Los ladrones del cielo
Capítulo 20
Queridísimo Michael:
Durante años, esto me ha protegido y me ha mantenido a salvo. Sé que muchas veces tú lo encuentras ridículo, y que te exaspera cuando hacemos el amor. Pero ahora te pido que lo tengas contigo todo el tiempo. Me ha ayudado a superar muchos días difíciles. Sólo te pido que lo lleves para que pueda devolverte a mí sano y salvo. No lo lleves como una representación de tu fe, sino como un recordatorio de mi inquebrantable fe en ti. Te quiero con todo mi corazón.
Mary debía de haber deslizado esa nota en el bolsillo de su chaqueta cuando él había salido de la habitación para hacer una llamada y buscar un poco de agua fría para ella. Incluso en medio de su enfermedad había encontrado fuerzas para continuar con esos gestos que él tanto amaba.
Michael vació el contenido del sobre en la mano. Y, mientras contemplaba su mano abierta, revivió de golpe toda la emoción, todo el dolor del último mes. Las lágrimas corrieron por sus mejillas, y ello dio cierto alivio a su angustia, algo que hasta entonces no se había permitido.
Confió en que eso lo ayudase a aclarar su mente ante lo que le esperaba.
Finalmente -no por el miedo que Simón le había infundido esa noche; no por una recién descubierta devoción hacia Dios y la religión, sino por su fe en Mary- se colgó la pequeña cruz de oro alrededor del cuello como un recordatorio de su promesa de que regresaría a su lado. Cogió el diminuto objeto religioso en la mano como tantas veces se lo había visto hacer a Mary, y luego lo soltó, dejando que el pequeño trozo de metal se meciera sobre su pecho, consciente de la ironía del momento. De alguna manera, sin decir una sola palabra, Mary había sabido a lo que él se enfrentaba, y le había enviado la cruz que ahora colgaba de su cuello como testimonio de su fe en él. No había pronunciado ninguna palabra de ira o protesta por el hecho de que él la abandonase otra vez. Le había dado, en cambio, una sola frase que lo apoyaría en cualquier cosa que debiera hacer: que ella siempre había tenido fe en él. Ella era la única razón por la que él estaba atravesando el mundo para entrar en un lugar que sólo podía imaginar como la manifestación del Infierno.
Capítulo 20
El 747 se deslizó por la pista atravesando la densa niebla que se extendía sobre el aeropuerto Tegel de Berlín. La luz de la mañana de verano
se reflejaba como diminutos cristales en la hierba cubierta de rocío que rodeaba la pista de aterrizaje. El sol se había levantado desde el océano aquel día, ahuyentando las sombras de las olas como un niño que se sacude las pesadillas al despertarse. Había sido para Simón una noche en la que habían aflorado a la superficie muchos sentimientos largo tiempo enterrados en su alma, mientras recordaba quién era, en quién se había convertido. Y, aunque había ansiado ver al sol alzándose por el horizonte, éste no portaba consigo ese efecto de purificación que experimentaba habitualmente y que, ese día más que cualquier otro, había estado esperando. Sabía que las pesadillas volverían a comenzar muy pronto. Y, cuando lo hicieran, sería a la luz del día.
Michael y él cumplieron el trámite de la aduana sin problemas. Para sorpresa de aquél, Simón hablaba fluidamente alemán, y le explicó al agente de aduanas que ambos estaban en Berlín en viaje de negocios y placer; no tenían nada que declarar. Luego pidió que apresurasen el trámite, ya que tenían concertada una cita.
Michael finalmente se había dormido durante las últimas horas de vuelo. Aunque no había sido un sueño tranquilo, al menos le había alejado de Simón. Michael sentía pena por él, pero también le temía. Sin duda la pérdida de una madre era un hecho devastador para cualquier niño, particularmente cuando esa pérdida se producía a manos del padre, y eso era lo que había forjado el carácter de Simón. Aunque se ocultara detrás del velo de la Iglesia, no había duda de que estaba más lejos de la salvación que Michael. El enigma que presentaba Simón lo desconcertaba. Sabía que la Iglesia era como cualquier otro gobierno; cualquier religión con más de mil millones de seguidores ejercía un enorme poder y buscaba proteger ese poder sin importarle el medio ni el precio. Simón se había convertido en el medio de la Iglesia y, a fin de protegerla, violaría todos y cada uno de los mandamientos; ese hombre defendía su ley quebrantándola.
–Espéreme en el hotel -le dijo Simón a Michael cuando salieron del aeropuerto, entregándole un sobre mientras le hacía señas a un taxi-.
Necesito recoger algunos suministros.
–No tarde -le advirtió Michael.
Simón se metió en el taxi y se marchó sin responderle. “Suministros”, pensó Michael. Sólo Dios sabía lo que significaba eso. Indudablemente no un puñado de libros religiosos. Se colgó la bolsa de viaje en el hombro y
apuró el paso a través de Lehrter Strasse. Sentía el cuerpo cansado por el vuelo, por haber permanecido sentado durante seis horas. Era un alivio poder estirar las piernas.
No había mucho tráfico, de modo que no le resultó difícil ver la limusina que circulaba en su dirección, a unos cien metros de él. Sin prestarle demasiada atención, siguió caminando hacia Wisternhagen Platz.
La limusina -un Mercedes negro- continuó acercándose a él. Michael cortó a través de Slibsilber Strasse, una calle llena de tiendas que había a su izquierda. Probablemente su reacción era un tanto exagerada, como consecuencia de la falta de sueño y el exceso de tensión. Se estaba comportando como un paranoico.
La limusina giró en la esquina detrás de él. Una coincidencia, eso era todo. Michael trató de hacer caso omiso de la presencia del coche negro. La limusina redujo la velocidad, pero sin dejar de acercarse a él. Michael, aflojando el paso, miró los escaparates de las tiendas. Todas estaban cerradas, pero en el interior se podía ver a los empleados que se preparaban para otro día ajetreado. Cuando la limusina llegó a su altura, Michael la vio reflejada en el cristal del escaparate de una carnicería: la ventanilla del lado del pasajero del asiento trasero bajaba lentamente. Se esforzó por ver el rostro de la persona que había en su interior, y apuró el paso.
La limusina también aceleró la marcha. Eso no era ninguna coincidencia.
Michael echó a correr.
El enorme coche negro inició la persecución con un chirrido de neumáticos, y la cola derrapó en el pavimento salpicando grava.
Rápidamente redujo la distancia, mientras las piernas de Michael se iban despertando y la adrenalina corría por sus músculos. No tenía idea de adonde se dirigía, pues todos los rótulos de las calles estaban en alemán. El coche negro seguía reduciendo la distancia, y a Michael no le cupo duda de que la intención del conductor era arrollarlo. El ruido del motor se intensificó en sus oídos. En la distancia, en alguna parte, creyó oír que alguien gritaba. Necesitaba un plan, y lo necesitaba de inmediato. Sólo lo separaban unos segundos de su muerte: el coche negro alemán estaba prácticamente encima de él. Y fue entonces cuando la pregunta cruzó por su mente: si él moría, ¿qué sería de Mary?
Michael se desvió hacia la derecha, y de repente se encontró en un callejón oscuro lleno de basura, demasiado estrecho para la limusina. Oyó cómo chirriaban los neumáticos al clavarse contra el pavimento. No miró hacia atrás. Unos segundos más tarde, un ruido de metal que se abollaba resonó en el estrecho callejón. Michael trepó a la parte superior de un contenedor de basura, espantando a dos gatos que se habían instalado allí, y se lanzó hacia la valla metálica que había detrás. Mientras saltaba por encima de ella, echó un vistazo al callejón por encima del hombro. Allí no había nada, sólo la luz del sol en la entrada lejana. La limusina había desaparecido.
Aterrizó en un parterre de flores silvestres en el borde de lo que parecía ser un enorme parque urbano. Había un lago en el centro, un extenso prado a la izquierda, un campo de juegos a lo lejos. Y había gente, un montón de gente. La multitud que se levanta antes del amanecer, que sale para correr sus kilómetros matinales, pasear a sus bebés, disfrutar de un paseo con sus seres queridos. La gente que cumplía con su rutina diaria. Era el lugar ideal en el que Michael podía pasar inadvertido.
Finalmente detuvo su carrera al llegar al estanque y se derrumbó junto al tronco de un enorme sauce llorón, donde tenía un magnífico punto de observación.
El parque no tenía más que dos salidas, una en cada extremo; dos enormes puertas de hierro forjado, con columnas de mármol blanco, que permitían traspasar el muro de seis metros de alto que parecía recorrer todo el perímetro del parque. Michael se preguntó si la intención arquitectónica original de instalar un cerco de cemento y enormes portones de hierro era la de mantener a la gente dentro o fuera del recinto. No podía quitarse de encima la sensación de que si se cerraban las puertas, el parque se convertiría en una grotesca reserva natural, con seres humanos atrapados dentro de sus límites para que todo el mundo los viese.
Recuperó el aliento y repasó mentalmente los dos últimos minutos.
Limusina Mercedes, matrícula alemana. Lo había estado esperando en el aeropuerto. Conocían la hora de llegada de su vuelo. La limusina había aguardado a que Simón se marchara y había iniciado la persecución de Michael cuando éste se había quedado solo. Cuando el cristal de la ventanilla comenzó a bajar alcanzó a vislumbrar al pasajero que había en el interior del coche. Era un hombre mayor, aunque no alcanzó a distinguir sus
rasgos, que parecieron fundirse con las sombras. Pero Michael no tenía ninguna duda: el hombre que viajaba en la limusina era Finster.
Pasaba un minuto de las diez y Anna Rechtschaffen estaba preparada para dar por terminado el día, quizá la semana. Diez minutos antes había entrado el héroe guapo, alto y moreno de su última novela de lujuria, y Anna se dijo que, si no hubiese tenido setenta y siete años, se habría abalanzado con sus ochenta kilos sobre él para disfrutar de un revolcón en el heno. No había hecho una venta de seis mil marcos desde la visita del papa en 1986.
El hombre no dijo en ningún momento para qué los quería, sólo que se llevaba todo el lote. Los de oro, los de plata, los antiguos y los que eran de madera, incluso los de plástico barato que le había comprado hacía dos años a aquel español pequeño y que nadie quería. No importaba si pensaba colgarlos de la pared o del cuello de alguien. El hombre compró todos los que había en la tienda. Ella no le preguntó por qué y él tampoco se lo explicó. De hecho, el hombre apenas si había hablado, nada que mereciera la pena recordar, excepto aquella última pregunta. La que le hizo justo después de haber pagado en metálico y darle las gracias. El hombre desconocido le había preguntado si Freudenschaft quedaba a una o dos manzanas de allí. Cuando Anna le preguntó qué era lo que estaba buscando, el hombre sonrió y dijo: “Stingline's”. Ella le había señalado la dirección correcta y también lo había ayudado a cargar las cajas en el coche. Cuando el hombre se marchó calle abajo, no pudo evitar preguntarse qué podría necesitar de una armería un hombre que acababa de comprarle todas las cruces que tenía en la tienda.
Para todo el mundo parecían dos amigos que habían salido a correr un rato por el parque, mezclados con el resto de la gente, y que se acercaban desde la puerta sur. Pero esos dos hombres hicieron que algo se removiera en el estómago de Michael, y él había aprendido hacía mucho tiempo a confiar en su instinto. Ambos medían más de metro ochenta, llevaban chándales y corrían como profesionales, con precisión militar. Se desplazaban a lo largo del sendero destinado a los corredores en dirección a Michael, sin apartar la vista de él en ningún momento, manteniendo un ritmo parejo, Michael tuvo la sensación de que esos tipos eran capaces de dar la vuelta al mundo sin perder el aliento. Estaban a unos cuatrocientos metros de distancia. La puerta situada delante de él se encontraba a
doscientos metros, Michael echó a correr a toda velocidad hacia ella.
Aunque sabía que era un error, volvió la vista atrás. Los dos hombres habían aumentado el ritmo y ahora corrían velozmente, con completa sincronización. Y los muy cabrones ni siquiera parecían agitados.
Michael estaba a sólo veinte metros de la libertad, cuando la limusina negra reapareció en la calle. Tenía la parrilla delantera destrozada, pero eso no parecía afectar en absoluto a su rendimiento; su extraordinario motor rugía como un león preparado para abalanzarse sobre su presa.
Michael aumentó la velocidad de su carrera y atravesó la puerta del parque. Vio que bajaban el cristal de la ventanilla trasera de la limusina, pero esta vez no se molestó en mirar quién iba dentro. Corrió a lo largo de un extenso paseo, desierto y flanqueado a ambos lados por brillantes edificios de oficinas de acero y cristal. Sentía el sabor amargo de la bilis en la boca seca, y los pulmones a punto de estallar.
Los gemelos del chándal salieron del parque por la misma puerta segundos más tarde, lanzados en su persecución, moviendo los brazos rítmicamente, y eso era una buena señal porque significaba que no había armas todavía. Michael imaginó que sería un ataque silencioso: lo meterían en la limusina, lo aplastarían contra el suelo y lo matarían sin testigos.
La limusina aceleró a lo largo del camino interior, con los dos hombres corriendo a su lado. Michael salió del paseo y atravesó los dos carriles de intenso tráfico matutino. Los coches frenaron haciendo chirriar los neumáticos. Alcanzó la otra acera y continuó su carrera, mientras su voz resonaba en su cabeza, “por favor, por favor, por favor”, una y otra vez, como un mantra sincronizado con los latidos del corazón.
Los tipos del chándal no se inmutaron por el tráfico. Cruzaron la calle a sólo diez metros de Michael, esquivando y salvando los coches como si fuesen simples obstáculos en el campo.
Agotado y jadeante, Michael buscó desesperadamente una salida, un refugio. Y lo encontró. Reuniendo las últimas fuerzas que aún le quedaban, se desvió a la izquierda. Ahora casi podía oír la respiración de sus perseguidores, agitada como la de él.
Los dos hombres estaban a punto de cogerlo. Preparó el cuerpo para su embestida, pero el golpe nunca llegó. Con el último hálito de fuerza que le quedaba, Michael saltó por encima de la pared de piedra de dos metros apoyándose con ambas manos en la parte superior, mientras sus