Los ladrones del cielo
Capítulo 24
–¿Por qué entonces le resulta tan difícil creer en el Infierno? No son más que las dos caras de la misma moneda. – Simón hizo una pausa para calmarse-. Usted bromea con aquello que no comprende. El Infierno es real y es eterno. – Ahora era Simón quien agitaba el dedo delante de la nariz de Busch-. El Infierno no es un dibujo en la pared, un actor en una película.
Ojala fuese una bestia perversa con cuernos. – El sacerdote era cada vez más vehemente-. El hombre ha imaginado a Satán y ha creado el Infierno con sus propios pensamientos: el Infierno de Dante, los nueve círculos del Infierno, fuego y azufre… Todo eso no es más que tonterías, simples productos de la imaginación del hombre. Así como no somos capaces de comprender la belleza y la salvación del Cielo, no podemos esperar comprender el tormento y la agonía del Infierno. Es una maldad vil, cruel e inexorable. No se merece nombre alguno -añadió echándose a reír-. Usted no tiene un concepto del mal en estado puro, pero lo tendrá… Antes de que hayamos acabado con esto, sabrá lo que es el verdadero mal mejor que cualquier hombre que habita la tierra.
Capítulo 24
Aproximadamente a la misma hora en que Busch y Michael discutían en el callejón, Dennis Thal llegaba al cuartel general de la policía de Berlín.
Cuando presentó la documentación exigida para la liberación de Michael Saint Píerre, la confusión pareció invadir a todos los oficiales con los que habló. El hecho de que cada uno de ellos simulara necesitar un intérprete para entender lo que estaba diciendo lo puso furioso, sobre todo porque la respuesta era siempre la misma. Saint Pierre se había marchado, lo habían recogido, habían firmado su salida, ya no era problema de ellos. Y, cada vez que le decían esto, Thal asentía educadamente y luego pedía hablar con el siguiente oficial en la cadena de mando. Cuando el jefe dijo la última palabra, Thal consiguió reprimir su ira y se marchó. La descripción del hombre que había ido a recoger a Michael era vaga, pero un detalle hacía que su identidad resultase absolutamente obvia: el hombre que escoltaba a Michael era un oso enorme.
Cuando atravesaba el aparcamiento dejó de llover. Las apuestas acababan de aumentar. Paul Busch se encontraba claramente un paso por delante de él. La presa única de Thal se había convertido en dos y, cuanto más pensaba en ello, más entusiasmado se sentía. Su objetivo era Michael,
y Busch sería su placer. La caída de cualquiera de los dos era de por sí una alegría, pero poder cogerlos juntos… Eso sería una gratificación para los sentidos.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la aparición de dos cadáveres tendidos en el aparcamiento, con los chándales rojos por la sangre. Uno de ellos aún aferraba en la mano una pistola automática de 9
mm. Thal echó un vistazo a su alrededor y, al no divisar a nadie, se agachó para examinar los cadáveres. El rigor mortis aún no había aparecido. Se maldijo a sí mismo: Busch le había cogido la delantera. Esos dos tíos eran, evidentemente, refuerzos del lado europeo. El hecho de que se presumiera que él, Thal, necesitaba ayuda, que existía la posibilidad de que fracasara en su misión, lo enfureció. Tomó nota mentalmente de hablar de esa cuestión una vez que hubiese culminado con éxito su trabajo. A continuación examinó los cadáveres más detenidamente, comprobando los orificios de entrada y salida de los proyectiles. Las heridas delataban a un profesional: los dos tipos habían recibido un disparo limpio en la cabeza. Alguien estaba protegiendo a Michael. Muy bien, eso no hacía más que añadir un estímulo extra a su misión.
El encargo inicial de Thal no era matar a Michael Saint Pierre; sólo debía vigilarlo, no perderlo de vista, conocer todos sus movimientos. Una vez que se supo que Michael se encontraba en libertad condicional, Thal simplemente inició una investigación interna del oficial dé libertad condicional del ex convicto. Resultó absurdamente sencillo comenzar a trabajar junto al hombre que estaba más cerca de Michael.
Durante cinco años, Thal se había ocultado detrás de la fachada de Asuntos Internos. La división secreta le proporcionaba movilidad y libertad para largarse con el pretexto de llevar a cabo una investigación confidencial. Su rendimiento estaba entre bueno y mediocre, y eso era precisamente lo que él quería. En este mundo la mediocridad pasaba inadvertida, pues la gente no encontraba nada interesante en ella. Sólo lo que era sobresaliente, lo popular o el fracaso total llamaban la atención de la gente. De modo que decidió perderse deliberadamente en la mediocridad.
No podía permitirse concitar ninguna atención sobre él, o pondría en peligro su auténtica pasión: matar.
Dennis Thal era increíblemente bueno en eso y recibía una paga extraordinaria por sus servicios. No encontraba demasiado humor en el
mundo, pero el hecho de que le pagasen tan generosamente por su único y verdadero amor siempre le resultaba divertido. Su instructor le había dicho que debía encontrar un trabajo adecuado que le permitiera pasar inadvertido. Asuntos Internos era exactamente eso: un policía de incógnito entre policías de incógnito. Gracias a ese trabajo podía controlar el progreso de cualquier investigación que le llegase, y manipularla cuando fuese necesario. De hecho, le gustaba trabajar en Asuntos Internos. Husmear en la ropa sucia de los demás y tener el poder de arruinar vidas. ¿Qué podía ser mejor que eso? Pero lo que más le gustaba eran los trabajos extra que llevaba a cabo para los individuos desconocidos que lo contrataban. La paga era exorbitante y el placer, asombroso. Había encontrado su vocación en la vida y sobresalía en ella.
Había conseguido entrar en el cuerpo de policía de Byram Hills con el pretexto de una investigación que estaba llevando a cabo Asuntos Internos sobre su sistema de libertad condicional, principalmente Paul Busch. El capitán Delia estaba tan desconcertado por la situación y asustado por su propio pellejo, que le entregó inmediatamente todo lo que tenía acerca de su poli número uno: los antecedentes de Busch, archivos, todo. Y, sobre todo, un archivo en particular, el archivo de la presa actual de Thal: Michael Saint Pierre.
Thal debía vigilar a Michael; el encargo no incluía matarlo, sólo vigilarlo. Pero, siendo Thal quien era, su deseo era otro. Despreciaba a Busch, su pequeña y bonita vida, sus códigos y su ética perfectos. Desde el momento en que Busch lo rechazó, mostrando su disconformidad con la idea de trabajar juntos, Thal había buscado una oportunidad para hacer pedazos a Busch y su vida perfecta. Después de todo, Thal vigilaba a la policía y estaba autorizado a eliminar del sistema a cualquier agente que considerase corrupto. ¡Qué conveniente que la caída de Busch fuese consecuencia de su estúpido y honesto gesto de ayudar a su mejor amigo a violar su libertad condicional! Y Thal estaría allí para verlo. Primero destruiría la carrera de Busch. Luego destruiría su vida.
Ahora, en el aparcamiento de la comisaría de Berlín, Thal se dio cuenta de que debería haberse dejado guiar por sus instintos; tendría que haber matado a Busch cuando tuvo oportunidad de hacerlo. Ahora las cosas se habían descontrolado. Busch tenía a Michael, y los dos habían
desaparecido. Thal sabía que no podía fallar. Si lo hacía, acabaría sin trabajo, reemplazado por otra persona y, probablemente, muerto.
Michael se había largado de Estados Unidos antes de que Busch pudiese impedirlo. De modo que Thal había recibido nuevas instrucciones, y el corazón le había dado un vuelco: ahora podía actuar libremente. Odiaba tener que vigilar a alguien, no perderlo de vista. El era como un tiburón, con una sed de sangre nunca saciada, y necesitaba moverse constantemente, siempre cazando; cuando debía reprimirse y permanecer inmóvil en su medio ambiente, se asfixiaba hasta ahogarse.
Ya no tenía que seguir vigilando a Michael: tenía que matarlo. Y no sólo a él. Decidió que Busch también moriría. Y si alguno de ellos le hacía pasar un mal rato, quizá luego regresaría y haría una visita a sus familias. Esa dulce Mary ya no tendría que preocuparse más por el cáncer…
¡Los pasos resonaron en las húmedas paredes de piedra. La llama de la cerilla iluminó fugazmente la oscuridad, mientras las volutas de humo del grueso cigarro se elevaban hacia el techo de la caverna, donde danzaron alrededor de las estalactitas, a quince metros del suelo. Esa única llama se convirtió en muchas mientras encendía la sucesión de velas, un centenar de ellas, que cubrían las paredes. Finster sumergió su habano en la copa de brandy mientras contemplaba su grotesca colección de arte religioso.
Caminó lentamente delante de cada obra maestra con una dignidad propia de un rey. Cada una de esas piezas había sido meticulosamente investigada, localizada, adquirida, catalogada y restaurada. El orgullo era su pecado mortal preferido. El orgullo no era más que la autoestima animada por los propios logros, y a él le encantaban sus logros.
En aquella cueva había tres mil doscientas ochenta y una obras de arte colocadas unas contra otras, con sus favoritas en primer plano. Muchas de ellas las había adquirido directamente en galerías de arte y casas de subastas. Las piezas que encontraba en manos privadas o en colecciones particulares, piezas que le resultaban irresistibles, las conseguía mediante otros métodos. Había trece obras de esta clase y, de estas trece, nueve las había obtenido de lugares de oración.
Finster sentía una especial fascinación por los dioses y demonios menores de aquellas primeras religiones consideradas como mitología por las creencias “modernas”. Hades y Perséfone, los dioses griegos del mundo subterráneo; Anubis, el dios egipcio de los muertos; Proserpina, la diosa
romana de los infiernos; y Loki y Sigyn, los dioses tramposos escandinavos.
Y lo que más le fascinaba era el hecho de que se creía que estos “dioses oscuros” formaban parte de una fuerza compensadora en sus reinos particulares. No eran dioses que hubiera que vencer y expulsar; aunque temidos, también eran respetados -e incluso admirados-, considerados necesarios en la vida cotidiana de la gente. El hecho de que las “creencias modernas” hubieran hecho todo lo posible por denigrar a su único señor de las tinieblas lo desconcertaba y enfurecía.
La diosa india Shiva, una de las deidades femeninas más oscuras, aún era objeto de adoración. Tenía templos y santuarios donde recibía ofrendas y muestras de devoción para apaciguarla. Se la nombraba con reverencia, y eran muchos los que buscaban su ayuda; nadie despreciaba a sus seguidores. Cuando un hombre hacía algo trágico, no se culpaba a Shiva por haberse apoderado de su alma, sino que la culpa se atribuía al hombre que había cometido ese acto por propia voluntad. Finster amaba la obra de arte que tenía delante de los ojos, sacada al amparo de la oscuridad del interior de un templo situado a las afueras de Jaipur. Los seis brazos de Shiva se extendían hacia sus vociferantes seguidores, quienes eran engullidos por las llamas.
Vladel Empalador, una magnífica pintura al óleo de Rukaj robada a Ceausescu. El príncipe rumano de Valaquia tocaba una fibra sensible y profunda en Finster. Vlad Drácula no fue nunca un dios; era sólo un hombre en quien se había encarnado la forma más fría del mal, un verdadero genio militar que había instalado el terror no sólo en los corazones de sus enemigos, sino también en los de sus conciudadanos. Drácula, un conde aclamado en las regiones montañosas del norte del país, tenía un enorme ansia de poder y una insaciable sed de sangre. Un general victorioso que disfrutaba del ritual de empalar a sus víctimas por millares en afiladas picas, y su sangre corría como auténticos ríos a modo de advertencia. Con hombres como Drácula en el mundo -hombres corrientes que mostraban una propensión a la violencia y el mal que nacía de su propia satisfacción-, no había necesidad de introducir la maldad en el mundo. Ésas eran las formas que asumía el mal en el hombre.
Los seres humanos siempre habías encontrado más fascinante el mal que el bien. Las chicas se sentían atraídas por los rebeldes con chupa de cuero y montados en una moto, por los que desafiaban la ley. ¿Qué atractivo