Los ladrones del cielo
Capítulo 11
Michael metió la mano en el bolsillo, sacó el teléfono y lo encendió.
Necesitaba oír la voz de Mary, necesitaba decirle que la amaba y que regresaba a casa. A la una en punto salió de la Ciudad del Vaticano, lleno de alegría porque las posibilidades de supervivencia de Mary acababan de incrementarse.
Tenía las llaves en su poder.
Capítulo 11
Michael estaba preparando el equipaje. En la habitación del Traveler's Inn de Roma que había pagado por adelantado apenas si había espacio para una cama, pero la comodidad carecía de importancia. Había alquilado esa habitación por sus vistas, pues desde allí alcanzaba a ver perfectamente el Vaticano. Y, aún más importante, podía ver el laberinto de calles que se cruzaban varios pisos más abajo y sabía cuál debía coger si tenía que escapar. Aunque se había registrado en el hotel Bella Coc-cinni, lo había hecho sólo a modo de tapadera; ese pequeño hotel era su verdadera base de operaciones.
En la pantalla del televisor estaban pasando imágenes de unas horas antes, y se veía el humo saliendo de los museos del Vaticano y los turistas corriendo y tosiendo. El locutor de la CNN italiana decía: “…evacuados con sólo algunas lesiones sin importancia”.
Michael se sentó ante el pequeño escritorio que había en un rincón y activó un icono de memoria en su ordenador portátil. De pronto, la pantalla se llenó de números. En treinta segundos, la memoria del ordenador quedó completamente borrada.
El ordenador había actuado como el compañero perfecto, trabajando de manera sincronizada y sin cometer errores. A las diez de la mañana había llamado a la comisaría a través del teléfono móvil indetectable que Michael le había añadido. Al reconocer una voz humana, el ordenador activó el mensaje de veintidós segundos previamente programado para dejar la pista que llevaba al garaje de Attilio Vitelli. El ordenador había modificado la voz grabada de Michael, y su rápido discurso no dejó lugar para una respuesta antes de que la línea quedase desconectada.
A las once de la mañana en punto el ordenador había marcado el número de la policía del Vaticano. La voz de Michael, ahora modificada hasta adquirir un timbre femenino, advertía de la inminente protesta. Todo
era una maniobra de distracción: conducir a los investigadores tras un rastro que incluía algunas verdades pero no toda la verdad, al tiempo que creaba el caos.
Michael hizo girar el ordenador, quitó el disco duro, y pasó un imán repetidas veces sobre él. Aunque un virus autoinducido había infectado el ordenador a las 11.17, destruyendo cualquier prueba, y él acababa de borrar por completo la memoria, nunca se era demasiado prudente.
Se alegraba de que nadie hubiese resultado herido, excepto, quizá, el ego y la cabeza del profesor Higgins, en parte por haber chocado contra la estatua de santo Tomás de Aquino y, en parte, debido al amital sódico que había prolongado su desmayo. Los panfletos anticatólicos que Michael había metido en su bolsa habían cegado de ira a los guardias y obnubilado sus mentes mientras se dirigían a toda prisa hacia el hotel de Higgins, que se encontraba a sólo tres manzanas del Bella Coccinni. Como sólo tenía un conserje de servicio, a Michael le había resultado absurdamente sencillo entrar en la habitación de Higgins aquella mañana de camino al Vaticano, dejar las pruebas necesarias para apoyar aún más las teorías y suposiciones de la Guardia Suiza y la policía del Vaticano, y marcharse sin ser visto.
No era una única prueba la que determinaría las conclusiones de la policía del Vaticano, sino el conjunto de ellas: los objetos encontrados en su bolsa, su irracional odio hacia la Iglesia, las cosas halladas en la habitación del hotel. El hecho de que aparentemente no se hubiese robado nada mantenía la atención sobre un vándalo anarquista, no sobre un ladrón oportunista. La verdad sólo saldría a la luz cuando desaparecieran los efectos del amital sódico. Pero nadie querría la verdad: ellos ya habían tomado una decisión con respecto al profesor Higgins.
Michael sacó el teléfono móvil de iridio, quitó la batería y la reemplazó por una nueva.
“La causa sigue siendo un misterio -continuó el periodista de la CNN- y, por primera vez en cuarenta y cinco años, los museos permanecen cerrados”.
Michael quitó la etiqueta que había en la parte superior de la batería reemplazada, dejando al descubierto la juntura. Deslizó la punta de su cortaplumas a lo largo de la ranura y abrió la batería. El interior era como alquitrán; Michael hurgó en el material negro y arcilloso, y aparecieron las dos llaves, enterradas en la brea. En un extremo, junto a los contactos, había
una minúscula batería. La fuente de energía se mantenía completamente operativa, y el teléfono funcionaba a la perfección; simplemente, tenía una expectativa de vida de la décima parte de una pila normal. Era el teléfono de Troya de Michael.
Era la primera oportunidad que tenía de examinar su botín de cerca.
Sacó las dos llaves y las depositó encima de la cama. Ambas estaban cubiertas con la grasa negra de la pila; pero, cuando las limpió, el material precioso comenzó a asomar entre la suciedad. Cogió la llave de plata y, con una toalla, le quitó la brea que aún la cubría y la frotó hasta conseguir un intenso brillo. Luego hizo lo propio con la llave de oro. De pronto su ojo captó algo. Y se le paralizó el corazón.
Michael corrió al cuarto de baño y sostuvo las llaves delante de sus ojos.
“Persiste el rumor de que varias bombas de humo detonaron en el Museo del Tesoro y la Sacristía y en el Museo Gregoriano de Arte Etrusco, pero nadie resultó herido”. El sonido del televisor llegaba nítidamente desde la habitación.
Examinó atentamente la llave; luego abrió el grifo y la colocó debajo del chorro de agua caliente para disolver el resto de sustancia alquitranada de su superficie.
“Afortunadamente, según se ha confirmado, no han robado nada”.
La voz del locutor rebotaba en las paredes de azulejos.
El lavamanos se volvió negro… y la llave se convirtió en oro.
Michael la estudió detenidamente. En caracteres diminutos, casi imperceptibles a la vista, había algo grabado en el metal. En un costado se leían los números 585.
Michael dejó la llave en un costado del lavamanos, se miró en el espejo y se pasó la mano por la cara.
–Mierda -dijo.
En ese momento sonó su teléfono. Michael no se movió; el corazón le retumbaba en los oídos.
Cerró los ojos.
El teléfono volvió a sonar. Con un estallido de furia, Michael barrió con el brazo todo lo que había en el estante, y los artículos de tocador se estrellaron contra la pared.
Luego salió del cuarto de baño y cogió el teléfono a la tercera llamada.
–Hola.
–Estoy viendo las noticias -dijo la voz-. Esta televisión mundial es maravillosa. Me pregunto si la CNN está en venta.
Michael observó en silencio la cobertura televisiva de lo sucedido en el Vaticano. La advertencia que le había hecho Finster la semana anterior resonó en su cerebro: «Yo sabré si no son las llaves auténticas, Michael. Lo sabré».
–¿Y bien? – preguntó Finster.
–Bueno, en el Vaticano no son precisamente estúpidos.
Michael hizo un esfuerzo para reprimir la furia que lo invadía. La inscripción grabada en la llave, 585 -14K en Estados Unidos-, era la designación europea para 58,5 por ciento de oro puro, una designación que no aparecía en las piezas de oro de dos mil años de antigüedad.
–Y…
Michael no sabía qué decir, la cabeza le daba vueltas. No podía permitirse un fracaso, tenía que alcanzar el éxito en ese trabajo. La vida de Mary dependía de ello.
–¿Qué quiere decir, Michael? ¿Tiene las llaves?
Perdido en sus pensamientos, con la vista clavada en algo que había encima de la cama, Michael no contestó.
–Michael, ¿qué ocurre?
La voz de Finster se había endurecido.
En la cama estaba la pila de libros de investigación dé I Michael. Uno en particular concitó su atención: El Vaticano: su política y territorios. En la portada había una simple fotografía de una antigua iglesia de piedra. La simplicidad y la lógica le resultaron súbitamente obvias, pero el pasado siempre es más claro que el futuro. Instrucciones erróneas. La especialidad de Michael. Como si fuese un mago: hacer que el público mire tu mano derecha mientras la izquierda los engaña. Ustedes miran aquí mientras yo consigo lo imposible allá. Y la gente tiende a no cuestionar los hechos, especialmente cuando lo confirman con sus propios ojos. Ahora quiero que todos miren mi mano vacía mientras saco una moneda del bolsillo; miren a Higgins, el enemigo de la Iglesia, mientras yo me llevo estas llaves; miren estas llaves auténticas en su vitrina mientras nosotros escondemos las verdaderas llaves en alguna otra parte.
–Michael, ¿qué es lo que pasa?
–Las cosas no son siempre lo que parecen -dijo Michael, más para sí mismo que dirigiéndose a Finster-. Simple vista. Es muy sencillo. ¿Cómo no lo vi antes?
–¿De qué está hablando?
La voz de Finster era frágil.
–Debería haber empezado por el principio. – Michael estaba ahora intensamente concentrado-. Lo veré dentro de un par de días.
La protesta de Finster quedó interrumpida cuando Michael cortó la comunicación con gesto distraído,
Las paredes estaban cubiertas con obras maestras hechas con ceras de colores. Brillantes dibujos de nubes y perros, figuras de palotes y flores.
Jeannie Busch los había recogido en la escuela. Los niños habían trabajado duro cuando se enteraron de que Mary tenía un «constipado» y no regresaría antes de las vacaciones de verano. Muchos de los niños se echaron a llorar. La clase parecía haber perdido el sentido del equilibrio.
Mary había sido su centro, su segunda madre, y se había marchado. Mary había cubierto las pálidas paredes para disimular no sólo la atmósfera estéril de la habitación, sino también el sentimiento estéril en su corazón.
Sentada en un sillón, aparentaba leer. La habían sometido a un montón de pruebas antes, pero nunca como en esa ocasión. El tratamiento no sólo la estaba dejando sin fuerzas, sino también sin voluntad. Ansiaba el regreso de Michael, sabiendo que él obraría el milagro de acelerar su recuperación.
–Eh, Mary -llegó el susurro. Al principio, Mary no reaccionó, perdida en sus pensamientos. Él se acercó al sillón-. Hola.
Mary dio un brinco, sobresaltada por la voz, pero se tranquilizó al ver quién era.
–Paul. – Su sonrisa era auténtica.
–Tienes un aspecto magnífico. – Había esperado encontrarla mucho peor-. ¿Cómo te sientes?
–Bien. Están haciendo un mundo de nada.
Busch se inclinó para besarla. Había ido al hospital directamente desde el trabajo y tenía el traje arrugado y el nudo de la corbata flojo, pero al menos había tenido tiempo de peinarse su mata de pelo rubio.
–Tienes que volver pronto a casa, Jeannie me está volviendo loco. Te necesito para que la mantengas a raya, para que la hagas reír de vez en cuando.
–Tú ya te encargas de hacer un buen trabajo en ese sentido.
–Sí, pero ella se ríe de mí, no conmigo. Te he traído unas galletas y revistas.
Paul dejó un paquete encima de la mesa auxiliar. Las pilas aumentaban, las mesas auxiliares rebosaban de cosas; le llevaría un año revisar todo aquello.
–Gracias. ¿Cómo está Jeannie?
–Chiflada -dijo Paul con escaso humor. Miró los dibujos que cubrían las paredes-. Veo que tienes muchos admiradores.
–Sí, mis niños.
Luego siguió un largo e incómodo silencio. Busch se entretuvo fingiendo que miraba los dibujos uno a uno.
Mary cerró el libro, ordenó sus pensamientos y sonrió.
–Gracias otra vez por haber ayudado a Michael a salir del estado, a que pudiese hacer ese viaje al sur y todo lo demás.
Busch se volvió hacia ella.
–Ya sabes que a veces hay que flexibilizar un poco las reglas.
A Busch le partía el alma que Michael hubiera mentido a Mary. No tenía valor para decirle que su marido había abandonado el país.
–No sé cómo podremos compensarte algún día.
–Poniéndote bien.
–Prométeme que cuando Michael regrese saldremos todos a cenar. ¿De acuerdo?
Busch le tocó suavemente la mano e hizo un enorme esfuerzo para sonreír. Esperaba contra todo pronóstico que Mary tomase su sonrisa y su caricia como un sí, y dejó que la pregunta se desvaneciera en el aire. No podía contestarle; no quería mentirle también él.
Mary regresó a la cama. Apenas si había podido mantener los ojos abiertos durante la visita de Busch. El siempre la había cuidado, especialmente durante los años en que Michael había estado en prisión.
Cuando se presentó voluntario para ser el oficial de la libertad condicional de Michael, fue una sorpresa tanto para Mary como para Jeannie. Paul había ayudado a Michael a volver a la buena senda, y el hecho de que se hubieran hecho tan amigos era más de lo que Mary podría haber pedido. Se sentía profundamente agradecida de que Paul fuese una parte tan importante de la vida de Michael.