Luces, cámaras, ¡corazón!
Capítulo 17
—Emma, tengo que dejarte. Mi descanso termina ya.
—De acuerdo, solo una cosa más.
—Dime.
—Esta semana voy a Nueva York. ¿Te apetecería que nos viéramos? Para preguntarte algunas
dudas y eso.
Emma aguantó la respiración mientras esperaba la respuesta.
—¡Claro, sería estupendo! Cuando estés aquí me das un toque y quedamos.
—De acuerdo, James.
—Miss Potato.
Antes de que ella pudiera llamarlo Míster Testosterona, James colgó el teléfono.
17
Emma viajó a Nueva York porque allí vivían sus padres y había pensado que sería mejor
contarles la no cia en persona. Por supuesto, hubiera sido más fácil hacerlo por teléfono, pues en
una llamada si la cosa se ponía fea podía colgar, pero lo más decente por su parte era hacerlo cara
a cara. Se dirigió al apartamento que sus padres tenían en Malcolm Boulevard, a no mucha
distancia de Central Park. Allí no la esperaba nadie, pues sus padres estaban trabajando y no los
vería hasta la hora de la cena, lo que aún le dejaba varias horas más para preparar su discurso.
La casa de sus padres era grande y espaciosa, con unos impresionantes ventanales que daban al
amplio boulevard. Se olía a limpio y todo estaba perfectamente ordenado, por lo que la asistenta
que se encargaba de la limpieza no debía haberse ido hacía mucho. Tras dejar sus cosas en su
habitación, buscó el móvil y le escribió un mensaje a James para saber cuándo podían quedar. Éste,
para su sorpresa, no tardó en contestarle, y lo hizo con un «Ahora. Estoy en Central Park, en el lago
Harlem Meer, junto a la piscina». Sin ó un placentero escalofrío, aunque era imposible que él
supiera que la tenía casi al lado.
Sin responder al mensaje, Emma se protegió el cuello con un bonito pañuelo de colores y bajó a
la calle, dirigiéndose hacia el parque más grande y famoso de la ciudad. En apenas diez minutos
estaba en el si o que James le había dicho y descubría que él no estaba allí por ocio sino porque
estaba rodando una escena. Habían acordonado la zona para que los curiosos no se acercaran y
cuando le dijo al de seguridad que James la esperaba, éste le dijo:
—Sí, ya, claro, claro.
Cruzándose de brazos, Emma intentó localizar a James entre todas las personas que había
dentro del perímetro de seguridad pero no lo vio. ¡Ah, sí, allí estaba! Se encontraba en un aparte,
sentado en una silla a bastantes metros de ella con una mujer retocándole el maquillaje. Iba
ves do de una forma muy peculiar que la hizo sonreír. Cogió su teléfono y llamó al número de
James. Éste no tardó en sacar algo de su bolsillo y llevárselo a la oreja.
—¿Emma?
—¿Un caballero de época con un teléfono? ¿Qué es, una película de viajes en el tiempo?
El actor comenzó a mirar hacia todos lados pero no la vio. La oyó reírse.
—¿Dónde estás?
—Aquí, con vuestro segurata, que no me deja pasar —dijo lo suficientemente alto para que el
susodicho la oyera.
—¿Aquí? ¿Dónde es aquí?
—Mira a tu derecha, más, más, más… esa que menea el brazo como una posesa soy yo.
—¡Ya te veo! Espera, que voy.
Un minuto después, James estaba a su lado y el guardia de seguridad le franqueaba el paso a la
zona de rodaje. Fue con el actor hasta la zona de maquillaje, donde la chica que le había estado
retocando continuó con su trabajo.
—Has venido muy rápido —comentó James, con los ojos cerrados para que no le entrara
polvillo.
—Estaba cerca. Pero no me habías dicho que vendría a verte grabar.
—Pensé que sería instruc vo. Además, en una hora o así terminamos y si quieres podemos
comer juntos.
—¡Estupendo! ¿Y de qué va la peli?
El actor le relató en unas pocas líneas el argumento de aquella película de época y remató su
explicación con un:
—En la siguiente escena me matan.
—¿En serio?
—De un disparo.
—¡Qué guay, voy a ver cómo te matan!
—Parece que te gusta la idea de verme morir —se rió James.
En aquel momento una joven rubia que también iba disfrazada (o ves da, Emma no estaba
segura de si podía considerarse que un actor se disfrazaba o simplemente se ves a) se sentó en
una silla que había justo a James para que las maquilladoras se ocuparan de su aspecto.
—¡Hola, Jamie! —dijo con voz dulzona.
Y para disgusto de Emma, James le contestó con el mismo tono jovial:
—Hola, Samie.
La joven, ignorando por completo la presencia de Emma, le preguntó a su compañera de rodaje:
—¿Vendrás esta noche a la fiesta?
—Claro, no me la perdería por nada.
—¡Estupendo!
Emma no abrió la boca, mirando a aquellos dos con rostro serio. Una voz dentro de su mente la
torturaba con retahílas de «tonta, tonta, tonta, tonta, tonta», pues sabía que aquello no debía
molestarla, pero lo hacía. Entre ella y James no había nada. Él se lo había dejado claro, lo que pasó
entre ellos solo pasaría una vez. Pero claro, ella había aceptado aquello porque pensaba que no
volverían a verse nunca. Ahora las cosas habían cambiado y ver que James no solo era atento y
cariñoso con ella sino con todas las féminas en general le molestaba bastante. Pero no tenía
derecho ninguno a estar celosa. De hecho, no debía estarlo. No, no debía. Y
no iba a permi rse
estarlo. Además, ¿es que ella estaba enamorada de James? ¡Por Dios, no!
Claro que no. Solo le caía
bien y la atraía por su físico. No había nada más.
Se giró para mirar a su alrededor, embebiéndose de todo lo que veía a la vez que ignoraba la
charla de aquellos dos, que hablaban sobre la fiesta a la que irían esa noche y que al parecer era
una despedida para gran parte del elenco de la película. Intentó imaginarse cuál era exactamente
el trabajo que hacía cada una de las personas a las que veía. Sin duda pronto tendría que
familiarizarse con todo aquello.
«Si es que decides firmar el contrato» le dijo una vocecilla. Y es que tenía que admi r que ver a
James flirteando con otra chica le había quitado bastante las ganas. Aunque debía sobreponerse a
aquel sen miento. «No seas tonta. ¿Es que acaso ibas a aceptar el trabajo por él? ¡No! Pues
entonces te da igual lo que él haga o deje de hacer».
—Emma.
—¿Qué? —la joven se giró hacia James. Tan ensimismada estaba en sus pensamientos que no se
había dado cuenta de que él le había estado hablando.
—Que si te apetece venir a la fiesta esta noche.
«Sí, sí, sí» pensó la joven, pero después cayó en la cuenta de que tenía cena familiar y que le
resultaría imposible ir. «Mejor» añadió su parte más sensata «solo estabas tan interesada en ir por
James».
—Gracias por la invitación, pero ya tengo planes para esta noche.
Que tuviera que decir que no, no le quitaba que pudiera parecer misteriosa.
¿Quién tenía algo
mejor que hacer que ir a una fiesta con actores de Hollywood? ¡Pues ella, Emma Miller!
Aquella mañana, vio a James morir al menos nueve veces antes de que dieran la toma por
buena. La grabación de una película era bastante lenta y pesada, y de hecho, a par r de la quinta
vez que James cayó muerto sobre el suelo a Emma toda la escena comenzó a aburrirla
enormemente.
—¿Cómo puede uno morirse bien o mal? —le preguntó a James cuando dieron por concluida la
grabación—. Uno se muere y punto. No hace falta repetir tantas veces la escena.
El actor le echó un brazo por encima del hombro:
—¡Ya aprenderás a tener paciencia! Los directores son así, quieren repe rlo todo hasta que
quede perfecto. Y conociéndote a y tu afán perfeccionista, seguro que serás más quismiquis que
el propio Sean cuando te toque a ponerte delante de la cámara. Voy a quitarme todo esto y
vuelvo, ¿vale?
Un cuarto de hora después James volvía a parecer un hombre del siglo XXI y juntos se acercaron
a una hamburguesería para comer.
—¡Qué glamour! —exclamó Emma.
—¿Tienes algo en contra de las hamburguesas?
—No contra las hamburguesas, pero sí contra todo lo que les echan en si os como este. ¡Pero
oye! Que por un día no voy a morirme.
Ella se tomó una hamburguesa con patatas fritas mientras que él se pidió dos de cada. Tenía
mucho cuerpo para mantener.
—Por cierto —dijo Emma, que no pudo aguantarse la curiosidad—, tu compañera de rodaje te
ha llamado Jamie. ¿Por qué? ¿Es tu segundo nombre o algo?
—No, mujer. Me llama así porque debe creer que Jamie es diminu vo de James. Por eso la llamo
Samie yo, porque se llama Samantha y según su lógica, Samie debe ser el diminutivo de Samantha.
—Ya decía yo que llamarse James Jamie era un poco raro.
Durante varios segundos estuvieron en silencio, saboreando sus hamburguesas.
—¿Entonces ya has firmado el contrato?
—Todavía no.
—¿Pero has tomado ya la decisión?
—Sí y no.
—¿Sí y no?
—Estoy convencida a firmar, pero debe ser que todavía no lo he interiorizado, porque cuando
pienso en lo que estoy a punto de hacer me da vértigo.
James le sonrió.
—Es normal. Es un cambio importante en tu vida, pero piensa que de esta experiencia puedes
sacar cosas muy buenas.
—¿Tú te lo pensaste mucho antes de decir que sí harías la saga?
—¿Si me lo pensé? ¡Claro que no! El milagro fue que me cogieran, no era cues ón de tentar más
a la suerte. Además, Emma, hay gente que mataría por estar en tu situación,
¿lo sabes, verdad? Los
actores suelen tener que luchar contra viento y marea para conseguir papeles decentes y a te
han puesto una superproducción en bandeja.
—Por eso precisamente me da miedo.
—Pues que no te dé, Emma, porque tú no enes nada que perder. ¿Qué la cosa no funciona?
Pues nada, te vuelves a tu mundo de la química y listo. Con la película se te ha abierto una puerta
sin que las demás se te hayan cerrado.
Emma le sonrió ampliamente.
—Eres demasiado profundo para ser actor.
—También soy filósofo.
—Ahora mismo más que filósofo pareces psicólogo.
—Como filósofo seguro que he pensado más que los propios psicólogos sobre la esencia del ser
humano y nuestra existencia en este mundo.
—¡Venga ya! Confiesa, a ti te tocó el título universitario en una tómbola.
—¡Sí, hombre! Mi esfuerzo me llevó terminar la carrera. Aunque —recalcó
—, he de admi r que
desde que salí de la universidad mi cerebro hace lavados selec vos de información y a este ritmo
en uno o dos años no sabré quienes fueron Sócrates, Platón, Aristóteles, Pitágoras y compañía.
Estaban ya a punto de terminar la comida cuando él preguntó:
—Por cierto, ¿qué te ha traído a Nueva York? Si puedo preguntar.
—Mi familia.
—¿Vive aquí?
—Mis padres y una de mis hermanas, sí.
—¿Sois de aquí?
—No, pero mis padres trabajan en Nueva York ahora. De hecho, mi padre es español.
—¿Español?
—Sí, de España. Europa —añadió. Localizar geográficamente España en Europa ya se había
conver do en un hábito porque era consciente de que muchos estadounidenses no sabían mucho
de geogra a una vez los sacabas del mapa de Estados Unidos, aunque al menos Europa sí eran
capaces de ubicarla al otro lado del mar.
—¿Eres española?
—No, soy estadounidense. Nací aquí, en Los Ángeles. Pero mi padre es español y tengo mucha
familia en España. De hecho, todas mis hermanas y yo tenemos nombres españoles.
—¿Emma es español? Porque conozco a más de una Emma.
—Vale, me has pillado, no es español, pero me refería a que tenemos nombres que en España se
pronuncian casi igual: Emma, Anna, Sarah, Ruth y Rebekah.
—Espera, repite eso.
—Nos llamamos Emma, Anna, Sarah, Ruth y Rebekah.
Conforme iba enumerando a sus hermanas James iba levantado dedos de su mano derecha.
—¿Sois cinco hermanas? ¿En serio?
—Sí.
—¡Mi paraíso! Yo quiero poder vivir con cinco tías.
—De paraíso nada. Yo lo describiría más bien como la Tercera Guerra Mundial.
—Pero eso es porque eres chica. Si fueras chico no dirías lo mismo, créeme.
—Créeme tú a mí. Si llega a nacer un chico en mi familia, se hubiera fugado de casa en cuanto
hubiera aprendido a andar.
Se rieron juntos ante aquello y después, al terminar con sus respec vas comidas, se dirigieron a
la salida.
—¿Te quedan muchos días de grabación aquí en Nueva York?
—No. De hecho, hoy era el último día. De ahí la fiesta de despedida.
—¡Cierto! Si te han matado.
—En el cine nunca se sabe. Podrían rodar la escena de mi muerte y al día siguiente ponerse con
la de mi nacimiento...
—¿Pero entonces la fiesta es para despedirte?
—Sí, bueno, a mí y a otro montón de gente que se va hoy. A par r de mañana solo grabarán los
protagonistas de la peli. Algunas escenas de interior y listo. Va a ser una fiesta bastante
multitudinaria, me temo, con actores figurantes y todo. ¿Seguro que no quieres venir?
—Imposible. Tengo que cenar con mis padres y cuando lo hacemos todos juntos solemos hacerlo
tarde, costumbre española.
—Podrías apuntarte con la fiesta ya empezada, no pasa nada.
—¿Por qué tienes tanto interés en que vaya?
—Quiero que firmes el contrato y enseñarte todas las cosas buenas que podrías tener si firmas
creo que podría motivarte.
—¿Piensas motivarme llevándome a fiestas?
—Hollywood puede ofrecer unas fiestas espectaculares.
—Pues lo siento, pero no me ganarás con ese tipo de «pros».
—¿No?
—No. A Sue Johnson, probablemente; a mí, no.
—¿Y qué te seduce a , Emma? —preguntó con un tono de voz provoca vo, acercándose a ella
—. ¿Con qué puede comprársete?
«Con go» pensó la joven, recordando cómo se había replanteado todo el tema del contrato
cuando se dio cuenta de que entre ambos nunca podría haber nada. Por supuesto, no dijo aquello
en voz alta. En su lugar, afirmó tras pensar durante varios segundos:
—Con desa os nuevos. Con retos. Me gusta ponerme a prueba a mí misma, aprender cosas
nuevas.
—¡Bueno! Pues de eso puedo darte. Bueno, yo no, la película. Si no me equivoco lo primero que
vas a hacer va a ser aprender a dar tortas.
—Sí, Sean me dijo que si acepto, la semana que viene empezaré con mi preparación física.
— Wiiiauuu —James hizo un movimiento con las manos como si fuera un karateka y aquello hizo
reír a Emma—. Probablemente tu monitor sea Jack. ¡Ese hombre es la leche! Eso sí, muy estricto. Y
no le importan los moratones ni las agujetas.
Emma hizo una mueca.
—Quizá no me gusten esos desafíos. Siempre he sido más de desafíos mentales.
—¡Ah, lo siento! Has pedido retos, y los retos tienen que ser siempre cosas nuevas, así que…
James sacó su móvil del bolsillo, que había comenzado a sonar. En la pantalla iluminada podía