Los ladrones del cielo

Richard Doetsch · Capítulo 38 de 39

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Los ladrones del cielo

Capilla del Santo Redentor

auténtico que habían escondido entre los arbustos. Estaba escrito en alemán; pero Simón se lo había traducido:

CAPILLA DEL SANTO REDENTOR

NO SE CELEBRAN MISAS

TODOS LOS VIAJEROS SON

BIENVENIDOS

PARA REZAR O BUSCAR REFUGIO

Había sido un plan concebido a toda prisa, pergeñado por pura desesperación; no era el método preferido de trabajo de Michael, pero estaba aprendiendo. Los colaboradores con los que habían contactado se mostraron más que serviciales, y convirtieron la capilla en un bar horas antes de que llegasen Michael y Simón.

Cuando Simón volvió a colocar el cartel original se produjo un movimiento casi imperceptible a su alrededor, como si todo el lugar cobrase vida. Decenas de personas salían de las casas y convergían hacia la capilla.

Se movían en silencio, rozando la tierra con sus largas faldas y sus sotanas al andar. Otros salían de la oscuridad llevando carretillas y herramientas. Un monje empujaba un gran carro de mano; fuera había una gran cantidad de ladrillos y arena.

En pocas horas se habían levantado las nuevas paredes; pocos días más tarde, la construcción estaba terminada. Ahora una estructura de ladrillo y cemento encerraba completamente la capilla. No había puertas ni ventanas, ninguna forma de entrar o salir de allí. La tierra llevó un poco más de tiempo, cerca de un mes. Se transportó a mano y, una vez que el trabajo hubo terminado, la construcción quedó cubierta por un gigantesco montículo de tierra. En él se plantaron árboles, flores y hierbas para que nada lo distinguiera del entorno. En la cima del montículo se colocó una estatua de mármol enviada desde el Vaticano, procedente de la propia Capilla Sixtina. Esculpida por Miguel Ángel en 1530, había sido bendecida por el papa y honrada por la Iglesia a causa del motivo representado: Jesús entregándole un par de llaves al apóstol Simón Pedro.

Capítulo 39

El aire húmedo se condensaba en las ventanas del hospital, Eran sólo las siete de la mañana y la temperatura alcanzaba ya los treinta y cinco grados, en uno de los días más calurosos del verano. Los turnos estaban cambiando;

médicos y enfermeras con los ojos legañosos eran reemplazados por otros médicos y enfermeras con ojos igualmente legañosos. Un Michael magullado y herido recorría los pasillos blancos desiertos, pasando frente a habitaciones y salas vacías. Tenía la sensación de que en todo el hospital había un único paciente.

Había cogido el primer vuelo que había podido encontrar para salir de Munich; disputando una carrera con el sol, había volado a través del océano en un amanecer permanente, mientras el resplandor luminoso brillaba en el borde oriental del mundo. Mortalmente cansado, sin haber pegado ojo durante más de setenta y dos horas, fue incapaz de dormir ni un momento.

Sus ojos permanecían fijos en el horizonte, en el cielo despejado con esa mezcla de azul y rosa que colorea el mundo antes de que despierte. Michael deseaba que el avión volase aún más rápido.

Entró silenciosamente en la habitación, creyendo que encontraría a Mary inmóvil y sumida en un coma profundo. Estaba despierta, esperándolo como si supiese que él llegaba. Si su frágil apariencia le impresionó, Michael no mostró ningún signo de ello. Sus ojos se llenaron de lágrimas al verla. Sin decir palabra, la cogió entre sus brazos y la abrazó para siempre. Ambos se recrearon en el milagro de que el otro seguía vivo.

–Lamento haber llegado tarde -dijo él mientras le acariciaba la mejilla.

–Has conseguido volver -contestó ella débilmente-. Eso es lo único que importa.

–Te llevaré a casa.

Mary sonrió sin moverse del abrazo de su esposo.

–Estaba pensando que tal vez podríamos ir una semana a Cape Cod, alojarnos en el Ship's Bell Inn, hacer el amor entre las dunas -susurró Michael con la cabeza hundida en el hombro de Mary.

–Hum… Tomar sopa portuguesa, langostas frescas…

El corazón de Mary rebosaba de alegría.

–Correr por la playa, retozar entre las olas. El sol calentándonos la espalda…

Michael la acunó mientras los rayos del sol que entraban por la ventana iluminaban su amado rostro.

Capítulo 40

Para sorpresa de todo el mundo, Paul Busch consiguió sobrevivir. Los médicos alemanes le dijeron que había sido muy afortunado al no haber sucumbido al ataque de corazón, y le advirtieron que debía reducir la ingestión de carnes rojas y el nivel de colesterol. Le suturaron la herida del hombro y le curaron los dos dedos. Las preguntas acerca del origen de sus heridas fueron silenciadas con cinco mil euros que Simón les entregó.

Busch estuvo en condiciones de regresar a casa cinco días más tarde, y salió del avión para fundirse en un abrazo con Jeannie. Ella lo apretó contra su pecho durante diez minutos antes de echarle la bronca por todo lo que le había hecho pasar.

Ahora estaba sentado en un sillón en el despacho del capitán Delia, mientras su jefe lo machacaba desde allí donde lo había dejado Jeannie.

–¿Y ahora me dices que piensas retirar la denuncia por violación de la libertad condicional? – tronó Delia.

–La esposa de ese tío se estaba muriendo y él hizo un trabajo honesto para salvarla -contestó Busch.

–¿Y por qué todo ese jaleo, entonces? – Delia se paseaba por el despacho-. ¿Por qué lo pusiste bajo arresto domiciliario?

–Fue una reacción exagerada por mi parte; es un buen amigo y pensé que se estaba aprovechando de eso. Pero eso cambió cuando me enteré de todas las circunstancias. No violó ninguna ley, excepto una infracción menor de la condicional por haber abandonado el estado. No me lo habría perdonado si hubiese metido a ese tío entre rejas por una minucia como ésa.

¿Y usted?

–Basta de entablar amistad con los convictos en libertad condicional, Paul. Hablo en serio. – Delia se quitó la chaqueta, la colgó en el respaldo de su sillón y se sentó pesadamente. Echó un vistazo a los dedos vendados de Busch-. ¿Podrías explicarme eso?

–Los niños, la puerta del coche, mis dedos y un dolor increíble.

Delia sonrió.

–Realmente te estás cayendo a pedazos. Por aquí circula el rumor de que tuviste problemas de corazón. ¿Crees que al paso que vas llegarás a final de año?

–Estoy bien, pero como demasiada carne roja. Jeannie me está presionando para que lo deje.

–¿Y tú qué piensas?

–Estaba pensando en seguir la costumbre y abrir un bar, pero no lo sé.

Creo que no soportaría no volver a ver su amable cara todos los días.

Busch se levantó y abrió la puerta.

Delia lo detuvo.

–¿Has visto a Thal?

–¿Thal?

Busch se volvió.

–Sí, Thal. ¿Recuerdas? Asuntos Internos. Estás bajo investigación.

–Por lo que a mí respecta, podría estar muerto. – Eh, aquí no bromeamos con esas cosas. – Si lo veo se lo haré saber, capitán. Busch abandonó el despacho del capitán Delia.

Capítulo 41

Las habitaciones privadas están ubicadas en la sección este del palacio del Vaticano, con un montón de ventanas que dominan la plaza de San Pedro. Inadvertidas para el mundo, siempre han sido un lugar de soledad para el papa, un lugar donde el jefe de la Iglesia católica puede disfrutar de la sensación de llevar una vida normal.

La biblioteca contenía cinco mil volúmenes en sus estanterías de caoba.

Allí el pontífice podía sumergirse en los libros, revistas y periódicos del mundo terrenal actual, mientras seguía en contacto con las antiguas tradiciones inherentes a su vocación espiritual. En un rincón de la estancia había tres grandes pantallas de televisión que exhibían las noticias que se producían alrededor del globo. El papa, un hombre que dominaba ocho idiomas, se encontraba cómodo en cualquier país, y disfrutaba viendo las noticias que modelaban la opinión humana.

Simón estaba sentado en la sala de recibo carmesí con expresión abatida. Los sofás y sillones, tapizados en terciopelo rojo con ribetes dorados, hacían que uno se sintiera transportado a los días del Renacimiento, cuando ese lugar era tanto el corazón del mundo político como el del mundo espiritual. La sotana negra de Simón y el alzacuello blanco contrastaban vivamente con la colorida decoración de la sala. Su vestimenta siempre hacía que se sintiera incómodo, como si no mereciera llevarla; aun así, la ropa tradicional del sacerdote ejercía un efecto tranquilizador en él, como si la tela le transmitiese su espíritu religioso. Con las manos apoyadas en el regazo, sostenía con reverencia la caja de madera

que contenía las llaves, tallada por un carpintero hacía dos mil años.

Levantó la tapa para admirar una vez más los dos sagrados objetos.

En ese momento se abrió una puerta interior.

–Su santidad lo recibirá ahora, padre -dijo en italiano un hombre bajo y calvo. El arzobispo Baptiste, el secretario personal del papa, iba vestido con el tradicional hábito púrpura propio de su rango.

–Gracias, eminencia -dijo Simón doblando la rodilla-. ¿Le ha hablado a su santidad de mi petición?

Simón sólo concebía un lugar seguro para las llaves: en poder del hombre más protegido del mundo.

–Nuestro santo padre lo ha encontrado divertido -contestó el cardenal-.

Nunca antes ha llevado un llavero.

Ambos entraron en el sanctasanctórum donde el papa esperaba humildemente.

Capítulo 42

El otoño estaba a la vuelta de la esquina, y las hojas disfrutaban de sus últimos días de verdor. Los colores pronto se convertirían en un mosaico de rojos y dorados, como ha ocurrido desde que el hombre tiene memoria. Las flores que había plantado el mes anterior aún lucían todo su esplendor. Eran sus preferidas: margaritas. Michael se arrodilló ante una lápida sencilla, y leyó las palabras por milésima vez.

Mary Saint Fierre

El regalo de Dios a Michael

El regalo de Michael a Dios

Habían tenido tres semanas ininterrumpidas, en las que Mary había revivido. Su sonrisa radiante, sus ojos verdes claros y brillantes. Habían dejado que el tiempo transcurriera sin hacer absolutamente nada.

Desconectaron el teléfono, el televisor y el ordenador. La comida y todo lo que pudieran necesitar se lo hacían llevar al apartamento. La vida era hablar, comer y reír, disfrutar de la presencia del otro. Su amor no se expresaba a través de palabras, sino de miradas y hechos. Un gran amor posee un consuelo que sólo pueden sentir aquellos que lo conocen realmente. Es cálido y seguro, libre de ira y de celos. Produce más euforia que las drogas, y nos hace inmunes a las crueldades de la vida.

Y entonces, inesperadamente, sin dolor, ella murió mientras dormía, con su esposo a su lado.

Michael permaneció junto a ella durante horas, sosteniendo su mano mientras lloraba en silencio.

Capítulo 43

Michael estaba sentado frente a su escritorio, con el extracto de su cuenta delante de él. La cuenta en las islas Caimán tenía un saldo de doscientos setenta y seis mil dólares. Pero no servía para nada. Mary había muerto; todos sus esfuerzos, todos los riesgos habían sido inútiles. Él sólo quería el dinero para salvarle la vida, y eso lo había llevado por un camino que había dejado sin responder la pregunta sobre la vida eterna de Mary.

Simón le había asegurado que ahora todo estaba en orden. Pero él no lo sabía.

Y el dinero provenía de Finster. Era dinero contaminado y perverso para destruir a Dios y a la Iglesia. Sólo había provocado sufrimiento.

Hawk ladró, sobresaltando a Michael, y cuando el perro salió corriendo de la habitación alguien llamó al timbre. Michael guardó el documento del banco en el bolsillo trasero del pantalón y salió del estudio. Al abrir la puerta se encontró con una mujer alta, de edad indefinida.

–¿Señor Saint Pierre? – preguntó la mujer con un acento que Michael no pudo reconocer.

Michael la estudió. La mujer podía rondar los cuarenta años o tener unos bien conservados cincuenta.

–Lamento profundamente lo sucedido a su esposa. – Le entregó a Michael un elegante sobre-. El Vaticano le envía sus más sinceras condolencias y oraciones en su duelo.

Michael apartó la mirada; realmente no sabía cuál era su posición respecto a la Iglesia después de todo lo sucedido.

La mujer sonrió, percibiendo aparentemente su turbación.

–Señor Saint Pierre, por favor, entienda que la Iglesia comprende las trampas de la tentación. Pero, lo que es más importante, la Iglesia siempre cree en el perdón.

Michael miró a la mujer.

–¿Es usted monja?

Ella dejó escapar una breve risa.

–No. Me llamo Genevieve. Simón es un viejo amigo. Dirigimos un orfanato en Italia y he venido a buscar donaciones.

Michael permaneció en silencio, mirando el sobre del Vaticano.

Ella sonrió.

–No de usted, por supuesto. He venido a una reunión para recaudar fondos, y Simón me pidió que viniese a verlo para ver cómo estaba.

–Estoy bien -dijo él. Pero los dos sabían que no era verdad.

–Si hay algo que yo pueda hacer… -La mujer le tendió la mano-. Todo el mundo lleva el dolor a su manera. A veces, los que lo han sufrido pueden ofrecer ayuda.

Michael le estrechó la mano; era suave e inesperadamente delicada. Por un momento se sintió confortado por la presencia de esa mujer. No estaba seguro de si era su amabilidad o el hecho de dirigir un orfanato lo que le había impresionado. Aunque a él lo habían adoptado cuando era un bebé y lo habían criado unos padres cariñosos, siempre había sentido cierta afinidad con los huérfanos. Ellos eran los que estaban realmente solos en el mundo. Y aquélla era una mujer que cuidaba de esos niños olvidados, ayudándolos a comprender que no estaban solos, llevando a su mundo el poder del amor.

Michael metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón para tocar el papel con el extracto de su cuenta, y pensó: “Tal vez se pueda hacer algún bien de todo esto”. Ya sabía lo que haría con el dinero.

Pero eso no le daría paz. Nadie podía hacerlo; ni esa mujer, ni Simón, ni Busch, ni siquiera la Iglesia, por mucho que lo intentasen. Porque ninguno de ellos podía responder a la pregunta que seguía rondando sus sueños. Él no sabía si Mary estaba en paz. ¿Había encontrado realmente el Cielo de sus plegarias?

Capítulo 44

Era de noche, tarde. Michael estaba sentado en su estudio en el sillón preferido de Mary; Hawk roncaba a sus pies y C. J. dormía en su regazo. Se sentía completamente agotado, y por fin se deslizaba hacia un sueño profundo que necesitaba desesperadamente. Aquel día se había ofrecido a ayudar a Busch a entrenar al equipo de fútbol americano de su hijo. La temporada había comenzado hacía unas semanas, y habían ganado el partido 18 a 12. El equipo seguía invicto.