Los ladrones del cielo
Capítulo 3
octogenarios que habían conocido durante el vuelo. Ni el novio ni la novia tenían familia que quisieran incluir en la celebración, y la única persona que expresó su enfado ante la buena nueva fue Jeannie Busch; Mary no le presentó a Michael hasta que regresaron de las islas Vírgenes con la alianza, en el dedo. Pero, después de subirse por las paredes, mostrarle el dedo corazón levantado a Mary y largarse furiosa de la casa, Jeannie regresó con un montón de regalos de boda, una sonrisa y un gran abrazo para Michael, dándole la bienvenida a su mundo.
Se instalaron en la casa de verano de Michael en Bedford, que Mary no tardó convertir en un hogar. Acostumbrado a comer fuera durante la mayor parte de su vida, al principio Michael se sintió incómodo al no tener una reserva para cenar, pero eso pronto cambió. A Mary le encantaba cocinar.
Las artes culinarias de su flamante esposa no tardaron en dejar huella en Michael, quien tuvo que añadir un par de kilómetros más a sus sesiones diarias para poder quemar el exceso de calorías. Y Mary descubrió el talento manual de Michael y de inmediato lo incluyó en sus interminables planes de remodelación. Él tenía una manera especial de enfocar los problemas -física, mecánica, incluso emocional- y conseguir que desaparecieran. Ambos tenían una visión del mundo en general que era ligeramente diferente de la del resto de la gente y, debido a ello, su aprecio mutuo era, si cabe, aún mayor. Mientras que la mayoría de las parejas pasaban los años de noviazgo enamorándose y luego, una vez casados, contemplaban cómo se esfumaba lentamente su amor, Mi-chael y Mary se fijaron una premisa: todos los días descubrirían algo nuevo acerca del otro.
Ellos no sólo se enamoraron más profundamente, sino que se hicieron amigos aún más íntimos.
Capítulo 3
Todo está en silencio. El aire está viciado y huele a humedad. De pronto, una rejilla en el techo se abre hacia abajo y se balancea sostenida por los goznes. Una figura completamente vestida de negro se deja caer ágilmente desde la abertura al suelo de un museo enorme, con varios kilómetros de salas. Techos altos, suelos de mármol y columnas hasta donde alcanza la vista. Sala tras sala llenas de pinturas y esculturas, junto a artefactos de miles de años de antigüedad. Está representado cada período, desde las primeras manifestaciones del hombre hasta el arte informatizado
de nuestros días, como un viaje a través del tiempo. A la luz del día, ese lugar debía de ser un magnífico palacio de los logros conseguidos por el hombre, pero la luz del día hace ya rato que se ha ido. La escasa luz que se filtra por las ventanas de estilo medieval crea un efecto irreal y lo sume todo en las sombras.
La figura de negro se mueve con elegancia por los corredores. En la mano lleva un cuchillo, más como descarga nerviosa que con propósitos mortales. El mango de marfil tallado está envuelto en cuero, y la hoja lanza destellos en la oscuridad. La figura aferra el cuchillo como si se tratase de un talismán que mantuviera alejados a los espíritus malignos o, al menos, a los guardias de seguridad curiosos.
La figura atraviesa la exposición de las armaduras, pasando junto a las antiguas vestiduras de guerra de cada país y de cada época. Cada pieza está montada en una pose guerrera o bien a lomos de un caballo, como si las almas de sus dueños nunca hubieran tenido la disposición de ánimo suficiente para abandonarlas y aún se encontrasen esperando que les diesen la orden de hacerlo. Luego pasa junto a la exposición de los indios anasazi, frágiles huesos desenterrados de viviendas colgadas de los riscos, con pequeñas tarjetas de identificación que informan de la correcta localización de una tibia o una mandíbula antiguas. Contra una pared se alinean sarcófagos egipcios; las momias yacen en tumbas de cristal cerradas herméticamente, esperando un más allá que los ha eludido durante tres milenios, mientras que sus joyas de oro, los presentes para aplacar la ira de los dioses, nunca llegaron a destino. Cada uno de esos objetos -armadura, carne, hueso-, las posesiones de alguien muerto hace mucho tiempo, irradia un aura que parece impregnar las enormes salas y los largos y fríos corredores. Es una exhibición de muertos, de vidas invadidas, del descanso eterno violado. Ninguno de esos objetos estaba destinado a ser perturbado, a menos que lo saquearan o robaran por dinero, gloria o vanidad. Uno no puede evitar preguntarse qué más habrán desenterrado con ellos y llevado a ese museo, porque, aunque no hay un alma a la vista, la sensación de una presencia airada se percibe en todas partes.
La figura no presta ninguna atención a las riquezas que lo rodean mientras sube velozmente una imponente escalera, cruza una galería y llega al fin a una habitación circular con una gran vitrina en el centro, iluminada por un único rayo de luz. La figura se acerca cautelosamente a la vitrina y
camina a su alrededor como si le rindiese un reverente homenaje. Hace girar el cuchillo en la palma, y agita las manos encima del expositor como si estuviese golpeando el aire, comprobando su voluntad. Cuando retrocede, el interior se hace visible. Los diamantes descansan sobre un lecho de terciopelo azul noche. Antiguos, magníficos, de un valor incalculable. Joyas por las cuales se juró amor, se libraron batallas y cayeron imperios. Esos diamantes representaban, sin duda, la riqueza de un reino desaparecido muchísimo tiempo atrás, ya que ningún hombre podría haber tenido en su poder unas piedras preciosas de tal tamaño.
La figura se acerca nuevamente a la vitrina, oscureciéndola por un momento. Permanece de pie junto a ella, inmóvil, con las manos a un costado del cuerpo, la respiración apenas perceptible. Esperando.
Transcurren los segundos, luego los minutos. La figura sigue sin moverse.
El aire está quieto, muerto, y el silencio se extiende por los corredores.
Finalmente, la figura retrocede y…
La vitrina está vacía.
La figura asciende sin esfuerzo por una fina cuerda de nailon hasta alcanzar la abertura del conducto del aire acondicionado. Avanza por el estrecho conducto, y la trémula luz que se filtra a través de las rejillas lo baña con un resplandor espectral. Si abajo los corredores parecían no acabar nunca, estos conductos son simplemente interminables. Pero lo conforta el hecho de que la parte más difícil del plan ha quedado atrás; ahora puede respirar con tranquilidad porque su premio está a buen recaudo dentro de su pequeña bolsa.
De pronto, oye algo a su espalda. Es un sonido lejano pero se está acercando. El conducto es muy estrecho y no puede volverse para ver qué hay allí atrás, de modo que continúa avanzando… un poco más deprisa.
Probablemente no se trate más que de la expansión y contracción del metal al enfriarse después de un día de arduo trabajo, razona. Nada que deba preocuparle; pronto estará de regreso en casa.
Nuevamente oye el sonido. Esta vez más fuerte, claramente más cerca, y no se trata de la contracción del metal del conducto. No es lo que uno esperaría oír en un conducto de ventilación de aire acondicionado; tampoco es lo que uno esperaría oír en un museo desierto. El sonido continúa aproximándose. No, sin duda no se trata de nada provocado por el hombre; es un sonido animal, gutural, amenazador. El corazón comienza a golpearle
en los oídos, un sudor frío le resbala por la columna vertebral mientras acelera su avance. El sonido sigue acercándose, retumbando cada vez más fuerte, como si fuesen los truenos de una tormenta distante. Ahora puede sentir el cuerpo de su perseguidor golpeando en el conducto de ventilación, combando el metal con su peso. Ya no puede engañarse: sea lo que sea lo que se está acercando, es enorme.
Había planeado hasta el último detalle todas las contingencias: los guardias, las alarmas, las luces; todo estaba previsto. Había calculado el tiempo al segundo; aun cuando se produjesen pequeños fallos, era un trabajo de libro… y él había escrito el libro.
El profundo gruñido se vuelve más claro: ahora no está muy lejos. Sea lo que sea, se mueve a mayor velocidad, respira agitadamente y deforma el metal del conducto con su peso; el ruido es ensordecedor. Parece que todo el edificio estuviese temblando.
Es una carrera contra toda esperanza en medio de un estruendo que destroza los oídos. Al pasar por otra rejilla, la luz ilumina el rostro de Michael. Los ojos enfocados y la mirada decidida, la frente perlada de sudor. Ahora vuela por el interior del conducto del aire acondicionado como si fuese un hámster en su rueda. Para un observador externo su carrera resultaría casi cómica, pero no hay nada divertido en una muerte inminente.
Aquello no tiene nada que ver con los diamantes, y no es el último artilugio contra robos. Lo que quiera que haya en ese conducto con Michael no debería estar ahí, no debería estar en ninguna parte.
Michael desearía poder erguirse y echar a correr, y se siente cada vez más asustado y frustrado; tiene los músculos doloridos, mientras sus palmas húmedas por el sudor resbalan en la superficie metálica de ese túnel de sesenta centímetros de diámetro. El miedo le atenaza los músculos y las articulaciones; los tímpanos están a punto de estallarle a causa del rugido estridente de esa bestia que se acerca. Es como estar atrapado dentro de un tambor, con un músico que no cesa de golpearlo al son de una marcha fúnebre.
Y de pronto no hay nada. Silencio absoluto. Se detiene. Escucha. Nada.
Su mente funciona a toda velocidad, preguntándose si su perseguidor está preparándose para atacar. ¿O acaso la criatura se cayó milagrosamente por una de las rejillas del conducto? Hace un esfuerzo por oír algo, cualquier cosa; pensaba que el ruido era malo, pero el silencio resulta angustioso pues
coloca un signo de interrogación en los próximos momentos de su vida. Lo invade una sensación de claustrofobia. El miedo se apodera de todo su cuerpo. Tal vez la bestia ha perdido el rastro de su olor, su dirección.
Apenas una simple respiración podría delatarlo. ¿Qué es, dónde está, cómo podría defenderse en esa caja estrecha? Sus pensamientos regresan a la clase de Biología del señor Buffington: luchar o huir, la supervivencia del más fuerte.
Vuelve a avanzar por el conducto. Nunca pensó que su cuerpo pudiese moverse a tal velocidad. Desesperado, concentra todos sus esfuerzos en la huida, en la supervivencia. Mejor morir de un ataque al corazón que en las fauces de su perseguidor. Sin prestar atención a sus manos ensangrentadas, a sus piernas magulladas, se dice que aceptaría de buen grado todo un año de dolor si pudiese salir de ese conducto, de ese edificio.
Y el ruido vuelve a oírse, más ensordecedor que antes; los rugidos que resuenan en el conducto de ventilación, los gruñidos, los golpes, el cuerpo enorme que se aproxima empujando hacia Michael un aire húmedo y viscoso parecido a la muerte. Y lo peor de todo es que ahora puede olerlo: fétido, hediondo, como si fuese carne putrefacta. La pestilencia es tal que le saltan las lágrimas a los ojos.
Entonces ve la salvación delante de él, a menos de cincuenta metros. La proverbial luz al final del túnel: la salida del conducto de ventilación. Con todas las fuerzas que es capaz de reunir, se arrastra hacia la luz. Treinta metros. El alivio está ya casi al alcance de su mano y, como si la bestia lo percibiera, su horrible sonido cesa por completo, como si nunca hubiera estado allí. El sonido, el olor; todo se desvanece en el aire.
A menos de veinte metros para alcanzar la libertad, Michael se detiene: la bestia ha desaparecido, se ha retirado hacia su mundo de sombras, lejos de la luz; ésa tiene que ser la explicación. Pero, sin darle tiempo siquiera a exhalar un suspiro de alivio, la luz que brillaba delante de él se oscurece. El corazón de Michael deja de latir cuando entiende lo que está pasando: hay más de uno. Ahora, justo delante de él, brillan dos ojos depredadores. Ojos salvajes, los ojos de algo terriblemente maligno, que se entrecierran como si la criatura se dispusiera a atacar.
Y, nuevamente, desde atrás, llega el gruñido de su perseguidor, su aliento fétido cada vez más próximo. Paralizado, Michael no puede volverse, no puede ver nada delante y tampoco detrás. Está atrapado. Ha
llegado el momento decisivo; su corazón seguramente se ha parado, su mente está obnubilada. Sus atacantes esperan, invisibles pero presentes, resollando ante la inminencia del ataque. El hedor resulta insoportable, le revuelve el estómago. Está al borde del desmayo o quizá lo que siente es la muerte, la respuesta de su cuerpo ante el inevitable final.
Ya no se oye la respiración de sus perseguidores; ¿es posible que hayan cambiado de idea y se hayan largado? Pero el hedor de la muerte aún está allí, en la oscuridad, en todas partes. La espera es una tortura para su alma.
Entonces, como un relámpago, lo que sea que hay a su espalda le coge el pie y comienza a tirar de su cuerpo hacia atrás. Paralizado por el terror, Michael lanza un grito que le queda atravesado en la garganta, sin llegar a salir. Y luego, más rápido que cualquier cosa humanamente posible, es arrastrado silenciosamente hacia atrás, a través del conducto de ventilación, hacia la oscuridad total.
Mary se incorporó en la cama hasta quedar sentada, luchando por respirar. Buscó a Michael. No estaba allí. En realidad, se había ido después de hacer el amor. El corazón le golpeaba en el pecho mientras sus peores temores parecían acechar en las sombras. C. J. la bufó con todo el cuerpo arqueado, como si ella fuese una desconocida. Mary saltó de la cama sin preocuparse por cubrir su desnudez. Salió del dormitorio y fue a la sala de estar: vacía. En la cocina encontró un bocadillo a medio comer sobre la encimera. Luego atravesó el pasillo sin ver señales de Michael. Vio la puerta cerrada, la luz que se filtraba por debajo. Apoyó la mano en el tirador, implorando en silencio «Por favor, otra vez no», y entró en el cuarto.
Michael estaba trabajando en su escritorio, con Hawk dormido a sus pies. Se volvió, sobresaltado.
Mary permaneció un momento en la puerta, mirándolo e interrogándolo con los ojos. Luego se derrumbó entre sus brazos, jadeando pero aliviada.
Las lágrimas resbalaron por sus mejillas.
Había sido sólo un sueño.
–Cariño…
–Quiero que me prometas una cosa, Michael.
Él la estrechó con fuerza entre sus brazos.
–Cualquier cosa.
–Que nunca volverás a hacerlo, que todo pertenece al pasado…