esas dos llaves, estaría robando vida para Mary. En eso se concentraría, eso era lo que lo llevaría al éxito, a pesar de los crecientes obstáculos que se alzaban contra él.
Finster le entregó a Michael un abultado maletín de cuero negro.
–Esto contiene información sobre las llaves, su localización exacta y los detalles y disposición del lugar donde están guardadas. – Caminó hasta la ventana yobservó la ciudad que se extendía debajo de él-. Quiero que entienda que estoy depositando mi confianza en usted del mismo modo en que usted la está depositando en mí. – Un momento después se volvió hacia Michael-. Acabamos de conocernos, pero creo que hemos llegado a un acuerdo, ¿verdad?
Michael hizo un leve gesto de asentimiento.
–Pero hay una cosa que necesito que entienda especialmente. – Finster se acercó a Michael, hablando despacio para enfatizar sus palabras-. No me traicione. No intente llevar esas llaves a otra parte para ofrecérselas a un mejor postor. No trate de cambiarlas. Yo sabré si son o no las llaves auténticas, Michael. – El hombre de pelo blanco estaba de pie a escasa distancia de Michael, mirándolo desde el costado del sofá-. Lo sabré -
repitió.
Michael se levantó lentamente del sofá con el maletín en la mano sin apartar la mirada de Finster.
–No ha contestado a mi pregunta. ¿Qué abren esas llaves? ¿Un cofre?
¿Alguna especie de caja fuerte?
–No. Nada de eso, probablemente sólo algunas puertas muy antiguas desaparecidas hace mucho tiempo.
A la mañana siguiente, una semana después de la cita con su médico, Mary estaba en el quirófano. El tumor era más grande de lo que el doctor Rhineheart esperaba -cubría el ovario izquierdo y la trompa de Falopio y había comenzado a invadir el ovario derecho- pero, después de ocho horas de operación, consideró que lo había extirpado por completo. Rhineheart era el oncólogo más importante de Connecticut. Se había graduado con el número uno de su promoción y era uno de los pocos médicos que no se habían convertido en un autómata. Aún le preocupaban los pacientes, y cada vez que a uno lo consumía la enfermedad, para él significaba una pérdida personal. Había perdido a su madre a causa de un cáncer de mama cuando tenía quince años, y luchaba por cada paciente con todos los recursos a su alcance. Cada lucha era un nuevo combate en una guerra que él estaba decidido a ganar. Cada persona que trataba era la hermana o la esposa, el padre o el hermano de alguien. Cada paciente era su madre una y otra vez.
El tratamiento combinado de quimioterapia y radioterapia que le había prescrito a Mary tenía por fin destruir cualquier célula cancerosa que le hubiera quedado en el cuerpo. Era un régimen muy duro y que exigiría toda su fuerza. Rhineheart les explicó que siempre le había parecido una paradoja: necesitaba envenenar a su paciente para eliminar de su organismo un veneno aún más mortal. Era un delicado acto de equilibrio, dijo, pero había resultado eficaz tantas veces que tenía plena confianza.
Michael se sentó al lado de Mary en la sala de recuperación y le aferró la mano entre las suyas. El color había desaparecido de su rostro, y, por más que fuera algo previsto, su extrema palidez no dejaba de impresionarlo. No podía quitarse de encima la sensación de que Mary estaba muerta. En esos momentos ella lo necesitaba más que nunca, se recordó. Ella dependería de su fuerza para superar ese terrible trance, de la misma forma en que había sido la fuerza de ella la que lo había ayudado a soportar sus años en prisión.
Mary le había salvado la vida, y por Dios que él salvaría la suya.
Paul y Jeannie Busch abandonaron el hospital; durante todo el viaje de regreso a su casa ninguno de los tíos dijo nada. Habían esperado junto a Michael todo el tiempo que Mary estuvo en el quirófano, ocho horas que parecieron veinte. Habían tenido que apelar a todos sus recursos para mantener un tono animado y optimista. A Busch le resultó muy difícil mostrarse optimista cuando en el fondo se sentía aterrado. Jeannie y él estaban más cerca de los Saint Pierre que de ninguna otra persona en el mundo, y aquella cruel jugarreta del destino lo estaba destrozando. No obstante, lo que más preocupaba a Busch era una pregunta terrible que seguía aflorando en su mente.
Michael y él se habían convertido en más que amigos. Entre ambos se había desarrollado una confianza que Busch no compartía con nadie, excepto con su mujer. Michael había estado a su lado cuando él tuvo problemas en su matrimonio. Se había alejado de Jeannie, principalmente a causa de su trabajo; no era algo que estuviese abocado al divorcio, sino más bien una de esas crisis pasajeras que sobrevienen en una relación, los altibajos del amor. Pero Michael había estado junto a él para escucharlo, y eso era lo que Busch necesitaba. Siempre le había resultado muy difícil abrir su corazón, pues desde niño le habían enseñado que la expresión de las emociones era un rasgo femenino ¡y pobre del hombre que exhibiese sentimientos tiernos! Cuando Busch desnudaba su corazón, Michael jamás hizo que se sintiera incómodo, y sólo hablaba cuando Busch lo necesitaba.
La situación había acabado por solucionarse, pero había sido la amistad de Michael lo que lo había ayudado a superar aquel difícil momento.
Michael había confiado en él. Siempre era directo en las charlas que mantenían acerca de su pasado delictivo; cómo había descubierto que el robo con allanamiento era un arte, algo practicado por auténticos artesanos; cómo descubrió que la prisión era un castigo! peor que el mismísimo
infierno. Michael siempre había incluido a Paul Busch en sus planes para reformar su vida, buscar un trabajo respetable, iniciar su trabajo en el campo de la seguridad. Busch fue la primera persona ¡a la que Michael acudió cuando supieron que Mary estaba gravemente enferma. Aunque con una actitud estoica, Busch pudo ver claramente la indefensión en los ojos de su amigo, su incapacidad para conseguir el dinero necesario para el tratamiento de Mary. Doscientos cincuenta mil dólares.
Y la pregunta volvió a surgir en su mente, una pregunta sobre la que Busch había estado rumiando todo el día: ¿de dónde había sacado Michael el dinero?
Sentado a la mesa del comedor, con el contenido del maletín de cuero negro que le había dado Finster extendido delante de él, Michael estaba haciendo los deberes.
Mapas y libros, tablas y documentos. El Vaticano era un lugar enorme, un país en sí mismo. Un Estado soberano dentro de cuarenta y cuatro hectáreas. Su protección principal estaba en manos de la Guardia Suiza, un pequeño ejército encargado de proteger al papa y el palacio apostólico. No era un ejército en el sentido tradicional del término: no vestían uniformes de faena, no llevaban fusiles M16 colgados del hombro. Más bien parecía una fuerza de seguridad antigua. Sus coloridos uniformes estaban de moda… si uno vivía en 1589.
Una casaca acolchada con brillantes rayas azules y doradas, a juego con los pantalones, polainas cortas y zapatos negros: un atuendo más propio de un actor en una obra de Shakespeare que de un oficial militar. Su sombrero de tres picos le recordaba a Michael a un pimentero con un penacho de plumas rojas. Con sus alabardas -unas lanzas de dos metros-, esos soldados estaban más equipados para matar dragones que para defender un país. En el aspecto turístico, su función era la de una antigua guardia de honor, y los profanos se preguntaban a quién se le podría ocurrir sitiar a la Santa Sede.
Pero la Iglesia sabía lo que se hacía; durante siglos el Vaticano había sufrido ataques desde muchos lugares, conocidos y desconocidos. Algunos fueron ataques físicos directos; otros fueron ataques intelectuales de la ciencia, que trataba de explicar la inexistencia de un ser superior; otros procedían de fuerzas espirituales muy poderosas. Y ésa era la razón de que, bajo sus llamativos uniformes, aquellos hombres poseyeran las habilidades necesarias de una unidad militar perfectamente entrenada. Su función tal
vez fuera tradicional, pero su capacidad era ultramoderna. Cada uno de sus miembros era un experto en el uso de armamento, el combate cuerpo a cuerpo y la lucha antiterrorista. Todos sabían que un ataque a la Iglesia podía producirse en cualquier momento y desde cualquier parte, y cada uno de los hombres estaba preparado. Y, si bien la alabarda parecía un arma tradicional, era, de hecho, una guadaña afilada como una navaja utilizada con extrema pericia por los guardias suizos desde que el papa guerrero Julio II los había llevado al Vaticano el 22 de enero de 1506.
II Corpo di Vigilanza era un edificio de piedra cuadrado situado en la esquina nordeste de la plaza de San Pedro. No se trataba de una estructura especialmente notable. Debajo de ella, sin embargo, la historia era completamente distinta. La sala de control de II Corpo de Vigilanza era algo similar a lo que se podría encontrar en las entrañas del Pentágono. Allí chocaban dos mundos: la alta tecnología y el arte supremo. Ordenadores Cray de alta velocidad junto a esculturas de Bernini, mapas electrónicos encima de pinturas de Rafael. Era como una máquina del tiempo que funcionase mal. Esa habitación era la sede de los gendarmes papales, la policía del Vaticano, que estaban a cargo de la seguridad del palacio y los jardines pontificios. Mientras que la Guardia Suiza se nutría exclusivamente de hombres procedentes del ejército suizo, la policía del Vaticano lo hacía del ejército italiano. La fuerza combinada de la Guardia Suiza y los gendarmes papales estaba preparada las veinticuatro horas del día para hacer frente a cualquier ataque y, a diferencia de las fuerzas de seguridad de otros gobiernos, la de ellos era una lealtad no sólo a su país, sino también a Dios. Cualquier fanático que estuviese dispuesto a morir por sus creencias perpetrando un asalto a la Ciudad del Vaticano se encontraría con un ejército igualmente dispuesto a entregar colectivamente sus vidas por una creencia más poderosa. En todo el mundo no se podía encontrar una fuerza más fiel. No había poder en la tierra que fuese capaz de desviarla de su propósito.
El Vaticano, por supuesto, era el hogar del sumo pontífice, el papa, el líder espiritual de la Iglesia católica. Y, desde que se había producido el atentado contra la vida de Juan Pablo II en 1981, la seguridad alrededor del santo padre y del Vaticano se había triplicado.
El objetivo de Michael se hallaba en uno de los museos más grandes del mundo. Y, aunque los museos vaticanos contenían muchos tesoros
religiosos, la seguridad que los protegía parecía casi descuidadamente mínima: cámaras, alarmas y algún que otro guardia. La auténtica seguridad, sin embargo, era diez veces mayor. Todas las vías de acceso y salida disponían de detectores de metales ocultos por manos expertas; escáneres de isótopos radiactivos; filtros olfatorios capaces de detectar el rastro químico de acelerantes, combustibles y toxinas; instrumentos capaces de descubrir cualquier cosa, desde artilugios nucleares y explosivos plásticos hasta la pólvora común de un petardo. Las cámaras estaban ocultas en todas partes, y ojos expertos vigilaban permanentemente los monitores de la sala de control. Los miembros de la seguridad secreta recorrían los terrenos adyacentes para efectuar una observación humana directa de todas las actividades.
Finster le había dado a Michael la localización exacta de las dos llaves, y había dejado en sus manos la planificación de cómo hacerse con ellas.
Pero Michael llevaba en ese negocio el tiempo suficiente para saber que no hay que confiar en nadie más que en uno mismo. Aunque ya se había puesto manos a la obra, eso no significaba que confiase en Finster ni mucho menos.
Antes de aceptar cometer el robo, una de las primeras cosas que hizo Michael fue investigar los antecedentes del alemán. Y lo que descubrió lo dejó profundamente impresionado. Finster era un multimillonario que había llegado de la Alemania del Este hacía una década, un industrial con el toque del rey Midas que actuaba con éxito en numerosos campos. Michael utilizó sus fuentes para confirmar que Finster no hubiese tenido complicaciones legales en el pasado. Finster resultó ser el típico europeo de éxito que deseaba aquello que no podía obtener. Los tíos excesivamente ricos siempre parecían anhelar todo lo que estaba fuera de su alcance, y no reparaban en medios para conseguir lo que pensaban que merecían, convencidos de que estaban por encima no sólo del común de los mortales, sino también de la ley.
No obstante, aunque Finster hubiese hecho sus comprobaciones, Michael no se confiaba. Se encargaría de verificar una y otra vez toda la información que Finster había recogido sobre el Vaticano, sin fiarse de ninguno de los datos. La investigación era una de las claves del éxito, y él confirmaría minuciosamente todos y cada uno de los detalles suministrados por su empleador. Pero ningún libro y ningún mapa del mundo le
permitirían conocer la rutina del museo, el flujo y reflujo de los turistas, de los sacerdotes, de los guardias. Si quería tener éxito, no sólo tenía que anular las medidas de seguridad de la policía vaticana y la Guardia Suiza, sino que además debería familiarizarse con su rutina.
Michael cogió un gran sobre. Había llegado aquella misma mañana, entregado en mano desde el hotel donde se alojaba Finster. De su interior extrajo una pequeña caja y, al abrirla, encontró un teléfono vía satélite de iridio. El aparato era más grande que un teléfono móvil corriente: veinte centímetros de largo por seis de ancho y dos de grosor. Michael abrió el compartimiento trasero y sacó la pila. Era más pesada de lo que imaginaba; su tamaño era la razón obvia de las dimensiones del teléfono. Tal vez el aparato fuese demasiado grande, pero poseía ventajas únicas: con él se podía llamar a cualquier parte del mundo desde cualquier parte del planeta.
La nota adjunta decía: «Es seguro; puede contactar conmigo cuando lo desee para mantenerme informado de sus progresos. Pero, lo que es más importante, puede utilizarlo para hablar con su esposa porque, en definitiva, de eso trata todo esto».
Dentro del sobre, Finster había incluido diez mil dólares, veinticinco mil euros y tres tarjetas de crédito de platino, cada una con un alias diferente. Si algo salía mal, Michael dispondría de dinero y recursos más que suficientes para volver a casa.
También había tres pasaportes con tres alias diferentes. El pasaporte auténtico de Michael lo habían anulado, de acuerdo con las condiciones de su libertad condicional. Había posado para las fotos del nuevo pasaporte antes de abandonar el hotel de Finster hacía una semana, dejando que fuese el alemán quien se encargase del resto de los trámites. Michael no quería que lo cogiesen por el simple delito de falsificar un pasaporte. Eso significaría el final de su viaje antes de que comenzara.
Volcó el resto del contenido del sobre: un billete de avión a Roma, otro desde Roma a la casa de Finster en Alemania, y un tercero para el vuelo de regreso a Nueva York. Se incluía también un itinerario. Su alojamiento sería el hotel Bella Coccinni, sobre el río Tíber.
Tenía siete días.
Mary, vestida con unos pantalones caquis y una blusa de flores, yacía en la cama del hospital. Después de casi una semana allí, se había cansado de la vestimenta hospitalaria, y era una buena señal volver a algo que se
pareciera a la vida normal y saludable. Aunque aún sufría bastantes dolores, Mary se sentía aliviada por haber dejado atrás la operación. No se lo había confiado a Michael, pero estaba aterrorizada de que la anestesiasen: había temido no volver a despertar. Entre el cáncer y sus pesadillas, hacía semanas que no se sentia bien descansada.
Hacía poco más de un mes, al despertarse, había notado que tenía el vientre ligeramente distendido con respecto a su apariencia tensa habitual, y llevaba un atraso de seis semanas en el período. Mientras conducía hacia la farmacia para comprar uno de esos tests de embarazo se sentía embargada por una enorme sensación de felicidad. Michael y ella habían querido tener!
hijos durante años, y lo habían intentado una y otra vez. Después de que Michael saliera de prisión, ambos se habían sometido a innumerables pruebas que confirmaron que ambos eran fértiles como conejos. Pero nada.
Todo el mundo les aconsejaba que fuesen pacientes, que ya sucedería. Y
habían pasado dos meses, luego dos años. De nada habían servido los especialistas, ni los herbolarios, ni las plegarias.
Pero ahora estaba segura de que las cosas serían diferentes. Todo el mundo tenía razón: había ocurrido. Mary sentía que la vida crecía dentro de su útero. Durante todo el trayecto de regreso a su casa planeó la forma de darle la sorpresa a Michael. Durante una cena tranquila, tal vez entregándole un sonajero envuelto con papel de regalo, o quizá representando la rutina de tejer unos peúcos mientras se relajaba en una mecedora. Se decidió por un regalo, algo que fuese importante para los dos.
Finalmente compró un libro de la colección del doctor Seuss. Eligió Green Eggs and Ham y lo hizo envolver con un papel brillante y decorado con elefantitos. Le regalaría el libro aquella noche cuando estuviesen en la cama. No podía contener las ganas de darle la noticia, de sorprenderlo en el trabajo, pero quería que fuese una ocasión memorable. Michael adoraba a los niños, y juntos criarían una saludable progenie. Había sido un largo camino, pero por fin estaban en la dirección correcta. Ese hijo sería el primero de muchos.
Mary llegó a su casa, abrió el test de embarazo y fue ni cuarto de baño.
Era un proceso engorroso y por el que ya había pasado muchas veces, pero en esa ocasión seria diferente.
Espero los cinco minutos reglamentarios. Nada. Pensando que quizá había cometido un error, leyó nuevamente las instrucciones del prospecto.
En la caja había un segundo test; esperaría una hora y repetiría la prueba, poniendo buen cuidado de seguir las instrucciones al pie de la letra.
Pero la segunda prueba también resultó negativa. Sintió ganas de llorar.
¿Por qué se había permitido ser tan optimista? Michael lo entendería, pero ella sabía que en el fondo, se sentiría decepcionado. Tiró el libro del doctor Seuss al cubo de la basura y decidió que no le diría nada. ¿Para qué cargarlo con eso? Un corazón destrozado por día era suficiente.
Sentada en la cama del hospital, contemplaba ahora las cosas que Michael le había llevado en sus visitas antes de la operación. Allí, entre las flores y los pastelitos, había un regalo que Michael le había comprado pensando que la animaría. Las lágrimas rodaron por sus mejillas: era Green Eggs and Ham.
El sonido del televisor estaba apagado; el gesticulante Jerry Springer no producía el impacto habitual sin el apoyo de su voz airada. Michael se inclinó y besó a Mary en los labios.
–Tengo que salir de viaje por unos días.
–¿Adonde? – preguntó ella con una sonrisa, enmascarando muy bien su decepción.
–Al sur. Tengo que firmar unos documentos y hacer un par de trabajos para Rosenfield, el tío que me ayudó a cubrir los gastos, Las mentiras afloraban con facilidad a sus labios, y eso era algo que preocupaba a Michael. El podía caerle bien a Rosenfield, pero la gente no invierte su dinero movida por la simpatía. Aunque el viejo se compadecía de Michael y Mary, eso no había sido suficiente. Rosenfield le había dicho que lo lamentaba, pero que no podía arriesgarse a prestarle una cantidad tan grande.
–¿Simplemente te dio el dinero? – preguntó Mary.
–Ya te lo expliqué. Es un préstamo, con la garantía del negocio y futuros trabajos.
–Aún no puedo creerlo. No creí que quedase nadie con un poco de caridad en el corazón. – Mary se rascó con aire ausente la venda que cubría la vía introducida en el brazo-. No sé cómo podré agradecérselo nunca.
–Yo ya lo he hecho.
Michael le cogió la mano. Ella ignoraba que la tienda de materiales de seguridad subsistía a duras penas. Todo lo que sabía era que Michael
llevaba a casa un cheque todas las semanas, y eso la llenaba de orgullo.
Michael había construido algo de la nada por ella.
–Debo marcharme esta noche.
–¿Tienes que hacerlo?
El inicio de las sesiones de quimioterapia estaba programado para esa misma tarde y, por lo que ella había oído, le esperaban algunos efectos secundarios bastante serios; le aterraba tener que hacerles frente sola.
–No hay ningún lugar en el mundo en el que preferiría estar que no sea éste, y contigo.
–¿Puedo ir yo también?
Era más una broma que un ruego.
–Eso me gustaría -dijo Michael.
–A mí también.
–Tienes que empezar tu tratamiento.
–Lo sé. – Mary asintió, y una sombra de decepción cruzó por sus ojos-.
Sólo busco una salida, supongo. Soy muy cobarde. ¿Cuánto tiempo estarás fuera?
–Alrededor de una semana. Y eres la mujer más valiente que conozco.
–Vuelve pronto -susurró Mary mientras él la abrazaba.
Los dos afrontaban el mayor reto de sus vidas, pero ninguno manifestaba el miedo que sentía. Cada uno estaba más preocupado por el otro que por sí mismo.
Dennis Thal entró en el vestuario. El joven policía había empapado la sudadera como si hubiese saltado dentro de una piscina, y ansiaba meterse bajo una ducha fría. Su partido de baloncesto de uno contra uno con John Ferguson, un detective novato, había acabado en victoria a pesar del meñique y el anular machucados de su mano izquierda; nunca perdía. Thal odiaba perder.
Busch lo esperaba con impaciencia junto a su taquilla.
Thal estaba en buena forma, el cuerpo delgado y musculoso. Busch sintió envidia, pero sabía que era la bendición de la juventud. Con el tiempo, el joven acabaría por sucumbir a los efectos dé las patatas fritas y la gravedad como todos los demás. Thal parecía un chico limpio y honrado, nacido con un pan bajo el brazo. En la comisaría se comentaba que era rico, que tenía un jugoso fondo fiduciario, y que había ingresado en la policía sólo para divertirse. Busch estaba haciendo una comprobación por su cuenta
y, si eso era cierto, pediría que al chico lo trasladasen. La ley no era algo que se aplicaba por diversión o para sentir un subidón de adrenalina. Si Thal quería sentir cómo le corría la sangre por las venas, que lo hiciera con el dinero de otro. El cumplimiento extremo de la ley no era un deporte: era el trabajo de Busch. No tenía ninguna intención de acabar con un tiro en la cabeza sólo porque un tipo estuviese buscando emociones fuertes.
–¿Qué ocurre? – preguntó Thal mientras abría la taquilla.
–Se suponía que debías reunirte conmigo arriba hace quince minutos.
–Oh, bueno, lo siento; no era mi intención joderte. – Thal se apartó de los ojos un mechón húmedo de pelo castaño-. Me ducharé en treinta segundos y estaré contigo.
Busch salió del vestuario y dijo sin volverse:
–Tienes tres minutos.
Thal echó un vistazo a su alrededor; en el vestuario no había nadie más.
Se quitó la ropa mojada y la dejó en el suelo; luego se echó la toalla sobre el hombro derecho. Se metió bajo la ducha, se enjabonó y se enjuagó y, fiel a su palabra, estuvo fuera del agua fría al cabo de treinta segundos. Eficacia era su lema. No había necesidad de perder el tiempo cuando había cosas más importantes esperando.
Se pasó el peine por el pelo y se puso los pantalones con pinzas. Limpió los zapatos con la toalla húmeda, sacó de la taquilla la camisa blanca recién planchada y se la puso rápidamente. Dennis Thal no era un hombre pudoroso, simplemente no quería que Busch -ni nadie, en realidad- viese su hombro derecho. Sabía que, a pesar de la camisa Ralph Lauren y los mocasines Colé Haan, no era lo que aparentaba.
Era consciente de que el tatuaje le pondría a Busch los pelos de punta.
La calavera negra con rosas que sobresalían del hueso fracturado no haría más que confirmar la opinión del fornido policía. Había sido la decisión estúpida de un chico de dieciséis años, una forma de estar en la onda y sentir que formaba parte de un grupo. Pero la cosa no había funcionado. El tatuaje, que le había costado trescientos cincuenta pavos, había quedado guapo el día en que se lo hicieron, pero ya no tenía el brillo ni las finas líneas artísticas por los que había pagado. La cicatriz de una quemadura había distorsionado el dibujo hasta convertirlo en un horror grotesco que no podía borrar.
Si Busch veía su tatuaje, le haría muchas preguntas, preguntas que Thal nunca podría responder. Se había esforzado por pulir su imagen inocente, y una cosa tan incongruente despertaría algo más que simple curiosidad en un policía veterano como Busch. Y el doctor Dennis Thal no había pasado por tantos problemas para ser asignado a Busch y que lo descubriesen: tenía un trabajo que hacer, y no pensaba defraudar al hombre que lo había contratado.
Las carpetas apiladas a la izquierda del escritorio alcanzaban una altura de treinta centímetros, unos diez centímetros menos que la pila de la derecha. Durante los últimos cinco minutos, la altura de las pilas había ido alternando mientras Busch cogía una carpeta al azar y fingía examinarla, para luego colocarla en el otro lado del escritorio. Su convicto en libertad condicional llevaba quince minutos de retraso, algo que no era propio de ese hombre, y Busch estaba empezando a preocuparse.
–¿No es una violación de la libertad condicional no asistir a una reunión con su agente? – preguntó Thal al tiempo que se sentaba muy erguido junto al escritorio de Busch.
Busch no se molestó en contestar; era él quien tenía el mando, no Thal.
Se disponía a ponerlo en su sitio, cuando se oyó un pitido amortiguado que procedía de alguna parte debajo de la pila de papeles.
Busch apartó las carpetas y contestó al teléfono.
–Hola, soy yo. – Michael parecía agitado y sin aliento.
–¿Estás bien?
Thal miró a Busch, la frente fruncida en un gesto de interrogación.
–Llevas quince minutos de retraso -dijo Busch, cambiando el tono. No tenía intención de permitir que Thal supiese de su amistad con Michael Saint Pierre. Intuía que, de alguna manera, Thal utilizaría ese dato contra él.
–Lo siento, tuve que encargarme de unos asuntos relacionados con Mary.
–¿Cómo está? – preguntó Busch con cierta brusquedad.
–Lo está llevando bien, esta tarde comienza con la quimioterapia. –
Finalmente, Michael se dio cuenta-. ¿Hay alguien contigo?
–Así es. – Ahora los dos estaban en la misma longitud de onda-. Oye, tienes que venir. Teníamos prevista una cita para revisar tu rehabilitación; no puedes escaquearte.
–No pretendía ponerte en un aprieto. – Michael hizo una pausa antes de añadir-: Tengo que marcharme durante unos días.
A Busch se le heló la sangre en las venas.
–¿Cuántos días?
–Una semana.
Busch tenía miedo de hacer la pregunta, pero era su trabajo.
–¿Porqué?
Michael se encontraba en su apartamento, con el auricular sujeto entre el hombro y la oreja, mirando los planos del Vaticano extendidos sobre la mesa del comedor.
–Es algo relacionado con la financiación del tratamiento que le están haciendo a Mary. Tengo que hacer un trabajo de seguridad.
Busch no se tragaba esa historia. Amigo o no, él sabía que Michael lo estaba engañando. Averiguaría la verdad, pero eso tendría que esperar hasta que se deshiciera de Thal.
–¿Cuándo?
–Tengo que marcharme esta noche.
–No hasta que nos hayamos visto.
Ambos sabían que Michael no podía salir del estado sin contar con la autorización de Busch.
–No sé si tendré tiempo.
–Pues encuéntralo.
Busch fue terminante en eso. Nunca antes le había hablado a Michael en ese tono. Michael sabía que su amigo quería respuestas, y le debía una explicación. Se encontraría con él, pero aún no podía decirle la verdad: no le cabía duda de que eso sería el fin de su libertad.
Paul Busch y Michael estaban apoyados en la valla metálica que rodeaba un campo de béisbol de la liga infantil, donde los bates eran más grandes que los crios. Busch era el entrenador; le gustaban todos los deportes y le enseñaría a su hijo todo lo que sabía. Robbie Busch jugaba en segunda base; agachado y atento, el chico estaba decidido a que ninguna pelota superase su posición. Ninguno de los dos hombres miraba al otro. En cambio, mantenían la vista fija en los chicos que disputaban el partido.
–Y bien, ¿adonde te marchas?
–A Virginia. Fredericksburg.
–¿Siete días?
–Así es
El bateador estaba en su base, encorvado y preparado para golpear la bola. El lanzador lo tenía bastante complicado para lanzar dentro de la diminuta zona de strike, pero esos chicos le pegaban a cualquier cosa. Tres lanzamientos buenos, y el primer bateador quedó eliminado.
–Deja que te acompañe, aún me quedan algunos días libres. Cuatro manos hacen el doble de trabajo en la mitad de tiempo.
–No, no es necesario. Se trata sobre todo de material técnico, trabajo de instalación.
–No es el mejor momento para que te largues.
–Es el trato que hice.
–¿Y qué clase de trato es ése?
Michael miró a Paul; el subterfugio los estaba matando a ambos.
–Un contrato estándar.
Uno de los crios envió la bola a la tercera base. El chico que la ocupaba trató de devolver la pelota, pero su lanzamiento se quedó corto. El corredor pasó por la primera base y se dirigió hacia la segunda. El pequeño lanzador cogió la pelota y se la arrojó con fuerza a Robbie, quien la atrapó en el aire y corrió hacia la almohadilla, codo a codo con el rival; se lanzó hacia adelante con el brazo extendido y tocó la base antes que el corredor rival.
–¡Buen trabajo, Robbie!
Robbie exhibió ante su padre una sonrisa de oreja a oreja.
Cuando el siguiente bateador llegó a la almohadilla, Busch se volvió hacia Michael con gesto serio.
–¿De dónde sacaste el dinero para el tratamiento de Mary?
Michael no apartó la vista del juego.
–Uno de mis clientes. – Hizo una pausa; no le gustaba que lo acorralasen-. El tío de Virginia.
–¿Quién? Michael no contestó a la pregunta.
–Me dio trabajo y me ayudó a conseguir un préstamo.
–Pensé que habías dicho que no tenías crédito.
La conversación se estaba convirtiendo en un interrogatorio.
–No tengo.
–¿Y cómo alguien que no tiene crédito consigue un préstamo?
–Gracias a un benefactor. – Michael miró a Busch a los ojos-. Alguien que confía en él. ¿Adonde nos lleva esto?
–Dímelo tú, Michael. ¿Adonde nos lleva?
Michael se limitó a mirarlo; era todo lo que podía hacer. Sabía que sí aquello se prolongaba un poco más lo echaría todo a perder, si es que no lo había hecho ya. Tenía que permanecer concentrado. El noventa y nueve por ciento del trabajo consistía en no dejarse atrapar, y Michael temía que eso estaba a punto de ocurrir.
–¿Cuidarás de Mary mientras yo esté fuera?
–Sabes que lo haré -replicó Busch, que empezaba a cabrearse. Su amigo se estaba escondiendo detrás de su mujer.
Michael se volvió para marcharse.
–Michael, no me obligues a hacer mi trabajo.
Sin decir nada, Michael se metió en su coche, lo puso en marcha y se alejó.
Michael condujo por Maple Avenue. Llevaba un equipaje ligero, una bolsa de mano con ruedas con ropa de verano, y el maletín que le había dado Finster. Reacogería las herramientas y los suministros una vez que hubiese aterrizado en Italia. No tenía ningún sentido verse sometido a un interrogatorio innecesario en el mostrador de Aduanas.
Michael había tratado de hablar con Mary antes de iniciar el viaje, pero ella dormía. La medicación que le administraban no mitigaba su dolor, sino que la ayudaba a conciliar el sueño. Aunque ya se había despedido antes, anhelaba escuchar su voz antes de subir al avión. Sería la primera noche completa que pasarían separados desde que lo habían dejado en libertad.
Tenía el corazón destrozado. Había dejado a Mary sola durante tres años y medio mientras estuvo encerrado en prisión, y había jurado que eso jamás volvería a ocurrir. Y, sin embargo, allí estaba, abandonándola en su hora más desesperada. «Pero este trabajo es diferente -se obligó a recordar-. Este trabajo no es por un beneficio personal y tampoco un desafío para el ego.»
Le había pedido a su vecina, la señora McGinty, que le diese de comer a Hawk y lo sacara a pasear. La anciana se sentía muy feliz de poder ayudarlo. Incluso había rechazado el dinero que Michael le ofreció por sus servicios. Estaba contenta de poder tener a C. J. en su apartamento durante una semana y de disfrutar de su compañía, pues en los últimos seis meses había perdido a su esposo, Charles, y a su propio gato. Era bueno tener un propósito otra vez, le había dicho ella.
Michael aparcó el coche en la zona reservada al aparcamiento prolongado, y pagó siete días por adelantado. Cuando cerraba el maletero divisó un Torino verde que se detenía al otro lado de la valla. Ya lo había visto en la autopista; siempre había sentido debilidad por los coches robustos, de modo que enseguida había reparado en ése. Esos grandes motores eran cosa del pasado, y raramente se veían en esos días, salvo en los coches de policía. No le había prestado demasiada atención cuando abandonó la interestatal en la misma salida que él, pero ahora lo observó mientras se desplazaba lentamente junto al aparcamiento.
Michael cerró el coche con llave y se dirigió hacia la terminal. No volvió a ver el Torino, y respiró aliviado cuando las grandes puertas correderas del aeropuerto aparecieron ante su vista. Paranoia, se dijo. Había estado inactivo durante casi seis años y probablemente se estuviese mostrando excesivamente cauteloso. Se detuvo ante el mostrador de facturación de la compañía. No había cola. Una bonita muchacha con acento sureño cogió su billete.
–¿Tiene algún equipaje para facturar, señor McMahon?
–Sólo llevo la bolsa de mano, gracias -contestó Michael, registrándose bajo un alias. Acababa de violar la libertad condicional, su primer delito.
La empleada de la compañía le entregó la tarjeta de embarque, le agradeció que viajase con ellos, y lo dirigió hacia el control de seguridad.
Paul Busch estaba empezando a sentirse fatal. Había seguido a Michael sin saber cuál era su propósito, sin saber qué le diría cuando se topase con él. Era su responsabilidad permitirle o no abandonar el estado. Cuando atravesaba las puertas de la terminal del aeropuerto, decidió que simplemente se despediría de Michael, concediéndole su autorización para que pudiese marcharse. Depositaría su fe en él.
Busch había enviado a su hijo a casa con Jeannie, diciéndole que no lo esperase levantada; luego le pidió prestado el Torino al ayudante del entrenador de béisbol. Desde el nacimiento de sus hijos, Jeannie tenía una regla: nada de armas cerca de los chicos. Era una norma razonable y, en esos días, también era prudente. Había muchas historias terribles, y Jeannie se negaba a que su familia pasase a formar parte de esas estadísticas. Así que Busch había dejado su arma en la caja fuerte de su casa, junto con la billetera y la placa, antes de asistir al partido de béisbol de los crios. No se
había molestado en pasar a recogerlas antes de ir al aeropuerto; no le pareció que fuese necesario.
Michael caminó por el aeropuerto con la bolsa de mano colgada del hombro, golpeándole el muslo con cada zancada. El maletín negro que llevaba en la mano derecha era pesado. Mostró su billete en la puerta de seguridad, vació los bolsillos y colocó la bolsa y el maletín sobre la cinta transportadora. Cuando pasó bajo el arco detector de metales, la alarma comenzó a sonar. Michael se quedó paralizado. Las imágenes de su arresto cruzaron por su mente. Debían de haberlo seguido, pensó; estaba perdido.
No podía haber otra explicación, ya que antes de abandonar el apartamento se había asegurado de que en su equipaje o en su persona no hubiera absolutamente nada que pudiese incriminarlo. Los guardias se acercaron para cachearlo. Volvió a comprobar sus bolsillos y suspiró aliviado cuando encontró una moneda que se le había pasado por alto. Cruzó de nuevo por el detector de metales. Esta vez no sonó ninguna alarma y pudo continuar.
Cuando Busch llegó al control de seguridad, vio a Michael que avanzaba deprisa por el corredor en dirección a las puertas. Antes de que tuviese tiempo de decidir su siguiente movimiento, el guardia le pidió el billete. Por supuesto, no tenía billete. Busch le pidió al guardia que lo dejara pasar: era policía y estaba en acto de servicio. El guardia le pidió su identificación, pero no la llevaba consigo. Busch vio que Michael se mezclaba con la multitud de pasajeros que partían. Miró a su alrededor en busca de una solución y decidió que seguiría dándole a su amigo el beneficio de la duda; hablaría con él cuando regresara al cabo de siete días.
Pero entonces vio el rótulo: SALIDAS INTERNACIONALES. Michael acababa de convertirse en un fugitivo.
Desde un rincón sombrío de la pista, una figura observó cómo el 747 se elevaba hacia el cielo nocturno. El hombre estaba solo y no era un empleado de una compañía aérea. Regresó hacia la puerta del hangar, pasando junto a los equipos de mantenimiento y los carritos de los equipajes, sin que nadie se fijara en él; era como si perteneciera al personal del aeropuerto o dispusiera de un pase especial.
La figura atravesó la puerta y echó a andar por el túnel de seguridad. En la salida había un guardia. El hombre frunció el ceño y miró con extrañeza al desconocido que se acercaba a él, pero cuando la figura exhibió su placa