Los ladrones del cielo
Capítulo 17
tener la mente despejada para pensar. Si se marchaba con Simón, no había manera de saber durante cuánto tiempo estaría ausente. Mary podía morir en su ausencia, ¿y cómo haría él para vivir con ese peso sobre su conciencia? Podía dejar que Simón se marchase solo, pero nunca sabría si había conseguido recuperar las llaves. La tortura que tendría que soportar por el resto de sus días -la incertidumbre de si Mary se había ido a un lugar mejor, a un lugar más misericordioso- lo acompañaría hasta la tumba.
La fe de Michael en Dios se había hecho pedazos, ya no existía. La de Mary, en cambio, era más fuerte que nunca. Ella creía en la vida eterna, en la eternidad, en el Cielo.
Todo se reducía a sus creencias destrozadas contra la fe inquebrantable de Mary.
La decisión llegó sola, sin que él la tomara.
Se marcharía con Simón.
Capítulo 17
El Oíd Stand estaba lleno hasta la bandera. De pared a pared, hombro con hombro. El tiempo había obligado a suspender el partido de softbal de la liga masculina programado para aquella tarde. De modo que aquella noche no había excusas, sólo beber, y las bebidas rebosaban en las copas.
Los gritos eran la única forma de comunicarse y si alguien había ido allí a pensar, ya podía olvidarlo.
Michael estaba apretujado en un reservado en la parte trasera del local, esperando. Llevaba allí más de una hora con la misma copa. Había abandonado la habitación de Mary cuando ella se había dormido, y luego había sacado su teléfono móvil. Busch contestó, y los insultos se prolongaron durante dos minutos a un volumen próximo a los decibelios que había en el interior del bar. Michael no se inmutó; estaba sufriendo y necesitaba un amigo más que en cualquier otro momento de su vida. No tenía a nadie más a quien recurrir. Busch le habló a gritos de confianza, lealtad y amistad; verdad, traición y mentiras, pero sobre todo vociferó acerca de la ley y de la posición en la que Michael lo había colocado.
Cuando hubo terminado, Michael le preguntó si podían verse. Oh, sí, claro que podían verse. Le dijo a Michael que estuviese en el Oíd Stand a las nueve en punto, y que le convenía no llegar tarde.
De modo que Michael esperaba. Sabía que tendría que confesárselo todo a Busch por haber violado su libertad condicional. Se había aprovechado de su amistad y había abusado de ella. Pero, aunque la culpa por haber traicionado a su amigo era una pesada carga para él, la culpa que sentía por haber traicionado a su esposa era diez veces mayor. Una y otra vez repasaba en su mente las palabras que le había dicho Simón. Si el Cielo estaba cerrado -y esa posibilidad parecía haber aumentado a lo largo del día-, entonces él había destruido la esperanza de vida eterna de Mary, una violación de sus creencias más profundas que estaba más allá de la comprensión. Su cerebro era un revoltijo de pensamientos incoherentes que ahogaban incluso el bullicio que reinaba en el bar.
Paul Busch entró echando chispas en el reservado y se sentó delante de Michael. El fornido policía estaba haciendo un enorme esfuerzo por contener su furia. Michael no dijo nada y mantuvo la mirada baja.
–¿Dónde cono te habías metido?
–Lo siento.
–No intentes disculparte; no estoy con ánimo de perdonar a nadie.
¿Dónde estuviste?
–Tenía que hacerme cargo de un asunto.
–¿Un asunto? No digas gilipolleces, Michael. Quiero oírlo de tus labios:
¿dónde cojones has estado estos últimos ocho días?, Michael lo miró sin saber qué contestar: todo lo que quería era recibir el castigo que merecía y regresar al lado de Mary.
–¿Te das cuenta de la posición en la que me has colocado? He estado cubriendo tu culo durante casi dos semanas, compañero, y yo no cubro ningún culo salvo el mío, ¿lo entiendes?
Busch estaba empezando a perder el control; miraba la pared como si quisiera fulminarla y respiraba agitadamente, luchando por recuperar el equilibrio. Los segundos pasaban.
–Vengo del hospital -dijo Michael.
Busch alzó la vista y la ira desapareció al instante de su rostro.
–¿Y?
La expresión de Michael lo decía todo. Busch no necesitó que le dijese nada; los ojos de Michael eran los de un niño herido. Busch jamás había visto a Michael así. No cabía duda de que había estado deprimido por la
enfermedad de Mary, pero siempre había conservado un atisbo de esperanza.
–¿Es muy malo?
–Se ha extendido por todas partes.
Eso era lo último que Busch esperaba oír; había llegado dispuesto a machacar a Michael. Ahora olvidó por completo su ira.
–Oh, Mike. ¿Qué puedo hacer?
Michael se limitó a mirarlo sin contestar, los ojos llenos de remordimientos y miedo.
–Sé cómo estás sufriendo…
–He hecho algo -dijo Michael con voz queda, la cabeza inclinada como si estuviera confesándose.
–¿Qué? – Era una pregunta que Busch ya no quería que le contestase-.
¿Qué es lo que has hecho?
–La he condenado.
Busch entrecerró los ojos, desconcertado. Ya no estaba preocupado sólo por Mary.
–He destruido todo aquello en lo que Mary creía.
–¿De qué estás hablando? El cáncer de Mary no es culpa tuya.
–Dicen que nuestros seres queridos siempre pagan el precio por nuestros pecados.
–Eso no son más que gilipolleces; el estado de Mary no tiene nada que ver con lo que eres ni con lo que has hecho en tu vida.
–¿Por qué no soy yo quien está en esa cama?
–Eh, olvídate de esa idea ahora mismo. Lo que está pasando es algo trágico, pero tú no fuiste la causa. En este mundo suceden cosas que no podemos controlar. Simplemente suceden.
–Ojala pudiera devolverlo.
–¿Devolver qué? – Busch no podía estar más confundido-. Mike, ¿qué es lo que has hecho?
–Fui a Europa. – Michael hizo una pausa-. Y robé dos llaves.
Busch cerró los ojos; sabía que Michael había viajado al extranjero. Esa noche, su intención había sido conseguir que Michael lo admitiese, pero no de ese modo. Había esperado contra todo pronóstico que hubiese una explicación razonable, porque si el propósito del viaje de Michael era
cometer un delito, él se encontraría en la peor de todas las posiciones posibles.
–No puedes estar diciéndome…
–Robé las llaves para pagar el tratamiento de Mary.
–Mierda, lo sabía. ¡Me lo prometiste!
–Sí. Prometí muchas cosas.
El volumen del griterío en el bar pareció aumentar con la intensidad de su conversación. A Busch le resultaba difícil creer que a su alrededor se estuviese produciendo todo aquel jolgorio mientras la vida de su mejor amigo se estaba cayendo a pedazos.
–Michael, esto es muy grave…
–Se las vendí a un hombre llamado Finster.
–Esto es mucho peor que haber violado la libertad condicional. Yo…
–Finster es el diablo, Paul. Le vendí las llaves al diablo.
Michael lo dijo sin alterarse, sin poder creer aún en sus propias palabras.
–¿Qué?
–Le vendí las llaves al diablo; eran las llaves del Cielo. Las llaves de las Puertas del Cielo.
Busch simplemente permaneció allí, aturdido, sin saber cómo abordar la crisis nerviosa que se desarrollaba ante él. Michael se estaba derrumbando ante sus ojos, y él no sabía qué hacer.
–Michael, estás desvariando. – Busch se inclinó hacia adelante por encima de la mesa-. Mírame. Sé la tensión que estás sufriendo…
Michael lo miró fijamente a los ojos.
–Paul, te estoy diciendo la verdad.
Busch vio claramente que Michael creía lo que estaba diciendo. Y eso lo asustó. Había tratado muchas veces con el elemento criminal clasificado como demente, sabía cómo creían en su propio mundo, en su propia definición del bien y el mal.
–Sinceramente crees que has conocido a…
–No importa lo que yo crea -lo interrumpió Michael-. Es lo que Mary cree. Le he quitado lo que ella valora más que nada en el mundo: su fe, su vida eterna.
Aunque se odiaba por ello, Busch estaba profundamente aterrado; su mejor amigo se había vuelto loco.
Busch no tenía idea de cómo manejar esa situación, era Jeannie la que siempre trataba las cuestiones delicadas. Él no era delicado. De modo que se refugió en el lugar al que siempre acudía antes de que el pánico se apoderase de él, esperando así poder arrastrar a Michael de nuevo a la realidad.
–Mira, compañero, tenemos otro problema.
Michael se inclinó hacia adelante.
–Violaste tu libertad condicional. Tenemos que hacer frente a eso.
–En este momento ésa es la menor de mis preocupaciones.
–No, no lo es. Podrías volver a prisión.
–Te he contado esto en confianza, Paul. Como amigo.
–Eres mi amigo, Michael. Pero la ley es la ley. Si alguien descubre que te largaste del país, y lo harán -añadió, recordando la información de Thal-, los dos estaremos bien jodídos. Es la ley, Mike, y tú la violaste…
deliberadamente.
–Tengo que enmendar lo que hice.
Michael ni siquiera prestaba atención a lo que Busch le estaba diciendo.
–Estás delirando, Michael. Sólo estás culpándote por la enfermedad de Mary.
–Tengo que irme. – Michael se levantó y miró a Busch con ojos acusadores-. Gracias por tu ayuda…
Su sarcasmo hirió a Busch.
–No puedo dejarte ir, Michael -dijo con autoridad el enorme policía.
–¿Qué piensas hacer, Paul, meterme en prisión mientras mi esposa se muere?
Ahora Busch volvía a estar furioso, como cuando había entrado en el bar. Michael había conseguido invertir con éxito la culpa y colocarla sobre sus hombros; Busch estaba fuera de sí.
–Te condenarás al infierno…
Pero Michael se alejó, murmurando entre dientes.
–Ya lo he hecho.
Los hijos de Busch chillaban como si fuesen fantasmas. Los dos chicos tenían un vínculo especial y raramente se separaban, Mientras corrían por la cocina con tomahawks y sables ligeros de Playskool mostraban una energía que nada tenía que envidiar a la de un leopardo corriendo detrás de su presa.
Sentado a la mesa como si estuviese dentro de una burbuja insonorizada, Busch picoteaba la cena, indiferente al bullicio de sus hijos.
No tenía ganas de hablar; en ese momento no tenía ganas de hacer nada.
Estaba perdiendo a dos de sus mejores amigos: una a causa del cáncer y el otro debido a la locura, y no había nada que él pudiese hacer por ninguno de ellos. Nunca antes en su vida se había sentido tan impotente. Y, para empeorar aún más las cosas, Michael le había vuelto la espalda. ¿Cómo era posible que hubiese violado su libertad condicional después de todo lo que había hecho por él? Eso le hacía sentir un vacío tan profundo que era como si todo aquello por lo que había luchado hubiese sido barrido súbitamente por algún repentino viento de verano.
Jeannie estaba sentada frente a su esposo. Ella también permanecía en silencio. Paul había llegado a casa de ese modo demasiadas veces como para llevar la cuenta, cuando las tribulaciones del día parecían haberle quitado toda su vitalidad. Ella sabía que cuando Paul se sentía así no convenía presionarlo; cuando quisiera hablar, ella estaría allí para escucharlo. Sacarse las cosas de dentro habitualmente ayudaba, pero había momentos en los que el dolor de volver a hablar de algo, de revivirlo, era demasiado grande hasta que el paso de las semanas -a veces de los años-actuaba como una especie de paliativo. Paul la amaba y ella a él, y eso era lo importante. A veces cada uno tenía que vivir su vida por separado en determinadas cuestiones.
Los niños seguían dando vueltas alrededor de la mesa, y la burbuja insonorizada de Busch comenzaba a agrietarse. Jeannie percibió su creciente fastidio.
–Eh, vosotros dos, a ver si os calmáis un poco, ¿eh? – dijo, esperando evitar lo inevitable.
Pero, naturalmente, los niños son niños y no hicieron sino gritar más fuerte, correr más rápido y forzar sus pulmones hasta el límite. Y entonces, sin previo aviso, todo pareció desarrollarse a cámara lenta. El brazo de Robbie, girando como el aspa de un molino, alcanzó la jarra de vidrio que estaba sobre la mesa. La jarra voló por el aire y acabó estrellándose contra el suelo; la limonada salpicó por todas partes.
Busch saltó de su silla.
–¿No habéis oído lo que os ha dicho vuestra madre? ¡No respetáis ninguna regla! Estoy harto de la falta de respeto que hay en esta casa. Pero
las cosas van a cambiar, ¿me habéis oído?
Los dos niños se pararon en seco. Demasiado asustados para llorar, empezaron a temblar de miedo. Su padre raramente perdía los nervios con ellos; pero, cuando lo hacía, el castigo solía ser tan severo que los dejaba llorando durante horas.
Jeannie se llevó a los niños de la cocina.
–Está bien, chicos, arriba. Poneos los pijamas, lavaos los dientes y podéis ver una película.
Cuando regresó a la cocina, Paul se paseaba arriba y abajo, frotándose la frente, cerrando el puño con fuerza y volviendo a abrirlo una y otra vez, como si estuviese bombeando algún instrumento médico. Ya no pudo seguir ocultando la causa de su malhumor.
–Es Michael. Violó su libertad condicional. Me lo ha dicho. ¡Me lo ha dicho! – gritó Busch sin poder creerlo todavía. Se sentó, agotado, como si en lugar de decir una docena de palabras hubiera corrido la maratón. Luego continuó hablando, ahora en un tono más controlado-. Robó algo en Europa.
–¿En Europa? Pensaba que había viajado al sur… -Jeannie hizo una pausa-. ¿Qué piensas hacer?
¿Qué pensaba hacer? Esa era la pregunta que Busch temía responder.
–Tengo que arrestarlo -dijo.
Había sabido en todo momento qué era lo que debía hacer, pero el hecho de contárselo a Jeannie lo había convertido en realidad. Tan pronto como las palabras salieron de su boca, fue como si le hubiesen echado ácido en la lengua.
–Estoy segura de que hay una explicación.
–Michael lo hizo para pagar el tratamiento de Mary.
–Oh, Dios santo.
Ella no podía siquiera imaginar el dolor que Paul sentía en aquel momento. Estaba a punto de acabar con la vida de su mejor amigo. Y no sólo su amigo: el amigo de ambos, el esposo de su mejor amiga. ¿Y qué significaría eso para Mary?
–Yo no hago las leyes, Jeannie. No me corresponde a mí escuchar las explicaciones, es trabajo del juez…
–Volverán a meterlo en prisión. Y eso matará a Mary.
–Jeannie… -Busch hizo una pausa-. El tratamiento de Mary ha fracasado. El cáncer se ha extendido.
Jeannie era una mujer fuerte, pero no tanto. Permaneció inmóvil, totalmente conmocionada. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Mary había sido su mejor amiga desde los años de instituto.
–¿Están seguros? – Su voz se quebró-. Tiene que haber algo…
Paul negó con la cabeza. No podía darle ninguna respuesta.
Ambos permanecieron sentados durante lo que les pareció una eternidad, sin decir una sola palabra. Jeannie llevaba junto a Paul más de quince años. En todo ese tiempo, él había sido una roca, el miembro más fuerte de la pareja. Había asistido a incontables funerales: el de su madre y el de su hermano hacía tres años, en sólo dos meses. Su hermano había muerto atropellado por un conductor borracho, su madre, de tristeza.
Colegas, amigos, incluso un compañero abatido en acto de servicio. En todos aquellos días, ella jamás lo había visto derramar una lágrima. Hasta esa noche. Y cuando el llanto llegó fue como si todos sus años de pena y dolor fluyeran como uno solo. Esa noche, Paul no dijo nada. Permaneció sentado sin abrir la boca mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.
Busch estaba en la puerta del dormitorio de sus hijos mirando cómo dormían, enredados en sus sábanas blancas de verano. Tan inocentes, tan optimistas… La vida aún no los había despojado de sus sueños. Un padre siempre quiere proteger el mundo de sus hijos de la dura realidad de la edad adulta.
Y sólo un padre es capaz de comprender el dolor que se sufre después de haber reprendido a un hijo. Busch se sentía avergonzado por haber tratado a sus hijos como lo había hecho. Sólo se estaban comportando como niños, y eso no era un pecado. Él se había esforzado mucho por ser diferente de su padre. Se había dedicado a ser parte de su educación, su entrenador, su amigo. Había decidido ser para sus hijos todo aquello que su padre no había sido con él. Y lo era la mayor parte del tiempo. Pero los errores como los de esa noche le daban una percepción real de su propio padre. Siempre había secretos y circunstancias que convenía ocultarles a los hijos, cosas como el cáncer y la prisión. Ahora Busch comprendía que lo que había considerado una falta de atención de parte de su padre no era más que preocupación por las dificultades de la vida.
Siempre había dos perspectivas para cada situación, y de allí procedían los dones de la sabiduría… poco a poco. Se inclinó sobre sus hijos y los besó en las rosadas mejillas mientras les daba las gracias en silencio por ayudarlo a crecer.
Michael cogió dos vasos y una botella de Jack Daniel's y se dirigió a su estudio. La habitación estaba completamente a oscuras, excepto por la luz que se filtraba por la ventana procedente de las farolas de la calle. Hawk dormía acurrucado a un costado del escritorio.
–De modo que ahora ya lo sabe -dijo una voz desde las sombras.
Michael se quedó inmóvil. Un momento después dejó los vasos encima del escritorio, sirvió sendas medidas de whisky y le pasó uno a Simón, que estaba sentado detrás del escritorio. Encendió la lámpara y se dejó caer en un sillón.
–No sé qué creer -confesó.
Durante las últimas dos horas, Michael había vagado por las calles de Byram Hills, al borde de la locura. Era la única explicación posible: la carga que había asumido sobre sus hombros finalmente lo había destrozado. Su vida se estaba convirtiendo en sus sueños, sus sueños en pesadillas, y las pesadillas en realidad.
Había dejado a Busch en el bar, después de haber destruido la única amistad masculina que tenía. Había dejado a Mary dormida en su cama del hospital, sabiendo que había destruido todo aquello en lo que ella creía. «La locura llega fácilmente», pensó mientras continuaba andando. Había crecido en su interior de la misma manera en que el cáncer se había ido apoderando poco a poco de Mary, devorando su cerebro tal como el cuerpo de ella era devorado por la terrible enfermedad. Pero los locos nunca eran conscientes de su demencia… o al menos eso había oído decir.
El quería respuestas, y sólo había una persona que podía dárselas. Sólo Simón era capaz de revelarle la verdad. Además, era la única persona a la que Michael podía recurrir. Y lo odiaba por ello.
–Refrésqueme la memoria. – La voz de Michael destilaba cinismo-.
¿Por qué debería tener fe en lo que usted dice?
–Usted no tiene fe en sí mismo. ¿Cómo podría entonces tener fe en otra persona, y en mí menos que en nadie?
–Inténtelo-lo desafió Michael.
–Jesucristo estaba predicando a sus doce discípulos… ¿Conoce la historia de los doce apóstoles?
–Sí, fui a una escuela católica.
–Cuando Jesús llegó a las afueras de Cesárea de Filipo, les preguntó a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que soy?”. Y ellos contestaron:
“Algunos dicen que eres Juan el Bautista; algunos, Elias; y otros, Jeremías o uno de los profetas”. Entonces Jesús dijo: “¿ Pero quién creéis vosotros que soy?”.
Los doce hombres se quedaron reflexionando sobre la pregunta, pero sólo uno de ellos conocía la respuesta. Y fue este discípulo quien dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Y Jesús le dijo a su seguidor: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra construiré mi Iglesia”. Y Jesús concedió a su rebautizado discípulo el poder de condenar o absolver a todos aquellos que desearan la salvación, diciendo: “Aquello que tú unas en la tierra quedará unido en el Cielo, y aquello que condenes en la tierra será condenado en el Cielo”. Jesús le otorgó a Pedro el poder de controlar las puertas de la vida eterna. Y le entregó dos llaves imbuidas de este poder, una de oro y la otra de plata. – Simón hizo una pausa-. Las llaves de las Puertas del Cielo.
Después de la muerte, resurrección y ascensión de Jesús, este discípulo, Pedro, dirigió la Iglesia de Jesucristo, la cristiandad. La historia ha llegado a conocer a Pedro como el primer papa. Este poder que nuestro Señor concedió a Pedro pasa a sus sucesores, junto con las llaves.
Simón se apoyó en el respaldo del sillón para darle tiempo a Michael a asimilar la historia, esperando a que hiciera algún comentario.
–¿De modo que, para la Iglesia, estas dos llaves tienen un enorme valor? – preguntó Michael.
–Un valor que usted ni siquiera es capaz de concebir.
–Y, naturalmente, usted deja algo de un valor tan incalculable escondido en una iglesia ruinosa perdida en medio de la nada. Debe de ser muy listo.
¿Sabe lo sencillo que fue robarlas? Si todo lo que dice es verdad, si ésas son realmente las llaves que dejó Jesús… -Michael hizo una pausa-. Esas llaves no son más que una farsa producto de la superstición.
–Usted puede no compartir nuestras creencias -replicó Simón, que se levantó súbitamente del sillón y comenzó a pasearse por la habitación-, pero no se atreva a burlarse de mí. – Se detuvo-. Esas llaves fueron dejadas por Pedro antes de su muerte en el lugar exacto desde el que Jesús ascendió al
Cielo. Un vínculo entre el Cielo y la tierra. El lugar donde se construyó la iglesia de la Ascensión…
–¡Es un mito! Un cuento de hadas que han ido adornando a lo largo de los siglos…
–Pedro ordenó, y todos los papas posteriores asilo han entendido, que era allí donde debían estar las llaves. Mientras esas llaves fuesen propiedad del papa y de la Iglesia, se preservaría el vínculo. Las puertas permanecerían abiertas.
–Espere un momento -lo interrumpió Michael-. Esas llaves estaban protegidas. Usted era el encargado de protegerlas. – No pudo resistir la tentación de ser incisivo-. Y usted fracasó.
Simón no contestó. Sus ojos taladraron a Michael antes de apartar la vista.
–Y ahora tiene que solucionar este desaguisado-prosiguió Michael-. ¿Lo sabe el Vaticano? Lo dudo; de otro modo habría muchos más tipos como usted.
Simón cogió a Michael por el cuello de la camisa y lo levantó del sillón.
–Debería matarlo. O, mejor aún, dejarlo tullido, dejar que recogiera las semillas que ha sembrado. Finster volverá, ¿sabe? Volverá a buscar a su esposa y luego volverá a buscarlo a usted. Y lo único que se le ocurre hacer es burlarse de mí con sus estupideces arrogantes. Prefiere regocijarse a mi costa, mientras su mente asustada trata de ocultar el auténtico terror que siente. Prefiere insultarme en lugar de salvar a su esposa del castigo eterno.
Su arrogancia me repugna.
Simón empujó sin esfuerzo a Michael hacia el sillón;
–¿Cómo podría Finster ser quien usted dice que es? No veo ninguna prueba…
–¿Prueba? Ya tiene pruebas. August Finster lo contrató para robar; usted era su peón.
–¿Finster? Es un coleccionista, un hombre de negocios respetado, extremadamente exitoso…
–Finster es todo eso excepto por una cosa: no es un hombre.
–¿Cómo sabe todo eso acerca de él? No. Esto es una locura.
–Su nombre ha aparecido repetidamente en relación con su interés por algunas de las muestras de arte más profano producido contra la Iglesia.
Consideré que era algo morboso, como todos los demás. Pero cuando
algunas piezas comenzaron a desaparecer del mercado negro decidí hacer más comprobaciones en sus antecedentes. Parece que no tiene antecedentes…
–Tampoco la mayoría de las personas que vienen del bloque del Este.
–Pero Finster, a diferencia de los demás, nunca nació.
Simón miró fijamente a Michael. Este se echó a reír.
–¿Cree que es divertido? – preguntó Simón-. Usted no sabe nada de los alemanes del Este. Llevaban registros de todo el mundo, prácticamente desde la concepción. La gente piensa que esos registros han desaparecido, pero no es así; sólo hay que saber dónde buscarlos. Y yo los encontré. No hay ningún registro acerca de Finster… en ninguna parte.
–¿Y ésa es toda la prueba que tiene?
Simón hizo caso omiso de su interrupción.
–Hace un par de años le hice una visita por sorpresa a nuestro amigo Finster en Berlín. Nadie sabía nada acerca de mi itinerario y, sin embargo, allí estaba él, solo en el andén, esperándome cuando bajé del tren. Le pregunté directamente quién era. Su respuesta fue: ¿Por qué hace una pregunta de la que ya conoce la respuesta?». Mi intención era acusarlo de estar conspirando contra la Iglesia y contra Dios, pero él lo negó todo. El único problema fue que sus negaciones llegaron antes incluso de que yo lo acusara de nada. Él sabía absolutamente todo lo que yo pensaba decirle. Lo siguiente que supe fue que me encontraba en el tren de regreso a Roma sin recordar cómo había llegado allí. Y, desde aquel día, no pasa una sola noche sin que Finster aceche mis sueños.
–¿Sueños? – Michael meneó la cabeza-. Está basando toda esta historia en…
–Finster es el ángel negro expulsado del Cielo en el principio de los tiempos.
–Una fábula muy apropiada para asustar al mundo. Mantener a los niños escondidos debajo de la cama.
Las madres temblando de miedo e implorando perdón. Todos corriendo hacia el Dios bondadoso para que los salve, para que los proteja del mal de un Satán falso. – Michael se irguió en el sillón, sintiéndose cada vez más seguro de sí mismo a medida que las palabras salían de su boca-. August Finster no es más que un egocéntrico hombre de negocios lleno de poder, que lanza su hechizo sobre toda Europa y, al parecer, también sobre usted.
Simón se sentó frente a Michael.
–August Finster es un ser extremadamente atractivo y carismático; divertido, encantador, cálido. Y es el malvado más terrible. Todo lo que lo rodea no es más que una fachada. Él apela a las necesidades y deseos internos de cada uno. Sabe lo que uno desea, sabe exactamente qué es lo que a uno lo aterra. Se aprovecha de ese conocimiento. – Simón se inclinó hacia Michael. Ahora era su turno de ser incisivo-. Como se aprovechó de usted -dijo mirándolo fríamente con fijeza-. Qué coincidencia que la respuesta a sus plegarias llegase en su hora más desesperada con la capacidad de proporcionarle algo que usted no podía conseguir de nadie más. Y todo a cambio de un sencillo trabajo blasfemo. ¿Quién es el que ha fracasado en este caso?
De súbito la habitación se oscureció, el mundo se volvió más claustrofóbico. Michael era agudamente consciente de los sonidos que lo rodeaban: la respiración de su perro, los coches en la calle, el tictac de su reloj; todo parecía acentuar el miedo que sentía por dentro.
–¿Qué es lo que Finster quiere? – le preguntó a Simón.
–Lo que siempre ha querido: nuestras almas. Hacer un trueque con una aquí, robar otra allá. Ahora no tiene necesidad de hacerlo, pues las tendrá a todas. Al controlar las llaves, controla las Puertas del Cielo.
–¿Por qué Dios sencillamente no vuelve a abrirlas? Estaban abiertas cuando Jesús colgaba de la cruz. ¿Acaso no es eso lo que usted cree?
Simón no le había temido a nada desde los dieciséis años, desde que había sufrido algo que lo afectó en lo más profundo de su ser. Aquel día su corazón había muerto y, con él, todas sus emociones. Desde entonces no había sentido miedo y tampoco ninguna otra emoción. Hasta el momento.
–Dios tendrá que regresar. El cumplimiento de las Sagradas Escrituras, el fin del mundo, como quiera llamarlo. El cuerno de Gabriel se oirá por toda la tierra. Será la señal de que Dios está regresando, de que se acerca el Día del Juicio. Michael, debemos recuperar esas llaves.
Michael no sabía si echarse a reír o ponerse a gritar. Todo lo que había sucedido en las últimas semanas parecía empezar a encajar en su sitio. Cada paso que había dado lo había conducido hasta ese momento. Él no sólo había herido y destruido las vidas de los seres a los que amaba, sino que había pisoteado las creencias que los sustentaban.
–Debemos marcharnos -dijo Simón-. No tenemos mucho tiempo.