Los ladrones del cielo

Richard Doetsch · Capítulo 33 de 39

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Los ladrones del cielo

Capítulo 31

militar no le resultó difícil, y menos aún encontrar mercenarios. Roberts sabía de muchos soldados que habían estado bajo su mando en la operación Tormenta del Desierto y que no se sentían satisfechos con la brevedad de esa guerra. No eran siempre los soldados más capacitados, pero sí los más motivados. Impulsados por un deseo que iba más allá del dinero; impulsados por el ansia de sangre.

Roberts se rascó la cicatriz que le cruzaba el rostro desde el ojo izquierdo hasta la mejilla derecha, un desagradable recuerdo de cuando se había topado con aquel vagabundo borracho en la calle hacía dos años. El vagabundo, por supuesto, no había podido rascarse nada desde entonces, pero Roberts maldecía diariamente el alma de ese desgraciado por haberlo dejado desfigurado. Nadie podría entrar en esa casa por la fuerza, ésa era la promesa que le había hecho a Finster y era una promesa que se proponía cumplir. Pensó en notificarle por el teléfono móvil lo que estaba ocurriendo en la casa, pero luego cambió de idea. Tenía que controlar la situación, reducir los daños y acabar con el ataque. Más tarde habría tiempo suficiente para informes.

Conectó la alarma de la casa y permaneció en la entrada del amplio garaje con la vista fija en los terrenos profusamente iluminados. Sin embargo, no podía ver más allá de donde llegaban las luces, y maldijo a sus hombres por su estupidez. Podrían haber llevado perfectamente dianas de neón y vendas en los ojos. Roberts sacó su Cok y, en rápida sucesión, destrozó los focos; una bala por cada uno fue todo lo que necesitó.

Estallaron en una lluvia de chispas y quedaron inutilizados. Toda la propiedad se sumió en la oscuridad. Acababa de igualar un poco las condiciones. Había llegado el momento de volver las tornas.

Capítulo 31

Con la música martilleándole los oídos, Busch avanzó a través de la multitud que ocupaba la pista de baile; era como caminar por el barro, tan lento era su progreso. Los jóvenes y guapos se mostraban absolutamente indiferentes ante su creciente pánico. Algunos incluso soltaban un codazo o lanzaban un golpe contra ese norteamericano fuera de lugar.

Finster había conseguido abrirse paso entre la multitud para salir de ese lóbrego club y regresar a su casa. El multimillonario se había dejado llevar por la situación, disfrutando de su última noche de diversión. Se había

dejado dominar por la lujuria, la codicia, igual que aquellos a los que manipulaba. Y aunque había una fuerza de veintiún hombres protegiendo la casa, estaba seguro de que podían fracasar. No pensaba perder todo aquello por lo que había luchado. Esas llaves eran su destino.

Finster le llevaba ventaja al norteamericano. Había conseguido salir de la pista de baile y sólo lo separaban veinte metros de la puerta de salida del club. Había perdido de vista al policía, aunque ese hombre no le preocupaba. En realidad, ningún hombre había supuesto nunca un problema para Finster, pues tenía plena confianza en sí mismo y en sus facultades. En ese momento todos sus pensamientos se centraban en las llaves y en mantenerlas alejadas de las manos del sacerdote y el ladrón. A diez metros de la puerta se topó con una pared, una pared humana. Busch estaba allí, con sus ciento veinte kilos delante de éL

–¡Muévase! – gritó Finster por encima de la música, y su voz sonó como el cristal al romperse.

Busch permaneció en silencio. Miraba fijamente a ese hombre a quienes todos temían, un hombre que había provocado un miedo atroz en Michael.

–¿Se da cuenta de quién soy? Lo dejaré ciego antes de que pueda parpadear. – Finster apenas si podía contener su furia verbal, aunque su cuerpo no se movía, Busch finalmente vio al hombre, no su fotografía, no una imagen en un telediario: aquél era Finster en carne y hueso. Había algo en él que resultaba inquietante y sobrenatural, una especie de presagio en su inmovilidad que contrastaba vivamente con su terrible cólera. Poseía una aura que creaba a su alrededor un campo repugnante. Y, cuando Busch lo miró a los ojos, se le ocurrió que había algo equivocado en ellos, algo que jamás había visto antes. No podía explicarlo, pero eran ojos que no mentían.

No eran los ojos de un hombre; eran los ojos del mal. Contra toda lógica, Busch finalmente creyó aquello de lo que Michael y Simón habían tratado con tanto ahínco de convencerlo. Cualquiera que fuese la religión que uno profesara, ésa era la encarnación de la oscuridad! Pero en aquel momento eso le importaba un pimiento.

–No puede dejarme ciego. Aquí no – replicó Busch.

Sin entender nada, Finster intentó abrirse paso, pero Busch no tenía intención de moverse de allí…!

–Usted no tiene idea de dónde se encuentra, – dijo Paul en tono confiado.

Finster se acercó hasta quedar a escasos centímetros de su rostro.

–Apártese de mi camino antes de que…

–Se encuentra en suelo sagrado -lo interrumpió Busch-. Este lugar -

abarcó el club con las manos- era una iglesia. Consagrada en nombre de Dios. Un santuario.

Finster miró a su alrededor, desconcertado, y comenzó a arder de furia.

Era realmente una iglesia. Los vitrales de las ventanas, de cinco metros de altura, representaban con asombrosos detalles las estaciones del Via Crucis.

En el extremo más alejado, sobre una plataforma elevada, había un altar de mármol desde donde el pinchadiscos seleccionaba la música. Los asientos eran viejos bancos de madera; la galería superior, la galería del coro. La forma del club ahora le resultó obvia: era la forma de una cruz.

–Personalmente, creo que es algo repugnante, pero esta noche sirve a mi propósito -dijo Busch, sonriendo de oreja a oreja.

–¿Qué se propone?

La ira de Finster comenzaba finalmente a manifestarse de forma física; tenía el rostro encarnado, el cuerpo preso de temblores.

El brazo de Busch salió disparado como un resorte y cogió con fuerza el del hombre mayor.

–Retenerlo aquí, ciego e impotente. – Finster trató de zafarse de la mano de Busch, pero no pudo-. Está atrapado en un lugar en el que tenía prohibido entrar… y no hay forma de que pueda salir de aquí.

Busch volvió a sonreír ampliamente. Había derrotado a quien decían que no podía ser derrotado.

Michael estaba a unos veinte metros de altura, en la copa de un árbol, y se movía de rama en rama, intentando mantenerse oculto de sus perseguidores. El esfuerzo que le costaba moverse entre el follaje sin hacer ruido consumía todas sus energías. Aprovechando la oscuridad y el estallido distante de los disparos, se abría paso a través del denso bosque. La herida del brazo era leve, y apenas si brotaba sangre de ella, pero le dolían los dedos y sentía que los pies le fallarían en cualquier momento. Temía que le resultaría imposible volver y coger las llaves antes de que Finster regresara a la casa.

De pronto le llegó un crujir de hojas y se quedó inmóvil. Miró hacia abajo y alcanzó a distinguir la figura de un hombre que avanzaba agazapado buscando la protección de los árboles: uno de los soldados de Finster.

Michael se apoyó entre dos ramas, cogió el fusil que llevaba al hombro y apuntó. Debía abatir a su enemigo con el primer disparo para no revelar su presencia a ningún otro cazador al acecho. Si lo descubrían, estaría muerto, pues allá arriba ya no tenía adonde ir. Pensó brevemente en la posibilidad de dejar que el tío pasara de largo y luego bajar del árbol. No había caído en la cuenta de lo comprometido de su situación: a casi veinte metros del suelo se había convertido en un blanco fijo.

El hombre se detuvo justo debajo de él. Michael se preparó y apuntó directamente a la coronilla del guardia.

El hombre cayó allí mismo, con el cráneo atravesado. Michael miró a su alrededor.

–Tres -musitó. Su cuenta personal.

Esperó un momento y luego bajó del árbol. Le encantaba trepar, pero se había acostumbrado tanto a los edificios de piedra y ladrillo que había olvidado cuánto le gustaba subir a los árboles cuando era niño. Magníficas ramas para asirse o apoyar los pies… Pensó por un momento que sería hermoso volver a ser un niño; entonces al menos no estaría allí. Cuando le faltaban menos de dos metros saltó al suelo y aterrizó al lado del guardia muerto. Se inclinó para examinar el cuerpo.

–No te muevas. – Michael no pudo determinar de dónde procedía la voz-. Las manos arriba. – Alguien que estaba a su espalda le quitó el fusil, y la culata de un arma lo golpeó en la cabeza y lo hizo trastabillar hacia adelante-. ¿Cuántos sois? – gruñó el soldado.

Michael no abrió la boca y recibió otro golpe en la cabeza.

–Contesta a mi pregunta, hijo de puta.

El nombre del soldado era Jax, aunque no se lo dijo.

El arma golpeó con fuerza la parte baja de la espalda de Michael, que cayó de rodillas, sin aliento. Una aguda punzada de dolor brotó de sus riñones. El soldado amartilló el arma y apoyó el cañón en su oreja, apretándole la cabeza contra la tierra, que olía a pinaza.

–Tienes diez segundos -dijo el mercenario.

–De acuerdo. – La mente de Michael funcionaba a toda velocidad-. Te enseñaré dónde están.

–Levanta.

Michael se puso trabajosamente en pie y echó a andar en lo que rezó para que fuese la dirección correcta.

–Tío, veo que tenéis montada toda una operación aquí -dijo, tratando de rebajar la tensión. El soldado no contestó-. Debe de haber todo un ejército en la casa, ¿eh? – continuó diciendo Michael con los brazos levantados por encima de la cabeza.

Los pasos del mercenario resonaban pesadamente en sus oídos. Michael no tenía ninguna duda de que ese tío le dispararía por la espalda con la menor excusa. Llegaron al claro donde había estado Simón, pero, naturalmente, el sacerdote ya no estaba allí. En el aire se percibía claramente el olor al intenso tiroteo, y había un montón de casquillos esparcidos por el suelo. Se podía ver la piedra chamuscada en el lugar donde Simón había apoyado su fusil.

–¿Y bien? – preguntó Jax, sospechando que lo habían engañado.

Michael miró a su alrededor sin tener la más remota idea de adonde podría haber ido su compañero. Miró hacia la mansión a oscuras, una sombra monstruosa que se recortaba contra el cielo nocturno.

–Sigue andando-le ordenó el mercenario, golpeándolo ligeramente con el cañón de su arma para indicarle la dirección de la casa.

Al llegar al camino particular, otros mercenarios surgieron de entre las sombras. Eran cinco, armados hasta los dientes: armas cortas y fusiles, un cuchillo de supervivencia sujeto al muslo con una correa de cuero.

–¿Alguien más? – preguntó Jax a sus cantaradas.

–Nadie -contestó uno de los soldados-. ¿Crees que sólo había uno?

–Al menos dos -contestó Jax con gesto torvo.

Michael no pudo dilucidar quién llevaba la voz cantante, pero ninguno de ellos tenía pinta de líder. Un leve asomo de esperanza lo animó: al menos no habían cogido a Simón. Aunque bien podía ser que el sacerdote yaciera en alguna parte en un charco de sangre.

–¿Dónde está el coronel? – preguntó Jax.

–No lo hemos visto desde antes de que comenzara el tiroteo.

–¿Qué piensas hacer con él? – inquirió uno de los mercenarios señalando a Michael.

–Apretarlo para que nos diga qué buscaba aquí y luego utilizarlo para prácticas de tiro. – Jax se volvió hacia Michael-. ¿Qué tiene esta casa que sea tan importante como para que alguien se enfrente a veintiún guardias?

–Ya no sois veintiuno, ¿verdad? – replicó Michael.