Los ladrones del cielo
Capítulo 29
impulsado por un deseo personal que Finster no había visto nunca antes en su asesino privado. Y eso le estaba enturbiando la mente, entorpecía sus habilidades. Finster percibía un fracaso momentáneo en Thal. En el pasado nunca había puesto en duda su eficacia, pero ahora sí. El trabajo que le había encargado ya tendría que estar terminado y él debería haber recibido la noticia. No tenía importancia; tal vez su confianza en Thal se hubiera visto sacudida, pero aún existía. Thal tendría éxito en su misión y, en el peor de los casos, si mantenía a los tres con vida y ocupados hasta el día siguiente, todo estaría bien. Porque al día siguiente Finster ya se habría marchado.
No habría ningún adiós, ninguna despedida: simplemente se esfumaría.
No habría ningún dato acerca de su paradero. Su desaparición acabaría por ser sin duda uno de los grandes misterios del mundo. Al igual que Amelia Earhart, 10 no dejaría ni una sola pista detrás de él. No habría herederos, ningún testamento para la inmensa fortuna amasada en menos de diez años.
No aparecería ningún familiar, no habría padres ni partida de nacimiento.
10. Famosa aviadora estadounidense que desapareció en julio de 1937
en el océano Atlántico cuando intentaba dar la vuelta al mundo. (N. del t.).
Ningún amigo de la infancia, ni socios, ni esposa o hijos. Por supuesto, aparecerían muchos pretendientes, pero ningún pariente legítimo podría presentar reclamación alguna sobre la herencia. Ninguna respuesta. Sólo preguntas.
Capítulo 29
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Los bosques que rodeaban Waldberg eran más oscuros que la noche.
Eran los bosques de los hermanos Grimm, el lugar donde Hansel y Gretel habían recorrido el mismo camino que Caperucita Roja, con el lobo acechando siempre detrás de los arbustos. No era extraño que los cuentos de hadas y las oscuras leyendas hubiesen tenido su origen en esas tierras. La espesa cubierta que formaban las copas de los árboles impedía ver el cielo.
Las gigantescas ramas de los añosos árboles se extendían de tal modo que cortaban el aliento. El silencio y la quietud espectrales despertaban un miedo ancestral que hacía nacer brujas, gnomos y duendes del bosque. Era coherente entonces que la propiedad de Finster se encontrase en tal lugar.
Cinco kilómetros carretera arriba se alzaban las grandes puertas de entrada, el único signo de civilización durante los diez kilómetros siguientes.
Paul Busch salió del Mercedes Clase C, el coche elegido por la policía alemana. Fijada al techo, justo encima de la puerta del conductor, centelleaba una luz portátil, y el resplandor giratorio rojo arrancaba sombras inquietantes de los árboles siempre verdes. Busch se acercó al descapotable escarlata. Al volante iba una hermosa mujer que llevaba un par de gafas de sol Vuarnet. Su cabellera negra, sorprendentemente, apenas si se había visto afectada por el viento. De cerca, la mujer era más que hermosa; era impresionante.
–Guten Abend, Fraulein -dijo Busch, en un patético intento de imitar el acento alemán.
Audrey ni siquiera levantó la vista mientras buscaba en su bolso su permiso de conducir y los papeles del coche.
–Guten Abend, Herr Kommissar, Gibt es ein Problem?
–Sprechen Sie Englisch?
–Sí, de hecho… -Pero sus palabras se helaron en su garganta cuando reconoció al Herr Kommissar.
–El permiso de conducir, por favor. – Ella se lo entregó con un ligero gesto de disgusto. – ¿Cómo ha ido todo? – preguntó Busch.
–Se fue a casa con Vaughn y aún no he tenido noticias suyas.
–¿Él sospechó algo?
–Mire, sé lo que hago. Todo lo que usted me pidió fue que lo conociera, que tonteara con él, lo sedujese y lo dejase con la miel en los labios.
–¿Y cómo resultó todo?
–He venido a cumplir la segunda parte del trato, ¿no? hice que él deseara lo que no pudo conseguir anoche. Como usted me pidió.
–Como te pagué para que lo hicieras. Le recordó Busch. Echó un vistazo al permiso de conducir y sonrió. – ¿Señorita Encanto?
–Déme un respiro, ¿quiere?
–¿No es un delito hacerse pasar por otra persona?
–Iba a hacerle la misma pregunta -replicó ella. La mirada de Busch le bajó los humos. Audrey era su verdadero nombre, pero su apellido…
Bueno, ella cargaba con el desafortunado apellido de Lipschitz11 y eso era algo que Autrey no estaba dispuesta a compartir.
Busch había contactado con Audrey el día anterior, poco antes de recoger a Michael en la prisión. Ella venía bien recomendada no sólo por la policía de Berlín sino por el decano del circuito de clubes nocturnos, alguien que respondía al nombre de Christian Croix. En realidad, Busch no estaba seguro de si Christian era un chico o una chica; él o ella era una especie de híbrido que oscilaba entre macho y bella, con un torso musculoso que tensaba una camiseta de angora. Christian era el jefe de hecho de los clubbies, los alemanes de veintitantos que dominaban la noche. Lo que ellos decían que estaba de moda iba a misa y lo que ellos decidían que no, estaba acabado, obsoleto, muerto. Audrey y Vaughn eran dos miembros muy conocidos de esta tribu, adoradas por su forma de bailar, sus atuendos a juego, su talento sexual y su capacidad para ganarse la vida con las debilidades de los demás. Christian acabó dándole el número de Audrey -después de haber cogido un berrinche- cuando lo amenazaron con arrestarlo por posesión de mezcalina.
Busch se encontró con ella en un pub, le explicó la situación, cómo podía ganarse una pasta por hacer aquello que mejor sabía y, al mismo tiempo, mantenerse lejos de la prisión. En realidad, la amenaza no tenía ningún peso: su jurisdicción terminaba en el otro lado del Atlántico. Busch había investigado los hábitos de Finster, sus gustos. Había memorizado su expediente en el avión; todo estaba perfectamente documentado. Audrey sería el anzuelo perfecto. Busch le había pagado mil dólares para que se metiera en los pantalones de Finster pero sin tocarlo. Ella no tendría ningún problema para localizarlo. A Finster le encantaban los clubes nocturnos, y 11. Lipschitz es un apellido alemán que, pronunciado en inglés, suena como lipshits, es decir, algo así como «diarrea labial». (N.delt.)
siempre había un rumor creado por los clubbies en cuanto a los lugares que estaban de moda para disfrutar de la noche.
Audrey no le había dicho una sola palabra del trato a su amiga Vaughn, que se mostró muy sorprendida cuando aquélla desistió de las actividades
“post baile” con Finster la noche anterior. Había simulado sentirse mal, pero no había abandonado en ningún momento su actitud seductora, asegurándose una segunda cita con el poderoso industrial, algo muy poco habitual.
–No veo que esté escribiendo ninguna multa -dijo ella.
–Es hora de empezar con la segunda parte -contestó Busch-. Necesito que me hagas un último favor.
–¿Tendré que usar las manos o la boca?
–¿Soborno? Ese es un delito muy grave. Peor que el exceso de velocidad, peor que la prostitución.
–Me he quedado sin favores.
Audrey frotó el índice y el pulgar, esperando que le pagara.
–Sería una lástima que tuviese que pasar la noche en la cárcel.
–¿Qué es lo que quiere?
–Quiero que lo lleves a alguna parte.
–¿A quién? – preguntó ella, sabiendo muy bien de quién estaban hablando.
–Ya está bien de juegos.
Busch sacó un fajo de billetes.
–¿Dónde? – preguntó ella con voz cansada y los ojos clavados en el dinero.
Busch le dio una hoja de papel.
Audrey miró el folleto publicitario.
–¿Qué, piensan hacer una redada o algo así?
–Nada de eso. Ninguna acción policial, nadie saldrá herido. Es un lugar nuevo, el dueño es amigo mío -mintió-. Es un lugar exclusivo, imposible entrar, y él es mejor que una multa.
–¿Y si me niego?
–Habrá consecuencias.
–¿Qué hará, arrestarme?
–Le diré que has estado espiándolo. Por alguna razón, creo que no se lo tomará muy bien.
Dejó que su respuesta quedase suspendida por un momento en el aire de la noche.
Audrey permaneció sentada en el coche mascando, su ira. Entre lo que Busch le estaba pagando y lo que podía sacar de Finster podría largarse a Niza a pasar el resto del verano, y eso tenía su atractivo. Ella sabía que el dinero del policía era demasiado bueno para ser verdad… si es que de verdad era un policía, algo que ella dudaba sinceramente. Su madre siempre le decía que si uno baila con el diablo tiene que pagar un precio.
–¿Cómo haré para llevarlo a ese sitio?
–No creo que tengas ningún problema en cuanto a eso. Sólo utiliza tu destreza femenina. – Le entregó el dinero-. Por tus molestias.
Sin siquiera mirar a Busch, ella puso en marcha el descapotable y se alejó hacia la mansión de Finster.
Cuatro kilómetros y media carretera arriba, el Audi negro estaba oculto entre los árboles, el motor frío, el chasis cubierto con pinaza. Simón se había apostado detrás de un cerco, y mantenía los binoculares fijos en las imponentes puertas negras. Las puertas eran de diseño clásico, hierro negro decorativo que giraba sobre unos goznes enquiciados en unas sólidas columnas da piedra, pero la ornamentación era más bien gótica, con querubines bailando a través de jardines de hierro forjado, y gárgolas trepando por los travesaños superiores. Encima de las columnas había sendas farolas de gas que brillaban tenuemente, proyectando largas sombras que temblaban en el largo y sinuoso camino particular. Simón nunca había visto una entrada igual. Esas eran puertas de seguridad en todo el sentido de la palabra.
Ya habían pasado dos horas desde que las puertas habían abierto para permitir que entrase el Fiat rojo con una belleza de pelo negro y brillante al volante. Simón hacía verdaderos esfuerzos para mantener la concentración.
Aunque jamás había roto su voto de castidad, había pasado muchas horas repitiendo el acto de contrición por sus pensamientos. Las puertas se habían cerrado rápidamente una vez que entró el deportivo italiano. Había sido una oportunidad para entrar en la casa, pero eso aún no era necesario. Busch les había asegurado que la mujer cooperaría con ellos y sacaría a Finster de la casa. Era sólo cuestión de tiempo. De todos modos, el plan no preveía que entrasen a través de esas majestuosas puertas.
La propiedad estaba rodeada por un muro de cinco metros de alto que recorría todo el perímetro. Cuando Michael había visitado a Finster hacía sólo una semana, había visto monitores láser Hiencen instalados a todo lo largo de la parte interior del muro. Difíciles de anular, pero no era una tarea imposible. El sabía que el sistema de seguridad de la casa era un producto de Hughes Aircraft, el mismo sistema que utilizaban las fuerzas armadas estadounidenses para sus instalaciones de máxima seguridad. El código de acceso cambiaba todos los días. Un sistema sumamente complejo pero, nuevamente, no era una tarea imposible. Sin embargo, había un elemento de seguridad para el que no estaba preparado; no formaba parte de su entrenamiento, y de hecho se trataba de un elemento al que siempre había evitado cuidadosamente. Durante la visita previa de Michael a la casa de Finster, había observado al personal que trabajaba en los alrededores de la mansión. Eran tíos anchos de espalda, caderas estrechas, cuerpos entrenados y perfeccionados por los militares. Y estaban armados hasta los dientes.
Sentado ahora pacientemente en compañía de Simón detrás del Audi, lo recorrió un escalofrío pese a que en la carretera soplaba una suave brisa de verano. Se encontraba rodeado por el paisaje silvestre del bosque pero, no obstante, algo faltaba: vida. No se oían los sonidos propios del bosque, no había pájaros en el aire. Las noches de verano solían estar animadas por el canto de los grillos, pero allí reinaba el silencio. Ningún animal acechaba entre esos árboles, nada se arrastraba por el suelo. Pero lo que producía más terror era la ausencia de bichos. En esa tierra no había gusanos, tampoco moscas ni mosquitos que buscaran sangre. Habitualmente se veían telas de araña en la base de la mayoría de los árboles, con su tejedora esperando pacientemente, pero allí no se veía nada de eso. El mundo de los insectos siempre estaba presente. En los festines y en las hambrunas, en la guerra o en la paz, eran la única presencia viva en el planeta desde el inicio de los tiempos. Nada era capaz de eliminarlos o de alejarlos. Y, sin embargo, habían desaparecido de los bosques de August Finster.
Al oír un leve silbido, Michael se volvió justo a tiempo para ver una limusina negra que se acercaba por la carretera, la misma que lo había perseguido desde el aeropuerto, con el parachoques reparado y pintado. Los faros halógenos perforaban la oscuridad, iluminando incluso los rincones más profundos del bosque. Las gigantescas puertas de hierro se abrieron
como en un bostezo silencioso, y el Mercedes las atravesó velozmente para entrar en la carretera. Luego aceleró y se perdió en la oscuridad.
El viaje de cuarenta y cinco minutos pasó volando con la ayuda de un poco de lubricante alcohólico. El bar de la limusina, recién abastecido, sólo exhibía lo mejor:Pom Pérignon, Chivas, Moet Chandon y Gray Goose. Allí no había cerveza. El hielo tintineaba dentro de vasos de cristal de Tiffany mientras el silencioso mundo exterior del paisaje rural pasaba a ciento ochenta kilómetros por hora. Las luces del centro de Berlín se vislumbraron al fin a través de los cristales ahumados como brillantes estrellas en un cielo nocturno y brumoso. Cuatro pasajeros se reían en el amplio asiento trasero de la limusina.Tres, en realidad, porque Finster se mostraba distante. Su mente vagaba por otra parte mientras contemplaba el veloz paso de la noche, sumido en una mezcla de alegría y tristeza. La inminente realización de los propios sueños puede ser una experiencia solemne.
Pero su estado de ánimo no duró demasiado; volvió a la realidad y pasó el brazo alrededor de Joy, la muchacha de los mechones cobrizos. Su pecho era cálido y pleno bajo su mano derecha, aunque notó muy tenso el valle de los senos debajo del vestido: silicona. No era que eso le preocupara, pues tenía plena conciencia de los engaños de la vida y de las máscaras que todo el mundo utilizaba. Zoé, con su pelo muy rubio, estaba sentada delante de Finster, las largas piernas extendidas y los pies desnudos apoyados en el regazo de él, bebiendo su tercera copa de la noche. Era una nadadora del equipo olímpico alemán. A él le encantaba la visión de sus hombros bajo su blusa de lame plateada.
Finster esperaba con ansia probar el fruto esa noche. Joy, la pelirroja; Zoé, la rubia; y Audrey, la belleza de pelo negro y brillante que estaba sentada a su izquierda. Tres sabores diferentes para su cita de despedida.
–¿Adonde iremos esta noche? – preguntó Joy.
–Señoritas, esa decisión la dejo en vuestras manos.
–¡Déjame elegir! – imploró Zoé como una niña. Estaba un poco borracha.
–¡No! ¡A mí! – rogó Joy.
Audrey acarició la mejilla de Finster, al tiempo que se apretujaba contra él.
–Conozco el lugar perfecto. Recién inaugurado, sensual, el libertinaje total. Un paraíso.
–Mi lugar preferido -dijo Finster.
–¿El Éxtasis? – Los ojos de Joy se encendieron.
–¿El Éxtasis?-repitió Zoé esperanzada.
–¿Crees que podrás conseguir que entremos? – dijo Audrey con tono insinuante en la oreja de Finster, sabiendo que podía hacerlo y, lo que era más importante, que sería incapaz de resistir el desafío que eso implicaba.
Finster permaneció en silencio mientras contemplaba su pequeño harén, sus mentes relajadas, sus cuerpos dispuestos. Aún no había decidido adonde irían esa noche. El Éxtasis era un lugar claramente in, el lugar donde convenía ser visto, pero Finster no estaba seguro de si ése debía ser su último recuerdo de Alemania, la tierra que había llegado a amar. Era un lugar tan nuevo que aún tenía que probar lo que ofrecía. ¿Era una noche para algo totalmente nuevo o bien una noche para la nostalgia?
El doctor Rhineheart corrió por el pasillo acompañado de dos enfermeras. Un enfermero empujaba el carrito con el material de urgencia, haciendo un esfuerzo por no quedarse rezagado. Los cuatro irrumpieron en la habitación privada del hospital donde sonaba el silbido agudo de las alarmas de los aparatos. El monitor cardíaco que había junto a la cama mostraba una línea verde estática. Mary Saint Pierre sufría una parada cardíaca, el cuerpo completamente inmóvil sobre la cama.
Cuatro horas antes Mary estaba en su coche y regresaba del vivero donde había comprado las flores, con la intención de llegar a casa y preparar el almuerzo. Sin embargo, decidió detenerse en la iglesia de San Pío, en Byram Hills, donde se entregó a una profunda oración. Le dio gracias a Dios por sus amigos y su vida, por el amor que sentía. Le dio las gracias por su esposo, un hombre que había dejado su vida anterior a un lado para estar con ella. Rezó buscando fuerzas; no para ella, sino para Michael, para que pudiese resolver sus problemas y encontrase la voluntad para seguir adelante cuando ella ya no estuviese a su lado. Rezó para que él volviera a encontrar el amor. Era un hombre demasiado bueno para quedarse solo, tenía mucho amor para compartir. Mary deseaba que tuviese hijos y felicidad y paciencia. Ella ansiaba tener la posibilidad de vivir con él, de seguir a su lado, pero ahora sabía que eso ya no sería posible. Y
anhelaba el día en que volverían a estar juntos dentro de muchos años.
Fue sólo un estornudo, leve y silencioso, pero se cubrió la boca como le habían enseñado a hacer cuando era una niña. Se regañó mentalmente
mientras revolvía dentro del bolso buscando un paquete de pañuelos de papel. La noche anterior había sentido un poco de frío, y sabía que eso podía causar verdaderos estragos en su debilitado sistema inmunológico. Y
ahora eso estaba empezando a pasar.
Se apresuró a llegar al coche; siempre tenía una buena provisión de pañuelos de papel en la guantera. No reparó en su mano hasta que abrió la puerta y extendió el brazo para abrir el compartimiento de la guantera. No era mucha, sólo la cantidad suficiente para que no pasara inadvertida: pequeñas manchas, como si fuesen pecas, que ya comenzaban a oscurecerse. Era su mano derecha, la que había utilizado para cubrirse la boca cuando estornudó.
Mientras conducía directamente hacia el hospital, apenas si podía controlarse; le temblaban las manos, un sudor frío le mojaba la nuca. El miedo había regresado, esta vez de forma abrumadora. Necesitaba a Michael allí, en ese mismo momento. El doctor Rhineheart se encargó de su admisión e hizo que la instalaran en una habitación privada. Dijo que no tendrían los resultados de las pruebas hasta un par de horas más tarde, y añadió que no debía preocuparse. No era extraño que expulsara un poco de sangre por la boca; la presión provocada por un estornudo causaba una rotura de los diminutos capilares en los pulmones. No se había manifestado otros síntomas, pero prefería que pasara la noche ingresada y en observación como medida preventiva. El doctor Rhineheart le repitió que no debía preocuparse, ya que todos los signos indicaban que se encontraba estable, y que podría marcharse a su casa por la mañana.
Tres horas más tarde, el doctor Rhineheart estaba aplicando el desfibrilador eléctrico a su pecho. Pulsó el interruptor. Una voz electrónica asexuada salió de la máquina: “Tres… dos… uno… DESPEJADO”. Sonó una alarma, y una corriente eléctrica sacudió el cuerpo de Mary, que se arqueó en el aire; su brazo derecho aún colgaba fuera del colchón.
En una fracción de segundo, Mary volvió a desplomarse sobre la cama, los ojos aún cerrados, el color ausente de su rostro. Rhineheart se inclinó sobre ella con el estetoscopio. Nada. La lectura del monitor cardíaco era una línea verde y continua, con un zumbido ininterrumpido.
Volvió a accionar el interruptor del desfibrilador.
“Tres… dos… uno… DESPEJADO”.
El cuerpo de Mary volvió a arquearse en el aire, esta vez un poco más alto.
Mientras Mary yacía en la cama con el corazón tan muerto como podía estarlo, su mente funcionaba a toda velocidad. No estaba perdida en la clásica habitación blanca con una luz intensa delante, sino en un corredor oscuro y cavernoso, completamente en silencio e indescriptible. No sentía nada: ni dolor ni alegría. Nada. A lo lejos oía la voz del doctor Rhineheart, que trabajaba febrilmente sobre alguien. Confió en que tuviese éxito, mientras ella caminaba por el corredor tratando en vano de abrir las distintas puertas; todas estaban cerradas. De algún lugar cercano le llegaba un murmullo de voces ininteligibles. Se dirigió hacia el sonido, las voces se fueron haciendo más claras a medida que avanzaba. Llegó al final del corredor, que acababa en una clásica T. Parecía que hubiera una multitud detrás de cada puerta; debía de haber miles de personas. Vaciló un momento, sin saber qué dirección tomar, y entonces sintió un dolor terrible que le recorría las venas. Como un alambre incandescente que le atravesara la piel y penetrara en su cuerpo.
Y, con la misma rapidez, el tormento desapareció. Aún seguía en la T.
¿Izquierda o derecha? Las voces crecían, como el rugido en un estadio: voces de hombres y mujeres, gritos de niños asustados. Todos parecían confusos y pedían su ayuda a gritos, como si fuese una ciudad de almas perdidas. Decidió ir hacia la derecha y vagó sin rumbo durante lo que se le antojaron horas, mientras las voces asustadas le empañaban los pensamientos y la confusión le desgarraba la mente. Finalmente llegó a una puerta que estaba separada del resto: negra como el ébano, vieja corno el polvo. Buscó el picaporte oxidado, abrió la puerta y entró.
El rostro la aterró. No era necesario haberlo visto antes para saber al instante de quién se trataba.
Su cuerpo recibió nuevamente el golpe de esa fuerza lacerante, un dolor tan intenso que pareció levantarla en el aire, las luces blancas tan brillantes que la cegaban.
Rhineheart se inclinó sobre Mary con una leve sonrisa en los labios.
–No pienso perderla tan fácilmente.
Mary estaba tendida en la cama, inconsciente pero viva; su corazón había recuperado su ritmo normal. El médico alzó la vista.
–Avíseme cuando despierte -le dijo a la enfermera,