Los ladrones del cielo

Richard Doetsch · Capítulo 2 de 39

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Los ladrones del cielo

Capítulo 1

Se ciñó el arnés y agarró a la mujer. Ella no necesitaba que le dijesen adonde iban: se aferró a Michael.

Michael saltó con su carga a través de la ventana justo cuando la habitación estallaba en llamas, y juntos cayeron pesadamente a través del aire veraniego mientras la mesa se deslizaba por el suelo de la habitación hasta chocar contra la ventana. La caída se interrumpió bruscamente a varios pisos sobre el callejón; las llamas brotaban por la ventana a sólo unos metros por encima de sus cabezas.

Puso los pies en la acera en el mismo momento en que explotaban las ventanas y las llamas y el humo ascendían hacia el cielo de la ciudad. El interior del apartamento brillaba con un resplandor anaranjado mientras todo el sexto piso quedaba envuelto por el fuego. Michael depositó en el suelo a la mujer, que sollozaba y decía incoherencias al tiempo que se envolvía el cuerpo desnudo con la lona, temblando y gimiendo.

El se desabrochó el cinturón, tiró las herramientas entre los arbustos, y comprobó el pequeño saco lleno de diamantes que llevaba a la espalda.

Seguía allí. El hombro continuaba sangrando, y la camisa negra se había vuelto color carmesí. Esperaba que la pérdida de sangre no fuese mortal: en ese momento no tenía tiempo para lidiar con la muerte. Se inclinó sobre la mujer y vio que la vida regresaba lentamente a sus ojos. Ella sonrió mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

Las sirenas rompieron el silencio, y al cabo de pocos segundos tres coches de la policía frenaban bruscamente al otro lado de la calle con un chirrido de neumáticos. Michael miró al otro lado de la Quinta Avenida, a la pared de Central Park. Tocó el saco que llevaba a la espalda; era su futuro.

La libertad se encontraba a sólo veinte metros.

Aún estaba a tiempo de conseguirlo.

Capítulo 1

Ya no fabricaban vidrios de color como aquéllos: morado brillante, rosa oscuro, dorado intenso, todos combinados para representar las Puertas del Cielo, el motivo central de una iglesia antigua y encalada. El sol de la mañana se filtraba a través de los vitrales, bañando con sombras multicolores a los feligreses; algunos estaban allí porque querían, la mayoría porque tenían la obligación de estar allí. Y, como sucede en cualquier casa de oración, sea cual sea la creencia, había gente que ocupaba

los primeros bancos como si su proximidad con el altar los acercase a la salvación. Las mujeres lucían elegantes vestidos, los hombres olían a colonia y llevaban impecables chaquetas de lana y sus mejores corbatas de seda, todos ellos con la creencia de que el hábito hace al monje.

Detrás del pulpito se encontraba el padre Patrick Shaunessy. El pelo muy corto era completamente blanco y ofrecía un agudo contraste con sus cejas negras. Sus gruesos brazos, ocultos dentro de las amplias mangas de su holgada sotana verde, se movían al compás de la cadencia irlandesa de su voz. Durante años había predicado ante su rebaño, pero nunca dejaba de preguntarse si alguna vez había conseguido llegar a un solo individuo de todos los que asistían a la iglesia. Al igual que en su juventud, vivían en una época con un índice constante de crímenes y adulterio, y un progresivo alejamiento de la religión. En apariencia, la gente ponía su fe en la tecnología, la ciencia y el sexo, y no creían más que en aquello que les resultaba tangible. Si no se puede tocar, no existe. Sin saber exactamente por qué, el padre Shaunessy predicaba con la esperanza de poder salvar aunque sólo fuese a un alma de este mundo sumido en la confusión.

El sacerdote era un hombre menudo, y algunos lo habrían tildado de enclenque -había albergado sueños fugaces de convertirse en una leyenda ecuestre corriendo el Derby de Kentucky en Churchill Downs- si no fuera por su voz, que constituía su don más preciado, porque su voz era tan poderosa como débil era su cuerpo. Y era esta voz la que ahora resonaba ante su congregación.

–No podéis robar la salvación, como un ladrón en la noche. Porque no es por la perfección en la vida en esta tierra por lo que nos esforzamos, sino por la perfección de la fe. La fe en Dios nos proporcionará la vida eterna.

Sólo la fe es la clave que nos garantizará la salvación eterna.

Juntó sus papeles y, como si quisiera enfatizar sus palabras, añadió:

–Abrid vuestros misales en La mañana ha llegado, página ciento tres.

La congregación comenzó a cantar y, aunque no sonaba precisamente como Cat Stevens, era un canto entonado y lleno de esperanza que se elevó hacia lo alto.

Casi oculta en los últimos bancos se encontraba la mayor admiradora del padre Shaunessy. Si la intención de la mujer era esconderse, no lo tenía fácil: era imposible que pasara inadvertida con los rizos castaño-rojizos que le caían sobre la espalda como fuego líquido. Con una expresión de

seguridad en el rostro y el misal en la mano, la mujer cantaba para sí; una acción que contrastaba vivamente con el resto de su vida. Durante largos años había sido una persona muy difícil de controlar. Desde que tenía trece había encarnado una flagrante contradicción: durante el día aprendía los siete pecados capitales en la escuela católica a la que asistía, y luego salía por la noche e intentaba cometerlos todos. Y, aunque los años habían traído cierta moderación y un sentido de responsabilidad a su vida, nunca había abandonado por completo sus raíces salvajes. El sábado por la noche solía encontrarla bailando en alguna parte, pero casi todos los domingos, sin importar el tiempo que hiciera, sin importar su salud, sin importar nada, se la podía encontrar sentada en el mismo banco a las once de la mañana, con la cabeza inclinada, dando gracias en silencio por todo lo que tenía en el mundo. No siempre estaba de acuerdo con la Iglesia, ni su conducta la haría jamás candidata a la santidad, pero la fe en Dios de Mary Saint Pierre era profunda y auténtica.

Sentado en silencio junto a ella, en el mismo banco, su esposo contemplaba a la congregación cantora, con los labios apretados en señal de protesta. Una mata de pelo castaño sin peinar enmarcaba un rostro fuerte y atractivo, aunque sus treinta y ocho años se adivinaban en su aire cansado.

El hombre se agitó en su asiento. En sus ojos oscuros se podía ver que su mente ya estaba en la salida. Hasta la fecha, Michael Saint Pierre nunca le había hablado a su esposa acerca de su declinante fe, y ése no era el momento más oportuno de hacerlo. Ya tenían demasiados problemas que resolver.

Mary y Michael salieron de la iglesia en medio de la multitud de feligreses que se afanaban en estrechar la mano de su pastor, esperando contra todo pronóstico que algo de la santidad del sacerdote se transmitiese quizá a sus almas.

El padre Shaunessy cumplía con ese ritual con un cordial saludo a cada feligrés, agradeciéndoles su presencia mientras ellos lo felicitaban por el sermón, mientras su leve sonrisa ocultaba la pregunta que anidaba en su mente: “¿Sería capaz alguno de ellos de repetir una sola frase del sermón, no ya la enseñanza diaria?”. Pero entonces su rostro se iluminó porque había visto a Mary Saint Pierre.

–Ha sido un hermoso sermón, padre -dijo Mary, bajando la vista para mirar al pequeño sacerdote.

Era casi como si hablara con un niño, tan notable era la diferencia de altura entre ambos. Consciente de que el sacerdote se sentiría incómodo con su estatura, Mary siempre tenía el cuidado de no ponerse zapatos de tacón cuando acudía a la iglesia, pero aun así medía un metro setenta y cinco.

–Gracias, Mary. – El sacerdote le cogió las manos entre las suyas-. Sé que siempre puedo contar con tu sonrisa cuando estoy en el altar.

El padre Shaunessy no saludó a Michael, como si él no estuviese allí. Al percibir la incomodidad de su marido, Mary sonrió y lo acercó hacia ella.

Finalmente, como si lo hubiera pensado mejor, y sin querer ofender a Mary, el sacerdote saludó a Michael.

–Mike.

–Patrick-musitó Michael de mala gana.

La cola de personas que querían estrechar la mano del sacerdote era cada vez más larga y se mostraba cada vez más impaciente. El sacerdote soltó la mano de Mary. – La paz sea contigo, criatura.

–Gracias, padre. Y con usted.

Los Saint Pierre se alejaron por el camino flanqueado de árboles en dirección a la zona de aparcamiento, mientras el padre Shaunessy continuaba saludando a su rebaño de fieles.

El Ford Taurus del 89 salió del aparcamiento de la iglesia y se dirigió al este. El viejo coche tenía la carrocería abollada y oxidada, pero limpia.

Michael conducía en silencio, con la vista fija en el horizonte, perdido en sus pensamientos. Mary sabía que Michael estaba sufriendo otra vez. Su esposo se había retirado a ese mundo al que nadie podía entrar, para enfrentarse a sus problemas solo. Era un muro que ella siempre luchaba por derribar, y cada vez requería una nueva estrategia. Con una sonrisa, Mary estiró la mano para tocarlo.

El la miró.

–¿Qué ocurre?

–Sólo te estaba quitando algo que tenías en el hombro.

–¿Caspa?

–No. El rencor.

–¿Qué? – Completamente desconcertado, Michael se agitó como si tuviese una araña en el hombro-. ¿Qué rencor?

–El rencor que llevas en el hombro.2

Michael hizo una mueca, tratando de conservar su malhumor.

–Pat no es un mal hombre -dijo Mary.

–Me mira como si fuese a infectar a su congregación o algo por el estilo. Pensaba que los sacerdotes debían ser indulgentes.

Su tono era de profunda amargura.

–Es muy difícil que alguien tan bajo pueda menospreciarte, Michael.

–Echa un vistazo al mundo a través de mis ojos, Mary.

Los ojos de Michael no se apartaron de la carretera en ningún momento.

Mary odiaba cuando Michael le hablaba de ese modo, con irritación. No sucedía a menudo, sólo los domingos y, generalmente, una hora antes o después de asistir a misa. Sabía lo que eso le costaba a Michael pero, después de todo, sólo se trataba de una hora por semana. Y ella sí que veía el mundo a través de sus ojos; era capaz de hacerlo en cualquier momento y, en lo que a ella concernía, él debería poner un poco de paz en su vida.

–¿Por qué tenemos que pasar por esto cada semana? – Mary apoyó la mano sobre el muslo de Michael en un gesto de reconciliación.

Un silencio incómodo se instaló en el coche.

Al costado de la carretera había docenas de coches. La música -al parecer, algo de Springsteen- se difundía a todo volumen desde alguna parte. A lo lejos se oía el rugido del océano, y la brisa que llegaba del mar impregnaba el aire de un inconfundible olor a verano. Mary subió por el sendero de lajas hacía una casa gris de Cape Cod descolorida por la intemperie, seguida por Michael, que caminaba a unos cinco pasos por detrás de ella, aún silencioso y tenso. Llamó al timbre, pero nadie contestó.

Volvió a llamar mientras Michael llegaba finalmente a su lado. Mary apoyó la mano en el tirador y abrió la puerta.

–No sé si realmente estoy de humor para esto -advirtió Michael.

–¿Y para qué estás de humor? – preguntó ella, con la paciencia casi agotada.

Michael no le contestó.

–Nos despediremos de todos dentro de media hora y estaremos en casa antes de dos horas.

2. La expresión literal en inglés para indicar que alguien está resentido o guarda rencor por algo es «tener una brizna en el hombro». (N.delt.)

–Nos despediremos de todos dentro de media hora y estaremos en casa antes de dos horas.

Ella le cogió la mano y lo hizo entrar en la casa. Las habitaciones estaban oscuras, sospechosamente vacías. Mary se dirigió hacia la parte trasera de la casa, atravesando una sencilla sala de estar y el comedor, acompañada por un ruido apagado que aumentaba a cada paso. Llegó a una puerta corredera de cristal cubierta con una cortina.

–Recuerda que debes sonreír -susurró Mary.

Descorrió la cortina y la fiesta apareció ante sus ojos. No cualquier fiesta, sino el no va más en fiestas. Un mar de gente llenaba la terraza trasera y se esparcía por la playa. Había tres barbacoas encendidas y las llamas lamían el cielo. Si en las parrillas quedaba algún trozo de carne, ya hacía tiempo que había sido incinerada y de vuelta a los dioses. Unos grandes altavoces vomitaban Candy's Room, y la quejumbrosa voz de Springsteen se las veía y deseaba para competir con el tumulto festivo.

Mary tiró de la mano de Michael y ambos se sumergieron en el pandemonio. Abriéndose paso a través de la multitud borracha, avanzaron hacia la parte posterior de la terraza en busca de un espacio para respirar, cuando vieron que un hombre enorme se acercaba a ellos. La gente se apartaba a su paso, como si fuese por respeto a la realeza, asintiendo y palmeándole la anchísima espalda. Era un hombre pesado, no gordo, pero tampoco musculoso, sólo grande y fornido. Con sus dos metros se destacaba sobre el resto de los presentes. El color rubio desteñido del pelo recordaba a un surfista, aunque difícilmente se fabricaran tablas lo bastante grandes para tipos como él. Mary quedó engullida al instante dentro de su circunferencia cuando él la abrazó: un gigante bondadoso acariciando a una paloma.

–Ahora la fiesta puede dar comienzo oficialmente -gruñó el hombretón.

Liberó a Mary de sus garras, se volvió y abrazó a Michael, quien no pudo mostrarse más incómodo mientras el aire escapaba de sus pulmones-. Como siempre, habéis llegado tarde -volvió a rugir.

–La iglesia -se defendió Mary.

El gigante miró a Michael directamente a los ojos y preguntó:

–¿Bubby?

–Yo he rezado por tu alma enorme y conservada en whisky.

La mirada del gigante se endureció.

–Excusas, excusas. – Cogió la cabeza de Michael entre sus manazas y lo acercó hacia sí-. Todos son gilipollas.-Depositó un sonoro beso en la frente

de Michael antes de soltarlo-. Me alegro de que lo hayas hecho.

Michael se relajó por fin.

Paul Busch no se excedía en la bebida salvo cuando realmente tenía una buena razón para hacerlo -algo que era extremadamente raro-, no fumaba y siempre había sido enemigo de las drogas. De hecho, aparte de su debilidad por la comida basura, Paul era probablemente uno de los hombres de vida más higiénica que se podían encontrar. Excepto una vez al año. Una vez al año, aproximadamente por esas fechas, Paul Busch organizaba su festín de fin de semana como una especie de Memorial Day.3 Todas aquellas personas a las que había conocido, hablado, golpeado, besado, entrenado, abrazado o con las que se había casado alguna vez eran invitadas a su casa en la playa para dar el pistoletazo de salida al verano. Ésa era su fiesta de celebración de la vida tal como Paul la concebía y, puesto que era él quien corría con los gastos, se sentía autorizado a probarlo todo, incluido el alcohol. De ahí su actual estado alegre y desmañado.

Por encima de la estridente música llegó el ruido de niños riendo y gritando, cada vez más cerca. Y súbitamente, como si se hubiesen materializado en el aire, allí estaban, un niño y una niña irlandeses de no más de seis años. Robbie -once meses mayor- y Chrissie Busch, dos crios rubísimos con unas sonrisas que podían calentar las profundidades del océano. Atropellando a los invitados, los dos se arrojaron a los brazos de Michael, quien los estaba esperando.

–Ven al trampolín… -gritó Robbie, tirando de Michael hacia la izquierda.

–¡No! ¡Castillos de arena! – exclamó Chrissie, tirando de él hacia la derecha.

–Eh, chicos, ¿qué os parece si saludáis? – reprendió Busch a sus hijos.

–Está bien -dijo Michael, encantado con la atención de los niños.

–Dadle un respiro, dejad que al menos beba un trago.

Busch trató de apartar a los niños.

–Pero, papá…, es el único aquí que juega con nosotros -rogó Robbie.

Busch miró a su hijo a los ojos.

–Eso es porque es el único con vuestro avanzado nivel de madurez.

–Está bien -repitió Michael, agachándose junto a los niños.

–Papá, por favor…

3. Día en el que se recuerda a los soldados estadounidenses

muertos en campaña. (N. del t.) Busch tal vez fuese un hombre fuerte, probablemente el hombre más fuerte que uno conociera, pero cuando se trataba de sus hijos era más que débil: era un trozo de pan. Levantando las manos en un gesto de impotencia, se volvió hacia Michael.

–Como tú quieras, pero si te matan, luego no vengas lloriqueando. –

Busch sonrió y pasó el brazo sobre los hombros de Mary-. ¿Le gustaría divertirse un poco, bella dama?

Y ambos se perdieron entre la multitud.

Michael y los dos niños se sentaron en medio de la gente que llenaba la terraza como si estuviesen en su cuarto de juegos privado y, como si fuera un mago, Michael extendió ambos brazos y agitó las manos para que viesen que no tenía nada en ellas. Los dos niños parecieron desconcertados y se miraron entre sí. Luego Michael extendió las manos detrás de las orejas de ambos, y de cada una de ellas sacó un pequeño elefante. Las sonrisas no podrían haber sido más grandes.

Sentada en medio de un corrillo de mujeres, Mary escuchaba la conversación, que se desarrollaba a toda velocidad. Las mujeres se habían reunido allí y bebían tragos de las copas con pequeñas sombrillas y devoraban patatas fritas con salsa. Las conversaciones iban del chismorreo a sus decepcionantes matrimonios y vuelta al chismorreo, nada de lo cual interesaba a Mary. Junto a ella había una mujer que no tenía ninguna paciencia con la vana ostentación de aquellas señoras. Jeannie Busch se apoyó en su sillón y se quedó observando con mal disimulado desprecio cómo la variopinta muestra de los amigos de Paul y sus esposas se mezclaban, hablaban y bebían. Todas las sonrisas y los gestos falsos parecían disolverse para dar paso a la verdad cuando el alcohol arrasaba las fachadas cuidadosamente compuestas. No era que ella no disfrutase de la compañía de sus amigas, pero ésa era la fiesta de su marido y ella prefería mantener a sus amigos lejos de allí, sin exponerlos a aquella locura… Es decir, a todos sus amigos excepto a Mary. Mary era el ancla de Jeannie, su roca. Ella se encargaría de impedir que Jeannie adoptara su despiadada actitud con alguno de los borrachos compañeros de Paul o con el jefe también borracho… o, peor aún, con la esposa de su jefe. El verdadero carácter de una persona suele quedar expuesto por el exceso de alcohol, y por lo general a Jeannie no le gustaba nada lo que veía; pero, cada

Memorial Day organizado por su esposo, ella lucía su sonrisa y se comportaba como una perfecta anfitriona porque odiaba las fiestas pero amaba a Busch.

–¿Qué tal la nueva escuela, te tratan bien?

Su voz ronca se abrió paso entre el bullicio.

Mary asintió y su pelo brilló como las brasas bajo el sol del mediodía.

–Tengo veintiséis crios, los más encantadores que te puedas imaginar.

–Yo no podría soportar a tantos -dijo Jeannie, recogiéndose el pelo castaño claro en una coleta-. Ya tengo suficiente con mis dos endemoniados enanos.

Mary sonrió.

–Yo me sentiría muy feliz de robártelos.

–Espera y verás cuando tengas un par de crios tuyos. – Jeannie hizo una pausa al ver fugazmente las coronillas rubias de sus hijos antes de que volviesen a desaparecer entre la multitud-. Piensas que son una delicia, una bendición del cielo, pero cuando se pone el sol… Son criaturas nocturnas,

¿sabes?, están levantados toda la noche. Ellos reviven cuando uno está al borde del colapso. Oh, sí, pueden abrazarte y besarte, pero no es más que una tapadera, una gran conspiración infantil. Se vuelven contra uno como animales.

Mary se echó a reír, pero su atención comenzaba a dispersarse. Sus ojos verde esmeralda seguían las incidencias de un partido de fútbol americano en la playa. Jeannie siguió la mirada de Mary hasta Michael. Con una sonrisa, se inclinó hacia adelante y movió la mano frente a los ojos de su amiga.

–¿Hola? Tierra llamando a Mary…

Mary sonrió, turbada, y volvió a la realidad.

–Lo siento -dijo, echando otra mirada a su marido*

–Querida, nunca te disculpes por la lujuria.

El partido de fútbol americano se encontraba en pleno desarrollo. Los achispados atletas corrían descalzos por la arena, blanca y caliente, reviviendo triunfos y jaranas de su juventud. Pero a Michael le parecía que todos estaban a punto de explotar, tratando de recuperar el aliento, el rostro encendido. Por supuesto, todos eran hombres de verdad, de modo que el dolor no era un factor que hubiera que tener en cuenta, al menos no delante de sus amigos.

Michael cogió el balón, retrocedió unos pasos y lanzó un pase largo; el pequeño óvalo de cuero planeó a través del cielo azul. Paul Busch podía ser un hombre grande, pero su tamaño no era un impedimento mientras volaba sobre la arena hacia la línea de meta dejando atrás a sus perseguidores. El balón describió un arco hacia adentro y aterrizó en sus manos. Touchdown.

Busch lanzó el balón contra la arena y se echó a bailar dándose golpes en el pecho. Luego regresó corriendo hacia sus compañeros y chocó las manos con ellos como si ese logro los hubiese puesto por delante en la Superbowl.

–¡Así se hace, Peaches! – gritó Michael, encantado con el trabajo de equipo que estaban haciendo.

Al oír el apodo de Busch, uno de los tíos del otro equipo lo miró con curiosidad,

–No preguntes -dijo Paul, fulminándolo con la mirada mientras se apartaba de los ojos un mechón rubio pajizo.

Los equipos se alinearon en una formación de seis contra seis; Michael pateó el balón y lo envió nuevamente a la zona de meta. Touchback. Los jugadores se agruparon, charlaron acerca del último y excelente anuncio de cerveza y, con una palmada, se separaron para formar la línea. Busch se agazapó con los nudillos hundidos en la arena, miró a derecha e izquierda y, finalmente, al jugador contrario que tenía delante. Jason tenía la mitad de su tamaño y la calva coronilla de su cabeza empezaba a ampollarse por el sol, pero el dolor estaba piadosamente atenuado por la generosa cantidad de cerveza que había ingerido. Miró a Busch y, con tono burlón, canturreó:

–¿Peaches? ¿De dónde ha salido eso?

El rostro de Busch enrojeció súbitamente. El tiempo pareció ralentizarse mientras el gigante resoplaba como un toro. El balón se puso en movimiento. Busch, una bestia furiosa que había sido provocada, se lanzó sobre el pequeño adversario que tenía delante, y dejó a Jason medio enterrado en la arena. Luego se irguió con expresión triunfante sobre su aturdido y desconcertado oponente.

–Lo siento -dijo alegremente.

Hacía ya varias horas que el sol se había puesto tras el horizonte, llevándose el calor de aquel día de finales de primavera. La fiesta estaba tocando a su fin. Por todas partes había botellas de cerveza vacías, y los últimos vestigios de humo ascendían desde las barbacoas. La mayor parte de los invitados hacía rato que habían perdido el conocimiento o se habían

marchado a su casa. Los niños eran los únicos que aún tenían energía para correr de una habitación a otra.

Michael extendió su chaqueta deportiva azul sobre los hombros de Mary. Ella se la ciñó al cuerpo para protegerse del aire frío de la noche.

Buscaron sus cosas y se dirigieron hacia Jeannie, que estaba despidiendo a los últimos invitados junto a la puerta.

–Tengo que comprar algunas cosas -le dijo Michael a Mary.

–¿A esta hora?

Mary sólo quería volver a su casa y meterse en la cama.

Antes de que Michael pudiera responderle, Jeannie se inclinó hacia Mary y la besó en la mejilla.

–Gracias por haber venido, chicos.

–Gracias por invitarnos -dijo Mary afectuosamente.

Jeannie le entregó dos bolsas.

–Son sobras, podéis llevároslas. A vosotros os durarán al menos hasta el jueves y a mí me ayudará a conservar la línea durante el verano.

–¡Mike! – La voz aguardentosa de Paul llegó desde alguna de las habitaciones. Michael se dirigió a la cocina, dejando a las dos mujeres junto a la puerta.

–¿Almorzamos el martes? – preguntó Jeannie.

–Oh, tengo cita con el médico -dijo Mary-. ¿Qué te parece si lo dejamos para el miércoles?

–¿En Mulligan's?

–A las doce -convinieron al unísono.

Busch, bastante borracho, se apoyó en la encimera de la cocina y sacó unos papeles.

–Necesito tu firma en este documento.

Michael cogió la pluma.

–Gracias por todo. Significa mucho para mí.

–Tú harías lo mismo por mí.

Busch bebió un trago de whisky.

–Los niños no saben nada de esto, ¿verdad?

De todas las personas que había en el mundo, Michael quedaría destrozado si los hijos de Busch descubriesen la verdad.

–No. Y nunca lo sabrán.