Los ladrones del cielo

Richard Doetsch · Capítulo 37 de 39

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Los ladrones del cielo

Capítulo 35

esperó que la muerte llegase de un disparo. Pero no fue así. Simón, Busch y Michael se limitaron a permanecer inmóviles frente a él, mirándolo en silencio, observando, esperando. Thal no sabía qué pensar, pero no podía respirar. No sabía por qué. Se aferró el estómago con ambas manos y luego las retiró, pringosas y resbaladizas. En una imagen borrosa, los rostros de todas sus víctimas acudieron a su memoria. Helen Staten, James Staten, mujeres, hombres, docenas de víctimas, todas mirando en silencio como mudos testigos de sus últimos momentos de vida. No había sentido la incisión -el escalpelo era terriblemente afilado- ni había visto a Simón cuando le hacía los cortes, pero sentía que sus intestinos se derramaban fuera del vientre; se deslizaban entre sus dedos como una anguila engrasada mientras él trataba desesperadamente de mantenerlos dentro del cuerpo. Los intestinos caían sobre la hierba nocturna desde el vientre rajado. Se esforzó por contenerlos con las manos, intentando en vano devolverlos a su cavidad vacía. Luego, los fríos tentáculos de la muerte se cerraron sobre él, se tambaleó, y cayó muerto.

Capítulo 35

Las velas que aún permanecían encendidas estaban a punto de consumirse, y la sombra de Finster danzaba en la pared de la pequeña cámara privada. Volvía a ser el hombre culto, reservado y tranquilo de siempre, mientras admiraba las llaves que descansaban sobre el cojín de terciopelo. Desaparecido ya todo temor al fracaso, ahora podía gozar de su posesión y regresar a su hogar.

A pesar de todo lo que había dicho, nunca había dedicado tiempo a admirar su botín, salvo la noche en que había adquirido las llaves. De hecho, no le importaba en absoluto su aspecto; lo realmente importante de ellas era su significado. Pero su ego se impuso y, llevado por la vanidad, las contempló con un placer maligno. Ahora ya no había nada que se interpusiera en su camino.

Fuera, en la galería, en la sección dedicada a la diosa hindú Kali y oculto tras las pinturas que se apilaban contra la pared, el brillo rojizo de un contador palpitaba digitalmente hacia cero. Había cinco contadores repartidos por toda la caverna, programados para estallar a intervalos de treinta segundos. Los había preparado personalmente. Bombas incendiarias, compactas pero potentes; no eran artilugios explosivos sino rociadores

químicos. Cuando se activasen, se elevarían unos tres metros en el aire y soltarían una sustancia gelatinosa que ardería instantáneamente al entrar en contacto con el aire.

Finster no prestó atención al pequeño estallido detrás de la pesada puerta negra y tampoco al silbido de lo que sabía que era fuego. En cambio, caminó alrededor del pedestal y se inclinó sobre él, como si estuviese estudiando los detalles de las llaves por primera vez. Sus zapatos de cuero crujían sobre el suelo de tierra mientras daba vueltas alrededor del pedestal.

Un sonoro siseo llegó por debajo de la puerta; el aire de la pequeña cámara era absorbido en gigantescas bocanadas para alimentar el creciente infierno de la caverna. Las últimas velas encendidas que había dentro de la cámara comenzaron a apagarse por falta de oxígeno. Sólo quedaban unas pocas para iluminar su trofeo, y para iluminar el rostro desconcertado de Finster.

Algo no iba bien. Y lo que le preocupaba no era lo que estaba sucediendo al otro lado de la puerta de la cámara. Michael y Simón habían estado a punto de conseguirlo. Unos hombres tan decididos nunca se daban por vencidos, nunca se rendían. El amor de Michael por su esposa era más fuerte que cualquier cosa que Finster hubiese visto antes, pero entonces

¿por qué había cedido, por qué había renunciado tan fácilmente? A menos que…

Finster examinó las llaves con mayor atención. Con gesto vacilante extendió la mano hacia la llave de plata, consciente de que le estaba prohibido entrar en contacto directo con todo aquello que fuese sagrado.

Acercó los dedos cada vez más. Era la única manera de estar seguro, la única prueba verdadera. Con una súbita punzada de temor, cubrió las llaves con la mano. Y fue entonces cuando sucedió. Finster estalló en un torbellino de furia y lanzó un grito con toda la fuerza de sus pulmones… no de dolor sino de rabia. Con el terrible reconocimiento de que lo habían engañado. En la llave de oro, deteriorado por el paso del tiempo pero aún visible, había un sello grabado, sutil, probatorio: “585”. Finster dio media vuelta y abrió la puerta. Se encontró con una enorme bola de fuego que ascendía hacia el techo de la caverna; sus tentáculos ardientes se agitaban como látigos en las alturas. Toda la caverna estaba en llamas. El lienzo de las pinturas había prendido fuego, llenando el espacio con una nube negra y oleosa en forma de hongo, y las oleadas de calor fundían las esculturas de metal. En ese momento estalló la última bomba incendiaria, y su gelatina

similar al napalm fue prendiendo todo lo que tocaba. El rugido de las llamas era ensordecedor, pero no era nada comparado con el alarido inhumano que escapó de los labios de Finster.

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Capítulo 36

El estado de Busch era penoso. Simón y Michael le habían vendado la mano y el hombro, y ahora descansaba, apoyado de manera bastante incómoda sobre el capó de la limusina. Pero, en lo que a él concernía, todo estaba bien: viviría para ver otro amanecer.

–Hum, veo que las habéis conseguido. – La voz de Busch era poco más que un susurro.

Simón asintió, admirando las llaves que sostenía reverentemente en la palma de la mano, como si estuviesen hechas de cristal y pudiera romperlas con el aliento.

–Tan sencillas…

–Así es.

–Caballeros, tenemos que largarnos de aquí -dijo Michael.

Pero Busch seguía contemplando las llaves. No podía evitarlo.

–¿Puedo?

Simón las colocó con extremada delicadeza en la mano de Busch. Eran más grandes de lo que éste había imaginado y no tan impresionantes.

Mientras las sostenía sobre la palma, esperaba ser iluminado, sentir la presencia de Dios o algo por el estilo, pero no sucedió nada de eso. En cambio, se sintió lleno de sorpresa y admiración por el hecho de que dos objetos tan pequeños pudiesen tener un significado tan importante. Michael había arriesgado su libertad, su vida, todo, para devolver esas dos piezas de metal moldeado. Y lo que impresionó a Busch no fue el simbolismo, sino la fuerza que infundían en el corazón de los hombres. Una creencia en lo intangible, una fe tan poderosa que los hombres estaban dispuestos a ir a la guerra por ella, morir por ella, a sacrificarlo todo con la convicción de una promesa. Era un milagro, un milagro de la fe, uno que él entendía muy bien pero que, hasta ese momento, jamás había experimentado personalmente. Y

sentía que, debido a ello, todo saldría bien.

–Andando, chicos -insistió Michael, cada vez más impaciente.

Busch le devolvió las llaves a Simón, quien las envolvió cuidadosamente en un paño de terciopelo antes de guardarlas en el bolsillo.

Busch sintió un enorme alivio. Después de todo lo que habían pasado, Michael y él volvían a casa.

Las puertas cristaleras de la biblioteca saltaron hechas pedazos, y las llamas explotaron hacia el exterior de la casa. La enorme mansión de piedra se había convertido en un auténtico infierno. Las ventanas estallaban por el calor, y escupían humo y llamas que iluminaban la noche. Una figura irrumpió en medio de esa bola de fuego y corrió hacía donde se encontraban ellos, junto a la limusina. Como si fuese una siniestra bestia salvaje, salvó los casi doscientos metros en unos pocos segundos.

–¡No devolverán nada!

La voz pareció surgir desde todas partes. Y, antes de que pudieran reaccionar, estaba de pie delante de ellos. Tenía las ropas convertidas en cenizas, en extraño contraste con su piel pura y lisa, sin una quemadura o mancha, algo imposible en alguien que acababa de salir de un horno a mil doscientos grados de temperatura.

Michael avanzó unos pasos, el cuerpo preparado para un ataque.

–¿Qué le hace pensar que…?

Pero, antes de que pudiera acabar la frase, Finster le retorció la muñeca y lo arrojó al suelo.

–Le provocaré un sufrimiento como nunca ha imaginado…

–Me dio su palabra -gimió Michael desde el suelo.

–No estaba hablando con usted. – Finster se había vuelto hacia Busch-.

Ya no está en un santuario -le gritó al policía herido.

Busch retrocedió, tratando desesperadamente de alejarse de allí. Cayó al suelo desde el capó de la limusina, y su hombro herido estalló como un millar de fragmentos de cristal al chocar contra la tierra. Paralizado de dolor, se negó a dejar escapar ni un gemido, pero mentalmente profirió un alarido espeluznante. Su pesadilla se había hecho realidad: se estaba quemando, su piel ardía aunque no había llamas. Se encontraba nuevamente en el barco -el barco de su padre-, con las llamas danzando en la cubierta, subiendo por sus piernas, lamiéndole ávidamente el torso. Volvía a ser un chico indefenso, impotente ante el monstruo. El tormento era insoportable mientras se retorcía de dolor en la hierba.

–¡Basta! – gritó Michael, poniéndose en pie con dificultad.

–¡Quiero… mis… llaves! – le gritó Finster, su voz tan mortífera como el incendio que consumía su mansión de piedra.

Los ojos de Finster eran fríos, inertes, negros como el fondo del océano.

Michael se sintió invadido por un miedo que nunca había imaginado

posible, un miedo no sólo por él o por Mary, sino por Busch, por Simón, por todo el mundo. Se volvió hacia el sacerdote, aturdido y en busca de alguna respuesta. Éste sacudió la cabeza enfáticamente.

–Quiero que me devuelva las llaves o provocaré un terrible sufrimiento a todas las personas que conoce y ama -dijo Finster.

–¡Jamás! – gritó Simón.

Michael observó impotente cómo Busch se retorcía sobre la hierba húmeda golpeándose el rostro y el cuerpo con ambas manos, tratando desesperadamente de apagar las llamas invisibles.

–¡No! ¡Basta! – gritó Michael, incapaz de seguir soportando el sufrimiento de su amigo-. Si le entrego las llaves, ¿me promete detener esto? ¿Me promete que no hará sufrir a nadie…?

–¡No lo haré!-rugió Finster.

–Entonces no hay trato -dijo Michael en un susurro apenas audible, sabiendo que esas palabras significaban la muerte de su mejor amigo.

Busch hizo un enorme esfuerzo para hablar.

–¡Michael! ¡No hagas tratos con él!

–¡LAS LLAVES!

Finster se acercó hasta apoyar la nariz en la de Michael; su aliento caliente era nauseabundo. Busch seguía retorciéndose en el suelo.

–No… seré… una… pieza… de cambio.

Y entonces vio algo en la hierba. Atenazado por unos dolores terribles, extendió la mano para cogerlo.

Michael vio a Paul por el rabillo del ojo.

–¡Paul, no, por Dios…!

–El no está aquí -se mofó Finster.

Los dedos de Busch se cerraron alrededor de su pistola, que apuntaba a Finster.

–No puede hacerme daño con eso -dijo Finster, sin molestarse en volverse hacia la pistola que apuntaba al centro de su espalda.

Pero la intención de Busch no era disparar contra Finster. El corpulento policía apretó el cañón de la pistola contra su cabeza.

–Prométeme que cuidarás de Jeannie y de los chicos…

–¡¡¡Paul!!! – gritó Michael, paralizado.

–No hagas que tus esfuerzos o mi sacrificio hayan sido en vano…

Busch no se había sentido nunca tan lúcido como en ese momento. Era como si el dolor que lo consumía fuera un bautismo de fuego, insoportable pero, al mismo tiempo, liberador. Creía en Michael, creía en Simón. Pero, sobre todo, creía en las llaves.

–¡Paul, no…!

–Quiero que me lo prometas -imploró el policía, con los ojos llenos de lágrimas posados en su amigo.

La angustia de Michael era atroz, y su corazón se negaba a pronunciar esas palabras, pero las dijo de todos modos.

–Lo prometo -susurró, sabiendo que estaba aceptando la sentencia de muerte de su amigo.

El dedo índice de Busch envolvió el gatillo y, con un enorme esfuerzo, lo apretó, pero su mano cayó sobre la hierba. La pistola estaba en silencio.

Busch arqueó el cuerpo, jadeando, y los ojos se le desorbitaron mientras el corazón le fallaba. Luego quedó tendido inmóvil sobre la hierba.

–¡Lo ha matado!-gritó Michael.

–No -dijo Finster-. ¿No le habría gustado que lo hiciera? Habría sido tan oportuno… Su cuerpo no ha podido resistirlo; ha sufrido un infarto.

Supongo que si no lo llevan rápidamente a un hospital, morirá…

Devuélvame esas llaves, Michael, y dejaré que se marche. Devuélvame esas llaves y podrá salvarlo, aún está a tiempo. ¿Está dispuesto a hacer un trato con la vida de su amigo? Si no es así, su muerte pesará sobre su conciencia.

Michael estaba paralizado: ¿la vida de Paul o el alma de Mary? Finster tenía razón: escogiera lo que escogiera, llevaría sobre los hombros una carga insoportable por el resto de sus días.

Y entonces la furia lo invadió, eliminando toda razón y toda lógica. Se abalanzó sobre Finster, pero la única respuesta fue una risa burlona. Ciego de ira, Michael cogió a Finster del cuello y comenzó a apretarlo.

Y de pronto ella estaba allí, en el lugar de Finster.

Mary Saint Pierre.

Las manos de Michael la asfixiaban.

–Michael… por favor… no me mates -suplicó Mary, jadeante.

Michael se quedó paralizado de terror mientras su esposa luchaba por respirar.

–¡Mary! ¡Mary, lo siento…!

–Cierre los ojos, Michael. Es un truco -le advirtió Simón débilmente-.

En el fondo de su corazón sabe que no es su esposa. No se rinda.

Era el primer signo de piedad que había visto en Simón.

Las manos de Michael cayeron laxas a los costados de su cuerpo. Se hincó de rodillas en la hierba, llorando, un hombre derrotado. Mary apoyó una mano sobre su hombro y, cuando Michael alzó la vista, ella había vuelto a transformarse en Finster.

–Michael, si me devuelve esas llaves, aún puede salvar a su amigo de la muerte, y yo dejaré que su esposa entre en el cielo. Eso es lo que ella desea, es por eso por lo que usted está haciendo todo esto. Le puedo garantizar que tendrá una paz eterna. – Finster hizo una pausa-. Le doy mi palabra.

Michael no se había sentido tan perdido en toda su vida. Miró a Simón.

–Su palabra no significa nada -le advirtió éste.

Michael se levantó en silencio, con el rostro bañado en lágrimas. Se acercó al sacerdote y, sin mirarlo a los ojos, le dijo:

–Déme las llaves.

–¿Qué? – Simón no podía creer lo que Michael le estaba pidiendo-. No he llegado hasta aquí para… -Apenas si podía controlarse-. No importa lo que nos suceda a nosotros, Michael. Esto es por Dios…

Finalmente, la frustración hizo estallar a Michael.

–¡Hemos llegado hasta aquí solos! No tuvimos ninguna ayuda de Dios.

¿Dónde estaba Él? Si Él quiere recuperar estas llaves, ¿por qué no nos ayuda? ¿Por qué no me envía una señal? – Su voz estaba teñida de desprecio-. Él puede conseguirlas sin ayuda de nadie. No me necesita a mí.

¡Él no ha hecho nada por mí! Y nada, absolutamente nada por mi esposa.

–Michael, no…

–Sí, Michael -intervino Finster, aprovechando el momento-. Él lo abandonó hace ya mucho tiempo.

–No, El no lo ha abandonado, Michael. Su nombre: Saint Pierre. San Pedro. ¿Cree que se trata acaso de una coincidencia? Estaba destinado para esto.

–¡No! – gritó Finster-. Eso no es verdad. Piense, Michael. – Su voz rezumaba encanto-. Si es así, entonces ha sido Dios quien le ha provocado todo este sufrimiento. Y si no es así -se acercó a Michael y añadió suavemente- entonces lo ha abandonado.

Las palabras de Finster resonaron como una prueba en el oído de Michael. Se volvió hacia Simón.

–Déme las llaves.

–Tendrá que matarme primero.

–No me obligue a hacerlo.

–Deje que lo ayude… -ofreció Finster.

El cuerpo de Simón se agitó súbitamente con movimientos de dolor extremo. Sus manos se extendieron a ambos lados de su cuerpo, formando una cruz.

–Me recuerda a alguien. Hum, ¿quién puede ser? – canturreó Finster con la mano en la barbilla.

Las palabras de Simón salieron de su boca en un débil jadeo.

–Michael, ha traicionado a Dios. No verá las Puertas del Cielo.

–Usted tampoco -replicó Finster sonriendo.

Michael se agachó y cogió el envoltorio de terciopelo del bolsillo del sacerdote. Luego se volvió hacia Fins¬ter mientras dejaba las llaves al descubierto.

–Si le entrego estas llaves, el alma de mi esposa pertenece a Dios. Ella disfrutará de la vida eterna en el cielo, descansará en paz. – Volviéndose hacia el cuerpo encogido de Busch, tendido sobre la hierba, añadió-Y no se interpondrá en nuestro camino cuando intentemos salvarlo. Dejará que Simón viva. No provocará sufrimientos a ninguna persona que yo conozca.

A menos que me prometa todo eso, no le entregaré estas llaves.

Finster extendió la mano hacia las llaves con expresión codiciosa.

–¡Prométamelo! – exclamó Michael, apartando las llaves.

–Tiene… mi palabra -dijo Finster.

Simón cayó a tierra medio muerto… pero aún vivo.

Michael avanzó unos pasos con la mano extendida. Las dos llaves descansaban en su palma.

Finster retrocedió rápidamente con un visible temblor en el cuerpo.

–Espere. No puedo tocarlas.

–Entonces las dejaré en un lugar seguro.

–Michael, piense… en lo que va a hacer -dijo Simón con voz entrecortada-. El perdón, Michael… Debe recordar que siempre hay perdón.

–Entonces perdóneme, Simón.

Y luego, ante la sorpresa de Finster y del sacerdote, se dirigió hacia la estructura de piedra iluminada todavía por las luces halógenas de la limusina y, sin vacilar ni un momento.

Lanzó las llaves dentro del pozo. – ¡¿Qué es lo que ha hecho?!

Finster, frenético, corrió hacia allí.

–Es su pozo. Estoy seguro de que encontrará alguna manera de recuperar las llaves.

–Pero no puedo tocarlas -protestó Finster con los dientes apretados.

–No es mi problema.

Michael se acercó a la limusina y abrió la puerta. Luego se agachó junto a Simón, pero éste rechazó airadamente su ayuda. Sin decir nada, Michael se acercó a Busch y, cogiéndolo por debajo de los brazos, comenzó a arrastrar su enorme cuerpo hacia la limusina. Simón se unió a él y aferró a Busch por las piernas. Entre los dos lo colocaron en el asiento trasero, y luego se perdieron en la noche.

Capítulo 37

Los bosques de las montañas de Baviera son más primitivos que cualquier otro lugar de la tierra. No es de extrañar que las grandes fábulas germánicas de Sigfrido el Matador de Dragones se originaran allí. La luz natural sólo consigue abrirse paso a través de la espesa cúpula vegetal hasta llegar al suelo del bosque en los días más soleados y, aun entonces, apenas si resulta suficiente para poder leer un libro. El estiércol y la broza descompuestos han creado un lecho mullido, hogar de multitud de insectos, aves y lobos. La civilización es sólo una presunción, y en muchas zonas el hombre no ha puesto el pie desde los tiempos de las grandes explotaciones forestales. Los antiguos caminos para el transporte de troncos, hoy cubiertos de musgo, representan la única ruta para las pequeñas aldeas primitivas, lo único que queda de la época de las grandes talas de bosques y que hoy sobreviven apenas gracias al comercio local.

En el borde suroeste del bosque, a veinte kilómetros del pueblo más cercano, había un pequeño grupo de antiguas construcciones. Una valla de madera y piedra rodeaba todo el perímetro a lo largo de casi un kilómetro, cubierta por una maraña de maleza y enredaderas.

Las cabañas de piedras y troncos databan de hacía varios siglos, y estaban dispuestas alrededor de una enorme estructura de piedra que se

alzaba hasta una altura de cuatro pisos desde el suelo del bosque, disputándole la supremacía a las copas de los árboles. La construcción, parecida a un castillo, descansaba sobre un afloramiento de granito, y resultaba imposible determinar dónde acababa el entorno natural y comenzaba la estructura creada por la mano del hombre. Los rumores que corrían por el lugar decían que todo el pueblo había surgido de la tierra, el paso siguiente en la evolución de la Madre Naturaleza. Y, sin embargo, no había un alma a la vista, como si todos hubiesen recogido sus cosas para regresar corriendo a la civilización, incapaces de hacer frente a ese mundo salvaje e incontaminado.

En el límite de la comunidad abandonada, oculta en las sombras del atardecer, había una cantina, también construida en piedra, que parecía empotrada en el bosque. El destartalado techo de madera estaba cubierto de musgo, del que crecían retazos de hierba. Un cartel invitaba a los fatigados caminantes a entrar a beber una jarra de cerveza.

El interior era tan antiguo y simple como el exterior. Había un puñado de mesas y bancos sobre un suelo de tablas, y viejas ventanas de cristales emplomados, agrietadas y necesitadas de pintura. En las paredes colgaban varios tapices medievales con motivos de caballeros, dragones y paisajes.

Michael estaba sentado solo frente a una mesa de madera, con expresión sombría, bebiendo una cerveza. En el lugar no había nadie más, salvo el cantinero, que lavaba vasos de espaldas a él. Michael había tratado desesperadamente de ponerse en contacto con Mary en Estados Unidos para decirle que ya estaba de camino a casa, pero se quedó conmocionado cuando la centralita del hospital le pasó con la habitación y la voz de una enfermera contestó:

–Cuidados intensivos. ¿En qué puedo ayudarlo?

La enfermera le había rogado que llegase lo antes posible, Su esposa había estado llamándolo, le dijo, y el tiempo se acababa. Mary había entrado en coma hacía quince horas.

Michael deseaba decirle a Mary que había conseguido solucionar las cosas. En cambio, le dijo a la enfermera que llegaría al cabo de veinticuatro horas. Aún le queda una cosa por hacer.

La puerta se abrió de par en par. Una violenta ráfaga de viento entró en el pequeño local provocando un pandemónium. Michael aferró con fuerza su jarra mientras el viento avivaba las llamas del hogar y levantaba nubes

de polvo por todas partes. Y entonces entró, ardiendo de furia. Sus ojos marcaron a fuego a Michael cuando se acercó a la mesa y se sentó frente a él. Iba vestido completamente de negro, con el pelo plateado recogido en una coleta y las manos cerradas en dos puños tensos. La luz pareció abandonar la habitación, absorbida por el cuerpo de Finster como si fuese un agujero negro. Una pavorosa oscuridad emanaba de él, y se extendía como una plaga.

–Déme las llaves-ordenó con ira.

Michael permaneció inmóvil en su silla, con el corazón retumbándole en los oídos. Estúpidamente, había pensado que Finster no bajaría al pozo, que él conseguiría dejar atrás esa terrible pesadilla, pero ahora comprendía cuan idiota había sido. Michael había decidido correr un riesgo y había perdido. Había sido una jugada equivocada, y sólo había conseguido postergar algo que era inevitable. Había huido a toda velocidad de la mansión de Finster mientras Simón le administraba la extremaunción a su mejor amigo, Paul Busch, quien estaba tendido en el asiento trasero de la limusina, más muerto que vivo. Finalmente habían llegado a un hospital a las afueras de Berlín, y habían llevado a Busch a la sala de urgencias. Tan pronto como los médicos comenzaron a tratar a Paul, Simón y él habían regresado al coche. Viajaron hacia el sur, volando por la autopista durante doce horas, sabiendo que esa huida no hacía más que posponer su destino.

–Lo siento. – Michael no sabía qué otra cosa decir. Aferró el vaso con más fuerza, como si fuese un salvavidas.

El rostro de Finster mostraba un horrible color rojizo; apoyó las manos sobre la mesa con las palmas hacia arriba, y sus ojos perforaron a Michael.

Este no desvió la mirada; no necesitaba hacerlo, pues sabía lo que llevaba el hombre que estaba frente a él: una llave de oro en una mano y una de plata en la otra.

Michael asintió.

–Ah… veo que alguien bajó al fondo del pozo.

Finster lo fulminó con una mirada preñada de odio, y luego lanzó las inservibles falsificaciones de metal hacia Michael.

–Quiero mis llaves. ¡Ahora!

Michael no se movió.

Finster se inclinó sobre la mesa, lo cogió del cuello con ambas manos y lo levantó en el aire como si fuese una pluma.

–El alma de su esposa me pertenece.

Las manos de Finster le estaban quitando lentamente la vida. Michael se debatió inútilmente.

–Pienso arrancar el alma de Mary y torturarla cada día durante toda la eternidad. ¿Lo entiende? – Sacudió a Michael con violencia-. ¡Déme mis LLAVES!

Finster lo arrojó contra la pared como si fuese un muñeco de trapo.

Michael quedó tendido en suelo, hecho un guiñapo, aturdido y ensangrentado, sin una gota de aire en los pulmones. No tenía fuerzas para moverse, y estaba seguro de que se le había roto otra costilla. Miró hacia la barra buscando la ayuda del cantinero; pero el hombre debía de haberse escabullido ante el primer indicio de problemas. Finster recorrió la estancia sintiéndose completamente dueño de la situación. Era evidente que conseguiría lo que había ido a buscar y luego se marcharía.

–Maldito listillo hijo de puta. – Cogió la jarra de cerveza de Michael-.

Nunca se debe incumplir un trato, Michael. ¿Acaso su madre no se lo enseñó? Y, si lo hace debe afrontar las consecuencias. – Vació la jarra de un trago y se enjugó la espuma de los labios con el dorso de la mano-. Le di lo que usted quería, consiguió el dinero necesario para el tratamiento de su esposa. No es culpa mía que no haya dado resultado, usted lo sabe. No tengo esa clase de poder, a pesar de lo que digan los libros de cuentos. Dar la vida no está al alcance de nadie. Pero quitarla… -Dejó que la amenaza pendiese en el aire-. Yo lo ayudé, Michael, y usted me traicionó. Accedí a sus términos, dejé con vida a ese sacerdote demente, le prometí que su esposa disfrutaría de la vida eterna. Y usted me traicionó por segunda vez; rompió su palabra, Michael. De modo que ahora Mary me pertenece.

Los ojos de Michael ardían de odio mientras hacía un esfuerzo para levantarse del suelo.

–No se moleste. – Finster le indicó que se sentara-. Está acabado. – Con un giro de la muñeca, una de las mesas se puso derecha y se desplazó hasta donde estaba Michael-. Usted tenía dos juegos de llaves.

–Tres, en realidad. – La voz animada llegó desde detrás de la barra-.

Pero usted nunca fue famoso por su inteligencia, ¿verdad?

Finster se volvió para ver al cantinero que se inclinaba sobre la barra. El hombre estaba vendado y llevaba el brazo derecho en cabestrillo. Las terribles heridas del rostro curarían con el tiempo, pero las cicatrices serían

un recordatorio para el resto de su vida. Sin pensarlo dos veces, Finster cogió a Simón por el pelo y le golpeó la cabeza contra la barra; luego lo alzó y lo arrojo contra la estantería de botellas.

La voz de Michael llegó desde el otro extremo de la habitación.

–Estaba demasiado furioso para pensar con claridad…

–¡Quiero las llaves auténticas y las quiero ahora mismo! – chilló Finster.

Cruzó la estancia como una exhalación y, levantando brutalmente a Michael, lo acercó a un palmo de su rostro-. Sólo uno de ustedes puede tenerlas, de modo que sólo uno de ustedes está protegido por ellas.

Finster tiró a Michael en el rincón y cerró los ojos. Se había echado a temblar, y parecía más bestia que humano. A medida que aumentaba su frustración, todo indicio de humanidad desaparecía de su cuerpo. El viento continuaba soplando en el interior de la cantina, y las llamas del hogar se reflejaban como arco iris en los destrozados cristales de los vasos mientras las sombras danzaban en el techo. Finster bramaba de furia.

Simón estaba de pie, aturdido, haciendo esfuerzos por recuperarse.

Apoyó su hombro sano contra el costado de la barra y empujó con todas sus fuerzas. Y lentamente, muy lentamente, la barra se movió. No mucho, apenas unos centímetros, pero se movió. Poco a poco la barra se desplazó por el suelo, mientras el sacerdote ponía en el empeño las pocas fuerzas que aún le quedaban.

Finster, perplejo, volvió a coger a Simón y lo alzó en el aire.

–¿Qué está…?

–¿Alguna vez ha oído la expresión “Engáñame una vez y la vergüenza caerá sobre ti -dijo la voz ronca de Michael desde el otro extremo de la habitación-, engáñame dos y la vergüenza caerá sobre mí?”

Finster hizo caso omiso de Michael. Aferrando a Simón por el cuello, le dijo con un gruñido:

–Esta vez nada podrá salvarlo, hombre santo, ni pistolas, ni cuchillos.

Ningún Dios se interpondrá en el camino para salvarlo de la muerte. Y, cuando muera, no tendrá ningún lugar adonde ir, ningún cielo, ninguna recompensa eterna por la vida de sacrificios que ha llevado en nombre de su Dios. – Lanzó a Simón violentamente contra la pared-. Sólo estaré yo.

Michael se puso de rodillas trabajosamente.

–En cualquier caso, yo diría que lo he engañado tres…

Finster extendió la mano, y Michael voló hacia ella a través de la habitación como un metal atraído por un imán. Se debatió para liberar su cuello de las garras de Finster.

–Cuatro -dijo Simón, corrigiendo a su compañero mientras jadeaba tratando de llevar aire a sus pulmones.

–Engañado cuatro veces -convino Michael, mientras su voz menguaba a la par que su estado de conciencia. Ensangrentado y magullado, insistió con los dientes apretados-: Lo engañamos para llevarlo a ese club, que en realidad era una iglesia. Ésa es una. – Las palabras no eran más que un susurro-. Lo engañamos con el primer juego de llaves falsas que dejé en su galería. Dos.

–Y con el segundo juego de llaves que arrojó al pozo -añadió Simón.

–Tres -dijo Michael mirando al sacerdote-. Y la número cuatro…

Fínster había llegado a su límite. Nadie jugaba con la muerte, y menos con una muerte particularmente maligna como la que él personificaba. Ya estaba harto de los juegos de aquellos dos hombres; el suyo sería el último juego.

–No hay ningún número cuatro para usted, Michael. Voy a encadenar su alma a mis pies de modo que cada día pueda ser testigo del tormento que provocaré a su esposa.

Finster lanzó a Michael contra la pared; pero esta vez no cayó al suelo, sino que permaneció pegado a la pared como si fuese un cuadro. La sangre le manaba abundantemente de la nariz y de una herida en la cabeza.

Finster extendió la mano izquierda, y el cuchillo de Michael salió de su cinturón. Voló a través de la habitación en línea recta hacia donde estaba Finster y, pocos centímetros antes de llegar, giró y se posó suavemente sobre su mano. Éste hizo girar el mango en su palma, admirando el brillo de la hoja, la forma en que el borde había sido afilado hasta conseguir una punta mortal. Luego volvió a extender la mano izquierda. La camisa de Michael se desgarró y los botones salieron volando por el aire. Su pecho quedó desnudo y completamente expuesto.

Finster se acercó a Michael y sostuvo la hoja del cuchillo delante de sus ojos.

–Usted mismo se quitará la vida.

Michael permaneció en silencio. Sus labios temblaban.

–Yo no puedo hacerlo -dijo Finster en tono despectivo-. Puedo anular su voluntad, llevarlo al borde de la muerte, torturarlo hasta que me implore que lo mate para acabar con su tormento, pero no puedo ir más allá de ese límite. Creo que ha aprendido muy bien ese secreto viendo agonizar a su amigo. – Finster señaló a Simón con el cuchillo-. No puedo cometer el acto final; de modo que usted lo hará por mí. Me entregará las llaves. Luego cogerá el cuchillo y se lo clavará en el corazón. Y, si no está dispuesto a darme las llaves vivo, no tengo ningún problema en quitárselas una vez que haya muerto.

El terror se reflejó en los ojos de Michael. Su cuerpo era incapaz de responder a las órdenes de su mente. Cualquier respuesta que pudiese dar a las amenazas de Finster se había perdido, reemplazada por el miedo: miedo de haberle fallado a Simón, de haberle fallado a su esposa. Y -finalmente lo reconoció- miedo de haberle fallado a Dios.

Finster deslizó la hoja del cuchillo por el pecho desnudo de Michael. La punta descansó sobre el corazón.

Luego le cogió con fuerza la mano izquierda y la atrajo sin esfuerzo hacia sí. Contra su voluntad, los dedos de Michael se abrieron, forzados por una fuerza invisible. Finster le colocó el cuchillo en la mano, y los dedos de Michael se cerraron alrededor del mango. Un hilo de sangre brotó de su pecho en el lugar donde la punta del arma presionaba la piel sobre el corazón. Finster retrocedió unos pasos, admirando a Michael aplastado contra la pared, al borde del suicidio.

Michael luchó con todas sus fuerzas. Su brazo temblaba por el esfuerzo, y el sudor le perlaba la frente, pero no podía apartar el cuchillo de su cuerpo. Aun aplicando toda su fuerza, con los músculos distendidos por la presión, no conseguía detener la voluntad del arma.

Y entonces, sin previo aviso, su brazo salió disparado como una catapulta, la mano que sostenía el cuchillo se arqueó hacia atrás y golpeó con fuerza contra la pared. Por increíble que pareciese, había conseguido recuperar el control de su brazo. Se deslizó lentamente por la pared, perplejo y sin saber por qué. Hasta que miró a Finster, que tenía los ojos fijos en él o, más precisamente, en el bolsillo de su camisa. Su concentración se había roto, desaparecido todo interés en su muerte inmediata. Una sonrisa se dibujó en los labios de Finster. Porque la cruz de

Mary, sostenida por una larga cadena de oro, sobresalía del bolsillo de Michael. Y junto a ella pendían las dos llaves.

Finster extendió la mano para cogerlas.

Michael palideció.

–No puede tocarlas.

–Imbécil -dijo Finster, echándose a reír.

Se inclinó y sacó las llaves del bolsillo de Michael tirando de la fina cadena de oro. Mientras se balanceaban en el aire, Finster sintió que lo invadía la familiar sensación de náusea. Su cuerpo se estremeció al acercar las llaves. Sí, ésas eran las llaves auténticas. Y, a pesar del dolor que lo recorría, sintió una oleada de triunfo.

–Mías -exclamó, con absoluta satisfacción.

Michael se miró el pecho desnudo donde había estado la cruz de Mary.

Ya no estaba. No la había llevado por respeto a Dios sino por respeto a su esposa. Ella había insistido en que lo mantendría a salvo, que lo protegería y lo llevaría de regreso a casa junto a ella. En aquel momento no le había creído. Pero ahora sí.

–Todas suyas -dijo Michael.

Y, con un rápido movimiento, arrancó de la mano de Finster la cadena que sostenía la cruz de Mary -¿y las llaves y la pasó por la cabeza de Finster hasta dejarla colgando de su cuello. Éste trató de impedirlo, pero ya era demasiado tarde: su cerebro estaba aturdido, y su cuerpo debilitado ante la presencia de las llaves auténticas.

Con la cadena alrededor del cuello, las llaves cayeron sobre su pecho.

De las profundidades del mismísimo Infierno brotó un grito atroz. Sacudido por un dolor inenarrable, Finster comenzó a dar vueltas por la habitación chocando contra mesas y sillas hasta que al fin cayó al suelo, donde siguió retorciéndose en una agonía indescriptible. Fuego y sangre rezumaban de su camisa negra mientras las llaves le quemaban la carne, clavadas en su piel.

Michael retrocedió hacia la pared tratando de mantenerse alejado de aquella escena. Simón contemplaba impasible lo que ocurría, testigo al fin de lo que había luchado por conseguir durante tanto tiempo. Y entonces Finster se quedó inmóvil con los ojos en blanco, ni un movimiento, ni un sonido, mientras el humo se elevaba de su pecho quemado. Había mesas y sillas tumbadas por todas partes, y marcas de garras en el suelo, junto a su cuerpo. La vida había abandonado al multimillonario.

Michael miró a Simón. El sacerdote apenas si conseguía conservar el conocimiento. Ambos habían perdido una buena cantidad de sangre, tenían varios huesos rotos y el cuerpo lleno de magulladuras. “Simón debe de estar acostumbrado a esto -pensó Michael-, pero para mí es la primera y última vez.” Se acercó a Finster y miró las llaves incrustadas en su pecho, las quemaduras de su torso. Nadie podría creer lo que acababa de presenciar.

Había visto suficiente para diez vidas. Pero, al final, había conseguido lo que había ido a buscar, más una bonificación: estaba vivo.

Se agachó junto al cuerpo de Finster, y el hedor a carne quemada asaltó sus sentidos. Las llaves aún estaban calientes; las envolvió con un trozo de tela y tiró de ellas. No se movieron. Las dos piezas de metal habían quemado la piel y se habían incrustado en el esternón de Finster. Michael afianzó los pies en el suelo, aferró firmemente las llaves y tiró con todas sus fuerzas.

Los ojos de Finster se abrieron. Michael se quedó paralizado al ver que se ponía de pie y empezaba a dar vueltas, clavándose las manos en el pecho en un desesperado intento de librarse de su sentencia de muerte. Su piel se caía a pedazos cuando hundía los dedos en la carne tratando de apartar las llaves de su cuerpo. Entonces sucedió. Con un último y terrible esfuerzo, Finster cogió la cadena y apartó las llaves de su pecho. Estas salieron despedidas por el aire y cruzaron la habitación hasta caer debajo de una de las mesas.

Finster se lanzó hacia adelante, cogió a Michael del cuello y comenzó a asfixiarlo. Y en lo único que podía pensar él era en esa carne chamuscada que tenía delante de los ojos, con la forma de las llaves marcadas a fuego en el pecho.

–Basta de trucos. – Ahora la voz de Finster era la maldad pura; no quedaban trazas del seductor tono que los magnates de la industria habían llegado a conocer tan bien durante los últimos diez años.

Michael jadeó, mientras la oscuridad invadía su visión periférica. Luchó por reunir los últimos gramos de energía, sólo un impulso final para acabar con aquella locura. Y con su último aliento musitó:

–Cuatro.

Y, extendiendo la mano, arrancó un tapiz de la pared. La escena mostraba a un caballero montado en un caballo negro, que clavaba su lanza en el corazón de un enorme dragón. El tapiz cayó al suelo y dejó al

descubierto un altar oculto en una especie de vestíbulo. Sobre el altar había un único objeto: un crucifijo. Era muy sencillo, hecho de madera y piedra hacía siglos.

Finster abrió unos ojos como platos.

Michael continuó hablando con renovada energía.

–Esta vez no hay nadie que pueda sacarlo de aquí o que lo espere durante mucho tiempo.

Finster cayó en posición fetal, incapaz de controlar el dolor que lo devastaba. Un último pensamiento claro atravesó su mente antes de convertirse en cenizas: su furia lo había cegado. Había estado a punto de vengarse de Aquel que lo había derribado. Se maldijo por haber asumido la forma humana, por haber quedado atrapado en la red de los vicios y placeres humanos. Había caído presa de las flaquezas humanas, adicto a la lujuria y la avaricia que infectan a tanta gente. Las debilidades de su cuerpo eran las que lo habían llevado hasta esa iglesia, aturdiendo sus sentidos y cegándolo ante la verdad. Y ahora, cuando ese caparazón humano se deshacía y el espíritu quedaba sin la protección de la carne, el dolor lo quemaba por dentro como un infierno. Su alma estaba inundada de luz; era como si lo obligaran a mirar el sol, incapaz de apartar los ojos de él. El cuerpo de Finster se encogía y comenzaba a desprender humo, mientras unas llamas pequeñas le lamían la carne.

El caparazón que era August Finster se estaba quemando.

Michael se levantó con esfuerzo y ayudó a Simón a ponerse en pie. Los dos hombres volvieron a poner en orden la pequeña capilla. Empujaron la falsa barra a través de la puerta y trasladaron los bancos que habían apilado en la parte posterior, para volver a colocar las filas ordenadas donde los fieles se reunían a orar. Con mucho cuidado dispusieron otra vez el altar con el cáliz y las velas, preparado para un servicio religioso que nunca tendría lugar.

Simón levantó del suelo el tapiz que representaba la acción del valiente caballero y le pasó un extremo a Michael. Entre ambos lo llevaron a través de la pequeña iglesia y cubrieron lo poco que quedaba del cuerpo de Finster. Simón tendió su extremo sobre los pies. Cuando Michael se inclinó para cubrir la cabeza, una mano le asió la muñeca. La mano estaba negra, chamuscada, más garra que dedos.

Unos ojos que ya nada tenían de tales brillaron desde las sombras del suelo, inyectados en sangre y vengativos, en un rostro que había desaparecido en la nada como ninguna otra cosa que Michael hubiese visto en su vida. Delante de él había un auténtico monstruo, ya no existía la fachada conocida como.August Finster.

La voz no salía de sus labios, y tampoco llegaba a oídos de Simón; resonaba solamente en la cabeza de Michael. Y él sabía que estaba diciendo la verdad. No puedo morir nunca. La voz parecía venir de todas partes. Sin oscuridad no puede haber luz. Michael miró profundamente a los ojos de aquella cosa mientras ésta continuaba hablando. Siempre será así.

Michael apartó los lastimosos dedos de Finster de su muñeca, atravesó la habitación y recogió las llaves. Las sostuvo reverentemente en la mano, pasando las puntas de los dedos sobre el antiguo metal. Al igual que la cruz de Mary, eran objetos con un diseño mínimo, modestos en su simplicidad.

Sin embargo, el poder y la fe que representaban eran mucho mayores que cualquier cosa que Michael pudiera haber imaginado jamás. Para el mundo representaban la fe; para su Mary, la esperanza. Y, para Michael, el amor.

Quitó las dos llaves de la cadena, dejando en ella sólo la cruz de Mary, y se las entregó a Simón. Luego se acercó nuevamente a Finster, que estaba inmóvil, con los crueles ojos completamente abiertos y el humo brotando aún de su cuerpo calcinado, y se agachó junto a él. Con mucho cuidado, Michael colocó la cadena alrededor del cuello del cadáver, y apoyó la cruz en el centro del pecho ennegrecido.

Capítulo 38

Cinco minutos más tarde, dos hombres salieron de la pequeña iglesia.

Había caído la noche, y el bosque parecía vivo a su alrededor: grillos y búhos, ranas y cigarras. La pálida luz de la luna bañaba las copas de los árboles, alumbrando apenas el camino.

Simón había ayudado a Michael a colocar nuevamente el tapiz sobre los restos calcinados de Finster y luego lo habían llevado junto al altar.

Apagaron el fuego que ardía en el hogar y apilaron las mesas y las sillas en un rincón, dejando el lugar tan ordenado como lo habían encontrado.

Michael esperó a que Simón quitase el cartel falso de la cervecería alemana que habían montado precipitadamente, y recuperaron el cartel