Los ladrones del cielo
Capítulo 15
–El Cielo está cerrado, Michael.
–Lárguese de mi casa ahora mismo.
No le importaba que tuviese una pistola; iba a golpear a ese chiflado si no cerraba la boca.
–Ni siquiera comprende a quién le ha vendido las llaves, ¿verdad?
Michael cogió al hombre por el brazo, pero Simón se movió a la velocidad del relámpago y lo hizo girar tan rápidamente que por un instante Michael perdió la noción de dónde estaba, y luego lo lanzó brutalmente contra el sillón. C. J. salió huyendo de la habitación. Simón se inclinó hacia adelante y con voz clara y firme declaró:
–Vamos a recuperar esas llaves.
Luego se volvió y abandonó la habitación.
Michael se levantó y salió tras él; nadie violaba su hogar y nadie le decía lo que debía hacer.
–Yo no voy a hacer nada con usted. – Michael hizo un esfuerzo por controlar la voz, que temblaba a causa de la adrenalina-. Tengo una esposa a la que debo cuidar.
–¿Valora usted el alma de su esposa? – Simón no esperó la respuesta-.
Si es así, entonces me ayudará. De otro modo, Mary, al igual que todos nosotros, estará condenada. – Abrió la puerta del apartamento-. Nos marchamos dentro de dos días. – Luego, volviéndose, añadió-: ¿Cómo pudo ser tan estúpido? ¿Realmente no tiene idea de quién es Finster?
Michael no respondió, aún conmocionado; nunca en toda su vida había visto a nadie que se moviese tan rápido.
–Trate de averiguarlo -dijo mientras cerraba la puerta.
Capítulo 15
Dean McGregor era un perdedor nato que hacía todo lo que estaba en su mano para no salirse del camino recto. Paul Busch se encontraba con Dean el tercer miércoles de cada mes, Dean era la clase de tío despreocupado que siempre estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado, con los amigos equivocados y todas las intenciones equivocadas. Su primer robo había sido en una pequeña licorería, un lugar donde no suele haber mucho dinero en metálico o, al menos, no la pasta suficiente para perder entre rejas cinco años de la propia vida. De modo que Dean y sus amigos se sorprendieron cuando sacaron las armas y el empleado les entregó más de
veinte mil dólares. Naturalmente, era dinero que procedía del narcotráfico.
El lugar estaba sometido a una estrecha vigilancia por ser un centro de distribución de marihuana, y tres agentes del departamento de estupefacientes controlaban esos veinte mil dólares desde un Ford aparcado al otro lado de la calle. Cuando Dean y sus compinches fueron arrestados, no se encontraron con una condena de seis meses como habían esperado; el departamento de estupefacientes se aseguró de que el fiscal del distrito les aplicase todo el rigor de la ley.
Apenas cinco meses después de salir en libertad, Dean intentó atracar una gasolinera. Su esposa estaba embarazada y quería comprarle algunas cosas bonitas porque ella se sentía terriblemente deprimida a causa de su exceso de peso. Utilizando para la ocasión su habitual pistola de plástico amenazó al empleado de la gasolinera y encontró la caja medio llena, con unos cuatrocientos pavos en su interior. Lo que Dean no sabía era que la esposa del empleado de la gasolinera también estaba embarazada y que el tío era un policía que había cogido ese empleo a fin de tener unos ahorros para cuando naciera su hijo. El revólver reglamentario del empleado estaba debajo del mostrador, ya que acudía a la gasolinera directamente desde su trabajo. El oficial Paul Busch cogió su revólver, y Dean se meó en los pantalones allí mismo. Busch le leyó sus derechos. Mientras esperaban a que llegase el coche patrulla para recoger a Dean, los dos empezaron a hablar acerca de los hijos que estaban por llegar. Por primera vez, Busch comprendió que, si bien cometer un delito siempre está mal, lo que motiva a un delincuente puede tener a veces cierto grado de nobleza. Eso, naturalmente, no era una excusa -la ley seguía siendo la ley-, y Dean regresó directamente a la prisión, condenado ahora a una pena de quince años.
Y seis años más tarde resultó que Busch y Thal estaban sentados en una cafetería haciendo las preguntas habituales a un recién liberado Dean McGregor; había salido en libertad por buena conducta después de haber cumplido un tercio de su condena. Busch estrechó la mano de Dean calurosamente, saludándolo con una sonrisa. El hombre había pagado su deuda, cumplido la pena que el tribunal había considerado justa, y eso para Busch era todo. Su trabajo no consistía en hacer juicios, sino en aplicar la ley.
Dean le tendió la mano a Thal, quien la miró sin moverse. La mirada iracunda del joven policía provocó en Dean un tic nervioso que se prolongó durante toda la entrevista.
Los tres hombres pasaron la media hora siguiente dedicados a las preguntas habituales relacionadas con la adaptación a la vida fuera de la prisión: ¿Cómo estás? ¿Cómo está tu familia? ¿Tienes problemas en el trabajó que te conseguimos? ¿Llegas puntual al trabajo? Busch llevaba la voz cantante y guiaba la conversación en la dirección que quería. No le gustaba que las personas que estaban a su cargo se sintiesen nerviosas o ansiosas con él. Era importante que el ex convicto se sintiera cómodo en la reunión con su oficial de libertad condicional, porque entonces se abría, era sincero en todo lo que se refería a su reinserción en la sociedad. Lo que llevaba a un tío en libertad condicional a volver a delinquir era justamente el miedo o la desesperación por no poder hacer frente al mundo exterior, y el trabajo de Busch consistía en mantenerlos en el buen camino. Si los ex convictos a su cargo volvían a las andadas, no era solamente culpa de ellos: también era responsabilidad de él.
El teléfono móvil de Busch comenzó a sonar, y éste se alejó de la mesa, no sin antes indicarle a Thal que le hiciera unas pocas preguntas a Dean y luego lo dejara marcharse. La primera pregunta de Thal acerca de los sueños y pesadillas pareció bastante inocente, pero, a partir de ahí, el interrogatorio fue de mal en peor: afirmaciones hostiles, amenazadoras, implacables.
–Sueñas con el dinero, ¿verdad, McGregor? Dime la verdad. Cuando estás en la cama por las noches, no puedes evitar pensar en que hay una manera más fácil de llevar comida a la mesa. – Thal sonrió-. ¿Cuántos años pasarán antes de que cojamos a tus hijos siguiendo los pasos de su papaíto?
Dean permanecía sentado, asustado, sintiendo que el sudor le corría por el rostro.
–Yo creía en la reinserción -continuó Thal de manera implacable-. Y
creía en el perdón. Pero ¿sabes una cosa, Dean? No creo que te hayas reformado, y no hay duda de que no habría que perdonarte.
En los dos minutos que Dean pasó con Thal sus nervios quedaron deshechos. Le tenía más miedo a ese tío que a cualquiera que hubiese conocido en todos sus años de prisión. Y no eran las palabras de ese policía
joven lo que lo asustaban: era el tono y la forma en que le brillaban los ojos cuando hablaba.
Thal apoyó la mano sobre el hombro de Dean como si fuese un niño.
–Me das asco, McGregor. Eres un desecho de la sociedad. Será mejor que reces para que no sorprenda tu culo delante de la mira de mi pistola mientras cometes un delito. Porque, si eso ocurre, me encargaré de desparramar tus sesos sobre el pavimento, los recogeré y se los enviaré a tu esposa.
El regreso de Busch acabó bruscamente la conversación.
–Dean, te veré dentro de tres semanas -dijo Busch, enfatizando la palabra veré. Acompañó al tembloroso McGregor hasta la puerta, tranquilizándolo con un brazo sobre el hombro.
El policía regresó al reservado y se sentó. Bebió su café tibio; le añadió más azúcar. Dejó pasar los minutos, y eso hizo que Thal se rebullera en su asiento. El rapapolvo que se avecinaba estaba poniéndolo nervioso!
Finalmente, Busch se inclinó hacia adelante y, alzando un dedo, dijo con voz tranquila:
–Te lo diré una sola vez, sólo una: si vuelves a comportarte de ese modo con un convicto en libertad condicional, un sospechoso, un ser humano, no sólo me encargaré personalmente de que te echen del cuerpo, sino que presentaré cargos contra ti. En lo que a mí concierne, no le llegas a la suela de los zapatos a ese hombre. – Busch hizo una pausa tratando de tranquilizarse-. Trabajaré contigo, te guiaré, durante un mes más. Pero a partir de ese momento me encargaré de que nuestros caminos no vuelvan a cruzarse jamás.
–Eh, sólo estaba asustándolo un poco, por si se le había escapado mencionar algún trabajo que estuviese planeando…
–Nosotros no asustamos. Jamás.
–¿Cómo sabemos que ese hombre no está planeando violar su libertad condicional?
–Puedes creerme, si lo hiciera, yo lo sabría.
Busch recogió los papeles de Dean McGregor y los guardó en su maletín.
–¿O sea que si supieras de alguien que violase su libertad condicional, lo arrestarías de inmediato?
–Sin dudarlo.
–¿Y cómo somos de estrictos? ¿Cuál es la ley en cada caso?
Busch alzó la vista.
–¿De qué estás hablando, Thal? La ley es una. Nosotros nos encargamos de hacer que se cumpla.
–No olvides que soy nuevo en este asunto de la libertad condicional.
Sólo estoy tratando de tomarte como modelo.
Ese tipo de comentarios sacaban de quicio a Busch; no había nada que despreciara más que el hecho de que alguien lo tratara con aires de superioridad.
–La ignorancia no es excusa cuando se trata de violar la ley. No hay ninguna jodida manera de evitarla.
–¿Qué debemos hacer cuando alguien viola su libertad condicional? –
preguntó Thal otra vez.
–Arrestarlo.
–¿Enviarlo de nuevo a prisión? – Eso depende del juez.
Thal pensó un momento en ello.
–¿Sin excepciones?
–Sin excepciones -dijo Busch.
–Entonces deberíamos arrestar a ese tío, Saint Pierre. Se largó del país.
Según tú, deberíamos arrestarlo.
A su despreciable manera, Thal parecía estar muy contento.
Busch fue cogido totalmente por sorpresa. Al darse cuenta de que ese pedazo de mierda lo había pillado, dijo bruscamente:
–¿Cómo sabes eso?
–Una fuente fiable.
–¡Una fuente fiable, y una mierda! Eso no colará ante un juez. Será mejor que hables claro.
Busch sabía muy bien que Michael había abandonado el país. Lo había visto desaparecer en la terminal de salidas internacionales del aeropuerto, pero creía que quizá había alguna explicación para su conducta y que sería capaz de manejar ese asunto a su manera. Pero ahora…
Ahora fue Thal quien se inclinó hacia adelante y, alzando un dedo, aseguró:
–Te conseguiré las pruebas.
–No vuelvas a hablarme de esto hasta que las hayas conseguido. –
Busch cogió su maletín y se levantó-. ¿Hay alguna otra cosa que pueda
«enseñarte» hoy? – preguntó con absoluto desprecio.
Thal permaneció sentado un momento; aunque tal vez no lo aparentase exteriormente, sentía que había ganado la discusión y se moría por colocar la guinda en el pastel.
–¿Por qué te llaman Peaches?
Busch se inclinó sobre la mesa y le espetó a Thal a un centímetro de su cara:
–Nunca… vuelvas… a… llamarme… Peaches.
La biblioteca del hospital era muy pequeña, pero en ella había una colección de libros que abarcaban al menos los temas básicos que podría buscar un paciente. La atmósfera era recogida y silenciosa como cabría esperar en una biblioteca, pero seguía prevaleciendo el olor a desinfectante, por lo que en todo momento se recordaba dónde se encontraba uno en realidad. Aparte de la selección habitual de libros, revistas y tesis de medicina, había también una buena selección de textos de ficción y no ficción. Las enciclopedias y los manuales de consulta eran una donación de un benefactor que había perdido a su madre a causa de una enfermedad cardiaca.
Michael agradeció la generosidad de ese hombre al encontrar la última edición de Quién es quién en los negocios internacionales. A la mayoría de los integrantes de la lista les dedicaban apenas un par de párrafos, mientras que August Engel Finster tenía su propia página.
Michael había investigado a Finster antes de aceptar el trabajo; entonces no había nada que pudiera hacerlo vacilar. Ahora era Simón quien lo hacía vacilar. Michael no sabía a quién debía temer, si a Finster o a Simón. Y no sabía a ciencia cierta qué estaba buscando mientras miraba la misma página que había leído hacía ya casi tres semanas.
August Engel Finster había surgido del bloque del Este después de la caída del Muro de Berlín. Sus compras eran legendarias. Se había gastado más de trescientos millones de marcos alemanes en la construcción de su imperio. No obstante, el origen de su dinero era un misterio, como lo era también el de muchos titanes financieros que habían surgido de Alemania Oriental. Michael sabía que muchos de ellos, si no todos, habían estado implicados en el pasado en el gobierno comunista de una forma u otra.
Pero, aunque se sospechaba que esa élite tenía vínculos deshonestos, ¿cómo
se los podía considerar criminales en una tierra donde la ley se encontraba sometida al capricho de su hermandad burocrática?
Finster había conseguido construir un imperio de fábricas textiles, compañías mineras y empresas de municiones, la mayoría de ellas adquiridas a través de la privatización de los negocios del antiguo gobierno.
Estas corporaciones habían tenido un éxito notable, que sólo podía atribuirse al talento de Finster para los negocios. Era un hombre extremadamente reservado; muy pocos conocían la estrategia que empleaba para obtener sus éxitos comerciales, y las personas que trabajaban para él tenían los labios sellados y eran virtualmente invisibles. Las universidades y sus competidores intentaban descubrir su fórmula, pero nadie había conseguido copiar el modelo de Finster para los negocios. Finster jamás había fracasado. Hasta el momento. Y de eso se trataba: todo el mundo se estrella y se quema en algún momento. Un día le tocaría a Finster. La gente siempre aplaudía y alentaba a alguien que estaba en el camino ascendente, a cualquier desvalido en busca de la cima, del premio gordo. Pero, cuando un hombre lo conseguía, las tornas cambiaban y la gente empezaba a buscarle defectos. Un ganador ya no era como ellos, luchando contra los obstáculos, combatiendo a las masas. Un ganador había alcanzado el éxito donde ellos habían fracasado, y eso no sentaba nada bien. De hecho, era algo que formaba parte de la naturaleza humana. Nadie podía dirigir el mundo durante mucho tiempo. Bill Gates, el genio de los ordenadores que se había enfrentado a IBM, había surgido de la nada para crear una nueva industria informática desde el garaje de su casa, y luego había visto cómo Estados y gobiernos trataban de derribar su imperio. Michael Jackson, el rey del pop, el chico que había conquistado el mundo musical y le había dado una nueva forma al negocio del entretenimiento, había visto cómo el frenesí por sus canciones se convertía en frenesí por su sangre. Incluso el auténtico rey, Elvis, había acabado derribado por sus admiradores; primero lo habían derrotado los Beatles, después Woodstock y, finalmente, las drogas, y todo el mundo decía: “¿Lo ves?, te lo dije”. Y ahora todo el mundo decía que pronto le llegaría el turno a Finster. No había absolutamente ninguna información relativa a Finster anterior a 1990, y el hecho de que en sólo diez anos hubiera creado de la nada una red valorada en más de trece mil millones de dólares dejaba pasmado a Michael. El extenso artículo incluido en el libro daba cuenta de todas las conquistas de Finster en el mundo de los
negocios, pero no había un solo dato acerca de su pasado personal: ni padre, ni madre, ni hermanos. Ni esposa, ni hijos, ni perros. O tal vez existía más información y Finster tenía el arte de ocultarla, del mismo modo que ocultaba sus estrategias en el ámbito de los negocios. En los últimos tres años había llevado una vida de lujo y esplendor exhibida sin problemas, registrada en las crónicas de sociedad como si fuese una estrella de cine que asistiera a reuniones, clubes privados y funciones sociales de gala. Las fotografías de Finster lo mostraban exactamente como Michael lo había visto: el largo pelo canoso sujeto en una coleta, las cejas oscuras acentuando el color marrón de los ojos. Raramente aparecía sin una hermosa mujer cogida de cada brazo, ninguna de las cuales parecía superar los veintidós años. Su carisma resultaba evidente incluso en las fotografías, y Michael casi podía percibir cómo irradiaba de la página.
Pero aun así… no había ningún dato personal.
Michael pasó las páginas buscando información acerca de otros industriales alemanes, y eso tranquilizó en parte su ánimo. Los otros industriales procedentes de Alemania Oriental también carecían de antecedentes. Era como un pequeño club: tú no dices nada, yo no digo nada.
Todos ellos habían hecho algo en el pasado que sin duda los condenaría, y preferían que esa parte de la historia cayera en el olvido. Todos querían dejar atrás la vida que habían llevado en el pasado. Después de todo, Alemania Oriental había vivido la peor versión del comunismo. La comida escaseaba mientras la opresión era indiscriminada, y el pueblo se veía reducido a la miseria. Todo el mundo se vigilaba y el miedo estaba a la orden del día. Los hermanos se delataban entre sí incluso por las palabras más inocentes pronunciadas contra el malvado gobierno. Y aquellos que osaban protestar habían acabado en las prisiones de Berlín Oriental y nunca más se había vuelto a saber nada de ellos. Había rumores, susurrados en callejones oscuros, bares y sótanos, que decían que ni siquiera las almas de los muertos podían escapar a través del Muro de Berlín. Y entonces el muro cayó en medio de un estruendo de escombros y gritos de alegría y de sus ruinas surgió August Finster. Toda la información que se había podido recopilar se encontraba en el libro que Michael tenía delante de los ojos, y seguía sin saber prácticamente nada de Finster. El industrial alemán era un hombre de éxito, a quien Michael imaginaba reservado y despiadado -no es posible nadar entre tiburones, a menos que se cuente con una buena
dentadura-, pero no parecía representar la amenaza que Simón había sugerido en su apartamento. Finster era un tío excéntrico, como Michael había comprobado personalmente, pero ese rasgo se derivaba sin duda del poder y la increíble riqueza que poseía. La extraña colección de arte que tenía el alemán almacenada en su sótano medieval era morbosa, pero no era más que arte. Y eso sospechaba Michael que eran las dos llaves que había robado para Finster: una reliquia, algo que habría de permanecer oculto entre las cuatro paredes del museo privado de ese hombre. Tal vez esas llaves tuviesen realmente el significado histórico que Simón había mencionado, pero ¿qué podía importar? No había magia en ellas, ningún poder especial sobre las almas de toda la humanidad. El cielo era un concepto en el que Mary podía creer, pero Michael aún tenía problemas con esa cuestión.
–¿Ha encontrado lo que estaba buscando?
Michael alzó la vista y vio ante él a la enfermera Schrier, la corpulenta enfermera alemana que trabajaba en la planta donde estaba ingresada Mary.
–No estoy seguro -respondió.
–¿A quién está buscando en Quién es quién?
–En realidad, encontré a la persona que estaba buscando.
La enfermera miró por encima del hombro de Michael la fotografía del hombre de la melena blanca.
–¿Finster? – preguntó.
–Sí. ¿Lo conoce? – dijo Michael, medio en broma.
La enfermera se echó a reír.
–No, no personalmente.
Michael cerró el libro, se levantó de la silla y lo devolvió a su estante.
–El nombre realmente le viene como anillo al dedo, ¿no cree? –
comentó la enfermera Schrier mientras cogía una pila de revistas y se dirigía hacia la puerta.
–¿Qué nombre?
–August Engel Finster. Todo ese dinero, todas esas mujeres…
–Creo que no entiendo lo que quiere decir.
–Si fuese mi nombre, yo me lo habría cambiado. Las bromas que debieron de hacerle cuando era pequeño seguramente eran muy crueles. Sin embargo, supongo que acabó por acostumbrarse… Le sienta bien.
–No entiendo nada.
–Su nombre -la enfermera abrió la puerta de la biblioteca y sonrió a Michael- significa «gran ángel de las tinieblas». Igual que Satán.
Michael recorrió el pasillo en dirección a la habitación de Mary, con la cabeza hecha un torbellino. ¿Se trataba de alguna clase de broma? Repasó todos los datos que tenía almacenados en la mente desde el momento en que había conocido a Finster hasta que Simón le dijo lo que esa enfermera alemana acababa de revelarle. ¿Gran Ángel de las Tinieblas? En los últimos años, Michael había tenido problemas con el concepto general de Dios; ahora le pedían que examinara su creencia en la posible existencia del diablo. El comportamiento de Finster era todo lo contrario de lo que Michael imaginaría en alguien malvado: el hombre realmente se había preocupado y había tratado de ayudar a Michael y a Mary.
No.
Era una simple coincidencia, una coincidencia oportuna que ese chiflado de Simón le había metido en la cabeza. No, Finster no podía ser el diablo. No eran las llaves del Cielo, eso iba contra toda lógica. Las llaves del Cielo eran seguramente un mito -como el Santo Grial-, algo inventado por algún sacerdote muerto hacía mucho tiempo para inspirar fe y miedo.
Eso era lo que la razón le dictaba a Michael.
Su corazón, sin embargo, era otra historia. Latía deprisa, y el sudor le perlaba la frente. Las coincidencias no existían. Cuando había demasiados factores que apuntaban hacia algo, no era por azar. Sherloek Holmes lo había explicado mejor que nadie: «Cuando uno ha eliminado lo imposible, cualquier cosa que quede, aunque sea improbable, debe ser la verdad».
Lo que no podía dejar de recordar era la forma en que se había sentido en el interior de aquella mazmorra de Finster, el escalofrío que le había recorrido la espalda. Entonces no lo había entendido, pero ahora todo parecía mucho más claro. Había algo en las sombras, en las pinturas y en el hombre que lo había conducido hacia esa oscuridad fría y húmeda. Y su único consuelo había sido aferrarse a la pequeña caja de madera que contenía las dos llaves. En aquel momento aquello había pasado inadvertido para él, pero ahora comenzaba a cobrar sentido. Él había visto el mal en unos cuantos reclusos de la prisión, aquellos que no tenían ningún sentimiento, aquellos cuyo único deseo era atormentar y destruir a los demás. Pero él lo había evitado, los había evitado. Pero en ese subterráneo
medieval de la casa de Finster, estaba en todas partes; lo había olido, lo había sentido reptando por su piel, en medio de aquel silencio: el mal.
Completamente abstraído en sus pensamientos, Michael se topó con el doctor Rhineheart.
–Michael, me alegro de encontrarlo. ¿Puedo hablar un momento con usted? – preguntó el médico con expresión sombría.
La lluvia había comenzado a caer a medianoche, y no había ningún indicio de que fuese a dejar de llover. Combinada con los vientos fríos procedentes del norte, había hecho que la temperatura descendiese diez grados por debajo de los valores normales. Para empeorar aún más las cosas, aquella mañana se había desatado una terrible tormenta. Mary miraba a través de la ventana cómo caían los relámpagos en la lejana línea del horizonte, y contaba los segundos hasta que el trueno sacudía la habitación del hospital. La estancia se había enfriado, el mundo se había vuelto más desvaído en las últimas horas, y no era a causa de la tormenta. Mary no sabía cómo iba a decírselo a su esposo. Michael había trabajado con enorme ahínco y -según sospechaba ella- había sacrificado muchas cosas para proporcionarle los cuidados que necesitaba. Ella siempre había sido una mujer optimista, la encargada de elevar el ánimo de todos aquellos que debían enfrentarse a sus horas más oscuras; ella era invariablemente el hombro sobre el que llorar y la persona que daba esperanzas. Pero eso era siempre para los demás; ahora, por mucho que buscara en su interior, era incapaz de encontrar nada. Esta vez no llegaban las palabras de optimismo.
Cuando Michael entró en la habitación, aún no estaba preparada para él.
Aunque lo intentó, no pudo evitar el tartamudeo.
–M… Michael… -No podía mirarlo a los ojos-. Lo siento… no sabes cuánto lo siento.
Michael la abrazó.
–Eh, chist… -La apretó contra su cuerpo-. Esos médicos no tienen ni idea de lo que dicen. – Su voz era firme y segura-. Buscaremos una segunda opinión; encontraremos una manera… Los Saint Pierre jamás nos rendimos.
Michael había sentido que el corazón se le rompía en mil pedazos cuando el doctor Rhineheart le había dado la noticia. En ese momento había conseguido contener las lágrimas; ahora también lo haría. Jamás permitiría que Mary las viese.
–Michael…
–Escucha, no hemos pasado por todo esto para acabar perdiendo.
Siempre hemos conseguido que las cosas saliesen bien. Tú permaneciste a mí lado y me diste fuerzas para que yo pudiera regresar. Eso funciona en ambos sentidos. Me niego a tirar la toalla, y no espero menos de ti. Vamos a ganar esta batalla. – Retrocedió un paso, colocó ambas manos sobre los hombros de Mary y la miró fijamente a los ojos-. Juntos.
Mary se sintió fortalecida por las palabras de Michael, igual que siempre.
–Hay otros médicos -dijo ella, tratando de sonar convincente.
–Exacto. Encontraremos al mejor.
–He oído hablar de algunos tratamientos que aún no se han aprobado…
–Los probaremos todos.
Ambos sintieron cómo recuperaban el ánimo, mientras alimentaban mutuamente su optimismo.
–Naturistas, algún método de moda -añadió ella, medio en broma.
–Eso mismo. Aunque sea un tanto arriesgado, los probaremos todos. –
Michael sonreía-. Y yo los probaré contigo. Nunca tomamos drogas cuando éramos más jóvenes, así que tal vez resulte divertido.
Ahora Mary reía con ganas, y así era como a Michael le gustaba. Su risa había vuelto, y tenía los hombros un poco más erguidos.
–Cueste lo que cueste, lo derrotaremos juntos -dijo ella.
–Así es, cariño.
Cuando se quedaron en silencio, ambos se sumieron en el mismo pensamiento; siempre pensaban de manera semejante, y eso no había cambiado. A pesar de su pequeña exhibición de optimismo para darse ánimos, existía la clara posibilidad de que Mary no pudiese sobrevivir a su enfermedad. El cáncer se había extendido por todo el cuerpo y sólo existía una remota esperanza de poder vencerlo. A medida que el silencio se prolongaba, cada uno pudo sentir los pensamientos del otro y eso no hizo más que dificultar lo que tenían que decir.
–Y si… -Mary no pudo acabar la frase, no sabía cómo pronunciarla; pero Michael sí.
–No te pasará nada.
Michael lo dijo con tanta convicción como si esas palabras fuesen capaces por sí mismas de curarla.
Se produjo otra pausa dolorosa. Michael miró los dibujos infantiles que cubrían las paredes, el sinfín de ramos de flores; objetos insignificantes que no aportaban ningún consuelo. Las flores sólo servían para llenar los bolsillos del florista y proporcionar una vista y un aroma fugaces de todo aquello que florecía en el mundo que se extendía al otro lado de las puertas del hospital. Las flores representaban un cruel recordatorio de lo que el paciente se estaba perdiendo. Michael miró la caja de Oreo que le había llevado a Mary aquella mañana; no sabía por qué, pero no podía dejar de mirar la caja azul, como si allí estuviese la solución. El anuncio seguía dándole vueltas en la cabeza: «Un niño comerá primero el relleno de una Oreo y dejará la galleta para el final». Decidió que odiaba esa canción.
Mary vio el pánico en los ojos de su marido.
–Todo saldrá bien -murmuró al tiempo que tocaba la cruz que llevaba alrededor del cuello. Ahora era ella la que lo confortaba-. Aunque… me pase algo, estaremos juntos otra vez.
–¡No hables así! – exclamó Michael con furia.
Un segundo después se arrepintió. Como sucedía con tantos hombres, había convertido su miedo en ira y la había descargado sobre la persona que más amaba en el mundo.
Mary le cogió la mano. Luego miró por la ventana, a la lluvia que golpeaba el cristal como si fuese una cascada, convirtiendo el paisaje en una paleta de grises lavados.
–¿Cómo crees que es? – susurró Mary.
Michael no tenía idea de a qué se refería ella con esa pregunta; tenía el cerebro completamente embotado. Todo aquello por lo que había tenido que pasar, por lo que había luchado en las semanas anteriores, ahora se le antojaba baldío. Habían perdido su batalla. El había perdido la batalla. Él le había fallado. Otra vez.
–El Cielo. – Una confortable sensación de paz invadió a Mary mientras respondía a la pregunta que Michael no había formulado. Siguió mirando a través de los cristales mojados al tiempo que susurraba-¿Cómo crees que es? ¿Crees que es un lugar hermoso?
La conmoción recorrió el cuerpo de Michael como el relámpago sobre las colinas. Las palabras de Simón resonaron en su mente: «Ha robado las llaves del Cielo… El Cielo está cerrado».