Los ladrones del cielo
Capítulo 4
Michael la miró fijamente y le habló a su corazón.
–Te lo prometí hace dos años, cariño, nunca más… Te lo juro, Mary, nunca más.
Capítulo 4
Ruido, mucho ruido. Cientos de personas de toda clase y condición entraban y salían de la comisaría principal del Departamento de Policía de Byram Hills. Construida en la década de 1920, la comisaría había visto cómo la ciudad se multiplicaba por veinte; la plantilla, compuesta en otra época por cinco personas, había superado el año anterior los cien agentes.
El arresto de la semana solía ser entonces por exceso de alcohol y desorden público, y se producía siempre el día de cobro. Ahora habían entrado en un nuevo milenio, y cada poli habría dado gustoso su testículo izquierdo por evitar otro homicidio.
Esa mañana el desfile de policías era incesante; se fichaban delincuentes para luego conducirlos a los calabozos del sótano. Los jóvenes patrulleros, con su uniforme azul, se reunían en la gastada escalera de mármol para beber café y acabar sus rosquillas recubiertas de azúcar antes de empezar su turno.
En el segundo piso, el área de los detectives estaba apenas un escalón por encima de una pequeña sala abarrotada con quince escritorios. Paul Busch, vestido con téjanos y una cazadora arrugada, archivaba en esos momentos unos papeles en su escritorio. Este era una especie de caos organizado, con archivos apilados precariamente sobre más archivos. Su primer refresco del día estaba por la mitad. Busch se enorgullecía de su falta de adicción al café y las rosquillas, aunque su desayuno diario de Coca-Cola y galletas de chocolate distaba de hacerlo candidato a ninguno de los premios concedidos por el Instituto Nacional de Salud. Llevaba quince años en ese lugar, cinco de ellos como detective. Antes detestaba su trabajo, pero ya se había acostumbrado a la rutina y esperaba la llegada del 18 de marzo cinco años más adelante, el momento del retiro y la pensión. Había llegado como todos los demás, joven y ansioso, dispuesto a limpiar las calles de malhechores, a llevar la justicia a los habitantes de aquella hermosa ciudad.
Pero los crímenes van desgastando. Por mucho que se haga en el trabajo, siempre habrá otro chiflado esperando entre bastidores para cargarse a alguien. No obstante, lo que realmente ponía enfermo a Busch era la
escasez de condenas. Cuando era joven e idealista creía que un arresto llevaría a una condena y barrería la escoria del mundo, pero lo cierto era que la mitad de ellos salían libres y muy pronto estaban dedicándose otra vez a su oficio. Pese a todo, aunque su actitud cambió junto con su perspectiva acerca de la vida, su código moral jamás lo hizo. Siempre se consideró un firme representante de la ley, una herramienta del sistema de justicia. Su trabajo consistía en reunir pruebas y atrapar al criminal: lo que sucedía después era el trabajo de otro. Jamás había transigido, sus valores y su concepción de la ley no podían comprarse, eran inmutables.
En una ocasión, su mujer llevaba a su hijo en el coche al hospital porque el niño se había roto el brazo mientras patinaba, y un policía la obligó a detener el coche. El oficial era un arrogante hijo de puta decidido a cumplir con su cupo mensual, y no tuvo ninguna consideración, ni siquiera después de haber visto el dolor del niño. La multa era de quinientos dólares por conducir a noventa kilómetros en una zona donde el límite de velocidad era de cincuenta. Todas las súplicas del mundo no habrían sido suficientes para que aquel agente de policía cambiase de idea; ni siquiera se ofreció a ayudarla a llegar al hospital. Jeannie le pidió a Paul que se encargase del asunto, que se deshiciera de la multa, que hiciera algún truco de magia con sus hermanos policías, y acabó por exigírselo. Pero Busch no quiso saber nada de eso; aunque aquella multa duplicaría el precio de su seguro, se negó de plano. “La ley es la ley”, no dejaba de repetir. Jeannie no lo perdonó durante dos semanas y se negó a mantener relaciones sexuales durante un mes.
–¿Tú tienes leyes? – le dijo ella-. Pues yo también.
Junto al escritorio de Busch estaba sentado Johnny Prefi, con un cigarrillo apagado colgando de los labios. Tenía el pelo de punta, no por obra de la gomina sino por cuatro semanas sin haber conocido el agua y el jabón. En su camiseta sin mangas se podía leer: «Que te jodan. Sigue mirando y te mataré. Que pases un buen día».
Resultaba fácil entender por qué estaba esposado.
–Johnny, dado que eres un pirómano en libertad condicional, cualquier cosa que no sea una barbacoa es una violación de la condicional -dijo Busch.
Johnny se limitó a mirar a Busch como si no entendiera su idioma.
–Y quemar un almacén por encargo de alguien es algo más que un picnic en la playa.
–Eh, nadie resultó herido -protestó Johnny.
–Me parece que no te das cuenta de cuál es el problema. El fuego…
–Le tiene miedo al fuego, ¿eh? – contestó Johnny, buscándole las cosquillas.
Pero Busch estaba más allá del cabreo.
–Si me gustase el fuego, me habría hecho bombero -repuso.
Volvió a rebuscar entre los papeles que cubrían su escritorio.
Una sonrisa malévola arrugó la cara de Johnny mientras inclinaba el cigarrillo que sostenía entre los labios.
–¿Tiene una cerilla?
Busch lo miró con expresión incrédula.
El capitán Robert Delia, jefe de Busch -y, a juicio de éste, estricto seguidor de las reglas-, los interrumpió antes de que el fornido policía pudiera estallar.
–Paul, te presento a Dennis Thal. Thal trabajará contigo.
Busch se levantó para saludar a un hombre más o menos guapo de unos treinta años. El pelo castaño claro comenzaba a retroceder un poco. Bonito traje, apretón de manos firme. El lenguaje corporal de Thal -los hombros hacia atrás, la mano izquierda en el bolsillo, la cabeza levemente inclinada a un lado- manifestaba un arrogante entusiasmo.
–Me alegro de conocerte.
–Me alegro de estar aquí.
La voz de Thal era suave, apenas un poco más que un susurro.
–No pretendo ofenderte-le dijo Busch a Thal, al tiempo que se volvía hacia el capitán Delia-. Pero no tengo tiempo para hacer de niñera, capitán.
Por más que Delia era quince centímetros más bajo que Busch, éste sabía que el capitán era muy capaz de aplastarlo bajo su bota y restablecer sin problemas la cadena de mando.
–Escúchame bien, Paul, el detective Thal lleva ya nueve años en esto.
Nos lo ha cedido nada menos que la policía del Estado para ayudarnos a cubrir los problemas de la falta de personal. Me dijeron que querían que hiciera las rondas con nuestros mejores hombres, pero están todos de vacaciones, de modo que te ha tocado a ti. Capisci?
Busch sabía cuándo pelear y cuándo retirarse. Asintió.
–Aparte de sus responsabilidades como detective, Paul se encarga de nuestro programa de libertad condicional en nombre de los tribunales -
continuó el capitán Delia.
Busch miró a Thal, decidió que pospondría para otro momento la discusión sobre ser su canguro, y adoptó un aire serio a lo Walter Cronkite.5
5. Famoso periodista y presentador de televisión estadounidense. (N.
delt.)
–Estoy seguro de que el capitán te habrá hablado de nuestro maravilloso ambiente de trabajo. Algunos lo llaman Oz, pero yo lo llamo Edén, y todos los convictos en libertad condicional que tratamos se reforman por completo.
Delia dejó escapar un gruñido y se volvió hacia Thal para alejarlo del escritorio de Busch.
–Permítame que le enseñe su escritorio antes de que Paul envenene toda la profesión de los representantes de la ley.
–Nos veremos -dijo Busch. Ese día su jefe no le gustaba especialmente.
Thal se volvió, lo señaló y le guiñó un ojo.
–Ya lo creo -asintió.
Busch se volvió y masculló por lo bajo:
–Capullo.
Mary era la maestra que cualquiera desearía tener en su clase. Tocada con una gorra azul de ingeniero del ferrocarril, encabezaba una fila de crios de cinco años que bailaban la conga alrededor del aula, cantando a pleno pulmón al estilo militar: «Cuando viajas en nuestro tren veloz, uno más uno es siempre dos. Nuestra locomotora hace ruido todo el rato, dos más dos es siempre cuatro. En la estación comeremos bizcochos, cuatro más cuatro es siempre ocho».
Su clase era un sueño infantil maravillosamente organizado, con montones de juguetes y etapas de aprendizaje. Desde que la habían contratado dos meses atrás para sustituir a una maestra de baja por maternidad que nunca regresó a la escuela, Mary se había ganado no sólo el respeto de los demás maestros, sino también el amor y la admiración de los niños. La adoraban.
Le habían ofrecido la clase de párvulos, su curso favorito, mentes infantiles como arcilla sin modelar, corazones jóvenes todavía rebosantes de pureza. En el Greenwich Country Day pagaban un poco mejor que en
Wilby, pero era el encanto de estos niños de cinco años lo que le había robado el corazón. Anteriormente había dado clases de quinto grado, con chicos que estaban a punto de acceder al instituto; Mary los apreciaba, pero sentía que su contribución podía ser mayor si tenía la posibilidad de proporcionar los cimientos a una edad más temprana, y sin duda la inocencia de esos niños estaba mucho más próxima a su concepción optimista de la vida.
La directora de la escuela, Liz Harvey, una mujer de pelo gris sujeto en un moño, entró discretamente en la clase y sonrió a los alborotados niños.
Todos hicieron silencio al instante. Liz le entregó un papel a Mary. Ella le echó un vistazo y su expresión permaneció inmutable.
–¿Va todo bien? – preguntó Liz, apoyando una mano en el hombro de Mary.
–Sí, perfectamente.
Mary le sonrió sin dejar de mirar la nota enviada por su médico.
–Buenas noticias, espero -dijo la directora-. Esta clase tiene un don para estimular la fertilidad de las maestras.
Liz ya estaba pensando dónde podría conseguir otra sustituía. Con Mary serían cinco las maestras de párvulos que se habían marchado con la baja por maternidad en los últimos tres años, para descubrir luego que las alegrías de la maternidad eran demasiado fascinantes para pensar en volver al trabajo en la escuela.
–Si su esposo no puede venir a recogerla, no tengo problemas en llevarla en mi coche -añadió.
–¿Está segura de que no le importa reemplazarme?
–Completamente.
Michael estaba detrás del mostrador de Safe Sound, sonriendo mientras contemplaba la breve nota que tenía en las manos. Decía simplemente:
«Hola, guapo». Mary la había metido en el bolsillo de la cazadora azul que le había prestado la otra noche, la misma que él llevaba esa mañana. Ella practicaba continuamente esa clase de juegos con él, dejándole notas y pequeños regalos en los bolsillos para que él los encontrase cuando volviese a ponerse esas prendas. Era una tontería, pero él la amaba aún más por ello.
–¿Ha oído lo que le he dicho? – Un hombre mayor y desagradable de nombre Rosenfield lo estaba incordiando, mientras su bella y joven esposa
permanecía servilmente a varios pasos detrás de él-. Sólo quiero que lo repare.
El videocasete de seguridad descansaba sobre el mostrador por segunda vez en dos semanas.
–Lo repararé.
La mujer, sin que su marido se percatase de ello, miraba a Michael con ojos seductores. Michael intentó con todas sus fuerzas no reparar en ella, pero era una tarea imposible. Era una mujer demasiado hermosa y su sonrisa demasiado brillante. Se rascó sutilmente la nariz con el dedo en el que llevaba la alianza, con la esperanza de que ella captara el mensaje. Pero la mujer se limitó a sonreír y exhibió su diamante de dos quilates a modo de respuesta.
–La seguridad de mi hogar es fundamental para mí. La instalación funciona bien, pero este equipo… Su elección de los proveedores deja mucho que desear… -Rosenfield vio adonde se dirigía la atención de Michael-. Ni siquiera está escuchando lo que le digo.
–Lo siento, señor Rosenfield. – Michael volvió a concentrarse en su trabajo-. Le he dicho que pienso repararlo y eso es precisamente lo que haré.
–Quiero hechos, no palabras. – Rosenfield hizo una pausa y luego suavizó el tono de voz-. Usted me cae bien, Michael. Pero quizá debería dedicarse a otra cosa.
–No, me gusta este trabajo. Soy bueno en lo que hago.
Rosenfield no parecía muy convencido de ello.
–¿Tiene alguna otra habilidad?
–Nada legal -dijo Michael con una sonrisa.
–¿Nada legal? – Rosenfield se dirigió hacia la puerta sin dejar de reír-.
Me gusta eso. Espero que tenga ese aparato reparado para el fin de semana.
– Cogió a su joven esposa del brazo y ambos cruzaron la puerta-. Nada legal -repitió Rosenfield.
Su bella esposa miró a Michael por encima del hombro y le sonrió.
Michael no pudo evitar devolverle la sonrisa; era la reacción de cualquier hombre ante el coqueteo de una mujer.
Mary, con la gorra de ingeniero de ferrocarril aún en la cabeza, entró en la tienda, cruzándose con los Rosenfield.
–¿Una clienta fiel? – bromeó ella.
–¿Eh? No, no. Descontenta, quizá un poco cachonda.
Mary le rodeó el cuello con los brazos.
–¿Y si yo te dijera que soy una clienta descontenta y un poco cachonda?
–Entonces tendría que revisar todo tu sistema -repuso Michael, eligiendo las palabras con cuidado-, desmontarlo, examinar cada pieza, utilizar sólo las herramientas más delicadas. Y, lo más importante de todo, asegurarme de que quedaras completamente satisfecha cuando te marcharas. De ese modo te convertirías en una clienta fiel.
–¿Puedo dejarme la gorra puesta?
–Ya veremos. – Michael besó a su esposa, completamente seducido por ella. Era evidente que los celos no incidían en su relación. Cuando el beso concluyó, una idea le vino a la mente, y miró su reloj-. ¿No deberías estar en la escuela a esta hora?
Michael conducía velozmente por el centro de la ciudad, aferrando con fuerza el volante. Su mente corría a la misma velocidad que su coche. Mary iba sentada a su lado, las manos tranquilamente cruzadas sobre el regazo.
–¿Cómo pudiste ocultarme algo así?
–No te oculté nada, Michael. Sólo quería que no te preocupases.
–¿Qué te han dicho?
–Que quieren verme por algo relacionado con mis pruebas.
–¿Y eso es “nada” para ti? ¿Qué clase de pruebas?
Mary percibió el miedo en la voz de Michael, y volvió el rostro hacía la ventanilla.
–Mary, ¿qué clase de pruebas?
Ella respiró profundamente.
–En los ovarios.
Michael aumentó la presión sobre el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos e hizo un esfuerzo para poder respirar. No podía volver la cabeza para mirar a Mary, temiendo que, si lo hacía, esa pesadilla se convertiría en realidad.
–Estoy segura de que no es nada, cariño. Eh, no me estoy muriendo…
–¿Dijo eso el médico? No puedo creer que te hayas hecho todas esas pruebas sin decirme una palabra.
Mary conservó la calma, siempre optimista; todo saldría bien, estaba segura de ello, era su mantra.
–Eh, mírame. – Tocó ligeramente la mejilla de Michael-. No va a pasarme nada, Michael. Sólo estamos encauzando nuevamente nuestras vidas. Si yo no estoy preocupada…
–Creo que podemos tratarlo -dijo el médico. Michael seguía acariciando la espalda de Mary, un gesto dedicado tanto a calmarse a sí mismo como a calmar a su esposa. El doctor Rhineheart adoptó un tono paternal.
–Vamos a tratarlo. Tenemos un índice de éxito muy elevado, y no parece haberse extendido más allá de los ovarios.
Estaban sentados en la típica y aséptica consulta de un médico: escritorio de roble, dos sillas, un marco doble con fotografías en las que se veía a su esposa de mediana edad y dos chicos. El doctor Phillip Rhineheart
-cuarenta y cinco años, calvo y canoso en las sienes- estaba sentado en la parte delantera del escritorio. Siempre le había parecido demasiado formal sentarse detrás y hablar de la vida de las personas como si fuesen sólo un negocio. Michael y Mary Saint Fierre trataban de mostrarse imperturbables ante el otro, pero Rhineheart podía ver en su interior. El médico había presenciado esa escena demasiadas veces: la horrible enfermedad que devora no sólo al ser humano sino también su alma, provocando estragos, llenando a todos los seres queridos de una absoluta sensación de pavor.
–Sé que esto es duro…
–¿Qué hay de la posibilidad de tener hijos?
La voz de Mary sonaba distante.
Rhineheart negó con la cabeza.
–Los dos ovarios están afectados. – Respiró profundamente-.
Tendremos que extirparlos. – Ésta era la peor parte de su trabajo y le había causado muchas noches de insomnio-. Lo siento.
Mary apoyó la mano sobre la de su marido mientras Michael seguía acariciándole el hombro. Ambos luchaban por no mirarse a los ojos, porque una mirada sería suficiente para hacer añicos la escasa compostura que aún eran capaces de mantener.
–Este tratamiento… ¿cuánto…? ¿Qué es lo que…? – Michael no pudo acabar la pregunta.
–Puede estar tranquilo con respecto a eso. El tratamiento está cubierto por el seguro.
–¿Cuánto? – insistió Michael, temeroso de la respuesta.
–El cáncer que padece Mary se encuentra en un estado avanzado. El tratamiento podría costar alrededor de doscientos cincuenta mil dólares, dependiendo del régimen que le prescribamos. Tranquilo. No se trata de nada experimental. El seguro cubre todas las fases. – Rhineheart hizo una pausa para recalcar su confianza-. Y puedo asegurarle que nuestras instalaciones oncológicas son las mejores.
Las paredes de la pequeña habitación parecieron cerrarse sobre él. En toda su vida Michael no se había sentido tan impotente, tan inferior como en ese momento. Se sentía como el verdugo reacio ante el interruptor de la silla eléctrica, impotente para salvar la vida de la persona que estaba delante de él.›
–No tenemos seguro -dijo, como si estuviese pronunciando una sentencia de muerte.
Aquello sucedía con demasiada frecuencia, gente que vivía sin estar debidamente protegida. Rhineheart era uno de los pocos médicos que presionaban para que hubiese una cobertura sanitaria gubernamental obligatoria para todos los ciudadanos norteamericanos, pero eso no era más que un sueño. No había suficientes beneficios seguros para que fuese
“rentable”. Se volvió hacia Mary.
–¿Qué me dice de la escuela? Allí deberían contar con un excelente programa de seguros de salud.
–Llevo en la escuela sólo dos meses. Deben pasar tres meses antes de que se pueda optar al seguro -contestó Mary. La esperanza había desaparecido de sus ojos.
–Entiendo.
Rhineheart dejó escapar el aire lentamente. Él podía no cobrar por sus servicios, pero los costes de la cirugía, la hospitalización, las sesiones de radioterapia y quimioterapia… El hospital no era una institución de beneficencia. La medicina era un negocio para obtener beneficios, el hospital tenía presupuestos a los que hacer frente, accionistas a los que satisfacer. La medicina ya no trataba del paciente; el objetivo de la práctica médica era la rentabilidad. De pronto, odió su trabajo.
Finalmente, se levantó y dijo con tono tranquilizador:
–Bien, Mary, tengo que comenzar a hacerle algunas pruebas sanguíneas, para poder diseñar un programa de tratamiento. Michael, ¿por qué no habla
con su banco? Me gustaría ayudarlo con el papeleo; estoy seguro de que ya se le ocurrirá alguna solución.
Michael permaneció inmóvil en la silla, aturdido.
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