Los ladrones del cielo

Richard Doetsch · Capítulo 7 de 39

Páginas del PDF

Los ladrones del cielo

Capítulo 6

corría por sus venas, experimentó una sensación de seguridad en sí mismo que nunca había tenido. A pesar de que estaba actuando mal, de alguna manera hacía que se sintiese bien… Le parecía correcto.

El lunes por la mañana, Joe esperaba sentado en el despacho del director. Éste lo había mandado llamar en cuanto llegó al instituto, y Joe sabía que se enfrentaría a la ruina de toda su vida. El padre Daniels permaneció sentado y en silencio durante lo que a Joe le pareció una eternidad. Pero entonces el sacerdote hizo algo que lo dejó boquiabierto: se disculpó. Era un aspecto del director que Joe no había visto antes. El padre Daniels se disculpó con él por haber perdido los nervios y por haberse marchado el viernes dejándolo allí solo. Le dijo a Joe que ya había sido suficiente castigo, y le deseó suerte en la universidad antes de darle permiso para que se retirase.

Cuando Joe abandonaba el despacho miró el trofeo que había encima del escritorio del padre Daniels y se dijo que debía estar soñando. Estaba seguro de que había visto cómo se quemaba en la hoguera.

Capítulo 6

Michael estaba sentado en uno de los reservados del restaurante frente a dos tazas de café, las dos llenas. Tenía los ojos rojos e hinchados por la falta de sueño, y hacía verdaderos esfuerzos por mantenerlos abiertos. El sol se había ocultado hacía varías horas, y él se preparaba para pasar otra noche interminable. El agotamiento pesaba en su mente como un peso muerto.

Jugaba nerviosamente con una tarjeta comercial mientras su mirada vagaba por el local. Había traicionado la confianza de Mary; le había mentido tres veces. Y ahora…

Se le habían acabado las opciones. El hospital exigía saber cómo pensaba pagar la operación de Mary, cómo pagaría el tratamiento posterior.

En tres días había acumulado facturas por valor de más de veinte mil dólares. Pruebas, pruebas y más pruebas. Cada una de ellas más dolorosa y cara que la anterior. El doctor Rhineheart había tratado de hacer uso de su influencia, pero ya no quedaba a quién recurrir. El gerente del hospital lo había dejado bien claro: lamentablemente, si Michael no podía hacer frente a los gastos del tratamiento, su esposa tendría que abandonar la habitación.

Mary y Michael estaban atrapados justo en el medio: ingresos insuficientes para pagar el tratamiento, pero suficientes para no tener derecho a percibir

ayudas oficiales. Michael se había visto obligado a implorar ayuda a todas las personas que conocía. Busch le conseguiría los treinta y cinco mil dólares tan pronto como liquidase su fondo de pensiones. Eso destrozaba a Michael, maldito fuera su orgullo, pero había aceptado el préstamo: Mary no tenía otra alternativa. Ese dinero, sin embargo, no estaría disponible hasta tres semanas más tarde y, aun así, ni siquiera se acercaría a la cantidad que necesitaban.

El golpe de humillación final lo había recibido el día anterior. Había sido el último lugar adonde acudir, agotadas ya todas las posibilidades. Se había sentado en su despacho y aceptado la taza de té, procurando no mostrarse desagradable como en el pasado. Les había explicado brevemente el problema: si no conseguía el dinero, su mujer moriría. El padre Shaunessy y el consejo parroquial lo habían escuchado con leves asentimientos de cabeza y expresión compasiva, sin decir palabra hasta que hubo terminado.

Y entonces la Iglesia en la que Mary tanto creía había dicho simplemente que no.

–No tenemos recursos para proveer de fondos a nuestros feligreses.

Pero serían felices recordando a Mary durante la misa del domingo.

Michael siguió sentado en el reservado haciendo girar la taza de café frío entre las manos y observando a los demás clientes. Sólo había tres personas más en el restaurante. Estaban sentados en el otro extremo del local y se reían de vaya uno a saber qué. No pudo evitar mirarlos, deseando haber prestado más atención a aquella época en que vivía con despreocupación, cuando no era consciente de que todo podía esfumarse con el diagnóstico de un médico. ¿Por qué no había prestado atención a aquellos momentos, centrándose en ellos, apreciándolos? Deseaba sobre todo ser capaz de volver de alguna manera a aquel tiempo. Tenía la sensación de que habían pasado muchos años desde la época en que no llevaba ningún peso sobre los hombros y, sin embargo, había sido hacía menos de una semana. Hacía sólo cinco días que Mary y él habían estado en la fiesta de Paul en la playa, ignorantes de lo que les esperaba. Michael sabía que no había forma de volver atrás, pero lo que lo frustraba era que no tenía ningún medio de seguir adelante.

Finster apareció de pronto, impecablemente vestido con un abrigo deportivo de Armani, el pelo blanco recogido en una coleta. Cuando se

sentó frente a él, Michael se dio cuenta de que Finster era mucho más viejo de lo que le había parecido la primera vez que apareció por su tienda. Se podía advertir en sus ojos, viejos y endurecidos como si hubiese estado al cabo de la vida en más de una ocasión.

–Tiene aspecto de necesitar a un amigo -señaló Finster.

–Las circunstancias cambian.

–Lamento lo de su mujer -dijo Finster con auténtico interés.

–Sí, bueno. – Michael estaba indeciso y sus palabras sonaron muy duras-. ¿Quería hablar conmigo?

–¿Cómo se siente?

–El tiempo es corto.

–Sé que está retirado del negocio, y lo respeto. – Luego Finster pareció cambiar de actitud. Se reclinó en su asiento, meneando la cabeza-. No hay necesidad de hablar de este asunto ahora. Tal vez más tarde, cuando se encuentre más animado.

–No, es ahora o nunca.

Si no escuchaba en ese momento lo que aquel hombre tenía que decirle, su ánimo se vendría abajo.

–De acuerdo. Pero si no está interesado, lo entenderé, podemos despedirnos como amigos.

Michael miró al hombre mayor. Sabía muy bien que cualquier persona que actuase en el terreno de su antiguo oficio era, en el mejor de los casos, sospechosa.

–Estoy dispuesto a hacerme cargo de todos los gastos médicos de su esposa, sea cual sea la cantidad…

–¿Por qué?

Michael lo interrumpió para ir directamente al grano, consciente de que no se trataba de un trabajo cualquiera. Doscientos cincuenta mil dólares -el costo estimado del tratamiento que necesitaba Mary- era un pago arriesgado.

–Hay dos objetos que necesito conseguir desesperadamente. Ambos se encuentran en un edificio de mínima seguridad. No hay guardias armados, el acceso es sencillo…

–Estoy en libertad condicional.

–El trabajo es en Europa. No estaría violando su libertad condicional aquí.

–En realidad, sí la estaría violando. Pero, lo que es más importante, la estaría violando aquí. – Michael se tocó el pecho a la altura del corazón-. Le hice una promesa a mi mujer.

Finster se inclinó hacia adelante y apoyó los brazos sobre la mesa.

–Las situaciones cambian, Michael. La vida de su mujer pende de un hilo. ¿Acaso le habría hecho esa promesa si hubiese sabido que eso significaría la diferencia entre la vida y la muerte? Por supuesto que no.

Finster tenía razón. Michael lo sabía. Jamás habría hecho esa promesa si hubiese sabido que con ella ponía en peligro la vida de Mary.

–Necesito más detalles -dijo, mientras bebía un trago de café frío.

–Bien. Al menos está pensando en ello. Lamentablemente, eso es todo lo que puedo decir por ahora. Si decide aceptar el trabajo le daré todos los detalles. Pero una vez que haya aceptado… -Finster dejó la frase en el aire.

Michael sabía que no había vuelta atrás.

–Siempre termino lo que empiezo.

–Una cosa más; tal vez sea importante, tal vez no. Este trabajo puede entrar en conflicto con sus creencias religiosas.

Era una advertencia hecha a la ligera, pero advertencia al fin y al cabo.

–Continúe.

–El trabajo es en una iglesia.

Michael sonrió.

–Ah, una de esas pequeñas bromas que nos gasta la vida. – Se apoyó contra el respaldo de su asiento y alzó nuevamente la taza de café-. No creo en Dios. ¿Y usted?

Finster pareció desconcertado por el comentario de Michael, por su falta de fe.

–Con todo mi corazón. Después de todo lo que he visto… -Reflexionó por un momento sobre su propia fe-. No tengo ninguna duda en mi mente.

Una camarera se acercó a la mesa y volvió a llenar las tazas de café. La mujer sonrió a Finster.

El hombre mayor asintió.

–Gracias.

La camarera, una mujer madurarse apartó tímidamente un mechón de pelo de los ojos y se marchó.

–Piense en mi oferta, Michael. – Finster se levantó y dejó algo de dinero encima de la mesa para pagar los cafés-. Debo irme. Tengo que atender

otros asuntos.

–¿A esta hora?

–¿No ha oído nunca la expresión “No hay descanso para los fatigados”?

–¿No querrá decir “los malvados”?

Finster exhibió su encantadora sonrisa y luego le estrechó la mano.

–Espero que tome la decisión correcta, Michael.

Hawk corrió hacia la puerta en el instante en que el tirador comenzó a girar. C. J no parecía demasiado interesado en el asunto. El pequeño felino pareció mofarse del enorme perro y volvió a acomodarse en el sofá.

Michael entró en el apartamento y Hawk se abalanzó sobre él; saltando y gimiendo, lo lamió y lo llenó de babas. La mayoría de los días, Michael se echaba en el suelo para empaparse de ese amor incondicional, pero no aquel día. Acarició brevemente a Hawk y luego le ordenó que se fuese a un rincón.

Después se dirigió a su estudio y del cajón central de su escritorio extrajo un gran sobre de papel Manila, lo abrió y sacó unas hojas. Las extendió sobre el escritorio y leyó por milésima vez: Habiendo cumplido 3 años, 5 meses y 22 días de una condena de 10

años por los delitos de robo de mayor cuantía, posesión de objetos robados y robo con allanamiento, por la presente se concede a Michael Edward Saint Pierre la libertad condicional. Esta conclusión ha sido formulada por la Junta de Libertad Condicional del Estado de Nueva York basándose en el hecho de que el señor Saint Pierre se ha rehabilitado por completo y, por la presente, ha cumplido su período de la condena impuesta por el Estado de Nueva York.

Las palabras LIBERTAD CONDICIONAL CONCEDIDA atravesaban el documento, estampadas con tinta roja.

Hacía cinco años y medio, la llamada había llegado en plena noche.

Mary rebulló en la cama cuando el teléfono sonó por tercera vez, y contestó con voz adormilada. Michael estaba detenido, sospechoso de cosas que ella no podía imaginar que fuese capaz de hacer. Era una traición demoledora.

Su marido le había estado ocultando su verdadera vida.

A Michael le habían pillado cuando intentaba saltar el muro de Central Park. Estaba casi encima del muro y probablemente lo habría conseguido de no haber sido por la pérdida de sangre de la herida que tenía en el hombro.

Los dos agentes de policía lo habían reducido violentamente, aplastándolo

contra la pared de granito. Estuvo esposado e inmovilizado antes de que pudiese abrir la boca. Los dos polis lo habían sacudido con ganas, pero era comprensible, La mujer yacía desnuda en la calle, cubierta de sangre, balbuceando incoherencias, medio loca después de la terrible experiencia sufrida. Los policías no sabían que la sangre era de Michael; simplemente supusieron que había sido una violación brutal y no se lo tomaron muy bien. Pasaron dos días antes de que la mujer recuperase la lucidez. Hizo una breve declaración confirmando la inocencia y el valor de Michael. Era un héroe. Pero en esta época los héroes sólo duran una semana. En esa ocasión, Michael no duró ni una hora. El hecho de que él la hubiese rescatado ni siquiera llegó a los periódicos.

El embajador Ruskot regresó inmediatamente a Nueva York y declaró que jamás había visto los diamantes valorados en diez millones de dólares que habían encontrado en la mochila de Michael aquella noche. El general no podía permitirse las preguntas ni el escándalo. Sediento de venganza, Ruskot había presionado a la oficina del fiscal del distrito para que procesara hasta las últimas consecuencias al ladrón que había violado el suelo soberano de su país para robar la cruz engastada en diamantes. El embajador afirmó que se trataba de una joya de incalculable valor cultural para su nación, y que consideraba personalmente ese delito como una afrenta a sus profundas creencias religiosas. Lo cierto era que Ruskot había adquirido esa cruz tras el Telón de Acero hacía muchos años por cuatro cuartos y aún no había conseguido venderla.

El Departamento de Estado conocía muy bien los negocios paralelos del embajador, pero no podía hacer nada contra él. En cambio, presionaron a la oficina del fiscal del distrito para que consiguiera una condena. Las relaciones con Akbiquestán no estaban pasando por un buen momento, y Estados Unidos quería mostrar un signo de buena fe al proteger los intereses de su «amigo» extranjero.

El primer día del juicio, Mary permaneció sentada estoicamente en la parte trasera de la sala, pero en ningún momento cruzó su mirada con la de Michael. El escribió una nota y le pidió a su abogado de oficio que se la entregase. Mary la cogió, la estrujó y la metió en su bolso sin siquiera echarle un vistazo. Ella haría el papel de esposa abnegada durante el juicio, le dijo al abogado, pero cuando el juicio terminara, ellos también habrían terminado. Durante tres días, Michael entró y salió de la sala del tribunal,

con las manos esposadas, mirando desesperadamente a Mary con una expresión de tristeza. Pero ella no lo miró en ningún momento.

Michael no tenía ninguna defensa que ofrecer; su abogado hacía poco que se había licenciado y el suyo era apenas el tercer caso que llevaba. Para atenuar su situación, trataron de que se tuviera en cuenta la heroica acción de Michael al salvar a la hermosa Helen Staten -el jurado se enteró de que se trataba de la joven esposa de James Staten, un poderoso industrial de setenta y cinco años-, pero no tenían testigos. La señora Staten había sufrido un colapso nervioso; sus palabras balbucientes eran, en el mejor de los casos, incoherencias, y se creía que la violación se había borrado piadosamente de su memoria. Para empeorar aún más el cuadro, James Staten murió dos días después del allanamiento de su casa. No quedaba nadie que pudiese testificar a favor de Michael.

Culpable. El jurado llegó a ese veredicto después de sólo una hora de deliberaciones.

El Estado confiscó su casa de verano en Bedford, las cuentas bancarias de Michael, las cuentas bancarias de Mary, todos y cada uno de sus bienes para pagar las costas del juicio y su multa de trescientos mil dólares. Como no existía ningún documento que probase que Michael hubiese ganado nunca un salario, ni tenido un empleo legítimo ni pagado impuestos, el fiscal intentó relacionar los bienes de Michael con otros robos. No pudo hacerlo. Afortunadamente, Michael jamás había dejado ninguna pista tras él antes de aquella fatídica noche.

La prisión de Sing Sing en Ossining, estado de Nueva York, sería el hogar de Michael durante los tres años y medio siguientes.

Mary recibió la solicitud de divorcio una semana después de la conclusión del juicio. Leyó dos veces los documentos y, a pesar de sus convicciones religiosas, decidió seguir adelante con el proceso. Llamó a su abogado, y éste le dijo que firmase los papeles y que él se encargaría de hacérselos llegar a Michael en la prisión. Mary estaba buscando un bolígrafo en su bolso cuando encontró la nota que Michael le había escrito al comenzar el juicio:

Mary:

Por favor, no te tortures asistiendo al juicio. La vergüenza que te he causado ya es suficiente carga para ti. El matrimonio es confianza, el matrimonio es fe recíproca. Y, después de lo que he hecho, sé que nunca