Los ladrones del cielo

Richard Doetsch · Capítulo 39 de 39

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Los ladrones del cielo

Capítulo 45

Michael intentaba encontrar una rutina, algo que le proporcionara alguna clase de estructura a su vida, que lo ayudase a llenar el vacío.

Trabajo y fútbol infantil. Eso era todo lo que podía hacer por el momento, pero era un comienzo.

Aunque las llaves de oro y plata habían sido devueltas y había sido testigo de algunos hechos que jamás pondría explicar, aún albergaba dudas que lo acosaban día y noche.

La cuestión del más allá.

Esa in certeza le carcomía el corazón, y necesitaba desesperadamente una respuesta: las divagaciones de su mente lo habían destrozado la semana anterior, y no quería ni imaginar lo que podría suceder con el paso de los años.

Llevaba nueve horas durmiendo sin mover un solo músculo, lo máximo que había dormido en meses, cuando Mary entró silenciosamente en la habitación; su pelo nuevamente convertido en una gloriosa cabellera, su piel como el alabastro, sus ojos verdemar llenos de luz. Permaneció junto al sillón mirando a Michael, sonriendo ante su forma dormida. Luego se sentó ante el escritorio y abrió con cuidado el cajón; su mano desapareció en su interior buscando algo que al fin sacó. Miró con ojos brillantes las fotografías que se alineaban en las estanterías, deleitándose con los recuerdos, mientras la envolvía la felicidad.

Colocó el objeto en la pared -el clavo aún estaba allí- y retrocedió para admirarlo. El sencillo crucifijo colgaba de la pared en toda su simpleza, en todo su significado.

Regresó junto a Michael, se inclinó sobre él y lo besó con suavidad.

Los ojos de Michael se abrieron como si supiera que ella estaba allí y, por un instante, compartieron una sonrisa cálida e íntima hasta que los primeros rayos del sol se filtraron en la habitación y ella se disolvió en los haces de luz.

Michael estiró el cuerpo, completamente despierto, y C. J. saltó de su regazo al sillón. Michael se levantó y se acercó a la pared.

Enderezó el crucifijo y sonrió.

… porque supo que ella estaba en paz. Y su pregunta había sido respondida con un milagro.

Capítulo 45

En el corazón de la Selva Negra, en una región muy poco frecuentada, hay una zona celosamente protegida dentro de los límites de un monasterio abandonado en tiempos remotos. Cinco miembros de la Guardia Suiza enviados por el Vaticano protegen el lugar de forma permanente. Mezclados con los monjes, los hermanos y los sacerdotes, estos soldados no están obligados a llevar sus tradicionales uniformes azules, marrones y amarillos.

Están allí para proteger una estatua esculpida hace quinientos años. O, más precisamente, protegen la tumba que hay debajo de ella.

Es el único lugar en el mundo donde se encuentra la Guardia Suiza fuera del Vaticano.

Fin

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30/12/2009

LRS to LRF parser v.0.9; Mikhail Sharonov, 2006; msh-tools.com/ebook/

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  • Prólogo
  • Capítulo 1
  • Capítulo 2
  • Capítulo 3
  • Capítulo 4
  • Capítulo 5
  • Capítulo 6
  • M.
  • Capítulo 7
  • Capítulo 8
  • Capítulo 9
  • Capítulo 10
  • Capítulo 11
  • Capítulo 12
  • Capítulo 13
  • Capítulo 14
  • Capítulo 15
  • Capítulo 16
  • Capítulo 17
  • Capítulo 18
  • Capítulo 19
  • Capítulo 20
  • Capítulo 21
  • Capítulo 22
  • Capítulo 23
  • Capítulo 24
  • Capítulo 25
  • Capítulo 26
  • Capítulo 27
  • Capítulo 28
  • Capítulo 29
  • Capítulo 30
  • Capítulo 31
  • Capítulo 32
  • Capítulo 33
  • Capítulo 34
  • Capítulo 35
  • CAPILLA DEL SANTO REDENTOR
  • Capítulo 45

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