Los ladrones del cielo
Capítulo 22
Mary seguía pensando en sus votos matrimoniales. Los había repetido una y otra vez mientras juzgaban a Michael: “En lo bueno y en lo malo, en lo bueno y en lo malo”. La habían acompañado día y noche, mientras se decía que Michael y ella estaban deshaciéndose primero de los malos tiempos. Y habían sobrevivido a ello. Ahora, por supuesto, era “en la salud y en la enfermedad”, algo que habitualmente llegaba mucho más tarde en la vida. Pero no para ellos. Todos sus votos se estaban poniendo a prueba demasiado pronto.
–He tenido unos sueños horribles -le dijo Mary a su amiga-. Estoy aterrada, Jeannie. No dejo de pensar que Michael no volverá.
–Si Paul ha dicho que va a traer a Michael a casa, lo traerá a casa.
Naturalmente, es posible que hagan un alto en el camino para jugar al golf, pero volverán.
Mary sonrió, pero por dentro seguía asustada. Michael tenía problemas, estaba segura de eso, y en lo único que podía pensar era…
“Hasta que la muerte nos separe”.
Capítulo 22
Fuera de la pequeña iglesia de piedra, la calle estaba relativamente desierta y silenciosa. Mientras Michael miraba a través de uno de los vitrales, se alegró de ese golpe de suerte. Solo en ese lugar silencioso que olía a incienso y cera, no pudo menos que recordar una época en la que todo eso significaba algo para él. Cuando podía recitar la misa como si fuese algo salido de su manual de fútbol americano del instituto, y pronunciar las plegarias del padre Damico, el viejo sacerdote encorvado que sentía debilidad por los ñoquis y el licor de anís. Hubo una época en que la iglesia parroquial le proporcionaba a Michael una sensación de alivio, de consuelo, de tener un lugar al que siempre podía acudir a rezar, a pedir un favor o ayuda, o simplemente a hablar. Allí había hablado con Dios. Y El lo había escuchado. Cuando era pequeño, Michael habría podido jurar que Él incluso le había contestado. Había sido su pequeño milagro privado.
Pero, al hacerse algo mayor, descubrió que Dios ya no lo escuchaba como antes; de hecho, por lo que había podido ver, no escuchaba nada.
Cuando Michael salió al mundo y pudo verlo tal como era en realidad, se sintió traicionado: nunca había experimentado ningún milagro. Lo que
había tomado por la voz de Dios no era más que su subconsciencia, que le daba respuestas que en el fondo ya conocía.
Todo lo que le habían enseñado de niño, todo aquello en lo que había creído mientras crecía, era una mentira, como esos titanes de la mitología griega o las fábulas escandinavas que hablaban de Thor y Odín. Dios no era más que otro cuento de hadas al que se aferraban las gentes temerosas en tiempos de necesidad, porque les proporcionaba un ancla falsa a la que cogerse, porque les explicaba falsamente lo inexplicable. Toda la pompa y las ceremonias, todas las actitudes santurronas de esos sacerdotes más papistas que el papa se habían convertido para él en la esencia misma de la hipocresía. No eran más que la manifestación de la mentira, y perpetuaban un mito cruel como todos los demás mitos en un mundo indiferente. Todo el mundo estaba convencido de que su Dios era el verdadero, de que ellos eran los probos y justos, los únicos seres en el planeta que encontrarían la paz y el consuelo después de la muerte.
Pero entonces había conocido a Mary y había aceptado sus creencias, sin atreverse nunca a confesarle sus verdaderos sentimientos. Estaba enamorado de ella y, bueno, son cosas que se hacen por amor. Se sentaba en un banco todas las semanas durante la misa, no para rezar sino para pensar, para reflexionar en Mary y en la vida, en los hijos y el trabajo. Cumplía con el rito que tan bien había aprendido cuando era niño, y se guardaba sus opiniones para sí. Pero cuando se enteró del diagnóstico de Mary ya no pudo seguir fingiendo. Tenía razón: Dios no existía.
Y, sin embargo, allí estaba, en una iglesia, escapando de algo o de alguien que no era capaz de explicar. Buscó la cruz de Mary y la acarició.
No sintió nada espiritual en ello, pero sí la sintió a ella. La pequeña alhaja de oro era de Mary y ella le había pedido que la usara, le había rogado que nunca se la quitase. Y no lo haría, no porque creyese en lo que significaba la cruz, sino por lo que significaba el collar. Era de Mary. Y quizá lo protegiera, no por ningún significado divino, sino porque le recordaría por qué estaba allí, en Alemania, escondido en esa iglesia: por amor. No por lo que él creía, sino por lo que Mary creía.
Mediodía. Durante la mañana habían acudido unos pocos fieles, que habían encendido velas y se habían arrodillado en muda plegaria. Michael se dirigió a la parte trasera del altar y vio un rótulo de neón rojo que indicaba la salida; le pareció completamente incongruente en ese santuario
de doscientos años de antigüedad. Abrió lentamente la puerta. No había nadie. Comenzó a bajar la escalera.
En la esquina vio a un hombre que vendía refrescos y galletas saladas; ya habían pasado diez horas desde que había comido su última bolsa de cacahuetes en el avión. Tenía hambre y sed y estaba cansado. El sueño podía esperar, pero no su estómago. Un breve paseo de una manzana no sería peligroso.
Pero no consiguió siquiera cruzar la calle. Una docena de coches de policía frenaron delante de él con un chirrido de neumáticos, y descendieron un montón de agentes de gatillo rápido -Polizei- dé todos los tamaños y formas. Lo rodearon profiriendo gritos en alemán y agitando sus SIG-Saver de 9 mm. Michael no necesitaba un intérprete; tenía bastante claro lo que querían. Alzó las manos en señal de rendición.
El hotel Friedenberg daba a la Tiergarten Platz. Se trataba de un edificio de sesenta años, que había quedado abandonado en 1961: la construcción del Muro de Berlín había significado la quiebra del hotel. El Omega Group lo había comprado en los noventa y había gastado cerca de diez millones de dólares en restaurarlo. No era un hotel lujoso, pero sí agradable: habitaciones espaciosas, una gran piscina, gimnasio y servicio de habitaciones. Los minibares estaban provistos de bebidas alcohólicas, cacahuetes y esas pequeñas botellas de Coca-Cola de cinco dólares que uno acaba abriendo a las tres de la mañana, para luego arrepentirse de haberlo hecho cuando llega el momento de pagar la cuenta.
La suite de clase ejecutiva estaba dividida en dos zonas: un área de descanso y otra de trabajo. Había dos camas dobles al fondo de la habitación, mientras que cerca de la puerta había una pequeña mesa de conferencias, un escritorio y una zona de estar. La habitación estaba decorada con buen gusto, pero nadie recordaría los motivos de hojas marrones, verdes y amarillas cuatro minutos después de haberse marchado de ella.
–¿Michael? – llamó Simón mientras dejaba cinco grandes bolsas de lona y un maletín encima de la cama; la propina doble apenas si había compensado al botones por su espalda dolorida.
Simón abrió las persianas y aprovechó para disfrutar un momento del sol en el rostro. Comprobó el teléfono: ninguna luz intermitente, ningún mensaje. Cogió el maletín de encima de la cama, se sentó junto al escritorio
y sacó de su interior los planos de la casa de Finster que Michael había dibujado durante el vuelo. Simón apenas si podía fijar la vista en el papel.
Tras casi veinticuatro horas sin dormir estaba; completamente exhausto, pero aún tenía mucho trabajo por delante; si no podía permanecer con todos los sentidos alertas, fracasaría. Sería su primer fracaso, y en su trabajo sólo se fracasaba una vez. Pero, en esta ocasión, no sería el único en sufrir las terribles consecuencias de su fracaso.
Reflexionó un momento antes de decidirse. ¿Estudiar los planos?
¿Deshacer el equipaje? ¿Dormir? Haría todo eso, pero no necesariamente en ese orden.
Después de haber comprado todas las cruces en aquella pequeña tienda de objetos religiosos, Simón había encontrado Stingline's exactamente donde la amable anciana le había indicado. Había frecuentado ese lugar hacía varios años, cuando necesitaba «cierto» equipo, y ahora volvía a necesitarlo. Stingline's no era una armería más: era «la» armería, la clase de tienda de venta de armas a la que uno acude cuando el resto de las armerías no pueden o no quieren vender algo. Las vitrinas estaban llenas de fusiles de caza, arcos y flechas y, para los aspirantes a militares, trajes de faena. El material verdaderamente importante, sin embargo, no estaba a la vista. Herr Stingline era un ex miembro del Ejército Rojo, el Baader-Meinhof, o el IRA, según con quién estuviese hablando. Se decía que tenía cincuenta y dos años, pero Simón -que siempre investigaba a fondo a toda persona con quien iba a tratar- sabía que tenía sesenta y ocho. De cualquier modo, ya fuese que Stingline tuviese cincuenta y dos, sesenta y ocho u ochenta y cinco años, ese hombre era capaz de arrancarle los pulmones a uno antes de que hubiese tenido siquiera la posibilidad de respirar. El alemán hablaba con voz suave y era extrañamente lampiño. La fiebre lo había dejado sin pelo a los ocho años, y las burlas que había sufrido lo habían convertido en un matón peligroso a los nueve. Había estado operando desde 1986, lo que significaba que había llegado a alguna especie de trato con el antiguo gobierno de Alemania Oriental y los encargados de aplicar la ley, la Stasi.
La Stasi era la policía secreta, la versión del KGB en la Alemania comunista, que metía las narices en la vida de todo el mundo. No era que la privacidad fuera poco importante en la ex República Democrática Alemana: simplemente no existía. Eso significaba que el gobierno conocía las operaciones de Stingline y que incluso las encargaba. Pero desde que Simón
lo conocía, justo después de la caída del Muro de Berlín, el viejo nunca había sido un soplón.
Simón no le preguntó cómo lo había conseguido, pero Stingline había completado su lista de la compra en menos de quince minutos: cuatro radios manos libres; cuatro pistolas Glock de 9 mm con silenciadores a medida; cincuenta cajas de municiones; dos PDW Heckler Koch que disparaban dieciocho proyectiles por segundo; dos fusiles de francotirador Galil israelíes; cuatro miras nocturnas montadas en el cabezal; cuatro cuchillos Bowie; seis granadas de fragmentación, y una caja de barritas energéticas.
Simón siempre compraba todo de dos en dos o de cuatro en cuatro y siempre pagaba en euros, la divisa más difícil de rastrear por el momento.
Abandonó la tienda de Stingline con todo lo que necesitaba sin que mediara pregunta o respuesta alguna.
El golpe en la puerta lo devolvió a la realidad.
–¿Si?
Se dirigió rápidamente a las bolsas que había dejado encima de la cama.
–Servicio de habitaciones.
Simón sacó una de las Glock y una caja de municiones sin tiempo para examinar la pistola; simplemente metió un par de proyectiles en el cargador y rezó. Pegándose a la pared, avanzó cautelosamente hacia la puerta. No se molestó en mirar por la mirilla: no tenía sentido colocar su ojo en una diana.
Abrió rápidamente la puerta para revelar la presencia de…
Un ayudante de camarero con un carrito de comida. El chico no podía tener más de diecinueve años, y la gruesa capa de Clearasil apenas alcanzaba a ocultar el acné.
–Es costumbre del hotel ofrecer a cada nuevo huésped un carrito de cortesía de comida y bebidas -dijo él chico con un marcado acento alemán.
Movió nerviosamente las manos en el carrito metálico, y las palmas húmedas dejaron sus huellas en él.
Simón lo miró mientras deslizaba la pistola detrás de la espalda y la aseguraba en la cintura. Le indicó que pasara, dejando la puerta abierta.
–Lo siento, estoy un poco cansado. Esto no era necesario.
–Una selección de vinos y quesos para que la disfrute, señor.
El ayudante de camarero empujó el carrito dentro de la habitación, y dejó al descubierto una selección de quesos blandos y duros, salchichas ahumadas, frutas y dos botellas de vino tinto de una excelente cosecha,
como comprobó Simón. Quizá no le viniera mal una copa después de que hubiese deshecho el equipaje; al menos podría ayudarlo a conciliar el sueño.
–¿Quiere que abra una botella de vino?
El muchacho sonrió, encantado de que Simón entendiera su inglés.
–No, está bien. Aún tengo que hacer algunas cosas, yo puedo encargarme de eso.
Simón le dio al muchacho un par de euros y lo acompañó a la puerta.
Y fue entonces cuando sucedió. La puerta se cerró de golpe. Los postigos también. Las persianas cayeron con estrépito, y la habitación quedó sumida instantáneamente en la oscuridad. Simón miró a su alrededor y maldijo sus ojos, mientras trataba de forzar la vista para adaptarlos a la ausencia de luz. Se agachó y rodó alejándose del lugar donde había visto al ayudante de camarero por última vez. Sin saber a ciencia cierta si alguien más había entrado en la habitación, contuvo la respiración y se esforzó por percibir algo. ¿Cuántos tíos había allí? Aguzó los oídos; no se oía ningún movimiento. Sus pupilas se agrandaron lentamente y comenzaron a aparecer imágenes oscuras: la mesa de conferencias, el sofá… Al otro lado de la habitación, cerca del escritorio, un hilo de luz se filtró a través de los postigos. Protegido por las sombras, el ayudante de camarero lo miraba como si la habitación estuviese iluminada con bombillas de doscientos vatios. El muchacho sabía exactamente dónde estaba Simón, pero no hizo ningún movimiento.
Pasaron los segundos, largos como horas, y ninguno de los dos decía nada. Simón empezó a distinguir nuevas formas a su alrededor; veía lo suficiente para moverse con libertad, lo suficiente para ver el rostro del muchacho. Y, de pronto, como si las luces y las sombras estuviesen jugándole una mala pasada, vio el rostro de Finster.
Los reflejos se activaron. Simón disparó los dos proyectiles, vaciando el cargador, y alcanzó a Finster de lleno en el ojo izquierdo.
Simón se irguió y retrocedió unos pasos. Finster estaba sangrando. La sangre manaba a borbotones del ojo y caía profusamente por las mejillas.
Sin embargo, el alemán seguía de pie, inmóvil en medio de la habitación.
Y, con un movimiento casi indiferente, Finster se llevó una mano al ojo.
Metió los dedos en la herida y sacó primero un proyectil y luego el otro de su cuenca vaciada. Donde antes había un ojo que miraba a Simón, ahora no
había más que carne desgarrada y huesos astillados, una grieta bañada en sangre. Un fluido opaco flotaba en la carne ensangrentada y, en medio de él, la pupila aún reaccionaba ante la luz. El proyectil debía de haber traspasado limpiamente el cerebro, pero Finster seguía en pie.
Simón observó cómo el hombre herido colocaba los dos proyectiles de 9
mm encima de la mesa de conferencias y los empujaba hacia él.
–Por favor -dijo Finster amablemente-. Puedes quedártelos.
Se oyó una especie de suave retumbo. Era un sonido húmedo, nauseabundo, un sonido de roce de carne contra carne que procedía del interior de Finster. Era su ojo, que se estaba volviendo a formar, y Finster actuaba como si se tratase de un hecho normal, como el pelo que volvía a crecer en una cabeza completamente calva o el miembro amputado de un tritón que se regeneraba.
Y, de pronto, estuvo completo. Sus dos ojos nuevamente fijos en Simón, sin pestañear, sin moverse, siempre aterradores.
–¿Cómo van esos secretos, Simón?
La pistola descargada salió volando de la mano de Simón, apartada con violencia por alguna fuerza invisible. El poder estaba en todas partes, llenaba toda la habitación; Simón podía sentir cómo crecía, aplastándolo como si fuese una descarga eléctrica de máximo voltaje. Miró desesperadamente hacia su bolsa, la azul, la que contenía las cruces.
Debería haber deshecho el equipaje primero…
–Tienes razón. Deberías haber deshecho el equipaje primero -dijo Finster, como si le estuviese leyendo la mente- en lugar de perder la concentración.
–No tendrás mi…
–¿Alma? – lo interrumpió Finster, echándose a reír-. Pero si ya la tengo, Simón. Tú perdiste tu alma hace mucho tiempo. Aquellos hombres encorvados sobre la biblia que se daban golpes en el pecho, con alzacuellos blancos, ni siquiera llegaron a ofrecer la absolución a alguien como tú. –
Levantó un dedo como si compartiese algo precioso-. Te daré una pequeña pista, Simón, amigo mío, una especie de secreto profesional: tienes que estar arrepentido de tus pecados para que te perdonen…
»Pero me estoy yendo por las ramas; no es ésa la razón de mi presencia aquí. Tu alma no es el premio que busco. Mi reino está casi lleno con las
lastimeras almas de este mundo. Estoy volviendo al lugar de donde vine.
Regreso a casa.
Simón se lanzó sobre Finster y descargó una lluvia de golpes sobre su cuerpo y su rostro. Finster apartó la cara y, cuando se volvió de nuevo, era un hombre mayor con la ropa hecha jirones, las muñecas sangrando. Unas grotescas cicatrices blancas le cubrían el rostro, algunas apenas curadas.
Simón interrumpió bruscamente el castigo y se apartó del anciano con una expresión de temor. Le faltaba el aire, como si un puño gigantesco lo hubiese golpeado.
–Imploré tu perdón, Simón. No sabía en qué me había convertido, mi mente desvariaba cuando ataqué a tu madre. Ella me perdonó, ¿por qué no puedes hacerlo tú? ¿Por qué un hijo no puede perdonar a un padre?
Simón cerró los puños y volvió a descargar una lluvia de golpes sobre el anciano.
–Violaste a mi madre; le robaste la vida. Me dejaste solo. No eres más que un mal sueño, una terrible pesadilla.
Y, súbitamente, sin advertencia previa, el anciano se esfumó debajo de sus puños. En el lugar donde había estado hacía unos instantes había ahora una mujer de pelo negro, cubierta con un largo vestido también negro; su piel de alabastro brillaba a través de la tela y las cicatrices eran completamente visibles. La mujer cayó hacia atrás, indefensa ante sus golpes.
–Hijo, por favor… -imploró.
Un temblor helado recorrió a Simón al comprender que había golpeado a su madre y arrojado brutalmente al suelo su cuerpo baldado.
–Tu corazón es frío, Simón -dijo ella-. Debes unirte a nosotros, formar una familia otra vez. – Cogió el arma de Simón y la sostuvo en la mano-.
Me iré dentro de un instante, hijo mío. Ven conmigo.
En su palma izquierda había un único y brillante proyectil.
Con la mente hecha un torbellino, Simón cayó de rodillas, mirando fijamente a su madre, a la pistola que sostenía en la mano. Su madre, que le había enseñado a ser fuerte, le estaba diciendo que había llegado el momento de parar, de rendirse, de seguir los mismos pasos que ella y quitarse la vida. Pero entonces alzó la vista, la miró directamente a los ojos y, mientras lo hacía, le quitó la pistola de su pálida mano. Los ojos llenos de lágrimas de Simón destilaban un profundo odio.
–Todo lo que dices es mentira. Te detendremos.
La figura que estaba delante de él comenzó entonces a oscilar; la imagen alternaba entre su atormentada madre y su monstruoso padre, como una fotografía que intentara quedar enfocada. Pero los ojos no cambiaron en ningún momento: permanecieron inertes, helados… malvados.
–No pudiste detenerme antes. ¿Qué te hace pensar que podrás conseguirlo ahora?-mascullaron los labios de su padre.
Y, dicho esto, Simón fue lanzado contra la pared. El anciano desapareció, y Finster ocupó nuevamente su lugar. Simón estaba suspendido a medio metro del suelo, el rostro distorsionado por el miedo. Debajo de su piel comenzaron a formarse diminutas erupciones, como burbujas en un recipiente de agua a punto de hervir. Su carne comenzó a levantarse, a retorcerse. Y las pequeñas burbujas siguieron aumentando de tamaño por debajo de la piel. Simón gritó dentro de su cabeza, pero se negó a darle a Finster la satisfacción de oírlo gritar a voz en cuello.
Finster cogió la pistola, la examinó y luego se acercó a él.
–¿Crees que será difícil encontrar el alma de tu madre? – Palpó las burbujas que crecían bajo la piel de Simón, fascinado al parecer con su propia obra. Estudió más detenidamente la pistola, sopesándola en la mano, sintiendo su poder mortífero-. Me encantan los juguetes. – Alzó la Glock apuntando a Simón… pero luego pareció pensarlo mejor e, inclinándose hacia él, le susurró al oído en un tono suave y paternal- Regresaré al Cielo del que fui expulsado. ¿Por qué limitarme a conquistar el mundo cuando puedo dirigir la eternidad?
Simón se irguió súbitamente en el escritorio, con el corazón golpeándole el pecho y el sudor perlándole la frente. Las persianas estaban abiertas, la noche había caído sobre la ciudad. Miró a su alrededor. Sus bolsas seguían encima de la cama, cerradas. Su rostro estaba intacto.
–¿Michael? – llamó.
Miró su reloj: las ocho y media. No recordaba haberse quedado dormido. Le dolía el cuello por la posición en que había estado durante horas. Se levantó; su cuerpo protestó por su sueño agitado y el largo viaje en avión. Abrió la puerta del minibar. Sólo había media docena de esos botellines de whisky, insuficiente para matar a una rata. Levantó el auricular del teléfono.
–Servicio de habitaciones -contestó una voz-. ¿En qué podemos ayudarlo?
–Necesito una botella de whisky. Jack Daniel's. Y un poco de hielo.
–Ahora mismo, señor. ¿Las bandejas de queso fueron de su agrado, señor?
Simón miró el carrito del servicio de habitaciones. Las botellas de vino estaban sin abrir y la comida, intacta.
–Sí, muy sabroso. Colgó sin dejar de mirar el carrito. Se pasó las manos por la cara: ni magulladuras ni heridas. Sí, sus sueños estaban empeorando.
Pero luego volvió la cabeza y su corazón dio un vuelco. Abrió una de las bolsas y sacó las cajas de municiones: todas cerradas. No había sido más que un mal sueño, una terrible pesadilla. ¿Pero cómo explicaba entonces lo que había encima de la mesa? Allí, en el borde de la mesa, había dos proyectiles de 9 mm aplastados.
OceanofPDF.com