Los ladrones del cielo

Richard Doetsch · Capítulo 3 de 39

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Los ladrones del cielo

Capítulo 2

Michael continuó pasando las páginas del documento legal, firmando en cada una de ellas sin mirar su contenido; ya sabía cuál era su propósito. Al llegar a la última página, las juntó, las acomodó con cuidado y empujó la pequeña pila hacia Busch.

–¿Puedo hacerte una pregunta?

–Lo que quieras -dijo Busch, sirviéndose otro trago.

Michael lo pensó un momento.

–¿Alguno de los que han estado aquí lo sabe?

–Tío, ya te lo he dicho, no te invité por esto. – Busch señaló los documentos que había encima de la mesa-. Nuestra amistad no es un pasatiempo. Habitualmente es el beso de la muerte, pero ¿qué es la vida sin un poco de riesgo? Pat Garrett era amigo de Billy el Niño. Además, ¿quién más querría ser tu amigo? – Bebió el whisky de un trago-. Pero tengo que ser sincero contigo. Eres guapo, pero creo que Mary tiene un trasero mucho más hermoso que el tuyo.

Busch sonrió y soltó un eructo. Levantándose de la silla, rodeó los hombros de Michael con un brazo grueso como un tronco y ambos salieron de la cocina.

Al día siguiente, como había estado haciendo durante los últimos veinticuatro meses, Busch rellenaría los formularios que Michael acababa de firmar: una copia para los juzgados, una copia para su comandante y una copia para sus archivos. Eran documentos oficiales, con el emblema estatal en la parte superior. En grandes letras mayúsculas, el encabezamiento decía: JUNTA DE LIBERTAD CONDICIONAL. ESTADO DE NUEVA YORK.

Capítulo 2

Michael se inclinó sobre el escritorio que había en el área dedicada a las reparaciones, en su tienda de seguridad y alarmas. Safe Sound4 era un lugar escrupulosamente ordenado. En la pared cubierta con el tablero agujereado se alineaban una extensa variedad de componentes electrónicos; monitores de seguridad, interruptores y paneles de control llenaban las estanterías.

Contra la pared posterior había varios escritorios vacíos, en previsión de futuros éxitos; pero por el momento Michael trabajaba solo. En la parte delantera del local había una sala de exposiciones con modernos artilugios que podían satisfacer cualquier necesidad imaginable relacionada con la

seguridad: cámaras en miniatura, chalecos antibalas, chismes para escuchas clandestinas, relojes especiales, detectores de mentiras, cajas de seguridad ocultas. La mayoría de estos artículos permanecían sin vender; la instalación de sistemas de seguridad era lo que realmente mantenía el negocio en funcionamiento, y era en ese campo donde destacaba el talento de Michael. Allí, en su tienda, Michael se sentía en su elemento. No era mucho, pero lo había levantado prácticamente de la nada; aunque aún dependían del cheque semanal de Mary, él estaba convencido de que, algún día, ganaría suficiente dinero para que ella dejara de trabajar y pudieran formar una familia.

Un tipo cruzó la puerta de la tienda sin que Michael lo advirtiese. El recién llegado era un hombre bien parecido que ya había superado los sesenta años. Llevaba la melena blanca recogida en una coleta, y unas cejas oscuras enmarcaban sus ojos castaños. Vestido con un largo impermeable negro sobre un elegante traje de corte europeo, el desconocido olía a rico.

Cuando Michael se irguió y vio al hombre a unos pasos de él, se sobresaltó.

–¡Dios santo!

El hombre dejó escapar una risita.

–No. – Su voz tenía un ligero acento alemán-. Difícilmente. Pero le agradezco la comparación. No pretendía asustarlo.

La cálida sonrisa del desconocido transmitía confianza y encanto. Sin duda era un maestro en el arte de la seducción.

4. Sano y salvo. (N. del t.)

–Está cerrado -dijo Michael.

Se produjo una pausa incómoda entre ambos.

–Lamento mucho importunarlo.

Michael buscó en el estante superior y cogió un juego de fotocopias.

–Disculpe, pero tengo un poco de prisa -dijo.

–Seré breve. – El desconocido le entregó a Michael su tarjeta-. Creo que podríamos ayudarnos mutuamente. – Recorrió el local, mirando, evaluando-. Yo podría ayudarlo a resolver sus problemas y usted podría ayudarme a resolver los míos.

–¿Problemas? Lo siento, señor… -Michael echó un vistazo al nombre que figuraba en la tarjeta- Finster. – Guardó la tarjeta en un bolsillo. De un cajón sacó un sobre en el que se leía «Oferta» y lo guardó, junto con las

fotocopias, dentro de un maletín. Después de enganchar el llavero al cinturón, miró directamente al hombre- Yo no tengo ningún problema -dijo sucintamente, y salió de la tienda seguido por su extraño visitante.

Tras conectar la alarma, Michael bajó la persiana de seguridad, la cerró con llave y echó a andar en dirección al aparcamiento del pequeño centro comercial. Finster caminaba un paso por detrás de él.

Ambos caminaron en silencio durante unos metros.

–Podría compensarlo muy…

Michael alzó las manos y se detuvo. Sabía exactamente adonde los llevaría esa conversación.

–¿Qué, lo leyó en los periódicos? ¿Es usted una especie de admirador o algo por el estilo? – Meneó la cabeza-. Ahora me dedico a otra cosa.

–Las circunstancias cambian -dijo Finster.

–No las mías.

Michael no podría haber sido más tajante mientras se alejaba por el aparcamiento.

–Llámeme si cambian. Eso es todo lo que le pido. – Finster se quedó mirando mientras Michael se acercaba a su coche. Al ver a Mary, que estaba sentada en el asiento delantero y había observado su breve intercambio de palabras, le sonrió-. Por favor, no pierda esa tarjeta -dijo con tono alegre.

–No espere mi llamada -contestó Michael, sin molestarse en volver la cabeza.

Mary miró a Michael y a Finster con una expresión de curiosidad.

Luego sonrió e hizo un breve gesto con la cabeza en dirección al elegante desconocido.

Finster le devolvió el saludo mientras los Saint Pierre abandonaban el aparcamiento.

La puerta se abrió a un apartamento modesto pero agradable. No había nada lujoso en los dos ambientes, pero Mary lo había convertido en un lugar cálido y acogedor. El tercer piso de un edificio de apartamentos de clase media se ajustaba muy bien a sus necesidades. Cuando Michael y Mary entraron en la sala de estar, un enorme y baboso perro bernés se abalanzó sobre él.

–¡Eh, Hawk! ¿Has impedido que entraran los tipos malos?

Michael cayó al suelo y rodó junto con el perro negro, marrón y blanco como si fuesen dos crios, sin que pudiera saberse cuál de los dos era el amo y sin que realmente les importara.

–Tengo que sacarlo -le dijo Michael a Mary.

–¿Vienes a la cama? – preguntó ella con una nota de optimismo.

–Dentro de un rato. Aún tengo que acabar unas cosas.

Michael ni siquiera miró a su esposa mientras cogía la correa de Hawk de la mesa del vestíbulo.

–No tardes mucho, ¿de acuerdo?

Pero Mary sabía que sus palabras caían en oídos sordos.

Michael estuvo de regreso en el apartamento quince minutos más tarde.

El paseo les había hecho bien a ambos.

–Michael… -llamó Mary desde el dormitorio.

No hubo respuesta.

–¿Mary?

Michael entró en la habitación, que se hallaba completamente a oscuras; ni siquiera podía ver su mano delante de los ojos. Todo estaba tranquilo y en silencio.

–¿Mary? – Intentó encender la luz, pero no pasó nada; la bombilla debía de haberse fundido-. Vamos, Mary, déjate ya de tonterías.

Entró en el cuarto de baño: nada. Probó el interruptor de la luz otra vez.

Sin éxito.

–Muy bien, esto no es divertido.

La puerta del dormitorio se cerró de golpe.

Michael se agachó respondiendo a un reflejo; si antes no había estado en guardia, ahora lo estaba. El instinto se hizo cargo de la situación. Ya habían pasado más de cinco años, pero la memoria muscular permanecía, sus aguzados sentidos seguían intactos. Retrocedió un paso y alguien saltó sobre él. Su corazón dio un vuelco y estuvo a punto de lanzar un puñetazo, pero se contuvo instintivamente. La figura lo hizo girar, lo arrojó sobre la cama y se lanzó encima de él… Y le abrió con fuerza la camisa, haciendo que los botones saltasen por todas partes.

El susto de Michael desapareció cuando Mary susurró en su oído:

–Olvidaste besarme.

Tendida entre un montón de almohadas y una confusión de sábanas, Mary acariciaba a su gato, mientras Michael se ponía los calzoncillos. Era

el momento después y eso se podía ver en sus ojos: a pesar de la tensión anterior, estas dos personas seguían enamoradas… como lo estaban seis años y medio antes, cuando se habían conocido.

Ella tenía entonces veinticuatro años y estaba acabando sus estudios de Magisterio. Le habían ofrecido un puesto de profesora en el importante Instituto Wilby de Greenwich, en Connecticut, uno de los mejores institutos del país. Aunque Michael era ocho años mayor que ella, desde el instante en que sus miradas se cruzaron saltaron chispas entre ellos.

El encuentro fue completamente azaroso. Mary había retrocedido con su coche y había chocado contra el de Michael, y así comenzaron los fuegos artificiales. Fue un momento apasionado, aunque nada romántico.

Estuvieron discutiendo durante veinte minutos sobre quién había sido el culpable de la colisión, intercambiando agresiones verbales, mientras ambos se negaban a dar su brazo a torcer, y también a admitir voluntariamente la derrota. Ninguno de los coches había sufrido daños, pero ésa no era la cuestión. Lo más divertido de aquella situación era que ninguno de los dos recordaba haberse peleado con nadie de aquella manera en veinte años. Ambos eran reconocidos pacifistas, de los que apaciguaban las discusiones de los demás. Pero no ese día. Aquello era la guerra. Incluso el policía que se detuvo un momento para terciar en la discusión acabó por marcharse después de haberlos amenazado con arrestarlos. De hecho, ese policía fue el primero en saberlo: aquellos dos estaban hechos el uno para el otro. La pelea se encontraba en su punto álgido cuando, movido por la exasperación, Michael dijo que aceptaría olvidarse del asunto con una condición. Eso, naturalmente, suscitó otra acalorada discusión, pero cinco minutos después Mary se rindió. Una cena. Michael era incapaz de imaginarse por qué diablos se lo había pedido; había sido uno de esos impulsos espontáneos. Y, hasta el presente, Mary no podía imaginar por qué razón había aceptado la invitación. Nadie había provocado nunca su temperamento irlandés como ese hombre.

Después de un cortejo de un par de meses se escaparon a las islas Vírgenes, donde, descalzos en la arena y con el sol ocultándose en el horizonte a sus espaldas, los casó un sacerdote local. No hubo necesidad de flores, amigos ni marcha nupcial. Para ellos fue la ceremonia perfecta, porque cada uno había encontrado a su pareja perfecta. Los testigos que participaron en calidad de dama de honor y padrino fueron una pareja de