Los ladrones del cielo

Richard Doetsch · Capítulo 6 de 39

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Los ladrones del cielo

Capítulo 5

Michael salió de la puerta giratoria de bronce a la enorme sala circular del First Bank de Byram Hills, y se sintió súbitamente empequeñecido por sus imponentes columnas de mármol y su desmesurado espacio. Hombres de negocios pasaban deprisa a su lado mientras él permanecía allí, vestido con su único traje y sintiéndose completamente fuera de su elemento.

Llegaba cinco minutos tarde a la cita que había concertado y tuvo que esperar el doble antes de que el alto empleado del banco le indicara con un gesto serio que se sentara.

Kerry Seitz, un ejecutivo del banco de aire adusto, impecablemente vestido con un traje de tres piezas gris perla, examinó detenidamente el contenido de la carpeta de Michael. La expresión de Seitz resultaba imposible de descifrar mientras estudiaba el material que tenía ante los ojos.

No despegó los labios durante unos largos quince minutos, mientras recogía datos de la vida de Michael procedentes de diversas fuentes: instituciones de crédito, Hacienda, sistemas judiciales federales y estatales. Michael se sentía como un niño en el gran sillón, tratando de encajar en ese ambiente, tratando de no dejar traslucir su desesperación.

Finalmente, Seitz alzó la vista. Se pasó la mano por el pelo, impecablemente peinado, y habló en el tono más frío que Michael había oído jamás:

–No. Lo siento.

–¿Qué?

–No podemos ayudarlo.

Seitz dejó la solicitud en su bandeja de salida.

–No me ha hecho ninguna pregunta -objetó Michael.

–He leído su solicitud de crédito. Es necesario que el banco asegure el préstamo con alguna propiedad.

Seitz ya había olvidado la solicitud de Michael y estaba examinando otro documento.

–Mi negocio es lo que puedo ofrecer como garantía -protestó Michael, viendo a través del alma temerosa y estereotipada de ese hombre.

–Sus antecedentes, señor Saint Pierre -las palabras salieron como el hielo de su boca-, lo hacen imposible.

–Sé que he cometido algunos errores…

–Así es.

–Pero no tuvieron ningún problema cuando abrí mi cuenta de negocios en este banco.

–Guardar su dinero y prestarle dinero son dos cosas completamente diferentes.

Michael se levantó como impulsado por un resorte, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no lanzarse al cuello del hombre.

–Iré a otro banco…

–No pierda el tiempo -dijo Seitz, poniéndose de pie.

Los guardias de seguridad del banco se habían percatado de la situación y se acercaban a ellos.

–Nadie va a prestarle un centavo. Usted es un delincuente convicto con un negocio que no tiene ningún valor y ningún historial financiero. Usted representa un riesgo que nadie querrá asumir.

–¡Maldito cabrón hijo de puta, mi esposa se está muriendo!

–Lo siento, pero ésa es una carga que le corresponde a usted llevar. Que tenga un buen día.

Los guardias de seguridad llegaron y se colocaron a ambos lados de Michael. Sin decir nada más se marchó del banco como una furia.

Una habitación repugnantemente blanca. Es curioso que en estos tiempos, cuando todo el mundo habla del buen trato que los médicos deben dispensar a los enfermos, los hospitales sigan empecinados en pintar las paredes de un blanco árido y aséptico. Sin duda en el mundo de la medicina se desconocen por completo los estudios que hablan de cómo relajan la mente los azules y los amarrillos. «Impersonal» era la palabra apropiada allí, un frío enfoque de tratamientos, actitudes y diseño arquitectónico, y también del dolor y el terror de los pacientes.

Mary y Michael estaban comiendo uno de esos menús típicos que sirven en los hospitales: un trozo de carne con una salsa marrón y acuosa, judías pasadas mezcladas con un puré de patatas más denso que la argamasa, y una rodaja de pera que flotaba en un líquido de un color imposible de identificar. Eso explicaba la amplia variedad de galletitas esparcidas sobre la cama. Mary estaba sentada, con un montón de tubos que salían de su cuerpo por los lugares más incómodos. Michael había acercado una silla y utilizaba la cama a modo de mesa.

–¿Quieres que te traiga algo?

–No, estoy bien. ¿Qué tal el trabajo?

–Bien.

Hacía una semana que no aparecía por la tienda.

Estiró la mano, cogió con la cuchara un poco de puré de patatas y lo olió.

–No parece tan malo.

Un silencio incómodo se extendió por la habitación. Michael miró a Mary, tendida en la cama con ese camisón corto y blanco de hospital y esa embarazosa abertura en la espalda, y se dio cuenta de que habría dado su alma por cambiar de lugar con ella.

–Lo siento -dijo ella.

–No seas ridícula. No hay nada de lo que debas lamentarte, tú no provocaste esto.

La mente de Michael no podía sacudirse la idea de que aquella terrible prueba era un castigo por sus actos del pasado.

–¿Cómo vamos a pagar esto? – preguntó ella débilmente, sabiendo el daño que le hacía a Michael el simple hecho de mencionarlo.

–No te preocupes.

–Nuestros ahorros están prácticamente agotados.

Mary se esforzó por ocultar la desesperación que teñía su voz mientras jugaba nerviosamente con la cruz de oro que colgaba de su cuello. Era un hábito que había adquirido en la adolescencia: siempre que estaba nerviosa, sus dedos aferraban la pequeña cruz en busca de consuelo y protección, como si se tratase de un amuleto todopoderoso. Con el correr de los años, ese gesto se había convertido en una reacción inconsciente, y Michael estaba seguro de que Mary no tenía conciencia de ello ni siquiera ahora.

Llevaba esa cruz alrededor del cuello desde la primera comunión, un regalo de un tío querido, y raramente se la quitaba. A Michael siempre le molestaba cuando hacían el amor y ella se colocaba encima de él. La luz de la luna arrancaba reflejos de la cruz, y él la sentía como una intrusa, como si alguien los estuviese espiando en esos momentos de absoluta intimidad.

Aunque Mary insistía en que siempre la había protegido, las dudas que en todo momento Michael había albergado parecían confirmarse por su diagnóstico actual.

–Sólo tienes que concentrarte en ponerte bien, cariño. Puedo financiar todo esto, no hay problema.

Tenía un nudo en el estómago. Durante todos los años que habían estado juntos, en los buenos y malos momentos y, especialmente, durante su arresto y la temporada que había pasado en prisión, él nunca le había mentido, jamás. Tal vez alguna mentira piadosa de vez en cuando -“Me encanta tu corte de pelo”, “Me encantaría ver esa película”, “Ella no es más guapa que tú”-, pero nunca mentiras directas, deliberadas, importantes.

Ahora, en sólo dos minutos, le había mentido tres veces.

–Michael…

Mary se las ingenió para sonreír de aquella manera que a él le calentaba el alma.

–¿Hum?

–Los dos estaremos bien.

Ella hablaba en serio, pero Michael no podía dejar de pensar que lo peor aún estaba por llegar.

Michael se esforzaba por encontrar alguna posición cómoda en el sillón más incómodo en el que había estado jamás. Mary, cubierta de tubos y cables de la cabeza a los pies, estaba sumida en un sueño inquieto. Varrisa Schrier era la enfermera del turno de noche y la jefa del personal de enfermería, y dirigía a su gente con una estricta disciplina alemana. Decir que Varrisa era una mujer grande era ser amable; su voluminoso cuerpo tensaba las costuras de su uniforme blanco. Y su rostro… Bueno, su semblante era tan severo como fuertes eran sus manos. Pero su naturaleza distaba mucho de ser estricta, ya que la compasión era uno de sus rasgos principales. A ella siempre le asignaban los casos más duros.

–Señor Saint Pierre… -Michael detectó la preocupación en la voz de la enfermera cuando asomó la cabeza en la habitación-. Váyase a casa, duerma un poco, necesita descansar tanto como su esposa.

–No creo que pueda dormir por algún tiempo.

Varrisa asintió y entró en la habitación. Comenzó a ordenarla en silencio, recogiendo los periódicos y las revistas, retirando las bolsas de comida vacías y, en general, devolviendo al lugar cierta sensación de orden y normalidad. Michael miró a Mary y deseó que aquella diligente enfermera pudiese restituirle la salud con la misma facilidad.

Varrisa se acercó al fin a Michael y le puso su enorme mano sobre el brazo.

–No le servirá de ninguna ayuda a su esposa si no está al cien por cien.

–Sí, bueno, creo que nunca he estado al cien por cien para ella.

–Éste sería un buen momento para empezar -dijo la enfermera Schrier con sentido práctico. Cogió la tabla que pendía de la cama de Mary e hizo algunas anotaciones-.No puede culparse por su enfermedad. He visto este mismo cuadro demasiadas veces. Los seres queridos siempre buscan una razón para estas situaciones trágicas, y cuando no pueden encontrar nada que resulte lógico, se refugian en el absurdo y empiezan a culparse a sí mismos.

Aquella corpulenta enfermera sabía muy bien que la familia inmediata necesitaba tanto apoyo como el paciente. Había hablado extensamente con Mary acerca de Michael, y ambas compartían la misma preocupación: él necesitaba un amigo, un confidente, alguien aparte de su esposa con quien poder compartir sus pensamientos y, lo que era aún más importante, compartir su pena. Con el permiso de Mary, la enfermera había hecho la llamada hacía una hora.

La puerta se abrió en silencio. Y allí, ocupando toda la entrada, estaba Busch.

Busch estaba jugando una partida de billar a solas en su mesa favorita.

El gastado tapete verde apestaba a whisky, y el bar el Oíd Stand, era uno de los más mugrientos de todo Estados Unidos, pero el propio padre de Busch acostumbraba matar el tiempo jugando en esa misma mesa. Eran las once y media de la noche de un miércoles, y el lugar estaba animado. Unos cuantos obreros -clientes habituales- discutían las ventajas y los inconvenientes de los sindicatos y el efecto que habían tenido en sus vidas, mientras que la panda de tíos con americana y corbata escudriñaba la puerta esperando que entrase la mujer de sus sueños. – ¿Otro trago? – preguntó Busch.. Michael no contestó y siguió lanzando los dardos sin inmutarse; no hablaba mucho últimamente. Busch le hizo señas al camarero para que sirviese otra ronda.

Durante todo el viaje en coche hasta el Oíd Stand y la media hora siguiente había tratado de romper el silencio de Michael, de obligarlo a hablar. Sabía bien lo que la presión les hacía a los policías, a los criminales, a las personas afectadas por un gran dolor. O bien explotaban, y hacían daño a otros, o bien se encerraban en sí mismos, y acababan por matarse. Pero también sabía que, hasta que una persona aceptaba voluntariamente que lo ayudaran, no había mucho que hacer.

–A veces la vida es una mierda -dijo Michael al cabo.

Busch apuntó y metió la bola dos en la tronera, despejando la mesa.

–Mary saldrá de ésta. Es fuerte.

Atravesó el pringoso suelo del local, que le recordó el alquitrán caliente del asfalto en verano, cogió el triángulo y volvió a colocar las bolas de billar.

Michael lanzó otro dardo.

–Doscientos cincuenta mil pavos. Es más dinero del que jamás he tenido. Joder, ni siquiera conseguí robar esa cantidad y que no me cogiesen.

Busch pasó por alto el comentario.

–¿Cómo es que Mary y tú no tenéis un seguro? – preguntó en cambio.

–Pensamos que sólo sería por tres meses. Cuando Mary dejó su último trabajo, el seguro caducó, y teníamos que esperar noventa días antes de que se hiciera efectivo en su nueva escuela. El Estado hizo que su antiguo trabajo ofreciera una cobertura Cobra, pero teníamos que pagarla y era demasiado cara. La verdad es que no pensábamos mucho en ello.

Busch lo entendía; nunca se pensaba en ello hasta que ocurrían las desgracias.

–Sólo iban a ser tres meses -repitió Michael.

El camarero dejó la Coca-Cola de Busch y el Jack Daniel's de Michael y se alejó.

–Tengo ahorrados unos treinta y cinco mil pavos -ofreció el policía.

–Gracias, pero no podría aceptar tu dinero -dijo Michael.

–No es para ti, es para Mary, y lo aceptarás. – Busch levantó el taco y se apoyó en la mesa de billar-. Maldita sea, treinta y cinco mil pavos están todavía muy lejos. Tendrías que conseguir algo de pasta con la garantía de tu negocio.

Michael meneó la cabeza.

–La comunidad bancada no se mostró muy servicial.

–¿Algún familiar? Tiene que haber alguien.

–La madre de Mary estuvo en bancarrota hasta el día de su muerte. Y

mis padres no me dejaron nada.

–¿Has pensado alguna vez en buscar a tus verdaderos padres?

Aunque el apellido de Michael era de origen francés, no era el nombre que le habían puesto al nacer. Todo lo que sabía de sus verdaderos padres era que tenían tres cuartas partes de sangre irlandesa y que, por alguna razón desconocida, lo habían dejado en un orfanato cuando él apenas tenía

un mes. Michael nunca había recorrido el camino autocompasivo de buscar a sus padres biológicos. Tal como él lo veía, se consideraba afortunado: los Saint Pierre habían elegido adoptarlo a él en lugar de escoger a cualquier otro de los niños del orfanato.

–Ya es un poco tarde para eso -contestó Michael-. No sabría siquiera por dónde empezar.

Una pareja de jugadores de softball que habían disputado un partido después del trabajo celebraban jubilosamente su victoria, y sus gritos y risas competían con la música de rock que salía de la gramola. Busch metía las bolas en las troneras, mientras la bola jugadora permanecía siempre en el sitio adecuado para seguir el juego. Alineó la bola siete con la tronera del rincón, llevó el taco hacia atrás y, de pronto, se volvió hacia Michael.

–¡Mierda! ¿No estarás pensando lo que creo que estás pensando, verdad?

–Le di mi palabra a Mary -contestó Michael. Regresar a la vida delictiva era una idea que sin duda le había cruzado por la cabeza, pero nunca rompería la promesa hecha a su mujer-. Si no puedo conseguir ese dinero…

-Su mirada se ensombreció.

–Eh, deja de decir tonterías. Siempre hay una manera de solucionar las cosas.

–No es justo -dijo Michael.

–Nada lo es. Dios no creó este mundo para que fuera justo.

–Ya no me trago más ese rollo de Dios.

–No permitiré que Mary te oiga hablar de esa manera.

–Mira, Paul, hice algunas cosas que no estaban bien, pagué mi deuda, nunca me quejé por ello. – Ahora estaba lanzando los dardos con más fuerza-. Pero Mary… Ella jamás le ha hecho daño a nadie. Es la personificación del bien. Después de todo lo que le hice pasar… ¿Sabes que jamás se pierde una misa? No puedo creer que exista un dios que pueda permitir que a Mary le pase esto.

–Sólo estás buscando a alguien a quien culpar. – Busch pasó por alto el hecho de que cada dardo lanzado por Michael se clavaba en el centro de la diana-. Aunque reconozco que probablemente yo actuaría igual si estuviese en tu lugar.

–Hablo en serio, Paul. No veo ninguna prueba de la existencia de Dios.

Explícame la enfermedad de Mary. Y no me vengas con esa mierda de la

prueba de la fe. Mi fe ya ha sido puesta a prueba demasiadas veces y siempre acaba vacía. Mary sólo tiene su fe, y mira dónde está ahora.

Busch se sentó en la mesa de billar.

–Todos necesitamos algo en que creer. No importa en qué. Dios, Buda, Elvis… Todos necesitamos fe. Eso es lo que nos da esperanza, esperanza de que allí fuera haya algo mejor para nosotros, algo por lo que merece la pena luchar. La esperanza es lo que nos mueve. La esperanza te saca de la cama todas las mañanas, esperando hacer esa gran venta en el trabajo, esperando poder hacer el amor con tu mujer por la noche.

–No se puede depender de la esperanza, Paul. La esperanza no paga las facturas ni salva vidas.

–Necesitas esperanza y un código simple. Un credo que sirva para guiarte, que te impulse a seguir adelante. El mío es la ley.

Busch bebió el resto de su Coca-Cola.

Michael sonrió, se volvió y alzó su vaso.

–Esperanza, verdad, justicia y el estilo norteamericano de hacer las cosas. ¡Adelante, Superman!

–Gracias, Lois. – Busch esbozó una sonrisa forzada. No lo estaba consiguiendo-. ¿Qué me dices de ti? ¿Cuál es la fuerza que te guía?

–Mary.

Antes del amanecer, el Memorial Hospital de Byram Hills era un mundo completamente diferente; no había extraños con los que tratar, ni sonrisas falsas o compasión para ayudar a los confusos y los afligidos. Las horas de visita no comenzaban hasta las nueve. La maquinaria médica de enfermeras y médicos se preparaba para las tareas del día, moviéndose deprisa por los corredores, rellenando formularios, disponiendo los quirófanos.

Michael atravesó el vestíbulo como un espectro, vestido con la misma ropa que llevaba cuando había abandonado el hospital, hacía apenas cuatro horas. Sabía que no debería estar allí, pero le resultaba muy difícil permanecer lejos de Mary. Además, moverse a hurtadillas por los pasillos siempre hacía que la sangre fluyera por sus venas. Con una carpeta bajo el brazo y una gran bolsa de compras en la mano, avanzó por el corredor, agachándose rápidamente en el vano de una puerta para no ser visto por una enfermera.

Esa mañana someterían a Mary a otra batería de pruebas, y Michael quería verla antes de que se la llevasen de la habitación. Las facturas de las

pruebas habían bastado para agotar los escasos fondos que tenían. Si no conseguía pronto el dinero necesario para la operación y el tratamiento, el hospital daría el alta a Mary para dejar la habitación libre para otro paciente, y seguramente se evaporaría cualquier posibilidad de curación que ella pudiese tener, por pequeña que fuera.

Michael cruzó en silencio la puerta de la habitación de su mujer, cuidando de no hacer ningún ruido. La encontró sentada a la pequeña mesa que había junto a la cama, con aire extenuado. Mary siempre había sido una persona madrugadora; «hay que estar en pie antes de que salga el sol -

decía-, cuando el mundo es fresco y nuevo». Su pelo castaño rojizo estaba impecable, como si se dispusiese a asistir a un baile real, pero ella siempre lo llevaba así sin importar la hora. Mary siempre se había cuidado, no por vanidad, sino para su marido. Ya fuese estar en forma, peinarse o combatir el deseo de llevar camisetas grunge, Mary se afanaba por mantenerse deseable a los ojos de su esposo en todo momento.

Michael se inclinó para besarla en la mejilla.

–Buenos días.

–Hola -dijo ella con voz cálida, besándolo a su vez.

–¿Qué tal el desayuno?

–Creo que era un trozo de carne recalentado con la forma de un bocadillo.

Michael no pudo evitar una sonrisa.

–¿Has dormido bien? – preguntó ella.

–La cama es demasiado grande sin ti.

Michael comenzó a vaciar el contenido de la bolsa: maquillaje, ropa limpia, toallas de baño de tejido suave, en lugar de las ásperas toallas blancas del hospital. Luego sacó el libro favorito de Mary: Los lugares que visitaras, del doctor Seuss.

–¡Eres tan bueno conmigo! Les estaba leyendo este libro a mis alumnos antes de marcharme.

–Lo sé. – Michael sacó una grabadora y la colocó encima de la mesa-. A ellos les gustaría que acabases la lectura. Puedes grabarla cuando te apetezca. Liz ha dicho que la recogería y se la haría escuchar a los niños.

–Fue idea tuya ¿verdad? – preguntó ella, y las lágrimas le asomaron a los ojos.

Michael no dijo nada, pero sonrió mientras continuaba sacando cosas de la bolsa, que no parecía tener fondo. En último lugar, pero no por ello menos importante, extrajo las golosinas: refrescos, galletitas, pastelillos de chocolate.

–¿Estás tratando de cebarme? No voy a comerme todo eso.

–En realidad es para mí.

Con una mirada traviesa, Michael sacó una carpeta qué decía «Tareas escolares» y se la tendió.

Mary cogió la carpeta y la miró, deseando estar en clase con sus niños.

Se emocionó al ver las docenas de dibujos que le habían enviado sus alumnos; tenía mucho miedo de no volver a verlos nunca más.

–Estaba pensando… No quiero que te enfades, se trata solamente de una precaución…Tal vez debería poner mis asuntos en orden.

Michael acercó una silla a la mesa y se sentó.

–¿Qué?

–Lo siento, es sólo que…

–¡No! No quiero oír nada de eso. Saldremos de ésta.

–Lo sé, lo sé. – Mary le cogió las manos-. Lo siento. Es que se trata de tanto dinero…

–No vuelvas a decir eso. Los Saint Pierre nunca se rinden. – Michael hacía un enorme esfuerzo por no perder el control-. Nunca.

Se oyó un suave golpe en la puerta, y el padre Shaunessy asomó la cabeza.

–Mike, Mary… ¿he venido en un mal momento?

Michael fulminó al sacerdote con la mirada. No podría haber elegido un momento peor para visitar a Mary.

–¿Podría volver dentro de media hora, padre? – dijo ella.

–Por supuesto

El sacerdote asintió mientras cerraba la puerta tras él.

–¿Por qué está aquí? – La furia de Michael comenzaba a aflorar a la superficie.

–Pensé…

Pero Mary no tuvo oportunidad de acabar la frase, pues Michael se levantó de golpe y la interrumpió.

–No pensaste nada. Ni se te ocurra decirme que estuviste preparando ese asunto de los últimos ritos.

–Michael, estás sacando conclusiones precipitadas. Le pedí al padre Shaunessy que viniese a verme para rezar juntos.

La voz de Mary era tensa. Ella también estaba enfadada pero, a diferencia de su marido, podía contener su ira.

Michael se paseó por la pequeña habitación.

–¿Rezar? ¿Realmente crees que si Dios fuese misericordioso permitiría que te pasara esto?

Mary se tomó un momento antes de contestar. Nunca pensó que tendría que defender sus creencias, y mucho menos que tendría que defenderlas ante la persona a la que amaba más que a la vida misma. Su ira se esfumó mientras le contestaba con voz tranquila:

–Michael, tienes que entender algo. Hay dos cosas con las que siempre he contado para superar los malos momentos: tú y mi fe en Dios. Y ahora, amor mío, necesito ambas.

Cuando Michael abandonó la habitación de Mary, el hospital bullía de actividad. Vio al padre Shaunessy sentado en el corredor, entre un grupo de mujeres mayores. Las mujeres estaban hablando acerca del perdón, mientras el sacerdote pasaba las gastadas cuentas de su rosario. Michael hizo caso omiso de él y continuó andando por el corredor.

–Mike… -llamó el sacerdote.

Michael se detuvo y se volvió, pero no pronunció palabra.

–¿Cómo te encuentras? – preguntó el padre Shaunessy.

–Mi mujer se está muriendo.

–Deberías tener más fe, Mike. Esa es una conclusión que dista mucho de ser verdadera. Entra en la habitación, podemos hablar. Reza con nosotros.

El sacerdote hizo una seña hacia la habitación de Mary como sí le estuviese enseñando el camino de la redención.

Michael estalló.

–¡Debe de estar de broma! Desde que era un crío jamás he tenido respuesta a mis plegarias. Me he pasado más domingos de los que puedo recordar buscando respuestas, y no obtuve sino traición. Y ahora, mí pobre mujer… Ella depositó su fe en Dios, y mire dónde está ahora.

–Bueno, no hay duda de que tú no eres la respuesta. Mientras estabas encerrado en prisión, ella te esperó. Tú le destrozaste la vida y, sin embargo, ella permaneció a tu lado, nunca perdió la fe en ti. – El pequeño sacerdote

temblaba de ira-. Tal vez deberías dejar de ser tan tremendamente egoísta por una vez en tu vida y apoyar a Mary. Ayudarla, en lugar de sentir tanta lástima por ti mismo.

El sacerdote se acercó más a Michael. Sí no hubiese llevado el alzacuello, habría vuelto a sus días en la calle y le habría atizado un buen puñetazo a Michael en la mandíbula.

–¿Lástima por mí mismo? – gritó Michael-. La única persona por la que siento lástima es por usted y sus equivocadas creencias. Está llevando a mi esposa por un camino donde la esperanza ni siquiera existe.

Michael dio media vuelta y se marchó.

La furia que sentía en ese momento el padre Patrick Shaunessy no se parecía a nada que hubiese experimentado antes. Y, sin embargo, no podía evitar sentir que estaba contemplando cómo se le escabullía el alma de Michael mientras éste se alejaba por el blanco corredor del hospital.

Michael salió en tromba por la puerta del edificio con la cabeza hecha un lío y la esperanza hecha añicos. Siempre había sido experto en resolver problemas, en reparar las cosas, y no sólo objetos mecánicos. Sabía analizar las cosas desde una perspectiva diferente y encontrar la solución correspondiente. Ese talento lo había salvado en más de una ocasión, y también lo había ayudado en su antigua carrera.

Su carrera de ladrón no fue algo que él hubiera buscado, no era fruto de la desesperación, ni tampoco el resultado de una carencia de habilidades en terrenos más legales. Era algo que había descubierto merced a un gesto altruista para salvar a un amigo.

A la edad de diecisiete años, cuando Michael aún buscaba su objetivo en la vida, su mejor amigo, Joe McQuarry, ya había encontrado el suyo. Joe era quien tenía una habilidad atlética natural; el que consiguió una beca y que lo aceptaran tempranamente en la universidad para jugar al baloncesto.

Joe había descubierto muy pronto cuáles eran sus cualidades y sabía cómo explotarlas. Humor y deporte. El deporte hizo que consiguiera popularidad y un montón de chicas, míentras que su humor le proporcionaba encanto y problemas. Joe era ese chico de buen corazón que siempre parecía salirse con la suya. Su idea de la diversión consistía habitualmente en travesuras y risas a costa de la profesora. Debido a ello tenía un asiento propio en el Instituto Holly Father, reservado especialmente para él en el despacho del director.

Y ocurrió que un viernes Joe se encontró otra vez en su asiento especial mientras el director, el padre Daniels, le soltaba un sermón acerca del declive de la sociedad como consecuencia de la falta de respeto. El padre Daniels le explicaba cómo, aunque su vida era muy prometedora debido a la beca deportiva, podía convertirse fácilmente en nada de la noche a la mañana. El director había llegado a su límite. Las dos expulsiones de Joe no le habían dejado al padre Daniels más alternativa que exponerlo definitivamente del instituto si se producía otro incidente. Daniels trató de exponerlo en unos términos que Joe pudiese entender: otro strike, 6 y el adolescente quedaba fuera del instituto. Y si Joe pensaba que era tan brillante, más listo e inteligente que todos los demás, no tenía más que ponerlo a prueba. Daniels le impuso una semana de expulsión y le dijo a Joe que no se moviese de allí hasta que él regresara.

Joe permaneció inquieto en el despacho del director, preguntándose quién se creía ese tío que era. Al cabo de tres semanas, él se largaría del instituto en busca de metas más altas, mientras que Daniels seguramente se quedaría varado allí durante años. Joe se quedó sentado mirando un trofeo que había encima del escritorio de Daniels. La pequeña escultura llevaba fecha de hacía quince años y reconocía los méritos del sacerdote por su notable influencia en la vida de sus estudiantes. Mientras Joe esperaba a que el director regresara a su despacho, sus emociones empezaron a traicionarlo. Cuanto más pensaba en ello, más indignación sentía.

Joe estuvo contemplando la pequeña escultura durante casi una hora antes de que entrase la secretaria de Daniels y le dijera que el director había tenido que marcharse y no regresaría hasta el lunes. Cuando la secretaria abandonó la habitación, Joe estaba que echaba humo por las orejas. Pero, en lugar de provocar un escándalo, recogió sus cosas e hizo algo que tendría consecuencias para toda la vida, consecuencias que Joe nunca podría haber previsto.

Cogió el premio de latón y plexiglás que había encima del escritorio del padre Daniels.

Aquella noche, mientras bebía cerveza junto al lago con Michael y sus amigos, Joe les mostró la pequeña escultura que había robado del despacho del director. Los chicos se echaron a reír a carcajadas y saludaron jubilosamente su proeza. El fuego de la hoguera que habían encendido para protegerse del frío de la noche les iluminaba el rostro, y todos se apiñaron

junto a Joe mientras Michael tomaba una fotografía del ladrón y su botín.

Joe abrió otra lata de cerveza y todos brindaron por él, tras lo cual Joe arrojó ceremoniosamente la escultura a las llamas.

6. En el béisbol, pelota que el bateador no consigue golpear. Al tercer strike queda eliminado. (TV. del t.)

Pero a medianoche la bravata de Joe empezó a evaporarse. La realidad se presentó ante sus ojos al darse cuenta de que, el lunes por la mañana, cuando el padre Daniels descubriese la desaparición de la escultura, sólo tendría a un sospechoso a quien señalar con el dedo.

Tercer strike.

Michael vio el pánico reflejado en los ojos de su amigo. Diez años atrás se habían conocido un helado domingo de febrero, de monaguillos, y en todo ese tiempo Michael jamás había visto a su amigo tan desesperado. Joe mantenía su pose de tío duro, pero Michael sabía que esta vez no podría salirse con la suya. Ni el instituto ni los padres de Joe podrían perdonarle lo que había hecho. Y la expulsión del instituto anularía su beca y su ingreso en la universidad. La noche, que había comenzado como una celebración, acabó como un funeral. Los seis chicos regresaron a sus casas sintiendo lástima por su amigo. Y ninguno de ellos estaba más apenado que Michael, quien podía ver el profundo arrepentimiento de su amigo.

Al llegar a su casa, Michael fue al garaje que su padre había convertido en taller, donde trabajaba con maderas y metales. Era el pasatiempo de su padre; él había construido muchos de los objetos que tenían en la casa y, cuando Michael era pequeño, le había enseñado muchas cosas de su oficio.

Pero, como suele suceder con la mayoría de los chicos, al llegar a la adolescencia Michael se había rebelado, y se había apartado de la afición artesanal de su padre.

Michael miró las herramientas que tenía ante los ojos; luego sacó la fotografía del bolsillo. Durante las treinta y seis horas siguientes, con la foto apoyada en el banco de trabajo para que le sirviese de guía, trabajó sin descanso. Le llevó dieciséis intentos conseguir la forma de la escultura en plexiglás; otros ocho crear la base de madera tallada. A las 23.50 de la noche del domingo se dirigió al edificio del instituto a través del bosque.

Trepando por un árbol y deslizándose por la terraza consiguió llegar a la puerta del despacho, que no se había cerrado con llave en treinta años.

Mientras el corazón de Michael latía con fuerza en sus oídos y la adrenalina